La casa de los conejos, Laura Alcoba (cap 3)

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Hoy mi abuelo y yo tenemos cita con mamá. ¿Cuánto tiempo hace
que no la veo? ¿Dos, tres meses, quizá?
Los dos vamos a su encuentro en una de esas plazas tan lindas de La
Plata, con caminos de lajas blancas y árboles en flor. Aparentemente,
mamá dejó dicho que la esperáramos junto a la calesita.
Mi abuelo me propone dar una vuelta pero no tengo ganas. Sentada
en un banco junto a él, me miro los zapatos y me aferro a su mano
mientras la calesita gira ensordeciéndome con una música festiva,
campanitas ñoñas y sonido chillón.
Es un día soleado, pero tanto sol me molesta, así que entrecierro los
ojos.
Lo que me gusta de fruncir los párpados en estos baños de luz es que
me pongo a percibir las cosas de manera diferente. Me gusta sobre todo
el momento en que el contorno de las cosas se desdibuja y parecen
perder volumen.
Cuando el sol brilla intensamente, como hoy, puedo llegar más
rápido a ese punto en que todo se transforma y me encuentro en medio
de imágenes planas, como pegadas a una lámina de luz. Por la sola
presión de mis párpados, consigo hacer que el mundo retroceda y a
veces, incluso, aplastarlo contra el fondo luminoso. Hasta la música de
fiesta termina por estrellarse contra ese muro enceguecedor.
Cuando lo logro, me esfuerzo por quedarme así tanto tiempo como
sea posible. Pero ese enfoque particular se desajusta enseguida, a veces
tan pronto como se lo alcanza. Hoy, una vez más, la imagen de las cosas
se me resiste. Muy rápidamente, todo vuelve a tomar cuerpo y el libro
de luz en el que me hallaba desaparece.
Sin embargo, lo intento de nuevo porque soy cabeza dura y me
encanta ver cómo las cosas se hacen pedazos por la sola fuerza de mi
mirada. Vuelvo a arrojar lejos todo lo que me rodea para que se haga
trizas, una vez más, contra el telón de fondo. Mi abuelo incluido. Esta
vez, todo se aplasta rápidamente como si ya hubiera podido aprovechar
la breve experiencia adquirida.
Pero también parece que la calesita, los árboles, mi abuelo y hasta
las campanitas tuvieran más resistencia. A pesar de la violencia con que
los he visto estrellarse, ahora vuelven a inflarse más veloces y con más
vigor que antes. Abandono —por el momento— la partida.
Mi abuelo se incorpora. Mamá acaba seguramente de llegar.
Hace tiempo que el decorado ha vuelto prolijamente a su sitio. Los
árboles, la calesita, los chicos. Mamá era lo único que faltaba.
Yo también me pongo de pie y alzo la vista hacia una mujer que al
parecer es la que esperamos —la actitud de mi abuelo parece
confirmarlo— pero a la que me cuesta reconocer.
Mamá ya no se parece en nada a mamá. Es una mujer joven y
flaquísima, de pelo corto y rojo, de un rojo muy vivo que no vi nunca
en ninguna cabeza. Tengo el impulso de retroceder cuando se inclina
para darme un beso.
—Soy yo, mamá… ¿No me reconocés? Será por este color de pelo…
Mi abuelo y mamá intercambian apenas unas palabras.
Creo entender que ella trata de tranquilizarlo.
Pero de repente el sol se pone a brillar con más intensidad aún. Y el
pelo rojo sobre la cabeza de la que vino a buscarme empieza a
relumbrar como el fuego. Qué estruendo, es ensordecedor. Una vez más,
vuelvo a fruncir los párpados, tan fuerte como puedo, mucho más fuerte
que antes. Inútil.
A partir de ahora, lo sé, la luz ya no está de mi lado.
Mi abuelo se va y nosotras partimos en sentido contrario, lejos de la
calesita y de la plaza llena de sol.
Como cada vez que me reencuentro con mamá después de una larga
ausencia, me toca una muñeca de regalo.
Cuando papá y mamá cayeron presos por primera vez (yo debía de
tener unos tres o cuatro años, tal vez un poco más), a su regreso,
recuerdo, me regalaron una sirena rubia de plástico que tenía en sus
brazos a un bebé muy pequeño. Un nene minúsculo que la sirenita rubia
parecía acunar con amor.
Esa otra vez, para que no me angustiara, a mis abuelos se les ocurrió
decirme que papá y mamá se habían ido a Córdoba, por su trabajo,
pero yo había entendido que estaban en la cárcel y que eso no tenía
nada que ver con su trabajo, sino, probablemente, con una temporada
que habían pasado en Cuba mucho tiempo atrás. Por eso, en mi
memoria, esa primera estadía en prisión y mi pequeña sirena plástica
siguen estrechamente asociadas a la ciudad de Córdoba y un poco,
también, a La Habana, aunque en realidad la cárcel estaba mucho más
cerca, hasta es probable que alguien haya comprado mi sirenita de
plástico a la vuelta de la esquina. Sin embargo, cada vez que la miro,
incluso sabiendo perfectamente la verdad, tengo la impresión de que
fueron a buscarla muy, pero que muy lejos, para mí, al Caribe o a algún
lugar semejante. Por eso también, aunque sé que Córdoba no tiene nada
que ver con esta historia, yo la llamo «mi sirenita rubia cordobesa» y es
estrictamente por eso mi muñeca preferida. Sea como sea, en verdad,
cuanto más la miro, más me parece llegada de otro mundo,
completamente diferente a todas las demás.
Esta vez, puedo elegir mi muñeca del reencuentro. Entramos en un
negocio y mamá me dice:
—Dale, elegí. La que más te guste.
Me detengo delante de una muñeca rechoncha y mofletuda,
morocha, de pelo largo y rizado. Mamá paga rápidamente en la caja,
murmura a la vendedora unas palabras apenas inteligibles. La
vendedora parece haber entendido que no vale la pena envolverla y nos
vamos enseguida.
Mamá me lleva agarrada de la mano.
Yo aprieto bien fuerte, en la otra mano, la de la muñeca tan linda
que me acompaña.


