El regalo, por Pablo Ramos

COMO todos los domingos, el bar del Uruguayo estaba lleno. Me acerqué a Rolando que, más que sentado, parecía derrumbado sobre la barra. Me subí a una de las banquetas y lo sacudí un poco.
—Está nocaut, pibe —me dijo el Uruguayo, repasó una copa con un trapo mugriento, la miró a trasluz, la volvió a repasar y la enganchó en los viejos rieles de madera que colgaban del techo, boca abajo, como si fuera un murciélago.
—Rolando —dije—, ¿te olvidaste de lo de mi vieja?
El Uruguayo se agachó hasta desaparecer por completo debajo del mostrador, reapareció con el trapo empapado y se lo apretó a mi amigo contra la nuca.
—Che, bella durmiente —le dijo—, te habla el pibe del Negro, el Gavilán te habla, che. ¿No era que hoy tenías que darle una clase?
—Lécson námber guán —dijo Rolando como si se hubiera despabilado de repente; se incorporó, levantó una mano apuntando al techo y volvió a caerse.
—Mejor venite a la noche —me dijo el Uruguayo—, éste tiene para unas horas de meditación.
—Lo que pasa es que tenemos hasta el domingo nada más —dije, hablando más para mí que contestándole al Uruguayo. Me volví hacia mi amigo e insistí—. Por qué no te tomás un café, Rolando —a la vez que le daba un montón de sacudones cortitos.
Mi amigo movió la cabeza diciéndome claramente que sí. Eso me alentó: todavía había esperanzas. El Uruguayo sirvió un café doble y lo puso frente a mí. Lograr que Rolando se lo tomara fue un problema aparte, porque el café estaba muy caliente y porque él ni siquiera podía mantener la cabeza en su lugar. Parecía uno de esos perritos con cuello de resorte que se pegan al tablero de los colectivos. Traté de sostenerlo mientras el Uruguayo —que había dado la vuelta al mostrador— hacía lo que podía para llevarle la taza a la boca. Hasta que Rolando hizo un movimiento repentino y derramó café sobre el piso y sobre la chaqueta de mozo del Uruguayo. Entonces el Uruguayo se calentó: agarró a Rolando de los cachetes, se los apretó hasta hacerle despegar los labios, lo obligó a echar la cabeza hacia atrás y le mandó una dosis de café como para cocinarle las tripas. Rolando lanzó un alarido, se enderezó y, sosteniéndose de la banqueta de al lado, se puso a gritar: «¡Yo tengo libros!». Gritó cuatro veces lo mismo, que tenía libros, y el Uruguayo le dijo que lo único que tenía era un pedo tísico.
El griterío contagió a algunos de los borrachos y el bar —que era un lugar más bien tranquilo— se agitó. Dos cuidadores amigos de Rolando aseguraron indignados que de verdad él tenía libros y que debían tratarlo con más respeto. En una de las mesas hubo un revoleo de dados seguido de unos manoteos, y mientras alguien recitaba la formación de Argentina en el mundial de Inglaterra, un largo zapucai llegó desde la letrina justo a tiempo para tapar el «Uruguayo botón» que otro decía por lo bajo. Hasta que un pelirrojo grandote al que llamábamos La Garza, aseguró que la Provincia Oriental del Uruguay había sido siempre argentina y que debían devolverla.
—¡A ver si se calman un poquito porque si no llamo a la taquería! —gritó el Uruguayo, y golpeó varias veces el mostrador con el culo de una botella—. Te das cuenta, pibe —me dijo—, uno se embrutece entre estos monos.
—¿Cuántas se tomó? —le pregunté, porque lo único que a mí me importaba era Rolando.
—Acá solamente dos —me contestó, y golpeó un poco más, aunque ya no era necesario porque las cosas se habían calmado. Siempre se calmaban los ánimos cuando se nombraba la taquería.
—Espero que no siga —dije, y me sentí más deprimido que nunca en la vida.
—Por más que quiera, por hoy quedate tranquilo. A menos que alguien lo invite. Yo no puedo andar fiando vicio, vos sabés, no alcanza ni para la leche de los pibes.
Salí del bar y empecé a caminar hacia mi casa. Eran casi las seis de la tarde. Tenía ganas de llorar: de esa manera me iba a ser imposible hacerme de la plata para el regalo. El domingo era el cumpleaños de mamá y yo no pensaba resignarme a la plantita con el moño rojo que todos los años nos preparaba la abuela. Iba a ser un cumpleaños muy especial para nosotros, porque mamá estaba embarazada. Yo quería comprarle un colgante con aros de plata india que había visto en la feria de las pulgas pero, como costaban casi treinta pesos, el único que podía ayudarme era mi amigo Rolando.
Hice una cuadra y me quedé en la placita que está a la entrada de la villa Corina, frente al paredón lateral del cementerio. Encontré una Pulpo reventada, la acomodé como para pegarle del lado sano y probé a ver si la podía pasar por el medio de una goma de camión que colgaba de un travesaño de hierro. De diez metí cuatro, y de diez más metí seis. Agarré la pelota y me senté en la única hamaca que estaba sana.
Una borrachera se la podía agarrar cualquiera y eso no quería decir nada. Además, seguro que Rolando me quería ayudar. Él mismo había venido a proponérmelo cuando me vio por la feria preguntando por esas chucherías de mujer. Era muy reservado con su trabajo y no le habría propuesto algo así a cualquiera. Pero a mí siempre me trataba distinto que al resto de los pibes y más de una vez me dijo, muy en serio, que me consideraba su amigo.
Rolando tenía unos cincuenta años y llevaba más de treinta viviendo en las bóvedas del cementerio de Avellaneda. Por eso casi todo el mundo se lo tomaba en joda. Y más cuando estaba borracho. En cambio yo pensaba que cada cual podía vivir dónde se le diera la gana. Nosotros, por ejemplo, vivíamos entre los vivos y eso no quería decir que la pasáramos mejor. Era cuidador del cementerio y en su oficio había que lustrar bronces, arreglar tumbas, limpiar los huesos de los que iban a pasar de tierra a nicho y juntar del crematorio lo que podía quedar de un finado para ponerlo en una bolsita y entregárselo a los parientes. También había que saber atraer nueva clientela y en eso, decía Rolando, consistía el verdadero arte. El trabajo de cuidador le daba a Rolando, en épocas de racha, lo suficiente para vivir bien. Y siempre le sobraba tiempo, que él pasaba en lo del Uruguayo. Yo iba a visitarlo seguido al bar, donde me contaba las cosas misteriosas que habían pasado en el cementerio. Cosas que no pueden ver los que viven en otro lugar. Las contaba con respeto, porque siempre trataba de entender a las personas, hicieran lo que hicieran. Como la vez que vio a un tipo cogiéndose a la novia. En plena madrugada y adentro del cementerio. Dicho así parece algo más o menos común; lo espantoso era que la novia del tipo estaba muerta y la habían enterrado ese mismo día. Los cuidadores lo pescaron y lo hubieran linchado de no ser por Rolando que les salió al cruce. No porque le pareciera bien lo que el tipo estaba haciendo, si no porque se dio cuenta de que se había vuelto loco. Esas cosas lo convertían, para mí, en una persona especial.
Rolando tenía el pelo negro peinado a la gomina y era bastante petiso. Se vestía con un saco azul y unos pantalones que le quedaban demasiado cortos, según él para evitar embarrarlos en las tumbas nuevas. Hablaba despacio, como una persona importante: un prócer o un profesor, y cuando se ponía a cantar, aunque desafinaba, tenía una voz de tenor que rajaba la tierra. No era un loco mentiroso y, mucho menos, un tipo deprimente, como decía mi hermano Alejandro. Era una persona divertida y muy educada, sólo que daba la sensación de vivir en otro tiempo.
Decidí que antes de volver a casa iba a echarle un vistazo al cementerio, a ver si de paso me iba acostumbrando. Le pegué un boleo a la Pulpo y me limpié las manos en la remera. Caminé bajo la sombra del paredón, doblé la esquina y seguí hasta las rejas blancas de la puerta principal. Iba muy canchero hasta que me asomé y miré para adentro: un frío me bajó por la espalda. Traté de darme ánimo y volví a mirar, a repasar con tranquilidad todo lo que podía verse desde ahí. Pensé que por lo menos, con toda esa gente que caminaba de acá para allá, parecía imposible que uno se quedara solo. Rolando me había dicho que para sacarse la impresión del principio, lo mejor era imaginarse en un pueblito un día domingo. Miré las bóvedas y me dije que eran las casitas del pueblo de los muertos. Me tranquilizó comprobar que tenían de todo: sus veredas, sus calles empedradas con el nombre en cada esquina y hasta un semáforo titilando en amarillo sobre el cruce de las dos calles más anchas. Las manzanas eran pequeñas pero con árboles y canteros llenos de flores. Y hasta había una plaza central, con un jardín de cruces bajo el sol de la tarde. Respiré profundo y repasé con la mirada cada una de las esculturas. Un obelisco celeste, en la entrada, era la más alta. Unos pasos más allá había un arco de laureles verdes y, doblando hacia las bóvedas, dos ángeles flacos soplaban trompetas de bronce y tenían un montón de palomas sobre la cabeza y los brazos. A mí no me gustaban las palomas pero decidí que arriba de los ángeles quedaban bastante bien. Había también otras esculturas, tan raras que no puedo explicarlas, y unos pibes gorditos con alas de mariposa y el pito al aire cantando de cara al cielo. El cementerio parecía realmente un pueblo feliz un día domingo. A no ser porque en el fondo, donde el último paredón lindaba con lo profundo de la villa Corina, se levantaba un enorme edificio de cemento: el monobloque de los nichos.
¿Para qué iba a entrar sin Rolando? Me senté en un banco, al costado de la puerta y le pregunté la hora a una mujer que pasaba cargada con bolsas de feria. La mujer traía puesto un delantal de cocina lleno de pingüinitos verdes y negros; yo nunca había visto un delantal tan feo. Dejó las bolsas en el piso, sacó un reloj de pulsera pero sin pulsera y me lo puso delante de la cara. Recién ahí me di cuenta de que era bastante vieja. Miré la hora y le hice una seña que quería decir sí. No le di las gracias pero no por mal educado, sino porque me sentía incómodo con ella ahí, parada al lado de las bolsas, mirándome de esa manera. La mujer sacó un racimo de uvas y me lo dio. Agarré el racimo y juro que hice un esfuerzo por decir algo. Pero no pude. Ella levantó las bolsas y siguió su camino. Las uvas estaban dulces y eso hubiera sido suficiente para hacer sentir bien a cualquiera. Pero yo me sentí mal. No puedo decir por qué. Nunca supe por qué terminaba tan triste cuando me pasaban cosas como ésa.
En mi casa estaban de asado. Habían venido Coco —el socio de papá—, su mujer, su hija y mis tíos recién casados. Papá había empezado a encender el fuego sobre una chapa, al lado de la parrilla que teníamos en el patio. Saludé y me metí en la pieza. Alejandro, con el equipo a todo volumen, escuchaba un disco de Pescado Rabioso.
—Che —me gritó, y su voz se mezcló con la del flaco Spinetta que decía a los gritos que cansado de gritar por Cris, su mente estaba perdida como un árbol—, por qué no te cruzás al taller. Encanuté una botellita de la costa.
Bajé el volumen del Winco y le pregunté de dónde la había sacado. Mi hermano puso cara de canchero y me hizo una seña como queriendo decir menos pregunta Dios y perdona. Alejandro siempre se andaba haciendo el misterioso. Me dijo que había escondido nuestra botella adentro del cilindro roto de la prensa hidráulica. Le brillaban los ojos y se notaba que antes de guardarla le había pegado unos buenos besos. Salí, agarré las llaves de arriba de la mesa del comedor y me crucé al taller.
El taller de papá era un local bastante grande donde había diez bancos de trabajo repartidos en los costados y, en la pared del fondo, el torno revólver, la hornalla industrial, la prensa hidráulica, la bañera del barniz y la pileta de agua fría que también servía de mingitorio. No tenía baño y si uno quería hacer algo más que un pis debía cruzarse a mi casa. Mamá siempre protestaba por eso. Porque cada vez que un cliente venía con el apuro se tenía que cruzar a casa a cagarnos el baño. Los únicos bancos que se usaban eran el de papá, el de Coco y el de Alejandro. Los otros habían quedado de la época en que el taller tenía un montón de bobinadores que trabajaban por hora, pero ni mi hermano ni yo lo habíamos conocido entonces.
En el taller de papá se bobinaban dínamos, alternadores y arranques de automóviles. También bobinas de limpiaparabrisas, aunque ésas eran una reverenda boludez y uno las encontraba hasta en los peores talleres. Un verdadero bobinador, decía siempre papá, prefiere trabajar en el rotor o en el estator de una dínamo o de un arranque. Yo era el encargado de cebar mate, porque todos decían que no había nacido para los trabajos manuales. En cambio Alejandro —quizá porque era trece meses mayor que yo—, cuando volvía de la escuela, trabajaba como bobinador. Tenía su propio banco y sus propias herramientas de bobinador. Hasta manejaba, bajo la estricta vigilancia de Coco o de papá, el torno revólver; y eso no es algo que pueda hacer cualquiera.
Cerré la puerta con llave y, sin encender ninguna luz, arreglándomelas con el poco sol que se filtraba por la única ventana, saqué la botella de adentro del cilindro roto. El cilindro estaba protegido con grasa colorada así que la botella se había embadurnado de punta a punta. La limpié con estopa, la destapé y probé el vino. Era bien dulce, del que llamábamos Aguasucia, sin duda el más rico de todos los vinos.
Cuando me sentí entonado me puse a repasar los almanaques de las minas desnudas. Tuve que hacerme una paja enseguida, para poder mirarlos con más tranquilidad. Había minas para todos los gustos, pegadas en todas las paredes del local. Las dos más tetonas estaban cerca de la puerta de entrada, es decir, en el medio exacto del taller, frente al torno revólver y la hornalla industrial donde se calentaban los tarros para fundir el estaño. Hacían la propaganda de alambres forrados en algodón y estaban de costado, enrolladas en alambre blanco, como si fueran las momias de Cleopatra, mostrando las tetas y el culo que era lo único que tenían al aire. Sobre el banco de Alejandro había una que era igualita a Isabel Sarli, en bombacha y corpiño, con la boca abierta como un pescado. Yo podía imaginarme miles de cosas con aquella boca pintada de rojo brillante. Sobre el banco de Coco había otra que tenía el culo más enorme que yo haya visto en la vida. Era la propaganda de la Bulonera del Dock. La culona te apuntaba con ese culo como una montaña a la vez que se retorcía toda para doblarse hacia atrás, te miraba con tremenda cara de puta, sacaba un bulón de una caja de bombones en forma de corazón y te hacía creer que se lo iba a comer. Abajo, en letras rayadas de azul y amarillo decía: ¿Qué comés, nena, Bulones del Dock?
La única repetida era una flaquita, en pollera de colegio secundario pero minifalda y con una torerita que le tapaba las tetas nada más que hasta la línea de los pezones. La flaquita tenía trenzas y estaba chupándose el dedo. Era la propaganda del taller de papá, que se llamaba Los Amigos, y estaba como diez veces en todo el local. Mamá decía que era una vergüenza porque podía haber sido su hija; o sea, la hija de papá; o sea, mi hermana. Debido a lo que decía mamá yo nunca me había podido pajear con la flaquita y trataba de no mirarla demasiado.
Había también una japonesa, con las manos entre las piernas y cara de sorprendida porque un eje gigantesco intentaba atravesarla como si ella fuera una bobina. La japonesa estaba colgada arriba del póster de River Campeón donde el Beto Alonso tenía dibujada, justo sobre la boca, una pija con dos huevos peludos hecha en birome azul por mi hermano. Alejandro, como todos nosotros, era hincha del Arse y era el único que se animaba a meterse con Coco.
Las mujeres de los afiches eran tantas que uno se mareaba. Pero había una en particular de la que yo me había enamorado. Y me había enamorado en serio. Estaba sobre la pared del banco destinado al archivo de papeles. Era una rubia que hacía la propaganda de los rulemanes SKF. Estaba delicadamente desnuda, montada a caballo en un rulemán gigantesco. El pelo lacio hasta la cintura, los labios húmedos apenas abiertos y las tetas rosadas llenas de diminutas gotas de rocío. Tenía la mirada triste, como si alguien la hubiera abandonado sobre ese rulemán que mantenía apretado entre las piernas por temor a caerse. La foto era tan real que a donde quiera que yo iba la rubia me seguía con la mirada. Lo raro del afiche era que en la parte de abajo, en letras chiquitas, figuraba su nombre. Decía: Modelo: Andrea C.
Me recosté sobre el banco de los papeles y me quedé un rato así: observándola. Tomé un trago de vino y encendí un cigarrillo de los que con Alejandro le robábamos a papá: Particulares 30 sin filtro. El humo fuerte me hizo toser y después de un poco más de vino me volví a bajar la bragueta y empecé a acariciármela despacio. Me sentía adormecer, y a medida que aceleraba mis caricias el gusto del vino y del tabaco me iban ganando el alma. Vi la cara de Andrea C. que parecía cambiar de expresión como si ella también lo estuviera disfrutando.
—Andrea C., Andrea C. —murmuré bajito y con los dientes apretados.
Entonces ella empezó a moverse. Se desperezó, bajó del rulemán y salió de la foto para acostarse a mi lado. Sobre el banco de los papeles me besó un rato y ahí mismo nos hicimos el amor, impregnados del olor de la grasa roja, rodeados de los pedacitos de mica y las ralladuras de estaño que resplandecían en la oscuridad.
A eso de las doce acomodé las almohadas y las sábanas de tal manera que pareciera que yo estaba en la cama. Le pedí a mi hermano que me hiciese la gamba en el caso de que mamá viniera a preguntar si necesitábamos algo. Mamá lo preguntaba siempre sin encender la luz y desde la puerta de la pieza, sobre todo desde que la panza ya no la dejaba moverse demasiado. Alejandro sólo tenía que poner voz de dormido y contestarle que no.
—Me voy a ver a Rolando —le dije—, lo dejé en lo del Uruguayo, estaba bastante mal.
—Vos siempre con ese borracho —dijo Alejandro.
Salí de la pieza y entré en el comedor que estaba a media luz. Todos seguían conversando en el patio y nadie se fijó en mí. En el pasillo agarré la bicicleta, salí a la calle y arranqué a toda velocidad.
Era una noche de esas tan lindas que tienen los primeros días de marzo. Las calles estaban oscuras y el viento movía lentamente la copa de los árboles. Para llegar al bar tenía que pasar obligatoriamente por el cementerio, así que pedaleé hasta la avenida Agüero y doblé hacia la izquierda. Aceleré un poco más y pude ver el monobloque de los nichos que, con sus cuatro pisos de altura, sobresalía entre todas las casas del barrio. Junto a la puerta principal vi la sombra de un hombre agazapado. Subí a la vereda de enfrente, esquivé los tachos vacíos de las florerías y bajé de nuevo a la calle. Había hecho unos metros cuando me di cuenta de quién era el hombre. Clavé los frenos haciendo chillar la rueda trasera. Rolando, pensativo, la cabeza metida entre los hombros, usando los dedos de sus manos, se peinaba. Me acerqué despacio, caminando al lado de la bici. Aunque suene raro sentí que era yo quien le debía una disculpa.
—Tuve que ir hasta mi casa —le expliqué—, te agarraste un pedo bárbaro.
