Lavinia, Ursula Le Guin

Lavinia crece sin conocer otra cosa que la paz y la libertad hasta la llegada de sus pretendientes. Su madre exige que contraiga matrimonio con el apuesto y ambicioso Turno. Pero los
augurios y las profecías de los manantiales sagrados afirman que deberá casarse con un extranjero, que provocará una guerra y que su marido no vivirá demasiado tiempo. Al ver que una flota de barcos troyanos llega remontando el Tíber, la joven decide tomar las riendas de su propio destino. Y así nos cuenta lo que Virgilio no hizo: la historia de su vida y del amor de su vida.Le Guin da voz a este personaje surgido de la Eneida de Virgilio en una novela que nos transporta al mundo semisalvaje de la Italia antigua, cuando Roma no era más que una aldea mugrienta situada cerca de siete colinas. Lavinia es un libro sobre la pasión, la guerra y el precio de la guerra, generosa y austeramente escrito por una autora en la cúspide de su talento.





URSULA K. LE GUIN
Lavinia

Título original: Lavinia
Traducción: Manuel Mata, 2009
© Ursula K. Le Guin, 2008
ISBN: 978-84-450-7735-1
Digitalización: slstc 2012
fb2: slstc 2012
Corrección: aquiviviayo 2012


Sola domum et tantas servabat filia sedes,
iam matura viro, iamplenis nubilis annis.
Multi illam magno e Latió totaque petebant
Ausonia...

Una sola hija, madura para un hombre,
en edad de contraer matrimonio, gobernaba
la gran casa. Muchos desde el ancho Lacio y
de toda Ausonia acudían para cortejarla...




En mayo de mi decimonoveno año fui a las salinas de la desembocadura del río a buscar sal para el banquete sagrado. Tita y Maruna vinieron conmigo, y mi padre envió un viejo esclavo de la casa y a un muchacho con un burro para transportar la sal. Sólo hay unos pocos kilómetros hasta la costa, pero aprovechamos para hacer una pequeña acampada nocturna. Cargamos al pobre animalillo de comida y, al finalizar el día, montamos el campamento sobre una duna cubierta de hierba, frente a las playas del río y del mar. Los cinco cenamos alrededor del fuego, contando historias y cantando canciones mientras el sol se ponía sobre el mar y el crepúsculo de mayo se tornaba cada vez más azulado. Luego dormimos bajo la brisa marina.
Desperté con las primeras luces. Los demás seguían profundamente dormidos. Las aves apenas habían comenzado con sus coros matutinos. Me levanté y bajé hasta la desembocadura. Recogí un poco de agua y la dejé caer como ofrenda antes de beber mientras pronunciaba el nombre del río, Tíber, padre Tíber, así como sus nombres antiguos y secretos, Albu y Rumon. Luego bebí y me gustó el sabor un poco salado del agua. El cielo se había iluminado ya lo bastante como para ver las alargadas y rectas olas que se levantaban allí donde la corriente se encontraba con la marea.
Más allá, en el mar en penumbra, avisté unas naves, una hilera de grandes naves negras que, aproximándose desde el sur, viraban y ponían rumbo a la desembocadura. A cada lado de cada nave, una larga fila de remos se levantaba y batía las aguas al ritmo de un aleteo en la oscuridad.
Una tras otra, las naves arrostraron el oleaje de frente, subiendo y bajando; una tras otra, siguieron aproximándose en línea recta. Sus triples mascarones de proa, largos y arqueados, eran de bronce. Me acurruqué junto a las aguas, sobre el lodo salino. El primer barco penetró en el río y pasó a mi lado, oscuro sobre mí, impulsado sin descanso por el pesado y suave batir de los remos en el agua. Los rostros de los remeros estaban ocultos por las sombras, pero había un hombre en pie sobre la elevada popa de la nave, con la mirada al frente.
Su rostro era severo, pero franco. Observaba la oscuridad mientras rezaba. Sabía quién era.
Cuando al fin, con aquel suave y laborioso batir de los remos, hubo pasado a mi lado el último de los barcos y se perdió en los bosques que crecen tupidos a ambas orillas, los pájaros ya cantaban por todas partes y el cielo empezaba a iluminarse sobre las colinas del este. Regresé a nuestro campamento. No había nadie despierto; los barcos habían pasado a su lado mientras dormían. No les conté lo que había visto. Bajamos a las salinas y recogimos la materia viscosa y grisácea en cantidad suficiente para extraer la sal de todo un año, la cargamos en las canastas del burro y marchamos de regreso a casa. Esta vez no dejé que mis compañeros de viaje se demoraran, y aunque protestaron y holgazanearon un poco, estábamos allí bastante antes del mediodía.
Fui en busca del rey y le dije:
—Una gran flota de naves de guerra se ha adentrado en el río esta mañana, padre.
Me miró. Su rostro estaba triste.
—Qué pronto —fue su única respuesta.


Sé quién fui, y puedo decirte quién podría haber sido yo, pero ahora sólo estoy en esta línea de palabras que escribo. No estoy muy segura de la naturaleza de mi existencia y me asombra encontrarme escribiendo. Hablo latín, claro, pero ¿aprendí a escribirlo? No parece muy probable. Sin duda existió alguien con mi nombre, Lavinia, pero podría haber sido tan diferente de la idea que yo misma tengo sobre mí, o de la idea de mi poeta sobre mí, que pensar en ella sólo me confunde. Hasta donde yo sé, fue mi poeta el que me otorgó realidad. Antes de él, sólo era la más nebulosa de las figuras, poco más que un nombre en una genealogía. Fue él quien me dio la vida, quien me dio a mí misma, y de este modo me capacitó para recordar mi vida y recordarme a mí. Y lo hago con viveza, con emociones y sentimientos que percibo con intensidad a medida que los pongo por escrito, puede que porque lo que recuerdo sólo cobra existencia a medida que lo escribo, o lo hiciera sólo a medida que lo escribía él.
Pero él no lo escribió. El menospreció mi vida en su poema. Me desatendió, porque sólo llegó a saber quién era cuando estaba agonizando. No se le puede culpar por ello. Era demasiado tarde para hacer modificaciones, para volver a pensarlo todo, para completar las líneas incompletas y perfeccionar una obra que él creía imperfecta. Es algo que lamentó, lo sé. Lo lamentó por mí. Puede que allí donde está ahora, allá abajo, en la otra orilla de los ríos oscuros, alguien le diga que Lavinia también lo lamentó por él.
No moriré. Estoy prácticamente segura de ello. Mi vida es demasiado fortuita como para desembocar en algo tan absoluto como la muerte. Carezco de la necesaria mortalidad real. Sin duda, me iré disolviendo hasta desaparecer y perderme en el olvido, como habría hecho ya hace mucho de no haberme invocado el poeta. Puede que me convierta en un falso sueño, adherido como un murciélago al reverso de las hojas del árbol que hay en la puerta del inframundo, o en una lechuza que revoloteará entre los oscuros robles de Albunea. Pero no tendré que arrancarme de la vida y descender a la oscuridad como lo hizo él, pobre desgraciado, primero en su imaginación y luego como fantasma. Cada uno de nosotros tiene que soportar la otra vida a su manera, me dijo en una ocasión, o al menos esto es lo que yo entendí en sus palabras. Pero ese sombrío vagabundeo, allá en el inframundo, esperando al olvido o al renacer... Eso no es existir de verdad, no es ni la mitad de existencia que ésta que llevo ahora mientras escribo esto que estáis leyendo, y no es ni la mitad de veraz que sus palabras, las espléndidas y vívidas palabras en las que he vivido durante siglos.
Y, sin embargo, mi papel en todo ello, la vida que me dio en su poema, es tan aburrido —salvo en el momento en que se me prende el cabello—, tan monótono —salvo cuando mis mejillas de doncella enrojecen como el marfil pintado con tinte carmesí—, tan convencional, que ya no puedo seguir soportándolo. Si he de pervivir siglo tras siglo, al menos por una vez tendré que romper el silencio y hablar. El no me dejó decir una sola palabra, así que habré de arrebatársela. Me dio una vida larga, pero pequeña. Necesito espacio, necesito aire. Mi alma tiende los brazos hacia los antiguos bosques de mi Italia, hacia las colinas bañadas por el sol, hacia los vientos del cisne y del cuervo agorero. Mi madre estaba loca, pero yo no. Mi padre era viejo, pero yo era joven. Como la espartana Helena, provoqué una guerra. Ella lo hizo dejando que la tomaran los hombres que la deseaban. Yo, no dejándome dar ni dejándome tomar, sino eligiendo a mi hombre y mi destino. El hombre era famoso, pero el destino quedó en la oscuridad. No es mal balance.
Aun así, a veces creo que debo de estar muerta hace tiempo y que escribo este relato desde alguna región del inframundo cuya existencia desconocíamos, un lugar ilusorio en el que creemos estar vivos, en el que creemos estar envejeciendo y recordar lo que nos sucedió cuando éramos jóvenes, cuando vimos el enjambre de abejas y se me prendió fuego en el cabello, cuando llegaron los troyanos. Después de todo, ¿cómo es posible que habláramos unos con otros? Recuerdo a los extranjeros llegados desde el otro lado del mundo, remontando el Tíber en dirección a un país del que no sabían nada. Su emisario llegó a la casa de mi padre, le explicó que era troyano y tuvo con él unas amables palabras en un fluido latín. ¿Cómo es posible? ¿Es que acaso conocemos todas las lenguas? Eso sólo les ocurre a los muertos, cuya tierra se encuentra más allá de todas las demás tierras. ¿Cómo podéis entenderme vosotros, si viví hace veinticinco o treinta siglos? ¿Acaso sabéis latín?
Pero entonces pienso que no, que no tiene nada que ver con estar muerta. No es la muerte lo que nos permite entendernos, sino la poesía.

Si me hubierais conocido cuando era una muchacha, en mi casa, tal vez habríais pensado que el sucinto retrato realizado por mi poeta, esbozado como con un alfiler de bronce sobre una tablilla de cera, era bastante atinado: una niña, la hija de un rey, una virgen en edad de casarse, casta, silenciosa, obediente, preparada para someterse a la voluntad de un hombre como un campo en primavera al arado.
Yo nunca he arado, pero me he pasado toda la vida viendo a nuestros granjeros: el gran buey blanco tirando en el yugo, el hombre que aferra las alargadas asas de madera, que se encabritan mientras trata de hundir la reja en un suelo que parece manso y dócil y en realidad está duro y cerrado. Emplea todas sus fuerzas para abrir un arañazo lo bastante profundo para contener la semilla de cebada. Se afana hasta que está jadeante y tembloroso de agotamiento y no desea más que tenderse en el surco y dormir sobre el pecho de su madre, entre las piedras. Yo nunca tuve que arar, pero también tuve madre. La tierra acoge al granjero en sus brazos y lo lleva a un sueño que está más hondo que la semilla de cebada, pero mi madre no guardaba abrazos para mí.
Yo era silenciosa y mansa porque si hablaba, si demostraba mi voluntad, ella me recordaba que no era uno de mis hermanos y eso me hacía sufrir. Tenía seis años cuando murieron el pequeño Latino y el bebé, Lauren. Habían sido mis queridos muñequitos. Jugaba con ellos, los adoraba. Mi madre, Amata, nos observaba con una sonrisa en los labios mientras el huso subía y bajaba entre sus dedos. No nos dejaba con la niñera, Vestina, ni con las demás mujeres, como podría haber hecho una reina, sino que pasaba todo el día con nosotros por amor. A menudo nos cantaba mientras jugábamos. A veces dejaba de tejer y se ponía en pie de un salto, nos cogía a Latino y a mí de las manos y bailábamos riendo. «Mis guerreros» llamaba a los niños, y yo pensaba que también se refería a mí, porque se alegraba muchísimo al decirlo y su felicidad era la nuestra.
Caímos enfermos: primero el bebé, luego Latino, con su cara redonda, sus grandes orejas y sus ojos claros, y luego yo. Recuerdo los extraños sueños de la fiebre. Mi abuelo, el pájaro carpintero, volaba hasta mí, me picoteaba en la cabeza y yo lloraba de dolor. Al cabo de un mes, más o menos, mejoré y me recuperé, pero la fiebre de los niños no hacía más que remitir y regresar, remitir y regresar. Estaban cada vez más consumidos, pero entonces pareció que iban a recuperarse. Lauren succionaba con avidez los pechos de mi madre y Latino abandonó la cama para jugar conmigo. Al poco tiempo, la fiebre regresó y se los llevó. Una tarde, a Latino le dieron convulsiones. La fiebre era como un perro que zarandea una rata hasta matarla, y lo zarandeó a él hasta matarlo, al príncipe heredero, a la esperanza del Lacio, a mi compañero de juegos, a mi querido hermano. Aquella noche, el bebé se durmió plácidamente. Tenía la fiebre baja. A la mañana siguiente expiró entre mis brazos con un jadeo y un estremecimiento, como un gatito. Y mi madre enloqueció de tristeza.
Mi padre nunca entendió que se había vuelto loca.
Sentía una amarga pena por sus hijos. Era un hombre de buenos sentimientos y los niños habían sido, como para todos los hombres, su promesa de posteridad. Lloró por ellos, primero en voz alta, y luego, durante largo tiempo, en silencio, años y años. Pero al menos tenía el solaz de sus deberes como rey, y los ritos que debía realizar, el consuelo de los rituales repetidos, el consuelo de los espíritus ancestrales de su casa. Y también me tenía a mí, porque yo realizaba los ritos con él, como buena hija de rey. Y además me amaba profundamente, como primera hija suya, como su hija tardía. Pues era mucho mayor que mi madre.
Amata tenía dieciocho años cuando se casaron y él cuarenta. Era una princesa de los rutulianos de Ardea y él era el rey de todo el Lacio. Ella era hermosa, apasionada y joven; él, un hombre en la cúspide de sus facultades, bello y fuerte, un guerrero victorioso que amaba la paz. Fue un enlace que podría haber dado grandes frutos.
No la culpó por la muerte de los niños. No me culpó a mí por no haber muerto. Aceptó la pérdida y depositó sobre mí las esperanzas que aún le quedaban a su corazón. Siguió adelante, más cano y amargado cada año, pero nunca cruel y nunca débil, salvo en una cosa: dejaba que mi madre hiciera su voluntad, apartaba la mirada cuando ella actuaba como una caprichosa y guardaba silencio cuando hablaba como una loca.
Para la atroz pena de Amata no había respuesta humana. No le quedaba más que un marido que no podía entenderla ni hablar con ella, una hija de seis años que sólo sabía llorar y un montón de mujeres miserables y aterrorizadas que tenían miedo, como siempre les ocurre a los criados y a los esclavos, de que se las culpara por la muerte de los niños.
Para él sólo tenía desprecio; para mí, rabia.
Recuerdo cada una de las veces que toqué la mano o el cuerpo de mi madre, o que ella tocó el mío, después de la muerte de mis hermanos. No volvió a dormir en la cama donde mi padre y ella nos habían concebido.
Tras pasar varios años sin salir de su cuarto, reapareció sin muchos cambios aparentes, aún espléndida, con su brillante cabello negro, su rostro de color crema y su porte orgulloso. Su comportamiento en sociedad siempre había sido un poco distante y altanero; desempeñaba el papel de reina entre plebeyos y a mí me maravillaba lo diferente que era con los hombres que abarrotaban la casa del rey que con nosotros, sus hijos, con quienes tejía, cantaba, reía y bailaba. Con la gente de la casa, sus maneras siempre habían sido autoritarias, severas y coléricas, pero ellos la querían porque sabían que no albergaba mal alguno. Ahora se mostraba casi siempre fría con todos, calmada. Pero cuando yo hablaba, o cuando lo hacía mi padre, a menudo veía el espasmo de la aversión en su cara, la furia desolada y desdeñosa justo antes de que apartara la mirada.
Llevaba al cuello las bullas de los niños, las bolsitas con el pequeño falo de arcilla en su interior, amuletos de protección y buena suerte. Las ocultaba en cápsulas de oro, escondidas debajo de la ropa. Nunca se las quitaba.
La furia que ocultaba en sociedad solía brotar en el ala femenina de la casa bajo la forma de una irritación feroz dirigida hacia mí. El mote cariñoso por el que mucha gente se dirigía a mí, «pequeña reina», la fastidiaba especialmente, así que no tardó mucho tiempo en desaparecer. No me hablaba con frecuencia, pero cuando hacía algo que la molestaba, se volvía hacia mí de repente y me decía con voz dura y monótona que era tonta, fea y estúpidamente tímida.
—Me tienes miedo. Odio a los cobardes —solía decir.
A veces, mi mera presencia la hacía enfurecer. Me pegaba o me zarandeaba hasta que la cabeza se me movía violentamente de adelante atrás. En una ocasión, la rabia la llevó a arañarme la cara. Vestina me la quitó de encima, se la llevó a su cuarto y la tranquilizó, antes de volver corriendo para lavarme los largos y sanguinolentos arañazos que me recorrían las mejillas. Yo estaba demasiado aturdida como para llorar, pero Vestina lo hizo por mí mientras me aplicaba un bálsamo sobre las heridas.
—No dejarán marca —me dijo entre lágrimas—. Estoy segura de que no dejarán marca.
La voz de mi madre llegó calmada desde su habitación, donde aún seguía tendida.
—Bien.
Vestina me dijo que les contara a todos que me había arañado un gato. Cuando me vio mi padre y exigió saber qué había pasado, le dije:
—Me ha arañado el viejo gato de Silvia. Lo tenía en brazos cuando ha entrado un perro y se ha asustado. No ha sido culpa suya.
Casi llegué a creerme yo misma la historia, como hacen los niños, y la adorné con toda clase de detalles y circunstancias, como por ejemplo que me encontraba sola cuando ocurrió, en el robledal que había junto a la granja de Tirro, y recorrí corriendo todo el camino hasta la casa. Repetí que no era culpa de Silvia ni del gato. No quería que les pasara nada a ninguno de ellos. Los reyes son rápidos en el castigo. Es algo que alivia su ansiedad. Silvia era mi mejor amiga y mi compañera de juegos y la vieja gata de la granja tenía una camada de gatitos que se morirían sin ella. Así que los arañazos tenían que ser culpa mía. Y Vestina tenía razón: el bálsamo de consuelda era muy bueno. A las alargadas estrías rojas les salió primero una costra y finalmente terminaron por curarse sin dejar tras de sí más que una fina y plateada línea en el pómulo izquierdo, debajo del ojo. Llega un día en que Eneas la recorre con el dedo y me pregunta qué es.
—Me arañó una gata —le digo—. La tenía en brazos y un perro la asustó.

