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Las obras tienen que avanzar rápido. Es detrás del galpón, allá al
fondo de la casa, donde se va a construir el gran embute.
Como primera medida habrá que cavar un gran agujero en la tierra.
Desde hace varios días dos hombres vienen a trabajar en casa, el
Obrero y el Ingeniero.
Diana es la encargada de ir a buscarlos en su pequeña furgoneta gris.
En cuanto el vehículo entra en el garaje, ella los hace salir por la puerta
trasera, librándolos del escondite y de la oscuridad, ya que desde el
lugar del encuentro con Diana tienen que hacer el trayecto ocultos bajo
una frazada vieja y polvorienta. Cuando salen del coche, sus ojos
demoran cierto tiempo en adaptarse a la luz.
Antes de que puedan ir a ocuparse de nuestro inmenso agujero,
compartimos unos momentos en la cocina. Los dos charlan con Diana y
mamá, otras veces con Cacho, aunque no tan a menudo ya que él casi
siempre está fuera. Mientras tanto, quien ceba mate soy yo.
Si Cacho tantas veces está ausente es porque todavía tiene la suerte
de trabajar y, además, usando su nombre verdadero. Nadie sabe que
milita en los Montoneros y menos aún se lo sospecha de Diana, que
tiene toda la apariencia de ser la esposa de un ejecutivo sin más
preocupación que su trabajo.
Por lo general, Cacho se va a Buenos Aires muy temprano y no
vuelve hasta tarde en la noche. Trabaja en un estudio donde ocupa un
puesto importante, creo; en todo caso, siempre está de punta en blanco.
Suele usar un traje azul oscuro, una corbata también azul pero
ligeramente más clara que el traje y una camisa de una blancura
irreprochable. Con su maletín de cuero negro y sus bigotes estrictos, en
verdad no tiene nada de un «revolucionario». Eso divierte muchísimo a
César, el responsable del grupo, que llega, a diferencia de sus
compañeros, casi siempre a pie o en colectivo. Fuera de las personas
que viven en la casa —es decir, fuera de Cacho, Diana, mamá y yo—,
César es el único miembro de la organización que conoce la dirección.
Por eso él puede venir a vernos con total libertad, una vez por semana,
para presidir las reuniones.
César es un poco mayor que los demás. Debe de tener unos treinta
años. Usa anteojos chiquitos que le dan un falso aire de profesor.
También tiene ojos sonrientes, pelo lacio y bastante alborotado, como
de poeta. Nada incompatible, pienso: bien podría suponerse que es un
profesor poeta.
Che, Cacho, ¿no se te va la mano a vos?, dice entre risas. Esa
corbata, francamente… Podrías, de vez en cuando, qué sé yo,
permitirte un toquecito de locura…, una corbata gris perla, aunque
sea…
César hace siempre los mismos chistes pero igual nos divierte.
Es por todo esto que Cacho y Diana fueron elegidos: por un lado,
para alojar en su casa a dos personas como mamá y yo, pero sobre todo
para cobijar un embute particularmente sofisticado y que la
organización precisa mantener fuera de todo riesgo.
Vigilado por un matrimonio modelo, a salvo de toda sospecha, y que
además espera un bebé.
Una pareja como tantas otras a la que suele visitar un profesor
poeta.
En cuanto a mamá y a mí… estamos allí de paso, por un tiempo.
Como sea, mamá es una mujer tímida y muy discreta que prefiere,
aparentemente, no mostrarse demasiado.
Desde que se inició la excavación, hace ya unos diez días, el Obrero
ha llenado decenas de bolsas con tierra y escombros. Al fin de cada
jornada, antes del anochecer, Diana vuelve a llevar al Obrero y al
Ingeniero —a veces no viene más que uno de ellos, el Obrero, ya que el
trabajo del Ingeniero no supone tanta presencia— siempre ocultos bajo
la vieja frazada polvorienta. Solo en plena noche Cacho y Diana salen a
deshacerse, en obras o terrenos baldíos (hay muchísimos en el barrio),
de algunas de las bolsas que se llenaron durante el día.
A veces sacamos una bolsa a la vereda, a la vista de los vecinos.
Y es que oficialmente aquí solo se hacen obras para acondicionar el
galpón en el que vamos a instalar a los conejos. Esas bolsas visibles
justifican, o así lo esperamos, las numerosas idas y venidas de la
pequeña furgoneta gris. Exhibimos ante los vecinos cierta agitación que
el modesto proyecto de construir un criadero parece explicar, del mismo
modo que mostramos sus consecuencias materiales. Pero en realidad el
proyecto de criar conejos esconde una obra absolutamente diferente,
inmensa y de una importancia única, ya que la casa en que vivimos ha
sido elegida para ocultar la principal imprenta montonera.