—Soñé que me querían pelar como a un chancho —me contestó Rolando.
Abrió un bolsito de cuero marrón que tenía al lado, sacó una botella, desenroscó la tapa y, murmurando la palabra agua, se mojó la cabeza. Sacó el peine y se peinó a lo Gardel.
—Manos a la obra —dijo—: Al cementerio.
—Pero si ahora está cerrado…
—Muchísimo mejor —dijo, y yo pensé que le había empezado a fallar la cabeza.
—Pero ¿me querés decir cómo vamos a entrar si está cerrado?
—Cerrado para los muertos y para los vivos, no para Rolando.
—¿Y qué hago con la bici?
—¿A quién se le ocurre traer un velocípedo al cementerio?
—¿Un qué? Si me la afanan mi viejo me mata.
—Acá está Rolando —dijo mi amigo con aires de importante—, y Rolando es tu amigo, ¿no? Entonces no veo ninguna razón para que estés preocupado.
Agarró la bicicleta, cruzó la avenida Agüero, entró por el costado de una florería y enseguida salió.
—Listo —me dijo—, ahora al cementerio.
Empezamos a dar la vuelta a la enorme manzana. Para mi asombro, pasábamos de largo cada una de las puertas secundarias. Cuando dejamos atrás la segunda esquina y entramos en la calle posterior, la que está enfrente de la villa y donde ya no había ninguna puerta, supe que Rolando pensaba entrar al cementerio por el peor lugar: el monobloque de los nichos. Yo trataba de disimular pero estaba recontra asustado. En cambio, Rolando caminaba suelto, con cierta felicidad, como si no fuera consciente de que de un lado teníamos un cementerio y del otro, el oscuro rancherío de la villa.
A mitad de cuadra, justo al pie de un gomero, me dijo que ése era el lugar. Trepamos al árbol y del árbol nos pasamos a la cornisa del paredón donde sobresalía un balconcito que parecía el de Romeo y Julieta. Rolando me dijo que antiguamente había sido un puesto de vigía. Yo no estaba de ánimo para preguntarle qué mierda habían querido vigilar en un cementerio, pero él me contaría más tarde que los puestos se habían construido un siglo y pico atrás, durante la epidemia de fiebre amarilla, cuando los primeros pobladores del barrio, por ignorancia, habían querido incendiar el cementerio.
Nos deslizamos por la cornisa hasta alcanzar el balconcito. Rolando iba adelante y varias veces pensé que se venía en banda. Cuando llegamos al puesto de vigía se quedó jadeando como un perro. Me dio tres palmadas en la espalda, forcejeó una puerta pequeña de dos hojas de chapa hasta que consiguió destrabarlas y las abrió. Entonces, en medio de ese silencio y una total oscuridad, nos metimos al primer piso del monobloque de los nichos.
—Rolando —susurré.
—Qué.
—¿Dónde estás?
—Acá.
—Adónde.
—Enfrente de ti, querube —me tocó, y pegué un salto.
Yo estaba muerto de miedo. No se veía nada y el olor era insoportable, como si alguien hubiera mezclado desodorante de ambientes con lavandina. Rolando me agarró la mano y yo me dejé llevar. Dimos unos pasos y de golpe se detuvo.
—¿Qué carajo pasa? —dijo.
Y es que caminábamos trabados, porque nos habíamos tomado como dos personas que se hubieran dado la mano para saludarse. Rolando me soltó y lo manoteé del saco. Escuché una puteada, pero igual no lo solté. Llegamos hasta una escalera y nos detuvimos. Empezamos a bajar despacio, tanteando los escalones en cada pisada. Era una escalera caracol. Dimos tres giros a la derecha y llegamos abajo. Entonces vi una luz muy tenue pero bien definida al final de lo que parecía un largo pasillo.
—Hacia la luz, caminá despacio hacia la luz —me dijo Rolando, y yo pensé en esos tipos que vuelven de la muerte y te dicen que caminaban hacia una luz tan poderosa que los dejaba ciegos. Esta luz era una mierda pero supongo que en algo se parecía. Rolando me volvió a soltar y pude sentir cómo se alejaba.
—Rolando, no jodás, estoy paralítico —dije.
—Paralizado querrás decir —me contestó, y me alivió la idea de que estuviera cerca.
Seguimos y, a cada paso, me resultaba más evidente que la luz era la salida del monobloque de los nichos. Ya podía ver la sombra débil de mi amigo alargada contra la pared. Estiré la mano hacia un costado y toqué algo de metal: un florero. Sentí en los dedos las flores babosas que, al moverlas, despidieron un olor repugnante. Saqué la mano de un tirón y el florero cayó al piso dando tres campanadas descendentes.
—Che —me dijo Rolando, recontra nervioso—, nos vas a mandar en cana.
No pude responderle enseguida porque no me salió la voz.
—Perdoná —dije, por fin—, me dieron ganas de tocar.
—Si son nichos —me contestó, indignado—, son como placares rellenos de muertos, qué es lo que querés tocar.
Llegamos a una puerta de vidrio y mi amigo me dijo que me agachara y me quedara quieto, que él iba a dar un vistazo para ver si los cuidadores de turno eran de la barra de amigos. Salió y yo me quedé, por primera vez en mi vida, solo en un cementerio.
Atrás tenía la oscuridad repleta de muertos embutidos y adelante la visión de las bóvedas y las cruces bajo la luz de la luna. Sentí que el estómago se me volvía de piedra. No podía dejar de hacer un ruido espantoso con la garganta. Un ruido parecido al que hacen las palomas cuando están amontonadas. Cerré los ojos, respiré profundo y traté de pensar en Andrea C. Su pelo suave sobre mi cara, su pelo que salía de la foto impulsado por un viento marino. Después ella, desnuda, que se dejaba deslizar hacia adelante del rulemán sin ningún temor, confiando en la mano segura que yo le tendía, sonriendo al comprender que era el príncipe azul que durante tanto tiempo había esperado.
—Vamos, che —me dijo Rolando, y habría sido mejor que me hubiera dado una patada en el culo porque casi me muero del susto—. No hay moros en la costa. ¿Qué tenés ahí?
Yo me había bajado el cierre y, sin darme cuenta, ya me estaba manoseando.
—Qué, ¿te ibas a pajear? —me preguntó.
—Me estoy meando, no ves; por qué no te callás la boca.
—Te ibas a pajear —dijo Rolando.
La luna estaba suspendida en el centro del cementerio. Iluminaba las tumbas con un color plateado y pegajoso. Las tumbas de mármoles claros eran las que más me impresionaban. Parecían espejos antiguos abandonados, resplandores cargados de maldad. Rolando me pidió que lo siguiera y yo traté de ir pisándole los talones. Tanto traté, que habíamos hecho pocos metros cuando cayó de boca contra una montañita de tierra húmeda al lado de un hoyo abierto. Efectivamente: le había pisado los talones. Rolando se levantó y se sacudió la ropa. Parecía furioso, subía y bajaba los brazos como un pajarraco.
—Estoy dispuesto a soportarlo todo —dijo, siempre moviendo los brazos. Después hizo una pausa y agregó—: Por un amigo.
—Tengo ganas de vomitar.
Me inclinó hacia delante y me apretó la panza. Traté de vomitar pero no pude. Rolando murmuró unas puteadas y me sacudió como si yo fuera una bolsa de cebollas. Vomité y me sentí mejor. Mi amigo me dijo que me sentara, que era la falta de costumbre, y ahí nomás, sacó una botellita de medio litro de algo que parecía moscato. Tomó un trago y me convidó. Primero, desconfiado, le di un trago cortito, pero cuando sentí el sabor dulce del vino le di otro bien largo. No tardé nada en sentirme mejor.
—Empecemos con unas pocas palabras —me dijo—; no te hace falta anotar, solamente prestame atención. Hay tres clases de tumbas que tenés que aprender a diferenciar. Primero: tumbas en las que tenés que trabajar. Segundo: tumbas en las que obligatoriamente tenés que trabajar. Y tercero: tumbas en las que ni por todo el oro que existe en este mundo tenés que trabajar.
Hizo una pausa, revisó los bolsillos de su saco azul y sacó un medio pucho arrugado. Desclavó un fósforo que estaba metido adentro del medio pucho y lo raspó varias veces sobre la piedra de una tumba hasta que logró encenderlo.
—Voy a ahorrarte el desatino y no te voy a preguntar cuál de las tres es la más importante. Directamente te lo voy a decir.
—La segunda —dije, apurado.
Rolando se quedó mirándome. Tosió y echó humo por la boca y la nariz. Escupió de entre los dientes lo que podía haber sido una hebra pequeña de tabaco.
—No tiene filtro —dijo—: El borracho amarrete se quedó con la mitad que tenía filtro.
—Pero vos te quedaste con la que tiene más tabaco —contesté sin dudar, agrandado por lo que había creído un acierto anterior.
Rolando se exasperó. Volvió a sacudir los brazos aleteando sin parar.
—¡Si me vas a interrumpir a cada rato mando todo al carajo! —gritó—. ¡Esto no es una escuelita de mierda! ¡Esto es un cementerio!
—No te interrumpo más —le dije, pero no alcanzó y casi tuve que rogarle porque se había empacado y no quería seguir. Por fin continuó.
—La más importante es la tercera. Catorce hijo de puta, lo partió tomando en cuenta sólo la parte del tabaco —dijo—. Porque si tocás lo que no hay que tocar, uno, trabajaste al pedo y dos, mucho peor, te meten en cana. ¿Entendido?
Contesté que sí con la cabeza y Rolando me dijo que esa noche aprenderíamos a diferenciar las tumbas según lo que cayera en suerte.
Negrita, ésta es la casita que tanto quisiste
en vida y que no te pude dar. El Bebe.
La inscripción estaba grabada sobre una placa de bronce, colocada en el jardincito de un chalet en miniatura que venía a ser la tumba. Con cerco, arbolitos, ventanas y una chimenea con forma de cruz. Tenía el techo de tejas rojas y estaba hecho con ladrillos de verdad. Un farol iluminaba toda la sepultura, que daba la sensación de ser una enorme torta de cumpleaños.
—¿En cuál de las tres clases citadas ubicarías a esta cárcava? —me preguntó Rolando, que ahora se veía tan fresquito y sonriente que nadie se hubiera imaginado que esa misma tarde se había agarrado un pedo de película.
—¿A esta qué? —pregunté.
—Es inútil, deberías tener al menos un libro: el diccionario. Fosa, hoyo, depresión considerable en el terreno.
—Qué sé yo —le dije—; ¿un chalecito?, este tipo está más loco que una cabra.
—Te rogaría mostrar más respeto por la clientela y abstenerte de toda queja —dijo Rolando—. Estos locos, como vos los denominás, son los que algún día te darán de comer. Pero volviendo a la pregunta: ¿sabés o no sabés?
—Clase tres —le dije.
—¡Incorrecto! —contestó mi maestro frotándose las manos—, ésta es una clase dos. El marido de esta Ana Ramírez es un maniático. Por supuesto que no hay que manosear demasiado y eso lo veremos más adelante, pero ésta es una dos clavada. Es imperativo poner manos a la obra en esta tumba. El simple hecho de esperar al Bebe Ramírez en el día de la novia o en el aniversario de su insatisfecha esposa ya nos hará ganar dinero. Escuchá la estrategia y andá saboreando el fato. Uno se acerca y le dice: «Caballero, disculpe que lo interrumpa en su dolor. Pero usted sabe, las palomas. Yo opino que deberían erradicarlas de lugares como éste. Ahora descuide, para eso ha nacido Rolando: un servidor, para encargarse de todo y evitarle el dolor adicional de ver cómo… ¿me entiende?».
—Pero decís que no hay que tocar demasiado —dije.
—Y bien he dicho. Este tipo de cliente sabe qué lugar ocupa cada cosa. La culpa por no haberle podido dar la casa a la mujer lo convirtió en un obsesivo patológico y espero que sepas lo que eso significa. Solamente hay que verificar si por casualidad algún gorrión cagó el techo de la casita, cosa que sucede en grado menor.
—Y el tipo te pone la guita como un chorlito —le dije entusiasmado.
—Como un cliente —me corrigió Rolando—, como un cliente.
Caminamos por el jardín de las cruces. Pasamos por varias sepulturas que mi maestro ignoró por completo y por otras que le merecieron un comentario menor. Doblamos por otra calle y nos detuvimos. Si la tumba anterior había sido rara, ésta parecía el monumento a la comisión directiva de un manicomio. La mitad de la tapa estaba ocupada por la réplica de un colectivo pintado de rojo dónde se leía que era de la línea 8 interno 22. A los costados del colectivo había dos reflectores color violeta. También había una rueda de triciclo con un solo pedal amurada a un costado por medio de un caño. Rolando me pidió que prestara atención; tomó el pedal e hizo girar la rueda a toda velocidad. Yo había pasado por alto un detalle importante: la dínamo. Me llevé una sorpresa cuando los reflectores se encendieron llenando el lugar de luces azules y violetas. Mi amigo soltó el pedal y la rueda quedó andando otro rato, los violeteros se apagaron poco a poco y la tumba volvió a ser casi como cualquier otra. Excepto por el colectivo rojo y por las dos inscripciones que estaban en el frente de la lápida.
Al picaflor del Pelusa, por su Estampa de Varón del Volante
Asociación Amigos del «8 La Colorada»
Al 22 de la Barra, porque es una gran 17 que venga el 13 y te mande al 94

El estaño de los peces, por Pablo Ramos

CUANDO papá y mamá se casaron, la casa que hasta entonces había sido de la abuela se dividió en dos. La parte de adelante, salvo la habitación y el vestíbulo donde vivía la abuela, quedó para tío Alfredo y su novia, la que sería después tía Laura. Y la parte del fondo quedó para papá y mamá, con un patio lateral al aire libre común

Las aventuras de la China Iron, por Gabriela Cabezón Cámara






Fue el brillo. El cachorro saltaba luminoso entre las patas polvorientas y ajadas de los pocos que quedaban por allá: la miseria alienta la grieta, la talla; va arañando lenta, a la intemperie, la piel de sus nacidos; la hace cuero seco, la cuartea, les impone una morfología a sus criaturas. Al cachorro todavía no, irradiaba alegría de estar vivo, una luz no alcanzada por la triste opacidad de una pobreza que era, estoy convencida, más falta de ideas que de ninguna otra cosa.
Hambre no teníamos, pero todo era gris y polvoro­so, tan turbio era todo que cuando vi al cachorro supe lo que quería para mí: algo radiante. No era la primera vez que veía uno, incluso había parido a mis criaturas, y no es que no destellara nunca la llanura. Refulgía con el agua, revivía aunque se ahogara, toda ella perdía la chatura, corcoveaba de granos, tolderías, indios dados vuelta, cautivas desatadas y caballos que nadaban con sus gauchos en el lomo, mientras cerca los dorados les brin­caban veloces como rayos y caían para lo hondo, para el centro del cauce desbordado. Y en cada fragmento de ese río que se comía las orillas se espejaba algo de cielo y no parecía cierto ver todo eso, cómo el mundo entero era arrastrado a un vértigo barroso que caía lentamente y girando sus cientos de leguas rumbo al mar.
Primero luchaban hombres, perros, caballos y ter­neros huyéndole a lo que asfixia, a lo que chupa, a lo fuerte del agua que nos mata. Unas horas después ya no había guerra, era larga y era ancha la manada, cimarrón como el río mismo ese ganado ya perdido, arrastrado más que arriado, dando vueltas carnero los carneros y todo lo demás; las patas para arriba, para adelante, para abajo, para atrás, como trompos con eje horizontal; avanzaban veloces y apretados, entraban vivos y salían kilogramos de carne putrefacta. Era un cauce de vacas en veloz caída horizontal: así caen los ríos en mi tierra, con una velocidad que a la vez es un ahondarse, y así vuelvo al polvo que todo lo opacaba del principio y al fulgor del cachorro que vi como si nunca hubiera visto otro y como si no hubiera visto nunca las vacas nadadoras, ni sus cueros relumbrantes, ni toda la llanura echando luz como una piedra mojada al sol del mediodía.
Lo vi al perro y desde entonces no hice más que buscar ese brillo para mí. Para empezar, me quedé con el cachorro. Le puse Estreya y así se sigue llamando y eso que yo misma cambié de nombre. Me llamo Chi­na, Josephine Star Iron y Tararira ahora. De entonces conservo sólo, y traducido, el Fierro, que ni siquiera era mío, y el Star, que elegí cuando elegí a Estreya. Llamar, no me llamaba: nací huérfana, ¿es eso posible?, como si me hubieran dado a luz los pastitos de flores violetas que suavizaban la ferocidad de esa pampa, pensaba yo cuando escuchaba el “como si te hubieran parido los yuyos” que decía la que me crió, una negra enviudada


más luego por el filo del cuchillo de la bestia de Fierro, mi marido, que quizás no veía de borracho y lo mató por negro nomás, porque podía, o quizás, y me gusta pensar esto aun de ese que era él, lo mató para enviu­darla a la Negra que me maltrató media infancia como si yo hubiera sido su negra.
Fui su negra: la negra de una Negra media infancia y después, que fue muy pronto, fui entregada al gaucho cantor en sagrado matrimonio. Yo creo que el Negro me perdió en un truco con caña en la tapera que lla­maban pulpería, y el cantor me quería ya, y de tan niña que me vio, quiso contar con el permiso divino, un sacramento para tirarse encima mío con la bendición de Dios. Me pesó Fierro, antes de cumplir 14 ya le había dado dos hijos. Cuando se lo llevaron, y se llevaron a casi todos los hombres de ese pobre caserío que no tenía ni iglesia, me quedé tan sola como habré estado de recién parida, sola de una soledad animal porque sólo entre las fieras pueden salvar ciertas distancias en la pampa: una bebé rubia no caía así nomás en manos de una negra.
Cuando se llevaron a la bestia de Fierro como a to­dos los otros, se llevaron también al gringo de “Inca la perra”, como cantó después el gracioso, y se quedó en el pueblo aquella colorada, Elizabeth, sabría su nombre luego y para siempre, en el intento de recuperar a su marido. No le pasaba lo que a mí. Jamás pensé en ir tras Fierro y mucho menos arriando a sus dos hijos. Me sentí libre, sentí cómo cedía lo que me ataba y le dejé las criaturas al matrimonio de peones viejos que había quedado en la estancia. Les mentí, les dije que iba a rescatarlo. El padre volvería o no, no me impor­taba entonces: tenía catorce años más o menos y había tenido la delicadeza de dejarlos con viejos buenos que los llamaban por sus nombres, mucho más de lo que yo nunca había tenido.
La falta de ideas me tenía atada, la ignorancia. No sabía que podía andar suelta, no lo supe hasta que lo estuve y se me respetó casi como a una viuda, como si hubiera muerto en una gesta heroica Fierro, hasta el capataz me dio su pésame esos días, los últimos de mi vida como china, los que pasé fingiendo un dolor que era tanta felicidad que corría leguas desde el caserío hasta llegar a una orilla del río marrón, me desnudaba y gritaba de alegría chapoteando en el barro con Estreya. Debería haberlo sospechado, pero fue mucho después que supe que la lista de gauchos que se llevó la leva la había hecho el capataz y se la había mandado al estan­ciero, que se la había mandado al juez. El cobarde de Fierro mi marido, charlatán como pocos, de eso nunca cantó nada.
