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Mamá y yo nos presentamos en una nueva casa donde conocemos a
una pareja joven: sus nombres son Daniel y Diana pero los llaman
Cacho y Didí.
Diana está embarazada, pero casi ni se nota. Tiene el pelo largo,
claro y ondulado, y grandes ojos verdes, muy luminosos y dulces. Es
hermosísima e increíblemente sonriente.
Siento de inmediato que su sonrisa me hace bien. Me da tanta paz
como mi bautismo en el fuentón de metal. Tal vez más. Puedo ver, sin
embargo, que esa sonrisa pertenece al pasado, a algo que sé perdido
para siempre. Pero cómo me conforta ver que pudo sobrevivir para
instalarse justo ahí, en ese rostro.
Mamá me dice que muy pronto vamos a vivir con Cacho y Didí en
otra casa, lejos del centro de la ciudad. Los dos me sonríen —veo sobre
todo la cara de Diana, porque está como iluminada— y me preguntan
qué pienso, si me gusta la idea. Yo digo que sí, haciendo grandes
esfuerzos por sonreír a mi vez, sabiendo que, de todas maneras,
cualquier sonrisa mía ha de parecer ridícula junto a la sonrisa de Diana,
ese pelo, esos ojos.
Mientras esperamos la orden de mudarnos a la casa nueva, vivimos
en la de otra pareja que tiene dos hijos, dos varones, más o menos de mi
edad.
Yo juego un poco con ellos a juegos a los que no estoy nada
acostumbrada. Entre nosotros nunca hablamos de lo que está pasando,
ni de la clandestinidad —¿se la habrán explicado a ellos como me la
explicaron a mí?—, ni de la guerra en la que estamos metidos, aunque
la ciudad esté llena de gente que no participa de ella y que en ciertos
casos, incluso, parece ignorar que existe. Si solo aparentan ignorarlo,
bueno, lo consiguen sorprendentemente bien.
No hablamos del miedo, tampoco.
No hacen ninguna pregunta, no quieren saber qué estoy haciendo en
su casa, sola con mi mamá, ni siquiera cuánto tiempo vamos a
quedarnos. Es un alivio increíble que ninguna de esas preguntas surja,
que ellos tengan la delicadeza de evitármelas.
Entonces tomo un autito rojo que hago rodar sobre la mesa
imitando, alternativamente, el ruido de un motor forzado a tope y el
que hace el viento al rozar la carrocería. En verdad imito al menor de
los dos chicos que hace exactamente lo mismo que yo pero acostado en
el piso, boca arriba, haciendo rodar el autito por la parte de abajo de la
mesa como si el conductor pequeñísimo que hay dentro del juguete
hubiera conseguido transgredir las leyes de la gravedad. No entiendo
muy bien el interés del juego pero trato de demostrar la mejor voluntad
y tanta aplicación como puedo.
El mayor desplaza por el borde de la mesa, en la otra punta, la
chatarra de un autito verde que perdió la puerta y cuyo techo está en
parte aplastado, alternando también ruidos de motor, soplos de viento y
algún chirrido de frenos; llegado al fin de la ruta que se eligió, vuelve a
emprenderla desde el comienzo, mientras, con su hermano, hacemos lo
mismo. Jugamos así durante un buen rato, a la vez juntos y por
separado. El hermano menor y yo, alternativamente, respondemos al
tronar de motores del mayor con el estruendo de una tormenta que cada
uno de nuestros vehículos debe atravesar en un esfuerzo gigantesco.
De pronto el hermano menor nos sobresalta con un estridente
bocinazo.
Hoy tiene que haber una reunión. Como siempre, se hará en una
casa nueva. El hombre que nos hospeda nos llevará hasta allí en auto, a
mamá y a mí.
