La llave, de Liliana Heker



Ella entró en la casa (la puerta de calle estaba abierta, como siempre), encendió la luz y comenzó a subir las escaleras. Venía pensando que lo que necesitaba era dormir (ella iba a meterse en la ca­ma e iba a dormir por lo menos quinientos años). También venía pensando qué cosa bárbara era te­ner un departamento. Pero eso lo pensaba todas las noches desde hacía cinco meses: desde que ha­bía dejado la pensión. Eran las cuatro menos vein­te de la madrugada. Acabó de subir los dos pisos. La luz se apagó y ella volvió a encenderla. Atravesó el pasillo y se detuvo en la puerta C. Abrió la cartera para sacar la lla­ve: no la encontró. Se revisó los bolsillos del tapado y otra vez buscó en la cartera: la llave no aparecía. Ella estaba a punto de preocuparse pero enton­ces volvió a recordar que esa mañana se había des­pertado
pensando magnolia azul (a veces le pasaba: frases que se le venían de golpe, como pantallazos, el caballo se me va de las venas, zapatito platónico, magnolia azul) y haberse despertado así era un buen augurio porque es sabido (ella sabía) que cuando un día empieza bien sigue bien hasta el final, seguro, como la vez que la había despertado el lío ese con la policía, ella se mataba de risa, ésta es una casa de­cente, qué se creen, chillaba la dueña de la pensión, y esa misma noche, en el café del Carmen, ella lo conoció a Nacho y él le escribió el poema, muchacha de los ojos azules como el tiempo ¿qué pájaros, qué hm-hm te fueron a buscar? Tarira tararira tararira y tremendo, hoy declino mi noche por tu pelo solar Además, con lo llena de monedas que tenía ella la cartera, era más bien natural que no encontra­ra la llave enseguida, ¿no?; la noche anterior ya le había pasado, y la otra también; desde que había roto la alcancía le venía pasando. Era natural. Ella empezó a revolver las monedas; las to­maba a puñados y las iba dejando caer de a pocas, fijándose bien. Una escena bastante triste, en realidad; la alcancía había hecho cranch y los frag­mentos rodaron por el piso y se mezclaron con las monedas; lo de ahora bien podía ser un castigo. No. ¿Acaso ella hubiera roto la alcancía de haber encontrado otra solución? Por supuesto que no, con el trabajo que le había costado que Nacho se la regalara. Seguro que la llave estaba abajo de todo, siempre ocurría. Revolvió bien. Que era estúpi­do, decía él al principio, que en los últimos tiempos ella no tenía más que caprichos estúpidos, muñe­quitos y alcancías y todas esas pavadas. Y que esta­ba harto. Pero al final, bien que ella lo había convencido. Encendió la luz y se sentó en la escalera. Se rió: era tan increíble que ella siempre supiera lo que hay que hacer para conmoverlo a Nacho. Ha­blarle de ella y de su hermana Úrsula cuando eran chicas, y de su madre, tan belga y alta y verdulera si él la viera; algún día la iba a conocer: irían los dos a Nueve de Julio, ¿ves?, éste es él: él estudia Medicina y hace versos. No, bárbara, escritor, decía él. Escri­tor, decía ella. Y que cuando ella y Úrsula estaban aburridas nada de juguetes, ah no: su mamá sacudía el dedo belga y las ponía a las dos a pelar arvejas. En la parte de las arvejas él siempre se reía. Esa vez le había tocado el pelo: mi pobre y patética muchachi­ta, había dicho. Y le compró la alcancía. Ella dejó de revolver las monedas, así nunca iba a encontrar la llave. Se levantó y encendió la luz. La prolijidad ante todo, hija mía. Perejil tapioca. Volvió a sentarse en la escalera y empezó a sacar las monedas una por una y a acomodarlas en prolijas pilitas. Nada del otro mundo, por lo menos las pri­meras: puras monedas de un peso, para el alquiler más bien no le iba a alcanzar, ¿verdad? El, muy pa­tético, muy golpearse la frente con los puños hacía dos meses pero, ¿acaso no se daba cuenta él de que ella no podía seguir pagando el departamento, sola? Naturalmente