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No sé muy bien en dónde estamos, menos aún adónde nos dirigimos.
La plaza y su calesita ya están muy atrás. Mi mamá de pelo rojo avanza
a paso firme, sin decirme palabra. Entre la muñeca y ella sigo el compás
sin atreverme a romper el silencio.
Llegamos a un sector de la ciudad que no conozco, de casas bajas y
calles desiertas. En una esquina que se parece a todas las demás,
pasamos por una puerta por la que se accede a un largo pasillo que
desemboca en una especie de patio arbolado donde unas casitas
modernas, todas de una planta, están adosadas unas a otras, reiterando
cinco o seis veces la misma puerta de un azul muy claro, el mismo
arbusto escuálido que parece plantado allí contra su voluntad y, sobre
todo, sin intenciones de vivir mucho tiempo. Ya es de noche.
Una mujer que nunca he visto nos abre, nos hace pasar y cierra de
inmediato la puerta, en silencio. Aparentemente nos estaba esperando, a
mamá y a mí; nos abraza como si nos conociera desde siempre y parece
feliz de que hayamos llegado. ¿Puede ser que yo la haya visto antes?
¿Puede ser que ella también haya cambiado de cabeza, como mamá,
antes morocha y de pelo largo, hoy pelirroja y de pelo corto?
En la casa, todo está en silencio. Las paredes blancas están
completamente desnudas. Los postigos, cerrados. En toda la casa no hay
al parecer otra iluminación que la que prestan una bombilla colgada del
techo de la cocina y una pequeña lámpara de escritorio apoyada en el
suelo de la pieza contigua, sobre un piso de cemento que parece esperar
un revestimiento más acogedor, un revestimiento que probablemente
nunca va a llegar. La señora nos muestra con rapidez el cuarto,
sumergido por entero en la penumbra, excepto por el pequeño círculo
de luz que proyecta en el suelo la pantalla metálica, una fuente de luz
desproporcionadamente pequeña en esa habitación tan grande para el
mobiliario casi inexistente, si es que se puede considerar muebles unos
viejos cajones de fruta transformados en biblioteca y dos colchones
tendidos en el suelo. Hay muchísimos libros, por todas partes incluso,
revistas y papeles torpemente apilados en columnas inestables que uno
imagina derrumbándose al menor roce. Volvemos a la cocina, donde
mamá y la señora se apoyan contra la pared para charlar.
La mujer empieza a hablar de Dios, y mamá a escucharla con
atención profunda. En cuanto a mí, estoy casi segura de que esta es una
de las primeras veces en que escucho hablar de Dios como si
verdaderamente existiera, como si se tratara de alguien real, alguien
con quien uno puede contar —yo había visto, sí, a mi bisabuela rezar en
voz alta el rosario, cotidiana y automáticamente, moviendo apenas los
labios, con los ojos cerrados. Iba deslizando entre sus dedos, una tras
una, las cuentas del rosario, repitiendo oraciones de las que solo se oían
palabras aisladas, pero que se encadenaban sin interrupción alguna. Ese
gesto siempre había pertenecido para mí a una especie de folklore
familiar.
La señora convence a mamá de que es urgente bautizarme.
Yo no sabía que no lo estaba.
A decir verdad, jamás me lo había preguntado.
Escucho todo con asombro pero me tranquiliza saber que uno puede
contar con Dios y que basta con hacer una señal para que Él se ocupe de
quienes lo necesitan.
Mamá y la mujer se vuelven a mirarme y me hablan de los primeros
cristianos. Las dos se dirigen directamente a mí antes de trenzarse de
nuevo a hablar entre ellas con un entusiasmo tal que parecen olvidar mi
presencia. La señora dice que Dios no se encuentra solamente en las
iglesias. Cree que uno podría preguntarse incluso si Él está todavía en
las iglesias, si con todo lo que está pasando, Él allí puede sentirse aún
en Su casa. Esa idea las hace reír mucho, parecen considerarla una
broma excelente. Yo río también ante la idea de un Dios sin hogar,
errante, un poco como nosotras ahora. Las miro de a una por vez,
tratando de reír muy fuerte, tan fuerte como puedo, ansiosa de que
recuerden que estoy ahí y de hacerles entender que yo también entendí
el chiste.
Al menos, creo haberlo entendido.
En todo caso, parece ser que Dios es un ser muy accesible, basta con
hacerle una señal y con creer en Él. A eso se le llama esperanza o fe.
Pero la palabra «esperanza» tiene, me parece, la virtud de ser más
clara.
Nosotras, esta noche, invocaremos a Dios sin necesidad de un
sacerdote. Un poco de agua, algunas oraciones y yo también podré
formar parte de la cristiandad.
Como en los tiempos de los primeros cristianos justamente, cuando
Dios y Cristo estaban con los débiles que se escondían como nosotros,
explica la señora. Tengo la impresión de entender mejor y me siento
increíblemente cerca de esos hombres y mujeres que nos precedieron
hace tanto tiempo. ¿De modo que hoy Dios vela por nosotros como veló
por ellos antes?
De golpe, yo también siento que esto es una cuestión urgente.
Quiero estar bajo la protección de Dios lo más pronto posible. No
entiendo cómo he podido vivir sin Él durante todo este tiempo. Y sin
saber siquiera que lo necesitaba.
