La casa de los conejos, Laura Alcoba (cap 11)

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Ayer fui por segunda vez a la cárcel a ver a papá.

Fue así: muy temprano por la mañana mamá y yo salimos de la casa de los conejos a tomar uno de los colectivos que llevan al centro de la ciudad. Cerca de una plaza adonde creo haber ido ayer por primera vez, nos bajamos. En un banco un poco apartado, lejos del lugar de juegos que ocupa el centro de la plaza, ya estaban esperando mi abuela y mi abuelo paternos. Apenas si cambiaron algunas palabras con mamá, solo para confirmar la hora y el lugar de otra cita, el mismo día, al anochecer. Entonces mamá me dejó con ellos, no sin antes entregarles mi cédula de identidad, aquella en que figura mi nombre verdadero, el que llevaba antes de tener mis flamantes documentos falsos.

Subimos al auto de mi abuelo. Teníamos que esperar un momento en que no nos viera nadie en la plaza o en las calles circundantes, y como a esa hora de la mañana es poquísima la gente que está fuera de sus casas, casi enseguida mi abuelo se volvió hacia mí y empujándome muy suavemente por la cabeza me dijo:

—Agachate y tapate con una frazada que hay ahí, abajo del asiento.

No había necesidad de decir más: yo sabía lo que tenía que hacer.

Entonces mi abuela empezó a hablarme a mí, que estaba a sus espaldas. Bajo la frazada, su voz se oía apenas, como con sordina, porque no solo ella hablaba en otra dirección, sino que yo, boca abajo, apretaba con todas mis fuerzas la cabeza entre los brazos. Así y todo, logré distinguir algunos sonidos.

—Tula… Contenta…

No pedí explicaciones. Sin saber ni dónde estábamos ni adónde nos dirigíamos, seguí en esa posición, esforzándome por permanecer tan inmóvil y silenciosa como, seguramente, irían el Obrero y el Ingeniero, escondidos bajo otra manta vieja, en la furgoneta de Diana.

Después de un largo rato, escuché detenerse el motor, y mi abuela me destapó.

—Ya está. Llegamos.

Me hizo falta un buen rato para reconocer el lugar, completamente sumido en la oscuridad. Me quedé en el asiento trasero, entumecida, esperando que vinieran a buscarme.

Mi abuela fue la primera en bajar del auto, ella me abrió la puerta. Entonces reconocí el garaje de su casa.

—¿Viste? Te estaba esperando.

Era Tula, la perra que me habían regalado cuatro o cinco años atrás y que había quedado con ellos porque ya entonces, para nosotros, todo era bastante complicado. Daba vueltas y vueltas alrededor de mí, moviendo la cola. Contenta, sí. Era rarísimo, pero me había reconocido. Como si yo fuera la misma de siempre.

En lo de mis abuelos, el comedor es muy pequeño. La mesa está pegada a la pared, bajo una ventana que da al patio.

Comemos en silencio matambre y ensalada. No me animo a hablar y ellos tampoco.

No me hacen una sola pregunta, ni acerca del lugar donde vivo ni sobre la escuela nueva.

Me siento extrañamente aliviada.

Y la alegría de Tula, su entusiasmo. Tan inesperados, tan reconfortantes.

Me echo boca arriba, esta vez, los brazos en cruz, y la perrita se me acerca. Cierro los ojos moviendo la cabeza de un lado a otro mientras Tula me lame la cara.

Volvemos a salir y me escondo de nuevo bajo la frazada, menos tensa esta vez. Después de unos minutos, mi abuela me toca la cabeza y me dice:

—Salí nomás, querida. Ya estamos llegando a la cárcel.

Yo obedezco pero me preocupa lo que me está pidiendo.

—¿Y los policías…? Me van a ver…

—No queríamos que los vecinos… Después hacen preguntas, ya sabés… A la policía, en cambio… Si alguno nos pregunta cómo llegaste a casa, le decimos simplemente que alguien te dejó en la puerta. Si te preguntan algo a vos, tenés que decir lo mismo: que estabas en un lugar que no sabés cómo es ni dónde queda, con gente que no sabés cómo se llama, y que te dejaron en la puerta de casa, nada más. Pero sería mejor, claro, que nadie preguntara nada.

Como sea, entiendo que en caso de que alguien en la cárcel hiciera preguntas ya no podría volver a la casa de los conejos. Me parece que temo que eso ocurra. No sé. En fin, es una de las tantas cosas de las que no estoy del todo segura.

