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La Plata, Argentina, 1975
Todo comenzó cuando mamá me dijo: Ahora, ¿ves?, nosotros también vamos a tener una casa con tejas rojas y un jardín. Como vos querías.
Hace ya varios días que vivimos en una casa nueva, lejos del centro, a orillas de los inmensos terrenos baldíos que rodean La Plata —esa franja que ya no es la ciudad ni es, aún, el campo. Frente a la casa hay una antigua vía de ferrocarril fuera de uso, desechos abandonados, por lo visto, hace ya mucho tiempo. Cada tanto, una vaca.
Hasta hace muy poco vivíamos en un pequeño departamento, en una torre de hormigón y vidrio de la Plaza Moreno, justo al lado de la casa de mis abuelos maternos, frente a la catedral.
Más de una vez soñé en voz alta con la casa en la que me hubiera gustado vivir. Una casa con tejas rojas, sí, y un jardín, una hamaca y un perro. Una casa como esas que se ven en los libros para niños. Una casa como esas que me paso el día dibujando, con un enorme sol muy amarillo arriba de todo y un macetero con flores junto a la puerta de entrada.
Tengo la impresión de que mamá no me entendió bien. Referirme a una casa de tejas rojas era tan solo una manera de hablar. Las tejas podrían haber sido rojas o verdes. Lo que yo quería era la vida que se lleva ahí dentro. Padres que vuelven del trabajo a cenar, al caer la tarde. Padres que preparan tortas los domingos siguiendo esas recetas que se encuentran en libros de cocina gordísimos y llenos de fotos. Una mamá elegante con uñas largas y esmaltadas y zapatos de taco alto. O botas de cuero marrón y, colgando del brazo, una cartera haciendo juego. O sin botas, pero con un gran tapado azul de cuello redondo. O gris. En el fondo no era una cuestión de color, no, ni en el caso de las tejas, las botas o el tapado. Me pregunto cómo pudimos entendernos tan mal. O será que ella finge creer que mi sueño es solo una cuestión de jardín y de color rojo.
Además, era un perro lo que yo más quería.
O un gato. Ya no sé.
Mamá se decide finalmente a explicarme, a grandes rasgos, lo que está pasando. Tuvimos que dejar nuestro departamento, dice, porque a partir de ahora los Montoneros van a tener que esconderse. Es necesario, porque ciertas personas se volvieron muy peligrosas: son los miembros de los comandos de la Triple A, la Alianza Anticomunista Argentina, que «levantan» a los militantes como papá y mamá y los matan o los hacen desaparecer. Por eso tenemos que refugiarnos, escondernos, y también resistir. Mamá me explica que eso se llama pasar a la clandestinidad. A partir de ahora vamos a vivir en la clandestinidad. Eso, exactamente, es lo que dice.
La escucho en silencio. Entiendo lo que mamá me dice, pero tengo una pregunta: la escuela. Si vivimos escondidos, ¿cómo voy a hacer para ir a clase?
Para vos, todo va a ser como antes. Con que no digas a nadie dónde vivimos, ni siquiera a la familia, suficiente. Todas las mañanas te vamos a subir al micro. Vas a bajar solita en Plaza Moreno: ya conocés el lugar. El colectivo para justo en la puerta de los abuelos. Ellos se van a ocupar de vos durante el día. Y ya veremos la manera de pasarte a buscar a la tardecita o a la noche.
Estoy sola en un colectivo radiante, todo decorado de motivos rojo y plata, pero no por eso menos destartalado y bamboleante. Las manos gruesas del chofer aferran un volante forrado con alfombra de color verde y naranja. A su izquierda, como en casi todos los colectivos, cuelga una foto de Carlitos Gardel, con su eterno pañuelo blanco al cuello y su sombrero ligeramente inclinado sobre los ojos. Más allá, una imagen de la Virgen de Luján, esa diminuta señora apenas visible bajo su manto celeste con arabescos de oro, aplastada por una corona de piedras preciosas, ensartada en los gruesos rayos que emite su propio cuerpo glorioso. Hay también calcomanías para advertir a los pasajeros que el chofer es «hincha» de Gimnasia y Esgrima de la Plata. Y para que no haya dudas, colgó un banderín de flecos desteñidos en el respaldo de su asiento. En cuanto a la franja autoadhesiva con los colores de la bandera argentina, en la parte superior del parabrisas, esa sí es idéntica a la que pegan todos los colectiveros de la ciudad, ya sean de Estudiantes o incluso de Boca Juniors, el gran club de fútbol de Buenos Aires.
