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Es mejor que mamá no salga de casa ya que su foto se publicó en los diarios. Aunque ahora luzca una cabellera de un rojo furioso muy distinta del pelo castaño discreto de los tiempos en que tenía realmente la cabeza de mamá, es decir, la de sus años de estudiante —la foto que salió en el diario El Día data de esa época, la encontraron sin duda en los archivos de la facultad donde cursaba la carrera de Historia—, es conveniente que se mantenga lejos de la vista del vecindario.
Por suerte, no es mi caso. Yo me parezco a la que era antes y además nadie me busca. No hago más que estar ahí y asistir a todo lo que ocurre.
Cada día, a eso de las seis de la tarde, veo pasar a la vecina, una muchacha alta y rubia, de pelo largo y lacio. Es delgada, va casi siempre ceñida en pantalones que le resaltan las formas e infaltablemente encaramada a unos tacones altísimos. El sueño en estado puro, a juzgar por las miradas de la tropa exclusivamente masculina que se junta con la excusa de intercambiar algunos mates entre machos, justo a la hora en que todo el barrio sabe que «la bomba», de un momento a otro, va a volver a su casa.
Yo también la miro.
Se siente visiblemente acosada por los observadores masculinos, que, con aire de expertos, la ponderan al detalle, de pies a cabeza. Cuando los materos de las seis en punto son demasiado numerosos o sus miradas más audaces que de costumbre, me parece que busca una mirada femenina o al menos unos ojos más acogedores que hambrientos; es entonces cuando me ve y yo le sonrío con una sonrisa que no es ávida como la de los varones que pavonean su deseo sin pudor ni freno alguno —aunque yo también piense que se merece toda esa admiración.
Cada vez más a menudo, ella y yo vivimos la escena de manera idéntica. A eso de las seis, entre el momento en que aparece en la parada del colectivo y el instante en que hunde la llave en la cerradura de la puerta de su casa, a unas dos cuadras, avanza mirando fijo hacia delante, sin volverse una sola vez, como si no notase que la miran aunque todos saben que ella sabe y se da cuenta… Y cada vez que me encuentro en su camino, soy la única a la que dirige una mirada cómplice y sonríe.
¿Cuántas veces habrá de repetirse esta escena antes de que me dirija la palabra? ¿Diez, quince veces tal vez?
Un día, viéndome de nuevo sola y como siempre fascinada ante su aparición por la esquina, me invita a entrar a su casa.
Me da leche y galletitas antes de hacerme pasar a su cuarto.
—Vení —me dice—. Vas a ayudarme.
Entonces abre las puertas de un armario viejo destinado exclusivamente a sus innumerables pares de zapatos.
Tiene zapatos de todas formas y colores: pero lo que me deslumbra son varios pares de color rosa y violeta de tacos altísimos porque nunca imaginé que existieran zapatos de ese color.
—Te gustan, ¿no?
Me escucho responder «sí» con una voz ahogada. Ella me dice:
—Podés agarrarlos, podés tocarlos si querés.
No me atrevo a moverme, tengo demasiado miedo de ensuciarlos.
—Si lo que te gusta es el color rosa, mirá, voy a mostrarte algo…
Y se sube a un banquito para tomar de lo alto del armario una caja blanca de donde saca un par de zapatos preciosos, como nunca había visto. Son de un rosa pálido y, sin embargo, sumamente luminoso, coronados por un lazo hecho en el mismo cuero lustroso pero estriado de pliegues como si se tratara de un nudo en tela. El tacón es bastante ancho y macizo, seguramente para hacer posible su altura; cuando la vecina toma uno de los zapatos en su mano y yo veo, desde abajo, alzarse esa gruesa columna rosa del tacón hacia el contrafuerte, que eleva de un modo sublime, entiendo que es el apéndice natural de una auténtica princesa. Dudo de ser digna, algún día, de calzar semejante maravilla, pero me siento inmediatamente orgullosa de tener el privilegio de verlos de tan cerca.
Elige cinco, seis pares de zapatos que dispone sobre el suelo, a los pies de la cama y luego saca de otro armario un vestido blanco estampado por delante de lunares verdes, rosas y violetas, mucho más grandes que los que he visto nunca en ninguna tela. Algunos de esos lunares se superponen, pero siempre de modo diferente: si a veces un lunar rosa recubre en parte un lunar verde, otras veces es uno rosa el que queda parcialmente oculto.
De repente, me pregunta:
—Hagamos una prueba, a ver. Vos, con este vestido, ¿qué zapatos te pondrías?
Sorprendida, permanezco un largo rato en silencio. Hago inmediatamente a un lado los maravillosos zapatitos de princesa que, presiento, solo pueden calzarse en circunstancias muy muy especiales. No por nada ella ha vuelto a colocarlos cuidadosamente en la caja, con su fondo tapizado de hojas y hojas de papel de seda.