Lo que siguió ya lo conocía de memoria: primero, los hombres y las mujeres que tienen que ponerse en fila, por separado, para la requisa. Después, la misma pequeña pieza con una señora de trajecito estricto y el rodete de siempre, muy apretado, allá en la cima del cráneo —pero ¿será la misma que la última vez?—, que nos revisa durante un buen rato, empezando por mi abuela. Que sigue teniendo tetas flácidas y enormes, pero ahora estoy enterada. La señora nos obliga a quedarnos quietísimas y nos amasa, a cada una a su vez, volviendo tres veces a las tetas de mi abuela. Es verdad que se parecen más a bolsas que a pechos de mujer y que cuesta creer que semejante masa sea solo de carne.

Por fin la señora del rodete dice:

—Está bien. Pueden vestirse.

Otra señora nos acompaña hasta un salón en donde espera mi abuelo, sentado en un banco al lado de otro hombre, luego vamos entrando por familias. Un policía barrigón abre una primera reja antes de que pasemos a un pasillo larguísimo y sin ventanas.

Al final de ese pasillo, hay otra reja y otro policía barrigón, muy parecido al primero, con pelo negro y engominado y bigotes igualmente negros que la grasa ha vuelto lustrosos. Nos palpan una vez más, ahora rápidamente, sin obligarnos a desvestirnos, porque es a la vista de todos. Me pregunto para qué servirá, después del toqueteo tan largo de la señora con rodete.

Ante nosotros se alza un enorme portón de hierro gris, apenas horadado, allá arriba, por una mirilla minúscula con pequeñísimos barrotes. Detrás de los enormes caños de sus armas de fuego, armas mucho más grandes que las de los policías barrigones, dos militares flanquean la inmensa puerta. Esos caños parecen bien aceitados: estoy justo frente al agujero negro y veo cómo brilla. Permanecen inmóviles mientras otro policía abre la puerta para dejarnos pasar.

En la sala hay dos bancos enfrentados y otros cuatro militares armados, uno en cada rincón, idénticos a los que había a cada lado de la puerta. Hay una puerta idéntica a la de la entrada, justo en el extremo opuesto.

Otras personas que parecen haber llegado un poco antes que nosotros están ya instaladas en los bancos: un hombre y una mujer y, a cierta distancia pero sobre el mismo banco, una jovencita con un bebé sonrosado entre los brazos. El policía barrigón que entró con nosotros a la sala nos indica por señas que nos sentemos en uno de los extremos del banco, a un metro o poco más de la mujer con el bebé.

Aguardamos, impacientes, un tintinear de llaves o un ruido de pasos. Varias veces escuchamos aproximarse gente, pero siguen de largo.

Finalmente, por la otra puerta y no por la que entramos, los vemos llegar. Son tres, papá y dos hombres mucho mayores. A uno le faltan dos dientes de delante, más precisamente en el maxilar superior; su ausencia es otro agujero imposible de ignorar. Los tres llevan uniformes azules idénticos al que llevaba papá en la primera visita.

Tan pronto entra, papá esboza una sonrisa incómoda. Creo que verme lo perturba, está sorprendido y preocupado, probablemente. Se sienta ante nosotros, en el banco de enfrente, en el lugar que le señala un nuevo policía barrigón —cada preso tiene el suyo que lo acompaña y va indicándole, del mismo modo, el lugar que le ha sido asignado.

Mi abuela se dirige al que nos tocó:

—¿La nena puede darle un beso al padre?

El policía mira a la derecha y a la izquierda, sin saber, visiblemente, qué contestar. Los militares, en las cuatro esquinas de la sala, siguen imperturbables, con los caños de sus armas apuntando hacia el centro. Por lo visto turbado y perplejo, el policía se encoge de hombros, signo que mi abuela se apresura a interpretar como un permiso.

—El señor dice que sí, vamos, andá.

Doy algunos pasos en dirección a papá, sin despegar los ojos del caño más próximo, el del hombre que está justo frente a mí. Veo perfectamente que ese agujero negro queda a la altura de mi sien. Alzo la vista para mirar al hombre pero permanece inmóvil, con el arma apuntando siempre hacia delante, sin mostrar reacción alguna a la invitación de mi abuela y a mi lento acercamiento. Marco una pausa y vuelvo a dar unos pasos.

—Pero andá, dale —dice mi abuela—. No tengas miedo, el señor no tiene inconveniente. ¿No es cierto, señor?