Sé que habrá reyes mucho más grandes, de reinos mucho más grandes, que Latino del Lacio, mi padre. Río arriba, en las siete colinas, había dos plazas fortificadas con paredes de adobe, Janiculum y Saturnia. Luego llegaron unos colonos griegos, reconstruyeron el asentamiento de la ladera y bautizaron como Pallanteum a este pueblo y su fuerte. Mi poeta trató de describirme el lugar, pues lo conoció estando vivo, o lo conocerá cuando viva, debería decir, puesto que, aunque estaba muriendo cuando estuvimos juntos, y ya lleva mucho tiempo muerto, aún no ha nacido. Aún no me ha olvidado, pero lo hará cuando al fin le llegue la hora de nacer, tras cruzar a nado las aguas lechosas. Cuando me imagine por primera vez no sabrá que va a conocerme en el bosque de Albunea. En cualquier caso, me contó que, en un tiempo futuro, el lugar que ocupa ahora la aldea, las siete colinas y los valles que las separan y las orillas de todos los ríos, estarán cubiertos a lo largo de varios kilómetros por una ciudad imposible de imaginar. En las colinas habrá templos de mármol recubierto de oro espléndido, amplios portones e innumerables estatuas de mármol y bronce. Más gente pasará por el foro de esa ciudad en un solo día, me dijo, de la que veré yo en todas las aldeas y granjas, en todos los caminos, en todos los festivales y todos los campos de batalla del Lacio durante toda mi vida. El rey de esa ciudad será el monarca más grande del mundo, tan grande, de hecho, que desdeñará el nombre de rey y sólo querrá ser conocido como un ser engrandecido por el poder sagrado, el augusto. Todos los pueblos de la tierra se inclinarán ante él y le llevarán tributos. Yo lo creo, pues sé que mi poeta siempre dice la verdad, aunque no necesariamente toda. Ni siquiera un poeta puede decir toda la verdad.
Pero en mi juventud, su gran ciudad no era más que un pequeño y tosco pueblecillo levantado sobre la ladera de una colina rocosa repleta de cuevas y tapizada de densa maleza. Una vez la visité con mi padre, tras un día de navegación por el río con viento del oeste. Su rey, Evandro, un aliado nuestro, era un exiliado griego que también tuvo dificultades en nuestra tierra, pues había matado a un invitado. Razones para hacerlo no le faltaban, pero nuestro pueblo no olvida esa clase de cosas. Agradecido a la ayuda de mi padre, hizo cuanto estuvo en su mano para comportarse como un buen anfitrión, pero vivía más humildemente que nuestros campesinos acaudalados. Pallanteum era una empalizada oscura, encajonada bajo unos árboles, entre el amplio y amarillento río y las colinas boscosas. Nos ofrecieron un banquete, claro está, a base de carnes de ternera y de venado, pero servidas de una manera extraña: tuvimos que sentarnos en unos bancos a pequeñas mesas, en lugar de reunirnos todos alrededor de una más alargada. Así comían los griegos. Y no tenían el pan y la sal sagrados en la mesa. Eso me preocupó durante todo el banquete.
El hijo de Evandro, Pallas, un agradable muchacho que tenía más o menos mi edad, once o doce años por entonces, me contó una historia sobre un enorme hombre animal que vivía en las cuevas y salía al anochecer para robar ganado y despedazar a la gente. Sólo se dejaba ver en raras ocasiones, pero sus huellas eran muy grandes. Un héroe griego llamado Ereles vino y acabó con su vida. ¿Cómo se llamaba?, pregunté, y Pallas me dijo que Cacus. Yo sabía que eso significaba «señor del fuego», es decir, el jefe de un asentamiento tribal que mantenía viva a Vesta para su pueblo con la ayuda de sus hijas, como hacía mi padre. Pero no quería contradecir la historia de los griegos sobre un hombre bestia, que era más emocionante que la mía.
Pallas me preguntó si me gustaría ver el cubil de una loba y, cuando le dije que sí, me llevó a una cueva llamada la Lupercal, bastante cerca del pueblo. Estaba consagrada a Pan, me dijo, que al parecer era como los griegos llamaban a nuestro abuelo Fauno. Sea como fuere, los pobladores habían dejado tranquila a la loba y a sus cachorros y ella los dejó tranquilos a ellos. Ni siquiera hizo daño nunca a los perros, a pesar de que los lobos los aborrecen. Había ganado de sobra para ella en esas colinas. En primavera, de vez en cuando, se llevaba un cordero. Ellos lo consideraban un sacrificio, así que cuando no lo hacía, le sacrificaban un perro. Su pareja había desaparecido el pasado invierno.
Puede que no fuera la mejor idea del mundo que dos niños se plantaran en la entrada de su cubil, porque tenía lobeznos y estaba dentro. La cueva despedía un olor muy fuerte. El interior estaba muy oscuro y silencioso. Pero al acostumbrarme a la penumbra pude ver las dos pequeñas e inmóviles brasas que eran sus ojos. Estaba allí, entre sus hijos y nosotros.
Pallas y yo retrocedimos lentamente, sin apartar la mirada un instante de sus ojos. Yo no quería irme, a pesar de saber que debía hacerlo. Finalmente me volví y seguí a Pallas, aunque despacio, mirando con frecuencia para ver si la loba salía de su casa y se detenía allí, siniestra y con las patas tensas, la amante madre, la fiera reina.
En aquella visita a las siete colinas comprobé que mi padre era un rey mucho más grande que Evandro. Más tarde descubrí que era más poderoso que cualquiera de los reyes del oeste de su tiempo, aunque su poder no sería nada en comparación con el del gran augusto destinado a llegar. Había establecido con firmeza los cimientos de su reino guerreando y defendiendo sus fronteras antes de que yo naciera. Durante mi infancia no hubo guerras. Fue un largo período de paz. Como es natural, hubo disputas y batallas entre los granjeros y a lo largo de las fronteras. Aquí, en el oeste, somos un pueblo duro y áspero, hecho de roble, según dicen; de temperamentos propensos a inflamarse y con las armas siempre a mano. De tanto en cuanto, mi padre tenía que intervenir para sofocar una reyerta rústica que se había caldeado demasiado o se había propagado demasiado de prisa. Marte vive en los campos de cultivo y en sus lindes. Si había algún problema, Latino convocaba a sus granjeros desde sus campos y ellos acudían con las viejas espadas de bronce y los escudos de cuero de sus padres, preparados para luchar hasta la muerte por él. Una vez solucionado el problema, regresaban a sus campos y él a su mansión.
La mansión, la Regia, era la gran capilla de la ciudad, un lugar sagrado, pues los dioses de nuestra despensa y nuestros antepasados eran los lares y los penates de la ciudad y del pueblo. Los latinos acudían de todos los rincones del Lacio para venerarlos y ofrecerles sacrificios, así como para celebrar banquetes con el rey. La mansión se veía desde muy lejos, al acercarse por la campiña, erguida entre los elevados árboles, sobre las murallas, las torres y los tejados.
Las murallas de Laurentum eran altas y poderosas, porque no estaba construida en lo alto de una colina, como la mayoría de las ciudades, sino en las ricas llanuras que descendían lentamente hacia los lagos y el mar. A su alrededor, más allá del foso y del terraplén, se extendían campos de labranza y pastos en todas direcciones, y enfrente de la ciudad había una amplia llanura abierta donde se entrenaban los atletas y los hombres practicaban con sus caballos. Pero al cruzar las puertas de Laurentum, salías del sol y el viento para refugiarte en una sombra profunda y fragante. La ciudad era una gran arboleda, un bosque. Cada casa se elevaba entre robles, higueras, olmos, esbeltos álamos y grandes laureles. Las calles eran oscuras y estrechas y estaban tapizadas de hojas. La más amplia de ellas conducía a la casa del rey, grande y majestuosa, sustentada por un centenar de columnas de madera de cedro.
Sobre una repisa, en cada pared del vestíbulo, había una hilera de imágenes, grabadas años antes por un exiliado etrusco como ofrenda para los reyes. Eran espíritus y antepasados —el Jano de dos caras, Saturno, Italo, Salbino, el abuelo Pico, que se convirtió en un pájaro carpintero de cresta roja pero cuya estatua, ataviada con una tiesa túnica tallada, permanecía sentada con la vara y el escudo sagrados en las manos—, una doble hilera de figuras graves talladas en cedro agrietado y ennegrecido. No eran muy grandes, pero sí las únicas representaciones con forma humana de todo Laurentum, con la excepción de los pequeños penates de arcilla, y a mí me llenaban de temor. A menudo cerraba los ojos al pasar corriendo entre aquellos rostros alargados y oscuros de ojos negros que no pestañeaban nunca, bajo las hachas y los yelmos empenachados y las jabalinas y los barrotes de puertas y las proas de barcos, trofeos de guerra clavados en lo alto de las paredes.
El corredor de las imágenes daba al atrio, una sala de techo bajo, grande y oscura, con un tejado abierto en el centro. A la izquierda se encontraban las salas del consejo y de los banquetes, en las que, de niña, yo entraba raramente, y más allá de ellas, los aposentos reales. Todavía más allá estaba el altar de Vesta, con las despensas abovedadas de ladrillo detrás. Yo tomaba el camino de la derecha, cruzaba corriendo la cocina y salía al gran patio central, donde había una fuente bajo el laurel que plantó mi padre cuando era joven, y donde crecían limoneros y dulces adelfas y matorrales de tomillo, orégano y estragón en grandes tiestos, y las mujeres trabajaban y charlaban e hilaban y tejían y lavaban jarras y cuencos en el pilón de la fuente. Yo corría entre ellas, pasaba bajo la columnata de los pilares de cedro y llegaba al ala de las mujeres, la mejor parte de la casa, mi hogar.
Si tenía cuidado y no llamaba la atención de mi madre, no tenía nada que temer. A veces, ya más cerca del final de mi adolescencia, me hablaba con cierta amabilidad. Y además había montones de mujeres que me querían, y mujeres que me adulaban, y la vieja Vestina, que me mimaba, y otras chicas con las que podía ser una chica, y niños con los que jugar. Y toda ella, tanto el ala de las mujeres como la de los hombres, era la casa de mi padre, y yo su hija.
Sin embargo, mi mejor amigo no era una chica de la Regia, nada de eso, sino la hija pequeña del vaquero Tirro, quien tenía a su cargo el ganado de mi familia además del suyo. Su granja, situada a poco menos de medio kilómetro de las puertas de la ciudad, era un sitio enorme, con muchas dependencias, la más grande de las cuales, de piedra y madera, se erguía como un viejo ganso gris en medio de una bandada de ocas. Entre las colinas bajas y tapizadas de robles se extendían, ya lejos de los huertos de la cocina, los corrales del ganado, las dehesas y los pastos. La granja era un lugar de incesante laboriosidad, en la que había gente trabajando todo el día. Pero a menos que la forja estuviera encendida y se oyera el tintineo del yunque o estuviesen estabulando a una docena de cabezas de ganado para castrar o para vender, reinaba en ella un profundo silencio. Los lejanos mugidos en los valles, el murmullo de las palomas matutinas y el rumor de los robledales cercanos a la casa conformaba una permanente y amortiguada manta de sonido en la que los demás ruidos se hundían y se perdían. Me encantaba aquella granja.
Silvia venía a veces a hacerme compañía a la Regia, pero las dos preferíamos estar en su casa. En verano yo acudía allí corriendo casi todos los días. Tita, una esclava dos años mayor que yo, me acompañaba como protectora en mi condición de princesa virgen, pero en cuanto llegábamos allí, se marchaba con sus amigas de la granja, y Silvia y yo nos alejábamos corriendo para subir a los árboles, represar el arroyo, jugar con los gatitos o coger renacuajos y vagabundear entre los bosques y las colinas, libres como gorriones.
Mi madre habría preferido que me quedara en casa.
—Pero ¿qué clase de compañías frecuenta? ¿Vaqueros?
Pero mi padre, que era rey de nacimiento, ignoraba sus remilgos.
—Deja que la niña corra y se haga fuerte. Son buena gente —decía. Y, de hecho, Tirro era un hombre fiable y competente, que dirigía sus pastos con mano tan firme como mi padre su reino. Poseía un temperamento explosivo, pero era justo con los suyos. Todos los días celebraba banquetes generosos, con la observancia y los sacrificios debidos a los espíritus locales y los lugares sagrados. Había luchado junto a mi padre en las antiguas guerras, tiempo atrás, y aún conservaba algo de guerrero. Pero con su hija era blando como la mantequilla caliente. La madre de Silvia había muerto poco después de su nacimiento y no tenía hermanos. Era el ojito derecho de su padre, de sus hermanos y de toda la gente de la casa. En muchos sentidos, era más princesa que yo. No debía pasar varias horas al día tejiendo y cosiendo, ni tampoco tenía deberes ceremoniales. Las viejas cocineras dirigían la cocina para ella, los viejos esclavos mantenían la casa limpia para ella, las chicas barrían el hogar y atizaban el fuego para ella. Tenía todo el tiempo del mundo para correr libre en las colinas y jugar con sus animalitos.
Poseía un don natural con las criaturas. Por la mañana, las pequeñas lechuzas acudían a su temblorosa llamada, hu-u-u, hi-i-i, y se posaban por un instante sobre su mano extendida. Había domesticado una cachorro de zorro, y cuando se convirtió en una raposa la dejó marchar, pero todos los años nos traía a sus crías para enseñárnoslas y las dejaba juguetear en la sombra que cubría la hierba, debajo de los robles. Silvia crió un cervatillo que sus hermanos habían capturado durante una cacería y a cuya madre habían dado muerte los sabuesos. Tendría once o doce años cuando trajeron a la pequeña criaturilla. La crió con ternura y consiguió que se convirtiera en un ciervo magnífico, tan manso y domesticado como un perro. Todas las mañanas salía trotando a los bosques, pero siempre regresaba a la hora de comer. Lo dejaban entrar en el comedor y comía de los cuencos. Silvia adoraba a su Cervulo. Lo lavaba, lo cepillaba y le decoraba la espléndida cornamenta con enredaderas en otoño y con guirnaldas de flores en primavera. Los ciervos macho pueden ser peligrosos, pero éste era dócil y tranquilo, demasiado confiado para su propio bien. Silvia le ataba siempre una banda de lino blanco alrededor de la cerviz como señal y así todos los cazadores de los bosques del Lacio lo reconocían. Hasta los sabuesos lo conocían, y como los habían reprendido y golpeado más de una vez por haberlo molestado, rara vez se atrevían a hacerlo.
Era maravilloso estar en las colinas y ver cómo un gran ciervo salía caminando tranquilamente del bosque, balanceando la corona de su cornamenta, se arrodillaba, ponía el morro en la mano de Silvia y, doblando sus largas y delicadas patas debajo del cuerpo, permanecía allí sentado mientras ella le acariciaba el cuello. Su olor era dulce, intenso y salvaje. Tenía ojos grandes, oscuros y tranquilos, como los de Silvia. Así eran las cosas en la era de Saturno, decía mi poeta, la edad de oro de aquellos primeros días, cuando no existía el miedo en el mundo. Silvia era como una hija de aquella edad. Estar con ella, sentadas en las laderas bañadas por el sol o correr a su lado por las veredas boscosas que tan bien conocía, eran los placeres de mi vida. No había nadie en aquel país de nuestra infancia que nos deseara mal alguno. Nuestros paganos, los pobladores de los predios, nos saludaban desde sus campos o desde la puerta de sus chozas redondas. El arisco apicultor nos guardaba un panal de miel, la lechera tenía siempre un poco de requesón para nosotras, los vaqueros hacían el tonto para divertirnos, montando en becerros o saltando sobre los cuernos de una vieja vaca, y el viejo pastor, Ino, nos enseñaba a hacer flautas con paja de avena.
A veces, en verano, cuando el largo día se aproximaba a la tarde y sabíamos que en cualquier momento tendríamos que volver a la granja, nos tendíamos de bruces sobre el suelo de la ladera, pegábamos la cara a la hierba reseca y áspera y a la tierra dura y grumosa y aspirábamos la infinitamente compleja fragancia, a heno dulce y suelo húmedo, de aquella cálida y estival tierra nuestra. En ese momento, las dos éramos hijas de Saturno. Entonces nos levantábamos de un salto y corríamos colina abajo en dirección a casa. ¡A ver quién llega antes al vado del ganado!
Cuando yo tenía quince años, el rey Turno vino de visita a la casa de mi padre. Era primo mío y sobrino de mi padre. Convaleciente su padre Dauno, le había entregado la corona de Rutulia el año antes, y nos habían llegado noticias sobre el esplendor de las ceremonias de su coronación en Ardea, la ciudad más próxima al sur del Lacio. Los rutulianos habían sido buenos aliados nuestros desde que Latino desposara a la hermana de Dauno, Amata, pero el joven Turno parecía tener la intención de seguir su propio camino. Cuando los etruscos de Caere expulsaron de la ciudad al tirano Mecencio, un salvaje para quien no existía nada sagrado, Turno lo acogió. Toda Etruria estaba furiosa con Turno por haber dado cobijo a un tirano que había abusado de su poder con tal crueldad que hasta los lares y los penates de su propia casa lo habían abandonado. Estos malos sentimientos eran preocupantes para nosotros, puesto que Caere se encontraba justo al otro lado del río. Las ciudades etruscas eran poderosas y nos convenía mantener buenas relaciones con ellas siempre que fuera posible.
Mi padre discutió el asunto conmigo mientras nos encaminábamos hacia el bosque sagrado de Albunea. Se encontraba al este de Laurentum, bajo las colinas, a un día de camino. Ya habíamos estado allí varias veces. Yo servía como acolita en los ritos mientras él rezaba a nuestros antepasados y a los poderes de los bosques y los manantiales. Durante aquellas caminatas solitarias me hablaba como si fuera su heredera. Aunque no podía sucederlo en el trono, no había razón para que me mantuviera en la ignorancia en los asuntos de la política y del gobierno. A fin de cuentas, era casi seguro que me convertiría en la reina de alguna parte. Hasta puede que de Rutulia.
El nunca hablaba de aquella posibilidad, pero las mujeres sí. Vestina estuvo segura de ello desde el mismo momento en que se enteró de la visita del rey Turno.
—¡Viene a por nuestra Lavinia! ¡Viene a cortejarla!
Mi madre la fulminó con la mirada desde el otro lado de la gran canasta de lana virgen que estábamos estirando. Estirar la lana, deshacer los nudos y enredos de vellón lavado para que se pudieran cardar las fibras, era la labor doméstica que más me gustaba. Es sencilla y se puede realizar a la perfección sin pensar. El vellón limpio tiene un olor dulce y la grasa de la lana te suaviza las manos, mientras que los nudos y las bolas forman una enorme, etérea y bonita nube que se eleva por encima de la cesta.
—Ya es suficiente —dijo mi madre—. Sólo los campesinos hablan de matrimonio para una muchacha tan joven.
—Dicen que es el hombre más apuesto de Italia —dijo Tita.
—Y que es capaz de montar un potro como nadie —dijo Picula.
—Y que tiene el pelo dorado —dijo Vestina.
—Tiene una hermana, Juturna, tan bella como él, pero que ha jurado no abandonar nunca el río —dijo Sabella.
—¡Menudo hatajo de cotorras estáis hechas! —exclamó mi madre.
—Lo habrás conocido cuando era niño, ¿verdad, mi reina? —preguntó Sicana, la favorita de mi madre.
—Sí, era un buen muchacho —respondió Amata—. Muy orgulloso de todo lo suyo. —Y esbozó una pequeña sonrisa, como hacía siempre que hablaba del hogar de su infancia.
Subí a la torre de guardia de la esquina sureste de la casa, sobre los aposentos reales, desde la que se divisaban las calles y lo que había más allá de las murallas y la puerta de la ciudad. Vi que los visitantes llegaban a las puertas y continuaban por la vía Regia, todos ellos a caballo, con los relucientes petos y los ondeantes penachos. Entonces bajé al atrio y esperé allí, con el resto de los habitantes de la casa, mientras mi padre daba la bienvenida a Turno. Tuve tiempo de examinarlo, a sus hombres y a su yelmo de penacho elevado. Era de una belleza espléndida, bien formado y musculoso, con un cabello rojizo y rizado, ojos azules y un porte orgulloso. Si tenía algún defecto físico, es que era un poco bajo para tener un pecho tan ancho y unos músculos tan poderosos, lo que hacía que sus andares fueran un poco pomposos. Su voz era profunda y clara.
Aquel día me convocaron para la cena en el gran salón. Mi madre y yo nos pusimos nuestras mejores túnicas mientras las mujeres chismorreaban a nuestro alrededor y trataban de peinarnos. Sicana sacó para mi madre el gran collar de oro y granates que Latino le había regalado el día de su boda, pero ella prefirió la gargantilla y los pendientes de plata y amatistas que su tío Dauno le entregara como regalo de despedida. Parecía alegre, radiante. Pensé que, como siempre, podría ocultarme tras ella, eclipsada y protegida por su imperiosa belleza.
Pero durante la cena, mientras Turno conversaba afablemente con mi padre y mi madre, me di cuenta de que me miraba. No de manera fija, sino de hito en hito, con una pequeña sonrisa en los labios. Me embargó un azoramiento que nunca había sentido. Sus penetrantes ojos azules empezaron a darme miedo. Cada vez que me atrevía a levantar los ojos, me lo encontraba mirándome.
Nunca me había parado a pensar en el amor y el matrimonio. ¿Qué tenía que pensar? Cuando llegara la hora de casarse, me casaría y descubriría lo que era el amor, la concepción de los hijos y todo lo demás. Hasta entonces, era algo que no existía para mí. Silvia y yo podíamos bromear y burlarnos la una de la otra hablando del joven y guapo granjero que me lanzaba miradas o de su hermano mayor, Almo, que a veces nos hacía compañía para poder hablar conmigo, pero no eran más que palabras, no significaba nada. Ningún hombre de la casa, de la ciudad o del reino entero podía mirarme como Turno estaba mirándome. Mi reino era la virginidad y yo me sentía como en casa en ella, sin que nada me amenazara, segura. Ningún hombre había hecho que me ruborizara jamás.
Pero en aquel momento sentí que me ponía colorada desde las raíces de mis cabellos hasta el busto o las rodillas. La vergüenza me acobardó. No pude comer. El ejército invasor estaba en las murallas.
Sin duda, Turno reconocería en mí el retrato trazado por un poeta de una doncella silenciosa y asustada. Mi madre, a cuyo lado me había sentado, estaba perfectamente enterada de mi incomodidad, y no le desagradaba. Dejó que siguiera asustada y distrajo a Turno hablándole de Ardea. No sé si le hizo una seña a mi padre o fue decisión de él, pero en cuanto hubieron retirado los cuencos de la carne y el paje hubo arrojado la ofrenda al fuego, mientras los criados llegaban con los aguamaniles y las servilletas y rellenaban las copas de vino para la sobremesa, pidió a mi madre que me llevara a la cama.
—Vamos a quedarnos sin la flor de la fiesta —protestó graciosamente el monarca invitado.
—La niña tiene que dormir —dijo mi padre.
Turno levantó la copa —la copa de oro de Cures, con dos asas y una escena de caza grabada, parte de un botín de guerra obtenido por mi padre y la mejor pieza de nuestra vajilla— y dijo:
—Que tengas dulces sueños, la más hermosa de las hijas del padre Tíber.
Yo permanecí en el sitio, paralizada.
—Márchate —murmuró mi madre con algo parecido a una risa.
Me marché de allí lo más de prisa posible, descalza porque no quería parar ni para ponerme las sandalias. Oí la voz resonante de Turno detrás de mí, en el salón, pero no entendí lo que decía. Me pitaban los oídos. El aire de la noche en el patio fue como un chorro de agua fría sobre mi cara y mi cuerpo calenturientos que me hizo exhalar un jadeo y empezar a tiritar.
En los aposentos de las mujeres, como es natural, todas las chicas y las mujeres cayeron sobre mí y se dedicaron a decirme (o a decirse entre sí) lo glorioso y apuesto que era el joven rey, lo grande y fuerte que parecía, lo bien que le sentaban el yelmo, la enorme espada y el peto de reluciente bronce, con los que parecía un gigante en el salón. ¿Qué había dicho durante la cena? ¿Me gustaba? No pude responder. Vestina me ayudó a espantarlas diciendo que parecía tener fiebre y tenía que irme a la cama. Cuando por fin logré convencerla también a ella de que me dejara sola, pude permanecer tendida en mi pequeña y silenciosa alcoba y mirar a Turno.
Por descontado, era absurdo preguntar si me había gustado. A una joven que conoce a un hombre, un hombre guapo, un rey, un hombre que podría ser su primer pretendiente, no le gusta ni le disgusta. Su corazón late, su sangre fluye y lo ve, lo ve únicamente: puede que como un conejo ve al halcón o como la tierra ve el cielo. Yo vi a Turno como una ciudad ve a un espléndido visitante, a un capitán de ejércitos llegado a sus puertas. El hecho de que estuviera allí, de que hubiera venido, era maravilloso y terrible. Nada volvería a ser lo mismo. Pero no había necesidad, aún no, de abrir la puerta.
Turno permaneció varios días con nosotros, pero sólo volvimos a vernos una vez. La última noche solicitó mi presencia en la cena y me enviaron al banquete, pero no para cenar con los invitados y visitantes, sino sólo a la sobremesa, para escuchar las canciones y disfrutar de las bailarinas. Me senté junto a mi madre y Turno volvió a mirarme sin hacer el menor esfuerzo por disimularlo. Sonreía. Su sonrisa era un destello agradable y rápido. Mientras miraba a las bailarinas, lo observé. Me fijé en el pequeño tamaño de sus orejas, en la bonita forma de su cabeza, en la fuerza y la rotundidad de su mandíbula. Puede que le saliera papada más adelante. Tenía una nuca agradable y despejada. Vi que se mostraba atento y respetuoso con mi padre, quien, sentado a su lado, parecía viejo.
Mi madre tenía diez o doce años más que su sobrino, pero aquella noche no los aparentaba. Le brillaban los ojos y se reía. Turno y ella se llevaban bien y se sentían cómodos en su mutua compañía. Hablaban con desenvoltura desde los dos lados de la mesa, y los demás invitados se les unían mientras mi padre escuchaba con benevolencia.
El día después de la marcha de Turno, mi padre nos hizo llamar a mi madre y a mí. Salimos a pasear bajo el pórtico, fuera de la sala de banquetes. Había despedido a toda la gente que normalmente lo rodeaba. Era un lluvioso día de primavera y se había puesto la toga, porque a medida que envejecía, cada vez acusaba más el frío. Anduvo a nuestro lado un rato en silencio y entonces dijo:
—Anoche, el rey de Rutulia intentó decirme que deseaba pedir tu mano, Lavinia. No lo dejé continuar. Le dije que aún no tienes la edad necesaria para empezar a hablar de cortejo y matrimonio. Quiso discutírmelo, por supuesto, pero no se lo permití. Le respondí que mi hija es demasiado joven.
Nos miró. Yo no sabía qué decir. Me volví hacia mi madre.
—¿No le ofreciste ninguna esperanza? —preguntó Amata, calmada y civilizada como siempre era con su marido.
—No le dije que siempre será demasiado joven —respondió mi padre a su suave y sarcástica manera.
—El rey Turno podría ofrecerle mucho a su prometida —repuso ella.
—En efecto. Hay buenas tierras allí. Y es un buen guerrero, según dicen. Su padre lo era, desde luego.
—Estoy segura de que es un guerrero valiente.
—Y rico.
Salimos del pórtico. La lluvia caía suavemente sobre el patio y las hojas de los limoneros se movían arriba y abajo. Bajo el gran laurel estaba aún bastante seco y una de las chicas de la casa estaba allí sentada, cantando una larga canción mientras tejía.
—Así que, si el muchacho vuelve otro año, ¿podrías tener otra respuesta para él? —preguntó mi madre a mi padre.
—Podría ser —respondió él con voz fría—. Si es que está dispuesto a esperar.
—¿Y tú, Lavinia?
—No lo sé —dije.
Mi padre me puso una mano en el hombro.
—No te preocupes por eso, querida mía —dijo—. Tienes tiempo de sobra para estas cosas.
—¿Y qué haríamos con Vesta? —dije, sin atreverme a añadir «si llegara a casarme».
—Bueno, habrá que pensar en eso. Elige una chica a la que puedas empezar a enseñarle los deberes.
—Maruna —respondí sin dudarlo.
—¿Una etrusca?
—Su madre es etrusca. La capturaste en una incursión al otro lado del río. Maruna creció aquí. Es muy pía. —Con esto yo quería decir muy responsable, respetuosa con el deber y susceptible al temor religioso. Mi padre me había enseñado el significado de la palabra y su valor.
—Bien. Llévala contigo cuando atiendas el fuego, limpies el hogar y prepares la sal sagrada. Que empiece a aprender todas esas cosas.
Mi madre no tenía nada que decir sobre este asunto. Es la hija del rey la que mantiene el fuego encendido. Yo sabía que para mis padres era duro pensar que, todos los días, cuando nos sentábamos a cenar, el muchacho que alimentaba el fuego del altar con nuestra comida y pronunciaba la bendición no era un hijo suyo, como tendría que haber sido, sino un mero sirviente. Y ahora el cuidado del fuego y de las despensas debía recaer también en las manos de una sustituta, una esclava.
Mi padre exhaló un leve suspiro. Su mano, grande y cálida, seguía aún sobre mi hombro. Mi madre continuó caminando, impasible. Al volvernos hacia las columnas, dijo:
—Puede que no sea conveniente hacer esperar demasiado al joven rey.
—Un año, o dos. O tres —dijo Latino.
—Oh —repuso ella, con una mueca de desagrado e impaciencia—. ¡Tres años! ¡Es un hombre joven, Latino! Corre sangre caliente por sus venas.
—Razón de más para dar a nuestra niña tiempo para crecer.
Amata no discutió. Nunca lo hacía, pero se encogió de hombros.
En su gesto interpreté la falta de fe en que llegara alguna vez a crecer lo bastante como para estar a la altura de un hombre como Turno. Y, de hecho, yo misma me preguntaba cómo iba a poder hacerlo. Para desposarme con un hombre así tendría que haber sido generosa de pecho y majestuosa como mi madre, feroz como ella y ferozmente hermosa. Pero yo era menuda y flaca, morena y desgarbada. Era una chica, no una mujer. Puse la mano sobre la de mi padre y la dejé allí mientras caminábamos. Podía mirar los ojos azules de Turno en la oscuridad de mi cuarto, de noche, pero no quería pensar en abandonar mi casa.

