El cielo de Micenas amanecía encendido, como un telón de fuego sobre los muros de piedra y los patios vacíos. La bruma de la noche se deslizaba entre columnas y corredores, acariciando los tapices púrpuras que aún olían a sangre y a vino derramado. El palacio parecía contener la respiración; cada sombra era un susurro de antiguas traiciones, cada mosaico reflejaba fragmentos de rencor acumulado.
Orestes avanzaba con pasos medidos, dejando que el eco de su llegada se extendiera por las salas como un preludio de tormenta. Su espada pendía de su brazo, ligera y firme, y en sus ojos ardía la memoria de su padre asesinado y de Casandra que había caído sin poder advertir. La venganza, tejida en la urdimbre de los años, palpitaba en su pecho como un tambor funerario.
Clitemnestra, reclinada sobre un trono de madera oscura y mármol, parecía sostener en sus manos la misma arrogancia que había sostenido la muerte de Agamenón. Sus ojos recorrían los muros, los techos, los ventanales, como si buscara señales de advertencia, pero el silencio la había dejado sola. Los tapices, las columnas, las lámparas de aceite que temblaban con el viento, todo era testigo mudo de su impunidad aparente.
—Madre —dijo Orestes, y su voz descendió como sombra sobre la sala—. La sangre no olvida, y la casa exige reparación.
Clitemnestra giró, y por un instante su orgullo titubeó. No había súplicas que invocaran misericordia, ni gestos de amor que detuvieran la certeza de la justicia. Sus manos se aferraron a los brazos del trono, intentando sostener algo más que su vida: el poder que creía eterno.
El filo de la espada cayó primero sobre su hombro, cortando el aire y la carne con un susurro mortal. Luego siguieron golpes precisos, uno tras otro, como si cada movimiento buscara equilibrar la balanza del destino. La sangre brotó, roja y oscura, tiñendo los tapices y el mármol, mezclándose con la luz que entraba por los ventanales y que parecía arder sobre los pliegues del vestido de la reina.
Orestes permaneció junto a ella, inmóvil, mientras su mirada absorbía el final que la historia había prometido desde Aulis. No hubo gritos, ni súplicas, solo el silencio de la casa que, por primera vez desde aquel sacrificio, parecía respirar sin miedo. Clitemnestra cayó, y con ella se extinguió la sombra que había mancillado la sangre de Atreo.
El sol ascendía sobre Micenas, iluminando las piedras, los patios y los corredores. La ciudad, testigo de traiciones y venganzas, parecía suspirar bajo el cielo encendido, mientras Orestes, heredero de memoria y justicia, se retiraba dejando atrás la evidencia de que la sangre exigía equilibrio, aunque el dolor jamás se borrara.
Preguntas de lectocomprensión
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¿Qué elementos del palacio contribuyen a crear un clima de tensión y venganza en la narrativa?
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¿Qué simboliza la espada de Orestes y cómo se relaciona con la justicia en la historia?
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¿Cómo se describe la actitud de Clitemnestra antes de ser atacada y qué indica sobre su percepción de poder?
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¿De qué manera el entorno (sol, bruma, ventanales) influye en la atmósfera y la carga dramática del relato?
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¿Cómo se representa la justicia y la venganza en la caída de Clitemnestra, y qué efecto tiene en la percepción del lector sobre el equilibrio moral en la historia?
Respuestas desarrolladas
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Los elementos del palacio contribuyen significativamente a la tensión y la sensación de venganza. Por ejemplo, los corredores vacíos, los tapices púrpuras y las columnas “acariciando los tapices púrpuras que aún olían a sangre y a vino derramado” refuerzan la memoria de traiciones pasadas y el peso de los crímenes cometidos. Cada sombra y cada mosaico refleja el rencor acumulado, creando un espacio donde la historia del asesinato de Agamenón y Casandra parece estar viva. Estos detalles no solo construyen la atmósfera, sino que también intensifican la sensación de que la justicia está a punto de cumplirse de manera inevitable.
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La espada de Orestes simboliza la justicia implacable y la venganza que restablece el equilibrio roto por los crímenes de Clitemnestra. El texto señala que “La venganza, tejida en la urdimbre de los años, palpitaba en su pecho como un tambor funerario”, mostrando que la espada no es un simple arma, sino la materialización de la memoria, la retribución y la ley moral que exige reparación. Cada golpe de la espada “cortando el aire y la carne con un susurro mortal” representa un acto deliberado de justicia poética, donde la violencia cumple un propósito ético dentro del relato.
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La actitud de Clitemnestra antes del ataque refleja arrogancia y falsa seguridad. Reclina sobre su trono confiada en su impunidad: “Sus ojos recorrían los muros, los techos, los ventanales, como si buscara señales de advertencia, pero el silencio la había dejado sola.” Esto indica que su percepción de poder está basada en la manipulación, el miedo y la memoria de su victoria sobre Agamenón, pero ignora que la justicia del destino (personificada en Orestes) ya ha decidido su caída. Su intento de sostener su autoridad a través del trono y el orgullo se vuelve inútil frente a la inevitabilidad de su castigo.
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El entorno potencia la atmósfera y la carga dramática del relato. La bruma de la noche que “acariciaba los tapices púrpuras” y la luz del sol que ilumina posteriormente los corredores actúan como elementos simbólicos: la oscuridad refleja la amenaza, la memoria de traiciones y la tensión de la venganza, mientras que la luz del alba ilumina la consumación de la justicia. Los ventanales permiten que la luz y la sangre interactúen, creando imágenes visuales poéticas que subrayan la solemnidad de la escena y el peso de la retribución moral.
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La justicia y la venganza se representan como inevitables y moralmente necesarias. La caída de Clitemnestra no es fruto del azar, sino del cumplimiento de un destino que equilibra los crímenes cometidos: “La sangre no olvida, y la casa exige reparación.” Esto muestra que la narrativa está profundamente arraigada en la idea de justicia poética, donde los actos atroces generan consecuencias que no pueden evitarse. Para el lector, esto refuerza la sensación de que la venganza es una forma de restaurar el equilibrio moral, aunque deje tras de sí un silencio pesado y un recordatorio del dolor que los crímenes generan.