El policía bigotudo y barrigón sigue buscando una mirada, una respuesta, un poco más nervioso, me parece, de lo que ha estado hasta ahora. Inútil. Los militares con sus armas de grueso calibre siguen como de piedra.

Algunos pasos más y ahí estoy, presa de una descompostura y de arcadas que trato de contener. Son náuseas, tan sorpresivas como poderosas. Mi estómago se convulsiona violentamente, pero consigo sin embargo dar unos pasos más hasta aferrarme a una de las mangas azules del uniforme de papá. Al llegar junto a él, le vomito en la oreja.

Después, toca el regreso.

Me escondo de nuevo bajo la manta, no para impedirme ver adónde vamos, como el Obrero y el Ingeniero, sino porque mi abuela quiere a toda costa protegerme de los vecinos con sus preguntas y protegerse de ese modo a sí misma.

Juego otra vez con la perra que me embadurna la cara a lengüetazos. Y nos vamos de la casa de mis abuelos cuando ya ha caído la noche para encontrarnos de nuevo con mamá, en algún lugar de La Plata.

El intercambio entre ella y mis abuelos es brevísimo: todo el mundo tuvo mucho miedo. Dada la situación, será mejor que no vuelva a la cárcel a ver a papá.

Es muy peligroso. Sí. Demasiado.


Núcleos narrativos

  1. Decisión y organización clandestina de la visita al padre en la cárcel.

  2. Separación temporal de la madre y entrega de la identidad verdadera.

  3. Estrategia de ocultamiento: la niña viaja escondida bajo una frazada.

  4. Naturalización del ocultamiento como conducta aprendida.

  5. Llegada a la casa de los abuelos y reencuentro con Tula.

  6. Reconocimiento afectivo del animal como anclaje de identidad.

  7. Almuerzo silencioso marcado por lo no dicho.

  8. Alivio ante la ausencia de preguntas.

  9. Preparación para la visita a la cárcel y explicación de la coartada.

  10. Ingreso al sistema carcelario: requisas, controles y vigilancia.

  11. Descripción del dispositivo represivo (policías, militares, armas).

  12. Espera y aparición del padre en condiciones degradadas.

  13. Intento de acercamiento afectivo mediado por la autoridad.

  14. Crisis física de la niña (náuseas y vómito) frente a la escena.

  15. Retirada y retorno al circuito clandestino.

  16. Decisión final: suspensión de futuras visitas por peligro extremo.


Preguntas

  1. ¿Qué función cumple el ocultamiento de la niña durante el traslado?

  2. ¿Por qué es importante el reencuentro con Tula?

  3. ¿Cómo se construye la experiencia de la cárcel desde la mirada infantil?

  4. ¿Qué significado tiene la reacción física de la niña frente a su padre?

  5. ¿Por qué se decide que no vuelva a visitarlo?


Respuestas

  1. El ocultamiento no es solo una medida práctica de seguridad, sino una forma de vida interiorizada. La niña no necesita explicaciones: sabe qué hacer. Esto muestra hasta qué punto la clandestinidad ha moldeado su comportamiento. Esconde su cuerpo, pero también su identidad, funcionando como parte de una lógica de supervivencia donde lo visible es peligroso.

  2. Tula funciona como un punto de estabilidad afectiva. En un mundo donde los nombres cambian, las identidades se ocultan y los vínculos están atravesados por el peligro, el reconocimiento del animal ofrece una continuidad emocional. La perra la reconoce “como si fuera la misma de siempre”, algo que la realidad humana ya no garantiza.

  3. La cárcel aparece como un espacio profundamente deshumanizado. La mirada infantil registra detalles físicos (los cuerpos, los gestos, los objetos) sin filtros ideológicos, lo que vuelve la escena aún más cruda. Las requisas, las armas y los controles se perciben como procedimientos mecánicos y absurdos, pero cargados de violencia implícita.

  4. La reacción física expresa lo que no puede elaborarse de manera consciente. El cuerpo reacciona ante la tensión extrema: el miedo, la vigilancia, la distancia con el padre, la presencia de las armas. El vómito no es solo nerviosismo, es una respuesta visceral ante una situación que desborda cualquier capacidad de comprensión infantil.

  5. La decisión responde a la evaluación del riesgo. La presencia de la niña introduce demasiadas variables: preguntas, sospechas, errores posibles. Además, la intensidad emocional de la experiencia también la vuelve insostenible. La visita, que debería ser un momento de encuentro familiar, se revela como un acto peligroso tanto física como psicológicamente.

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