Los que asistimos a reuniones como esta sabemos que hay palabras-clave, palabras-cumbre que condensan nuestras ideas, nuestras esperanzas y nuestras decisiones, y que deberían brillar como estrellas mentales cada vez que se las pronuncia. Sabemos muy bien cuáles son esas palabras en las que se centran tantas obligaciones y tantos deseos: libertad, dignidad, derechos humanos, pueblo, justicia social, democracia, entre muchas otras. Y ahí están otra vez esta noche, aquí las estamos diciendo porque debemos decirlas, porque ellas aglutinan una inmensa carga positiva sin la cual nuestra vida, tal como la entendemos, no tendría el menor sentido, ni como individuos ni como pueblos.
Julio Cortázar, Madrid, marzo de 1981.
El 24 de marzo de 1981, el escritor Julio Cortázar pronunció en Madrid un discurso en ocasión del quinto aniversario del golpe de Estado en Argentina. Años después, con el retorno de la democracia, sería publicado en Buenos Aires por la revista Crisis con el título "El valor de las palabras".
Cortázar —uno de los escritores más leídos en las escuelas secundarias y con quien gran cantidad de personas se inicia en la lectura— se refiere en ese discurso al uso que le damos a las palabras y al valor que tienen en relación con nuestras ideas, esperanzas, anhelos y decisiones. Dice que las palabras pueden llegar a cansarse o enfermarse, "como los hombres o los caballos"; y que, a fuerza de ser repetidas, y muchas veces mal empleadas, pueden agotarse y perder vitalidad. En vez de brotar de nuestras bocas o de la escritura como "flechas de comunicación" o como "pájaros del pensamiento y la sensibilidad", las oímos y las vemos caer como "piedras opacas". A fuerza de repetición dejamos de recibir todo lo que supieron decir, las sentimos como "monedas gastadas" o "zapatos usados".
Cortázar brinda ese discurso en una reunión organizada por compatriotas exiliados en España, convocados allí por la Comisión Argentina de Derechos Humanos. Ante su auditorio, el escritor comparte un temor: hay palabras clave, dice, "que deberían brillar como estrellas mentales cada vez que se las pronuncia" aunque, no obstante, su uso reiterado las va "limando, gastando, apagando". ¿Cuáles son para Cortázar esas palabras? Menciona seis: libertad, dignidad, derechos humanos, pueblo, justicia social y democracia.
Entre otras consideraciones, Cortázar denuncia lo que entiende como un uso tergiversado del lenguaje. Pone como ejemplo las campañas publicitarias emprendidas por la dictadura para responder a las denuncias por violaciones a los derechos humanos, sobre todo la que utilizaba el eslogan "los argentinos somos derechos y humanos". Estas dos palabras, ligadas entre sí desde la Revolución Francesa y, en particular, desde la declaración de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas, aparecían separadas en el uso que les daba la dictadura. Dice, entonces, Cortázar, que la palabra "derecho" abandona así su sentido ético, jurídico y político y pasa a tener otra significación: funciona como un "elogio demagógico de una supuesta manera de ser de los argentinos", en la que seríamos personas rectas, rígidas y obedientes.
Cuando el escritor pronuncia este discurso todavía quedaban por delante dos años y nueve meses de dictadura. Las denuncias sobre los crímenes de terrorismo de Estado, realizadas en el exterior desde fines de 1979, estaban muy presentes en la escena internacional. A partir del 10 de diciembre de 1983, con la recuperación democrática y la asunción de Raúl Alfonsín, la palabra “democracia” modifica su significación y la del resto de las palabras propuestas por Cortázar.