En el barrio donde vivimos ahora, la calle está como bombardeada de baches hondísimos entre los que el colectivo y los autos tratan de encontrar el camino más liso posible. Por suerte, los barquinazos no son tantos a medida que nos acercamos al centro y a la Plaza Moreno.
Del escondite que hay en el cielorraso no voy a decir nada, prometido. Ni a los hombres que puedan venir y hacer preguntas, ni siquiera a los abuelos.
Papá y mamá esconden ahí arriba periódicos y armas, pero no tengo que decir nada. La gente no sabe que a nosotros, solo a nosotros, nos obligaron a entrar en guerra. No lo entenderían. No por el momento, al menos.
Mamá me habló de un nene que había visto el escondite que sus padres camuflaban detrás de un cuadro. Pero se habían olvidado de explicarle hasta qué punto es importante callar. Era un nene muy chiquito, apenas sabía hablar. Seguramente habían creído que no era necesario, que no podía decir nada a nadie o que, de todas maneras, no podría comprender sus advertencias.
Cuando llegaron los hombres de la policía, revolvieron todo pero no encontraron nada. Ni una sola arma, ni una revista comprometida, ni siquiera un libro prohibido. Y eso que hay muchos, muchísimos libros en su lista… Pero nada de lo que veían en la casa podía considerarse «subversivo». Y es que a nadie de aquella patota se le había ocurrido, claro, mirar detrás del cuadro.
Cuando ya estaban por salir, casi en el umbral de la puerta de calle, uno de los hombres volvió sobre sus pasos. De pronto se había dado cuenta de que durante toda la requisa el nene aquel, ese bebé que sabía apenas unas pocas palabras, había señalado el cuadro con el dedo diciendo a media lengua ¡Ahí! ¡Ahí! El hombre descolgó el cuadro. Los padres están presos ahora, todo por culpa de ese nene que apenas sabía hablar.
Pero mi caso, claro, es totalmente diferente. Yo ya soy grande, tengo siete años pero todo el mundo dice que hablo y razono como una adulta. Los hace reír que sepa el nombre de Firmenich, el jefe de los Montoneros, e incluso la letra de la marcha de la Juventud Peronista de memoria. A mí ya me explicaron todo. Entendí y voy a obedecer. No voy a decir nada. Ni aunque me hagan daño. Ni aunque me retuerzan el brazo o me quemen con la plancha. Ni aunque me claven clavitos en las rodillas. Yo ya entendí hasta qué punto callar es importante.
Por fin llego a la casa de mis abuelos. Una vez más, me recibe la voz de Julio Sosa. Mi abuelo escucha tangos cada mañana antes de irse a Buenos Aires, donde tiene su estudio.
Mi abuelo es abogado, pero no está en nada de política. No, él no quiere líos. Desde siempre defiende a contrabandistas, falsificadores, estafadores de todo tipo. Siente una profunda ternura por esos atorrantes que suelen profesarle, a su vez, una especie de gratitud fraternal. Es verdad que un día uno de ellos, huésped temporario de su casa, desapareció llevándose la bañadera. Pero en lo de mi abuelo todos entienden que se haya dejado tentar. Era una bañadera hermosa, de mármol, una verdadera pieza para coleccionistas. Prueba, sin duda, de que el hombre conocía su oficio.
