Enrique Walker (“Jarito”): periodismo, militancia y el sentido de una desaparición


La figura de Enrique “Jarito” Walker se inscribe en uno de los cruces más intensos de la historia argentina reciente: el encuentro entre periodismo, compromiso político y violencia estatal. Su trayectoria, que combina experiencia internacional, producción intelectual y militancia, permite observar no solo una biografía singular, sino también el clima de una época en la que escribir, pensar y actuar eran dimensiones profundamente entrelazadas. Su secuestro y desaparición en julio de 1976, en pleno inicio de la última dictadura, no puede leerse como un hecho aislado, sino como parte de un dispositivo sistemático orientado a desarticular redes políticas, culturales y simbólicas.

Walker no era un periodista convencional. Su paso por escenarios internacionales —incluido Vietnam— le dio una perspectiva marcada por los conflictos globales de su tiempo. Esa experiencia no solo amplió su mirada, sino que también reforzó una posición crítica frente a las formas tradicionales de poder. De regreso en Argentina, su trabajo en el semanario Nuevo Hombre expresó con claridad esa orientación: un periodismo que no buscaba neutralidad, sino intervención. La escritura, en ese marco, no era solo un medio de información, sino una herramienta de disputa.

La década del 70 en Argentina estuvo atravesada por una creciente radicalización política. En ese contexto, Walker se vinculó a la organización Montoneros, una de las expresiones más relevantes de la militancia armada peronista. Este vínculo no puede entenderse únicamente como una decisión individual, sino como parte de una lógica generacional más amplia, donde amplios sectores de la juventud veían en la acción política —incluso en su forma más extrema— una vía para transformar la realidad. La figura de Walker, entonces, condensa esa articulación entre palabra y acción, entre reflexión y compromiso.

El 17 de julio de 1976, Walker fue secuestrado en un cine del barrio de Caballito. El lugar del operativo no es un detalle menor: un espacio público, cotidiano, donde la vida transcurre en apariencia ajena a la violencia política. La irrupción allí de un grupo armado, que lo identifica y lo retira de la sala, revela la extensión y la naturalización del dispositivo represivo. No se trata solo de capturar a un individuo, sino de demostrar que ningún espacio está fuera de alcance. La desaparición posterior de Walker —sin registros oficiales, sin juicio, sin cuerpo— forma parte del mecanismo central del terrorismo de Estado: la producción de una ausencia que no se puede cerrar.

El caso de Walker permite pensar la desaparición no solo como eliminación física, sino como intento de borrado simbólico. Su condición de periodista lo vuelve particularmente significativo en este sentido. Desaparecer a quien produce discurso, a quien narra, a quien interviene en el campo de las ideas, implica también intentar desarticular una forma de construcción de sentido. La violencia no se dirige únicamente al cuerpo, sino también a la palabra.

Al mismo tiempo, su historia plantea interrogantes sobre las formas de memoria. A diferencia de otras figuras más institucionalizadas, Walker permanece en una zona menos visible del relato público, aunque no por ello menos significativa. Su vida y su muerte obligan a pensar en las múltiples capas del período: la dimensión internacional de los conflictos, la radicalización política interna, el rol de los intelectuales y periodistas, y la respuesta represiva del Estado.

En este sentido, más que cerrar una interpretación, la figura de Enrique “Jarito” Walker abre un campo de reflexión. Su asesinato no es solo un hecho del pasado, sino un punto de entrada para pensar la relación entre política, violencia y memoria en la Argentina. En su trayectoria se cruzan preguntas que aún persisten: sobre el compromiso, sobre los límites de la acción, sobre el costo de intervenir en la historia. Y es quizás en esa persistencia donde su figura sigue teniendo un lugar, no como respuesta, sino como interrogante.

Bernardo Alberte: el primer asesinato del 24 de marzo y el sentido de una ruptura

El nombre de Bernardo Alberte aparece en la historia argentina como una figura incómoda, difícil de encasillar en los relatos simplificados que suelen ordenar el pasado. Militar de carrera, coronel del Ejército, Alberte encarnó una trayectoria singular: la de un hombre formado en una institución tradicional que, sin embargo, fue desplazándose hacia posiciones políticas vinculadas al peronismo y, más tarde, a sectores críticos del orden establecido. Su asesinato en la madrugada del 24 de marzo de 1976 —horas después del inicio del golpe de Estado— lo convierte, según múltiples reconstrucciones, en una de las primeras víctimas directas del terrorismo de Estado que se inauguraba.

