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Al cabo de una reunión en casa durante la cual se ha tocado el tema, queda decidido que yo vuelva a la escuela pero a un colegio privado, el San Cayetano, donde la policía, al parecer, raramente controla la identidad de los alumnos. Todos piensan que los documentos falsos que acaban por fin de llegar pueden pasar allí más desapercibidos.
Quienes dan las clases son monjas y las alumnas son niñas, exclusivamente.
Todas esas nenas juntas es de una tristeza increíble.
Lo peor son los recreos. La ausencia de varones pesa terriblemente. Es como un siniestro cielo de plomo que nos condena al aburrimiento y a los juegos más insípidos, los de final más resabido.
Todas las nenas se portan espantosamente bien. Por separado, quizá cada una tenga un poco de vida. Pero cuando nos encontramos en el patio del San Cayetano es como si nuestras energías individuales se anularan. Durante el recreo, deambulamos en grupos, a cuál más taciturno y silencioso. Somos muchas pero en el patio reina un silencio insoportable.
Las hermanas también se desplazan en silencio, de a dos o tres, y nunca nos miran —somos tan buenas— o si lo hacen, parecen vernos a través de unos ojos sin brillo, como apagados. Como si sus miradas resbalaran sobre nosotras.
Una campana toca en algún lado y volvemos a agruparnos por grados, de a dos, formando filas muy disciplinadas de delantales blancos frente a la puerta de cada aula, delante de la religiosa que nos hace de maestra.
No sé de qué color es el pelo de Rosa, la maestra de nuestra clase, porque lleva una larga toca negra bordeada de blanco y viste un largo hábito gris, como las otras monjas —aunque por sus ojos claros la imagino rubia—. La hermana Rosa nunca nos mira.
Una vez dentro del aula, cada niña se ubica junto al pupitre que le fue asignado. Nos quedamos de pie, bien erguidas, con los brazos pegados al cuerpo, hasta que la hermana Rosa sube a la tarima y hace lo mismo que nosotras ya que se queda un buen rato inmóvil junto a su escritorio. ¿Qué esperará? No que se haga silencio. Porque todo es silencio. De pronto junta las manos, cierra los ojos y baja apenas la cabeza como pidiendo disculpas por romperlo: Padre nuestro, que estás en los cielos… Todas las nenas la imitan, esforzándose por pronunciar cada sílaba de la oración en un perfecto unísono, sin que por ello nuestras voces impidan oír la suya. Y como Rosa no reza en voz muy alta, nos vemos obligadas a emitir poco más que un murmullo. Luego vuelve el silencio. Permanecemos todas con la cabeza gacha y las manos juntas porque sabemos que esto no se terminó ahí. Pronto, Rosa empieza a enhebrar con un hilo de voz, esa voz sin color y monocorde que tiene, Dios te salve, María…. Y nosotras continuamos, manteniéndonos en el registro de lo casi imperceptible.
Pero el silencio vuelve, otra vez.
Obedeciendo a un ademán apenas esbozado, tomamos asiento después de alzar ligeramente nuestras sillas para que el leve movimiento no perturbe los oídos de nadie. Veinticinco sillas desplazadas sin ruido. En el San Cayetano, todo debe hacerse así. Si alguien hubiese asistido a la escena con los ojos cerrados, habría creído, sin duda, que en la pequeña aula no estaba pasando nada.
La hermana Rosa hace un nuevo gesto con la mano, un ademán que parece ser la réplica perfecta del anterior: después de haber desplazado la mano derecha hacia la ventana que da a la calle, haciendo girar muy levemente la muñeca en esa dirección, la mueve en sentido inverso, como si quisiera borrar su primer movimiento. Y nos sentamos todas al mismo tiempo, igualmente dóciles, igualmente mudas.
Siempre de pie sobre la tarima, Rosa se ubica detrás de su escritorio y, apoyando las manos encima, empieza a declamar no sé bien qué, no para de hablar mirando hacia delante con sus ojos vacíos.
Me pregunto si con esa toca no le entran ganas de rascarse.
Luego hay que salir de nuevo al recreo, un recreo más largo aún que el anterior. Interminable.
Por el camino de vuelta, siempre me detengo al borde de una zanja. Tengo un frasquito en el que me gusta encerrar renacuajos.
Después, vuelvo rápido a tomar la merienda.
Hoy es el día en que se limpian las armas. Trato de encontrar un rincón limpio en la mesa atestada de hisopos y cepillos empapados en aceite. Preferiría no ensuciar mi rodaja de pan untada con dulce de leche.
Núcleos narrativos
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Decisión de enviar a la niña a un colegio privado como estrategia de seguridad.
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Presentación del colegio como espacio cerrado, femenino y controlado.
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Sensación de tristeza y opresión en la vida escolar.
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Recreo como espacio de vacío, silencio y anulación de la individualidad.
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Descripción de las monjas como figuras distantes, casi deshumanizadas.
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Organización rígida y disciplinaria del espacio escolar.
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Ritual religioso repetitivo y mecánico.
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Construcción de un clima de silencio extremo y artificial.
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Percepción de la maestra como figura vacía y automática.
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Irrupción del pensamiento infantil (detalle de la picazón bajo la toca).
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Extensión del tedio en el recreo interminable.
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Escape simbólico: recolección de renacuajos.
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Regreso al hogar clandestino.
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Superposición de lo cotidiano (merienda) con lo siniestro (armas).
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Naturalización de la violencia en el ámbito doméstico.
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Contraste entre infancia y militancia armada.
Preguntas
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¿Por qué el colegio San Cayetano es presentado como un lugar opresivo?
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¿Qué función cumple el silencio en la descripción del colegio?
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¿Cómo se caracteriza la figura de la hermana Rosa?
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¿Qué significado tiene la escena de los renacuajos?
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¿Qué efecto produce el contraste final entre la merienda y la limpieza de armas?
Respuestas
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El colegio aparece como opresivo porque anula toda vitalidad infantil. No hay ruido, no hay juego espontáneo, no hay conflicto ni diversidad: todo está regulado por normas implícitas de disciplina y control. La ausencia de varones, lejos de ser solo un dato, refuerza la sensación de encierro y monotonía. La escuela no es un espacio de aprendizaje vivo, sino un ámbito donde las individualidades se diluyen.
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El silencio funciona como un elemento central de construcción simbólica. No es un silencio natural, sino impuesto, casi ritual. Genera incomodidad, extrañamiento y una sensación de vacío. Ese silencio permanente transforma a las niñas en figuras casi fantasmales, y al espacio escolar en un lugar donde la vida parece suspendida.
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La hermana Rosa es presentada como una figura despersonalizada. No mira, no expresa emociones, su voz es monocorde y su accionar parece automático. Es casi una máquina de disciplinamiento más que una persona. La mirada infantil intenta humanizarla imaginando su cabello o pensando en si siente picazón, pero eso solo resalta aún más su carácter inaccesible.
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Los renacuajos representan un pequeño espacio de libertad y de curiosidad infantil. Frente al mundo rígido del colegio y al peligro del hogar clandestino, esta actividad conecta a la niña con algo más natural, más vivo. Es un gesto mínimo pero significativo de autonomía y de escape simbólico.
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El contraste es profundamente perturbador. La merienda —símbolo de la infancia, lo doméstico y lo cotidiano— se mezcla con la limpieza de armas, que remite a la violencia política y la muerte. Esta convivencia muestra hasta qué punto la niña ha naturalizado un mundo donde lo infantil y lo bélico coexisten sin separación. Es uno de los rasgos más fuertes del capítulo.
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