Nos instalamos en el asiento trasero. Otro hombre joven y muy
hermoso se sienta delante, al lado del conductor. Doblamos en una
esquina, a la derecha; luego, inmediatamente, en otra. Cuando llegamos
a una plaza llena de flores giramos varias veces alrededor, dos, quizá
tres veces, como si reprodujéramos sobre el asfalto los movimientos de
la calesita que a toda velocidad gira en su centro, pero en sentido
contrario. Reconozco la plaza donde esperamos con mi abuelo, hace
solo unos días, la llegada de mamá, y la juguetería en la que elegí mi
muñeca del reencuentro. En la vidriera del negocio veo una muñeca
muy parecida a la mía en la cara y en el pelo, pero vestida de un modo
diferente, un poco más grande o más linda también, me parece.
—¡Mirá! Tenían más muñecas pero esa es distinta. ¡Tiene más pelo y
es más brillante!
Mamá no contesta. Volvemos a pasar delante de mi muñeca, la
misma pero distinta.
—¡Mirá! Tenían más como la mía pero esa es diferente. ¡Tiene los
labios más rojos, además!
Mi madre sigue sin contestar. Es el hombre que maneja el que
reacciona cortante, muy disgustado:
—¿Pero te podés callar? ¡Callate, che!
Esa fue la única vez que el hombre me dirigió la palabra.
Herida por sus gritos y el silencio persistente de mamá, me vuelvo
entonces hacia ella y descubro que tiene los ojos cerrados. El hombre le
dice entonces:
—Lo lamento, pero tengo que empezar todo desde el principio.
Explicale vos a la nena… ¡y que se calle, carajo!
Entonces mamá me explica:
—Tengo que cerrar los ojos para no ver adónde vamos y él da
vueltas para que yo ya no sepa dónde estamos. ¿Entendés? Por
seguridad.
Entiendo.
Pero yo lo veo todo… Que mamá cierre los ojos, ¿me protege a mí
también? Me guardo las preguntas y no abro más la boca. De todas
maneras, ya no volvimos a pasar delante de la muñeca, la misma que la
mía pero mejor.
Por fin nos mudamos a la casa de Cacho y Didí.
Mejor dicho, nos reunimos con ellos en una casita a la que llegaron
apenas unos días antes, prueba de que es ante todo su casa aunque
también sea un poco la nuestra.
Al frente de la casa hay una verja verde, oxidada por partes, que
separa un patiecito ínfimo de una vereda que apenas si merece el
nombre, llena como está de piedras, arena, baldosas y montículos de
tierra entre los que se forman enormes charcos de agua cuando llueve,
es decir, muy seguido en este fin de verano. La calle no está asfaltada,
lo que es frecuente en las afueras de la ciudad. Para evitar que el viento
levante demasiado polvo si el tiempo es seco, los vecinos salen a echar
baldazos de agua en la porción de calle que queda justo delante de su
puerta para fijar la tierra al suelo. Lo ideal es que llueva, pero no
demasiado porque entonces la calle se vuelve intransitable, tanto para
los automóviles como para las personas y los caballos que pasan,
numerosos todavía, en esta zona de La Plata. El barrio entero se hunde
entonces en el lodo.
Después de pasar la puerta, se accede a un pasillo. A la derecha, el
cuarto de Cacho y Didí se abre a este corredor. A la izquierda, una
puerta permite acceder a un garaje. Son los dos únicos espacios que dan
a la calle. Al final del pasillo hay una cocina relativamente grande que
sirve también de sala y comedor diario. Pasando esta habitación casi
para todo uso, el corredor termina en otra puerta que da al patio del
fondo. Abriéndose también directamente sobre el patio, a la derecha,
hay un baño sin ventanas y bastante vetusto. Frente a la puerta de la
cocina, otra puerta se abre sobre una habitación minúscula en la que
dormimos mamá y yo. Los espacios son muy pequeños pero la casa no
acaba ahí.
Al fondo del patio y detrás de la pieza que mamá y yo compartimos
se encuentra un cobertizo rudimentario, una especie de galpón
destartalado que, contrariamente a lo que pensaría cualquier extraño al
grupo, es el verdadero corazón de la casa. Fue por la existencia de este
espacio en pésimo estado, apenas cubierto con algunas chapas de zinc
acanaladas, que la conducción de los Montoneros eligió la casa para que
viviéramos en ella.
