La casa de los conejos, Laura Alcoba (cap 9)

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Para que no me aburra, el Obrero, que está dando ya los últimos toques a nuestras dos construcciones, me regaló un gato.
Fue una hermosa sorpresa verlo salir de la furgoneta con un gatito atigrado que había hecho todo el camino pegado a él, bajo la vieja frazada roja.
Debe de tener apenas unas semanas de vida, es diminuto pero muy enérgico.

Me gusta jugar con mi gatito.
El problema es que no sabe parar ni quedarse quieto. No quiere entender cuando le digo basta. Si se me acaban las ganas de jugar y quiero ir a ver la obra al fondo del galpón, se prende a mis tobillos y me muerde. Yo sacudo la pierna y a veces consigo sacármelo de encima, pero el gatito vuelve al ataque una y otra vez, incansablemente.

Cuanto más lo rechazo, más me acosa, incluso ocurre que tome envión para saltarme a las rodillas y clavarme las uñas. Si llegamos a ese extremo ya no me mira ni me escucha. Se empecina conmigo, con una hostilidad mecánica e idiota que nada parece poder detener.

A veces termina por hartarme, entonces lo agarro por la cola y lo lanzo con todas mis fuerzas contra la pared del patio para acabar con él de una vez por todas.

Pero mi gatito vuelve siempre a la carga.

Así que empiezo de nuevo, más decidida que la vez anterior, tomo impulso como si fuera a lanzar una pelota en un inmenso campo de juego —pero el patio es pequeño, la pared no está lejos, tendría que reventarse el cráneo ahí mismo, a menos de dos metros.

Curiosamente, el gatito atigrado vuelve a ponerse en pie, siempre con la misma facilidad, da un brinco apenas un poco ladeado, como movido por un resorte.

Entonces vuelvo a empezar, insisto, pero esos bichos son decididamente muy resistentes. Ahora entiendo la expresión «tener siete vidas como los gatos», aunque el mío parezca tener más de siete vidas. Muchas más.

Sea como fuere, lo que me queda claro es que morir no es tan fácil.

No sé quién tuvo la idea de los conejos, si nació del Ingeniero, de alguna de las personas que viven en la casa o si los responsables de la organización la concibieron para nosotros. ¿Habrá sido César? Entendí al Ingeniero cuando me explicó cómo podía esconderse algo sin esconderlo. Pero ¿y los conejos? ¿Por qué tendríamos que recibir centenares de conejos para protegernos mejor?

Hoy, en la mesa, Cacho habló de los conejos durante un buen rato ya que van a llegar muy pronto. Nos explicó cómo va a ser cuando estén aquí.

Pintó las cosas más o menos de esta manera: la cría de conejos será la actividad oficial de la casa. La parte artesanal y doméstica, en todo caso, ya que, con o sin conejos, Cacho va a mantener su trabajo en Buenos Aires. Pero gracias a la actividad de cría se justificarán todas las idas y venidas, así como la construcción del criadero encubrió hasta hoy la otra obra, la del embute. Cuando los conejos estén con nosotros, los viajes incesantes de la furgoneta gris, que servirá para llevar gente o para hacer salir de la casa los periódicos que ya se están imprimiendo, se explicarán como transporte de conejos o reparto de conservas.

—Ah, ¿vamos a hacer conejo en escabeche? —pregunto yo.
—Sí, vamos a cocinar. Y nosotros mismos nos los vamos a comer. Vamos a hacer como si llenáramos cajas enteras. Pero en esas cajas habrá ejemplares de Evita Montonera.

Ciertas cosas no me quedan muy claras. Cuando cebo mate en una reunión, ante César no me animo a abrir la boca, pero así, entre nosotros, sentados a la mesa, siento que puedo hacer preguntas. Es extraño, pero ya somos casi como una familia, Cacho, Diana, que está cada vez más redonda, mamá y yo.

—Y si alguien viene a comprar conejos, alguien del barrio, digo, ¿vamos a abrirle la puerta y dejarlo pasar?
—En principio, sí… Pero no te preocupes, los argentinos solo comen carne de vaca. No va a venir nadie.

Hoy por fin llegaron en la furgoneta.

No sabría decir cuántos son. ¿Cincuenta, cien, más todavía? En todo caso, fueron necesarios varios viajes para traer esta primera camada.

Pusimos las jaulas unas sobre otras y se formó un muro hecho de barrotes, pelo blanco y una miríada de ojos rojos entre la puerta de entrada del galpón y la falsa última pared del fondo.

Los conejos ya destetados se amontonan en las jaulas de engorde; en general son seis o siete en cada pequeñísimo compartimiento. Las conejas madres están un poco mejor alojadas ya que ocupan un solo compartimiento con todas sus crías.

Me gusta verlos abarrotarse alrededor de la pipeta de agua o roer sus gránulos de color arena mientras mamá se ocupa de la pequeña rotativa offset, justo detrás de la falsa última pared. Porque resulta que los conejos llegaron en el momento en que la imprenta empezó a funcionar regularmente.