Le señalo con el dedo un par de zapatos verdes.
—Muy buena elección —me dice.
Mamá irrumpe en la cocina mientras pongo la mesa para el almuerzo. Está furiosa. Se queda en el marco de la puerta, como si el enojo le impidiera avanzar.
—¿Me podés explicar qué pasó con la vecina?
—Nada…
—¿Cómo que nada? ¿Qué le dijiste?
—Nada, yo no le dije nada. Me mostró todos los zapatos que tiene, nada más.
Mamá parece cada vez más fuera de sí. Aparentemente, espera que confiese algo, pero no entiendo qué y se me caen las lágrimas.
Diana, que entró en la cocina detrás de ella, se me acerca y trata de calmarla. Ahora la que me habla es Diana, con su voz tan dulce.
—Bueno, bueno. No es para tanto. Ya me las ingenié para contestar sus preguntas y hasta parece que me creyó. Pero ¿cómo se te pudo ocurrir decirle que no tenés apellido?
No entiendo a qué se refiere.
Diana cuenta que la vecina vino esta misma mañana a preguntarle qué le pasaba a «esa nena» que le había dicho que no tenía apellido. Entiendo que Diana se lo está contando a mamá por segunda vez. Y parecería que «esa nena» soy yo.
Todo sucedió ayer, dicen, pero yo no lo recuerdo. A no ser que ya no pueda recordarlo. En fin, eso creo.
Pero ahora que Diana cuenta el episodio, sí, es verdad, creo recordar que en un momento la vecina me preguntó mi nombre, antes o después de la escena de los zapatos, en su cuarto. Antes, supongo. Sí, creo que me hizo esa pregunta. Yo le contesté: Laura. Solo dije Laura porque sé que esa es la parte de mi nombre que voy a conservar. Creo que inmediatamente después ella me preguntó: ¿Laura qué? Y en verdad, no recuerdo nada de lo que vino después. Debo de haber entrado en pánico porque sé muy bien que hay sobre mamá un pedido de captura, que estamos esperando que nos den un apellido nuevo y documentos falsos. ¿A mí también me buscan, acaso? En cierta forma, sí, probablemente, pero sé perfectamente que si estoy aquí, es fruto del azar.
Pero ¿podría haber sido yo la hija de un militar? No, es sin duda imposible, me hubiese resultado insoportable. En ese caso sería muy distinta a la que soy. ¿Podría haber sido la hija de López Rega, el Brujo? No, menos aún, por supuesto que no, ese hombre es un asesino cínico y perverso, todo el mundo lo sabe, y solo podría engendrar monstruos. Yo no creo ser un monstruo. Pero ¿qué podía responder, entonces? ¿Cómo es mi nombre, al fin y al cabo?
Sí. Ahora que me esfuerzo por recordar la escena, creo que en cierto momento tuve miedo en lo de la vecina. Puede ser que le haya dicho, es verdad, que no tenía apellido, tal como te lo contó Diana.
Pero no hay por qué ponerse así, mamá, ya me doy cuenta de que es una respuesta ridícula. No, perdón, ridícula no, entiendo perfectamente que se trata de algo grave, gravísimo. Que los puse a todos en peligro. Que se me escapó una barbaridad suficiente para hacer sospechar a cualquiera porque no hay en el mundo una nena de siete años que ignore su apellido o que piense que es posible no tener uno. Y lo más grave es que después no dije nada para evitar que mi enorme metida de pata provocara una catástrofe. Sí, tienen razón, ¿por qué no dije nada?, ¿por qué no les avisé? Si la vecina hubiese contado ese disparate a otras personas, a esta hora todo el barrio podría estar pensando que somos gente rara. Ya es probable que les parezcamos un poco raros, es cierto. Entonces, si todo el mundo se hubiese enterado de que en esta casa hay una nena de siete años que dice que no tiene apellido, habrían empezado a considerarnos sin duda muy muy raros… Además de las salidas nocturnas en furgoneta, de toda esa tierra que hay que hacer desaparecer, una nena que dice: Yo no tengo apellido; mi familia no tiene apellido. Tenés razón, Diana. Perdón, mamá.
Sí, sé que tuve miedo, ahora lo recuerdo perfectamente, sentí como si hubiera caído en una trampa en esa casa, con esa magnífica criatura rubia de los mil zapatos que me preguntaba, insistente: ¿Pero cómo es tu nombre completo? Tu apellido, ¿cómo es? No existe la gente sin apellido, no podés no tener… Tu papá y tu mamá son el señor y la señora ¿cuánto? Sí, ahí está, ahora me acuerdo: Mi papá y mi mamá tampoco tienen apellido. Son el señor y la señora Nadadenada. Como yo.
Mamá se pone pálida, de un color inhabitual en todo caso, de un color nada normal.