Núcleos narrativos (numerados)
-
La presentación de Cacho y Didí y el primer contacto con ellos
-
La figura de Diana y el impacto emocional de su sonrisa
-
La promesa de una futura convivencia en una nueva casa
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La estadía transitoria en la casa de otra familia con dos niños
-
El juego con los chicos y la ausencia total de preguntas o explicaciones
-
El silencio compartido sobre la clandestinidad, la guerra y el miedo
-
La escena lúdica con los autitos como forma de interacción
-
El anuncio de una reunión y el traslado en auto
-
El recorrido confuso y deliberadamente desorientador por la ciudad
-
El reconocimiento de la plaza y la juguetería del reencuentro
-
La insistencia de la niña con la muñeca y la tensión creciente
-
La reacción violenta del conductor y el silencio de la madre
-
La explicación de las medidas de seguridad (ojos cerrados y vueltas)
-
La toma de conciencia de la niña sobre lo que ella ve y comprende
-
La mudanza a la casa de Cacho y Didí
-
La descripción detallada del barrio periférico y precario
-
La estructura interna de la casa y sus espacios reducidos
-
La revelación del galpón como núcleo central y su función dentro de la organización
Preguntas
-
¿Qué representa la figura de Diana dentro del universo emocional de la niña?
-
¿Qué función cumple el silencio entre los niños respecto de la situación que viven?
-
¿Qué significado tiene la escena del auto y el recorrido desorientador?
-
¿Por qué la reacción del conductor impacta tanto en la narradora?
-
¿Qué importancia tiene la descripción final de la casa y del galpón?
Respuestas
-
Diana representa una especie de refugio emocional para la niña. Su sonrisa, su dulzura y su presencia generan una sensación de paz comparable —o incluso superior— a la experiencia religiosa del bautismo. Sin embargo, esa misma sonrisa es percibida como algo perteneciente al pasado, como un resto de un mundo que ya no existe. Esto le da a su figura una dimensión ambigua: es al mismo tiempo consuelo y evidencia de una pérdida irreparable.
-
El silencio entre los niños funciona como un pacto implícito. Nadie pregunta, nadie explica, nadie menciona la guerra ni la clandestinidad. Este silencio protege a todos: evita incomodidades, peligros y emociones difíciles de manejar. Es una forma de adaptación a un contexto anormal, donde incluso los chicos aprenden a no decir lo que saben o intuyen. La ausencia de palabras se convierte en una forma de cuidado mutuo.
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La escena del auto muestra de manera concreta cómo opera la lógica de la clandestinidad. El recorrido confuso, las vueltas innecesarias y el hecho de que la madre cierre los ojos evidencian un sistema de seguridad basado en la desorientación. La niña, sin embargo, observa todo, lo que introduce una tensión: ella ve y entiende más de lo que los adultos quisieran. La escena también conecta con momentos anteriores (la plaza, la muñeca), reforzando la continuidad emocional del relato.
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La reacción del conductor impacta porque rompe el clima contenido y silencioso que dominaba la situación. Es una irrupción brusca de violencia verbal dirigida directamente a la niña, que hasta ese momento solo había expresado entusiasmo infantil. Además, el silencio de la madre refuerza el golpe: no hay contención inmediata. La niña queda expuesta, herida y obligada a replegarse, comprendiendo que incluso hablar puede ser peligroso.
-
La descripción de la casa y del galpón es clave porque revela la verdadera función del espacio. No es simplemente un hogar, sino un lugar estratégico dentro de la organización. El contraste entre la precariedad visible y la importancia oculta del galpón refuerza la idea de clandestinidad: lo esencial está oculto, disfrazado de ruina o insignificancia. Para la niña, este espacio se convierte en el nuevo centro de su vida, aunque cargado de un sentido que apenas comienza a comprender.
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