Las dos obras avanzan al mismo tiempo y las cosas, cada día, van
tomando más forma: mientras de allá atrás se extraen kilos y kilos de
tierra para crear el cuarto secreto donde se esconderá la imprenta, en el
galpón se apilan decenas de jaulas metálicas destinadas a los conejos
que pronto vendrán a vivir con nosotros.
Durante el día y hasta que llegue —eso espero— el momento de
volver a la escuela después de las vacaciones de verano, voy a mirar el
avance de las obras, o mejor dicho, de las dos obras, la oficial y la otra.
Fue el Ingeniero quien imaginó el cuartito que se está construyendo
al fondo del galpón. Tuvo la idea de levantar una segunda pared delante
de la pared del fondo, perfectamente paralela, a dos metros apenas de
distancia, tal vez menos. Ahora que las obras están bien avanzadas,
sobre el ala derecha de la segunda pared se puede ver una puerta gruesa
del mismo material pero montada sobre una estructura metálica.
El Ingeniero tiene en verdad mucho talento. Me dice, orgulloso de su
obra que ya está casi acabada, que este embute suyo es uno de los más
complejos que hayan sido construidos jamás.
Gracias a un mecanismo electrónico, la gruesa puerta de cemento
que permite acceder a la imprenta clandestina podrá abrirse o cerrarse.
—¿Cómo, un mecanismo electrónico?
—Sí, ¿ves? Allá arriba hay dos cables de electricidad que van a
quedar a la vista como ocurre muchas veces en las obras en
construcción cuando no se pudieron terminar del todo. Solo que en este
caso no será por desprolijidad… Ya está casi listo. Mirá, vamos a probar
si funciona bien…
Entonces ante mis ojos hace algo que apenas puedo creer. Con la
ayuda de otros dos cables salidos de una especie de cajita establece un
contacto y logra que se desplace con una rapidez insólita la enorme
puerta de cemento que está ante nosotros: el espacio reservado a la
imprenta desaparece de pronto detrás de una pared tan pareja que
nadie podría sospechar que existe una abertura. La estructura metálica
sobre la que está montada la puerta también se vuelve invisible: al
cerrarse, la misma puerta la oculta por completo.
Pego un grito de admiración porque el dispositivo es realmente
asombroso. El Ingeniero, visiblemente satisfecho de sí mismo, empieza a
comentar su obra. Una vez cerrada, la puerta prolonga perfectamente la
pared, nadie podría sospechar que existe. Si necesitamos esconder lo
que se instaló en el embute, tenemos que proceder de ese modo. Bastará
con tomar el burdo aparato de control remoto que va a estar siempre en
un rincón, a la vista de todos, como si se encontrara ahí por
casualidad…
Esto último, de una astucia inimaginable, es sin duda lo que a él más
lo enorgullece. Un dispositivo técnico complejo, protegido por supuestas
muestras de descuido y de torpeza, pero en realidad bajo el más
perfecto control.
—El dispositivo de apertura del embute está mejor protegido así,
precisamente porque los medios para ponerlo en funcionamiento
quedan a la vista de cualquiera. ¿Genial, no? Se me ocurrió mientras
leía un cuento de Edgar Allan Poe: nada esconde mejor que la excesiva
evidencia. Excessively obvious. Si yo hubiera escondido toda esta
mecánica, ahora no estaría tan perfectamente a salvo. El cablerío
grosero que mandé dejar a la vista es el mejor camuflaje. Esa apariencia
desprolija, esa manera de exhibir, con toda simplicidad…, todo eso es
puro cálculo y es precisamente lo que nos protege. Los conejos también
van a protegernos, cuando lleguen…
—¿Es bueno ese Edgar Allan Poe, entonces?
—Un maestro, esa es la palabra. «El escarabajo de oro» «Ligeia», «La
caída de la casa Usher»… Ya vas a leerlo todo cuando seas grande…
—¿Y por qué cuando sea grande? ¿No puedo leerlo ahora?
—Podés intentar leerlo ahora, claro, pero tiene tantas sutilezas que
desentrañar —dice el Ingeniero, antes de entrar en el embute para
verificar las conexiones dentro de la pieza secreta.
Su voz llega hasta mí, ahora notablemente asordinada.
—Mi cuento preferido es «La carta robada».
Cada vez que veo llegar al Ingeniero salgo corriendo hacia el galpón.
El Obrero, claro, está todo el tiempo porque también tiene que ocuparse
de las instalaciones para los conejos. Pero el Ingeniero viene cada vez
menos.
—Ahora todo funciona a la perfección. Muy pronto, ya no me verás
más.
Mientras pone de nuevo a prueba el dispositivo de apertura y cierre
del embute se vuelve hacia mí y pronuncia estas palabras con una gran
sonrisa que le ilumina el rostro.