Núcleos narrativos (numerados)

  1. La espera del reencuentro con la madre en la plaza junto al abuelo

  2. La escena de la calesita y la sobrecarga sensorial (ruido y luz)

  3. El juego perceptivo de la niña al entrecerrar los ojos

  4. La ilusión de controlar o transformar la realidad mediante la mirada

  5. El fracaso progresivo de ese control perceptivo

  6. La llegada de la madre y la reorganización del “decorado”

  7. La dificultad para reconocer a la madre por su cambio físico

  8. El impacto emocional del nuevo aspecto de la madre (cabello rojo, delgadez)

  9. La sensación de pérdida de control expresada en “la luz ya no está de mi lado”

  10. La separación del abuelo y el inicio del desplazamiento con la madre

  11. El ritual del regalo en los reencuentros

  12. El recuerdo de la primera detención de los padres

  13. La construcción simbólica de la “sirenita rubia cordobesa”

  14. La mezcla entre fantasía infantil y realidad política (Córdoba, Cuba, cárcel)

  15. La elección de una nueva muñeca en el presente

  16. La actitud apurada y tensa de la madre en el negocio

  17. El cierre afectivo: la niña toma la mano de la madre y se aferra a la muñeca


Preguntas

  1. ¿Qué representa el juego visual de la niña con la luz y la deformación del entorno?

  2. ¿Por qué la madre resulta irreconocible para la niña en el momento del reencuentro?

  3. ¿Qué implica simbólicamente la frase “la luz ya no está de mi lado”?

  4. ¿Qué función cumplen las muñecas dentro de la experiencia emocional de la narradora?

  5. ¿Cómo se articulan la infancia y el contexto político en este capítulo?