Alberte no era un militar cualquiera. Había sido ayudante de Juan Domingo Perón durante su exilio y mantenía con él una relación política y personal significativa. Esa cercanía lo ubicaba en una posición ambigua dentro de las Fuerzas Armadas, especialmente en un contexto en el que el peronismo era percibido por amplios sectores militares como una amenaza o, al menos, como un factor de desorden. Con el tiempo, Alberte fue quedando cada vez más aislado dentro de la estructura castrense, al mismo tiempo que se acercaba a posiciones críticas respecto del rumbo político del país.

El 24 de marzo de 1976, cuando las Fuerzas Armadas tomaron el poder, el dispositivo represivo comenzó a operar de manera inmediata. En ese marco, un grupo armado irrumpió en el domicilio de Alberte. Según los testimonios y reconstrucciones posteriores, fue arrojado desde un balcón tras ser atacado. El hecho no fue presentado como un asesinato político en ese momento, sino que quedó envuelto en versiones ambiguas o directamente encubierto. Sin embargo, con el paso del tiempo, su muerte fue interpretada como un acto deliberado: un mensaje temprano de la lógica que iba a imponerse durante la dictadura.

Que Alberte haya sido una de las primeras víctimas no es un dato menor ni meramente cronológico. Tiene un valor simbólico fuerte. Su asesinato señala que el golpe no solo se dirigía contra organizaciones armadas o militantes identificados con la izquierda, sino también contra figuras que, aun provenientes del propio aparato estatal, representaban una disidencia o una lealtad política incompatible con el nuevo orden. En ese sentido, su muerte marca el inicio de una política de eliminación que no reconocía límites claros y que se desplegaría sistemáticamente en los años siguientes.

Además, el caso de Alberte permite pensar la complejidad de las trayectorias individuales en contextos de alta polarización. No se trata de una figura fácilmente apropiable por un solo relato: militar y peronista, institucional y disidente, cercano al poder en un momento y marginado en otro. Esa ambivalencia lo vuelve particularmente significativo para analizar el período. Su asesinato no solo elimina a una persona, sino que clausura —de manera violenta— una posibilidad de articulación entre mundos que, a partir del golpe, quedarían definitivamente escindidos.

En la reconstrucción de la memoria histórica, Alberte ocupa un lugar que suele quedar en los márgenes, eclipsado por otras figuras más visibles o por la magnitud de la represión posterior. Sin embargo, volver sobre su caso permite observar el momento inicial del terrorismo de Estado en su forma más desnuda: una acción directa, rápida, orientada a eliminar a un sujeto considerado problemático. En ese gesto inaugural ya están contenidas, en germen, muchas de las características que definirán al régimen: la clandestinidad, la violencia ilegal, la negación pública de los hechos.

Pensar a Bernardo Alberte como “el primer asesinado” del 24 de marzo no implica solo establecer una cronología, sino interrogar el sentido de ese comienzo. Su muerte funciona como un umbral: a partir de allí, la violencia estatal se sistematiza y se vuelve política de gobierno. En ese punto, su figura deja de ser únicamente biográfica para adquirir un valor histórico más amplio, como indicio temprano de una lógica que marcaría de manera profunda a la sociedad argentina.

La casa de los conejos, Laura Alcoba (cap 12)