Al fondo del galpón los periódicos se amontonan, cuidadosamente apilados. Cada diez ejemplares de Evita Montonera van otros diez dispuestos perpendicularmente a los anteriores. Así se van formando columnas extrañas. Delante de la falsa última pared, los conejos se multiplican a una velocidad increíble. Y cuantas más pelotas de pelo blanco hay en las jaulas, más profundamente se tiñen los dedos de mamá de una tinta espesa y negra. Muy pronto, aun frotando furiosamente con un cepillito de pelo duro y jabón blanco, ya será incapaz de hacerla desaparecer.

Hoy hicimos nuestro primer intento culinario.

Diana agarró por las orejas un conejito blanco con la intención de matarlo pero, eso sí, «de una».

El conejo, que al parecer presentía lo que se le preparaba, empezó a agitarse, mirando fijo a Diana con sus ojos escarlatas. Ella lo aplastó entonces contra la mesada de la cocina y me pidió que lo sujetara por las patas de atrás.

—Es muy fácil. Ya se sabe, un golpecito seco atrás de la cabeza, y chau.

Diana agregó que creía haber leído eso en un libro, a no ser que se lo hubiese dicho alguien, no sabía muy bien. También para ella era esa la primera vez.

Enérgicamente, tomó el martillito que se suele usar para achatar las milanesas y le asestó un golpecito detrás de la cabeza. El martillo rebotó ligeramente sobre la espesa masa de pelo blanco que recubría lo que al parecer era la parte de atrás del cuello del conejo. El animal seguía agitándose, con más energía todavía, tratando de liberarse cada vez con mayor empeño.

—No sé por qué a la gente en este país no le gusta comer carne de conejo —dice Diana, sin que la haya afectado en lo más mínimo el fracaso de su primera tentativa—. ¿Será por ese dicho de «vender gato por liebre»? Parece que, ya en el plato, no se nota ninguna diferencia entre la carne de gato, de liebre o de conejo. Por lo menos acá vas a estar segura de que nadie te está dando de comer tu propio gatito puesto que vamos a matarlo juntas…

Tan pronto dijo estas palabras, solté el conejo, sobrepasada por los esfuerzos que el animal hacía para zafarse; sus patas traseras consiguieron liberarse y llegó a escapársenos unos instantes hasta que Diana logró atraparlo de nuevo por las orejas y aplastar otra vez sus miembros posteriores sobre el mármol de la mesada. Aferrándolo con fuerza, agregó:

—Igual, no creo que sea tan fácil que a uno lo engañen… Seguro que es mucho más difícil matar a un gato. Si ahora estuviéramos tratando de matar a un gatito, ya nos habría saltado a la cara con todas sus uñas…

Avergonzada de mi distracción que casi frustra nuestra primera intentona, me limité a asentir con un movimiento de cabeza.

Esforzándome por estar a la altura, le dije:
—Dale, dejame de nuevo. Esta vez no voy a aflojar. Lo agarro fuerte con las dos manos.

Diana me miró.
—El problema es que sos muy chiquita. Si pudieras ponerte encima del conejo como yo, podrías descargar sobre él todo el peso de tu cuerpo.

Mientras decía estas palabras, Diana me acercó un banquito que consiguió desplazar sirviéndose de una de sus piernas como si fuera un gancho. Me admiraba que, a pesar de su panza enorme de embarazada, consiguiera ser tan ágil. Al mismo tiempo, seguía sujetando la cabeza y las patas delanteras del conejo, que se debatía entre convulsiones.

—Tomá. Subite.

Yo aferré mi propio pedazo de conejo mientras me encaramaba en el banquito.

—¿Lista? —me preguntó Diana.
—Sí, así es mejor. Ya no hay ningún peligro de que se me escape.
—Bueno, muy bien. Pero así y todo… Me parece que todavía tenemos un pequeño problema de instrumental… Yo pensaba que con el martillo de las milanesas iba a ser suficiente, pero… Tené fuerte, nena. Voy a buscar la plancha de los churrascos.

Mientras yo sostenía el conejo aplastando sus patas contra la mesada, Diana acabó por darle el golpe fatal. Tras unos cuantos saltos convulsivos, el conejo por fin dejó de moverse.

Luego, Cacho tuvo otra idea. Un día, durante el desayuno, nos habló así:

—Si la cana nos para en la calle, corremos el riesgo de que abran las cajas, para ver las conservas…, y van a descubrir las revistas.

Diana, mamá y yo nos miramos bastante asombradas. Claro, el peligro era grande. Enorme, incluso. ¿Adónde quería llegar con esas evidencias matinales?

—¿Y si las envolviéramos para regalo? Grandes paquetes envueltos en papel brillante, con muchas cintas de colores. Nadie duda en abrir una caja de cartón grosero, solo para mirar adentro. Pero es más probable que un milico vacile antes de abrir un regalo envuelto con amor, sobre todo si la que maneja es Diana, ¿no?