La armadura de Eneas cuelga a la entrada de nuestra casa, aquí en Lavinium, como la espada y el peto de Turno lo hacían durante sus visitas a Laurentum. He visto a Eneas varias veces con esta armadura, el yelmo, la coraza, las grebas, la espada larga y el escudo redondo, todos de bronce: resplandece como el mar deslumbra bajo el sol. Al ver su armadura allí colgada, una se da cuenta de lo grande y poderoso que es. No parece demasiado alto ni demasiado musculoso, porque las proporciones de su cuerpo son perfectas y se mueve con gracia y ligereza, consciente siempre de todo cuanto lo rodea, sin desplazarse a empujones, como hacen muchos hombres grandes y fuertes. Y sin embargo yo apenas puedo levantar la armadura que él lleva con tanta facilidad. Fue un regalo de su madre, quien la encargó para él a un señor del fuego, según me contó él mismo. Sí, el hombre que forjó y trabajó aquella armadura era el maestro de todos los herreros. No hay en todo el mundo occidental un trabajo tan bello como aquel escudo.
La superficie de las siete capas de bronce soldadas está cubierta de arriba abajo por un gran dibujo de figuras en relieve, delicadamente grabadas y resaltadas con incrustaciones de oro y plata. Hay aquí y allí algún leve arañazo o alguna abolladura de las batallas. A menudo me acerco y lo estudio. La imagen que más me gusta está en la parte superior izquierda, una loba que gira su esbelto cuello para lamer a sus cachorros, que no son lobeznos, sino bebés humanos, niños ávidamente prendidos de sus pezones. Otra que me gusta es una oca, toda de plata, que se yergue con el cuello estirado hacia arriba mientras lanza un graznido de alarma. Tras ella, unos hombres trepan por un acantilado; tienen el cabello rubio y ensortijado. Cada uno de ellos lleva alrededor del cuello un torque de oro retorcido.
No lejos de la loba hay figuras que he visto en nuestros festivales: unos sacerdotes saltarines, con sus escudos de dos lóbulos, y un par de niños lobo que corren desnudos, blandiendo sus palos de cuerno y riéndose a carcajadas. Pero la mayoría son hombres, hombres que luchan, interminables escenas de batallas, hombres despedazados, hombres destripados, puentes destruidos, murallas derribadas, matanzas.
Eneas no está en ninguna de las imágenes, y nada de lo que me contó el poeta sobre el asedio y la caída de su ciudad y sus viajes antes de llegar al Lacio resulta reconocible sobre el escudo.
—¿Son escenas de Troya? —le pregunto. Y él niega con la cabeza.
—No sé lo que son —dice—. Puede que sean escenas de lo que aún está por venir.
—Entonces lo que está por venir es guerra, sobre todo —respondo mientras busco entre las escenas alguna que no sea una batalla, algún rostro sin yelmo. Veo una violación en masa, un grupo de mujeres que chilla y se debate mientras los guerreros se las llevan a rastras. Veo grandes y preciosos barcos con hileras de remos, pero son todos ellos barcos de guerra y algunos están ardiendo. El fuego y el humo ascienden sobre las aguas.
—Es posible que sea el reino que heredarán los hijos de nuestros hijos —dice en voz muy baja. Eneas siempre habla en medio del silencio, rara vez durante mucho tiempo y normalmente en voz baja. Nunca es arisco, pero sí silencioso. Maneja las palabras como la espada, sólo cuando es necesario.
Esta, la ciudad de las imágenes, es la Roma de mi poeta, entonces. Miro con más detenimiento el centro del escudo, la batalla naval. En la proa de una nave se encuentra un hombre de rostro hermoso y frío. El fuego ondea sobre su cabeza y un cometa pasa por encima de ella. Creo que es el hombre de la grandeza, el augusto.
Sigo mirando y veo cosas en las que nunca había reparado. La ciudad, o alguna otra gran ciudad, yace en ruinas, totalmente destruida e incendiada. Veo otra ciudad destruida, y luego otra. Unas hogueras enormes arden en hilera, una detrás de otra, envolviendo en llamas un país entero. Las enormes máquinas de guerra avanzan reptando por la tierra, o se hunden bajo el mar o vuelan por el aire. La tierra misma se consume con negros y oleosos nubarrones. Una inmensa nube redonda de destrucción se alza sobre el mar en el fin del mundo. Sé que es el fin del mundo. Horrorizada, le digo a Eneas:
—¡Mira, mira!
Pero no puede ver lo que yo veo en el escudo. No vivirá para verlo. Tendrá que morir al cabo de sólo tres años, dejándome viuda. Sólo yo, quien conocí al poeta en los bosques de Albunea, puedo seguir mirando sobre el bronce del escudo de mi marido todas las guerras que no librará.
El poeta le dio una vida, una vida grande, así que debe morir. Yo, a quien el poeta dio tan poca vida, puedo seguir adelante. Puedo vivir y ver la nube que hay sobre el mar, en el fin del mundo.
Rompo a llorar y cojo a Eneas en mis brazos, y él me abraza delicadamente y me dice «no llores, corazón, no llores».

La casa del rey, en la que vivo, es una plaza dividida en cuatro partes. El gran laurel se encuentra en el cruce, el centro. Al despuntar el alba salgo de la casa y de la ciudad y me encamino a los campos del este.
Los pagos en los que vivimos los paganos siguen el mismo patrón de los campos de los granjeros, trazado por las veredas que discurren entre ellos. El cruce, donde se encuentran los cuatro campos, es la capilla de los lares, los espíritus del lugar de encuentro. La capilla tiene cuatro puertas y delante de cada una de ellas se encuentra el altar del campo de un granjero. Me detengo en una de las veredas que separan los campos y miro al cielo.
La casa del cielo no tiene límites, pero en mi mente le doy fronteras y la divido en cuatro partes. Yo me encuentro en el centro, el cruce, orientada hacia el sur, hacia Ardea. Contemplo el cielo vacío, hacia el que asciende lenta y fluidamente la luz. Llegan unos cuervos por la izquierda, desde las colinas del este, me sobrevuelan en círculos graznando y regresan hacia el amanecer que corona de fuego las colinas. Es un buen presagio, pero el alba roja augura un día de tormenta.

Tenía doce años la primera vez que acompañé a mi padre a Albunea, el bosque sagrado bajo la colina, donde los manantiales de azufre que discurren desde una caverna elevada inundan el aire con un incesante rumor atribulado y una neblina que apesta a huevos podridos. Allí, los espíritus de los muertos pueden oírte si los llamas. En los tiempos antiguos, la gente acudía a Albunea desde todas las tierras del oeste para consultar a los espíritus y a los poderes del lugar. Ahora, muchos prefieren ir al oráculo próximo a Tibur, que lleva el mismo nombre. Esta Albunea menor era sagrada para mi familia. Cuando algo perturbaba la mente de mi padre, acudía allí. En aquella ocasión me dijo:
—Ponte la túnica sagrada, hija, y ven a ayudarme con el sacrificio.
En casa ya había sido su ayudante muchas veces, como es deber de los hijos, pero nunca había estado en los manantiales sagrados. Me puse la toga de reborde rojo y cogí una bolsa de grano en salazón de las despensas que había detrás de Vesta. Marchamos durante varios kilómetros por sendas que discurrían por campos y pastos conocidos y luego llegamos a una región que no había visto nunca, más salvaje, donde las colinas boscosas se cernían sobre nosotros desde los dos lados. Al llegar a un pequeño arroyo, continuamos por la ribera norte de su rocoso cauce. Era el Prati, me explicó mi padre, y luego me habló de los ríos del Lacio: el Lentulus de Laurentum, el Harenosus, el Prati, el Stagnulus y el sagrado Numicus, que se alza sobre la montaña Alba y conforma nuestra frontera con Rutulia.
Llevaba el sacrificio, un cordero de dos semanas. Estábamos en abril. Los matorrales estaban en flor, rebosantes de vida, y los robles de las laderas de las colinas exhibían sus largas, delicadas y reticentes flores de color verde y bronce. Ante nosotros, los bosques ascendían y ascendían en dirección a la cima del monte Alba, y a nuestra izquierda se extendía una floresta erizada de picachos, como un nubarrón oscuro. Nos adentramos entre los árboles. El bosque era oscuro y en su interior sólo se oían unas pocas aves, a diferencia del monte bajo y los campos de antes, rebosantes de cantos. Mi olfato percibió el olor del manantial cercano, pero no pude ver los vapores y el rumor del agua sólo se oía de forma tenue, un siseo como el que emite una olla cuando hierve el agua que contiene.
El santuario era un claro tapizado de hierba en lo profundo del bosque, delimitado por un tosco murete de roca de forma más o menos cuadrada y no más alto que mis rodillas. En su interior, la sensación del numen, la presencia y el poder de lo sagrado, era fuerte y extraña. En el interior del múrete, el suelo estaba cubierto de vellones hechos jirones y medio descompuestos. Había un pequeño altar de roca. Mi padre arrancó un pedazo de tierra cubierta de hierba del exterior del múrete y la dejó sobre él. Nos cubrimos la cabeza con el borde de la túnica. Encendió el fuego. Yo, hice una guirnalda de hojas jóvenes de laurel y engalané al cordero con ella. Lo rocié con el grano salado de la bolsa y lo sostuve en alto mientras mi padre rezaba. El cordero era dócil y valiente, un noble sacrificio. A su manera, también tenía piedad. Lo sujeté mientras mi padre le rebanaba la garganta con su gran cuchillo de bronce y ofrecía su vida a unos poderes que no conocemos, con miedo y gratitud y con la esperanza de estar en paz con ellos. Inmolamos las entrañas en el altar para alimentar los poderes de los espíritus. Asamos las costillas y nos las comimos; no habíamos tomado nada desde el mediodía del día anterior. Luego envolví el resto de la carne para llevárnosla a casa. Mi padre desolló el cuerpo y dejó la piel sobre el suelo, con la lana hacia arriba, recogió los restos de las demás pieles y las extendió por el lugar. Estaban mojadas por las lluvias caídas un par de días antes y apestaban a podredumbre y moho, pero así son las camas en Albunea.
Para entonces había oscurecido bastante. El rojo del sol había desaparecido de los espacios entre los árboles y el cielo, entre el ramaje, y empezaba a oscurecer. Nos tendimos sobre las pieles de oveja, con el vellón de nuestro cordero bajo la cabeza.
No sé si el poder de Albunea acudió a mi padre aquella noche, pero sí que lo hizo conmigo, no como una voz entre los árboles, como les ha ocurrido a otros, sino como un sueño, o lo que a mí me pareció un sueño. En él, me encontraba junto a río, el Numicus. Estaba en un vado, sola, observando cómo discurrían las aguas claras entre las rocas. Vi una hebra de color en la corriente, una veta rojiza. La veta se hizo más densa y turbia y se transformó en una nube de color rojo que se alejó flotando corriente abajo hasta desaparecer. El peso de una congoja aplastante recayó entonces sobre mi corazón y mis rodillas cedieron. Me arrodillé sollozando entre las rocas. Al cabo de un tiempo volví a levantarme y caminé corriente arriba hasta llegar a una ciudad. Sus murallas eran de tierra fresca. Yo seguía llorando y me cubría la cabeza y la cara con el borde de la túnica, pero sabía que la ciudad era mi hogar. Entonces, en el sueño, volví a aparecer en el bosque de Albunea, aún sola. Esta vez crucé el claro del altar y llegué al manantial. No pude acercarme a la cueva. El burbujeante siseo era muy fuerte allí y alrededor de la boca de la caverna, por todas partes, había cenagales y charcos poco profundos. Una neblina azulada y pestilente flotaba sobre el agua y el suelo. Oí a un pájaro carpintero entre los árboles, el golpeteo de su pico contra un tronco, y su canto, parecido a una ronca carcajada, antes de que apareciera volando. Me aparté y me cubrí la cabeza con la túnica, asustada, pero no me atacó. Su cabeza de color escarlata pasó como un destello fugaz ante mí. Batió sus alas ante mis ojos dos veces, muy suavemente, como el roce del más fino de los velos. Luego se alejó riendo. Al levantar la mirada, vi que no estaba oscuro entre los árboles. El bosque estaba bañado por una luz estática que no proyectaba sombras, y tanto el agua como la neblina que despedía el manantial eran luminosas.
Entonces desperté y vi la misma luz en el claro, durante un rato, antes de que el amanecer se la llevara.
Antes de marcharme, me acerqué al manantial y descubrí que era tal como lo había visto en mi sueño, aunque cubierto de sombras.
Mi padre estaba en silencio cuando iniciamos el viaje de regreso a casa. Al salir del bosque miré hacia el sur y me imaginé el curso del Numicus, el vado y el lugar donde había visto la ciudad en mi sueño.
—Anoche, mientras dormía, el abuelo Picus acudió a mí, padre —le dije, y le conté lo que había visto.
Me escuchó sin decir nada.
—Es un abuelo poderoso —dijo al fin.
—Me golpeó en la cabeza cuando tuve las fiebres. Grité de dolor.
—Pero esta vez te ha tocado los ojos con las alas.
Asentí. Seguimos caminando un rato.
—Albunea es parte de su regalo —dijo Latino—. Suyo y de los demás poderes del bosque. Te ha dado su libertad, hija. Te ha abierto los ojos para que puedas ver.
—¿Puedo volver contigo alguna vez?
—Puedes venir cuando quieras, creo.