él se daba cuenta pero qué iba a hacer, ¿acaso lo que estaba muerto podía resucitarse por el alquiler de un departamento? Ella no sabía si podía resucitarse ni qué diablos era lo que estaba muerto, ella sólo sabía que a la pensión no quería volver: él seguramente recordaría que ella odiaba la pensión. Claro que él lo recordaba; ¿acaso cuando ella le ha­bló del departamento, no le había dicho él mismo que lo alquilara sin problemas, que él iba a pagar la mitad? Ella sacó una moneda de cinco centavos: suerte. La próxima era la llave. No era la llave. Pero él le había dicho también, si es que ella no re­cordaba mal, que únicamente por ahora viviría sola en el departamento, que dentro de poco, cuando él acabara de resolver una serie de conflictos internos (no, sin ánimo de ofenderla él tenía que decirle que ella nunca podría entender qué conflictos), él se vendría a vivir con ella; y que se casarían. Sí, cierto que él lo había dicho, y él lo pensaba realmente cuando lo dijo; ¿qué se creía ella?: ¿que él era un farsante?; ¿acaso no había aprendido a co­nocerlo en todos estos años? (La luz se apagó pero ella estaba un poco aburrida de encenderla cada vez, total la llave se iba a notar lo mismo en la os­curidad.) Sólo que después él había pensado y pensado. Oh, en ella naturalmente, y en él mismo, y en todos estos años, ella ni se imaginaba cuánto se sufre pensando así, le había dolido el alma de tan al fondo que había llegado, podía creerlo ella, y había cosas que. Ella nunca podría entenderlo. Cierto, ella quizá nunca podría entenderlo, ella reconocía que era un poco estúpida (sacó una mone­da que debía ser de diez pesos; ya quedaban pocas), ella sólo se acordaba del primer día que entraron al departamento; ¿se acordaba él de lo felices que habían sido esa vez?; meses, años que no habían sido tan felices, hasta una botella de champagne ha­bían comprado, ¿se acordaba él? Sí, él se acordaba: del champagne y de los saltos de alegría que ella había dado y de tantas otras cosas, oh, ella ni se imaginaba cómo él la había amado, él sufría tanto al decirle esto, ¿ella no se daba cuenta?, ¿no tenía sensibilidad ella? Él hundía la cabeza entre las ma­nos y sufría horrores pero, ¿acaso lo que estaba muerto podía resucitarse por el alquiler de un de­partamento? Ella acomodó la última moneda sobre la última pilita. Se levantó y encendió la luz. Volvió a mirar adentro de la cartera; sacó un boleto ajado: si era capicúa iba a encontrar la llave. 38383. Indudablemente, todas las cosas le salían redondas hoy: iba a encontrar la llave. Pero dónde. Volvió a fijarse. No: la cartera ya estaba descartada; los bolsillos tam­bién. Trató de hacer memoria; sí, estaba segura: la llave no había quedado adentro. Lo recordaba muy bien porque esa mañana, al salir, había tenido que hacer mil malabarismos con el frasquito en una ma­no y las planillas en la otra, para cerrar la puerta con llave sin que se le cayera el frasquito. Y en el ómni­bus tampoco la había perdido porque no abrió la cartera: los catorce pesos los había preparado antes de salir, cosa de no tener líos después, con el frasqui­to. Una risa. Ella recordó que había pensado que era una risa. Para qué lo cuidaba tanto si al final no había niñito adentro. Oh, naturalmente ella no había creído que las cosas iban a terminar en un frasquito hacía un mes, si no, no iba a ser tan tonta de llamarlo a Nacho y decirle que lo tenía que ver urgente. Parecía tan fácil; él había venido al café y todo. Ella esta­ba segura de que las cosas se iban a arreglar ensegui­da, en cuanto él le mirara los ojos, ¿se daba cuenta Nacho qué contratiempo justo ahora? No, no podía ser. Sí, ella estaba segura que sí. Y él estaba seguro que no. Ella juró que no mentía. Sintió que en esa parte él la iba a mirar, muchacha de los. Con tus mis­mos ojos azules, había dicho él una tarde, se rió, y con