Yo, de haber sabido, les hubiera hecho llegar mi agradecimiento. No hubo tiempo. Por el color nomás, porque había visto poco blanco y albergaba la esperanza de que fuera mi pariente, me le subí a la carreta a Eliza­beth. Le pasaría algo parecido a ella también porque me dejó acercarme, a mí, que tenía menos modales que una mula, menos modales que el cachorro que me acompa­ñaba. Me miró con desconfianza y me alcanzó una taza con un líquido caliente y me dijo “tea”, como asumien­do que no conocería la palabra y teniendo razón. “Tea”, me dijo, y eso que en español suena a ocasión de recibir, “a ti”, “para ti”, en inglés es una ceremonia cotidiana y eso me dio con la primera palabra en esa lengua que tal vez había sido mi lengua madre y es lo que tomo hoy mientras el mundo parece amenazado por lo negro y lo violento, por el ruido furioso de lo que no es más que una tormenta de tantas que sacuden este río.


Es difícil saber qué se recuerda, si lo que fue vivido o el relato que se hizo y se rehizo y se pulió como una gema a lo largo de los años, quiero decir lo que resplan­dece pero está muerto como muerta está una piedra. Si no fuera por los sueños, por esas pesadillas donde soy otra vez una niña sucia y sin zapatos, dueña sólo de dos trapos y un perrito como un cielo, si no fuera por el golpe que siento acá en el pecho, por eso que me angosta la garganta las pocas veces que voy a la ciudad y veo a una criatura flaca, despeinada y casi ausente, si no fuera por, en fin, los sueños y los estremecimientos de este cuerpo, no sabría si es verdad lo que les cuento.
Quién sabe qué intemperie hizo reflejo en Elizabeth. Tal vez la soledad. Tenía dos misiones por delante: res­catar al Gringo y hacerse cargo de la estancia que debía administrar. Le iba a venir bien que la tradujeran, contar con lenguaraz en la carreta. Algo de eso hubo aunque creo que hubo más. Yo recuerdo su mirada de ese día: vi la luz en esos ojos, me abrió la puerta al mundo. Ella tenía las riendas en la mano, se iba sin saber bien para dónde en ese carro que tenía adentro cama y sábanas y tazas y tetera y cubiertos y enaguas y tantas cosas que yo no conocía. Me paré y la miré desde abajo con la confianza con que Estreya me miraba cada tanto cuan­do caminábamos juntos a lo largo de los campos o del campo; cómo saber de esa planicie toda igual cuándo usar el plural y el singular, se dirimió un poco después: se empezó a contar cuando el alambre y los patrones. Entonces no, la estancia del patrón era todo un universo sin patrón, caminábamos por el campo y a veces nos mirábamos mi perrito y yo y en él había esa confianza de los animales, encontraba Estreya en mí una certeza, un hogar, algo que le confirmaba que lo suyo no sería la intemperie. Así la miré yo a Liz, como un cachorro, con la certeza loca de que si me devolvía afirmativa la mirada ya no habría nada que temer. Hubo un sí en esa mujer de pelo rojo, esa mujer tan transparente que se le veía pasar la sangre por las venas cuando algo la alegraba o la enojaba. Después vería su sangre congelada por el miedo, burbujeando de deseo o haciéndole hervir la cara de odio.
Nos subimos con Estreya, nos hizo un lugar en el pescante. Estaba amaneciendo, la claridad se filtraba por las nubes, garuaba, y cuando empezaron a moverse los bueyes tuvimos un instante que fue pálido y dorado y destellaron las mínimas gotas de agua que se agitaban con la brisa y fueron verdes como nunca los yuyos de aquel campo y se largó a llover fuerte y todo fulguró, incluso el gris oscuro de las nubes; era el comienzo de otra vida, un augurio esplendoroso era. Bañadas así, en esa entraña luminosa, partimos. Ella dijo “England”. Y por ese tiempo para mí esa luz se llamó light y fue Inglaterra.
Fuimos lamidas por esa luz dorada nuestras primeras horas juntas. Una very good sign, dijo y entendí, no sé cómo le entendía casi todo casi siempre, y le contesté sí, ha de ser de buen augurio, Colorada, y cada una repitió la frase de la otra hasta decirla bien, éramos un coro en lenguas distintas, iguales y diferentes como lo que de­cíamos, lo mismo y sin embargo incomprensible hasta el momento de decirlo juntas; un diálogo de loros era el nuestro, repetíamos lo que decía la otra hasta que de las palabras no quedaba más que el ruido, good sign, buen augurio, good augurio, buen sign, güen saingurio, güen saingurio, güen saingurio, terminábamos riéndonos, y entonces lo que decíamos se parecía a un canto que quién sabe hasta dónde llegaría: la pampa es también un mundo hecho para que viaje el sonido en todas direc­ciones; no hay mucho más que silencio. El viento, el chillido de algún chimango y los insectos cuando andan muy cerca de la cara o, casi todas las noches menos las más crudas del invierno, los grillos.
Partimos los tres. No sentí que dejara nada atrás, apenas el polvo que levantaba la carreta que era, esa mañana, muy poco; avanzábamos despacio sobre una vieja rastrillada, uno de esos caminos que habían hecho los indios cuando iban y venían libremente, hasta dejar la tierra tan firme que seguía apisonada todos esos años después, no sabía cuántos, sí que eran más que los que llevaba vividos.
En poco tiempo el sol dejó de ser dorado, dejó de lamernos y se nos clavó en la piel. Todavía las cosas hacían sombra casi todo el tiempo pero ya empezaba a quemar el sol del mediodía, era septiembre y el suelo se rompía con el verde tierno de los tallos nuevos. Ella se puso un sombrero y me puso uno a mí y fue entonces que conocí la vida al aire libre sin ampollas. Y empezó a volar el polvo: el viento nos traía el que levantaba la carreta y todo el de la tierra alrededor, nos iba cubriendo la cara, los vestidos, los animales, la carreta entera. Man­tenerla cerrada, preservar su interior aislado del polvo, lo comprendí enseguida, era lo que más le importaba a mi amiga y fue uno de mis mayores desafíos durante la travesía entera. Días perdimos plumereando cada cosa, era necesario disputarle cada objeto al polvo: Liz vivía con el temor de ser tragada por esa tierra salvaje. Tenía miedo de que nos devorara a todos, de que terminára­mos siendo parte de ella como Jonás fue parte de la ba­llena. Supe que la ballena era parecida a un pez. Algo así como un dorado pero gris, cabezón y del tamaño de una caravana de carretas y también capaz de llevar cosas en su interior, transportaba un profeta esa ballena de Dios y surcaba el mar así como nosotras surcábamos la tierra. Ella cantaba un canto grave de agua y viento, bailaba, daba saltos y echaba vapor por un agujero que tenía en la cabeza. Me empecé a sentir ballena moviéndome tan suelta en el pescante entre tierra y cielo: nadaba.
El primer precio de tanta felicidad fue el polvo. Yo, que había vivido entera adentro del polvo, que había sido poco más que una de las tantas formas que tomaba el polvo allá, que había sido contenida por esa atmósfera —es también cielo la tierra de la pampa—, comencé a sentirlo, a notarlo, a odiarlo cuando me hacía rechinar los dientes, cuando se me pegaba al sudor, cuando me pesaba en el sombrero. Una guerra le declaramos aun sabiendo que esa guerra la perdemos siempre: tenemos los cimientos en el polvo.
Pero la nuestra era una guerra de día a día, no de eternidades.


Apenas nos cruzamos con un río con orilla, paró la gringa bueyes y caballos y carreta y nos sonrió a los dos. Estreya le daba vueltas alrededor ondeandosé de la cola a la cabeza, el amor y la alegría le brotan en bailecitos a mi perro. Nos sonrió Elizabeth, se metió adentro de la carreta, yo todavía esperaba su permiso para entrar, no me lo dio, salió inmediatamente con un cepillo y un jabón, y sonriendo y con gestos cariñosos, me sacó a mí mis trapos, se sacó los de ella, lo agarró a Estreya y a los dos nos metió en el río, que no era tan marrón como el único que yo había visto hasta ese día. Se bañó ella misma, esa piel tan pálida y pecosa que tiene, el pubis naranja, los pezones rosas, parecía una garza, un fantas­ma hecho de carne. Me pasó el jabón por la cabeza, me ardieron los ojos, me reí, nos reímos mucho, yo bañé del mismo modo a Estreya y ya limpios nos quedamos chapoteando. Liz salió antes, me envolvió con una tela blanca, me peinó, me puso una enagüita y un vestido y al final apareció con un espejo y ahí me vi. Yo nunca me había visto más que en el agua medio quieta de la laguna, un reflejo atravesado de peces y de juncos y cangrejos. Me vi y parecía ella, una señora, little lady, dijo Liz, y yo empecé a portarme como una, y aunque nunca monté de costadito y muy pronto estaría usando las bombachas que el Gringo había dejado en la carreta, ese día me hice lady para siempre, aun galopando en pelo como un indio y degollando una vaca a facón puro.
La cuestión de los nombres fue resuelta también esa tarde de bautismos. “Yo Elizabeth”, dijo ella muchas veces y en algún momento lo aprendí, Elizabeth, Liz, Eli, Elizabeta, Elisa, “Liz”, me cortó Liz, y así queda­mos. “¿Y nombre vos?”, me preguntó en ese español tan pobrecito que tenía entonces. “La China”, contesté; “that’s not a name”, me dijo Liz. “China”, me emperré y tenía razón, así me llamaba a puro grito aquella Negra a quien luego mi bestia enviudaría y así me llamaba él cuando solía, cantó luego, irse “en brazos del amor a dormir como la gente”. Y también cuando quería la comida o las bombachas o que le cebara un mate o lo que fuera. Yo era la China. Liz me dijo que ahí donde yo vivía toda hembra era una china pero además tenía un nombre. Yo no. No entendí en ese momento su emoción, por qué se le mojaron los ojitos celestes casi blancos, me dijo eso podemos arreglarlo, en qué lengua me lo habrá dicho, cómo fue que la entendí, y empezó a caminar alrededor con Estreya saltándole a los pies, dio otra vuelta y volvió a mirarme a la cara: “¿Vos que­rrías llamarte Josefina?”. Me gustó: la China Josefina desafina, la China Josefina no cocina, la China Josefina es china fina, la China Josefina arremolina. La China Josefina estaba bien. China Josephine Iron, me nombró, decidiendo que, a falta de otro, bien estaría que usara el nombre de la bestia mi marido; yo dije que quería llevar más bien el nombre de Estreya, China Josephine Star
Iron entonces; me dio un beso en la mejilla, la abracé, emprendí el complejo desafío de hacer el fuego y el asado sin quemar ni ensuciar mi vestidito y lo logré. Esa noche dormí adentro en la carreta. Era un rancho mejor que mi tapera, tenía whisky, ropero, jamones, galletas, biblioteca, bacon, unas lámparas de alcohol, me fue enseñando Liz el nombre de cada cosa. Y lo mejor, lo mejor a juicio de muchacha solitaria, dos escopetas y tres cajones repletos de cartuchos.
Me abracé a Estreya, que se había recostado con Liz, me sumergí en el olor a flores de los dos, tan recién bañados todos, me envolví en esas sábanas que olían a lavanda, eso lo sabría mucho después, entonces pensé que el perfume era algo tan propio del género como la textura que me albergó esa noche y todas las de lo que sería, a grandes rasgos y haciendo una división un poco extrema, el resto de mi vida. Sentí el aliento de Liz, picante y suave ahí entre las sábanas perfumadas y quise quedarme ahí, hundirme en ese aliento. No supe cómo. Me dormí en paz, feliz, contenida por perfumes, algodones, perro, pelirroja y escopeta.
Mi Estreya, lleno de destellos, casi azul de tan ne­gro, dejaba de ser nuevo y aprendía casi tanto como yo. Crecíamos juntos: cuando partimos, él me llegaba a las rodillas y yo le llegaba a Liz a los hombros. Cuando llegamos, y no sabíamos que estábamos llegando, él me alcanzaba la cintura y a mí no me faltaba mucho para ser tan alta como ella. Lo recuerdo cachorro, en posición de gentleman, sentado derechito con las orejas bajas, los ojos concentrados, el hocico húmedo, todavía hoy es candoroso cuando se sienta confiado en el resultado de sus buenos modales. Yo vivía con un candor seme­jante aunque empezaba a conocer un miedo nuevo: si antes había vivido temiendo que la vida fuera eso, la Negra, Fierro, el rancho, entonces temía se acabara ese viaje, esa carreta, el olor de la lavanda, la forma de las primeras letras, la vajilla de porcelana, los zapatos con cordones y tacones y todas las palabras en dos lenguas. Tenía miedo de que apareciera la ira en la cara de Liz o algo más fantasmal agazapado atrás de un médano, empezaban a aparecer los médanos, o entre las raíces de un ombú o entre los bichos que rompían el silencio en la oscuridad; los bichos de la pampa son noctámbulos, emergen de sus túneles y cuevas cuando la oscuridad sube. Miedo de que algo me devolviera a la tapera y a la vida de china tenía.
Había pasado de lo crudo a lo cocido: el cuero de mis botines nuevos era tan cuero como el cuero de la silla de montar que tenía Fierro pero no era el mismo cuero. El de los zapatos que Liz me regaló era bordeaux, era lustrado, era fino y se ajustaba a mis pies como otra piel. No sólo fueron los shoes y su leather: fueron las sábanas y el cotton, mi enagüita de silk que era de China, la verdadera China con chinas de verdad, los pullovers, la wool: todo era otra piel sobre mi piel. Todo era suave y era cálido y me acariciaba y sentía una felicidad a cada paso, cada mañana cuando me ponía la enagüita y arri­ba el vestido y el pullover, me sentía por fin completa ahí en el mundo como si hasta entonces hubiera vivido desnuda, más que eso, desollada. Recién entonces sentí el golpe. Los golpes del dolor de la vida a la intemperie, antes de estar arropada en esos géneros. Lo sentí como un amor loco por mis vestidos, por mi perro, por mi amiga, un amor que vivía con tanta felicidad como mie­do, miedo de que se rompieran, de perderlos, un amor que me expandía y me hacía reír hasta que me cortaba el aliento y también me contraía el corazón y se volvía una solicitud extrema hacia el cachorro y la mujer y los vestidos, un amor con vigilia de escopeta. Era tan feliz como infeliz y eso era más que lo que nunca había sentido.

Wool usé mucha porque partimos a principios de la primavera y todavía hacía frío y no creo haber contado todavía que íbamos Tierra Adentro, al desierto.

Alfonsina en cuerpo y escritura, por María Esther Silberman de Cywiner

Dice Delfina Muschietti de la obra de Alfonsina Storni:
Quien se enfrente con el periodismo y la poesía que Alfonsina escribió durante las primeras décadas del siglo en Argentina, por ejemplo, se hallará ante un problema por resolver: dar cuenta de una discontinuidad, de un corte, que habla de dos posiciones de sujeto, enfrentadas entre sí” (Muschietti 1999:9-10) [1]
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El incendio del arroyo, por Pablo Ramos

NUESTRO barrio se llama El Viaducto porque lo atraviesa un viaducto. Nace en la parte sur de Avellaneda, donde el terraplén del ferrocarril Roca se eleva separándolo de las torres del barrio Güemes. Y muere bien abajo: contra el arroyo Sarandí, que tiene de nuestro lado muchísimas curtiembres en su mayoría abandonadas, y del otro lado los primeros ranchos de la enorme villa Mariel. Al este, termina en la avenida Mitre, donde empezaban los baldíos y salía el camino hacia la costa; y al oeste, en la avenida Agüero, donde el largo paredón del cementerio nos separa de la villa miseria más peligrosa de todas: la Corina.
A nosotros nos llamaban Los Pibes y parábamos en la esquina de Magán y Rivadavia: el centro exacto del barrio. En aquella esquina estaba la casa de Armando, un viejo que todas las tardes se ponía a tocar el bandoneón, oculto en la penumbra de su garaje y con el portón apenas abierto para que la música pudiera oírse desde la calle. El sonido del bandoneón de Armando y la sombra de los álamos gigantes de su vereda hacían de esa esquina el lugar perfecto para pasar las tardes. La panadería, el cuartel de bomberos, la carpintería de Rubén y la fábrica de matafuegos Celis también estaban en Magán y Rivadavia, una frente a la otra ocupando las ochavas restantes. El bar del Uruguayo quedaba pasando el cementerio, y el club social y deportivo Brisas del Plata a la vuelta del bar. La cancha del Arse —nuestro cuadro—, estaba en las afueras del barrio, cerca del arroyo pero camino a la costa, donde existían otras villas mucho más chicas que la Mariel y la Corina y dónde paraba la peor de las barras enemigas: Los del Otro Lado.
Era verano, el año siguiente al del nacimiento de mi hermanita. Habíamos juntado cerca de cien pesos para ir a la villa Mariel y debutar con una puta. Habíamos tardado un mes en vender la rifa de una canasta familiar a un peso el número, diciéndoles a los vecinos que necesitábamos la plata para comprar un juego de camisetas para nuestro equipo. Con lo recaudado, menos una reserva que habíamos dejado para el vino de la costa, pensábamos encamarnos al menos cinco de nosotros.
Trabajamos en equipo y logramos vender noventa y nueve de los cien números. Sabíamos que al menos la mitad de nosotros iba a tener que esperar la segunda rifa (que tendría como excusa la compra de una pelota número 5); sin embargo, hasta ese momento, a nadie se le había ocurrido preguntar cómo íbamos a hacer para elegir a los primeros debutantes. Por eso, cuando sólo nos quedó un número imposible de vender porque era el 13, empezaron los problemas.
—Los que tenemos más tiempo en el barrio vamos en la primera tanda —dijo Percha. Y aunque sonaba bien, igual se nos complicaba porque salvo el Carlón y el Tumbeta todos vivíamos desde siempre en el barrio.
Marisa dijo que le parecía una idea injusta, y que mejor lo hiciéramos revoleando una moneda: a cara o ceca, pero nadie estuvo de acuerdo.
—Y vos qué te metés —le dijo Alejandro—, si no la tenés igual que nosotros.
Marisa, que era la que mejor peleaba porque practicaba judo en el Brisas del Plata, saltó encima de mi hermano, le hizo una Doble Nelson y lo obligó a retirar sus palabras.
—Marisa si tiene ganas también va —dijo el Chino—, y después que haga lo que quiera.
A todos nos pareció bien y seguimos discutiendo sobre la mejor manera de definir el asunto. Yo propuse que nos sentáramos en círculo para que cada uno hiciera su propuesta y todos estuvieron de acuerdo. Empecé yo. Dije que lo mejor era que fuéramos primero los que nunca le habíamos visto la cara a Dios. Pero enseguida saltó Alejandro, porque él sabía que todos nos acordamos del asunto que había tenido con la Flautita, la hija del panadero. Entonces Rindone levantó la mano y dijo que lo mejor era dejar que las putas eligieran con quiénes se querían acostar. Pero lo mandamos a la mierda: a quién se le podía ocurrir, los clientes éramos nosotros y las putas eran ellas. Percha, que era el más complicado de todos, esta vez propuso algo bastante lógico: jugarlo al punto y révol. Cada uno debería empezar con diez figuritas y el primero en perderlas sería el primero también, pero en quedar afuera. Se empezaría de nuevo y así hasta llegar a la final. El problema era que todos sabíamos cómo jugaba cada uno de los otros y nos era muy fácil anticipar quienes serían los seguros perdedores. Discutimos un rato y en votación dividida se decidió que no. El Chino dijo que lo mejor era hacerlo por orden de abecedario y el Jaro propuso un campeonato de pajas. Al Rata nunca se le ocurría nada y no dio ni una sola idea que sirviera aunque fuera para discutir un poco. El Tumbeta estaba callado y tuve que preguntarle para que soltara lo que tenía en la cabeza.