Las palabras pueden servir como estrellas para iluminar anhelos o deseos, pero también pueden ser usadas con otros fines. Las palabras nos constituyen. Según Cortázar: "Sin la palabra no habría historia y tampoco habría amor; seríamos, como el resto de los animales, mera perpetuación y mera sexualidad". La condición humana se realiza mediante la palabra: "El habla nos une como parejas, como sociedades, como pueblos. Hablamos porque somos, pero somos porque hablamos". Las palabras sirven como guías para dilucidar, para comprender, para explicar; pero también son usadas para mentir y confundir, e incluso para provocar temor y para volver aceptable lo que no deberíamos aceptar jamás. En Madrid, Cortázar le recuerda a su auditorio el uso de la palabra “cultura” por parte de los jerarcas nazis mientras aniquilaban poblaciones enteras en los campos de exterminio.
El pensamiento y la reflexión crítica sobre las palabras que usamos —los términos, conceptos y categorías con los que pensamos y nos aproximamos a la verdad— continúan siendo las principales herramientas para enfrentar el problema que inquietaba a Cortázar en 1981. El autor murió el 12 de febrero de 1984, apenas dos meses después de que asumiera Alfonsín. Siete meses y ocho días más tarde, el 20 de septiembre de 1984, otro escritor, Ernesto Sábato, le entregó al presidente electo el informe elaborado por la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas que luego se publicaría como el libro Nunca Más.
Cortázar no llegó a leer el informe de la CONADEP. Sin embargo, conoció la experiencia de los centros clandestinos de detención por el testimonio directo de las y los sobrevivientes en el exilio. En un coloquio sobre desapariciones forzadas celebrado en París había leído "Negación del olvido", un discurso en el que citaba el testimonio de Graciela Geuna, sobreviviente de La Perla —principal centro clandestino de detención de Córdoba— y contaba el caso de la bebé Clara Anahí Mariani Teruggi, secuestrada en La Plata por policías bonaerenses el 24 de noviembre de 1976 luego de atacar la vivienda en la que asesinaron a su madre junto con un grupo de militantes. Es decir que, cuando propuso pensar el valor de las palabras, Cortázar estaba al tanto de lo que sucedía en Argentina. En escritos previos había denunciado la desaparición y muerte de los escritores Rodolfo Walsh, Haroldo Conti y Francisco “Paco” Urondo. En el discurso de París, comparó la experiencia en los centros clandestinos con el infierno de Dante Alighieri en la Divina comedia.
En diálogo con las inquietudes de Cortázar, en otro contexto también preocupante por el avance del negacionismo y los discursos de odio, este material convoca a pensar la experiencia de la última dictadura colocando al lenguaje en el centro de la enseñanza. ¿Con qué términos y conceptos hablamos de la experiencia del terrorismo de Estado en el aula? ¿Cuáles son las "palabras clave", como dice Cortázar, que tenemos que conocer para transmitir el acontecimiento más traumático de nuestra historia?
Desde la Dirección General de Cultura y Educación (DGCyE) de la provincia de Buenos Aires proponemos esta compilación de 50 palabras, entre ellas, tres de las mencionadas por Cortázar: libertad, derechos humanos y democracia. Y junto con estas, muchas otras que permiten reflexionar con fundamentos, argumentos y datos acerca del terrorismo de Estado, la memoria, la verdad y la justicia; conocer lo que sucedió en el país y, específicamente, en el territorio bonaerense, una provincia que sufrió con especial saña la represión —240 centros clandestinos, de los más de 800 de todo el país, estuvieron en la provincia de Buenos Aires— y que también supo encontrar estrategias locales de resistencia y construcción de memoria.
Para explicar el terrorismo de Estado, este material pone en relación procesos históricos de larga y mediana duración con otros más recientes. Entre los primeros, pueden mencionarse las doctrinas que a partir de los años cincuenta desarrollan la idea de "enemigo interno" y plantean escenarios represivos sostenidos en la deshumanización. Entre los más cercanos, previos al golpe, se hace referencia a la violencia política, a las organizaciones armadas y a la Triple A. Se trata de una revisión crítica necesaria para comprender el contexto y poder diferenciar lo que comenzó en 1976, un corte institucional y jurídico que dio comienzo a la violencia estatal sistemática.