mi genio, claro. El le iba a escribir poemas co­mo; ella ya no se acordaba como quién. Ahora otra vez lo iba a decir. La miraba a los ojos y lo decía. ¿Acaso lo que estaba muerto no podía resucitarse? Pero él había seguido mirándose las uñas con su cara de siempre y sólo dijo que mejor discutir menos y asegurarse más: lo antes posible. Que cuanto más tiempo la cosa se pone más delicada, él no tenía que recordárselo justamente a ella, ¿no? No, ella se acordaba bastante bien, si a él le parecía; pero tam­bién se acordaba de que mejor esperar un poco, lo había leído en una revista: No se desilusione aún, seño­ra: ¿no sucederá que su análisis es prematuro?, él había sonreído con un costado de la boca. Ella miró una vez más, y cerró definitivamente la cartera. Suerte que era de las que se tuercen pero nun­ca se rompen y la noche misma del café, nomás se dio cuenta de que Nacho nunca le iba a creer, se le ocurrió lo de Núñez. Sorpresa que se había llevado el gordito, jefecito lindo, miau miau. Tres años seguidos mirándole las piernas. Y peor desde que supo lo de Nacho, así que se peleó con su novio, grandísimo cerdo, no lo podía creer. Ella al prin­cipio tampoco, la verdad. Pero la cuestión era re­cordar dónde había dejado la llave, no llorar sobre la leche derramada, puaj, y además (ella tenía que reconocerlo) después de la primera noche la cosa estaba resultando más fácil. Naranjos. La clave era pensar en algo. Un jardín con margaritas. Y naran­jos, no sabía por qué, muchos naranjos. Una vez, ella vestida de tirolesa, con trenzas; otra vez la rap­taban los bandidos: al final venía Nacho, que robó un auto, y la salvaba. Dos veces, entero, el cuento de Hansel y Gretel. O recitar poemas. Muy cerca de mi ocaso yo te bendigo, vida, porque nunca me diste ni esperanza fallida. Y todo para qué si el cerdito se cuidaba. Niños non. Seguro que la llave había quedado en el hotel, cuando se cayeron las monedas. Ahora recordaba perfectamente pero no. No era eso, no. Era cómo se las arreglaba para sacárselo de encima. Cada día más pegajoso. Ella se rió: mañana se presentaba en su despacho. Señor Núñez (decía), tengo que comunicarle que nuestro romance ha termi­nado: ya entregué el frasquito. Ja ja, entonces él le contestará con mucha cortesía: Bien señorita, queda despedida. Lo único que le faltaba a ella. No, la lla­ve no podía haber quedado en el hotel. Núñez la hubiera visto, era tan prolijo. Ella decidió que había que proceder con orden. Dentro del departamento ya se había visto que no, y el ómnibus también estaba descartado. Cuando bajó tampoco. Nacho la estaba esperando. Ella lo había conocido desde lejos, parado en la esquina, y se preguntaba para qué diablos había insistido tan­to en acompañarla, eran tan sádicos los hombres. Después habían caminado por Florida hasta la Fran­co y ahí tampoco había podido perder la llave. A ella le daba una risa bárbara, se acordó: ir con él y con el frasquito. La familia tipo, había pensado; no, faltaba el otro, el primogénito. Se lo dijo a Na­cho pero a él no pareció hacerle mucha gracia. Después del frasquito habían entrado a un café pero ahí no había abierto la cartera porque pagó Nacho. Sí, la había abierto para sacar el pañuelo. Lagrimitas no, había dicho Nacho y dejó la plata sobre la mesa y se fue. Pero el pañuelo es una cosa blanda y ella hubiera oído el ruido de la llave, al caer. Después venía la oficina. ¿Se había peinado ella en la oficina? Naturalmente se había peinado. ¿Se había arreglado la cara? Se la había arreglado. Pero monedas no sacó, de eso estaba segura porque al­morzar más bien hacía días que no, en fin, estar fla­ca le quedaba precioso, había dicho Luis, le daba un aire de heroína. Había tomado café, eso sí, pero pagó Luis, él también estaba de lo más caballero desde que supo lo de Nacho. Todos la amaban a ella, qué maravilla. Así que hasta que salió