Si mi hija hubiese vivido, nunca podría haber corrido tranquila y feliz por los campos que rodeaban nuestras tierras ni por las laderas de las colinas de las tierras de pasto, como hacía yo. Cuando mi hijo era aún un niño, los bosques eran más seguros para él que los pagos. Pero de niña, yo podía caminar por las colinas y las veredas de la campiña sin más compañía que la de Maruna. A veces me acompañaba todo el camino y a veces se quedaba de noche con la familia de un leñador, en el linde del bosque, mientras yo marchaba sola al claro sagrado. Esto era posible porque la paz que mi padre había traído al Lacio era sólida y duradera. En aquella paz, los niños pequeños podía contemplar el ganado, los pastores podían dejar que sus rebaños vagaran por los pastos de verano sin temor a los cuatreros, y las mujeres y las niñas no tenían necesidad de ir protegidas o en grupos grandes, sino que podían caminar sin miedo por cualquier vereda del Lacio. Ni siquiera en las tierras más salvajes había camino alguno en el que fuese necesario temer al lobo, al jabalí o al hombre. Como éste era el orden que yo había conocido durante toda mi vida, pensaba que el mundo había sido y sería siempre así. Aún no entendía cómo corroe la paz a los hombres, como van atesorando impaciente rabia contra ella a medida que se prolonga, cómo la van socavando hasta asegurarse de que se quiebra y deja paso a la batalla, la matanza, la violación y la desolación. De todos los grandes poderes, al que más temo es aquel al que no puedo venerar, al que camina por la frontera, al que impulsa al macho cabrío contra la oveja, al toro contra el ternero y al que coloca la espada en la mano del granjero: Mavors, Marmor, Marte.
Yo me ocupaba de las despensas de la casa del rey. Era mi deber como hija de mi padre, como camilla, novicia. Los alimentos que consumíamos estaban a mi cargo. Molía el grano y la sal sagrada que bendecía la comida. Diaria y fielmente, me encargaba de que Vesta continuara ardiendo en el hogar, el brillante centro de nuestras vidas. Pero no se me permitía entrar en la pequeña sala, situada junto a la puerta de la casa, donde vivía Marte. No Marte el del arado, el del toro y el potro, ni Marte el del lobo, sino el otro. Marte el de la espada, las lanzas, los escudos que sacan los saltarines el día de año nuevo para zarandearlo, para despertarlo y bailar y brincar con él por las calles y entre los campos. Sólo volverían a encerrarlo después de que se hubiera consumado el sacrificio del caballo de octubre y el propio invierno, con el frío, la lluvia y la oscuridad, hubiese proclamado la paz.
Marte no tenía altar en la ciudad. Lo adoraban los hombres. Una chica, una virgen, no tenía nada que hablar con él, ni quería hacerlo. La casa que yo mantenía estaba próxima a la suya, y la suya a la mía.
Pero yo respetaba los límites. El no.
Cuando era niña, no lo conocía lo bastante bien como para temerlo. Me gustaba ver a los saltarines cuando corrían para abrir aquella puerta cerrada el primer día de marzo y salían con las capas rojas y los gorros puntiagudos, bailando, despidiendo el año viejo, dejando entrar al nuevo, blandiendo las largas lanzas y los escudos con forma de cara de búho, haciendo cabriolas y gritando por las calles de Laurentum «¡Mavors! ¡Mavors! ¡Macte esto!». Las chicas huíamos de ellos y nos ocultábamos como se esperaba de nosotras, con temor debidamente fingido. Oh, cómo les gusta a los hombres pinchar con sus lanzas y blandirlas. ¡Oh, cómo les gustaría que siempre tuvieran tres metros de longitud!
Como estábamos en paz, podía reírme de los saltarines; como estábamos en paz, podía dormir sola en Albunea; como estábamos en paz, mi padre no vio nada malo cuando empezaron a acudir más pretendientes a la Regia para pedir mi mano. Que pugnen unos con otros, que Aventino lance miradas hostiles a Turno y que Turno desaire al joven Almo. No se atrevían a pelear bajo el techo del rey ni a quebrantar la paz del rey más allá de sus fronteras. Al final, uno de ellos demostraría ser el mejor, y cuando me llevara a su casa los demás tendrían que aceptarlo. Mi padre disfrutaba mucho más que yo de sus visitas. Traían aires nuevos y masculinos a la casa. Le gustaba comer con ellos y darles vino, volver a llenar una vez tras otra sus cuencos. Le gustaban sus regalos: la carne de caza, las salchichas, los cabritos bancos y los cochinillos negros. Le gustaba que vieran a su hermosa y fiera reina, mucho más joven que él y poco mayor que algunos de ellos. Era un anfitrión bueno y generoso, que desarmaba con su cordialidad la susceptible insolencia y las rivalidades de sus invitados. Al final todos terminaban riéndose a carcajadas hasta altas horas de la noche en la gran mesa. El convertía lo que para otros podrían haber sido causas de disputas en un modo de cultivar la amistad entre los reyes y caudillos que le debían fidelidad.
Si hubiera sido mi único progenitor, podría haberme tomado a la ligera a los pretendientes, tal como hacía él, y con su mismo placer. Algunos de ellos eran buenas personas. De otros era fácil reírse. Ufens de Nersae, un hombre de las montañas, apareció ataviado con pieles de lobo, con un gorro del mismo material y el rojizo rostro cubierto por una barba negra y ensortijada. Miraba a su alrededor como si no hubiera visto una ciudad en toda su vida y lanzaba miradas hostiles a todos menos a mí: a mí no podía mirarme. Tita y las demás mujeres se burlaban de mí diciéndome que debía casarme con él, el muchacho lobo, el lobezno, tal como lo llamaban. Y yo podía reírme con ellas, pero me mostraba educada, cauta y fría con todos mis pretendientes, aun más de lo que correspondía a mi condición de premio virgen, pues mi madre no se tomaba el asunto a la ligera y convertía mi posición en algo difícil y falso a un tiempo.
Ella quería que me casara con su sobrino, Turno de Ardea. Este deseo había llegado a apoderarse de ella. Favorecía a Turno sin disimulos, se deshacía en sonrisas hacia él y mostraba la educación mínima indispensable con todos cuantos podían interponerse en su camino. Por culpa de sus prejuicios, incluso hombres ricos como Aventino tenían las cosas muy difíciles a la hora de cortejarme, y no digamos otros como Almo, hijo de Tirro, el encargado de los rebaños reales y hermano mayor de mi querida Silvia. Almo apuntaba muy alto al cortejarme, y frente a un rival como el rey Turno, sencillamente no tenía ninguna posibilidad. Pero no era una mera cuestión de ambición. Se había enamorado de mí y yo, que le había cogido cariño desde muy pequeña como una especie de hermano, lo lamentaba por él y lo trataba con amabilidad, con lo que alimentaba falsas esperanzas. Mi madre era implacable con él. Se sentía ferozmente celosa del honor de la familia. Trataba a Almo como a un simple vaquero. Mi padre no tendría que haber permitido tal descortesía en su casa, pero dejaba pasar todo lo que ella hacía y todo lo que decía, aparte de que mi madre le ocultaba lo peor de su comportamiento. Era un juego de los dos, en el que ella podía estar loca y cuerda al mismo tiempo porque él nunca querría saber que había enloquecido.
Yo no quería que me cortejaran. No quería recibir la carne de caza, las salchichas, los cabritos, los cochinillos ni los tensos halagos. No quería estar sentada en los banquetes como una doncella silenciosa y recatada mientras mi madre, Amata, azuzaba, ofendía y daba la espalda a hombres honrados y adulaba al hijo de su hermana, el apuesto Turno de ojos azules.
El no la desairaba ni la zahería nunca, por supuesto que no. Sonreía, murmuraba, bajaba sus largas pestañas y, tras volver a levantarlas con una sonrisa, miraba lo que de verdad quería. ¿Es que no se percataba de ello? ¿Era posible que yo, una estúpida virgen de diecisiete años, me diera cuenta y ella no? ¿Era posible que mi padre se sentara a la cabecera de la mesa y no lo viera?
Drances, un viejo amigo y consejero de mi padre, era la única persona de la casa que trataba a Turno con desagrado o desconfianza. Drances admiraba mucho el sonido de su propia voz y estaba acostumbrado a pontificar en nuestra mesa, pero ahora tenía que escuchar los relatos de Turno sobre sus hazañas y triunfos en incursiones, escaramuzas y cacerías, además de soportar las descuidadas, cordiales e involuntarias descortesías del joven. Yo me daba cuenta de que Drances observaba con detenimiento a Turno y a mi madre. A veces nos miraba también a mi padre o a mí, como diciendo «¿Lo veis?». Mi padre se mostraba impasible y yo no le devolvía las miradas. No quería saber nada de Drances. Parecía estar al corriente de lo que yo sospechaba, pero no quería saber lo que pretendía hacer con esa información.
Acudía a los banquetes porque debía y me marchaba en cuanto podía. El único modo de evitar a los pretendientes era no estar en la casa. En aquellos días sólo podía ir a la granja de Silvia cuando sabía que el pobre y ardiente Almo no iba a estar allí. Para escapar de la Regia, el único lugar posible era Albunea.
La idea de que podía poseer una especie de don, como la capacidad de mi padre de conversar con los espíritus, espoleaba la furia de mi madre. Me proporcionaba una especie de halo de importancia sobrenatural que ella desdeñaba. En el fondo de mi corazón, yo estaba de acuerdo: la importancia era inmerecida. Pero el don era real. Y me resultaba útil como excusa para no estar siempre en casa, vestida de blanco, como la víctima de un sacrificio, cubierta de guirnaldas blancas, mientras los pretendientes pasaban en procesión, se bebían su vino y Turno halagaba a mi madre, se reía con mi padre y me miraba como si fuera un carnicero y yo una res. Amata intentó prohibirme que fuera al lugar sagrado por numerosas y buenas razones que defendió con elocuencia. Mi padre, como de costumbre, actuó casi como si no oyera sus palabras. Normalmente, así era como ella se salía con la suya, pero por lo que a mí se refería, su sordera era diferente. Mi padre contemporizaba, realizaba un ademán suave y decía:
—Oh, eso no le hará ningún mal a la chica.
O:
—Seguro que el príncipe Aventino sigue aquí cuando regrese.
Y me dejaba marchar. Yo me ponía mi túnica de reborde rojo, le decía a Maruna que estuviera preparada al amanecer, y me marchaba.
A finales de abril del año de mi decimoctavo cumpleaños, Turno vino a visitarnos. Llevaba un carromato lleno de espléndidos regalos para mis padres. Uno de ellos era una horrible criaturilla que, según él, le habían traído desde África. Sus manos y sus pies eran como los nuestros y su cara era la de un niño sin nariz. Llegó cabalgando, con la criatura subida sobre el hombro y ataviada con una pequeña túnica. Esta se dedicó a corretear de acá para allá, a chillar, a romper cosas y a verter la sal, y entonces se detuvo para sentarse y acariciarse el pene mientras nos observaba con sus grandes y brillantes ojos negros. Todos los comensales se rieron con sus trucos. Me lo ofreció como mascota, así que intenté portarme bien con el animalillo, pero no conseguí que me gustara, ni yo tampoco le gusté a él. Me tiró del pelo, se alivió la vejiga sobre mi ropa y luego saltó a los brazos de mi madre. Ella lo besó y lo acarició. El animal empezó a tirarle de los collares que llevaba al cuello, cogió las pequeñas bullas de oro que contenían los amuletos de mis hermanos y se llevó una de ellas a la boca. Al verlo sentí náuseas. Tuve que pedir que me excusaran y, como siempre, mi padre me dejó marchar, a pesar de que mi madre hubiera preferido que me quedara.
Salí al patio y me detuve junto a la fuente, bajo el gran laurel, para lavarme las manos, la cara y la mancha de orina que el animal me había dejado en la palla. La noche era fresca y las estrellas brillaban entre las hojas del laurel. ¡Cuánto amaba mi casa! ¿Cómo iba a abandonarla, cómo iba a abandonar a los espíritus del árbol, de la fuente, de mis despensas, del hogar, de la gente, cómo iba a abandonar a mis queridos poderes familiares para servir a los de un desconocido en un lugar desconocido? Sería la esclavitud. No podía permitirlo. Quizá si me casara con Almo y mi padre lo nombrara sucesor y heredero podríamos seguir viviendo en casa, en casa y no en otro lugar... Sabía que eso era imposible, pero mi padre no tenía heredero y algún día tendría que nombrar a uno o adoptar a un hijo. A mí no me importaba quién fuera, mientras no se tratase de Turno. No es que hubiera nada malo en Turno, pero sí en la forma que tenía mi madre de mirarlo.
Fui a las habitaciones de las mujeres. Le dije a Maruna que al día siguiente por la mañana iríamos al bosque sagrado.
—¡El príncipe rutuliano acaba de llegar, muchacha! Sería una descortesía —dijo la vieja Vestina.
Y la madre de Maruna, la esclava etrusca que me había enseñado a leer el vuelo de las aves, una mujer sabia y gentil, añadió:
—Quizá sería mejor que lo pospusieseis un día o dos.
—Mi madre puede entretener al rey Turno mucho mejor que yo —dije mientras las miraba a ambas con firmeza, desafiándolas a hablar.
—Pero es a ti a quien ha venido a ver —repuso Vestina con voz aguda—. ¡Cómo te mira! ¡Cualquiera puede ver que eres dueña de su corazón!
La madre de Maruna no dijo nada. Y su hija y yo nos marchamos al alba.
Me llevé la bolsa de grano salado. Los prados estaban llenos de corderos lechales que brincaban de acá para allá y meneaban la cola al mamar, pero yo no necesitaba sacrificios de sangre cuando iba a Albunea. Espolvoreaba la salsamola sobre el altar, dormía sobre los vellones de otros sacrificios y no buscaba visiones ni guías. Lo único que quería cuando iba allí era dormir en aquel silencio, con aquellos espíritus a mi alrededor, en el numen de Albunea. Una noche allí aclaraba mi corazón y aplacaba mi mente, lo que me permitía regresar a casa y cumplir con mi deber.
Además, el paseo era una escapada, un lapso de libertad. Maruna no era alegre y aventurera como mi Silvia, y cuando paseábamos, no charlábamos todo el día, como Silvia y yo. Era una chica silenciosa pero despierta, consciente de todas las cosas de la tierra y del cielo. Era paciente y dulce; una buena compañera. No tenía la misma mano que Silvia con los animales, pero conocía bien a los pájaros. Y había aprendido mucho de su madre, así que hablábamos de lo que se podía leer en los cantos y los vuelos de las aves y en las tierras salvajes que nos rodeaban. Y a veces también de lo que los muertos podían tener que decirnos. En Etruria piensan mucho sobre los muertos, y la madre de Maruna había recibido instrucción en estos secretos cuando era niña, en la gran ciudad de Caere. Yo me sentía rústica e ignorante cuando su madre y ella hablaban sobre aquello. Para mí, los muertos debían permanecer enterrados, en paz, sin que los vivos pensaran en ellos más de lo estrictamente indispensable. Nadie quería ver sus infelices sombras reptando sobre el suelo, ocultándose bajo la mesa, devorando las migajas de comida que caían al suelo, porque los muertos están hambrientos, siempre están hambrientos. Todas las primaveras, mi padre, como todos los terratenientes del Lacio, recorría su casa a medianoche con nueve judías pintas en la boca, y después de escupirlas decía:
—¡Sombras, retiraos! —Y los fantasmas que infestaban la casa se comían las judías y regresaban bajo tierra.
Pero según la madre de Maruna, la cuestión de los muertos no era tan sencilla.
Puede que fuese ella quien me abrió la mente para que, cuando me dormí en Albunea aquella noche, aquella noche de abril del año de mi dieciocho cumpleaños, en aquella tierra que es un techo tan fino sobre el inframundo, el poeta pudiera acudir a mí y yo pudiera verlo y hablar con él.
Maruna se desvió en el camino a la cabaña de los leñadores y yo me adentré sola en el bosque. Cuando entraba allí, siempre recordaba el sueño que tuve la primera vez que fui a Albunea, la sangre en el río, la ciudad en la colina, el silencioso fulgor que llenaba la oscuridad por debajo de los árboles.
No había nadie en el lugar sagrado, pero se habían celebrado sacrificios hacía poco. Había vellones frescos sobre el suelo y una pila de leña nueva junto al altar. Espolvoreé el grano salado sobre el altar y el recinto entero. Lamentaba no poder encender una pequeña fogata, pero no había traído nada para hacerlo. Así que me dirigí a las fuentes mientras el sol seguía aún en lo alto y, sentada en un afloramiento rocoso que había sobre la entrada de la cueva, observé cómo se teñía de rojo la luz al otro lado de los brumosos estanques y escuché la voz atribulada de las aguas. Al cabo de un rato, seguí subiendo por la ladera de la colina, donde, en el silencio de los árboles, se oían los cantos de los pájaros por todas partes. La presencia de los árboles era muy intensa. Por primera vez me pregunté si podría oír la voz que mi padre escuchaba entre ellos en la oscuridad. Los grandes robles eran tan numerosos, tan colosales en su otra vida, en su profundo y arraigado silencio... Me embargó la reverencia por ellos, la religión. Regresé al recinto sagrado rezando, pidiendo con toda humildad a aquellos grandes poderes que tuvieran piedad de mi debilidad. Me alegraba de no haber encendido el fuego. Hice un montoncito con los vellones, me embocé en la toga de reborde rojo porque empezaba a refrescar y me tendí en la penumbra del anochecer para dormir.
De pronto reparé en una figura erguida dentro del recinto, al otro lado del altar: una alta sombra. Por un momento pensé que era un árbol. Entonces vi que se trataba de un hombre.
Me senté y dije:
—Bienvenido.
No sentía miedo, pero la reverencia seguía en mí, la religión aún me atenazaba.
—¿Qué lugar es éste? —dijo él. Tenía la voz muy grave.
—El altar de Albunea.
—¡Albunea! —exclamó. Vi que miraba a su alrededor a pesar de que era bastante tarde y una fina neblina ocultaba la luz de las estrellas. Al cabo de un minuto volvió a hablar, inseguro, casi con una carcajada en la voz—. ¡Así que aquí está! ¿Y tú eres...?
—Lavinia, hija de Latino.
También repitió este nombre.
—Lavinia... —Y entonces rompió a reír, con una breve risotada de asombro y alegría. Al fin, dijo—: ¿Puedo quedarme un rato, Lavinia, hija del rey Latino?
—El altar está abierto para todos los hombres. —Y añadí—: Hay vellones aquí, para sentarse o para dormir. No los necesito todos.
—Yo no necesito nada, hija del rey —dijo. Se aproximó unos pasos más. El altar ya no estaba entre nosotros y se sentó en el suelo—. Soy un espectro —dijo—. No estoy aquí físicamente. Mi cuerpo está tendido en la cubierta de un barco que navega de Grecia a Italia, pero no creo que llegue a Brundisium, aunque el barco lo consiga. Estoy enfermo, agonizando, de camino a... a Aquerón... O soy un sueño falso. Pero ¿no es de allí de donde vienen los sueños falsos? Anidan como los murciélagos en el gran árbol que hay a las puertas del reino de las sombras... Así que puede que sea un murciélago que ha llegado hasta aquí volando desde el Hades. Un sueño que ha entrado en un sueño. En mi poema. En Albunea, la arboleda sagrada, donde el rey Latino oyó la profecía de su abuelo Fauno, en la que le decía que no casara a su hija con un hombre del Lacio... —Su voz era grave y musical, como la de alguien que habla con los espíritus rezando. Y la sombra de aquella carcajada iba y venía.
Pero yo repliqué con brusquedad:
—¿De veras?
Fui incapaz de evitarlo. Si mi padre hubiera recibido una advertencia como ésa, seguro que me lo habría dicho. ¿Por qué iba a ocultármelo?
El hombre, la sombra, hizo una pausa. Pensó un momento y dijo:
—Puede que aún no.
Sabía que me había sorprendido y perturbado, y quería tranquilizarme. Fue la primera vez que percibí su amabilidad, aquella amabilidad curiosa y sensible a todo sufrimiento.
—Creo que no ha ocurrido aún —continuó él, vacilante—. Fauno aún no ha hablado con Latino. Puede que nunca lo hiciera... o nunca lo haga. No debes preocuparte por ello. Yo me lo he inventado. Lo he imaginado. Un sueño dentro de un sueño..., dentro del sueño que ha sido mi vida...
—No soy un sueño y no creo que esté soñando —le dije al cabo de un rato. Lo dije con voz amable, porque lo notaba triste, muy triste. Me había dicho que estaba agonizando. Era un espíritu extraviado, afligido y desgraciado. Quería ofrecerle consuelo, un consuelo mejor que el que se encuentra en los sueños.
Me miró como si pudiera verme, como si una luz llenara el claro, no la luz del sol, de la luna, de las estrellas o del fuego. Me estudió. No me importó. No había insolencia en él. No podía tenerle miedo.
—Te creo —dijo—. ¿Qué edad tienes, Lavinia?
—Dieciocho desde enero.
—Madura para un hombre, pues, en edad de contraer matrimonio —dijo con gentileza, y comprendí que era el verso de una canción, a pesar de que no la conocía.
—Oh, sí —respondí con voz seca. No sentía timidez ni falsedad alguna con él.
Mi respuesta volvió a provocar aquella carcajada breve.
—Puede que no te haya hecho justicia, Lavinia —dijo. Parecía que también él pudiera decirme cualquier cosa, la entendiera yo o no. Eso estaba bien.
—¿Cómo debo llamarte?
Me dijo su nombre.
—¿Eres etrusco? —pregunté.
—Soy de Mantua. Mis abuelos eran etruscos. ¿Cómo lo has sabido?
—Maru, Maro... Es un nombre etrusco.
—En efecto. Ah, pero ¿cuánto tiempo... cuánto tiempo has vivido, Lavinia? ¡Siglos, siglos! ¿Existe alguna Mantua ya? ¿Conoces ese nombre?
—No.
Al cabo de una pausa, con una especie de urgencia curiosa y apasionada, me preguntó:
—Roma. ¿Conoces ese nombre?
—No. Pero los etruscos llaman... —Me detuve. No se puede pronunciar el nombre sagrado del río. ¿Lo sabía él? Pero ¿para qué tener secretos con un espectro, con un hombre agonizante?—. Uno de los nombres sagrados del Tíber es Rumon.
—Llegó a Albunea por sí sola —dijo en medio de la oscuridad— y conocía los nombres sagrados del río, y no tenía deseos de casarse. ¡Y yo no sabía nada de todo eso! Nunca la miré. Tenía que contar lo que estaban haciendo los hombres... Tal vez pueda... —Pero entonces se interrumpió y, al cabo de un momento, dijo—: No, no es posible. —Volvió a mirar a su alrededor y continuó—: Seguiré pensando que, al despertar, veré la condenada cubierta del barco y las gaviotas sobre mi cabeza y el sol que cruza el cielo poquito a poco, y a ese maldito médico griego...
He dicho que nos entendíamos, que hablábamos la misma lengua. Yo lo entendía a él, a pesar de que usaba palabras que no conocía.
Permanecimos un rato sentados en silencio. Un búho ululó a la izquierda y otro le respondió desde la derecha.
—Dime —me preguntó—, ¿han llegado ya los troyanos?
Una palabra que no conocía.
—Cuéntame quiénes son.
—Sabrás quiénes son cuando lleguen, hija de Latino. Estoy... —titubeó— estoy buscando mi deber aquí. ¿Hasta dónde puedo contarte? ¿Quieres conocer tu futuro, Lavinia?
—No —dije al punto. Entonces registré mi propia mente en busca de mi deber, o de mi voluntad, y finalmente añadí—: Quiero saber lo que debo hacer, pero no las consecuencias que se derivarán de ello.
—Basta con saber lo que se debería derivar de ello —dijo mientras asentía con gravedad. Sentí su sonrisa a pesar de no poder verla.
El búho de la izquierda volvió a cantar y el de la derecha a replicar.
—Oh —dijo—, el aire es tan fresco, la noche tan oscura, los búhos cantan, y el suelo, la tierra... ¡Esto es Italia, estoy en casa! Ojalá pudiera morir aquí. Aquí, no en esa cubierta de madera, entre el mar y el sol. Aquí, sobre esta tierra. Pero éste no es mi cuerpo. Esto es sólo un delirio.
—Yo creo que estás aquí —le dije—, sólo que tu cuerpo no. Pero te veo. Hablo contigo. Dime quiénes son los troyanos.
—No, no, no. No debo. Aún no han llegado. Haz lo que debes hacer y sucederá lo que debe suceder. —Se echó a reír—. Dime, ¿tienes pretendientes, Lavinia, «madura para un hombre, pues, en edad de contraer matrimonio»?
—Sí.
—¿Cómo se llaman?
—Clausus el Sabino, Almo Tirro, Ufens de Nersae, Aventino, Turno de Rutulia...
—¿Y no te decantas por ninguno de ellos?
—No me decanto por ninguno.
—¿Por qué?
—¿Por qué debería hacerlo? ¿A qué sitio podría llevarme hombre alguno donde esté mejor que en la casa de mi padre? ¿Por qué iba a querer nada de un rey menor? ¿Por qué debería servir a lares que no son los lares de mi familia, a los penates de las despensas de otra, al fuego de un hogar extranjero? ¿Por qué, por qué se llevan a una chica de su casa para que sea una exiliada durante el resto de su vida?
—Ajá —dijo. Esta vez no era una carcajada, sino una prolongada exhalación—. No sé, Lavinia, no sé. Pero escucha. Si llegara un hombre, si llegara un hombre para desposarte que fuera uno entre mil, un guerrero, un héroe, un hombre apuesto...
—Turno es todo eso.
—¿Es piadoso?
La palabra hizo que me detuviera un instante, pero no albergaba dudas sobre la respuesta.
—No —le dije.
—Bien. Si llegara un hombre heroico y también responsable, y justo, y fiel, un hombre que hubiera perdido mucho y sufrido mucho y cometido numerosos errores y pagado por todos ellos... Un hombre cuya ciudad hubiera sido traicionada e incendiada y hubiera salvado a su padre y a su hijo de la quema, un hombre que hubiera descendido al infierno y regresado, un hombre que hubiera aprendido la piedad por las duras... ¿Podrías decantarte por un hombre así?
—Desde luego, le prestaría atención —dije.
—Sería lo más sensato.
Se hizo un silencio de complicidad entre nosotros.
—¿Has visto —dije al fin— que cuando los hombres disputan pruebas de tiro con arco, a veces cogen una paloma y le rodean la pata con una cuerda, la suben a un poste muy alto y la atan allí arriba, dejándole la cuerda justa para que crea que puede volar, y luego la utilizan como diana para sus flechas?
—Lo he visto.
—Si yo fuera un arquero, cortaría la cuerda con mi flecha.
—Eso también lo vi una vez. Pero cuando la paloma escapaba, otro de los hombres la abatió.
—Puede que sea una suerte que las mujeres no aprendan a disparar el arco —dije al cabo de un rato.
—Camilla aprendió. ¿Has oído hablar de ella?
—¿Una mujer arquera?
—Una mujer guerrera, preciosa e invencible. De Volscia.
Negué con la cabeza. Lo único que sabía de los volscianos era lo que decía mi padre de ellos: salvajes guerreros y malos aliados.
—Bueno —dijo el espectro—, supongo que fue un invento mío. Pero me gustaba.
—¿Un invento?
—Soy poeta, Lavinia. —Me gustó el sonido de la palabra, pero no la conocía—. Un vate —añadió. Esta sí que la conocía, claro: un narrador, un vidente. Hacía juego con la sangre etrusca que corría por sus venas y esa capacidad que parecía poseer de conocer lo que no había ocurrido aún. Pero yo no entendía lo que tenía que ver con aquella mujer guerrera y se me antojó una mera historia.
—¿Puedes contarme algo más sobre ese hombre que se acerca?
Reflexionó un momento. A pesar de que estábamos hablando con total desenvoltura y sinceridad, con total confianza, como si los dos fuéramos sombras inofensivas a invulnerables, con toda la eternidad ante nosotros, seguía siendo un hombre que pensaba antes de hablar.
—Sí —dijo—, eso sí puedo hacerlo. ¿Qué quieres saber?
—¿Por qué viene aquí?
—Creo que eso no debería decírtelo ahora. El tiempo lo hará. Pero no creo que tenga nada de malo que te cuente de dónde viene.
—Te escucho. —Me acomodé mejor sobre los vellones.
—Oh, Lavinia —dijo—. Vales por diez Camilas y nunca me di cuenta. Bueno, ya no importa. ¿Has oído hablar de Troya?
—Sí. Es un pueblecillo al sur de aquí, cerca de Ardea.
—Ah... No, ésa es Troia. La que yo te digo era una gran ciudad muy lejana, al este de aquí, al este del mar, al este de las islas griegas, en la costa de Asia. Había un hermoso príncipe troyano llamado París. Una reina griega y él se fugaron juntos. Su marido convocó a los demás reyes de Grecia y todos juntos marcharon sobre Troya, un gran ejército en mil naves picudas, para recuperar a la mujer. Helena, así se llamaba.
—¿Por qué querían recuperarla?
—El honor de su marido así lo exigía.
—Pues yo diría que su honor exigía que se divorciara de ella y se buscara una esposa decente.
—Lavinia, esos hombres eran griegos. No ro... no itálicos.
—El rey Evandro es griego. Me pregunto si iría a buscar a su esposa si ésta lo engañara.
—Lavinia, hija del rey, ¿me dejas que te cuente mi historia?
—Lo siento. Guardaré silencio.
—Entonces te contaré la historia de la caída de Troya, tal como Eneas se la refirió a la reina de Cartago —dijo. Enderezó la espalda, sentado como estaba en el suelo oscuro, una sombra entre sombras, y empezó a cantar.
No era una canción como los cantos de los pastores, los coros de los remeros o los himnos de Ambarvalia y Compitalia, ni como las canciones que entonan las mujeres todo el día mientras hilan, tejen, baten, cortan, limpian y barren. No tenía melodía. Las palabras eran su única música, las palabras eran el ritmo del tambor, el chasquido del telar, el ruido de los pasos, el golpe de los remos, el latido de los corazones, las olas que rompían en la playa de Troya, al otro lado del mundo.
No puedo repetir aquí todo lo que cantó, el gran caballo y las serpientes que salieron del mar y la caída de la ciudad. Sólo contaré aquella parte del relato en la que más he pensado.
Cuando los griegos salieron del caballo y su ejército se dispersó por la ciudad, Eneas, el guerrero troyano, luchó contra ellos en las calles. Lo hizo sumido en una especie de locura, furioso y ciego, hasta que vio que la casa del rey estaba ardiendo. Entonces se aclararon sus pensamientos. Se acordó de su propia casa y de los suyos, y corrió hacia allí. La casa estaba a cierta distancia del centro de la ciudad y allí todavía reinaba la calma.
Mientras recorría las calles, vio grandes poderes que se habían hecho visibles y se movían en la oscuridad, poderes que deseaban que Troya ardiera.
Al llegar a su casa, intentó que sus moradores la abandonaran, escaparan de la ciudad, se salvaran. Pero su padre, Anquises, no quería irse. Estaba lisiado y apenas podía andar. Le dijo que prefería morir en su propia casa. Pero la gente de la casa no estaba dispuesta a dejarlo allí. No se irían sin él. Eneas decidió rendirse, regresar corriendo a la locura y hacerse matar en las calles, pero en ese momento su esposa Creusa lo detuvo y le dijo que no tenía derecho a hacerlo. Su deber, y el de ella, era tratar de salvar a los suyos. Tenía consigo a su pequeño, Ascanio. Y mientras hablaban alguien gritó «¡Mirad!», y al hacerlo vieron que al niño se le había inflamado el pelo y una llama dorada danzaba sobre su cabeza. La apagaron, pero el viejo Anquises, que sabía leer los augurios, dijo que era un buen presagio. Entonces vieron que una estrella fugaz cruzaba el firmamento y se perdía sobre los bosques que cubrían la montaña que dominaba la ciudad, el monte Ida. Anquises dijo que debían seguirla, así que Eneas les ordenó a todos que se dispersaran y echaran a correr, que salieran de la ciudad por donde pudieran, y luego les dijo dónde se encontrarían: en un montículo con un antiguo altar de la Madre del Grano, extramuros, bajo el monte Ida. Anquises guardó los tesoros de la casa en una gran cazuela de arcilla y Eneas se cargó a su lisiado padre sobre las espaldas. Cogió al pequeño Ascanio de la mano y, seguido por Creusa, partió por las calles oscuras.
Pero Anquises vio entonces a unos soldados en un callejón y le gritó a Eneas que corriera. Eneas obedeció, tomó otro camino y, echando a correr a ciegas por las calles, se perdió. Al fin reconoció una avenida y continuó por allí, sin soltar a su padre ni a su hijo pequeño, hasta llegar a las puertas, tras de las cuales se encontraba el altar donde lo esperaban todos los suyos. Sólo entonces reparó en que su esposa no estaba con ellos. Se había quedado atrás cuando él se dio la vuelta y echara a correr, sin pararse una sola vez para comprobar si seguía a su lado. Desde entonces, nadie la había visto.
Así que Eneas regresó solo a la ciudad. Corrió a la casa, pensando que tal vez se hubiese refugiado allí. El edificio estaba ardiendo por los cuatro costados. Corrió por toda la ciudad gritando «¡Creusa! ¡Creusa!» entre los edificios en ruinas, los incendios y los soldados que mataban y saqueaban. Y entonces la vio. Se encontraba frente a él en la calle oscura. Pero era más alta de lo que él recordaba. Y dijo:
—No iré contigo, ni seré la esclava de ningún griego. La Madre Tierra me mantiene aquí. Y tú deberás viajar muy lejos y durante mucho tiempo. Debes irte, mi dulce esposo, para llegar a las tierras de occidente. Allí serás rey y tendrás una reina. No llores por mí; reserva tu amor para proteger a nuestro hijo.
El intentó hablarle y cogerla entre sus brazos... Tres veces lo intentó, pero era como abrazar al viento, tratar de asir un sueño. Se había perdido en la sombra.
Así que Eneas regresó al montículo del altar, donde se había congregado un gran gentío que, al huir de la ciudad, se había unido a su casa. Los griegos no los habían seguido aún. Volvió a cargarse a su padre a la espalda y los llevó hacia las colinas donde se había perdido la estrella fugaz. Casi había amanecido.
Recuerdo que, mientras se apagaba la voz del poeta, cantó un primer pájaro, con voz aguda y lejana, a pesar de que no había aún luz en el cielo, y ninguna voz le respondió. También estaba amaneciendo. Miré en dirección a la sombra del poeta y vi que ya no estaba. Me tendí sobre los vellones y dormí hasta que la luz del sol perforó con sus rayos los oscuros troncos y el denso sotobosque y me despertó.