Como toda selección, las 50 palabras clave reunidas aquí pertenecen a un listado provisorio, que está y estará siempre abierto al debate. Si las palabras nos unen como familias, comunidades, amistades, parejas, sociedades y pueblos, ¿quién podría arrogarse tener la "última" palabra?
Preguntas
¿Qué importancia les otorga el texto a las palabras en la vida individual y social?
¿Qué significa que las palabras puedan “gastarse” o perder su sentido?
¿Cómo se ejemplifica en el texto el uso tergiversado del lenguaje durante la dictadura?
¿Por qué es importante reflexionar críticamente sobre el uso de las palabras en la actualidad?
Respuestas orientadoras
El texto plantea que las palabras son fundamentales porque estructuran nuestra forma de pensar, sentir y relacionarnos. No solo sirven para comunicarnos, sino que también construyen la realidad social, los vínculos y la historia. Según la perspectiva de Julio Cortázar, sin palabras no habría ni amor ni organización social, ya que son la base de la vida en comunidad.
Se refiere a que, cuando ciertas palabras se repiten constantemente o se usan de manera incorrecta o superficial, pierden su fuerza original. Dejan de transmitir ideas profundas y se vuelven vacías, como “monedas gastadas”. Esto implica un empobrecimiento del lenguaje y, al mismo tiempo, de la capacidad de pensar críticamente.
El texto muestra que durante la dictadura se manipulaban palabras con fuerte carga ética, como “derechos humanos”, separándolas o resignificándolas para ocultar la realidad de la represión. El ejemplo del eslogan “los argentinos somos derechos y humanos” evidencia cómo se vaciaba el sentido original de esas palabras para generar una imagen positiva que no coincidía con los hechos.
Es importante porque el lenguaje sigue siendo una herramienta de poder. Reflexionar sobre cómo se usan las palabras permite evitar manipulaciones, discursos engañosos o simplificaciones. Además, ayuda a recuperar el sentido profundo de conceptos clave para la vida democrática, promoviendo una sociedad más consciente, crítica y justa.
Actividad: “Una palabra en acción”
Consigna:
Elegí una de estas palabras del texto: libertad, justicia, democracia, dignidad, derechos humanos, pueblo, verdad, memoria o igualdad.
Escribí un texto breve (10 a 15 líneas) donde esa palabra se vea en una situación concreta. No la expliques: mostrá qué significa a través de lo que pasa.
- Podés contar una historia corta.
- Puede ser algo real o inventado.
- Pensá: ¿en qué momento se ve esa palabra de verdad?
Ejemplos de ideas:
- Alguien que dice lo que piensa sin miedo → libertad
- Un grupo que decide algo entre todos → democracia
- Recordar a alguien para que no sea olvidado → memoria
1. Cruce de los Andes
El general observa la cordillera en silencio. El viento corta la cara de los soldados, pero nadie retrocede. Saben que no es solo una campaña: es la posibilidad de que un pueblo deje de obedecer órdenes ajenas. Cada paso entre la nieve es un esfuerzo contra el miedo, contra el hambre, contra el cansancio.
Cuando finalmente descienden hacia el valle, el combate es breve y feroz. No hay gloria en la sangre, pero sí una certeza: algo cambia. Esa noche, alrededor del fuego, nadie habla demasiado. Sin embargo, todos entienden lo mismo.
La libertad no llegó de golpe, pero empezó ahí, en ese cruce imposible, sostenida por hombres que decidieron que valía más que su propio descanso.
2. La nota que no querían publicar
La periodista relee el artículo antes de enviarlo. Sabe que lo que escribió puede traerle problemas. El editor le sugirió “bajar el tono”, eliminar nombres, suavizar algunas frases. Ella mira la pantalla y duda unos segundos.
Recuerda por qué eligió ese oficio: contar lo que pasa, aunque incomode. Respira hondo y aprieta “enviar” sin cambiar una sola línea.
Al día siguiente, la nota se publica. Hay llamados, críticas, presiones. Pero también hay lectores que agradecen. En medio del ruido, ella siente algo claro y firme: no escribió por valentía, sino por respeto a la verdad.