—Yo digo que vayan primero los que tengan los huevos bien puestos —dijo, y todos nos quedamos callados.
—Si todos los tenemos en el mismo lugar —le contestó la Rata.
Marisa se calentó y nos dijo que tuviéramos más respeto porque en el grupo había también una mujer.
—¿Qué querés decir, Tumbeta? —le pregunté.
—Qué sé yo. Podríamos entrar en el cementerio de noche y jugar una carrera hasta la otra punta; o acostarnos entre las vías a esperar que nos pase el tren. No sé, cualquier cosa de ésas.
Nadie le contestó. Ni siquiera Marisa, que aunque era mujer era capaz de todo. Ella también lo miraba en silencio. Supongo que igual que a mí no la asustaba lo que él decía, sino la manera en que lo decía: como si no le importara nada.
—Por qué no lo definimos con un fulbito y listo —dijo el Carlón, y a mí me pareció una buena idea. A los demás también, supongo que porque les permitió zafar de lo que había propuesto el Tumbeta. El único que dijo que no fue Percha porque para él el Carlón no contaba porque era cabeza y Marisa dijo que si el Carlón no contaba ella tampoco quería contar.
—¿Y a vos qué te importa? —le contestó Rindone.
—A mí me importa y al que no le importe no sabe nada lo que es tener un amigo.
Todos, menos Percha, estuvimos de acuerdo con Marisa; y a mí me gustaron mucho las palabras que ella usó para hacernos entender las cosas.
El partido quedó fijado para el sábado porque era el día del sorteo. Elegiríamos los equipos un rato antes y después del partido los ganadores harían uso del premio. Como el Carlón había sido el de la idea ganadora dije que merecía que le diéramos el número que no habíamos podido vender. A casi todos la idea les cayó como el culo, pero como Marisa estuvo de acuerdo conmigo no se animaron a abrir la boca, y yo anoté en el talonario de las rifas, sobre el número 13, el nombre del Carlón.
El incendio empezó el jueves a la tarde. Había llovido toda la mañana y Magán y Rivadavia se habían inundado. Los Pibes jugábamos carreras de botes con unas tablas viejas que se le habían escapado a Rubén, el carpintero, y que habían flotado desde su galpón hasta la calle. Eran como veinte y andaban a la deriva por la inundación. El juego era acostarse de panza sobre una tabla y remar con los brazos a todo lo que da. Salíamos de la casa de Armando, teníamos que cruzar la bocacalle y llegar hasta la panadería. Casi todas las veces ganaba el Carlón pero, como Percha había dicho que el Carlón no contaba, el que llegaba segundo era en realidad el ganador.
—¿Y por qué no cuenta? —le había gritado Marisa.
—Porque es cabeza —le contestó Percha—. Aparte en la casa nunca hay nada para comer.
—¿Qué comieron en tu casa, Carlón? ¿Vacío? —gritó el Jaro desde la ventana de su pieza, y todos se empezaron a matar de la risa.
Yo flotaba en mi tabla y al lado, con unas botas de goma que le llegaban hasta los huevos, lo tenía a Rindone. Me preguntó si había entendido.
—Vacío de nada, boludo, entendés: no de asado —me dijo, y le emboqué un gargajo en el medio de la jeta.
La lluvia casi siempre reemplazaba al fútbol por diversiones nuevas; menos para el Jaro y el Tumbeta: a ellos, cuando se inundaba, no los dejaban salir. Ese día el Chino no estaba porque vivía lejos: en la Capital. Él venía los viernes a la tarde y se quedaba hasta el domingo en lo de su abuela Fonta, a dos casas de la mía. El Chino fue desde siempre uno de Los Pibes y, junto con Percha, uno de mis mejores amigos. Algunos domingos por la mañana, si la madre lo venía a buscar temprano, me llevaban a la Capital. Tardábamos más de una hora en llegar al edificio. Subíamos por un ascensor y jugábamos en un balcón muy alto desde donde se veía lo que yo siempre supuse debía ser otro país.
Esa tarde, después de tanta lluvia, se empezó a incendiar el arroyo. Lo primero que vi fue un resplandor parecido a las últimas luces de la tarde, justo sobre la villa Mariel. Era raro pero pensé que se trataba de un atardecer hermoso. Entonces sonó la sirena, grave en un principio y aguda después; tan aguda que tuve que taparme los oídos. Miré bien y me di cuenta.
—¡Se quema la villa! —les grité a los demás, que parecían no haberlo notado.
Largamos las tablas y empezamos a correr. Teníamos que levantar las rodillas casi hasta el pecho para avanzar por la calle inundada. De movida el Carlón nos sacó ventaja y no habíamos dado ni veinte pasos cuando desapareció tragado por el agua.
—¡Carlón! —grité al mismo tiempo que Marisa.
Después hubo un silencio, salieron unas burbujas y el Carlón emergió del agua como el protagonista de una película de guerra.
—Guarda —dijo, y respiró—. Con la alcantarilla.
Llegamos al incendio y vimos que lo que se estaba quemando no eran las casas de madera y cartón sino el arroyo. El fuego salía directamente del agua podrida y parecía hacerse cada vez más fuerte. Estaban los bomberos con casi todos los camiones. Habían desplegado las mangueras y los chorros surcaban el aire. En unos minutos las llamas se hicieron tan altas que llegaron hasta los cables de la electricidad. Después —justo cuando el sol terminaba de desaparecer—, un chisporroteo enorme dejó a todo el barrio a oscuras. No pasaron ni cinco minutos cuando vimos llegar el camión nuevo, uno que sólo habíamos visto en el último desfile. Era el único pintado de amarillo en vez de rojo y sin ninguna manguera. En realidad no era un autobomba, era la Usina Móvil. Nos enteramos en ese momento porque lo dijo el Amargo, uno de los vecinos más viejos del Viaducto. La Usina Móvil tenía un montón de luces muy potentes que iluminaron el incendio y los frentes de las casas más cercanas. El Amargo nos dijo que la había donado Lolita Torres, porque ella había nacido pobre y en nuestro barrio. También nos dijo que a él le parecía que iban a tener que llamar a otra dotación porque la nuestra no iba a saber qué hacer con tanto fuego. El Amargo no era persona de andar diciendo boludeces. A la media hora —más o menos— llegaron los bomberos de Lanús. Nosotros los recibimos a los silbidos y les gritamos que eran unos putos.
El calor se había hecho muy fuerte y un humo negro, cargado de hollín, volaba por todos lados. Un grupo de bomberos puso unos conos amarillos atados con cinta roja. Dijeron que nos mantuviéramos ahí: detrás de la cinta. Los otros bomberos, unidos a los voluntarios de Lanús, no dejaban de tirarle agua al arroyo que cada vez ardía con más fuerza. Hasta que un grito llegó de la nada.
—¡Con agua no, con espuma, carajo! —gritó esa voz potente salida de la nada.
Era Celis, el polibómber, que corría seguido por el haz de un reflector como si fuera el flaco Spinetta en un concierto de Pescado Rabioso. Venía del lado de la villa Mariel aunque el único lugar por donde se podía pasar, el puente de madera, estaba envuelto en llamas.
—¿Y cómo cruzó? —preguntó Marisa.
Nadie supo contestarle. Celis era polibómber, y eso era algo que ningún otro bombero que yo hubiera conocido en la vida pudo lograr jamás. Nosotros no sabíamos todo lo que significaba ser polibómber pero Celis, después que se apagaban los incendios, se quedaba a revolver entre las cosas quemadas para adivinar lo que había pasado. Juan Melón (que era el padre de la Rata) nos había dicho que un polibómber era alguien mitad bombero y mitad policía, y que por eso Celis llevaba un uniforme distinto y hasta un cinturón con una 45.
—La palabra polibómber la inventó Perón —dijo Percha—, y quiere decir que tanto te puede apagar un incendio como te puede meter un cuetazo si te encuentra en alguna matufia.
Pero yo sabía que significaba muchas cosas más que las que nosotros podíamos imaginar.
—¡Con espuma, carajo, va con espuma! —le gritaba Celis a un bombero que por lo boludo seguro que era de Lanús.
En la otra orilla, bajo la luz potentísima de la Usina Móvil, podíamos ver a las putas que salían de los ranchos ayudadas por algunos villeros voluntarios. Llevaban lo que podían cargar. Celis le dijo a uno de casco rojo que por precaución le tiraran espuma a los ranchos, aunque por el momento no corrían ningún peligro.
—Che, si se incendian las putas, chau cojida —dijo Alejandro, y creo que todos pensábamos en lo mismo.
—Y vos no te vayas a hacer el boludo con la guita —le contestó Marisa.
—Si la plata la tiene mi vieja, decile, Gavilán.
Era verdad, le habíamos dado la plata a mamá para que la guardase y así evitar problemas. Lo único que teníamos aparte eran los nueve pesos que habíamos reservado para la compra anticipada del vino de la costa, porque tampoco era cuestión de dejar todo para el último momento.
A las dos horas las llamas se habían extendido por todo el arroyo, desde Rivadavia hasta donde empezaba el entubado. Alguien dijo que era una suerte que hubieran entubado el arroyo, porque eso iba a impedir que el fuego llegara a la avenida Mitre. Hacía tanto calor que se nos había secado la ropa. Los bomberos ahora tiraban una espuma blanca y espesa. La gente se había agrupado y muchos hablaban en voz baja con las caras llenas de preocupación. No era para menos: ¿cómo iban a hacer los bomberos para apagar el fuego si lo que se estaba quemando era el agua? Cuando se hizo la hora de volver a casa, vimos a Celis reunido con un grupo de vecinos. Le oímos decir que el asunto iba a dar para rato. Dos días enteros, o más, porque podía complicarse si se largaba otra lluvia. La culpa era de los taninos y no sé qué otras mierdas de las curtiembres. Y lo peor era que para el incendio del arroyo el agua era tan peligrosa como el alcohol.
Caminamos hasta nuestra esquina hablando de todo esto hasta que, no sé cómo, salió el tema de la expedición para comprar el vino. Nos pusimos de acuerdo con el día y el lugar: a la mañana siguiente y en la quinta de los mellizos. Le dijimos a Rindone que se encargara de avisarles al Jaro y al Tumbeta y él salió a los pedos, revoleando los pies con las botas de goma que, seguro —ahora que había bajado el agua—, le rompían un montón las pelotas. Unos bomberos electricistas estaban haciendo conexiones provisorias y por eso en algunas casas —las más cercanas al arroyo— se habían encendido las luces. Los Pibes se fueron y Alejandro y yo le dijimos al Carlón que se viniera a comer con nosotros. Tuvimos que insistirle porque aunque él siempre tenía hambre no era de aceptar invitaciones así porque sí.
Nuestra cuadra todavía estaba oscura y los reflejos del incendio parecían relámpagos colorados. Cenamos iluminados por un sol de noche y algunas velas puestas sobre la mesa. Papá estaba de viaje, repartiendo por la ruta las bobinas que le habían encargado. Nuestra hermanita dormía y cuando terminamos de comer mamá me pidió que fuera a fijarme si estaba bien tapada. Agarré una vela y entré en su pieza. Me asomé despacio por encima de la baranda de la cuna y la vi: sonreía, acurrucada en un rincón, distante de todo. Tenía casi un año, lo cumplía el mismo día que mamá. Papá decía que estaba muy larga y tenía razón. La miré un rato: era una morocha lindísima. No le di un beso, porque siempre que uno le daba un beso ella se despertaba. Le acomodé las sábanas y la dejé durmiendo bajo el intermitente resplandor del incendio del arroyo.
Para llegar a la quinta de los mellizos había que cruzar la avenida Mitre, pasar el primer entubado y bordear el arroyo hasta casi la orilla del río. Habíamos decidido ir por arriba del viaducto hasta que las vías doblaran al sur. Entonces pensábamos bajar y seguir por el costado del agua, porque ahí no había curtiembres y nos parecía imposible que pudiera llegar el incendio.
Al principio estábamos todos, incluso el Chino —porque durante las vacaciones, algunas semanas, lo dejaban venir más temprano—, pero a la altura de la avenida Mitre el Jaro nos dijo que le dolía la panza y que mejor se volvía.
—Vos siempre el mismo cagón —le dijo Alejandro.
—¿Cagón por qué? Yo también me vuelvo, ¿y? —se enganchó Rindone.
El Jaro y Rindone casi siempre hacían lo mismo: abandonaban todo por la mitad. Yo los mandé a la mierda y Marisa les advirtió que después no nos vinieran a pedir ni una gota de vino.
—Me importa un carajo el vino —dijo el Jaro.
Los desertores se dieron media vuelta y se separaron de nosotros camino a sus casas. Cruzamos la avenida, atravesamos el baldío de la Pajarito (una fábrica de pintura abandonada) y por una de las escaleras de emergencia nos trepamos al viaducto. Una vez arriba caminamos por las vías.
—Los trenes vienen de contramano porque son ingleses —dijo Percha con aires de sabelotodo.
Después se despachó con la historia del viaducto. Que lo había hecho Perón antes de que nosotros naciéramos, porque en esa época los trenes venían por abajo y se armaba un quilombo bárbaro y porque cada tanto se mataba algún boludo.
—Ahora también cada tanto se mata un boludo —le dijo Alejandro.
—Pero antes era peor.
Desde arriba se veía casi todo el arroyo, oculto tan sólo en las partes entubadas. Hacia el río se perdía en la maleza de la costa y, hacia el otro lado, detrás del humo del incendio. También se veía la cancha del Arse: los tablones, la platea, los palcos de madera y de chapa oxidada, el campo de juego con los tres o cuatro manchones de pasto verde y la tribunita de tierra de la villa de Atrás del Arco. La villa de Atrás del Arco se llamaba así porque quedaba atrás del arco de la tribuna visitante. Todos los villeros eran hinchas del Arse y como nunca los dejaban entrar habían hecho una montaña de tierra tan alta como la pared y, parados ahí, todos los sábados, miraban el partido. Era como una hinchada cualquiera: con banderas, cantitos y todo lo que tiene que tener una hinchada, pero afuera de la cancha. Un día los filmaron para la televisión. Dijeron que arriba de la montaña se subían como doscientos villeros, y que eso era mucha más gente que la llamada hinchada oficial que estaba adentro.
Cuando habíamos caminado unas diez cuadras dije que era un buen lugar para bajar y seguir por el costado del arroyo.
—¿Y a vos quién te dijo que mandabas en ésta? —me cortó en seco Alejandro.
—No se lo dijo nadie pero ahora se lo digo yo —saltó Marisa, y supe que tenía todas las posibilidades de convertirme en el jefe—. Aparte es el único que tiene reloj.
Ni la Rata, ni el Carlón, ni Percha, se atrevieron a contradecirla; pero fue el Chino, en realidad, el único que lanzó un grito de aprobación.
—Yo digo que mejor se vote —dijo Alejandro.
Marisa, sin perder el tiempo, pidió que levantaran la mano los que estaban a favor de que yo fuera el jefe. Hubo un momento de nerviosismo y se cruzaron algunas miradas, pero solamente tuve dos votos en contra, el de Percha y, por supuesto, el de mi hermano Alejandro.
—Bueno, ahora no seas un jefe abombado y decí qué tenemos que hacer —me apuró Marisa.
—Sí, lo primero es que cada uno se consiga un palo que sirva tanto para tantear los yuyos como para partirle la cabeza a alguien de ser necesario.
La orden despertó el entusiasmo general y hasta Alejandro se esmeró y se consiguió un palo bastante bueno. Después dije que los que tuvieran gomeras se llenaran los bolsillos con las piedras del terraplén porque ahora íbamos a abandonarlo. Fue mientras juntábamos las piedras cuando me di cuenta de que faltaba el Tumbeta.
—¿Y el Tumbeta?
Miramos para todos lados pero no pudimos encontrarlo.
—A ver si este pelotudo se nos cayó por el terraplén al arroyo —dijo Alejandro, y me dejó preocupado.
—Jefe, ¿buscamos al Tumbeta? —me preguntó el Chino.
—Sin perder un minuto —contesté.
—Si falta uno la votación queda anulada —saltó Percha.
—La votación vale igual —dijo Alejandro.
—Entonces a buscarlo —ordené.
—Nos convendría dividirnos en tres grupos, para cubrir más espacio en menos tiempo —dijo Percha en voz bien alta, para que se notase que siempre me sacaba ventaja con las ideas.
—Por supuesto —dije.
—Bueno, a ver, Jefe, ¿cómo le parece que deberíamos formar cada grupo? —me preguntó, y supe enseguida que quería hacerme pisar el palito.
—De la siguiente manera —le contesté.
Mandé al Chino junto con el Carlón a bordear el arroyo hasta la avenida Mitre; a Percha con Marisa para que retomaran el camino que habíamos hecho por el viaducto mirando a los dos costados del terraplén, y al Rata con Alejandro para que se hicieran una escapada hasta la cancha del Arse, a ver si el Tumbeta se había rajado para ver la práctica.
—¿Y vos qué hacés, te rascás las pelotas? —me apuró Alejandro.
—Yo me quedo acá, esperando; por si se le ocurre volver. Y nadie puede tardar más de media hora en estar de vuelta.
Miré mi reloj: eran las nueve. Le pedí a Marisa que me dejara la mochila: ahí traíamos la linterna, las remeras del equipo, una cantimplora con agua y algunas facturas de ayer que nos habían regalado en la panadería. Grité «¡a buscar!» y todos salieron corriendo: la Rata, el Chino y el Carlón, dando alaridos de guerra.
No bien me quedé solo bajé por el terraplén hasta los yuyos altos que bordean el arroyo. Por primera vez era el jefe de una expedición y tenía que mantener la cabeza fría. En esa parte el agua está siempre podrida y llena de basura, porque el arroyo dobla hacia el sur y se forma un codo y una especie de remolino. En el codo se aglutinaban un montón de camalotes. Pensé en lo raro que era que los camalotes crecieran en un agua tan podrida. Probé mi gomera tirando unas piedras contra los camalotes. Agujereé algunos y miré nuevamente el reloj: no habían pasado ni cinco minutos. Pensé en el Tumbeta. Siempre tan callado, haciendo ese tipo de cosas como desaparecer cuando uno menos se lo esperaba. Recordé la vez que había aparecido por la esquina con el revólver, se lo había sacado al padre de la mesita de luz. Estábamos Alejandro, Percha y yo. El revólver era plateado y nuevito, con las seis balas metidas en el tambor. A todos nos dieron ganas de tirar unos tiros y fuimos a probarlo al arroyo, debajo del puente de madera. Yo tiré dos veces y la mano me quedó temblando un rato después de cada explosión. El revólver nos había excitado y la estábamos pasando súper bien. Hasta que se acabaron las balas y el Tumbeta martilló el arma y nos apuntó a uno por uno hasta ponernos nerviosos. Sabíamos que el revólver estaba descargado pero igual nos pusimos nerviosos. Percha le dijo que era un pelotudo. Entonces el Tumbeta se apoyó el caño en la sien, lo miró fijo a Percha y gatilló tres veces seguidas.