de la ofi­cina, a las siete y media, no había perdido la llave. ¿Qué había hecho ella cuando salió de la ofici­na? Bárbaro, esto ya parecía una novela policial. Señor Fiscal (¿o era señor Abogado Defensor?), señor Fiscal: ¿qué hizo la acusada cuando salió de la oficina? —Fue al correo a mandarle una carta a su madre. —¿Le escribía la acusada con frecuencia? —En los últimos tiempos, sí. —¿Por qué, señor Fiscal? La acusada no lo sabía en realidad porque pla­ta la madre no le mandaba y lo único que hacía era felicitarla por su decisión tan inteligente de dejarlo al Nacho ése, que los artistas, a la madre, nunca le habían gustado y algo mejor se merecía su hija, pero de plata ni una palabra y pedírsela directamente ella sabía que era imposible porque entonces la madre le iba a escribir que volviera, qué humilla­ción para ella, después de seis años volver agachando la cabeza y aguantar sus aires de belga venida a menos que ahora le da de comer a las gallinas pero antes. Era lindo, sí, darles de comer. Pero limpiar el gallinero no era nada lindo, no. Para eso era pre­ferible volver a la pensión. La pensión es hermosa. Buenos Aires es hermosa y no pienso volver nunca más. No. Al fin de cuentas cuando dejara el departamen­to no tenía por qué volver a la misma pensión y siempre era mejor que las gallinas. Menos mal que a su madre ni se le ocurría decirle que volviera, pu­ra felicitación y nada más. Así que en el correo no había perdido la llave porque si bien había hecho la cola para el franqueo, estampillas no llegó a com­prar. De puro contenta (se acordó) había roto la car­ta en pedacitos y había caminado como mil cuadras sin darse cuenta. No, sí se había dado cuenta, pero recién en Parque Centenario porque miró el reloj y ya era casi la hora de ir a Paternal a encontrarse con Núñez, los lugares que se le ocurrían a este ca­ballero para sus citas de amor, se acordó que había pensado, no lo vaya a pescar la señora miau, y en­tonces decidió seguir caminando, que catorce pesos son catorce pesos y el ahorro, hija mía, es la base de la fortuna. Y era una risa porque antes de entrar al café de Paternal justo pasaba un tren y ella volvió a pensar fortuna, ya que los trenes, a ella, siempre le traían suerte, desde chica; a ver si ahora entraba y se encontraba una fortuna. Se fijó bien pero no, y para colmo (eso lo había pensado después) ella tenía que. ¡Claro! Cómo no se le había ocurrido antes. La llave la había dejado en el café. Ahora lo recor­daba perfectamente porque antes de que se fueran, Núñez, que no tenía cambio para la propina, había dicho, a ver vos que tenés tantas moneditas. En­tonces ella había sacado cinco monedas de un peso y había pensado para colmo esto, casi la mitad de un viaje en ómnibus. Viejo estúpido, para qué había tenido ella que contarle lo de la alcancía. No, lo de la alcancía se lo había contado después, en el hotel. Y ahora sí estaba segura: no había sido en el café había sido en el hotel donde ella perdió la llave. Porque al ratito nomás que entraron, Núñez había levantado la cartera y había dicho qué pesada, en­tonces ella le contó la historia de la alcancía. Desde el principio, desde la primera vez que la vio en la vidriera, todo por distraerlo un poco, que con sus lindos inventos de las últimas veces para hacerle perder la cabeza, él se estaba volviendo cada noche más audaz, a ver si justo ahora se descuidaba, ahora que el frasquito ya estaba bien guardado en la Franco Inglesa y 10 que pase de ahora en adelan­te, señora, había dicho Nacho (medio en broma, claro), eso corre por su cuenta y riesgo. Lindo, sí, un nene parecido a Núñez, peladito y barrigón; ella decidió que lo iba a ahorcar apenas naciera y dijo que entonces, cuando no le quedaba más pla­ta, se había armado de coraje y rompió la alcancía. Núñez se había reído, alcancía, qué gracioso, había abierto la cartera y