Respuestas

  1. El juego visual representa un intento de la niña por ejercer control sobre su entorno. Al entrecerrar los ojos, logra alterar la percepción del mundo, transformarlo, hacerlo plano o incluso “destruirlo” simbólicamente. Esto le permite crear una ilusión de dominio frente a una realidad que le resulta incomprensible y amenazante. Es una forma de defensa psíquica: si puede modificar lo que ve, entonces puede soportarlo. Sin embargo, este recurso es inestable y termina fallando, lo que evidencia los límites de su capacidad para procesar lo que ocurre a su alrededor.

  2. La madre resulta irreconocible porque ha cambiado radicalmente su apariencia, probablemente como consecuencia de la clandestinidad. Su delgadez extrema y, sobre todo, el cabello rojo intenso rompen con la imagen previa que la niña tenía de ella. Este cambio no es solo físico, sino simbólico: la madre ya no pertenece al mundo seguro de antes, sino a un ámbito peligroso y desconocido. La dificultad para reconocerla expresa la ruptura del vínculo tal como era vivido anteriormente.

  3. La frase indica una pérdida de poder y de protección. Antes, la luz era el medio a través del cual la niña podía transformar la realidad y sentirse en control. Cuando deja de funcionar, se produce una caída: ya no puede manipular lo que percibe ni defenderse simbólicamente. Es un momento de quiebre en el que la niña se enfrenta a una realidad que no puede modificar, lo que marca un avance forzado hacia una comprensión más dura del mundo.

  4. Las muñecas cumplen una función compensatoria y simbólica. Son regalos que acompañan los reencuentros con la madre, lo que las convierte en objetos cargados de afecto. Pero también funcionan como sustitutos: ante la ausencia prolongada de la madre, la muñeca ocupa un lugar emocional importante. En el caso de la “sirenita rubia cordobesa”, además, se mezcla con la fantasía, permitiéndole a la niña reinterpretar la realidad dolorosa de la cárcel. Las muñecas son, entonces, una forma de sostener el vínculo afectivo en condiciones adversas.

  5. El capítulo articula infancia y política a través de la percepción subjetiva de la niña. La realidad política no aparece explicada directamente, sino filtrada por experiencias concretas: cambios físicos, ausencias, tensiones, silencios. La niña no entiende del todo lo que sucede, pero lo vive intensamente. Su manera de procesarlo es sensorial y simbólica, no racional. De este modo, la política se encarna en lo cotidiano y en lo emocional, mostrando cómo los acontecimientos históricos impactan directamente en la vida íntima.


DICTADO

En este capítulo se presenta el reencuentro entre la narradora y su madre en una plaza, en un contexto atravesado por la clandestinidad y la distancia afectiva. La escena comienza con una espera cargada de tensión junto al abuelo, en un espacio aparentemente cotidiano, pero alterado por una fuerte sobrecarga sensorial. La luz intensa y el ruido de la calesita llevan a la niña a desarrollar un juego perceptivo: entrecerrando los ojos, intenta transformar la realidad, achatarla o incluso destruirla simbólicamente.

Este recurso le permite ejercer una ilusión de control frente a un entorno que le resulta inestable. Sin embargo, ese dominio es frágil y termina fallando. La llegada de la madre marca un quiebre: su aspecto físico ha cambiado de manera radical, lo que provoca en la niña una dificultad para reconocerla. La figura materna aparece así como extraña, desplazada del lugar afectivo conocido.

La frase “la luz ya no está de mi lado” sintetiza este momento de pérdida. La niña ya no puede sostener su mecanismo de defensa y queda expuesta a una realidad que no logra modificar. A partir de allí, el vínculo se reorganiza en torno a pequeños gestos, como el regalo de una muñeca, que funciona como compensación afectiva.

El recuerdo de la “sirenita rubia cordobesa” muestra cómo la memoria infantil mezcla fantasía y realidad política, revelando una comprensión indirecta del contexto. De este modo, la experiencia histórica se inscribe en lo íntimo, a través de percepciones, objetos y emociones.


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