Y en ese gesto, sencillo pero decisivo, la libertad de decir se vuelve real.
3. La puerta que se abre
El ruido de la cerradura lo despierta antes que la luz. Durante años, ese sonido significó rutina, encierro, días iguales. Esta vez es distinto. El guardia pronuncia su nombre y le indica que salga con sus cosas.
Camina por el pasillo sin apurarse, como si temiera que todo fuera un error. Al cruzar la última reja, el aire parece otro. Afuera, el sol lo obliga a entrecerrar los ojos.
No hay discursos ni abrazos esperándolo, solo la calle y el movimiento de la gente. Da unos pasos inseguros, como si estuviera aprendiendo de nuevo.
La libertad no tiene forma ni peso, pero se siente en cada decisión mínima: seguir caminando, mirar alrededor, elegir hacia dónde ir. Y por primera vez en mucho tiempo, ese camino es suyo.
JUSTICIA
1. La ley del más fuerte
En el barrio todos sabían cómo funcionaban las cosas, aunque nadie lo dijera en voz alta. Cuando había un problema, no se llamaba a la policía: se llamaba a él. Llegaba, escuchaba dos versiones, hacía un gesto y decidía. No importaban las pruebas, ni quién tuviera razón, sino quién podía sostener la mirada sin bajar la cabeza.
Una noche, alguien denunció que le habían hecho algo verdaderamente terrible. Señaló a otro, más grande, más seguro. El hombre los miró a ambos y, sin hacer preguntas, apoyó la mano sobre el hombro del acusado. “Acá no fue”, dijo. El chico se quedó callado. Nadie discutió.
Al día siguiente, el rumor ya estaba instalado: se había hecho justicia. Algunos asentían, tranquilos; otros evitaban el tema. El chico aprendió rápido que no todo se resuelve diciendo la verdad.
En ese lugar, la justicia no era una búsqueda, sino una decisión. Y siempre, de alguna manera, coincidía con la voluntad del más fuerte.
2. La sala de audiencias
El silencio en la sala es distinto al de cualquier otro lugar. No es vacío: está lleno de nombres, de historias, de ausencias. Una mujer se levanta y empieza a hablar. No grita, no acusa con rabia; simplemente cuenta.
Dice lo que pasó, cómo lo vivió, a quién perdió. Mientras habla, los jueces escuchan, los acusados miran o esquivan la mirada, y el público contiene la respiración. No hay forma de devolver lo que se perdió, eso todos lo saben.
Sin embargo, algo ocurre. Cada testimonio va armando un relato común, una verdad que deja de estar fragmentada. Ya no es un rumor, ni una sospecha: es palabra dicha, reconocida.
Cuando llega la sentencia, no hay aplausos. Solo un silencio más hondo, distinto. No es el final de nada, pero tampoco es lo mismo que antes.
La justicia, esta vez, no borra el daño. Pero lo nombra, lo reconoce, y abre una posibilidad de reparación que antes no existía.
3. Lo que no se ve
El hombre se fue tranquilo. Nadie lo acusó, nadie lo juzgó. Había hecho lo suficiente para evitar problemas y lo demás quedó oculto, disuelto en el tiempo. Siguió con su vida, convencido de que todo había quedado atrás.
Años después, sentado solo, empezó a recordar. No fue un hecho puntual, ni un castigo visible. Fue algo más lento, más persistente. Las imágenes volvían sin que las llamara, las palabras que no dijo empezaban a pesar más que cualquier reproche.
Intentó distraerse, convencerse de que no tenía importancia. Pero el silencio ya no era cómodo. Había algo que no cerraba, una cuenta que nadie había abierto y, sin embargo, seguía ahí.
No hubo tribunal, ni testigos, ni sentencia escrita. Pero en algún lugar que no podía evitar, todo se ordenaba de otra manera.
Y aunque nadie más lo supiera, la justicia —de una forma extraña e inevitable— terminaba alcanzándolo.
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