Sentía un hambre de lobo. Me dirigí hacia la cabaña de los leñadores, donde Maruna estaba esperándome. Era una casa de estilo antiguo, una estancia larga y redondeada, formada por estacas, con una techumbre de ramas reforzadas con paja. El leñador ya se había ido a trabajar en los bosques. Le pedí a su esposa algo de comer. No tenía nada más que unas gachas de trigo y un tazón de leche de cabra agria, que no se atrevía a ofrecerme por temor a que, ofendida por tan pobre ofrenda, me enfadara con ella. Lo engullí todo y, como no tenía nada para pagarle, la besé y le di las gracias por haber alimentado a una loba. Se echó a reír con perplejidad.
—Me he comido todo lo que tenías. ¿Qué vas a tomar tú? —pregunté, y ella respondió con tranquilidad:
—Oh, mi esposo siempre trae un conejo o algunas aves.
—Puede que espere —dije, pero mi broma volvió a confundirla. Seguramente pensaba que en casa de mi padre siempre se comía carne.
Así que me marché con Maruna. Aquella mañana sentía una enorme alegría. Maruna se dio cuenta y me preguntó:
—¿Has pasado una buena noche allí?
—Sí. He visto mi reino —dije, a pesar de que yo misma no sabía qué significaba aquello—. Y he visto caer una gran ciudad, ardiendo por todas partes. Y a un hombre que salía de ella con otro hombre a la espalda. Viene hacia aquí.
Ella me escuchó, me creyó y no dijo nada.
Podía hablarle de aquel modo a Maruna, mi hermana y esclava, pero a nadie más.
De camino a casa iba preguntándome cómo podría hacer para regresar a Albunea pronto, lo antes posible, y permanecer allí más de una noche. Porque estaba casi segura de que el poeta regresaría, pero estaba igual de convencida de que no lo haría durante mucho tiempo. Estaba de camino a la tierra de las sombras y no sería un viaje muy largo para él.
Me aparté del sendero y caminé hasta el humilde río Prati, que discurría rápido y resplandeciente sobre los guijarros. Estaba sedienta y me arrodillé para beber sobre el vado, marcado por los cascos del ganado. Al levantarme, el vado me recordó al lugar de mis sueños, donde había visto la sangre en las aguas del río Numicus. Sentí miedo y reverencia. Me levanté, abrí la bolsa y espolvoreé salsamola sobre las rocas.
Al levantar la mirada vi a Maruna, que aguardaba paciente en la orilla del río, una chica alta de mi edad, con su alargado, oscuro y suave rostro etrusco. Volví a cerrar la bolsa y le dije:
—Maruna, tengo que volver a Albunea. Pronto. Y quizá quedarme más de una noche.
Ella reflexionó durante casi un kilómetro antes de decir:
—Mientras el rey Turno esté aquí, no.
—No.
—Pero cuando se marche... ¿Te preguntará el rey por qué quieres ir?
—Probablemente. Y no puedo mentirle en asuntos sagrados.
—Pero puedes guardar silencio —respondió.
—Soy la hija del rey —dije, acordándome de que el poeta me había llamado así. Haré lo que tengo que hacer y el rey asentirá con la cabeza. —Me reí en voz alta y entonces dije—: ¡Mira, mira, Maruna! ¡Es el ciervo de Silvia! ¿Qué estará haciendo tan lejos de casa?
El gran animal estaba en una ladera despejada, encima del campo en el que empezaban a brotar las primeras y tiernas cosechas. Tenía el blanco pelaje del cuello desgarrado y enredado, pero la cornamenta, con su nuevo terciopelo, se mostraba espléndida.
Maruna señaló más allá del animal. Había una esbelta cierva cerca de allí, mordisqueando las briznas de hierba mientras ignoraba por completo a su compañero.
—Eso es lo que está haciendo tan lejos de casa.
—Sea la época de celo o no. Igual que Turno —dije, y volví a reírme. Aquella mañana, nada podía mantener mi corazón apesadumbrado.
Así que, llena de valor, fui a ver a mi padre nada más llegar a casa, lo saludé y le dije:
—Padre, cuando se haya marchado nuestro invitado, ¿puedo volver a Albunea? Maruna me acompañará, y cualquier otra persona que quieras, si crees que necesito protección. Quiero volver a dormir allí, más de una noche.
Latino me dirigió una larga mirada, afectuoso, distante y crítico. Estuvo a punto de formular una pregunta, pero al final no lo hizo.
—Lamento cada noche que no estás bajo mi techo, hija mía. ¿Cuánto tiempo de ti me queda? Pero confío en tu criterio. Ve al lugar sagrado cuando quieras, quédate cuanto necesites y regresa cuando puedas.
—Así lo haré —dije.
Le di las gracias y él me besó en la frente. Entonces, como los padres deben ser severos, añadió:
—Espero que estés en el banquete de esta noche. Y nada de enfurruñarse ni desvanecerse.
—Entonces no dejes que se me acerque esa criatura africana.
—De acuerdo —dijo, y me di cuenta, con toda claridad, de que estaba pensando que ojalá también pudiera mantener lejos de mí al hombre que había traído la criatura africana. Pero no dijo nada.
Así que soporté el resto de la visita de Turno, mansa y virginal, e incluso pronuncié una o dos palabras de vez en cuando. Lo cierto es que Turno me prestó poca atención. No necesitaba hacerlo. Era a mi padre a quien tenía que convencer. A mi madre, como es natural, ya la había conquistado. Lo más complicado para él era conseguir que lo adorara sin ofender a mi padre y al mismo tiempo buscar la conversación y la aprobación de éste sin que ella se sintiera abandonada. Turno era un hombre feroz e impetuoso, acostumbrado a salirse con la suya, no a contener su lengua. Mantenía bastante bien su fachada cortés, pero a veces me daba cuenta de que estaba tan desesperado como yo misma por llegar al final del banquete. Eso me inspiró un cierto sentimiento de camaradería. Sentí que me gustaba Turno, como un primo.
El animal africano había desaparecido después de haber mordido a mi madre. Más tarde nos enteramos de que uno de los sabuesos lo había atrapado, se había comido sus entrañas y había dejado el resto junto a la muralla de la casa, donde lo vio una mujer embarazada que, al tomarlo por el cadáver de un niño, entró chillando en la casa y parió a un niño muerto. Una criatura malhadada, si alguna vez he visto tal cosa.

