Camille Paglia: «El resentimiento contra los hombres que enseña el feminismo moderno es puro veneno»


Tres décadas después de que pusiera patas arriba el mundo cultural y académico con «Sexual Personae», la intelectual estadounidense vuelve a saltar a la palestra mediática con la publicación de una nueva edición de su «magnum opus»


Cuando Camille Paglia (Nueva York, 1947) logró publicar «Sexual Personae» en 1990, después de que la obra fuera rechazada por siete editoriales y cinco agencias literarias, se granjeó un buen puñado de enemistades entre la intelectualidad y el feminismo de la época. A la cultura imperante no le gustó un pelo la guerra de guerrillas iniciada por Paglia, dispuesta a desterrar del imaginario colectivo toda una sarta de lugares comunes relacionados con el sexo, el arte y hasta Madonna. Tres décadas después, y tras haber superado un motín estudiantil en la Universidad de las Artes de Filadelfia por su postura sobre el #MeToo, mantiene todo lo escrito entonces (sólo cambiaría sus «comentarios un tanto groseros e insultantes» sobre «El rey Lear») y está preparada para levantar nuevas ampollas opinando de la realidad actual.

¿Quiénes fueron sus primeros modelos feministas?

Cuando estaba en el instituto me obsesioné con Amelia Earhart. Encarnaba un tipo de mujer individualista y centrada en sí misma, capaz de lograr cosas. Con 16 años, una colega de mi padre me regaló «El segundo sexo», de Simone de Beauvoir. Tuve una visión. Me inspiró muchísimo. Ahí están las raíces de «Sexual Personae». Es cierto que mi personalidad iba por libre, estaba desconectada de lo que se esperaba de una mujer.

Cuando yo era niña, leía mucho, pero odiaba los cuentos de hadas, porque no quería que me salvara un caballero.

Yo me identificaba con Napoleón y en Halloween me disfracé de él, hay fotos. El año anterior me vestí de torero, inspirándome en la ópera Carmen. Y un año antes, tendría unos seis años, me vestí de soldado romano. En aquella época, las chicas no se disfrazaban de hombres. Parte de la grandeza del arte occidental nace de conflictos en torno al género, donde el artista suele tener una mirada andrógina. Vivimos un período horrible de conflicto, en el que hay personas conservadoras, religiosas, que aceptan la Biblia y creen que sólo hay dos sexos creados por Dios. Y luego está el extremo opuesto, con gente como Judith Butler, en Berkeley, que ha pasado por alto el estudio de la biología y proclama que no hay diferencia entre los sexos. No se puede negar la biología, es una locura, eso aumenta el poder de los conservadores, que miran a los progresistas -me considero progresista- como si viviésemos en un mundo ilusorio, de fantasía.

Yo soy feminista, pero no entiendo cómo se pueden negar las diferencias biológicas entre hombres y mujeres.

Es demencial. Cada célula del cuerpo muestra el género con el que has nacido. Ahora bien, hay una proporción pequeña de personas genuinamente intersexuales, que nacen con ambigüedades en los genitales. ¿Pero qué dicen? No es la norma, es un defecto de nacimiento y negarlo... Aquí es donde los progresistas están cavando un hoyo terrible. Lo que están haciendo, al tratar de legislar para las escuelas, es inspirar un desplazamiento a la derecha en la cultura occidental.

¿En qué sentido?

Cuando la gente cree que se están vulnerando sus derechos, por esta clase de ideología en las escuelas y la sociedad, busca figuras inspiradoras en la extrema derecha. Así Hitler subió al poder. Se ganó el apoyo del pueblo alemán prometiéndole que haría limpieza de la decadencia de Weimar. Admiro el arte decadente y, sin embargo, lo que he visto en mis estudios es que, cuando la decadencia se apodera de la cultura, se produce un movimiento favorable a las figuras fascistas con la promesa de limpiar la sociedad para llevarla de vuelta a las normas tradicionales. Continuamente veo en los medios el auge de la extrema derecha en Hungría, en Brasil, en Alemania...

¿Por qué sucede eso?