revolvía adentro, muerto de risa, la daba vuelta y ella gritaba no, las moneditas no, pero las monedas igual rodaron por el suelo y por debajo de la cama, y los dos a gatas, con lo feo que quedaba Núñez a gatas, magnolia azafranada ha­bía pensado ella y se acordó que esa mañana se había despertado pensando magnolia azul, eso estaba mal, se había dicho, era como si las cosas se estuvieran volviendo menos lindas y no podía ser, magnolia verde, pensó, magnolia roja, pero nada sonaba tan alegre como magnolia azul. Magnolia azul, azul. Y él que seguía gateando para que no se perdiera ningu­na, viejo tacaño, pero la llave seguro que no la vio. Ella volvió a encender la luz y se fijó la hora: eran las cuatro y veinticinco. Volvió a sentarse. Y bien, ¿qué iba a hacer ahora que ya sabía con segu­ridad dónde estaba la llave? Naturalmente no se iba a quedar toda la vida ahí, esperando que la puerta se abriera sola. Sésamo, ábrete. Ella miró la puer­ta y se rió. Por supuesto; ella no era tan tonta co­mo para creer en esas fantasías. Se puso de pie: acababa de tomar una decisión. Al toro había que agarrarlo por las astas. Después de todo era diver­tido. Mi madre, ¿cuántas en el mundo se podían dar el lujo de golpear solas, a esa hora de la madru­gada, en la puerta de un hotel? Ella bajó los dos pisos, atravesó el pasillo y sa­lió a la calle. Ni un alma. Pensó qué cómico si Na­cho la pudiera ver, él que era tan celoso: después de las diez, ni la nariz afuera. Oyó pasos y se dio vuelta. No era Nacho. Claro. Corrió las dos cua­dras hasta el poste. No, no tenía miedo, la cosa era pensar en algo. Don Pepito el verdulero, recitó: estaba un poco agitada, por la corrida. Don Pepito el verdulero se metió dentro un sombrero; el som­brero era de paja, se metió dentro una caja; la caja era de cartón, ahí venía el ómnibus menos mal, se metió dentro un cajón; el cajón era de pino, se me­tió dentro un pepino; el pepino maduró, ella había subido, y Pepito se salvó. Pagó el boleto y se sentó. Los otros pasajeros eran un borracho y un viejo, ¿adónde podía ir un viejo a estas horas? A lo mejor se le había muerto alguien. Una nieta. El viejo la miraba a ella que te­nía la misma edad de su querida nietecita y era tan rubia, así de rubia era ella: al viejo le caían gruesas lágrimas; después, antes de bajar, le regalaba diez mil pesos. No. El viejo seguía dando cabezadas; estaba dormido ahora. Ella también tenía sueño, acababa de darse cuenta. Subió otro hombre, cara de noctámbulo, vida insalubre. Qué plato, ¿no?, si cuando llegaba al hotel y veía la cama se quedaba dormida. Después, a la mañana, no la dejaban sa­lir: No, señorita: de aquí no puede salir si no es acompa­ñada. Pero, señor, si yo vine sola. No importa; igual no puede salir: el reglamento es el reglamento. Vea una cómo podía solucionar el problema de la vivienda. Era acá. Adiós, hombres solitarios, adiós; se va la hermosa rubiecita que les alegró el viaje. Ella bajó. Corrió hasta el hotel y golpeó la puerta. El hombre tardó bastante: tenía cara de dormido. —Qué quiere —dijo. —Busco una llave. El hombre se frotó los ojos; no entendía. Ella le contó toda la historia. Había estado hoy ahí, co­mo a las doce, ¿no se acordaba él?; con una perso­na mayor, de portafolios. Eso sin duda le daba un tono de seriedad al asunto. El hombre volvió a frotarse los ojos. —¿En qué habitación? —dijo. Ella no sabía explicarle en qué habitación pero si la dejaba entrar seguro que la encontraría. —Entre —dijo el hombre. Ella atravesó el vestíbulo y los corredores, con el hombre atrás. No era tan sencillo: todas las puertas se parecían. Esta. Ella señaló una habita­ción con el dedo. El hombre abrió, estaba desocu­pada, menos mal. Ella revisó los muebles y después el piso. El hombre también revisó. Una risa, al final ella se pasaba la vida gateando con hombres, lindos vicios tenía, eh. Pero la llave