Al atardecer de las calendas de mayo volví al altar de Albunea. Habíamos salido tarde de casa. Para cuando terminé de colgar la canasta de comida de una rama para que estuviera a salvo de los gusanos, de bendecir el altar y de tender los vellones para dormir sobre ellos, estaba empezando a anochecer. Volví a lamentar la ausencia de una fogata, de la alegría que brindaba, pero le había dejado la marmita del fuego a Maruna. Me senté y me dediqué a escuchar y a ver cómo moría la luz. Los árboles se apelotonaron y se hicieron más fuertes en la oscuridad. Una lechuza ululó a la derecha, muy lejos. Nadie le respondió.
En el gran silencio, mi corazón empezó a hundirse cada vez más. Qué tonta había sido al acudir. ¿Qué recordaba de la última noche pasada allí? Había tenido un sueño sobre un hombre que estaba muriendo en otro lugar y en otro tiempo. Nada que tuviera que ver conmigo. Y sólo por eso había regresado, con una estúpida cesta llena de comida.
Me tendí. Estaba cansada y, al poco tiempo, me quedé dormida.
Desperté en la negrura de la oscuridad sin estrellas y miré más allá del altar. Estaba allí.
—Poeta —lo saludé.
—Lavinia —dijo él.
Caía una llovizna sobre el suelo y las hojas del bosque. Cesaba, comenzaba de nuevo y volvía a cesar.
Apareció en el mismo sitio donde había estado antes, no lejos de mí, y volvió a sentarse en el suelo, con los brazos alrededor de las rodillas.
—¿Tienes frío? —preguntó.
—No. ¿Y tú?
—Sí.
Pensé en ofrecerle los vellones para mantener el frío a raya, pero sabía que no serviría de nada.
—La nave está llegando al puerto —dijo. Tenía una voz suave y amistosa, cargada de pasión y al mismo tiempo delicadamente fluida, incluso cuando no estaba entonando su poema. Así era como se llamaba su canción, me había dicho la primera noche, un poema épico— Hemos pasado por los diques del puerto, donde las naves de Pompeyo estuvieron bloqueadas. Siento que el flujo y el reflujo de las olas han remitido. Cuando estábamos en el mar, detestaba ese movimiento, pero ahora lo echo de menos. Pronto estaremos en tierra firme y no habrá olas. Sólo una cama lisa y caliente, sudor y dolor, más fiebre y menos fiebre... ¡Qué evasión me ha concedido un dios benévolo! Estar aquí en la oscuridad, bajo la lluvia, tener frío y tiritar... ¿Estás tiritando, Lavinia?
—No, me encuentro bien. Ojalá... —No supe qué decir—. Ojalá tú también estuvieras bien —dije.
—Estoy bastante bien. Estoy muy bien. Me han concedido algo que se les concede a muy pocos poetas. Puede que porque no he terminado mi poema. Así que aún puedo vivir en él. Incluso mientras me muero, puedo vivir en él. Y tú, tú también puedes vivir en él, estar aquí... estar aquí y hablar conmigo, a pesar de que no puedo escribir. Dime... Dime, hija del rey Latino, ¿cómo van las cosas en el Lacio?
—La primavera se adelantó. Los terneros y corderos han nacido bien. El trigo y la avena están bastante crecidos para esta época del año. Todo marcha bien con los penates de mi casa, salvo que la sal empieza a escasear. Dentro de poco tendré que ir a las salinas de la desembocadura del río y traer sal sucia para limpiarla, blanquearla, ponerla al sol, secarla, pulverizarla y todas las demás cosas que hay que hacer para que quede bien.
—¿Cómo aprendiste a hacer todo eso?
—Con las viejas.
—¿No con tu madre?
—Mi madre es de Ardea. Allí no tienen salinas cerca. Comercian con casas como la nuestra para conseguir sal. Por eso nuestras mujeres saben hacerla. La vendemos. Pero la sal sagrada, para la salsamola, tengo que prepararla yo misma. De principio a fin.
—¿Qué te gustaría hacer?
—Hablar contigo.
—¿Sobre qué quieres hablar?
—Sobre los troyanos.
—¿Qué quieres saber sobre los troyanos?
Tuve dificultades para empezar, pero cuando lo hice, salió todo en tropel.
—Cuando Troya estaba ardiendo... Su esposa, Creusa... Estaban en las calles, tratando de escapar. Tenía al niño y ella se encontraba tras él. Se separaron. Los soldados griegos la mataron. Y entonces ella se le apareció, más alta que la vida, allí, entre la oscuridad y el fuego, y le dijo que debía seguir adelante, escapar, salvar a su pueblo. Y él trató de abrazarla, tres veces, pero no encontró más que aire y sombra.
El poeta asintió.
—Pero más tarde..., dijiste que bajó al inframundo y allí habló con las sombras de los muertos... Más adelante, ¿volvió a ver a su esposa allí?
El poeta guardó silencio un instante, antes de responder:
—No.
—No pudo encontrarla entre tantos —dije, tratando de imaginarme a los muertos.
—No la buscó.
—No lo entiendo.
—Ni yo. Y dudo que lo entienda mejor cuando llegue allí. Cada uno de nosotros ha de soportar solo la otra vida... Él la había perdido. En el fuego, en la matanza, en las calles. La había perdido para siempre. No podía mirar atrás. Tenía que ocuparse de su pueblo.
Después de un momento, pregunté:
—¿Adonde fueron tras escapar de Troya?
—Vagaron durante largo tiempo por las orillas del mar, sin saber adonde ir, sufriendo. Llegaron a Sicilia y se quedaron un tiempo. Su padre murió allí. Partieron de nuevo en busca de la tierra prometida, pero una tormenta dispersó las naves y las arrojó contra la salvaje costa de África.
—¿Y qué hicieron allí?
—Dar las gracias a los dioses por llevarlos sanos y salvos hasta allí, cazar algunos venados y celebrar un banquete. Y entonces Eneas y su amigo Acates fueron a averiguar en qué país se encontraban y llegaron a una ciudad que estaban levantando en aquel mismo momento. Se llamaba Cartago y sus habitantes eran fenicios. Su reina, Dido, les dio la bienvenida.
—Háblame de eso.
El poeta titubeó. Al instante comprendí que sus titubeos tenían algo que ver con la reina.
—Él se enamoró de la reina Dido —dije, y sentí un curioso acceso de decepción al oírlo.
—Ella se enamoró de él —respondió el poeta con voz grave—. La verdad, no creo que sea una historia apropiada para una jovencita, Lavinia.
—Pero ya no soy una jovencita. Estoy «madura para un hombre, pues, en edad de contraer matrimonio». Tú mismo lo dijiste... Y sé que las mujeres casadas a veces se enamoran de otros hombres. Hombres más jóvenes. —Dudo que captara la sequedad de mi voz cuando dije esto. Él estaba pensando en la reina africana.
—Ella era viuda. No había nada de malo en ello. Salvo que su corazón y su voluntad acudieron a él con demasiada premura. Necesitaba un rey, lo necesitaba mucho. Era una excelente gobernante, su pueblo la amaba. Estaban levantando una hermosa ciudad allí y todo marchaba muy bien. Pero es raro que una mujer gobierne sola mucho tiempo. Hace que los hombres se sientan incómodos. Los reyes y caudillos vecinos iban tras ella. La cortejaban, codiciosos de su poder, lisonjeros y amenazantes al mismo tiempo. Eneas apareció como su salvador, su respuesta frente a ellos: un guerrero de probada valía con sus propias tropas. Un hombre nacido para ser rey, pero sin reino propio. Ella lo necesitó antes de amarlo. Primero se enamoró de su hijo. Lo acogió al instante, lo tomó entre sus brazos, lo abrazó y le prometió un buen futuro y, como es natural, al huérfano le gustó aquella mujer bondadosa, hermosa, amable y sin hijos. Y eso conmovió al corazón de Eneas. Su hijo era la única familia que le quedaba. Prometió a Dido ayudarla a levantar su ciudad. Y así...
Una pausa.
—Una cosa llevó a la otra.
—Por mucho que sepa que es así, nunca conseguiré acostumbrarme al hecho de que las mujeres son cínicas de nacimiento. Los hombres tienen que aprender el cinismo. Las niñas pequeñas se lo pueden enseñar.
Yo no sabía lo que era una cínica, pero entendía lo que había querido decir.
—No lo he dicho con sarcasmo. Una cosa lleva a la otra, es un hecho. No hay nada de malo en ello. ¿De qué otro modo acaban enamorándose los maridos y las esposas? Ella necesitaba un hombre. Y él era bueno, noble y apuesto, y había llegado a sus costas en un naufragio. Se enamoró de él. Cualquier mujer lo habría hecho.
—Que eso sirva como presagio —murmuró el poeta.
—Pero ¿se enamoró él de ella?
—Sí, lo hizo. Era hermosa, enérgica y apasionada. Cualquier hombre lo habría hecho. Pero...
—Aún estaba de luto por Creusa.
—No. Su esposa, su ciudad..., todo eso había quedado atrás. Muy atrás. Los años y el mar los separaban. El no miraba atrás. Pero tampoco sabía cómo mirar hacia delante. Estaba atrapado en el momento, en el tiempo presente. La muerte de su padre había sido un duro golpe para él. Siempre había dependido de Anquises y lo había obedecido, aun cuando el anciano lo llevara por mal camino. Cuando, al morir, se llevó el pasado consigo, Eneas sintió que también se llevaba su futuro. No supo cómo seguir su camino. La tormenta que dispersó sus naves y las apartó de su curso para llevarlas a tierras desconocidas... Había una tormenta parecida en su alma. Se había extraviado.
—¿Adonde llevaba su camino?
—Aquí. A Italia. Al Lacio. Él lo sabía.
—¿Y por qué no podía estar su futuro en África? ¿Por qué no debía quedarse y ayudar a la reina a levantar su ciudad y ser feliz con ella? —Era una pregunta razonable, aunque lo cierto es que no era lo que yo deseaba que hubiera hecho. Contaba con la réplica del poeta.
Pero él no discutió. Negó con la cabeza. Al cabo de un momento retomó el hilo de sus pensamientos diciendo:
—Fue también una tormenta lo que los reunió. Habían salido de caza. Se separaron del resto de la partida. Estaba lloviendo con fuerza y se refugiaron en una cueva. Y así...
—¿Se casaron? —pregunté después de unos momentos.
—Dido tomó su amor por matrimonio y lo llamó así. Él no. Hizo bien.
—¿Por qué?
—Ni siquiera la necesidad y el amor pueden vencer al destino, Lavinia. El don de Eneas es conocer su destino, lo que debe hacer, y hacerlo. A despecho de la necesidad. A despecho del amor.
—¿Y qué hizo, entonces?
—La abandonó.
—¿Se marchó?
—Se marchó.
—¿Y qué hizo ella?
—Se suicidó.
Eso no me lo esperaba. Pensé que habría enviado barcos en pos de Eneas, lo había perseguido, se habría cobrado una venganza feroz. No podía hacer que me gustara aquella reina africana, pero tampoco podía despreciarla. Sin embargo, el suicidio parecía la respuesta de un cobarde ante la traición. Finalmente, así lo dije.
—No sabes lo que es la desesperación —respondió el poeta con voz suave—. Puede que nunca lo sepas.
Lo acepté. Sabía lo que podía ser la desesperación. Era el lugar en el que vivía mi madre desde la muerte de sus dos hijos. Pero yo no había estado allí en persona.
—Fue una muerte cruel —dijo—. La espada se clavó lejos del corazón y la herida la mató lentamente. Les dijo a sus súbditos que encendieran la pira y se tumbó en ella antes de estar muerta. El vio el gran fuego desde el mar.
—¿Y supo lo que era?
—No. Tal vez.
—Seguro que su alma se encoge cada vez que piensa en ello. ¿Y su pueblo no se avergonzó de él?
—Aunque se hubiese hecho llamar rey, aquel nunca habría sido su país. Y Dido había abandonado la construcción de la ciudad, había dejado caer las riendas del gobierno. Había perdido el respeto por sí misma. No podía pensar más que en él. Las cosas no iban bien. Se alegraron de que Eneas se marchara. —Después de un instante, añadió—: A Dido sí que la vio en el inframundo. Ella le dio la espalda y se negó a hablar con él.
Parecía lo más lógico. Pero la historia contenía una tristeza atroz, una vergüenza y un pesar espantosos, una injusticia insoportable. Lo sentí tanto por los tres, Creusa, Dido y Eneas, que no pude decir nada. Permanecimos algún tiempo allí, sentados en silencio.
—Cuéntame cosas más alegres —dijo el poeta con su preciosa y suave voz—. ¿Cómo pasas los días?
—Ya sabes cómo pasa los días la hija de una casa.
—Sí, así es. Tenía una hermana mayor, en Mantua. Pero esto no es Mantua y nuestro padre no era rey... —Aguardó. No dije nada. Continuó—: Los días de fiesta, los caudillos de la ciudad acuden a cenar a la mesa del rey, junto con visitantes de otras ciudades del Lacio y puede que aliados de regiones lejanas... y tus pretendientes, claro está. Háblame de ellos.
Permanecí un rato sentada en la oscuridad. La lluvia había cesado del todo y las estrellas estaban empezando a asomar entre las hojas del bosque que nos rodeaba.
—Vengo aquí para escapar de ellos. No quisiera hablar de eso, por favor.
—¿Ni siquiera de Turno? ¿Acaso no es muy apuesto y muy valiente?
—Sí.
—¿No tanto como para conquistar el corazón de una muchacha?
—Pregúntaselo a mi madre.
A esto no respondió nada. Cuando reanudamos la conversación, había cambiado de tono.
—¿Quiénes son tus amigas, entonces, Lavinia?
—Silvia. Maruna. Algunas de las demás chicas. Algunas de las ancianas.
—¿Silvia, la que tiene un ciervo?
—Sí. Maruna y yo lo vimos de camino hacia aquí. Estaba siguiendo a una cierva, como un perro detrás de una perra. Un perro con cuernos. Nos hizo reír.
—Los machos enamorados resultan ridículos —dijo—. No pueden evitarlo.
—¿Cómo es que conoces al ciervo de Silvia?
—Vino a mí.
—Lo sabes todo, ¿no?
—No. Sé muy poco. Y lo que creía saber de ti... lo poco que había pensado sobre ello... era estúpido, convencional y poco imaginativo. ¡Creía que eras rubia! Pero en un poema épico no puede haber dos historias de amor. ¿Dónde meteríamos las batallas, entonces? Y además, ¿cómo se puede terminar una historia con una boda?
—Parece más un principio que un final.
Ambos meditamos unos instantes.
—Está todo mal —dijo—. Les diré que lo quemen entero.
Sin saber lo que significaban sus palabras, no me gustaron.
—¿Y así podrás mirar desde el mar y ver cómo arde la gran pira? —pregunté.
Soltó aquella risotada suya.
—Tienes una vena cruel, Lavinia.
—No lo creo así. Y quizá me gustara tenerla. Quizá debería ser cruel.
—No. No. La crueldad es para los débiles.
—Oh, no, no sólo para ellos. ¿Acaso no es más fuerte el amo que el esclavo al que azota? ¿No fue cruel Eneas al abandonar a Dido? Pero ella era la débil.
Se incorporó, una alargada sombra en la oscuridad. Caminó un rato de acá para allá.
—En el inframundo —dijo— Eneas se encontró con un viejo amigo, el príncipe troyano Deifobos. Paris, el que había huido con Helena, murió en la guerra, así que los troyanos se la entregaron a su hermano, Deifobos.
—¿Por qué no la dejaron en la puerta y le dijeron que volviera con su marido?
—Las troyanas hicieron esa misma pregunta, pero los hombres no quisieron ni oír hablar de ello... Así que, entonces, los griegos tomaron la ciudad y Menelao vino a buscar a su esposa, la mujer por la que habían ido a la guerra. Y Helena salió a su encuentro. Llevó a su viejo esposo al dormitorio, donde el nuevo estaba profundamente dormido. No había oído el fragor de la batalla y ella no lo había despertado. Le había robado la espada. Así que fue la muerte quien lo despertó, mientras el griego, sobre él, lo apuñalaba, lo golpeaba, le rebanaba las manos, le cortaba la cara por la mitad, sediento de sangre, bajo la mirada de la mujer. Y así fue como Deifobos descendió a la oscuridad. Allí abajo, años después, Eneas lo vio, vio a su sombra, aún lisiada, mutilada, con las heridas abiertas. Hablaron un poco, pero el guía los interrumpió: «no hay tiempo para esto, Eneas tiene que seguir». Y el hombre asesinado dijo: «Adelante, vete, gloria mía. Me marcho. Me uno a la muchedumbre, regreso a la oscuridad. Espero que encuentres un mejor destino que el mío.» Y con estas palabras, se dio la vuelta.
Permanecí sentada en silencio. Tenía ganas de llorar, pero no me quedaban lágrimas.
—Me marcharé pronto —dijo el poeta—. Me uniré a la muchedumbre y regresaré a la oscuridad.
—Aún no...
—Mantenme aquí. Mantenme aquí, Lavinia. Dime que es mejor estar vivo, es mejor ser un esclavo vivo que un Aquiles muerto. ¡Dime que puedo terminar mi obra!
—Si nunca la terminas, nunca acabará —dije, pero era hablar por hablar, lo primero que me había venido a la cabeza, para ofrecerle algún consuelo—. Además, ¿cómo vas a terminarla si no es con un matrimonio? ¿Con un asesinato? ¿Tienes que decidir cómo acaba antes de llegar al fin?
—No —dijo—. La verdad es que no. No es cuestión de decidirlo. Más bien de averiguarlo. O, tal como están las cosas ahora, de abandonar, porque no tengo fuerzas para continuar. Ese es el problema. Que soy débil. Así que el final será cruel. —Dio una vuelta entre el altar y yo. No podía oír el sonido de sus pasos sobre la tierra. Pero finalmente exhaló un suspiro, un suspiro largo y bastante ruidoso, y volvió a sentarse, con los brazos alrededor de las rodillas—. Cuéntame qué hacéis Silvia y tú, de qué habláis. Hablame de su ciervo. Dime cómo preparas la sal. Háblame de cuando tejes y de cuando hilas. ¿Te enseñó tu madre todas esas artes? Cuéntame cómo abres y limpias la despensa a comienzos de verano y la dejas abierta unos cuantos días, mientras rezas a los penates para que vuelva a llenarse con las cosechas...
—Ya sabes todo eso.
—No. Sólo tú puedes contármelo.
Así que le conté lo que quería y él se reconfortó con lo que ya sabía.