Le habíamos puesto Tumbeta porque los padres eran dueños de una funeraria. Tenían mucha plata y la casa más linda que yo había visto jamás: la única en el barrio con tejas rojas. Iba a una escuela distinta de la nuestra —que era la Número 10 Ricardo nunca me acordaba cuánto—; la de él quedaba muy lejos y todos los días lo venía a buscar un micro anaranjado. El Tumbeta llevaba un uniforme azul, con saco y escudito, mucho más lindo que el guardapolvo de mierda que llevábamos nosotros. Mamá me había dicho que era una escuela privada y que privada quería decir mejor, porque tenían inglés y deportes. Más tarde yo me iba a enterar que tener deportes no era tan divertido, porque jugabas a cualquier cosa menos a la pelota, y que en la privada también te podían enseñar un montón de boludeces, como eso del cantito.
No bien llegó al barrio —antes de que se llamara Tumbeta—, le preguntabas el nombre y él te lo decía todo completo y con un cantito: ¡Ca-á-rlos Dari-ío Rodri-íguez! Y otra vez se lo preguntabas y otra vez el cantito: ¡Ca-á-rlos Dari-ío Rodri-íguez! Hasta que alguien le rompió la jeta y aprendió que eso que le habían enseñado en la privada era una reverendísima boludez. Entonces le dijimos que de ahora en más se llamaba Tumbeta, porque los padres llevaban muertos a la tumba. Desde ese día fue aceptado como uno de Los Pibes, aunque era más callado que cualquiera y tenía amigos en villa Corina y en la fábrica de vidrios abandonada, donde paraban —refugiados adentro de una chimenea enorme— un grupo de Los del Otro Lado.
Yo sabía que el Tumbeta la pasaba mal en su casa. También, muchas veces, la pasaba mal en la esquina; sobre todo si había alguno de la barra de los grandes. Tenía que aguantar las cargadas porque decían que un tal Sanatino se cogía a la madre. Se lo decían en la cara, ¿y él qué podía hacer?, con la barra de los grandes te la tenías que aguantar. El Tumbeta no contestaba, se quedaba con la cabeza gacha.
Miré el reloj: habían pasado treinta y cinco minutos. Me sentía inquieto. Esperé un rato más y cuando me estaba por poner nervioso vi que, doblando el codo que hacían las vías hacia barrio Güemes, llegaban Percha y Marisa.
—No encontramos nada —me dijo ella unos metros antes de pararse frente a mí; Percha estaba callado, tenía los ojos llenos de lágrimas.
—¿Qué pasó? —pregunté.
—Nada, le tuve que retorcer el brazo porque me estaba mirando la remera.
—Yo no te miré nada —dijo Percha a punto de largarse a llorar.
—¡No seas mentiroso porque te tiro de cabeza al agua podrida!
—Bueno, che, déjense de joder y díganme lo que vieron —dije, y traté de no mirar demasiado a Marisa. La verdad es que se notaba muchísimo que le habían crecido las tetas.
—Nada —contestó Percha—, llegamos hasta la estación y no había nada.
—Tampoco vimos los pedazos ni los charcos de sangre —agregó Marisa.
Abajo, bordeando el arroyo y a paso redoblado, se acercaban el Chino y el Carlón. Venían contentos y cantaban algo que sonaba como una marcha militar. Llegaron y me hicieron la venia. El Carlón estaba todo embarrado y con un olor a podrido que no se aguantaba ni a diez metros.
—Nada de nada, mi general —dijo el Chino.
—¿Qué carajo te pasó? —le pregunté al Carlón.
—Investigué la orilla del arroyo; lo único que encontré fueron ratas muertas y un montón de basura, ningún cadáver, mi general —me contestó.
—Escuchame, sos pelotudo, cómo te vas a meter al arroyo, no ves que está todo podrido. Sacá una remera de la mochila y cambiate esa mugre.
En ese momento llegaban Alejandro y la Rata, agitados y pálidos como dos muertos.
—Tenemos que apurarnos —dijo mi hermano.
—¿Qué pasa? ¿Lo vieron o no? —pregunté.
—Está con Los del Otro Lado, dándole al pegamento —me contestó Alejandro.
—Pero si vamos a comprar vino —dijo Marisa.
Hubo un silencio. Después Percha dijo algo acerca de Los del Otro Lado; que en la unidad básica del padre se corría la bola de que estaban afanando y de que el Tumbeta andaba con ellos.
—¿De qué mierda hablás? —le pregunté recontra caliente.
—Se corre la bola —me contestó Percha.
Marisa pasó por la fosa de las vías y empezó a bajar el terraplén hacia el lado de la cancha.
—¡Marisa! —le grité—. No vayas, no podemos hacer nada.
Entonces se detuvo, se quedo quieta un instante y se sentó en el piso.
—El boludo de mierda ese —dijo, y se largó a llorar.
La quinta de los Mellizos estaba escondida en medio de un monte interminable que se formaba en la costa del río y que por eso la llamábamos La Costa. Tenía una cabaña que era la casa de los Mellizos —en realidad del mellizo que quedaba—, construida sobre unos postes de palmera pintados con brea que la hacían resistente a las sudestadas. Frente a la cabaña, a unos veinte metros, estaba la cueva de los vinos, donde nadie más que el Mellizo podía entrar y donde —se corría la bola— tenía enterrado al hermano que él mismo había asesinado. La cueva de los vinos estaba bajo nivel y lo único que podía verse desde afuera era el techo curvo como la casa de un esquimal. Entre la cabaña y la cueva había un espacio con pasto bien cuidado, seis mesas y algunos bancos de tronco bajo la sombra de los sauces, una parrilla enorme y un horno de barro. Atrás, contra el avance del monte, estaban el gallinero y el corral; y salía un camino sinuoso que se bifurcaba antes de los matorrales. En una dirección iba hacia los desagües entubados del arroyo Sarandí y en la otra, varios kilómetros más al sur, hasta la desembocadura del arroyo Evita. En qué lugar estaban las parras de uva chinche era algo que no se sabía, tal vez en alguna parte del monte, donde se decía que el Mellizo tenía plantas de marihuana y mercadería que le traían unos contrabandistas del Brasil.
Ni bien llegamos me di cuenta de que algo andaba mal. Ninguno de los cuscos del mellizo había salido a ladrarnos; no se escuchó siquiera un gruñido, nada. Los cuscos son unos perros chiquitos que sólo viven en la costa. Salen siempre a ladrar el paso de los visitantes, y si a alguien se le ocurre patear a uno, ellos se comunican con unos gruñidos extraños hasta que aparecen cientos, de la nada, y te atacan hasta dejarte hecho mierda. Las gallinas estaban desparramadas, paseándose por ahí o escarbando la tierra en los bordes del monte. Vi que la puerta del gallinero estaba rota, como si alguien le hubiera dado una patada. Uno nunca esperaba demasiado hasta que el Mellizo aparecía, desde atrás de un matorral, preguntando a los gritos quién estaba en su casa. Nosotros no sabíamos su nombre, y tampoco le decíamos Mellizo porque nos habían avisado que a él no le gustaba. Lo conocimos gracias al gordo Luis, uno de la barra de los grandes. «Él vende el mejor vino de la costa», había dicho el gordo el día que nos presentó; después, el único que habló fue el Mellizo, con una voz que parecía un gruñido y que le salía de ese agujero inmóvil que tenía por boca. El Mellizo era un tipo que metía miedo con sólo pensar en él; medía como dos metros, era pelirrojo, con la barba tupida y la cara inexpresiva como la de un oso.
De a poco, sin ser del todo conscientes de lo que hacíamos, nos fuimos animando y al rato cada uno andaba por un lugar distinto de la quinta. Alejandro subió hasta el balconcito techado que había en la puerta de la cabaña y se puso a golpear las palmas. Nadie le contestó pero, a pesar de eso, no parecía decidido a entrar. Marisa y Percha buscaban no sé qué por los bordes del monte, la Rata y yo andábamos cerca de la cueva de los vinos y el Chino y el Carlón, como dos boludos, estuvieron meta patear gallinas hasta que el gallo se calentó y los corrió a los picotazos. Levanté la vista y miré hacia el balconcito de la cabaña: Alejandro no estaba. Antes de que pensara en salir corriendo para buscarlo, mi hermano se asomó a la ventana.
—Che, miren lo que hay acá —dijo, y se puso a comer una pata de pollo que tenía en la mano—. ¡También hay vino! —Y alzó una botella.
Todos lo habíamos escuchado y subimos a mil las escaleras. Era un pollo entero hecho al horno de barro y lo comimos temblando de miedo. Tomamos nada más que unos tragos cada uno porque habíamos encontrado una sola botella, y estaba empezada.
—Si viene el Mellizo estamos muertos —dijo Marisa.
—Para mí que se fue de viaje con los contrabandistas —dijo el Chino.
—Sí, claro; y se llevó a todos los perros —le contestó Alejandro, bastante fastidiado.
—Capaz; dicen que les mete la marihuana en el culo y cuando los perros de la policía la buscan les huelen el culo a los otros perros y listo —dijo el Chino, y Alejandro se cabreó. No era posible que el Chino se creyera todas las boludeces que escuchaba por ahí.
—Si hay comida, hay que aprovechar —dijo el Carlón, atragantado con el pollo.
—No sé, nos convendría manotear algo y rajarnos enseguida —dijo Percha.
En ese momento me di cuenta de que la Rata no estaba; seguro que se había quedado en la puerta de la cueva para mandarse la cagada del año. Lo dije y todos nos levantamos y salimos al balconcito. El corazón nos dio un vuelco cuando vimos la puerta de la cueva abierta y que la Rata no estaba.
—¡Metele, Gavilán! —gritó Marisa, y casi me mato de tan rápido que bajé las escaleras. Esto de ser el jefe me estaba volviendo loco.
Seguido por mis amigos pasé el pasto, corrí entre las mesas y, justo cuando llegaba, salió la Rata y me llevó por delante.
—¿Qué? —preguntó, desconcertado.
—¿Que qué?; casi nos matás de un infarto —dijo Marisa.
—Paren —dije—, yo soy el jefe y esta expedición ha tomado un nuevo rumbo: hay que reorganizarla.
—Dejate de boludeces y vamos a ver lo que hay adentro.
Percha casi no pudo terminar de hablar; Marisa, que se había cebado por culpa de la Rata, se le tiró encima y le hizo una toma que nunca antes le habíamos visto. Con las dos piernas le apretó el cogote mientras le retorcía el tobillo como si fuera de goma. Percha pegó un grito que nos dejó helados, después prometió someterse a lo que ordenara el jefe, o sea, yo.
Dije que lo primero que teníamos que hacer era ir a ver lo que había adentro, tal cual lo había dicho Percha. La Rata había logrado abrir la primera puerta y quedaba sólo la segunda. Habíamos esperado muchas veces frente a la entrada de la cueva y sabíamos bien que la segunda puerta abría para adentro. Pensé que saber eso era un punto a favor y se los dije a mis amigos, pero a nadie pareció importarle. No había galería ni espacio alguno entre puerta y puerta, así que teníamos que apurarnos si no queríamos correr el riesgo de que alguien nos viera forcejear. Alejandro y el Chino tomaron carrera y le dieron un empujón tan fuerte que casi se rompen los hombros. La puerta ni se enteró, y ellos se quedaron revolcándose en el piso. Marisa y el Carlón hicieron palanca con sus palos, pero no consiguieron más que quebrarlos y casi romperse la cabeza. Yo miré las tres cerraduras, el ojo de buey protegido por seis varillas de hierro, los tablones de madera y las cabezas de bulón que sobresalían como tachas. Tomé carrera y le di una patada voladora con todo lo que me dieron las fuerzas. Reboté como una pelota y quedé tirado en el piso, hecho una reverendísima mierda.
La Rata, en otro planeta, vagaba por la zona de las mesitas, y Alejandro le pegó un grito y le pidió que viniera enseguida.
—Che, ¿cómo hiciste para abrir la puerta? —le preguntó.
—Con una llave —contestó la Rata, y sacó un juego de llaves del bolsillo—; las encontré en el piso.
Me levanté dispuesto a matarlo, pero cuando lo miré a los ojos no pude decirle nada. Es que la Rata siempre estaba en la luna. Le arranqué las llaves de un tirón.
—Qué —preguntó él sorprendido.
—Lo único que se te ocurre decir es qué; no ves que nos estamos matando para abrir la puerta —dijo Percha, que estaba sentado en el piso y era el único que hasta ahora no había hecho nada.
En el manojo había como veinte llaves y en la puerta tres cerraduras. Probé una por una y mis amigos festejaron cada acierto con gritos. Por fin, logré girar las tres. Bajé el picaporte y todos hicieron silencio. La puerta cedió pesadamente. Chirriando. De la oscuridad de la cueva nos llegó el olor frío y húmedo de lo que, en ese momento sentí, podía llegar a ser nuestro sepulcro.
Encontré el interruptor y encendí la luz. Es posible que mi emoción haya magnificado mi visión de las cosas, pero los barriles apilados desde el suelo hasta el techo, colocados unos sobre otros y trabados con cuñas de madera, me parecieron mil. Bajamos los escalones y nos dispersamos por los tres corredores que se perdían hacia el fondo. La cueva tenía las paredes de barro y el piso de tierra endurecida como cemento. Todos los barriles estaban etiquetados con fecha y tipo de vino. En un rincón había muchísimas damajuanas vacías, metidas en unos canastos de soga con manijitas y todo, y un tonel sin tapa repleto de corchos viejos. La luz —dos lamparitas mugrientas y un tragaluz ubicado en el centro del techo— era apenas suficiente para caminar sin tropezarse. Para poder leer con claridad los carteles de los vinos había que acercarse casi hasta tocarlos con la punta de la nariz. Algunos barriles eran altos como una pared y decían Vino joven; otros, más chicos, decían Uva chinche; y otros, más pequeños todavía, de madera clara, decían Ajerezado. Yo no sabía para dónde mirar y fui y vine, como un zombi, por aquellos corredores.
—Mellizo, señor Mellizo —nos llegó desde la puerta la voz asustada de Percha.
—¡Qué hacés, vení para acá, boludo! —le gritó Alejandro.
—Pará, si llega a estar ahí nos corta en pedazos y nos entierra como al hermano —dijo Percha—. Yo me voy —y se fue corriendo.
Todos me miraron, porque se nos estaba aguando la fiesta y había que tomar una decisión.
—Marisa, Chino, Carlón —dije, y no necesité más que señalar la puerta para que los tres salieran a toda máquina.
Tardaron tan poco en traerlo que no me dieron tiempo a pensar en el castigo que debíamos imponerle. Marisa lo sujetaba de los brazos y el Chino le tironeaba los pelos para que no se hiciera el vivo.
—¿Le parto el cuello, jefe? —me preguntó el Carlón, que siempre guardaba motivos suficientes para querer vengarse de Percha.
Los demás estaban a la expectativa, salvo la Rata que había abierto la canilla de un barril y se disponía a probar un vino.
—Hay que emborracharlo y listo —dije.
Le ordené al Carlón que cerrara con llave la puerta que daba al exterior y que vigilara, cada tanto, por el ojo de buey. No podíamos correr ningún riesgo. Percha lloraba y pataleaba pero Marisa lo sostenía muy bien. Lo llevamos hasta el barril abierto y, cuando lo íbamos a meter abajo del chorro, juró a los gritos que iba a hacer lo que yo le ordenara. Supe que no mentía; estaba muy asustado como para hacerse el canchero. Se lo dije a los demás y estuvieron de acuerdo. Entonces lo soltamos, cerré el grifo y les hablé a todos.
—Bueno —dije—, primero llenamos veinte damajuanas del ajerezado y después, que cada uno chupe lo que quiera. Vamos a vender el vino a los puesteros de la feria y con esa guita, ¿a qué no saben lo que vamos a hacer?
—¡Pasar todos con una puta! —gritó el Carlón desde su puesto de vigía.
—Correcto —dije.
—¿Y si después nos busca el Mellizo para pegarnos un tiro? —preguntó el Chino.
—Nadie va a saber que fuimos nosotros, y además algún riesgo hay que correr —le contesté.
—Eso es verdad —dijo Alejandro.
—¡Es verdad! —gritó el Carlón.
—Yo también acepto —dijo Marisa.
Les dije que la idea era divertirnos un poco, después acomodar todo e irnos antes de que se hiciera de noche.
—El Mellizo debe estar en cana, o capaz que se agarró flor de pedo en la casilla de alguna puta —dije, y creo que mi suposición llenó a todos de confianza.
Percha seguía callado, sentado en el suelo de tierra. La Rata estaba en otro mundo.
—¿Y vos qué opinás, Rata? —le pregunté.
—Sí —me contestó, con una masa en una mano y una estaca en la otra, sin dejar de mirar un nuevo barril.
—Sí qué, pelotudo —le retrucó Alejandro.
—Que sí sé cómo se abren los que no tienen canilla —dijo. Dio un golpe con la estaca y un enorme chorro de vino ajerezado brotó hacia sus pies.
Llenamos las veinte damajuanas y las tapamos con corchos. Buscamos unos tarros y unas latitas vacías, las enjuagamos en vino y las llenamos hasta el tope. Les pedí a todos que se pararan en círculo a mi alrededor.
—Voy a abrir esta celebración repitiendo las palabras de un gran amigo que, lamentablemente, hoy se encuentra lejos de nosotros —dije.
—Seguro que va a repetir alguna de las boludeces que decía Rolando —boconeó mi hermano.
Hice como si no lo hubiera escuchado, levanté mi lata, tosí dos veces hasta lograr el tono exacto de voz y pronuncié las mismas palabras que en la bóveda de los Cornetti me había dicho Rolando: «Al amigo todo, al enemigo, ¡ésta!», y me apreté bien fuerte las bolas.
Esperé los gritos pero todos se habían quedado callados, con cara de no haber entendido nada.
—¿Y eso qué quiere decir? —me preguntó la Rata.
—¡A chupar, que se acaba el mundo! —grité, y todos empezaron a saltar, pegando alaridos o aullando como lobos, mientras los chorros de vino inundaban el aire con el olor fuerte de la uva chinche y los vapores celestiales del alcohol.
Abrimos dos barriles más, uno sin etiqueta y otro que decía Aguasucia. Mis amigos empezaron a probar los gustos y también a mezclarlos. Me pasaron una lata llena y la tomé hasta el fondo. Enseguida sentí el maravilloso despegue que me daba el vino de La Costa. Tomarlo desde el barril me pareció lo más maravilloso del mundo, porque el vino se mantenía tibio y eso lo hacía más dulce. Alejandro ahuecó las manos y tomó directamente de la catarata, la Rata y el Carlón metieron la cabeza debajo de un chorro y después empezaron a tirarse con el barro que se había formado en el piso. Entonces se armó el carnaval: Marisa bañó al Chino y él agarró el tarro de Marisa, lo volvió a llenar y se lo vació a Alejandro en la cabeza. El barril de ajerezado había llegado a su fin, pero los otros seguían y seguían soltando su vino. Percha se había olvidado del cagazo y también festejaba con nosotros. Era la fiesta más divertida del mundo. Tomamos, nos mojamos con vino y nos reímos. Percha se animó y contó las anécdotas del general Perón; Marisa se ponía cada vez más linda y yo podía ver como todos la miraban. Yo era el jefe de toda esa alegría y me sentía muy bien. Después empezó a pesar el cansancio y, poco a poco, la fiesta se fue apagando. Alejandro se acostó entre dos barriles y, al rato, los demás hicieron lo mismo. Se pusieron a cantar, cada uno desde su lugar y con la voz modificada por el vino y por los ecos extraños que daba el techo de la cueva, canciones de la hinchada del Arse. Yo también canté, con la voz apagada, con una leve tristeza que no podía identificar pero que había empezado a ganar cada centímetro de mi corazón. Mis amigos se quedaron dormidos como ángeles. Salvo Marisa y yo que quedamos despiertos, en silencio, mareados, bajo el ruido suave de los chorros que llegaban a su fin. Sentí cómo la cercanía de su presencia modificaba algo en mí, que tal vez tenía que ver con esa extraña tristeza. La miré: mi amiga ya no era la misma. Le vi los pequeños pechos endurecidos contra la remera húmeda y me crucé con su mirada: una mirada que me dio como un chucho. Vino hacia mí. Empapada, con la ropa pegada al cuerpo, y sin dejar de mirarme a los ojos. Pegó su cara a la mía, me apretó fuerte contra sus tetas y me metió la lengua en la boca.