Pues ocurre que los progresistas empiezan a desconectarse de la realidad, pierden la capacidad de usar el sentido común. Podemos exigir seguridad para los individuos disidentes sin tener por ello que otorgar derechos especiales a ningún grupo. Soy feminista equitativa, abogo por la igualdad de trato ante la ley. No debe haber grupos a quienes la ley otorgue privilegios especiales. Me opongo al control de las conciencias. Milito por la libertad de expresión y de conciencia. Los progresistas han cometido un error muy grave: consentir que el Estado pregunte por qué alguien ha cometido este o aquel crimen. El crimen no se convierte en algo peor porque la víctima pertenezca a un grupo con protección especial. Eso es muy peligroso. Lo que está ocurriendo, por el hecho de que el Estado tome partido por estos grupos, es que se está propiciando un desplazamiento hacia la derecha. Mi visión también es aplicable al feminismo. Me opongo a toda protección especial para las mujeres, adopte la forma que adopte.

¿Y qué piensa de la cuotas?

Me opongo. Las cuotas, sean del tipo que sean, parecen útiles al principio, pero después se convierten en una noria que da vueltas e impide la igualdad.

¿Qué opinión le merece la nueva ola de feminismo?

Las organizaciones feministas han sufrido un colapso y no entiendo a qué se debe. Las redes sociales se han erigido en los vehículos de la histeria que circula ahí fuera. Hay una ausencia total de líderes en el movimiento de las mujeres. Es trágico. Ahora tenemos a un puñado de actrices a las que les encanta estar en el candelero: Ashley Judd, Rose McGowan...

¿Y el caso Weinstein?

Harvey Weinstein es un hombre horrible que aprovechó su posición para acosar a mujeres. Es algo que llevaba décadas ocurriendo en Hollywood y nadie se dio cuenta. Este Harvey Weinstein era amigo de figuras importantes de la industria, por ejemplo Tina Brown. Meryl Streep recogió su Oscar en una ocasión y soltó aquello de «Harvey Weinstein es Dios». No me creo que estas denominadas feministas no supieran nada. Hay un estado de locura en las redes sociales. Un hombre es acusado y se produce un clamor. Ahí tiene el caso de Plácido Domingo, al que la Orquesta de Filadelfia o la Metropolitan Opera de Nueva York someten a un trato atroz porque sucumben a la histeria de las redes sociales. No se trata de criminales a quienes procesar. Cuando se trata de un grandísimo artista como Plácido Domingo se produce un derrumbe de nuestra cultura. La gente ya no es capaz de diferenciar entre un hombre horrible como Harvey Weinstein y un gran artista como Plácido Domingo. No hay voces sensatas en el feminismo. Si hay pruebas concretas, lo acepto. Ahora bien, alegar que algo ocurrió sin aportar pruebas… No es así como deben funcionar las democracias modernas. No se pueden dejar de lado la equidad y la justicia porque estemos en medio de una cruzada política. Eso está pasando, el caos es absoluto.

¿Y qué piensa del #MeToo?

Es bueno si empodera a las mujeres para que puedan decir no y protegerse cuando les ocurra algo. Lo que no me hace ninguna gracia es esa proyección histérica según la cual la sexualidad ha quedado reducida a depredadores masculinos y víctimas femeninas. Rechazo todo lo que tenga que ver con presentar a las mujeres como víctimas. Estamos retrocediendo. El feminismo no es eso. Se están destruyendo carreras porque sale una mujer de la nada y lanza una acusación referida a hace decenas de años. Y ahora, en la era de las redes sociales, las empresas tienen tanto miedo a la publicidad negativa… Y tienes a toda esta gente comportándose como cobardes. Alguien tiene que levantarse y decir alto y claro que esto no son tribunales de justicia. Las mujeres se están haciendo daño a sí mismas. Si a las mujeres se las mira con desconfianza, esa no es la manera en que deben progresar y adquirir poder. Es lo contrario, un movimiento reaccionario.

¿Cree que el feminismo, como movimiento político, se está volviendo irrelevante?

No. Creo que para muchas jóvenes el feminismo se está convirtiendo en una religión, en una visión del mundo, con un fuerte componente sentimental, casi apocalíptico, una cosmología. Ven un universo repleto de mujeres victimizadas enfrentadas a unos malvados hombres depredadores. Tienen una visión de la historia según la cual todos los males han venido de los hombres. En mi obra hablo de cómo las mujeres están en deuda con los hombres por todo. Ese resentimiento contra los hombres, eso que enseña el feminismo moderno, es puro veneno. ¿No puede haber un feminismo racional que reconozca a los hombres el mérito de haber creado la estructura fabulosa que nos rodea? Los problemas entre los sexos no se van a resolver hasta que la educación exponga a los jóvenes a las realidades terribles de la historia más remota.

¿Considera que ese fracaso de la educación es el problema fundamental al que se enfrenta la cultura occidental?