Pero, por lo demás, de esos muchachos (más allá del disgusto de haber tenido que conformarse con la ducha y de ver esfumarse unos cuantos objetos de valor, aquí y allá) no hay nada que temer. Mi abuelo siempre ha pensado que los pequeños tránsfugas son «hombres de honor». Salvando ciertas tribulaciones más bien cómicas, cuyo relato, siempre enriquecido de circunstancias y pormenores nuevos, corona casi todos los almuerzos dominicales —las numerosas hermanas de mamá se libran, a lo largo de la tarde, a verdaderas batallas oratorias: a ver quién describe con mayor gracia el papel disparatado que uno u otro de estos sinvergüenzas se atrevieron a interpretar en la casa de su protector, cuando este tuvo la gentileza de recibirlos—, más allá de eso, digo, nadie tuvo jamás de qué quejarse. Por el contrario. Si no se van con una bañadera bajo el brazo, los clientes de mi abuelo están dispuestos a volverse útiles en caso de necesidad —son expertos en el bricolaje de lo cotidiano, virtuosos componedores de la dura existencia. Pero no tienen nada que ver con la política. No quieren poner el mundo patas arriba. Solamente hacer malabares con las cosas tal y como son. Lo que asusta a mi abuelo son las personas que pretenden que todo cambie.
Estamos por salir para la escuela con mi tío Luis, el hermano menor de mamá, mi abuela y mi tía Sofía.
Sofía está mal de la cabeza pero delante de ella no hay que tocar el tema. Es como una nena. Apenas sabe escribir.
En mi escuela, ayuda en la secretaría. Pasa a recoger las listas de asistencia por las aulas y, durante el recreo, ceba mate a las maestras. Ella cree que trabaja, pero la verdad es que mi abuelo envía todos los meses un sobre a la directora y la directora se lo entrega a mi tía cuidándose de no revelar el origen familiar de su supuesto sueldo. Gracias a esa pequeña mentira, Sofía se siente útil, necesaria al punto de merecer un pago. Mis abuelos piensan que eso le hace bien y, de todas maneras, no se les ocurre otro modo de mantenerla ocupada durante todo el día.
Por la noche, después de la cena, mi abuela me lleva siempre a casa de Carlitos, su hermano.
Esto es por el tema de la señora que teje.
Desde hace varios meses hay un coche negro estacionado el día entero frente a la casa de mis abuelos. Adentro, una mujer rubia que teje, vestida de modo bastante austero y con un rodete plantado en lo más alto del cráneo. Se parece a Isabel Perón pero es un poco más joven y mucho más bonita. A veces la acompaña un hombre pero en general está sola. Siempre esperamos a que se vaya la señora para ir a casa de Carlitos, por donde mamá pasa a buscarme.
Hoy, en casa del hermano de mi abuela, apenas si tuve tiempo de jugar con el perro. Mamá y papá vinieron a buscarme, los dos juntos esta vez, y mucho más temprano que de costumbre. Inmediatamente salimos hacia nuestra casa de tejas rojas.
En el nuevo barrio hay pocos semáforos. Antes de cruzar la calle hay que tocar bien fuerte la bocina para prevenir a los autos que puedan salirnos al cruce.
Desde que subimos al coche no hablamos ya sino de manera entrecortada, tratando de que los estridentes bocinazos no rompan el hilo de nuestras frases. Se los escucha estallar por todas partes: a la derecha, a la izquierda; apenas unos metros más adelante o unos metros atrás, el petardeo nos asalta por todos los flancos. Las señales podrían parecer confusas pero es cuestión de costumbre. Entre todas esas advertencias, el que maneja siempre parece saber cuál es la que se dirige a él.
Esta vez también papá tocó bocina pero el auto que venía por la calle transversal siguió de largo. El choque fue muy violento y mi cabeza, la primera en estrellarse contra el parabrisas.
Pero no podemos detenernos. La policía podría llegar para ver qué pasa. En casa está el escondite del cielorraso… Y mis padres no recibieron aún sus documentos falsos porque lleva mucho tiempo hacer papeles que la policía pueda tomar por verdaderos. Además, me olvidaba, nuestro Citroën 2CV rojo es robado.
El autito parece toser, fuera de control. Se para el motor, papá logra hacerlo arrancar. Poco después se vuelve a apagar… Arrimamos nuestro coche francés a la vereda y enseguida desaparecemos por las transversales. Sin mirar atrás ni una sola vez.
NUCLEOS NARRATIVOS
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