12
Nunca hubiera imaginado que una tristeza así condenara a los patios de las escuelas sin varones. En el San Cayetano no se escucha jamás ni un grito, ni una pelea. Las nenas deambulan como en cámara lenta, soñolientas, dejándose llevar por el conglomerado amorfo, por la siniestra masa de guardapolvos blancos que las rodea.
Sin embargo, hoy, poco antes de terminar el recreo, sucedió algo, un hecho que perturbó esos desplazamientos colectivos.
Dos nenas, abandonando su nebulosa, desprendiéndose del movimiento del grupo, se aislaron en una esquina del patio. La menor se arrodilló ante la otra, una nena de pelo largo y rubio de unos nueve o diez años.
Entonces la mayor sacó de uno de sus bolsillos un pañuelo de liencillo y se cubrió la cabeza, mirando fijo al frente, pareciendo ignorar a la otra que, por su parte, juntó las manos como lo hace la hermana Rosa cada día, cuando empieza a rezar.
Una monja cruzó el patio corriendo y fue hacia ellas:
—Pero ¿qué están haciendo? ¿Qué disparate es este?
—Estamos jugando a la Virgen María —respondió la pequeña, aún arrodillada. Leonor es la Virgen María y yo me arrodillo ante la Virgen María.
Parecía muy orgullosa de sus explicaciones. Pero la monja arrancó con rabia el pañuelo blanco que la mayor tenía sobre la cabeza y puso en pie brutalmente a la otra, zamarreándola por un brazo. La chiquita gritaba:
—¡Pero es la Virgen María!
La hermana descargó el peso de su mano sobre la cara de la nena y el chasquido del bofetón resonó fuerte en el patio, siempre tan silencioso.
—¡Esto es gravísimo! ¡Gravísimo! Nadie tiene derecho a jugar a la Virgen María. Nadie, ¿entienden?
La directora, una monja vieja y muy arrugada, apareció en el patio como por milagro, flanqueada por otra hermana. Formaron un círculo y hablaron entre ellas, muy agitadamente.
Por fin, la directora tomó el pañuelo de Leonor y lo deslizó en su bolsillo. La prueba de un delito.

NÚCLEOS NARRATIVOS

  1. Descripción del clima opresivo y silencioso del patio en una escuela sin varones

  2. Aparición de un hecho disruptivo dentro de la monotonía del recreo

  3. Dos niñas se separan del grupo y comienzan un juego religioso

  4. Representación de la Virgen María mediante gestos y símbolos (pañuelo, postura)

  5. Intervención abrupta de una monja que interpreta el juego como falta grave

  6. Uso de la violencia física (bofetada) como forma de castigo y control

  7. Justificación del castigo en términos de lo “sagrado” e intocable

  8. Aparición de la autoridad máxima (directora) y evaluación del hecho

  9. Transformación del objeto lúdico (pañuelo) en “prueba de delito”

  10. Consolidación de un sistema disciplinario que reprime incluso la imaginación infantil

PREGUNTAS

  1. ¿Cómo se construye el clima del patio y qué función cumple en el relato?

  2. ¿Qué simboliza el juego de las niñas y por qué genera una reacción tan violenta?

  3. ¿Qué rol cumplen las monjas dentro del sistema que presenta el texto?

  4. ¿Por qué el pañuelo se transforma en una “prueba de delito”?

  5. ¿Qué crítica implícita realiza el texto sobre la educación y la religión?

RESPUESTAS

  1. El clima del patio se construye a partir del silencio, la lentitud y la homogeneidad de las niñas, que parecen perder su individualidad en una masa uniforme. Este ambiente opresivo no solo describe el espacio físico, sino que anticipa el tipo de control que se ejerce en la institución. Funciona como marco para que el pequeño acto de rebeldía (el juego) adquiera mayor intensidad y contraste.

  2. El juego simboliza la imaginación infantil y la apropiación espontánea de lo religioso desde lo lúdico. Sin embargo, genera una reacción violenta porque en ese contexto lo sagrado está rigidizado: no puede ser representado ni reinterpretado. Las niñas, sin saberlo, transgreden una norma implícita muy fuerte, lo que evidencia la distancia entre la vivencia infantil y la autoridad institucional.

  3. Las monjas representan la autoridad disciplinaria y moral. No solo enseñan, sino que vigilan, controlan y castigan. Su accionar muestra una lógica rígida, donde el orden y el respeto a lo sagrado están por encima del bienestar emocional de las niñas. La violencia aparece legitimada como herramienta pedagógica.

  4. El pañuelo se transforma en “prueba de delito” porque deja de ser un objeto de juego para convertirse en evidencia de una transgresión. Esto revela una lógica casi judicial dentro de la escuela, donde incluso un acto inocente puede ser interpretado como falta grave. Se produce así una exageración del control, donde lo simbólico se criminaliza.

  5. El texto realiza una crítica implícita a una educación autoritaria y represiva, especialmente cuando se vincula con una visión dogmática de la religión. Se cuestiona la anulación de la creatividad, la imposición del silencio y el uso del miedo como mecanismo de control. También sugiere que lo sagrado, en lugar de inspirar, se convierte en una herramienta de opresión.