Nunca había notado lo hermoso que es. Su pelo es muy oscuro, casi
negro, pero tiene la piel muy clara, blanquísima. En cuanto a sus ojos,
no sabría definir exactamente el color. ¿Gris azulado, gris verdoso? Es
que el color de sus ojos cambia según el tiempo, según la luz pero
también, me parece, según su intención, en función del brillo que él
mismo quiera darles: a veces su mirada se cierra y la cubre una especie
de velo opaco que le da unos reflejos negros. El Ingeniero debe de tener
la misma edad que papá pero es mucho más alto y esbelto. Me siento
tan pequeña junto a él…
Pegada a la falsa pared del fondo, me pongo a jugar con una de mis
trenzas, que enrosco una y otra vez en torno a mi dedo índice, la cabeza
ligeramente inclinada hacia un lado.
—Ah, qué lástima… Porque lo que hiciste es genial… Podrías hacer
otro embute, ¿no? Más chiquito, a lo mejor, en otro lado, allá en la
casa… No sé… En el living o en mi habitación, por ejemplo.
El Ingeniero se vuelve de nuevo hacia mí antes de estallar en una
carcajada.
—¡No! Mi trabajo acá ya se terminó. Tengo cosas que hacer, en otra
parte.
Me siento realmente ridícula por haberle pedido eso. Creo, incluso,
que al escuchar su carcajada me puse colorada. Pongo mis brazos detrás
de la espalda y aprieto fuerte los puños mientras voy a refugiarme en mi
cuarto, falsamente indiferente, profundamente herida.
Al lado de mi cama hay una pequeña cómoda donde guardamos
todas nuestras cosas, mamá y yo.
Perturbada por la escena con el Ingeniero, finjo poner orden
mientras espero olvidar hasta qué punto me puse en ridículo con mis
ideas. Quise jugar a la adulta, a la militante, al ama de casa, pero ya sé
que soy pequeña, muy pequeña, increíblemente pequeña incluso, y que
si el Ingeniero parece interesarse en nuestras conversaciones es solo
porque siempre estoy ahí dando vueltas y sobre todo para que no me
ofenda.
Revuelvo y revuelvo los cajones, saco mi ropa y vuelvo a
acomodarla de manera diferente: me doy trabajo, esperando que se me
pase.
Detrás de un suéter, encuentro algo duro. Ah, es la vieja cámara
fotográfica que mi tía Silvia me regaló la última vez que la vi. Acababa
de comprarse otra, mucho mejor. Tomá, me dijo. Para vos. No será
nada extraordinario, pero para sacar tus primeras fotos puede andar
muy bien…
Me había olvidado por completo que estaba ahí.
¿Qué se podría fotografiar en este cuarto?
Hay dos camitas de hierro y una repisa donde instalé dos ranas de
tela, unas ranas muy blandas porque están rellenas de arena. Son verdes
por arriba, pero mi abuela, que las hizo para mí, tuvo el cuidado de
cubrir su panza de un bonito género floreado. Así, me dijo, parece que
estuvieran descansando encima de un camalote…
A través de la lente de la cámara me cuesta reconocerlas: como son
tan blandas forman, sobre la repisa justo encima de mi cama, dos
montículos verdosos e informes. No llego siquiera a distinguir su panza
floreada.
Y es que, en el objetivo de mi cámara fotográfica, nuestro pequeño
cuarto parece aún más oscuro de lo que es en realidad. En la penumbra
debo reconocer que mis dos ranitas no parecen nada.
Me vuelvo entonces a mirar por la ventana.
Al otro lado del patio, en la pared de enfrente, veo con nitidez
sorprendente algunas manchas de humedad e incluso una grieta finita
pero profunda que raja la pared por el medio. Doy unos pasos más hacia
la ventana porque con la cámara, aparentemente, se ve mucho mejor lo
que se encuentra afuera.
Es entonces cuando oigo los pasos del Ingeniero que vuelve del
fondo de la casa y se dirige a la cocina. Tendría que pasar muy pronto
frente a la ventana de mi cuarto.
Estoy contenta de tener la cámara: a través de mi lente voy a poder
mirarlo sin tener los ojos fijos en él, como una idiota. Detrás de la
cámara me siento protegida. Cómo quisiera que él me mirase también y
que me viera de un modo diferente, con mi aparato de adultos.
Ya lo veo aparecer en el diafragma pero él no parece haberse dado
cuenta de que estoy ahí.
Justo en el momento en que el Ingeniero está a punto de abandonar
el patio, antes de desaparecer por la cocina, hago un ruido ínfimo,
¡clic!, para llamar su atención, mientras le dedico, bajo la caja negra
pegada contra mi cara, una enorme sonrisa.
En vez de entrar en la cocina irrumpe en mi habitación, furioso, y
me arranca la cámara de las manos.
—¡Pero te volviste loca! ¿Qué estás haciendo, me querés decir?