Cuando desperté, a través del tragaluz, pude ver la luna llena. Tenía el pecho helado y me dolía la cabeza. Quise ver la hora pero mi reloj se había empañado por dentro. Estaba desconcertado y no tenía idea de si era la noche del día en que habíamos llegado a la costa o si habían pasado diez mil años. Subí los escalones hacia la puerta, la abrí levemente y me asomé a la noche fría. En la quinta, apenas iluminada por la luz de la luna, nada parecía haber cambiado. Cerré y di un giro de llave. Bajé y comencé a despertar a mis amigos.
—¿Dónde estamos? —me preguntó Percha, que parecía más desconcertado que yo y estaba recontra pálido.
—En la quinta —le contesté, y le pedí que me ayudara a despertar a los otros.
Mis amigos se sentían tan mal que tardamos bastante en agruparnos frente al pilar de cemento donde estaba la única canilla. Alejandro se puso en cueros, abrió el agua y metió la cabeza abajo del chorro. Después se inclinó hacia adelante y vomitó. Enjuagó su remera y la puso a secar sobre el pilar. Marisa, sentada sobre un cajón, temblaba de frío.
—Hay que cambiarse las remeras —dije.
Marisa abrió la mochila y las sacó. Eran las camisetas del Brasil, con el escudito de cuero verde que nos había hecho el tío del Jaro. Por suerte eran gruesas y de manga larga. Mientras mis amigos se cambiaban tomé una bolsa de arpillera de las que el Mellizo usaba para embolsar las verduras y, con un pedazo de vidrio, le hice un agujero para la cabeza y uno para cada brazo. Se lo di a Marisa para que lo usara de chaleco y ella se fue atrás de los barriles para cambiarse.
Alejandro me miró con su mejor cara de mierda y yo me hice el desentendido. Le dije que me parecía una buena idea hacernos chalecos para cubrirnos del frío.
—Lo mejor va a ser pensar cómo carajo salimos de ésta —dijo mi hermano.
—¿Alguno sabe la hora? —preguntó el Chino.
—Lo único que sé es que para verano hace un frío de cagarse —dijo Percha, que empezaba a ponerse pesimista.
—Vamos a tener que rajar ahora mismo —dije.
—De noche es un peligro loco —me dijo Percha.
—Lo peligroso es quedarse, o sos pelotudo vos —le dijo Alejandro.
Entonces apareció Marisa. Tenía el pelo negro recogido sobre la nuca, la cara blanca bien lavada y los pómulos rosados. La miré y me quedé petrificado. Descubrí en ese momento qué era la belleza. Había estado confundido toda mi vida; no había nada en los afiches del taller de papá que pudiera compararse a la imagen que ahora tenía Marisa. La camiseta, como a todos nosotros, le debía de quedar grande, pero ella se había ajustado el chaleco de arpillera con una soga y eso le hacía resaltar la figura. Recordé el sabor de su lengua en mi boca y la presión de sus tetas. Podía imaginar, detrás de aquel abrigo improvisado, el escudito de cuero que, como un satélite verde, flotaría entre los suaves planetas que eran las tetas de Marisa.
—Cuando me vea mi abuela, me mata —dijo el Chino.
Recién ahí pude reaccionar y me vino a la mente la imagen de nuestros padres buscándonos por todos lados. Por primera vez en la expedición no sabía lo que debíamos hacer, no se me ocurría la manera segura de volver a casa sin tomar el camino por el que habíamos llegado.
—Escuchame, lo mejor es llegar al río y costearlo hasta el puente del cinturón ecológico —me dijo Alejandro como si me hubiera leído la mente—; después le mangueamos a un camionero que nos tire hasta Mitre.
—Tengo hambre —dijo el Carlón, que, al igual que la Rata, estaba con una latita de vino en la mano.
—Che, unos traguitos no vendrían nada mal —dijo el Chino, envalentonado de nuevo.
Les dije que no tomaran más de un trago cada uno. Sentía que cada minuto que pasaba nuestras vidas corrían peligro. Saqué la bolsa de facturas de adentro de la mochila, las puse sobre un barril y fue como si todos nos acordáramos de golpe que estábamos muertos de hambre. En menos de un minuto no quedaron ni las migas.
Mientras comíamos pensé en la idea de Alejandro de alcanzar un camión en el cinturón ecológico. Me parecía muy buena. El cinturón ecológico se llamaba así no porque fuera un cinturón; en realidad nadie sabía por qué le habían puesto ese nombre. En el cinturón ecológico, un montón de camiones tiraban durante toda la noche la basura de todos los barrios y después la tapaban con tierra. Pensé en los detalles que podían faltar y, cuando tuve la idea acabada, se la conté a los demás. Discutimos, pero finalmente los demás terminaron por aceptar. El único contra seguía siendo Percha, él quería esperar a que se hiciera de día y volver por el mismo camino por el que habíamos venido. Marisa le dijo que eso, lo único que demostraba era su estupidez; porque ese camino lo usaba todo el mundo para llegar a las quintas y nosotros, si pensábamos llevarnos el cargamento de vino, no podíamos correr el riesgo de encontrarnos con nadie.
La decisión nos despertó del letargo y renovó las energías de la expedición. Alejandro y yo organizamos los pormenores y decidimos que lo mejor era ir en caravana de a dos, sosteniendo cada uno el extremo de un palo. De cada palo pensábamos colgar cuatro damajuanas y llevar, cada uno, una más en la otra mano. Yo sería el único libre, para poder marchar al frente del batallón. Las dos damajuanas restantes, más la mochila de Marisa con la linterna, la cantimplora y las remeras mojadas, serían mi responsabilidad. Formamos las parejas y quedaron así: la Rata con el Chino, el Carlón con Percha y Marisa con Alejandro.
Les ordené que se hicieran chalecos iguales al de Marisa y, mientras yo acomodaba la mochila tratando de atar mi palo a un costado, mi hermano y el Carlón trasladaron las damajuanas al costado de la puerta, revisaron los palos y eligieron los más resistentes. Verifiqué el funcionamiento de la linterna y, cuando todo estuvo listo, pedí silencio. Con mucho cuidado corrí el pasador y abrí apenas la puerta. No podíamos salir así nomás, teníamos que tener cuidado. En esa circunstancia éramos ladrones y los ladrones, si son descubiertos por el dueño de cualquier quinta o por algún paisano que anda al pedo por ahí, pueden terminar llenos de plomo. No bien abrí le dije a Alejandro que fuera a echar un vistazo. Mi hermano salió, arrastrándose por el pasto. Por suerte la noche se mantenía despejada y con una luna gigante del lado del río. Mientras Alejandro se deslizaba iluminé los bordes del monte y recorrí los arbustos sin notar nada extraño. Ni un alma andaba por ahí. Reconocí el camino que debíamos tomar para llegar al río. Era apenas una picada, pero lo bastante ancha como para caminar sin problemas, incluso de la forma en que teníamos que hacerlo: uno a cada extremo del palo.
Decidí mantener a los otros haciendo algo porque sabía que estaban bastante asustados y podían mandarse alguna boludez. Me di vuelta para ver cómo iban con los chalecos y me encontré, sin querer, cara a cara con Marisa. Respiré un instante muy cerca de su boca y me di cuenta de que algo andaba mal, porque tuve ganas de darle un beso. La idea me incomodó y traté de disimular, tenía miedo de que alguien se diera cuenta de lo que me estaba pasando.
—Carlón, Rata, ayuden a los demás y hagan también uno para mí y otro para Alejandro —dije.
En ese momento llegó mi hermano, arrastrándose, tal cual se había ido.
—No hay moros en la costa —me dijo—; mejor llevamos las damajuanas hasta el borde del camino y ahí armamos la caravana.
Alejandro tenía razón y me demostraba, una vez más, que era uno de los más valientes. Le pedí que se encargara de hacer el trabajo y no dijo ni mu. Entonces, mientras los pibes terminaban los chalecos de arpillera, Alejandro llevó, de dos en dos, las damajuanas, hasta dejarlas seguras y ocultas, fuera del claro de pasto cortito que era un lugar muy apropiado para que nos hicieran cagar de un tiro. Cuando terminó le dije que agarrara su chaleco y se arrastrase nuevamente hasta el borde del monte, que le iba a mandar a los otros de a uno por vez, para que él fuera armando las parejas según lo habíamos planeado.
El primero en ir fue la Rata y yo le marqué el camino con la linterna. Fue muy fácil, le dije que se arrastrara cuerpo a tierra y siguiera la luz como un burro seguiría una zanahoria: sin pensar, y creo que para no pensar, la Rata, era el más indicado de todos. Lo siguieron Marisa, Carlón y el Chino. Convencer a Percha fue mucho más complicado porque me preguntó cómo podía estar seguro de que la luz no atraería las víboras. Le contesté que a seguro se lo habían llevado preso y que si quería ir era ahora o nunca. No quedó muy conforme y tuve que arriesgarme a que fuéramos juntos, yo adelante, por supuesto, y el muy cagón de Percha atrás, cubriéndome las espaldas.
Ya en el borde del monte, ocultos tras los primeros arbustos, les recordé a todos el plan. Después empezamos a avanzar por aquel sendero sinuoso, desconocido, y lleno de sombras fantasmagóricas.
En el silencio del monte uno podía sentir los latidos de su corazón. Caminábamos callados y ensimismados, supongo que todos con la angustia que el paisaje te metía en el pecho. Habíamos hecho un buen tramo cuando, justo donde el camino se perdía hacia la izquierda, me detuve. El monte se cerraba demasiado, y la picada, apenas visible en medio de la hierba, parecía no llevarnos a ningún lugar. Para colmo, una neblina bien espesa había empezado a taparnos los pies. Bajé las damajuanas y les dije a mis amigos que estábamos obligados a prescindir de la parte del vino que me tocaba llevar, porque de ahí en adelante iba a tener que usar la linterna y también el palo para ir tanteando el camino. La humedad y el frío se habían vuelto tan intensos que me sentí aliviado de haber tenido la idea de fabricar chalecos de arpillera.
—Yo mejor me vuelvo por donde vine —dijo Percha, que parecía estar más asustado que cualquiera de nosotros.
—Vos te quedás, o te rompo el alma —le contestó Alejandro.
—Miren —dije—, el que se quiera volver, allá él, pero creo que para salir de ésta lo mejor es mantenernos unidos y seguir adelante.
—El Gavilán tiene razón, y unos traguitos de vino antes de descartar las damajuanas no le vendrían mal a nadie —dijo el Chino, que cuando se le calentaba el pico no se lo enfriabas ni con una dotación de bomberos.
—Tiene razón —dijo Alejandro.
—¡Más vale pájaro en mano! —gritó la Rata.
Destapé las dos damajuanas empujando el corcho para adentro y le di un beso en el pico a cada una. Los demás tomaron lo suyo y en pocos minutos estuvimos listos para seguir adelante. Con el corazón entonado lo que venía no podía ser difícil de encarar.
Al cabo de media hora llegamos por fin a la playa. La luna, enorme y amarilla, había bajado contra el río y parecía flotar en el horizonte. La caravana continuaba ordenada y en silencio y creo que todos sentimos el mismo alivio cuando vimos, a lo lejos, las luces del puente del cinturón ecológico como una kermés a orillas de un mar invisible.
Estábamos cerca y el problema ahora era elegir el camino más seguro. Había dos posibilidades: ir en línea recta por las arenas mojadas de la orilla del río o trepar los médanos y atravesar el basural. Les dije a todos que bajaran la carga y estiraran los brazos. Llamé a mi hermano aparte y le pedí que juntos tomáramos una decisión.
—Podemos ir por arriba —me dijo—, pero hay que tener cuidado con los caños.
Alejandro hablaba de los caños que están clavados por todo el relleno y que papá nos había dicho que servían para que la mierda enterrada pudiera soltar los gases. Los caños eran peligrosos porque se encendían solos y por nada, y a veces largaban unas llamaradas tan altas como las del incendio del arroyo.
—Me parece que tendríamos que ir por la orilla —le dije—; si se enciende alguno más vale estar cerca del agua.
—Está bien, pero en ese caso están los desagües y debe haber miles de ratas.
No había bicho en el mundo que yo odiara más que las ratas, y Alejandro lo sabía bien. Los desagües no eran otra cosa que la parte final del entubado del arroyo y llegaban casi hasta la orilla del río: una sucesión de caños de la altura de una casa. Sabíamos que ahí anidaban las ratas de La Costa, y que no eran moco de pavo. Se decía que eran capaces de comerse a una persona en segundos y existían muchas historias acerca de esqueletos de linyeras que habían aparecido en los desagües carcomidos por esta especie de rata-piraña. Discutimos un rato antes de decidir pero no teníamos muchas posibilidades. Finalmente nos pusimos de acuerdo: el camino del basural era de lejos el peor, porque aparte del peligro de los caños de gas nadie nos habría podido asegurar que estuviera libre de ratas y culebras.
Mi hermano estaba tranquilo pero serio. Los demás habían recostado las damajuanas sobre la arena y estaban sentados sobre ellas, salvo la Rata y el Carlón, que saltaban cada uno en su lugar, dando pataditas cortas. Nadie hablaba con nadie y el ambiente se había puesto muy tenso. Traté de pensar con optimismo y calculé que —apurando el paso— en treinta minutos podríamos llegar al puente de cemento.
—Bueno, arriba. Miren el puente, está al alcance de la mano —dije, pero no logré despertar ningún entusiasmo. Después se me ocurrió una idea—. A ver, Chino, destapate otra; vamos a calentar los motores.
La orden alzó el espíritu de la tropa y enseguida estuvimos dándole otra vez al vinito ajerezado. No era tan dulce como a nosotros nos gustaba pero era, al menos en ese momento, lo mejor que podía ofrecernos la patria. No propuse ningún límite porque imaginé que cada uno iba a tomar una cantidad igual al valor que le faltara para encarar el último trecho. A mi hermano le alcanzó con dos tragos. Yo, en cambio, le di uno solo pero bien largo: todo lo que pude aguantar la quemazón en la garganta. Los demás tomaron su medida; Percha fue el único al que tuvimos que parar porque tampoco era cuestión de llevar un mamado a cuestas. Rearmamos la caravana y nos pusimos a caminar.
Cada uno conservaba la posición que habíamos dispuesto al principio y que nos había traído sin sobresaltos hasta la playa. La zona de los desagües estaba a mitad de camino. El río venía subiendo y el agua llegó varias veces hasta nosotros y nos mojó los pies. Yo trataba de no pensar. Miraba fijo las luces del puente y trataba de concentrarme en su imagen, que se agrandaba con cada paso. Creo que debido al miedo o al nerviosismo, la imaginación me estaba jugando una mala pasada, porque el puente duplicaba su tamaño cada vez que yo pisaba la arena.
La marea iba creciendo y eso nos obligaría a pasar demasiado cerca de los caños. De repente, la imagen de una rata grande como un Ford Falcon se instaló en mi cabeza. Pensé que si las hacíamos sentir acorraladas íbamos a tener problemas. Me arrimé a mi hermano y le dije que unos metros antes de los desagües haría meter a todos en el río, hasta la cintura, para esquivar a las ratas.
—Si las ratas nadan mejor que vos —me contestó.
Le dije que igual me parecía la mejor idea, y cuando estuvimos cerca del primer caño ordené a todos que se detuvieran. Los agrupé y les dije que lo mejor era pasar los desagües metidos en el río, para evitar que una invasión de soretes nos pudiera tapar de repente.
—También me parece mejor porque debe estar lleno de ratas —dijo el Carlón, y yo pensé que Percha esta vez sí se volvía.
Para mi asombro ninguno abrió la boca: estaban bien adobados y también cagados en las patas. Yo había apagado la linterna porque quería evitarle a cualquiera el disgusto de ver algo al acecho; Sobre todo quería evitárselo a Marisa, que estaba más callada que nunca.
—¿Todos están bien? —pregunté; me acerqué a Marisa y le apreté los brazos—. ¿Estás bien?
Me contestó que sí, pero en voz tan baja que tuvo que decirlo dos veces porque la primera apenas le salió un ruidito. Después enfrenté a los demás y pedí un momento de atención.
—Bueno —dije—, cuando cuente hasta diez nos metemos en el río, nada más que hasta las piernas; sostenemos los palos con las damajuanas, hacemos todo el ruido posible y cantamos en voz alta lo primero que se nos ocurra.
Conté hasta nueve y —en vez de decir diez— grité un contundente «ahora» y todos nos metimos en el agua, chapoteando como locos. Yo les gritaba para alentarlos, les pedía que se movieran con fuerza y que cantaran algo para olvidarse del frío. Mis amigos avanzaban y yo sentí que, alivianados del peso porque la carga era más ligera en el agua, renovaban su ímpetu. Poco a poco, mientras luchábamos por avanzar, nos fuimos animando con los balbuceos de una canción, primero desentonada y apenas perceptible, y luego tan animosa que no pudimos dejar de cantarla hasta varias cuadras después de haber superado aquel tenebroso obstáculo. Era un canto angelical: un himno. Lleno de emoción y de sabiduría, tan poderoso como lo que llevábamos dentro de las damajuanas. Me di cuenta en ese instante de que mis amigos y yo estábamos juntos no por casualidad, sino porque sentíamos las cosas de la misma manera. De mente en mente, de boca en boca, los sonidos se coordinaron solos y el grito de «dale campeón, dale campeón» llenó de valentía y esperanza nuestros corazones asustados.
Llegamos a la orilla y caminamos un trecho en dirección al puente. Encendí la linterna pero tuve que apagarla enseguida.
—Che, ¿está lleno de gatos o qué? —preguntó Percha, recién caído del catre.
Dije que no había tiempo que perder y que si nos quedábamos quietos se nos iban a congelar las pelotas. Me arrepentí de mis palabras no bien reparé en Marisa, pero ella no pareció molestarse, seguía callada. Caminamos a toda marcha y enseguida estuvimos lo suficientemente lejos de la zona de los desagües como para sentirnos aliviados. El puente ahora se veía en su totalidad y se distinguían perfectamente los tensores de acero y las columnas de iluminación. Desde el frente grité que ya no había motivos para preocuparse y noté cómo todos recuperaban el entusiasmo. Caminábamos seguros y erguidos por el lecho pantanoso del río. No estábamos a más de dos cuadras del objetivo cuando pasó lo que pasó.
—¡Ay! —gritó Percha—, algo me mordió el tobillo.