Yo soy atea, pero me tomo la religión muy en serio. El estudio de las religiones debería ocupar una parte central en la educación; no se puede entender una cultura sin conocer algo de su religión. Hoy los jóvenes viven en un mundo muy laico, en el que las religiones tradicionales han retrocedido, y todo lo que conocen gira en torno a la ideología política, sin ninguna base histórica. Los jóvenes no saben nada anterior a la Ilustración. No se puede entender la vida humana si todo lo que conoces es a partir de la Revolución Francesa. Es una visión muy estrecha, muy pueblerina. Las civilizaciones siguen un desarrollo natural orgánico: tienen su auge y luego su decadencia. Eso veo en Occidente, una pérdida de fe en sus propios valores. Tengo una visión historicista. Veo algo en el presente y me remonto a miles de años atrás. La gente hoy mira alrededor, ve que las cosas van mal y se apresura a caracterizar todo lo de Occidente en su peor encarnación posible. Los fracasos de Occidente, como el imperialismo o el racismo, son hechos, están ahí, pero reducirlo todo a decir que eso es lo que Occidente ha aportado al mundo.... Occidente ha creado la cultura tecnológica en la que vivimos.

Ha dicho que el feminismo es como una religión para muchas jóvenes. ¿Qué piensa usted del cambio climático? Porque hay gente que lo vive como si fuera una especie de dogma.

Sin duda es así. Greta Thunberg se ha erigido en una especie de líder de una secta. No siento ninguna admiración por ella. Es una chica a la que han turbado, le han inyectado una ideología unos adultos, y se ha puesto en marcha con una sensación de certeza. ¿Qué sabe esta chica? Debería estar en el colegio. Me parece perverso que ideólogos políticos utilicen a niños de esta forma. Y también que estén asustando a millones de jóvenes, que creen que se aproxima el fin del mundo. Claro que hay cambio climático, forma parte de la naturaleza de la historia de la tierra. La gente que lo acepta como una religión, porque se ha convertido en una religión, está recibiendo un impulso por parte de personas con dinero que ven la posibilidad de ganar todavía más dinero. Hay un impulso comercial, una manipulación tremenda, y están utilizando a niños.

Déjeme agradecerle su franqueza, porque a veces pienso que estamos sufriendo un nuevo tipo de dictadura, la de lo políticamente correcto.

Estoy de acuerdo. Es una dictadura absoluta. Para mí es increíble, porque pertenezco a la generación que se rebeló contra la corrección política, la represión y la censura. No me puedo creer que esté pasando.

¿Y cómo hemos llegado ahí?

Es la presión absoluta que procede de los progresistas para adaptarse a una doctrina rígida. No hay nada que no sea sentirse bien, no queremos herir los sentimientos de la gente. Los profesores han perdido el control de las universidades estadounidenses. Los dirigen administradores que tienen todo el poder y son el nuevo Torquemada. Cualquiera que viole el nuevo dogma que protege a las víctimas... Existe una estructura punitiva. Es una tiranía de lo políticamente correcto. Y no va a cambiar hasta que los jóvenes protesten contra eso igual que hizo mi generación contra la ortodoxia opresiva. Esta gente que afirma que es progresista, que afirma que es de izquierdas, es estalinista. Se está anulando el individualismo revolucionario de los 60. Ahora las instituciones aplastan a las personas. Estamos abandonando los derechos individuales y la capacidad de pensar y hablar con libertad. Occidente ya no existe. Es una sombra de sí mismo.

Déjeme que le pregunte por Harold Bloom, porque fue su asesor doctoral en Yale. ¿Qué es lo que más recuerda de él?

-No estudié con Bloom. Él se enteró de que tenía previsto hacer mi tesis, que era la única sobre sexo en Yale cuando estaba allí. Me llamó a su despacho y me dijo: «Querida, soy el único que puede dirigir tu tesis». Dudo que hubieran aceptado el tema sin su respaldo. Su apoyo fue enorme. Le debo muchísimo. Era un gran estudioso, pero ojalá hubiese actuado para detener la invasión del post-estructuralismo. Es trágico. La destrucción en las universidades ha sido enorme. El post-estructuralismo niega que el conocimiento sea posible. Todo el aparato de investigación del conocimiento se está desechando. Occidente se está matando, suicidando. Si Bloom se lo hubiese tomado en serio... Pero no creía en el poder de esa ideología que está por todas partes.

Por último, me pregunto qué valores han inspirado su vida.

Siempre me he sentido inspirada por los ideales del conocimiento: la observación, la búsqueda de la verdad a través del estudio del mundo, de la sociedad, de la naturaleza. Para mí es una ética.

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