Pasé todo el día siguiente sola en el bosque de Albunea. El aire era denso entre los árboles y el olor del azufre se me metía por la garganta cuando me aproximaba a los manantiales. Al alejarme descubrí una vereda que ascendía por la empinada ladera de una colina, casi un risco, que descollaba por encima del bosque. Desde la cima se disfrutaba de una amplia vista en dirección oeste, hasta la brillante línea del mar. Me senté allí, sobre la fina hierba, a la luz del sol, con la espalda apoyada en un tronco caído. Llevaba conmigo la espumadera y una bolsa de lana, las mujeres solemos llevar algunos de nuestros penates con nosotras. Estaba hilando una toga estival o una palla de la más fina hebra, así que la bolsa de lana aunque pequeña, me duraría bastante. Sentada allí, hilé, pensé y contemplé las colinas y bosques del Lacio, teñidas de verde por la llegada de mayo. A mediodía comí un poco de queso con pan de trigo y encontré un manantial para beber. Junto al manantial crecían lechugas y berros, de los que comí también un poco, a pesar de que había tenido la intención de ser muy austera, o incluso puede que de ayunar. Pero el ayuno siempre me cuesta mucho. Luego exploré un poco más la cima de la colina y, cuando el sol estuvo a medio camino entre el cielo y la tierra, regresé al interior del bosque. Pasé por los fétidos manantiales de la ladera sobre la que soplaba el viento y regresé al altar. Allí dormí un poco, pues la noche anterior no había podido hacerlo apenas. Al despertar, en medio del crepúsculo, unas grandes polillas blancas revoloteaban por el recinto sagrado, subiendo y bajando, dando vueltas unas con otras en aquel laberinto de aire. Era un espectáculo maravilloso. Las observé soñolienta y entonces, detrás de su danza, vi a mi poeta, de pie junto al altar.
—Las polillas parecen almas en el inframundo —dije, aún medio dormida.
—Es un lugar terrible —respondió—. Al otro lado del río tenebroso hay unas llanuras pantanosas donde oyes gritos, gritos pequeños, débiles, lastimeros, procedentes del suelo, de todas partes, bajo tus pies. Son las almas de los niños que murieron al nacer o en la cuna, que murieron antes de haber vivido. Yacen allí, sobre el lodo, entre los juncos, llorando en la oscuridad. Y nadie acude.
Ya estaba despierta.
—¿Cómo lo sabes? —pregunté.
—Estuve allí.
—¿En el inframundo? ¿Con Eneas?
—¿Con quién si no? —respondió. Miró a su alrededor con incertidumbre. Su voz era baja y sorda. Vacilante, continuó—: Fue la Sibila la que guió a Eneas... ¿A quién guié yo? Lo conocí en un bosque como éste. Un bosque oscuro, en mitad del camino. Llegué desde abajo para encontrarme con él, para mostrarle el camino... Pero ¿cuándo fue eso? Oh, esto de morirse es un asunto complicado, Lavinia. Estoy muy cansado. Ya no puedo pensar con claridad.
—No estás pensando con claridad sobre los niños —dije—. ¿Quién iba a castigarlos por no haber vivido? ¿Cómo iban a estar allí sus almas cuando no han tenido tiempo de desarrollar el alma? ¿Están también allí las almas de los gatitos, de los corderos que sacrificamos y de los fetos que nacen muertos? Si las suyas no, ¿por qué las de los niños? Si inventaste el pantano lleno de niños muertos y miserables, hiciste mal. Fue un error.
Estaba muy furiosa. Utilicé la segunda palabra más poderosa que conocía, nefas, error contra el orden de las cosas, el acto inefable, impío. Habrá muchas palabras para ello, pero ésta era la que yo conocía. Es sólo la sombra, lo opuesto, el inverso de la gran palabra fas, lo correcto, lo que se debe hacer.
Se sentó flexionando su alta y sombría figura y me di cuenta de que se movía con evidente fatiga y de que inclinaba la cabeza como un hombre agotado, vencido. Pero no quería tenerle lástima.
—Si la crueldad procede de la debilidad, tal como dijiste, debes de ser muy débil —dije.
No respondió.
Al cabo de un largo rato, añadí:
—Yo creo que eres fuerte.
Mis labios y mi voz temblaban al decirlo, porque, sin desearlo, sentía lástima por él y tenía el corazón lleno de lágrimas.
—Si es un error, lo sacaré del poema, niña —dijo—. Si se me permite.
Me invadieron las ganas de ayudarlo, de darle un vellón para que se sentara, o de rodearle los hombros con mi propia toga, porque estaba encorvado, como si temblara de frío. Pero no podía hacer nada por él, ni tocarlo con otra cosa que no fuese mi propia voz.
—¿Quién es el que te lo permite o te lo prohíbe?
—Los dioses. Mi destino. Mis amigos. Augusto.
Sabía lo que quería decir con su destino y sus amigos. Al menos sabía lo que significaban las palabras. De las demás no estaba seguro. Y no sabía quiénes eran sus amigos ni si podía confiar en ellos. En cuanto al destino, nadie conoce el suyo.
—Pero serás un hombre libre, supongo —dije al fin—. Tu trabajo es tuyo.
—Lo fue hasta mi enfermedad —afirmó—. Luego empecé a perder el control sobre él y ahora creo que lo he perdido del todo. Lo publican inacabado. Y no puedo detenerlos. Y no tengo fuerzas para terminarlo. Acaba con un asesinato, tal como dijiste. La muerte de Turno. ¿Por qué? ¿A quién le importa Turno? El mundo está lleno de jóvenes admirables y valerosos, ávidos de asesinar y de ser asesinados. Siempre habrá suficientes para todas las guerras.
—¿Quién lo mata?
El poeta no respondió a mi pregunta. Sólo dijo, al cabo de largo rato:
—No es el final correcto.
—Cuéntame el final correcto.
De nuevo guardó silencio durante un prolongado instante.
—No puedo.
La oscuridad era casi completa. Las hojas y las ramas, que se habían recortado contra el azul oscuro del fondo, empezaban a perderse en la negrura. Venus brilló durante un minuto a baja altura, entre los troncos oscuros de los árboles del oeste, y yo elevé una plegaria al poder de su belleza. No soplaba viento alguno y las aves y las criaturas no hacían el menor ruido.
—Creo que sé por qué vine a ti, Lavinia. Me he preguntado... De toda la gente de mi poema, ¿por qué fuiste tú la que invocó a mi espíritu? ¿Por qué no mi grande y querido Eneas? ¿Por qué no puedo verlo con mis ojos vivos, como tantas veces lo vi con los ojos de mi arte?
Lo dijo con voz sumamente baja, casi sin aliento. Tuve que hacer un esfuerzo para oírlo, y no entendí gran parte de lo que dijo.
—Pues a él lo veía, a ti no. Tú no eres casi nada en mi poema, casi nadie. Una promesa incumplida. Eso ya no tiene remedio. Ya no puedo llenar tu nombre de vida, como hice con Dido. Pero está ahí, la vida que no te di, está ahí, en ti. Así que ahora, cuando ya es demasiado tarde, tienes que dármela. Mi vida. Mi tierra de Italia, mi esperanza de Roma, mi esperanza.
Había una desesperación en su voz que me encogió el corazón. Sus palabras murieron y permaneció allí sentado, con la cabeza inclinada. Apenas podía verlo.
Sentí miedo, porque sabía que, como un madero a la deriva, estaba alejándose de mí en su tristeza, en su mortal enfermedad. Sentí miedo de perder siquiera su sombra. Quería mantenerlo conmigo. Aunque no entendía ni podía entenderlo como él, sabía lo que era el lazo que nos unía y cómo utilizarlo para traerlo de nuevo a mí.
—Quiero saber más sobre Eneas —dije—. Después de marcharse de África, después de mirar sobre el mar y ver cómo ardía la pira funeraria..., ¿adónde fue?
El poeta mantuvo su postura derrotada un instante. Negó ligeramente con la cabeza.
—A Sicilia —dijo con voz ronca. Miró a su alrededor y sacudió los hombros lentamente para desentumecerlos.
—Ya había estado allí, ¿no?
—Regresó para celebrar la Parentalia por su padre. Había pasado un año en África con Dido desde la muerte de Anquises.
—¿Cómo la celebró?
—Como es debido. Con ceremonias y sacrificios, seguidos de juegos y competiciones y, finalmente, un banquete. —Su voz se había hecho más fuerte. Además, estaba recobrando la música—. Eneas sabía muy bien cómo debían hacerse las cosas. Y sabía que sus hombres necesitaban ánimo. Siete años viajando y allí estaban, en el mismo sitio que el año anterior. Así que les dio juegos. Pero se olvidó de las mujeres.
—No sé por qué, no me sorprende.
—Muy bien, cínica mía. Pero Eneas no es un hombre olvidadizo. Piensa en todo su pueblo. Muchas mujeres le habían confiado su seguridad al huir de Troya. Trató de hacerles el viaje soportable. Pero cuando anunció que partían de nuevo en busca de la tierra prometida, fue demasiado. Juno fue a verlas y las espoleó. Se rebelaron. Bajaron a la costa y prendieron fuego a las naves.
—¿Qué quieres decir con que Juno fue a verlas?
—Ella odiaba a Eneas. Siempre estaba en su contra.
Entonces se dio cuenta de que estaba confundida.
Pensé en ello. Cada mujer tiene a su Juno, del mismo modo que cada hombre tiene a su Genio. Son los nombres del poder sagrado, la chispa divina que cada uno de nosotros lleva en su interior. Mi Juno nunca podría «venir a verme», porque ya está en lo más profundo de mí. El poeta hablaba de Juno como si fuera una mujer, una persona, con sus preferencias y sus aversiones: una mujer celosa.
El mundo es sagrado, claro: está lleno de dioses, numina, grandes poderes y presencias. A algunas de ellas les damos nombres: Marte de los campos y de la guerra, Vesta del fuego, Ceres del grano, madre Tellus de la tierra, los penates de la despensa. Los ríos, los manantiales. Y en la nube de tormenta y en la luz se encuentra el gran poder llamado el dios padre. Pero no son personas. No aman ni odian, no tienen aliados ni enemigos. Aceptan la veneración que les es debida, que alimenta su poder y nuestra vida.
Estaba totalmente confundida.
—¿Por qué esa tal Juno odia a Eneas? —pregunté al fin.
—Porque odia a su madre, Venus.
—¿La madre de Eneas es una estrella?
—No, una diosa.
—Venus es el poder que invocamos en primavera en las huertas —dije con cautela—, cuando las cosas comienzan a crecer. Y llamamos Venus a la estrella del crepúsculo.
Lo pensó un momento. Puede que el hecho de haber crecido en el campo, entre paganos como yo, lo ayudara a entender esta afirmación.
—Igual que nosotros —dijo—. Pero además, Venus se hizo más... con la ayuda de los griegos. Ellos la llaman Afrodita... Un gran poeta le cantó alabanzas en latín. Deleite de hombres y dioses, la llamó, amada criadora nuestra. Bajo las estrellas que se deslizan por el firmamento, llena con su ser el mar repleto de naves y la tierra feraz; a través de ella se conciben las nuevas generaciones que luego se alzan para ver el sol; de ella huyen las nubes de tormenta; a ella la tierra, el artífice supremo, le ofrece sus flores. Los amplios estratos del mar le sonríen y todo el cielo brilla y la baña de luz...
Era la misma Venus a la que yo le rezaba, era mi plegaria, aunque no hubiese usado las mismas palabras, que me llenaron los ojos de lágrimas y el corazón de un júbilo inexpresable.
—¿Por qué iba a odiarla nadie? —pregunté al fin.
—Por celos —dijo él.
—¿Un poder sagrado, celoso de otro? —No pude entenderlo. ¿Siente un río celos de otro río? ¿Siente celos la tierra del cielo?
—En mi poema, un hombre pregunta: «¿Son los dioses los que inflaman este fuego en nuestros corazones, o somos nosotros los que convertimos este deseo feroz en un dios?»
Me miró. No le respondí.
—El gran Homero de Grecia dice que es el dios el que enciende el fuego. La joven Lavinia de Italia dice que el fuego es el dios. Esto es suelo italiano. Suelo latino. Lucrecio y tú tenéis razón. Eleva tus plegarias, suplica tus bendiciones y no prestes atención a los mitos extranjeros. Son sólo literatura... Así que olvidémonos de Juno. Las troyanas estaban furiosas porque no se las había consultado y también estaban decididas a quedarse en Italia. Así que prendieron fuego a las naves.
Eso podía entenderlo perfectamente. Seguí escuchando.
—La flota entera se habría incendiado de no ser porque llegó una lluvia y sofocó los incendios. Perdieron cuatro barcos. Las mujeres huyeron, claro está, se ocultaron en las colinas... Pero a Eneas ni se le pasó por la imaginación la idea de castigarlas. Se dio cuenta de que les había pedido demasiado. Convocó un consejo y los dejó elegir libremente: quedarse en Sicilia o partir con él. Los ancianos y muchas mujeres, numerosas madres con hijos pequeños, decidieron quedarse. Otros optaron por seguir en busca de la tierra prometida. Así que, transcurridos los nueve días de las exequias, y uno más para llorar por la separación, se hicieron a la mar.
—¿Hacia aquí? ¿Hacia el Lacio?
El poeta asintió.
—Pero antes recaló en Cumas.
Yo sabía que allí hay una entrada al inframundo.
—¿Para bajar? ¿Por qué?
—Fue una visión. Su padre, Anquises, le dijo que fuera a buscarlo al otro lado del río oscuro. Y como Eneas siempre había obedecido a su padre y al destino, fue a Cumas, y encontró el guía y el camino para descender.
—Y allí vio el pantano en el que los niños yacen llorando —dije—. Y a su amigo, al que habían asesinado con tanta crueldad que su fantasma conservaba aún las heridas. Y a la reina Dido, que le dio la espalda y se negó a hablarle. Pero no buscó a su esposa, Creusa.
—No —dijo humildemente el poeta.
—No importa. Allí abajo, creo que es imposible reunirse —dije—. La sombra no puede tocar a la sombra. Creo que la dilatada noche es para dormir.
—¡Hija de Latino y antepasada de Lucrecio! Me prometes aquello que más deseo.
—¿El sueño?
—El sueño.
—Pero tu poema...
—Bueno, mi poema se cuidará solo, no te quepa duda, cuando lo abandone.
Permanecimos un rato sentados en silencio. Estaba bastante oscuro. El viento se había calmado. No se movía nada.
—¿Ya ha partido de Cumas?
—Eso creo —dijo el poeta.
Hablábamos muy bajo, casi entre susurros.
—Recalará en Circeii para enterrar a su niñera, Caieta, quien le suplicó acompañarlo en el viaje, pero murió en la nave, vieja y enferma. Bajará a la costa para enterrarla. Esto lo demorará algunos días.
Un escalofrío de temor me había invadido. Se avecinaban demasiadas cosas, demasiado pronto. Quería que el poeta me dijera lo que se preparaba y al mismo tiempo no quería.
—No sé cuándo podré regresar —dije.
—Ni yo, Lavinia.
Me miró y, a través del aire cubierto de sombras, me di cuenta de que estaba sonriendo.
—Oh, querida mía —dijo, en voz aún muy baja—. Mi obra inacabada, incompleta, insatisfecha. La niña que nunca tuve. Vuelve una vez más.
—Lo haré.

No soy la voz femenina que podríais esperar. El resentimiento no es lo que me impulsa a escribir mi historia. La rabia, en parte, quizá. Pero no es una rabia sencilla. Anhelo justicia, pero no sé lo que es la justicia. Es duro que te traicionen. Es peor saber que tú misma hiciste inevitable la traición.
¿Quién era mi auténtico amor, entonces, el héroe o el poeta? No pregunto cuál de ellos me amó más. Ninguno de los dos lo hizo mucho tiempo. Sólo el justo. El suficiente. Mi pregunta es: ¿a cuál de los dos amé más? Y soy incapaz de responderla. Uno de ellos era mi marido, el hombre hermoso cuya carne envolvió la mía para engendrar a mi hijo dentro de mí, el autor de mi feminidad adulta, mi orgullo, mi gloria. El otro era una sombra, un susurro en la oscuridad, el sueño o la visión de una virgen y al mismo tiempo el creador de todo mi ser. ¿Cómo podría elegir? Los perdí a ambos muy pronto. Los conocía sólo un poco mejor que ellos a mí. Y, como siempre, he de recordar que soy contingente.
Igual que ellos, claro está. Podría haber sucedido que el pequeño Publio Virgilio Maro muriera a la edad de seis o siete años, cenizas bajo una pequeña lápida en Mantua, antes de llegar a ser un poeta. Y con él habría muerto la gloria del héroe, sin dejar más que un mero nombre entre los miles de nombres de guerreros, ni siquiera un mito en la costa italiana. Todos somos contingentes. El resentimiento es estúpido y mezquino y ni siquiera la rabia es apropiada. Soy una mota de luz en la superficie del mar, un destello de la estrella del alba. Vivo en el asombro. Puede que nunca llegara a vivir, pero soy un ala silenciosa en el viento, una voz incorpórea en el bosque de Albunea. Hablo, pero lo único que puedo decir es: «vete, vete».

