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Cuando pienso en esos meses que compartimos con Cacho y Diana,
lo primero que viene a mi memoria es la palabra «embute». Ese término
tan familiar para todos nosotros durante aquel período carece, sin
embargo, de existencia lingüística reconocida.
Desde el mismo instante en que empecé a hurgar en mis recuerdos
—solo en mi mente al principio, tratando de encontrar una cronología
todavía confusa, poniendo en palabras las imágenes, los momentos y los
retazos de conversación que me habían quedado—, lo primero que
busqué fue esa palabra. Ese término tantas veces utilizado y escuchado,
tan indisolublemente ligado a esos fragmentos de infancia argentina que
me esforzaba por reencontrar y restituir, nunca lo había encontrado en
otro contexto.
Primero busqué en los diccionarios con que contaba en casa: ni un
rastro de «embute». Durante varios meses, consulté a cuanto
hispanohablante se cruzaba en mi camino: ninguno de ellos conocía la
palabra.
Alguien, sin embargo, me había indicado que se podía acudir a las
autoridades de la Real Academia Española, desde poco tiempo atrás, por
correo electrónico sobre cualquier tipo de preocupación lingüística.
Sobre cualquier cuestión imaginable, la Real Academia responde,
pasados algunos días, una o dos semanas a lo más, a todas las dudas. Me
subyugaba la idea de consultar una institución tan prestigiosa para
contar, al fin, con una respuesta esclarecedora.
Quería saber si la palabra había quedado asentada en algún tipo de
registro, ya fuera como americanismo o neologismo, y qué entendía por
«embute» un experto del castellano. A lo cual me respondieron que en
tal forma la palabra no podía designar sino «la tercera persona del
singular en presente del indicativo del verbo embutir». Ahora bien, en la
lengua que se manejaba en esa época dentro de la organización de los
Montoneros, «embute» se empleaba claramente como sustantivo.
El único término que tiene una existencia reconocida en castellano,
al menos en la lengua de los diccionarios y de los lingüistas, es por lo
tanto el verbo «embutir», que significa literalmente «hacer salchichas».
El verbo puede también tener otros significados: «rellenar», «meter
dentro», o incluso «abollar», como el término francés emboutir. Sea
como sea, lo que el verbo designa, en primer lugar, es el acto de
fabricar «embutidos».
Se podría pensar entonces que el término «embute» designa la carne
que se encuentra dentro de las salchichas (aquello con que se las
rellena), o bien la envoltura (aquello que es rellenado). Ahora bien, en
mi memoria no se trata para nada de eso. La palabra «embute», tal
como se la empleaba, no tenía nada que ver con el arte de la carnicería.
Seguí entonces investigando, sin el auxilio ya de los especialistas,
buscando en internet la aparición de la palabra en todas las páginas en
castellano a las que se puede acceder en la red.
En dos oportunidades, la palabra aparece usada en el sentido de
«embuste», término que corresponde al francés tromperie. Pero, en
ambas ocasiones, «embute» es evidentemente un error de tipeo.
Los mexicanos, por su lado, suelen emplear la forma «embute» como
sustantivo, pero solo en el habla familiar y en un sentido claramente
sexual. Fue así como, durante esas búsquedas en la red, encontré el
término en un foro cuyos participantes, todos ocultos bajo seudónimos,
intercambiaban dudas sobre cuestiones sexuales más bien técnicas y
detallistas. En ocasión de un debate sobre el tema «beso negro: ¿qué
es?», una de las personas que participaba desde pocas semanas atrás en
un blog erótico mexicano bajo el seudónimo de Tancredo escribió: «La
palabreja embute también es muy empleada por Don Nadie».
Desgraciadamente, ya no se podía acceder al testimonio de ese
Monsieur Personne. En cuanto a Tancredo, no daba más precisiones.
Veo, sí, que otros argentinos usan el término en internet, en el
sentido que para nosotros tenía en esa época, pero siempre aparece en
el contexto de testimonios sobre la represión en Argentina de los años
setenta y, por lo general, entrecomillado.
«Embute» parece pertenecer a una especie de jerga propia de los
movimientos revolucionarios argentinos de aquellos años, más bien
anticuada ya y visiblemente desaparecida.
Núcleos narrativos
1 La evocación de la palabra «embute» como eje central del recuerdo de la infancia en clandestinidad.
2 La constatación de que el término no posee reconocimiento lingüístico formal.
3 El inicio de una búsqueda en diccionarios personales sin resultados.
4 La consulta a hablantes del español que tampoco reconocen la palabra.
5 La decisión de acudir a la Real Academia Española como autoridad lingüística.
6 La respuesta de la RAE que limita «embute» a una forma verbal de «embutir».
7 El análisis de los significados del verbo «embutir» y sus posibles derivaciones.
8 El rechazo de esos significados por no coincidir con el uso vivido del término.
9 La investigación en internet en busca de registros del término.
10 La aparición de usos erróneos como deformación de «embuste».
11 El hallazgo de un uso coloquial mexicano con connotación sexual.
12 La identificación del término en testimonios argentinos vinculados a la represión.
13 La conclusión de que «embute» pertenece a una jerga específica de los movimientos revolucionarios.
Preguntas
1 ¿Por qué la palabra «embute» resulta tan significativa para la narradora?
2 ¿Qué revela la búsqueda en diccionarios y entre hablantes sobre el término?
3 ¿Qué importancia tiene la consulta a la Real Academia Española en el relato?
4 ¿Por qué la narradora descarta los significados tradicionales del verbo «embutir»?
5 ¿A qué conclusión llega la narradora sobre el origen y uso de la palabra «embute»?
Respuestas
1 La palabra «embute» resulta significativa porque actúa como una llave de acceso a la memoria. No es solo un término, sino un condensador de experiencias, emociones y situaciones vividas durante la infancia en un contexto de clandestinidad. Su repetición en aquel período la vuelve inseparable de esos recuerdos, al punto de que intentar reconstruir el pasado implica necesariamente intentar comprender esa palabra.
2 La búsqueda en diccionarios y entre hablantes revela una desconexión entre la lengua oficial y la lengua vivida. «Embute» no aparece registrada ni reconocida, lo que pone en evidencia que existen usos del lenguaje que quedan fuera de los circuitos formales. También muestra el aislamiento de ese grupo social, cuya jerga no trascendió al resto de la comunidad lingüística.
3 La consulta a la Real Academia Española introduce la autoridad institucional del lenguaje, pero también marca sus límites. La respuesta es correcta desde el punto de vista normativo, pero insuficiente para explicar el uso real del término. Esto refuerza la idea de que la lengua no se agota en las definiciones académicas y que hay significados que solo existen en contextos históricos y sociales específicos.
4 La narradora descarta los significados tradicionales porque no se ajustan a su experiencia concreta. Aunque «embutir» implica introducir o rellenar, el sentido que tenía «embute» en su infancia no estaba relacionado con objetos ni con alimentos, sino con una realidad política y clandestina. Esto muestra cómo las palabras pueden adquirir significados completamente nuevos según el contexto.
5 La narradora concluye que «embute» pertenece a una jerga propia de los movimientos revolucionarios argentinos de los años setenta. Su uso está ligado a un momento histórico específico y a una comunidad particular, lo que explica por qué no aparece en registros formales y por qué su significado se pierde fuera de ese contexto. Es, en definitiva, una palabra que sobrevive solo en la memoria de quienes la vivieron.
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