Nos giramos para mirarla y nos echamos a reír. Ella también se reía, moviendo la cabeza de un lado para el otro, como representando el papel de una jovencita amable y encantadora. Con su enorme panza de embarazada, sus lindos ojos y sus hermosos rulos rubios, era fácil imaginarla franqueando todos los controles con un enorme paquete lleno de cintas en la parte de atrás de la furgoneta. Ganándose incluso una sonrisa enternecida por parte del policía. Moviendo la cabeza en mi dirección, Cacho agregó:

—Y con los paquetes, la nena podría ayudarnos. ¿No te gustaría hacer lindos paquetes para regalo, llenos de ejemplares de Evita Montonera?

—¡Sí! ¡Sí! ¡Qué divertido! ¿Me van a dejar armar rulitos con las cintas, como hacen a veces en los negocios?

—¡Claro! Vamos a hacer paquetes hermosos, ya vas a ver. Un poco como eso que te explicó el Ingeniero acerca del embute y que te parecía tan raro, ¿te acordás? En vez de esconder los ejemplares, los vamos a repartir con moñito y todo. En caso de operativo policial, estoy seguro, ni se van a dar cuenta.


Núcleos narrativos

  1. Regalo del gatito como elemento de distracción y afecto.

  2. Juego con el gato que se vuelve agresivo y descontrolado.

  3. Escalada de violencia: la niña intenta matar al gato reiteradamente.

  4. Descubrimiento de la resistencia a la muerte (“no es tan fácil morir”).

  5. Introducción del proyecto de los conejos como estrategia de encubrimiento.

  6. Explicación del sistema clandestino: conejos como fachada de la imprenta.

  7. Integración del grupo como “familia” en la clandestinidad.

  8. Llegada masiva de los conejos y transformación del espacio del galpón.

  9. Superposición simbólica: conejos (vida/reproducción) e imprenta (militancia).

  10. Primer intento de matar un conejo para consumo.

  11. Torpeza y fracaso inicial que evidencia la dificultad de matar.

  12. Participación activa de la niña en la violencia (sujetar al animal).

  13. Resolución violenta: muerte efectiva del conejo.

  14. Naturalización progresiva de la violencia cotidiana.

  15. Nuevo plan de encubrimiento: disfrazar las revistas como regalos.

  16. Participación de la niña en la logística clandestina mediante el juego.


Preguntas

  1. ¿Qué significado tiene la relación de la niña con el gatito?

  2. ¿Por qué es importante la reflexión “morir no es tan fácil”?

  3. ¿Cómo funciona el sistema de los conejos dentro de la lógica clandestina?

  4. ¿Qué representa la escena de la muerte del conejo?

  5. ¿Qué sentido tiene la idea de esconder revistas en paquetes de regalo?


Respuestas

  1. La relación con el gatito muestra una ambigüedad muy fuerte entre afecto y violencia. La niña juega con él, pero cuando pierde el control o se frustra, responde con una agresividad extrema. Esto refleja un aprendizaje distorsionado del vínculo con lo vivo: el otro puede ser querido, pero también eliminado sin demasiada mediación emocional. Es un indicio de cómo el contexto de violencia atraviesa incluso los espacios aparentemente inocentes.

  2. Esa reflexión es clave porque funciona como una toma de conciencia brutal. La niña descubre empíricamente que la muerte no ocurre de manera inmediata ni limpia. Esto rompe con cualquier idea ingenua o infantil sobre la vida y la muerte, y la acerca a una comprensión más cruda, casi material, de la violencia. Es un aprendizaje que luego se conecta con el contexto político en el que viven.

  3. Los conejos funcionan como una pantalla legal y cotidiana que oculta la actividad clandestina. Permiten justificar movimientos, construcciones y circulación de vehículos. Al mismo tiempo, generan una apariencia de normalidad doméstica y productiva. Es un ejemplo claro de la lógica del “embute”: esconder algo a plena vista mediante una actividad aparentemente inocente.

  4. La escena es un rito de iniciación en la violencia. No solo muestra la dificultad física de matar, sino también la incorporación progresiva de la niña a prácticas adultas y brutales. La participación activa de ella implica un pasaje: deja de ser solo observadora para convertirse en agente. Además, la escena está atravesada por una tensión simbólica con el gatito, lo que refuerza el conflicto interno.

  5. La idea de los paquetes de regalo es una sofisticación del mismo principio del ocultamiento. En lugar de esconder, se exhibe de una manera que desactiva la sospecha. Apela a códigos culturales (el respeto por un regalo, la imagen de una mujer embarazada) para evitar controles. Además, introduce un elemento irónico: lo peligroso (las revistas) se presenta como algo amable y festivo, lo que refuerza la lógica paradójica de la clandestinidad.

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