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Todos los días, al salir de clase, voy primero a casa de mis abuelos con Sofía y con Luis, el hermano menor de mamá, que asiste a la misma escuela que yo.
Por el camino de vuelta, se supone que Sofía nos cuida y que eso también forma parte de su «trabajo». Pero mi tío y yo hacemos lo que nos da la gana. Salimos corriendo a toda velocidad o simulamos desandar el camino como si remontáramos el curso del tiempo y fuera de nuevo la hora, no de volver a casa, sino de ir a la escuela. Hagamos lo que hagamos, Sofía parece siempre desbordada. Nos divierte obligarla a correr de esa manera. ¡Paren! ¡Espérenme! Resulta muy graciosa en ese cuerpo de adulto con el que no sabe qué hacer, demasiado grande y gordo para ella, tan torpe y tan perdida.
Una vez en lo de mi abuelo, tomamos la leche mientras escuchamos siempre el mismo casete de Julio Sosa. «El varón del tango», dice la cajita.
Hoy la señora que teje no está en su puesto. ¿Habrá entendido que ya entendimos? A menos que otra persona la haya relevado. Hay tanta gente en la Plaza Moreno, frente a la casa de mi abuela.
Gente que pasea, un hombre que lee el diario en un banco, novios acostados en el césped que se abrazan y se acarician como si tuvieran todo el tiempo del mundo y, por supuesto, muchos chicos.
Lo mismo da: seguimos alertas. Cuando vamos a casa de Carlitos mi abuela y yo —a veces es una de mis tías quien me lleva— ya es de noche. Nos detenemos varias veces por el camino, para ver si alguien nos sigue. No es más que una cuestión de rutina.
Casi siempre soy yo la que se vuelve a mirar hacia atrás. Resulta más natural que un chico se detenga, dé media vuelta y desande sus propios pasos. En un adulto, en cambio, el comportamiento podría resultar sospechoso, signo de una inquietud que podría llamar la atención. Por mi parte, aprendí a disimular estos actos de prudencia bajo la apariencia de un juego. Me adelanto encadenando tres saltitos, luego entrechoco las palmas y me doy vuelta de golpe, saltando con los pies juntos. Entre la casa de mi abuela y la de su hermano Carlitos, tengo tiempo de hacerlo unas diez veces, comprobando de ese modo que nadie nos está siguiendo.
Si algo me resulta sospechoso, se lo digo al adulto que me acompaña. Entonces nos paramos frente a alguna vidriera o fingimos habernos equivocado de camino, tratando de entender de qué se trata.
Hoy las cosas no son como de costumbre. Mi abuela me dice que mamá acaba de llamar por teléfono. Esta noche no iremos a casa de Carlitos. Papá cayó preso. Tengo que quedarme con mis abuelos hasta que mamá nos dé noticias. Ella dijo que volvería a llamar, sí. Pero ¿cuándo?
Al fin fui a ver a papá a la cárcel con mis abuelos paternos.
Un gran patio empedrado. Un día hermosísimo.
Papá estaba vestido de azul, como los demás, y con el pelo cortado casi al rape. Había más presos de su edad cuyos hijos y padres también venían a verlos por primera vez. Todos parecían haber caído hacía muy poco. También nosotros, hoy, hicimos nuestro debut como visitantes.
Antes de dejarnos entrar al patio, una señora alta y muy linda, vestida de trajecito e izada sobre unos tacos altísimos, dijo que nos requisaría a mi abuela y a mí mientras mi abuelo, con el grupo de los hombres, tuvo que seguir a un policía bajito y barrigón, muy morocho y de bigote tupido.
Ocurrió en un cuarto muy pequeño en el que las mujeres que venían de visita iban pasando por turno. Entré en la piecita junto con mi abuela. Al principio, pensé que habíamos tenido suerte de que nos tocara una señora tan elegante —¡mirá, ella usa también rodete!—, aunque me molestó, sí, que me palpara.
Mi abuela tuvo que quedarse un buen rato en bombacha y corpiño. Tiene tetas enormes pero sobre todo fofas y caídas. Parecía molestarla que la mirase. Yo también estaba incómoda, en verdad, sobre todo por lo de las tetas y esas rayitas violáceas y azules que le estrían los muslos y que nunca había visto antes.
La linda señora de traje se tomó un buen tiempo para revisar a mi abuela. Deslizó una mano entre sus tetas, las alzó varias veces alternativamente e incluso las apretó, como quien modela una masa informe y reblandecida. Después le palpó las nalgas y deslizó la mano entre sus muslos.
Formábamos un grupo extraño en el patio luminoso de la cárcel de La Plata. Unos al lado de otros, a pleno rayo del sol, parecíamos habernos dado cita para algún tipo de conmemoración; pero era una reunión muy particular puesto que los que vestían de azul no pudieron irse con los demás.
Papá pidió que le escribiera cada semana. Me dijo que leerme lo ayudaría. No hablamos de mamá, ni del escondite en el cielorraso, ni de nada de eso. Tratamos de hablar de cosas sin importancia. Solo charlar, como si nada.
Entonces mi abuelo le preguntó a papá cómo estaba, papá le preguntó a mi abuela cómo estaba ella y luego me tocó a mí responder a la misma pregunta. Cada uno de nosotros, siguiendo la ronda, dijo que todo estaba bien.