Con rabia, abre la tapa de la cámara y se da cuenta de que está
vacía. Después la arroja en mi cama y me agarra del brazo, me aprieta
muy fuerte y me sacude.
—¿Cuál es la gracia, eh? ¡No tiene nada de gracioso! ¡Sabés
perfectamente que acá no se pueden sacar fotos! ¿Qué te creés que es
esto? ¿Una colonia de vacaciones?
—Pero si no tengo rollo, estaba jugando, nomás…
El Ingeniero se recompone un poco, pero agrega, todavía agitado y
jadeante:
—¡No jugués más a eso! ¿Me entendiste?
Yo bajo la cabeza y me pongo a llorar. Lo más despacio posible.
Hubiese querido que no viera mis lágrimas pero ya no consigo contener
un sollozo, estrangulado pero perfectamente perceptible. Cuanto más
intento reprimir las lágrimas, más intensamente se sacude mi cuerpo.
Él vacila un instante, como si fuera a salir, pero de repente parece
cambiar de idea. Ahora se esfuerza por hablar con una voz mucho más
suave. Pero es una voz demasiado brutal y artificialmente enternecida
como para que pueda calmarme.
—Disculpame, dale. Estamos todos muy nerviosos, ¿entendés?
Me da una palmadita en la mollera, apenas la punta de los dedos,
mientras yo sigo inmóvil, con la cabeza baja y las trenzas colgando.
Esas palmadas timoratas a modo de consuelo coronan mi
humillación.
Núcleos narrativos
1 La construcción del “embute” como obra clandestina central en la casa.
2 La llegada del Obrero y el Ingeniero bajo estrictas medidas de ocultamiento.
3 La doble vida de Cacho y Diana como fachada de normalidad.
4 La función de César como único enlace que conoce la dirección.
5 La estrategia de encubrimiento mediante la supuesta cría de conejos.
6 El avance simultáneo de la obra visible y la obra secreta.
7 La explicación técnica del embute y su sofisticado mecanismo oculto.
8 La idea del camuflaje basada en la “excesiva evidencia”.
9 La relación entre la narradora y el Ingeniero, marcada por admiración.
10 El deseo de la niña de participar o ser tomada en serio como adulta.
11 La frustración y vergüenza tras la burla del Ingeniero.
12 El descubrimiento de la cámara fotográfica y el juego con la mirada.
13 El intento de llamar la atención del Ingeniero mediante la cámara.
14 La reacción violenta del Ingeniero ante la supuesta toma de fotos.
15 La humillación final de la narradora frente al reto y la falsa disculpa.
Preguntas
1 ¿Qué función cumple el “embute” dentro de la organización clandestina?
2 ¿Cómo se construye la apariencia de normalidad en la casa?
3 ¿Qué importancia tiene el mecanismo ideado por el Ingeniero?
4 ¿Cómo se manifiesta el conflicto interno de la narradora en relación con el Ingeniero?
5 ¿Qué significado tiene la escena final con la cámara fotográfica?
Respuestas
1 El “embute” cumple una función central como espacio clandestino destinado a ocultar la imprenta de la organización. No se trata solo de un escondite físico, sino de un elemento clave para la resistencia política, ya que permite producir material sin ser detectados. Su construcción implica planificación, secreto y riesgo, lo que lo convierte en el corazón oculto de la casa.
2 La apariencia de normalidad se construye cuidadosamente a través de múltiples estrategias: la fachada de una familia común, el trabajo formal de Cacho, el embarazo de Diana y el proyecto visible de criar conejos. Todo esto crea una imagen creíble hacia el exterior, que oculta la verdadera actividad clandestina que se desarrolla en el interior.
3 El mecanismo ideado por el Ingeniero es fundamental porque garantiza el ocultamiento perfecto del embute. Su sofisticación no radica solo en la tecnología, sino en la lógica del camuflaje: hacer visible lo que debería ocultarse. Esta inversión del sentido común —mostrar para esconder— es lo que asegura la eficacia del dispositivo y evita sospechas.
4 El conflicto interno de la narradora se manifiesta en su deseo de ser reconocida como adulta frente al Ingeniero. Lo admira profundamente, tanto por su inteligencia como por su presencia, y busca su aprobación. Sin embargo, su condición de niña la expone constantemente al ridículo y a la incomprensión, generando vergüenza, frustración y una fuerte conciencia de su propia pequeñez.
5 La escena final con la cámara simboliza el choque entre la inocencia infantil y la gravedad del mundo clandestino. Para la niña, la cámara es un juego, una forma de mirar y de acercarse al Ingeniero. Pero para él representa un peligro real. La reacción desproporcionada evidencia la tensión constante en ese contexto, y la humillación de la narradora marca un quiebre emocional donde comprende, de manera dolorosa, los límites de su lugar en ese mundo.
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