—A mí también me tocó algo —dijo el Chino, y yo temí lo peor.
Encendí la linterna y tuve suerte de no caer desmayado: estábamos en el medio de un enorme cangrejal. Había tantos cangrejos que donde quiera que enfocaba el piso se movía. Por un momento me quedé mudo; cuando pude recuperar el aliento alcancé a gritar: «¡Sálvese quien pueda!». Todos soltaron los palos y las damajuanas cayeron al barro, una tras otra.
Corrimos desesperadamente. Yo trataba de levantar los pies apenas tocaban el piso, pero el crujido seco de los caparazones al partirse era tan repugnante que me fue imposible contener los gritos. Por fin llegamos al puente y trepamos al asfalto salvador. A lo lejos, se veía venir un camión de la basura.
Me tomé un tiempo y reuní a todos para tratar de calmarlos. Percha daba vueltas de un lado para otro, no paraba de llorar, aunque el Chino le había revisado el tobillo y le repitió como cien veces que no tenía nada. Marisa y el Carlón se frotaban los brazos y las piernas, como si tuvieran un ataque de pulgas. Alejandro tenía la cara de un muerto, listo para trabajar en una película de terror. El único que estaba tranquilo era la Rata, sentado al lado de la única damajuana que había sobrevivido a la catástrofe.
—Tenés la sangre de hielo, Rata —lo felicité.
—Si no hacen nada —me dijo—; además se pueden comer.
El camión nos paró al lado y el camionero se bajó y preguntó qué estábamos haciendo a esa hora y en ese lugar.
—¿Qué hora es, señor? —le pregunté.
—Como las doce y media.
—¿Y qué día es?
—Escuchame, pibe, ¿sos pelotudo? —me dijo—. Viernes.
—Estamos salvados —dijo el Chino, que seguro pensaba que la abuela le iba a romper la cabeza.
—Por favor —le dije entonces al camionero—. ¿No nos lleva hasta Magán y Rivadavia?
Viajamos apretados. Marisa, Percha y yo en la cabina, y el resto en el compartimento de la máquina compactadora. Le pregunté al camionero si sabía algo del incendio y me contó la novedad: iban a apagarlo con una explosión.
—Es una técnica norteamericana —dijo—, le ponés una bomba al fuego y la onda explosiva lo hace pelota.
—Se dice onda expansiva —lo corrigió Percha, y yo tuve que darle un codazo, a ver si el tipo todavía nos hacía bajar a mitad de camino.
Gracias a la Rata habíamos podido salvar una damajuana y él fue el único que se la pasó todo el camino cantando «dale campeón, dale campeón» y golpeando el acoplado con un palo, cosa que al camionero no pareció molestarle.
Llegamos y dije que se sacaran los chalecos y los tiraran en la parte de atrás del camión, para que nadie se diera cuenta de nada. Creo que recién en ese momento tomé conciencia de lo que le estaba pasando al barrio. Parecía una pesadilla. El resplandor del fuego era muy intenso y se reflejaba en todos lados como si estuviéramos a dos cuadras del infierno. Las calles estaban completamente grises, cubiertas de una ceniza con un olor tan agrio que te hacía arder la garganta. Había un montón de barrenderos meta palearla dentro de unas carretillas enormes, pero parecía imposible que pudieran terminar en menos de cien años. El camionero nos dijo que eran restos de cuero sin curtir, y que habían llovido durante toda la tarde.
Alejandro y yo saludamos a los pibes y corrimos a nuestra casa. Teníamos miedo de que papá estuviera furioso, pero no encontramos a nadie. Ni siquiera a nuestros tíos. Todo estaba a oscuras y en silencio salvo el vestíbulo de la abuela. Nos quedamos espiando y escuchamos cómo la vieja forzaba a nuestra hermanita a dar los primeros pasos. Se los contaba uno por uno y, cuando lograba llegar a diez, le decía un versito en un idioma que con Alejandro no podíamos entender, pero que sonaba como la reverendísima mierda.
Escondimos la damajuana en la pieza y nos cambiamos de ropa. Preparamos unos sánguches de queso y los comimos apurados. Salimos a la calle y nos encontramos con Percha y el Carlón. Estaban sorprendidos por lo mismo que nosotros: sus padres no estaban.
Fuimos hasta la esquina y vimos a un montón de vecinos que salían del cuartel. También a un grupo de villeros. Preguntamos de qué se trataba y casi nos toman por tarados porque todo el barrio sabía que Celis había preparado una asamblea. Se escuchó una explosión impresionante seguida de un chiflido largo. Percha, el Carlón, Alejandro y yo corrimos hasta donde la barrera hecha por los bomberos nos permitió llegar y ahí nos encontramos con Rindone y el Jaro. Miraban los preparativos de Celis para la gran explosión. Nada que ver con la que habíamos escuchado; ésa había sido culpa de un vivo que había tirado al fuego una caja llena de envases vacíos de desodorante en aerosol. Una vieja nos dijo que seguro había sido un cabecita negra y Percha le contestó que era imposible, porque los cabecitas negras no usaban desodorante. También le dijo que si quería podía olerlo al Carlón, entonces el Carlón se calentó y casi termina todo a las trompadas.
A esa altura las dotaciones de bomberos eran seis; incluyendo la nuestra, la de Quilmes y la de Lanús. Como cien bomberos trataban de que el fuego no se extendiera a las casas vecinas y un grupo de obreros armaba un andamio de hierro casi tan alto como la chimenea de la fábrica de vidrios. Los Pibes no nos podíamos imaginar para qué podía servir, pero estábamos seguros de que tenía que ver con la explosión de la que todo el mundo estaba pendiente.
Le estaba contando a Rindone cómo habíamos perdido el vino cuando apareció Marisa.
—¿Alguno vio al Tumbeta? —preguntó sin siquiera saludarnos.
—Yo —le contestó Rindone—, lo vi a eso de las siete.
—Con estos camiones no se escucha un carajo —dijo el Chino, tapándose los oídos porque siempre le molestaba cualquier ruidito.
El Jaro nos dijo que habían trasladado a los villeros de los primeros ranchos a las aulas de la escuela.
—Se suspendieron las clases de apoyo y todo —dijo.
Ninguno pudo contener la alegría, pero el que más festejó la noticia fue la Rata porque él tenía problemas con casi todas las materias. Festejaba todo como si fuera un gol hecho por él y esta vez largó un «¡vamos, carajo!» a la vez que se dejó caer de rodillas y se estiró la remera. Nos alejamos del quilombo y seguimos hablando.
—¿Y las putas? —le pregunté a Jaro, preocupado.
—También en la escuela —me contestó.
—Entonces no vamos a poder coger porque no tienen dónde atendernos —se lamentó Rindone.
—Para coger, primero me tenés que ganar el partido —lo apuró Alejandro.
—Y qué sabés si nos toca jugar en contra.
—Hablando de eso, ¿cómo vamos a armar los equipos? —pregunté.
—A Pan y Queso —me contestó Alejandro.
—Ya sé, pero quién contra quién.
—Hermano contra hermano —dijo Percha, que siempre estaba metiendo púa entre Alejandro y yo.
—También tenemos que comprar la pelota —dijo el Chino.
—Está bien, pero el problema principal sigue siendo el de las putas —insistió Rindone—; si no tienen rancho no nos van a poder atender.
—¿Y si les hablamos? Capaz que de querusa nos atienden en la escuela —dije.
—¿Vamos a ir a coger a la escuela? —preguntó el Carlón, medio enloquecido por la idea.
—¡Vamos a coger en la escuela! —gritó la Rata, estirándose otra vez la remera. Después se abrazó con el Chino y el Carlón, dando los tres un espectáculo lamentable.
—A ver si tienen un poco más de respeto —dijo Marisa, furiosa.
Fue entonces, siendo casi las dos de la mañana y mientras todo el barrio estaba pendiente del incendio del arroyo y su inminente explosión, cuando propuse una asamblea de emergencia en el portón de la casa de Armando. Todos estuvieron de acuerdo y empezamos a caminar hacia la esquina, salvo Rindone, que salió en su bici para buscar al Tumbeta.
Muchos vecinos estaban todavía en la calle. Algunos miraban el fuego y otros tomaban mate en pequeños grupos, sentados en los umbrales, apenas iluminados por los focos callejeros. Las mujeres manguereaban los frentes porque decían que había peligro de calentamiento y los hermanos Mariulo (dos viejos cirujas hinchas del Esportivo Dock Sud), estaban meta blanquear con cal el frente destartalado de su casa, porque según ellos lo había ordenado Sarmiento.
Los barrenderos trabajaban duro con la ceniza, pero todavía les quedaba mucho por levantar. Casi en la esquina nos encontramos con mi papá y con el de la Rata. Ninguno de los dos nos preguntó dónde habíamos estado. Juan Melón (o sea, el padre de la Rata) nos contó que a los vecinos que vivían cerca del arroyo les había salido fuego por el inodoro y que los bomberos les habían tenido que rellenar las tuberías con espuma.
—Si se te quema el culo te hacés mierda —dijo el Carlón, y creo que todos pensábamos en lo mismo.
Por fin pudimos recostarnos contra el portón de la casa de Armando. Vimos a Rindone que pedaleaba como un burro y que traía al Tumbeta parado en la parte de atrás de la bici. Llegaron y se sentaron con nosotros.
—Yo digo que vayamos en grupo y que pregunte el primero que se anime —dije, entonces noté que Marisa tenía los ojos fijos en el Tumbeta. La cara se le había transfigurado y daba miedo ver cómo lo miraba. Me quedé en silencio, esperando un desenlace violento.
—Y ahora, ¿qué se te dio por juntarte con esos mierda? —desembuchó por fin.
Todos esperamos la respuesta del Tumbeta, pero él ni siquiera se molestó en mirar a Marisa. Se quedó callado, con la vista en el piso, jugando con una hebra de pasto y una fila de hormigas. Alejandro murmuró algo acerca de las putas que no alcancé a entender, supongo que en un intento por distender la situación, pero Marisa se había empecinado.
—Te pregunté algo —dijo.
Pero el Tumbeta siguió en la misma: con el pasto y las hormigas, aunque esta vez se mandó una sonrisita sobradora. Entonces ella se levantó, hizo un ademán de bronca de ésos que querían decir «váyanse todos a la mierda», y se fue corriendo a su casa.
El sábado nos levantamos temprano. Alejandro y yo entusiasmados porque al fin había llegado el gran día. Mamá y papá preocupados porque esa tarde se haría la gran explosión, y mi hermanita sonriendo a cara suelta, porque lo bueno de esa edad es que todo te importa un carajo.
Durante el desayuno papá intentó explicarme algo acerca del incendio y la explosión. No tenía nada que ver con lo que me había dicho el camionero de volar el fuego en mil pedazos. Ser camionero, me dijo papá, es una profesión que te vuelve bastante bruto; y él debía de saberlo bien porque durante muchos años había sido camionero.
El asunto era más complicado. Como lo que se estaba incendiando era una mezcla rara de petróleo, ácidos y los taninos de las curtiembres, la única manera de apagar el fuego era cortándole la respiración, y para eso había que ponerle una bomba en la garganta.
—¿Entendés, Gabriel? —me preguntó papá. Y como a mí me reventaba muchísimo que me anduvieran preguntando si entendía esto o aquello como si fuera un boludo le dije que sí, aunque me habían quedado varias dudas.
No sería hasta meses después (y no por las explicaciones que me había dado papá, sino por una clase que el propio Celis nos vino a dar a la escuela) cuando me iba a enterar de que el oxígeno que hay en el aire es súper importante para que se encienda un fuego. Y que, en el incendio del arroyo, el oxígeno que había en el agua servía tanto como el que estaba en el aire. En aquella clase Celis, acompañado por dos bomberos aprendices y la profesora de gimnasia, nos sacó a todos al patio descubierto. Encendió algunos materiales de prueba y apagó parte con un matafuego y parte con un balde de arena. Nos enseñó que las cosas que se queman se llaman inflamables y también todo ese asunto del oxígeno. Nos mostró una mezcla parecida a la que se había quemado en el arroyo aunque ésta —la que Celis había llevado a la clase—, estaba deshidratada, o sea, seca, para mayor seguridad. Celis le mandó un fósforo y la mezcla, que tenía el tamaño de una Pulpo número cinco, se empezó a encender despacito, tan despacito que todos nos empezamos a matar de la risa. Celis le pidió a la de gimnasia que le trajera un vaso con agua y la de gimnasia se fue y vino corriendo, no porque se lo hubieran pedido, sino porque ella siempre se la pasaba corriendo. Celis se acercó al fuego, que se estaba apagando solo, le tiró un chorro de agua y zas, se levantaron unas llamas tan enormes que todos nos pegamos un susto de la gran puta. También los bomberos aprendices y la de gimnasia, que se puso a saltar como una loca, invadida por la emoción, haciendo bambolear su desesperante par de tetas.
Volviendo a la mañana de aquel sábado, mientras estábamos desayunando llamaron a la puerta. Eran tres policías que recorrían el barrio avisándole a la gente que no tomara el agua que salía de las canillas porque se había contaminado. Dijeron también que si no resultaba el «método por explosión», iban a tener que evacuarnos. Papá recibió una nota de mano del policía y dos bidones llenos de agua buena que —según dijo la abuela— no alcanzaban ni para lavarse el culo.
A eso de las once Alejandro y yo nos fuimos para la esquina. Los barrenderos habían terminado su trabajo y los bomberos estaban manguereando las calles. El resultado fue que el barrio quedó tan limpio como nunca antes, con las baldosas coloradas y amarillas reluciendo de lo lindo. Eran los últimos días de febrero y siempre, para esa fecha, el viaducto estaba lleno de mariposas y de perros cogiendo por todos lados. Todo era perfecto en verano, porque los jardines estaban floridos y el perfume de las flores sumado al calor del sol, las mariposas y el sonido del fuelle de Armando, hacían de nuestra esquina el lugar más hermoso del mundo. Ahí nos sentíamos tan bien que, muchas veces, después de saludarnos, apenas intercambiábamos unas palabras acerca de cualquier boludez y nos quedábamos un rato largo en silencio, cada uno colgado en sus pensamientos, protegidos del sol bajo la sombra de los árboles. Pero esa mañana nada era así porque las cenizas no habían dejado ni un solo jardín en pie y porque ese olor, tan agrio, había reemplazado al resto de los olores y se nos había instalado en la nariz. Y el reflejo del fuego, el ruido de los camiones que iban y venían, los patrulleros y la gente que pasaba cargando bidones con agua y hablando con cara de preocupación, habían logrado entristecernos. Ahí estábamos, Alejandro, Percha, la Rata, el Carlón y yo, tratando de disimular el bajón que nos causaba todo aquello. Hasta que llegó Rindone con un conejo atado de un piolín y nos olvidamos de todo.
—¿Y eso? —le preguntó Percha.
—Un conejo, boludo, no ves.
Era un conejo gris, con los dientes tan grandes que de haber querido nos habría arrancado un dedo como si nada. Rindone lo tenía atado del cogote. El bicho saltaba de acá para allá hasta que el piolín se le ponía bien tirante y era súper cómico ver como la cabeza y el cogote le quedaban en el mismo lugar mientras que el cuerpo se le iba para delante y lo hacia caer de espaldas.
—Lo vas a acogotar —le dijo Alejandro.
—Si se muere se puede comer —dijo la Rata, y Rindone se quedó mirándolo.
Le pregunté de dónde lo había sacado y me dijo que era de la escuela del hermanito, se lo habían dado para que lo cuidase durante el fin de semana. Era un bicho recontra pelotudo, estaba todo el tiempo comiendo pedazos de lechuga que Rindone se había traído en los bolsillos y, fuera de eso, lo único que hacía era cagar unas bolitas de una mierda que ni siquiera tenía olor, y que si las pisabas se deshacían como arena.
—Escuchame —le dijo Alejandro—, no vamos a ir a hablar con las putas llevando un conejo atado; nos van a tomar por pelotudos.
—Si no tiene nada de malo; además las patas de conejo traen buena suerte —dijo Rindone.
En ese momento venía Marisa. Caminaba por la misma vereda en la que estábamos nosotros y a cada paso hacía rebotar, con mucha fuerza, una pelota de goma muy chiquita. Dicho así, puede dar la sensación de ser algo sencillísimo de hacer, pero nada más alejado de la realidad. Marisa caminaba muy rápido y hacía rebotar la pelotita contra el piso. La atajaba primero con una mano y después con la otra y a veces hasta sin mirar. No había en todos los barrios un arquero como Marisa. Arquero o arquera, como ella quería que la llamáramos. Marisa había sido siempre la titular de nuestro equipo y si algún boludo de Lanús o de otro barrio que la veía por primera vez le gritaba «Machorra» (que era el peor insulto que alguien le podía decir a una mujer), ella se hacía respetar retorciéndole el cogote. Y si el otro era demasiado grande para que ella le retorciera el cogote, pasaba que ese día atajaba tanto y tan bien que lo dejaba con la boca cerrada. Por eso, cuando Alejandro y yo la vimos venir, supongo que pensamos en lo mismo: «Ojalá que me toque elegir primero». No cabía ninguna duda: quien ganara al Pan y Queso elegiría primero a Marisa.
Mi hermano me preguntó si armábamos los equipos en ese momento y le dije que cuanto antes mejor, porque así nos sacábamos un peso de encima. Entonces, mientras esperábamos a que Marisa terminara de jugar con el conejo y soportábamos a Rindone haciéndose el lindo, amigo de las mujeres y protector de los animales, fueron llegando los otros pibes. Primero vino el Jaro, después el Chino y por último el Tumbeta. Cada uno que llegaba se ponía a jugar con el conejo como si la boludez se hubiera convertido en una enfermedad contagiosa. Después de un rato estuvimos listos para empezar.
En el Pan y Queso el contrario y vos se tenían que parar primero frente a frente, dar la media vuelta y alejarse uno del otro como dos tipos que estuvieran a punto de balearse en un duelo. Cuando alguien de afuera gritaba «alto», o «basta para mí», o cualquier cosa por el estilo, había que congelarse en el lugar. Y uno daba otra vez la media vuelta para quedar de frente. Se llevaba el sobrenombre de Pan o de Queso dependiendo del turno que a uno le tocaba. Y daba lo mismo porque nunca se sabía a la distancia si convenía empezar primero. Una vez que se decidían los turnos por el método del ofrecimiento y el rechazo, vos y el contrario empezaban a acercarse el uno al otro, paso a paso. Pero no a cualquier paso. Como máximo el largo exacto del pie (paso completo) y como mínimo el de su ancho (medio paso). Para dar un medio paso había que poner el segundo pie de costado contra la punta del primero, tal como lo haría un jugador de dominó con una ficha doble. Algo importante era que se podía pasar el turno una sola vez por partido y esto se hacía diciendo la palabra «paso», lo que le daba al otro la posibilidad de dar, por única vez, dos pasos consecutivos. Por supuesto que el juego se terminaba cuando uno pisaba al otro proclamándose ganador.
Aquella vez Alejandro y yo nos pusimos de espaldas y empezamos a caminar hasta que Marisa dijo: «Basta para mí, basta para todos». Nos detuvimos y dimos la media vuelta. Habíamos quedado tan sólo a una vereda y media de distancia. Los pibes miraban con atención y Percha y el Chino hacían de referís.