Núcleos narrativos
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Rutina después de la escuela con Sofía y el tío Luis
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Juego y desborde: los chicos desafían el rol de cuidado de Sofía
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Escena en la casa del abuelo: merienda con el casete de Julio Sosa
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Ausencia de la mujer que teje: sospecha y vigilancia
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Descripción de la Plaza Moreno: vida cotidiana en contraste con la alerta
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Rutina de seguridad: trayectos nocturnos con control de seguimiento
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La niña como agente de vigilancia: disimulo del control bajo forma de juego
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Estrategias ante la sospecha: detenerse, fingir, observar
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Ruptura de la rutina: noticia de la detención del padre
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Espera angustiosa de noticias de la madre
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Primera visita a la cárcel
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Descripción del patio y de los presos
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Requisa separada por género
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Escena de requisa a la abuela: incomodidad y descubrimiento corporal
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Mirada infantil sobre el cuerpo adulto
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Reunión en el patio: encuentro familiar bajo vigilancia
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Conversación con el padre: evitación de temas peligrosos
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Pedido del padre: escribirle cartas
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Diálogo ritual: todos dicen que están bien
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Cierre en falsa normalidad
Preguntas
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¿Cómo se transforma la rutina cotidiana de la narradora en un espacio de vigilancia y control?
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¿Qué papel cumple la figura de Sofía dentro del capítulo y cómo es percibida por la narradora?
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¿Qué significado tiene la ausencia de la “señora que teje”?
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¿Cómo se construye la experiencia de la cárcel desde la mirada de la niña?
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¿Qué sentido tiene el diálogo final en el que todos dicen que están bien?
Respuestas
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La rutina cotidiana aparece, en apariencia, como algo normal: ir a la escuela, volver a casa, merendar, caminar por el barrio. Sin embargo, esa normalidad está completamente atravesada por prácticas de vigilancia. La niña aprende a mirar hacia atrás, a detectar comportamientos sospechosos, a simular juegos que en realidad son estrategias de control. Lo cotidiano deja de ser inocente y se convierte en un espacio donde cada acción tiene una doble función: vivir y, al mismo tiempo, sobrevivir. Esto muestra cómo la lógica de la clandestinidad se filtra en todos los niveles de la vida, incluso en los más aparentemente triviales.
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Sofía cumple un rol ambiguo. Formalmente, es la adulta responsable del cuidado, pero en la práctica aparece como alguien desbordado, incapaz de ejercer ese control. La narradora y su tío la perciben casi como una figura cómica, alguien a quien pueden manipular y hacer correr. Sin embargo, también hay una dimensión más profunda: Sofía es vulnerable, dependiente, y su “trabajo” es en sí mismo una ficción sostenida por la familia. Esto la convierte en una figura que refleja otra forma de fragilidad dentro del contexto general de inestabilidad.
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La ausencia de la “señora que teje” es significativa porque rompe una presencia que ya se había naturalizado como signo de vigilancia. Su desaparición no tranquiliza, sino que genera más incertidumbre: ¿se fue porque ya no es necesario vigilar o porque el control se volvió más sofisticado? La narradora interpreta esa ausencia como parte de un juego de inteligencia, lo que muestra hasta qué punto ha internalizado la lógica del peligro. La vigilancia ya no necesita estar visible para ser efectiva.
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La experiencia de la cárcel está narrada desde una mirada infantil que mezcla observación concreta con incomodidad y desconcierto. La niña describe el espacio, los cuerpos, los gestos, sin un filtro ideológico explícito, pero cargando de sentido cada detalle. La requisa, por ejemplo, se convierte en una escena profundamente perturbadora, no por su violencia explícita sino por la exposición del cuerpo y la vergüenza. La cárcel aparece así no solo como un espacio de encierro, sino como un lugar donde se vulnera la intimidad y la dignidad.
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El diálogo final en el que todos dicen que están bien tiene un fuerte valor simbólico. Funciona como una especie de ritual de negación compartida, donde cada uno sostiene una ficción necesaria para soportar la situación. Nadie está realmente bien, pero decirlo sería romper el frágil equilibrio que permite ese encuentro. Este intercambio muestra cómo el lenguaje también se vuelve un espacio de control: así como hay cosas que no se pueden decir (la política, el escondite), también hay cosas que deben decirse aunque no sean ciertas. Es una forma de protegerse mutuamente dentro de una realidad que no admite sinceridad plena.
El capítulo 2 de La casa de los conejos profundiza la idea de que la vida cotidiana de la narradora está atravesada por la lógica de la clandestinidad. Actividades aparentemente normales, como salir de la escuela, caminar por la ciudad o merendar en la casa de los abuelos, se transforman en espacios de vigilancia y control. La niña aprende a disimular prácticas de seguridad bajo la forma de juegos, como mirar hacia atrás o detenerse, lo que evidencia cómo el peligro se ha naturalizado en su vida.
La figura de Sofía introduce una dimensión particular: aunque es la encargada de cuidar a los niños, aparece como una adulta desbordada y vulnerable, lo que invierte los roles tradicionales. La narradora, en cambio, asume una función activa en la vigilancia, mostrando una madurez forzada por las circunstancias.
La ausencia de la “señora que teje”, símbolo previo del control, no genera alivio sino incertidumbre. Esto revela que la vigilancia ya no necesita ser visible para ser efectiva, ya que ha sido interiorizada por los personajes.
La visita a la cárcel constituye el momento más impactante del capítulo. A través de una mirada infantil, se describen situaciones de gran violencia simbólica, como la requisa, que expone la intimidad del cuerpo. El encuentro con el padre se desarrolla bajo una tensión contenida, donde se evita hablar de lo importante.
Finalmente, el diálogo en el que todos afirman estar bien funciona como un ritual de negación. El lenguaje se convierte así en una herramienta de protección, donde decir la verdad resulta imposible.
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