no estaba. Ella salió. Ahora sólo le quedaba el café. El pri­mer pálpito era el que vale y ya que se estaba en el baile se bailaba, ¿no? Tres cuadras, no era para tan­to; una noche bien emocionante al fin de cuentas. Para recordarla cuando una era vieja y contársela a los nietos. Ah, sí. Lindas historias les iba a contar ella a los nietos, así le iban a salir. No. La historia de Blancanieves. A los nietos la historia de Blancanieves, como la abuela de ella. La abuela sí que no había sido como la madre, se reía tanto. Ella y Úrsula se le sentaban en las rodillas. Úrsula no, ella, aunque era la más grande. Por lo rubia. Esta me gus­ta más porque es tan rubia, cara de ángel, mirala. Sí, cara de ángel (su madre hacía un ruido con la nariz), pero es una vanidosa, ya vas a ver, ésta, cuando sea grande, se va a quedar sentada esperando al Prínci­pe Azul. Ella oyó el pitido de un tren. Ya estaba cerca, se puso contenta. Cuando eran chicas, ella y Úrsula siempre querían vivir cerca de las vías así oían el pitido, a la noche. Y la casa mía va a ser grande y va a tener un jardín con flores, decía Úrsula. Y la mía con jardín y con flores, decía ella, y además las paredes van a ser ventanas, todas de cristal, y yo voy a ver los naranjos y las luces del tren desde las ventanas y no voy a tener miedo porque voy a dormir con mi marido. Y mi marido va a ser alto, decía Úrsula, y pianista. Y mi marido más alto todavía, y rubio como yo pero con la piel tostada porque va a ser marino; y los ojos verdes. Y yo voy a tener tres hijos, decía Úrsula, un varón y dos nenas. Y yo voy a tener cuatro hijos, todos varones así yo soy la única chica de la casa y todos me quieren a mí más que a nadie. Era allí; por suerte estaba abierto. Ella hubiera jurado que los bares como ése siempre estaban abiertos. El hombre del mostrador le sonrió; no era una sonrisa muy linda pero al menos daba la impre­sión de que el hombre la reconocía, la cosa pintaba bien. Bien. Ahora que todo parecía marchar viento en popa era el momento de preguntar por la llave. ¿Había encontrado el señor una llave? No, el señor no había encontrado ninguna llave, pero si ella quería quedarse un rato, ¿eh, chiquita? Oh, qué valiosa era ella, Dios mío: todos la solicitaban. El hombre volvió a sonreír. ¿Qué hacía ella a estas horas, solita? —Buscaba una llave. Ella salió. Vio una casa con las luces encendi­das, unos pasos más allá: era una panadería. A estas horas debían estar horneando el pan. A veces, ella y Úrsula se despertaban a la noche y pensaban que lo más lindo del mundo debía ser estar comiendo pan caliente recién salido del horno, y tenían tantas ga­nas que de sólo pensarlo se volvían locas. A ella le quedaban muchas monedas todavía. Podía golpear a la puerta de la panadería y comprar una bolsa lle­na de panes calientes y comérselos todos mientras veía pasar los trenes hasta que fuera de día. Pero cuando llegó a la puerta e iba a golpear se dio cuenta que no, que era muy raro pero no tenía ganas de comer pan. No tenía nada de ganas. Culo negro, pensó. Y siguió caminando. Y de pronto fue muy cómico porque ella volvió a recordar que esa mañana se había despertado pensando magnolia azul y había una idea, o una historia, algo que le andaba dando vueltas en la cabeza y que debía ser muy cómico. Trató de volver atrás y acordarse. Y se acordó. Y eso le dio mucha risa porque la historia era un chiste que Nacho le había contado donde a un hombre le tienen que tomar la fiebre y, por ha­cerle una broma, en vez del termómetro le ponen una magnolia. Justo una magnolia y justo en ese lugar. Era tan rara la vida; como si todo se cerrara. La realidad era como círculos, sí. Cruzó la calle. Ya no tenía a donde ir a buscar la llave. Oyó el pitido del tren y vio que la barrera estaba bajando. Creo que voy a matarme, pensó.

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