—Empezá —me apuró Alejandro, y yo desconfié enseguida porque él tenía una vista de la gran puta. Tenía tanta vista que era capaz de cascotear a una paloma a tres veredas de distancia. Me pareció que la cosa estaba para cualquiera y juro que me hubiera dado lo mismo ser Pan o Queso, pero casi automáticamente retruqué el ofrecimiento.
—Mejor empezá vos —le dije. Y Alejandro, sin dudarlo, dio el primer paso y dijo: «Pan».
Sentí que estaba perdido. Que había caído como un boludo en la trampa del ofrecimiento. Yo era consciente de que mi hermano, mentalmente hablando, siempre me sacaba ventaja. Si se llevaba a Marisa tenía medio partido ganado. De perderla, yo estaba decidido a elegir a la Rata. Y es que la Rata había nacido con la pelota atada a los pies y no se la podías sacar por nada del mundo. Pero el problema era que casi siempre se olvidaba de dónde estaba el arco contrario y se enceguecía tanto gambeteando y gambeteando para cualquier lado que muchas veces los de su propio equipo le teníamos que pegar una patada para evitar que nos hiciera un gol en contra.
—Queso —dije, y avancé un paso completo.
—Pan —dijo Alejandro en el acto, casi superponiendo su voz a la mía.
—¡Queso! —grité con un entusiasmo que no tenía razón de ser, porque todavía estábamos a más de una vereda de distancia.
En ese momento se armó el quilombo. El conejo de Rindone mordisqueó el pie de Alejandro y mi hermano le pegó una patada tan fuerte que el piolín se rompió y el bicho salió volando por el aire. Por culpa de la patada Alejandro modificó la posición de sus pies y Percha dijo que quedaba descalificado. Se armó una discusión de la gran puta y mientras Rindone perseguía al conejo, el resto trataba de ponerse de acuerdo. Siempre habíamos dicho que las reglas eran las reglas y jamás en la historia del Pan y Queso se había contemplado la incidencia de un conejo mordisqueando los talones de un jugador. Todo era un caos menos mis pies, que seguían clavados al piso: uno delante del otro, como si yo fuera un equilibrista caminando por la cuerda floja. El otro que se había quedado quieto fue el Chino. En el lugar de Alejandro, de rodillas, apretando el dedo contra el piso. En un primer momento creí que estaba aplastando una hormiga o algún bicho, pero después me di cuenta de que señalaba un punto en la baldosa. El griterío se calmó cuando Marisa tomó las riendas del asunto y reorganizó las cosas. Rindone había atrapado al conejo y lo sostenía de las orejas. El bicho pataleaba como loco y Marisa le dijo que se lo llevara porque bastantes problemas ya nos había causado. Ni hablar de lo rápido que el maricón de Rindone acató el rugido de la princesa. Parecía la de gimnasia corriendo a llevarle el vaso con agua a Celis; la diferencia, aparte de las tetas, era que Rindone llevaba un conejo.
—¿Y vos qué mierda hacés en el piso? —le preguntó Percha al Chino, que, sin moverse, le contestó que estaba señalando el lugar donde había quedado marcada la zapatilla de Alejandro.
Todos se agacharon a mirar. Yo seguía firme y no podía ver demasiado. Discutieron y Marisa le pidió al Carlón que señalara de igual manera la punta de mi zapatilla. Cuando el Carlón cumplió la orden (y no fue fácil hacerle entender que lo que tenía que señalar era la baldosa y no la puntera de goma de mi zapatilla), Marisa me pidió que me acercase al lugar de los hechos.
—Si Alejandro pone el pie justo acá se puede seguir con la competencia —me dijo.
Me agaché y pude ver bien clarita la huella de barro de una zapatilla Flecha, igual a las que llevaba Alejandro. En realidad, iguales a las que llevábamos casi todos. Porque casi todos usábamos zapatillas Flecha. Menos el Carlón, que siempre andaba en alpargatas de soga, y el Tumbeta, que por nada del mundo se sacaba los zapatos marrones de la privada.
—Aunque creo que podría ser la de cualquiera de nosotros, no quiero ganar la competencia de manera que deje alguna duda sobre mi caballerosidad deportiva —dije con el mejor tono de Rolando. Trataba de impresionar a Marisa, porque me parecía que desde lo que había pasado en la quinta de los Mellizos ella se había alejado de mí, y yo podía imaginar por qué.
—Entonces cada uno a su lugar. Y el Gavilán tiene derecho a dar hasta tres pasos seguidos para compensar la falta cometida por Alejandro —dijo Marisa, entrando en la historia del Pan y Queso con la invención de una nueva regla, por cierto muy justa.
Volvimos a nuestras posiciones y Percha y el Chino se encargaron de verificar que pusiéramos los pies en el lugar exacto.
—Queso, Queso, Queso —dije con la misma decisión con que avancé tres pasos completos.
—Pan —dijo Alejandro, y yo le noté en la voz un tono tibio que me inspiró confianza.
—Queso.
—Pan.
—Queso —dije, dando medio paso para confundir a mi hermano.
Después fueron un montón de Pan y Queso seguidos, y en unos segundos nos pusimos al borde de la definición. Nos separaban cinco o seis pasos completos y era mi turno. El problema en las definiciones eran los cachitos de pie, porque ganaba el que pisaba primero el pie del otro y esto sucedía cuando precisamente el otro le había pifiado por un cachito.
—Queso —dije, y di un paso completo.
—Pan —retrucó Alejandro con decisión.
Medí la distancia y hubiera jurado que si yo daba un paso completo Alejandro no alcanzaría a pisarme. Y si él daba un medio paso yo lo pisaría con total seguridad. No lo podía creer, estaba a pocos segundos de ganarle a mi hermano.
—¡Queso, carajo! —grité.
¿Y qué fue lo que pasó? Alejandro se la tenía bien preparada:
—Paso —dijo, y puso una sonrisa de oreja a oreja.
Pasa: ¡soy un boludo! Soy el más boludo de todos los pibes. Claro, cuando quedabas pagando tenías que pasar y entonces al que dejabas pagando era al otro. Era una de las leyes más básicas del Pan y Queso. Estaba perdido. Tenía derecho a dar dos pasos consecutivos pero no estaba seguro de nada. Dos pasos eran más o menos lo que nos separaban en ese momento. Calculé la medida de mi pie y el largo de la baldosa. Decidí jugármela y me largué con todo.
—Queso —dije, y di, despacito, el primero de los pasos; ahí nomás cerré los ojos y di el segundo, estirando al máximo la punta del pie.
Se me había olvidado decir nuevamente Queso, pero lo mismo habría sido porque no pude haber calculado peor. Mi pie quedó como a cinco centímetros del pie de mi hermano, tan cerca que él ni siquiera hubiera tenido que hacer lo que hizo. Se mandó la gran gozada: dio la media vuelta de la alegría y con un medio paso marcha atrás —tan canchero que me hubiera gustado estropearle la cara—, me pisó la punta de los dedos.
Haberme ganado significó para Alejandro mucho más que la posibilidad de elegir a Marisa. Le dio el derecho de convertirse en jefe. Era algo que jamás se había hablado pero que se sobreentendía: el que le ganaba a un jefe en cualquier competencia pasaba a ser el nuevo jefe.
Alejandro decidió que antes de armar los equipos teníamos que ir hasta la escuela, acordar el precio y el lugar con alguna de las putas y dejar ya pago el servicio. Fue hasta casa y volvió con la plata. Caminamos hasta la avenida Mitre y doblamos a la derecha. Las veredas de la avenida eran enormes, tanto que nosotros podíamos caminar todos, uno al lado del otro, sin llegar a ocupar el ancho. Por la Mitre pasaba todo el tráfico que iba y venía de la Capital a La Plata, y suponíamos que por eso le habían hecho veredas tan anchas. Sonaba lógico que una avenida tan importante tuviera veredas importantes. Estábamos hablando cuando Percha dijo que no, que antes había sido una avenida de mierda y que la había ensanchado el general Perón. Para Percha todo lo que era de cemento y medía más de un metro o pesaba un poco más de un kilo lo había hecho Perón, y siempre estaba rompiendo los huevos con lo mismo.
—Y vos cómo sabés que la ensanchó Perón, acaso lo viste —le dijo Alejandro.
—Porque en mi casa tengo el Plan Quincenal, que es la enciclopedia en colores de todos los peronistas. Y ahí te lo canta clarito —le contestó Percha, dejándonos a todos con el culo lleno de pasto—. ¿A que ustedes no saben que por acá abajo está todo preparado para que pongan el subte? —dijo, y ya era para romperle la cabeza de un cascotazo.
—Sí y también lo hizo Perón —le dijo el Chino con voz de aburrido.
—Por supuesto, y el túnel va desde Avellaneda hasta Domínico, con estaciones y todo.
—Decime —le dije—, si preparó el túnel para el subte, con estaciones y todo, por qué mierda no lo puso.
—Porque en este país todo es una mafia —contestó Percha—, y te lo dice mi viejo: los verduleros son una mafia, los camioneros son una mafia y los colectiveros son la peor de las mafias.
—Y los pelotudos como vos, ¿qué son? —saltó Marisa, y lo agarró del cuello con tanta fuerza que todos nos tuvimos que meter para poder separarla. Percha se había olvidado de que el Gallego (o sea, el padre de Marisa) era colectivero, y a nadie le gustaba que se metieran con su familia.
Cuando llegamos a la escuela eran las doce y hacía un calor de la gran puta. Frente al portón, tocamos timbre y esperamos. El sol daba sobre la vereda donde, hacía mucho tiempo, habían cortado tres tilos gigantescos y los habían reemplazado por otros árboles que quedaron a medio crecer. Estábamos a punto de tocar otro timbre cuando Marta, la portera, nos abrió.
—Hola —dijo Alejandro.
—¿Y ustedes qué hacen por acá?
El codazo que le tuvo que poner Rindone al Jaro lo hubiera cobrado hasta el peor referí del mundo. Es que el boludo casi nos manda en cana. Alcanzó a decir vinimos a hablar con las pu… cuando lo surtió, muy acertadamente, nuestro querido Rindone.
—Vinimos a ofrecerles apoyo escolar a los niños desamparados de la villa —dijo Alejandro.
En mi vida había oído algo tan cínico. Era para vomitar desde el balcón presidencial, con Percha, el padre de Percha, Evita y el general Perón.
—Apoyo escolar —dije, y puse cara de niño explorador de Don Bosco.
—¿Y ellos quiénes son? —preguntó Marta, señalando al Chino y al Tumbeta.
Alejandro le contestó que teníamos el orgullo de compartir nuestra cristiana misión con un «ejemplar alumno de la Capital Federal»: el Chino; y «un flamante exponente de la educación privada»: el Tumbeta. Señaló a los aludidos que —intentando poner cara de circunstancia—, habían logrado sonreír, medio duritos, como dos reverendos hijos de puta. Marta nos dijo que esperásemos y nos cerró la puerta en la cara.
—¿De dónde sacaste semejante cosa? —le preguntó Marisa a Alejandro.
—No sé, se me ocurrió.
—¡Sos un genio! —lo felicitó el Chino.
Estábamos a la espera cuando, sin previo aviso, se me puso dura. Supongo que fue el calor, sumado a las cuadras de caminata y al roce involuntario de mis brazos contra las tetas de Marisa durante el tire y afloje. O lo que me tenía más enloquecido: la idea desesperante de una escuela llena de putas. Como traía pantalones cortos no podía disimularlo y me tuve que sentar para que nadie se diera cuenta.
Me pregunté por qué Marisa no había desistido todavía de su turno. Era una intriga que me carcomía las tripas. ¿Pretendía de verdad pasar con una puta?, ¿o pensaba reservarse el puesto para alguno de los perdedores? Tal vez quería ir para pedirle algún consejo. No habíamos hablado de eso entre los pibes y supongo que ninguno se habría animado a preguntárselo.
Por fin Marta nos abrió y nos dijo que estaba bien, pero que nos portáramos como personas responsables. Entramos al hall principal y la portera nos dijo que fuéramos por los pasillos y que preguntáramos en las aulas a ver quién necesitaba de nuestra ayuda. Yo la tenía a punto de explotar y apenas podía contener las ganas de sacarla y hacerme una paja. Enfilé derecho para el baño y resolví el asunto. Regresé lo más rápido que pude pero no encontré a ninguno de los pibes.
La escuela Número Diez Ricardo no sé cuánto era muy grande. Desde el enorme hall principal salía un pasillo hacia la dirección, las oficinas y el salón de actos; una escalera conducía al jardín de infantes y otro pasillo llevaba a donde empezaba la escuela propiamente dicha. También había dos patios cubiertos, uno descubierto y súper enorme, y una planta alta donde tenían clases los grados superiores y a la que se llegaba por una escalera que estaba en el patio cubierto.
Caminé hacia adentro y en la primera de las aulas —dónde un cartelito celeste con letras rojas decía Primero C.— abrí la puerta. Lo que vi me dio ganas de salir corriendo. Los pupitres estaban apilados contra el fondo y la gente tenía todas sus cosas desparramadas por cualquier lugar. Los colchones tapizaban el piso, con sábanas y frazadas amontonadas como nidos, y la mayoría de los que estaban ahí se quedaban acostados. Habían encendido un televisor viejo y se oían, detrás del crepitar espantoso del parlante, un montón de toses y murmullos. El aire apenas se podía respirar y una pava, sobre un calentador eléctrico, largaba vapor por el pico empañando todo el vidrio de la ventana. Pero lo más horrible, lo que me destrozó el alma, fue el olor, tan fuerte que tuve que contenerme para no vomitar. No supe hasta mucho después —y gracias a un nuevo amigo que entraría en mi vida— que ése era el olor de los desgraciados, de las personas que están desamparadas en el mundo. Él me iba a explicar el verdadero sentido de la palabra «desgraciado», un sentido mucho peor que el que le daba la abuela cuando nos decía a mi hermano o a mí fillo de puta desgrazado, que en el idioma de ella quería decir, hijo de puta desgraciado.
No pude ni levantar la mano para saludar. Cerré la puerta y caminé por el pasillo apurando el paso, sin abrir ninguna de las otras aulas. Presté atención para ver si escuchaba la voz de mi hermano o de algún pibe; de lo único que estaba seguro era de que yo me iba a ir lo más rápido posible para mi casa. Recorrí casi toda la escuela pero no pude encontrarlos. El estómago se me había hecho de piedra y el dolor en la panza me estaba dando ganas de llorar. En ese momento me pareció que la vida era un hecho triste y feo, sobre todo feo. El incendio amenazaba dejarnos sin barrio y ahora nuestra escuela se había convertido en la casa de la gente sin casa y parecía que nunca más volvería a ser nuestra escuela.
Volvía por el pasillo cuando, llegando a la sala central, escuché la voz de la directora que hablaba con ese pito que Dios le había incrustado en la garganta. La directora se llamaba señorita Cueto y no hay que ser demasiado imaginativo para adivinar la infinidad de chistes que estaban escritos en las puertas de los baños. Variaban desde «vos te agachás y yo te la meto» hasta un dibujo de la vieja volando por el aire, propulsada por el chorro de su propio pedo y gritando desesperada: «¡Cuidado chicos, se me escapó un Cueto!».
La señorita Cueto tenía doscientos cincuenta mil años y solamente se le decía Señorita porque a todas las maestras se les decía así. Se pintaba de todos los colores y con brocha gorda. Se la pasaba hablando sin parar, tanto que se le secaba la boca y se le formaba un hilito de baba blanca y gomosa en la comisura de los labios uniendo uno con el otro. El hilito se estiraba y se encogía con cada palabra y siempre se iba deslizando desde el costado hasta el centro de la boca para desaparecer ahí, dando un espectáculo deprimente. Pese a todo era una vieja macanuda y, por más quilombo que uno hiciera, no era de andar llamando a los padres por cualquier boludez. Ni siquiera cuando el Jaro —una vez que la vieja lo había mandado a buscar agua— le meó un chorro dentro de la taza y ella se dio cuenta enseguida. Eso de mearle en la taza a una maestra lo hacíamos cuando lo que le ibas a buscar era un té o un café, o cualquier cosa que tuviera olor y sabor.
Caminé hasta la Dirección. Cuando llegué vi a mi hermano petrificado al lado de la Cueto y a ella contando un dinero que tardé muy poco en darme cuenta de que era el nuestro. Cuando terminó de contar acarició la cabeza de Alejandro con un gesto tan tierno que era para suicidarse.
—Alejandro —dije.
—Ah, Gabrielito, querido, pasá. Estaba felicitando a todos tus amigos por esta donación, en especial a tu hermano Alejandro, me pone tan orgullosa. Pensar que yo también les enseñé a tu padre y a tu tío Alfredo y ahora los tengo a ustedes y con esta actitud tan bondadosa. El dinero de sus propias camisetas para esta gente tan desamparada. Es algo que cuando sus hijos vengan a la escuela y yo se los cuente los va a hacer sentirse muy orgullosos de ustedes, como ustedes hoy deben estarlo de sus padres que los han educado tan bien…
A esa altura yo ya tenía los oídos cerrados. La vieja era la locomotora de la palabra y estaba quedándose con nuestra plata. Alejandro estaba pálido y callado, los otros pibes no podían disimular las caras de culo.
—Yo no quiero donar mi parte —dijo la Rata, que parecía estar pensando que si la vieja se caía muerta la podíamos comer.
—Pero no digas eso, querido —dijo la Cueto—, seguí el ejemplo de Marisa y de Alejandro; por algo son los alumnos más destacados de la Gutiérrez.
La Gutiérrez, siempre se me olvidaba el nombre. Así se llamaba nuestra escuela: Número Diez Doctor Ricardo Gutiérrez.
Cuando salimos, Alejandro me aclaró el panorama. La vieja los había agarrado transando el precio con una de las putas que estaba en la planta alta. Habían decidido ir hasta ahí porque pensaron que era más seguro. Estaban pagando cuando se apareció la Cueto y a mi hermano no le quedó otra más que decir que era una donación para que las madres les pudieran comprar pañales a sus hijos. Después la tuvo que agrandar diciéndole lo de la rifa y la decisión de todos los pibes de darle un noble fin al dinero recaudado. Creo que a la vieja la habrá despistado la presencia de Marisa y también que a mi hermano lo tenía por un santito.
Llegamos a nuestra esquina totalmente desanimados. El Chino nos recordó que todavía nos quedaba una damajuana entera de vino y que ya no teníamos ningún motivo para reservarla. Pero eso no alcanzó para levantarnos el ánimo: habíamos perdido todo. Estábamos solos en la calle y un silencio muy extraño flotaba en el aire. Miré hacia el cielo y pude ver unas nubes grises que ocultaban el sol y reflejaban los resplandores del incendio. Alejandro ya se había ido y Marisa se levantó y dijo que también se iba, porque no tenía ganas de nada. De a poco, Percha, el Jaro, Rindone, el Tumbeta y el Carlón, hicieron lo mismo. Quedamos la Rata, el Chino y yo, recostados sobre el portón de la casa de Armando. No nos dijimos ni una palabra y yo sentí que, pese a todo, algo que me era muy difícil de explicar me unía a ellos para siempre. Habría querido decirlo y creo que hasta estaba dando con las palabras, cuando una gran explosión —como un trueno o el golpe de un rayo caído muy cerca de nosotros— estalló, partiéndonos el corazón. Una lluvia de ceniza gruesa y blanca comenzó a caer, como las hojas de un otoño lejano que, hasta ese momento, por alguna razón, habían permanecido detenidas en el tiempo.