Me desvisto en la cocina y me hundo en un fuentón metálico como
aquel en el que mi abuela lava la ropa delicada. O a veces los
repasadores, cuando están muy engrasados.
La amiga de mamá reza con voz apenas audible, al tiempo que
derrama agua sobre mi cabeza. A sus oraciones sigue un largo silencio
—imagino que ella espera una señal, su respuesta—. Luego toma las
manos de mamá y forman juntas un pequeño círculo alrededor de mí,
como quien juega a la ronda, solo que ellas permanecen inmóviles y
silenciosas.
La espera me resulta larga, interminable.
Se está tomando mucho tiempo para responder.
En la pequeña cocina de la casa vacía, seguimos esperando.
¿Y si Él no se manifestara? ¿Y si no quisiera saber nada conmigo? ¿Y
si hubiese cometido un error riéndome al imaginarlo errante? ¿Y si ese
largo errar hubiese terminado por dejarlo exhausto para alejarlo
definitivamente de nosotras y de todos los hombres?
No me atrevo a hacer un solo movimiento.
Por fin, la señora abre los ojos. Como si alguien le hubiera dado la
autorización, como obedeciendo a una señal que no llega hasta mí pero
de cuya existencia no dudo ni quiero dudar, hace la señal de la cruz
sobre mi frente.
Siento una paz extraordinaria. Él ha respondido, entonces. Me
acepta.
Salgo del agua y vuelvo a vestirme sintiéndome ya bastante
cambiada.
Núcleos narrativos (numerados)
-
El desplazamiento en silencio con la madre hacia un lugar desconocido
-
La llegada a un barrio extraño y la entrada a una vivienda oculta
-
El encuentro con una mujer desconocida que parece conocerlas
-
La descripción del espacio: pobreza, precariedad y clandestinidad
-
La conversación entre la madre y la mujer sobre Dios
-
La primera aproximación de la niña a la idea de un Dios real y cercano
-
La decisión de bautizar a la niña de manera urgente
-
La explicación de los primeros cristianos y la identificación con ellos
-
La idea de un Dios “errante” y la risa compartida
-
La internalización de la fe como protección (esperanza)
-
La urgencia de la niña por pertenecer y estar protegida por Dios
-
La preparación del bautismo en condiciones precarias
-
El ritual del bautismo improvisado en la cocina
-
La espera angustiosa de una señal divina
-
Las dudas y temores de la niña sobre ser aceptada por Dios
-
La señal final y la realización del bautismo
-
La sensación de paz y transformación interior
Preguntas
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¿Cómo se construye el clima de clandestinidad en el espacio físico del capítulo?
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¿Qué significado tiene la aparición de la fe en la experiencia de la niña?
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¿Por qué el bautismo se presenta como una urgencia dentro del relato?
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¿Qué función cumplen las dudas de la niña durante la espera de la señal divina?
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¿Cómo se relaciona la situación de los personajes con la de los primeros cristianos?
Respuestas
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El clima de clandestinidad se construye a través de múltiples elementos: el desplazamiento en silencio, el barrio desconocido, la repetición de casas idénticas, la entrada discreta y el cierre inmediato de la puerta. A esto se suma la descripción del interior: paredes desnudas, iluminación mínima, muebles improvisados y papeles apilados. Todo transmite precariedad, ocultamiento y transitoriedad. No es un hogar estable, sino un lugar de paso, pensado para no llamar la atención y para poder abandonarse rápidamente si fuera necesario.
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La aparición de la fe representa un descubrimiento profundo para la niña. Hasta ese momento, Dios era parte de un ritual vacío o “folklórico”, como el rosario de la bisabuela. En cambio, aquí se presenta como una entidad real, cercana y protectora. En un contexto de peligro e incertidumbre, la idea de que alguien superior puede cuidar de ella le brinda una sensación de seguridad. La fe aparece así como una respuesta emocional ante el miedo y la vulnerabilidad.
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El bautismo se presenta como urgente porque está ligado a la necesidad de protección. La situación de peligro en la que viven hace que la madre y su amiga busquen una forma inmediata de resguardo simbólico. No pueden esperar las condiciones normales (una iglesia, un sacerdote), por lo que reproducen el ritual en la clandestinidad. La urgencia también es asumida por la niña, que rápidamente internaliza la idea de que necesita esa protección divina.
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Las dudas de la niña cumplen una función clave porque muestran la intensidad con la que vive la experiencia. No se trata de un acto mecánico: ella espera una respuesta real. Sus pensamientos reflejan miedo al rechazo, culpa por haberse reído y temor a no ser aceptada. Estas dudas humanizan la escena y revelan una conciencia en formación, que oscila entre la fe y la inseguridad. La espera se vuelve así un momento de gran tensión emocional.
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La relación con los primeros cristianos se establece a partir de la idea de persecución y ocultamiento. Así como aquellos se escondían y practicaban su fe en secreto, los personajes viven en clandestinidad y realizan un bautismo fuera de las instituciones oficiales. Esta comparación permite resignificar su situación: no son solo perseguidos, sino parte de una tradición de resistencia y fe. Para la niña, esta identificación resulta poderosa, ya que le da sentido y dignidad a lo que está viviendo.
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