Y yo tengo la impresión de que el techo está a punto de derrumbarse sobre nosotros, que los hombres de la Triple A ya están ahí fuera, en sus autos negros sin número de matrícula, detrás de sus bigotazos y armados hasta los dientes, que ya irrumpen en la casa para matarnos a todos como a conejos al fondo del galpón, justo delante del inmenso agujero.
Ya estoy esperando un acontecimiento inmediato y trágico para todos nosotros, el fin inminente de todas las cosas extrañas que nos suceden. Pero, contra toda previsión, Diana empieza a reírse a carcajadas, con una risa tan clara y alegre que logra quebrar la insoportable pesadez que se ha instalado en la cocinita.
—Lo que vos le dijiste es tan increíble que por eso mismo pude inventar una explicación creíble. Le dije que tus padres se acababan de separar y que seguramente era tu manera de expresar tristeza y angustia. Parecía muy conmovida al escucharme.
Y yo también. Me siento aliviada, sobre todo. Me tranquiliza que Diana haya podido imaginar para mí un drama infantil normal. Ahora no para de reírse, mirándonos alternativamente a mamá y a mí:
—Fue gracioso, ¿sabés? Además le dije que…
Luego, volviéndose a mirarme.
—Creo que nunca más se va a animar a hablarte de tus padres.
Núcleos narrativos
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Situación de clandestinidad: la madre no puede salir por estar identificada públicamente.
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La narradora como observadora libre dentro de un contexto de peligro.
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Aparición de la vecina como figura deseada y observada por los hombres del barrio.
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Construcción de una complicidad silenciosa entre la niña y la vecina.
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Repetición ritual de la escena cotidiana que genera expectativa.
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Invitación de la vecina e ingreso al espacio íntimo (la casa).
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Fascinación por los zapatos: descubrimiento del mundo femenino y del deseo estético.
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Juego de elección (vestido y zapatos) que introduce a la niña en un rol más adulto.
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Ruptura brusca: intervención de la madre y aparición del conflicto.
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Revelación del error: la niña dice no tener apellido.
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Reconstrucción fragmentaria del recuerdo atravesado por el miedo.
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Crisis de identidad: imposibilidad de definirse en un contexto clandestino.
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Toma de conciencia del peligro colectivo generado por su acción.
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Imaginación de una catástrofe inminente (violencia política, Triple A).
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Resolución inesperada: Diana neutraliza el conflicto con una explicación verosímil.
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Alivio final y retorno momentáneo a la normalidad.
Preguntas
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¿Qué función cumple la figura de la vecina dentro del capítulo?
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¿Por qué la escena de los zapatos es tan importante para la narradora?
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¿Qué revela el episodio del “no tengo apellido” sobre la identidad de la niña?
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¿Cómo se construye el clima de tensión y peligro en el capítulo?
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¿Qué papel cumple Diana en la resolución del conflicto?
Respuestas
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La vecina funciona como un contraste con el mundo clandestino en el que vive la narradora. Representa la normalidad, la belleza visible, el deseo expuesto sin peligro político. Al mismo tiempo, encarna una forma de feminidad que la niña observa con fascinación, pero también con cierta distancia. Su presencia permite introducir una escena cotidiana que, sin embargo, termina revelando el riesgo constante en el que viven los protagonistas.
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La escena de los zapatos es central porque simboliza un momento de iniciación. La niña entra en contacto con un universo estético y femenino que le resulta completamente nuevo. No se trata solo de objetos, sino de lo que representan: belleza, elección, identidad, incluso deseo de ser otra. La elección de los zapatos implica un pequeño acto de autonomía, pero también evidencia su posición infantil frente a ese mundo.
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El episodio muestra una crisis profunda de identidad. La niña no puede decir su apellido porque su identidad real está en peligro, pero tampoco tiene aún una identidad falsa consolidada. Esto la deja en un vacío simbólico: no tener apellido es, en términos sociales, no existir plenamente. La escena revela cómo la clandestinidad no solo afecta lo externo, sino que desestructura la construcción subjetiva de la identidad.
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El clima de tensión se construye de manera progresiva. Primero aparece de forma latente en la necesidad de ocultamiento de la madre. Luego se intensifica con el error de la niña, que introduce una posible fisura en el secreto. Finalmente, alcanza su punto máximo cuando la narradora imagina la irrupción violenta de la Triple A. Esa imaginación muestra cómo el peligro está siempre presente, incluso cuando no se materializa.
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Diana cumple un rol fundamental como mediadora y protectora. Es quien logra traducir una situación potencialmente peligrosa en un relato creíble para el mundo exterior. Su inteligencia práctica permite neutralizar el riesgo sin generar más conflicto interno. Además, introduce un elemento de alivio a través del humor, rompiendo la tensión acumulada y devolviendo momentáneamente la estabilidad al grupo.
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