Al día siguiente, cuando Maruna y yo regresamos a casa, todas las mujeres trataron de contarme a la vez que Turno le había enviado un mensaje a mi padre y que la reina Amata quería verme de inmediato.
Al oír esto, la costumbre de temerla hizo que me encogiera por dentro. Sin embargo, llevaba mucho tiempo sin gritarme ni humillarme como antes. Mi cobardía me avergonzó. En cuanto me limpié la tierra del viaje de los pies y me cambié de ropa, acudí a sus aposentos. Despidió a las doncellas y me saludó con verdadera alegría, besándome en la frente y cogiéndome de las manos para llevarme a su lado. Tales demostraciones de afecto podrían haberme parecido falsas, afectadas, pero Amata no era una conspiradora. Era demasiado cautiva de sus sentimientos como para interpretar un papel que no sintiera. Se alegraba sinceramente de verme y su alegría me llegó al corazón. Llevaba tanto tiempo anhelando la aprobación y la benevolencia de mi preciosa e infeliz madre que el menor indicio de ellas era irresistible para mí. Me senté a su lado de buen grado.
Me acarició el cabello. Sus manos temblaban ligeramente. Estaba muy nerviosa. Sus grandes y oscuros ojos parecían llenos de luz.
—El rey Turno ha enviado un mensajero, Lavinia.
—Eso dicen todas las mujeres.
—Es una petición formal de tu mano en matrimonio.
Me miraba con tanta atención e intensidad, sentada tan cerca de mí, que no pude hacer otra cosa que bajar los ojos, sin habla. Noté que el rubor invadía toda mi piel, que una oleada de calor inundaba mi cuerpo entero y me sentí atrapada, impotente, expuesta.
Mi asustado silencio no la sorprendió ni la desagradó. Me tomó de la mano y, sin soltarla, me dijo:
—Es una propuesta inusual. El rey Turno es un hombre de gran corazón. No habla sólo por sí mismo, sino por los demás jóvenes guerreros y reyes que han venido a cortejarte: Messapo, Aventino, Ufens y Clauso el sabino. El mensaje de Turno dice que, para impedir disputas y enemistades entre estos poderosos súbditos y aliados del Lacio, ha llegado la hora de que el rey elija a tu marido entre ellos y así ponga fin a su rivalidad. Todos se han comprometido a aceptar la decisión de Latino. Va a mandar a buscarte para comunicártela.
No pude hacer otra cosa que asentir.
—No es una decisión fácil para tu padre —dijo Amata, con voz cada vez menos apresurada y ansiosa, más cálida ahora que había entregado su mensaje—. Está entregado a ti y no quiere verte marchar. Pero ha pensado mucho en las rivalidades de las que habla Turno. Ha pasado noches enteras en vela temiendo que los jóvenes guerreros llegaran a las manos por ti o, al tratar de imponerles una decisión, pudieran perturbar la paz en el reino. Esos jóvenes son como una caja de yescas. Si uno de ellos prende, todos tomarán las armas.
Y tu padre está muy orgulloso de la paz. La ha mantenido y desea conservarla con todo su corazón. Es un hombre ya mayor. Los días de guerra ya quedaron lejos para él. De hecho, necesita el corazón y la fuerza de un hombre joven para defenderla, un yerno. ¿Cuál de ellos crees que sería más apropiado para este honor?
Negué con la cabeza. Tenía la garganta seca. No brotarían palabras de ella.
—El te lo va a preguntar, Lavinia. Debes estar preparada. No querrá que te desposes con un hombre que te disguste... ¡ya lo sabes! Pero la hora de que te cases llegó ya hace tiempo. Eso no podemos cambiarlo. Así que debes elegir. Y la decisión es tuya, de veras. Él nunca actuaría en contra de tus deseos.
—Lo sé.
Se levantó y paseó un poco por la habitación. Cogió uno de los pequeños tarros de perfume de su mesa y lo trajo para embadurnarme las muñecas con aceite de rosas.
—Es agradable que los jóvenes se peleen por ti —dijo con una sonrisa—. ¡Bien lo sé yo! Es una lástima que tenga que acabar... Pero no puede durar para siempre. Y normalmente, la decisión que parece imposible, cuando llega el momento, se toma sola. Entre todos ellos, entre todas las jóvenes posibilidades, realmente sólo hay una posible. La inevitable. La debida.
Volvió a sonreír, radiante. «Es como una muchacha hablando de su prometido», pensé.
Seguí sin decir nada, y ella, tras aguardar un minuto, dijo:
—Bueno, querida mía, no tienes por qué revelarme tu decisión, pero tendrás que decírsela a tu padre... o dejar que él la tome por ti.
Asentí.
—¿Quieres que elijamos nosotros por ti?
El anhelo era intenso en su voz. Yo era incapaz de hablar.
—¿Tan asustada estás? —Lo dijo con delicadeza y, tras sentarse de nuevo a mi lado, me abrazó con fuerza, como no había hecho desde que yo tenía seis años. Incapaz de relajarme, permanecí allí, tiesa entre los brazos que me rodeaban—. Oh, Lavinia, será amable y bueno contigo. Es tan espléndido..., ¡tan hermoso! No hay nada que temer. Y podéis venir a visitarnos con frecuencia. Y para mí será un placer ir a verte a Ardea... Me ha dicho más de una vez que sería bienvenida allí. Ardea era mi hogar cuando era niña. Es una ciudad preciosa, ya lo verás. No será tan diferente de estar aquí. El te cuidará como te cuida tu padre. Serás muy feliz. No tienes nada que temer. Yo iré contigo.
Me zafé de sus brazos y me incorporé. Tenía que liberarme.
—Madre, hablaré con padre cuando mande a buscarme —dije, y salí corriendo de la habitación. Sonaba un canto en mis oídos y el ardiente rubor se había convertido en un frío que llovía sobre mis huesos.
Mientras corría por la galería de las columnas asistí a una gran conmoción en el patio central, provocada por un gentío reunido alrededor del laurel. Traté de pasar sin que se fijaran en mí, pero primero Vestina y luego Tita me vieron y acudieron llorando.
—¡Ven, ven, mira! —gritaron y me arrastraron hacia el árbol. Había algo en él, arriba, entre las ramas, un ser grueso y oscuro, un enorme saco de algo tembloroso, una nube de humo, de humo denso y sombrío, atrapada entre las ramas. De su interior brotaba un zumbido sordo y constante. Todo el mundo gritaba y lo señalaba. «¡Abejas —exclamaban—, un enjambre de abejas!»
Mi padre acudió cruzando el patio, grave, gris, erecto. Miró el gran enjambre que palpitaba, se hinchaba y volvía a formarse constantemente en la copa del árbol. Levantó los ojos hacia las nubes, que el crepúsculo empezaba a teñir.
—¿Son nuestras abejas? —preguntó.
Varias voces dijeron que no. El enjambre había llegado volando sobre los tejados de la ciudad.
—Como una gran humareda en el cielo —dijo alguien.
—Díselo a Casto —dijo Latino al esclavo doméstico que lo acompañaba—. Están reuniéndose para pasar la noche. El sabrá cómo echarlas.
El muchacho salió corriendo en busca de Casto, nuestro apicultor.
—Es una señal, amo, es una señal —exclamó la madre de Maruna—. ¡Vienen a la misma copa del árbol que corona Laurentum! ¿Qué significa el presagio?
—¿Por qué dirección han llegado?
—Suroeste.
Hubo un breve y expectante silencio.
—Llegan forasteros por allí... Puede que por mar. Vendrán a ver al rey de esta casa.
Como jefe de la casa, de la ciudad y del Estado, Latino estaba acostumbrado a interpretar los presagios. No utilizaba medios ni preparativos misteriosos, como los agoreros etruscos. El se limitaba a observar, interpretar y hablar sin titubeos y con grave sencillez.
El pueblo quedó satisfecho. Muchos de ellos permanecieron en el patio, conversando sobre el presagio mientras se quitaban algunas abejas torpes y extraviadas del pelo y esperaban a que llegara Casto para llevarse el enjambre a nuestras colmenas.
Latino, que me había visto, me llamó.
—Ven, hija.
Lo seguí a sus aposentos. Se detuvo en la antesala, junto a la pequeña mesa, y me miró. La luz de la tarde resplandecía brillante en el umbral.
—¿Has hablado con tu madre, Lavinia?
—Sí.
—Entonces sabrás que tus pretendientes han accedido a dejarme que elija a tu marido entre ellos.
—Sí.
—Bueno —dijo con una sonrisa forzada—, ¿quieres decirme cuál te gustaría que eligiera?
—No.
No lo dije con insolencia, pero la negativa lo dejó abatido. Me estudió durante un minuto.
—Pero habrá alguno de ellos al que prefieras.
—No, padre.
—¿Ni Turno?
Negué con la cabeza.
—Tu madre me ha dicho que amas a Turno.
—No.
Esto volvió a sorprenderlo, pero siguió sin perder la paciencia.
—¿Estás totalmente segura, querida mía? —preguntó con voz delicada—. Tu madre me ha dicho que estás enamorada de él desde la primera vez que vino a verte. Y me advirtió de que te costaría admitirlo. Esa timidez está bien, es apropiada en una virgen. No hace falta hablar más sobre ella. Lo único que tienes que hacer es indicarme que estarás contenta si lo elijo para ti.
—¡No!
Su sorpresa se tornó perplejidad e intranquilidad.
—Si no quieres a Turno, ¿a cuál quieres?
—A ninguno.
—¿Pretendes que los rechace a todos?
—¿Puedes hacerlo, padre?
Dio una vuelta por toda la habitación, con una expresión sombría en el rostro. Tenía los amplios y musculosos hombros encorvados y se frotaba la barbilla con la mano. Aún no se había afeitado y se veían las cerdas blancas en su mandíbula. Se detuvo y me miró de nuevo.
—Sí, puedo —dijo—. Sigo siendo el rey del Lacio. ¿Por qué lo preguntas?
—Sé que la oferta de Turno contenía una amenaza.
—Podría interpretarse así. Pero no hace falta que te preocupes por eso. ¿Qué quieres, qué deseas que ocurra, Lavinia? Tienes dieciocho años. No puedes permanecer en la casa indefinidamente, como una doncella.
—Preferiría ser una vestal que casarme con cualquiera de esos hombres.
Para nosotros, una vestal es una mujer que decide no casarse o a la que nadie elige nunca y se queda con la familia de su padre para mantener el fuego encendido.
Suspiró y dirigió la mirada hacia la mano, grande y cubierta de cicatrices, que tenía apoyada sobre la mesa. Creo que tuvo que resistirse a la tentación de aquella idea, a la esperanza de mantenerme a su lado.
—Si no fuera rey... Si tuviera otras hijas... Si tus hermanos siguieran vivos... podría acceder a tus deseos. Tal como están las cosas, como mi única hija, estás obligada a casarte, Lavinia. Llevas contigo mi poder, el poder de la familia, y no podemos fingir que no es así.
—Un año más.
—Dentro de un año las opciones serán las mismas.
Ante eso no tuve respuesta.
—Turno es el mejor de ellos, hija. Messapo siempre estará bajo su influjo. Aventino, con su piel de león, es un buen muchacho, pero no tiene demasiado seso. No puedes pasarte la vida en las montañas de Ufens y no pienso enviarte entre esos taimados sabinos. Turno es el más aceptable. Probablemente sea el mejor hombre del Lacio. Dirige su reino con mano firme. Es un guerrero temible. Es rico. Y apuesto. Sé que todas las mujeres lo piensan. Y sería un aliado muy importante. Tu madre dice que está perdidamente enamorado de ti.
Me dirigió una mirada esperanzada, pero fui incapaz de devolvérsela.
—Me cuenta todas las alabanzas que te canta. Cree que está tan decidido a tenerte que si te entrego a otro se rebelará, a pesar de su compromiso. Y puede que con motivos. Es un individuo ambicioso y con mucha confianza en sí mismo. Y con buenas razones. Tu madre lo ha alentado. De hecho, si elijo a otro, puede que sea ella la que se rebele. —Había intentado hacer una broma, pero no era una broma, y pude ver que había miseria en sus ojos—. Tiene tu bienestar y el bien de nuestro reino siempre presente —dijo.
No tuve argumento ni respuesta para él.
—Dame cinco días, padre —rogué con voz ronca y débil.
—¿Y entonces me comunicarás tu decisión?
—Sí.
Me tomó entonces entre sus grandes brazos y me besó en la frente. Sentí la calidez de su cuerpo y olí su familiar olor, fuerte, querido y reconfortante, como el de la tierra en las colinas en verano.
—Eres la luz de mis ojos, hija —murmuró.
Eso me hizo llorar. Le besé la mano y regresé corriendo a las habitaciones de las mujeres, deshecha en lágrimas. En el crepúsculo, todos estaban en el patio, observando cómo Casto, con sus palabras, convertía el enjambre en un globo grande y vibrante sobre la fuente, un globo tembloroso y cubierto de sombras que iba menguando y menguando mientras él entretejía sus hechizos y preparaba su red para capturarlo.

Los cinco días se me hicieron muy largos. Estuve sola siempre que pude. Una vez me escapé y corrí a la granja de Tirro. Silvia estaba en la lechería. La convencí para que viniera conmigo. Quería hablar con ella sobre la decisión que tenía que tomar, de la que, como es normal, estaba informada. Todo el mundo lo sabía. En la casa de un rey, pocas cosas son secretas. Y todo el mundo sabía que su hermano Almo no estaba en la lista de pretendientes que Turno le ofreció a mi padre. Cuando fui a verla, abrigó por un momento la esperanza de que viniera a pedirle que tranquilizara a Almo, que le dijera que era mi elección y que debía pedirle mi mano al rey directamente. Su familia había alimentado sus esperanzas, pensando que mi amistad con Silvia bastaba para elevar la condición de su hermano hasta mi altura. Sin duda era así entre nosotros, los jóvenes, pero no entre los reyes y las reinas, los poderes mortales de nuestro Estado.
Cuando Silvia supo que me había negado a elegir a alguno de los pretendientes, intentó defender la causa de Almo.
—No, Silvia, no puedo elegirlo a él —dije negando con la cabeza, y al oírlo quiso saber por qué. ¿No le había demostrado siempre una amabilidad que había alimentado su amor? ¿Acaso no era suficientemente bueno para mí? Y así sucesivamente.
—Lo quiero más que a cualquiera de los demás —dije—, pero no como marido. Y si fuera así, si lo escogiera a él, equivaldría a matarlo. Turno lo cazaría como un halcón a un ratón.
Era una comparación estúpida y Silvia no se la tomó bien.
—Aunque tu padre se negara a proteger a mi hermano, nuestra casa tiene también algunos buenos guerreros —dijo orgullosa.
—Oh, Silvia. El ratón soy yo. El ratón en el campo, cuando han cortado el heno y toda la tierra está desnuda. Todo el mundo me observa y no hay lugar alguno adonde ir. En mi mente corro, corro y corro y no puedo encontrar donde esconderme. Allá donde miro está Turno, con sus ojos azules y su sonrisa, y mi... —Me detuve un instante—. Y mi madre confía en él —dije.
—¿Tú no? —preguntó con curiosidad.
—No. Carece de piedad. Sólo tiene ojos para sí mismo.
—¿Cómo iba a ser de otro modo? Es rico, es apuesto y es un rey. —Su ironía no era del todo amigable, pero en aquel momento no estaba contenta conmigo. La había ofendido por lo de Almo y no me dejaría escapar tan fácilmente.
Creo que sabía que yo estaba aterrada, pero no quiso preguntarme a qué le tenía tanto miedo, así que no pude hablar con ella, tal como deseaba.
De todos modos, nos separamos como amigas. Ella sabía perfectamente que Almo había apuntado demasiado alto y que, de haber conseguido una mujer a la que el rey Turno ambicionaba, se habría puesto a sí mismo y a su familia en un peligro mortal. Al separarnos, me dio un fuerte abrazo y un beso.
—Oh, siento mucho todo esto —me dijo—. Ojalá no hubiera hombres en el mundo. ¡Ojalá pudiéramos bajar juntas al río, como la primavera pasada!
—Puede que aún lo hagamos —le respondí, pero tenía el corazón apesadumbrado. La besé y así nos separamos. Regresé por los campos tratando de no llorar. Estuve llorando, o a punto de hacerlo, la mitad del tiempo, y me sentí enferma por ello. No había nadie en el mundo con el que pudiera hablar o que pudiera entenderme, salvo el poeta. Puede que Maruna me hubiese entendido y, de hecho, quizá lo hiciera, pero no podía hablar con ella sobre mi madre. Pedir a un esclavo que hable mal de sus amos o siquiera permita que se hable mal de ellos en su presencia es injusto, pues los pone en peligro. Siempre hay correveidiles y aduladores entre los esclavos domésticos. ¿Cómo no va a haberlos? En la casa de un rey, todas las puertas tienen un oído detrás. Yo sabía que contaba con las simpatías de Maruna y eso me ayudaba mucho, pero como no podía protegerla, tampoco podía hacer de ella mi confidente.
La mayoría de las demás mujeres y muchachas simplemente se preguntaban por qué no acudía corriendo a los brazos de Turno. La vieja Vestina lo cubría de alabanzas a diario, siempre en medio de un coro de suspiros y halagos.
Y la afectuosa presión de mi madre a su favor continuó hasta que hubieron pasado cuatro días y llegó la víspera de mi decisión. Entonces, su exasperación estalló de repente en un arranque de furia como los de años atrás. Irrumpió en mi cuarto poco después de que me fuera a dormir. Venía vestida con el camisón y llevaba una pequeña lámpara cuya llama no era más grande que un brote de alcaparra. Apareció allí de repente, alta, amenazante y voluminosa en el camisón blanco y despegado del cuerpo, con el cabello negro suelto alrededor del rostro pálido.
—No sé a qué estás jugando ni durante cuanto tiempo crees que podrás llevar a tu padre del cuello, Lavinia —dijo con voz baja y ronca—, pero te digo desde ahora que vas a casarte con Turno y convertirte en la reina de Ardea. Es absurdo que te asustes y solloces. Si no te gusta Turno, no te preocupes. Puede que tú tampoco le gustes demasiado, pero se trata de un matrimonio político, no de una violación. Si para algo sirve una chica, es para casarla bien, y en eso no te diferencias de las demás. Así que cumple con tu deber como yo cumplí con el mío. Si arruinas esta oportunidad, nunca te lo perdonaré. Nunca te lo perdonaré. —No fue tanto lo que dijo como su manera de decirlo lo que me aterró: se encontraba allí, muy próxima a la cama, y a cada instante que pasaba yo sentía que estaba a punto de golpearme, de arañarme, como años antes. Su voz era un siseo tembloroso y parecía que le costaba respirar.
—Di que vas a casarte con Turno —me exigió—. ¡Dilo!
No dije nada. No podía.
Un sonido extraño escapó de ella, una especie de gemido chirriante, y, al fin, se dio la vuelta y salió apresuradamente de la estancia.
Al cabo de un rato me levanté, porque no había sueño alguno en aquella cama, y salí al patio. Nadie más estaba despierto. Me senté en el banco de madera, bajo el laurel, y contemplé el lento paso de las estrellas sobre los tejados de la Regia. El frío de la noche pareció adentrarse en mi mente y calmarla y darle claridad. Comprendí que debía casarme con Turno: era inevitable. Aceptar otro pretendiente equivaldría a provocar una guerra civil en nuestro reino. El acuerdo con los demás no significaba nada. Turno tenía que competir, que vencer, que ser el amo. Nunca permitiría que otro hombre tuviera a una mujer que él había reclamado. El matrimonio era mi deber y mi destino. Mi madre tenía razón, aunque hablara movida por su interés y no por el mío.
Al llegar la mañana le diría a mi padre que estaba dispuesta a aceptar a Turno como marido.
Los grandes Osos flotaban a gran altura sobre el padre río, sobre Etruria. Las hojas del laurel susurraban en la tenue corriente de la brisa nocturna. Pensé en las tres extrañas noches pasadas en Albunea, donde el tenue tufo de los estanques de azufre flotaba permanentemente en el aire oscuro y yo, sentada, conversaba con una sombra, un hombre agonizante que aún no había nacido, que conocía mi futuro, mi pasado y mi alma, y que sabía con quién debía casarme en realidad, el auténtico héroe. Pero allí y en aquel momento, en el patio de mi casa, todo eso parecía muy lejano, borroso y oscuro, un falso sueño que no tenía nada que ver con la vida de la vigilia. No volvería a pensar en ello. No regresaría á Albunea.
Por un momento oí la voz, esa voz como ninguna otra, en mi recuerdo. La primera vez que vino el poeta, la primera vez que lo vi allí, en el altar, me dijo que Fauno le habló al rey Latino desde los árboles de Albunea para decirle que no desposara a su hija con un hombre del Lacio. Luego, al ver que esto me sobresaltaba y me preocupaba, añadió:
—Creo que no ha ocurrido aún. Fauno aún no ha hablado con Latino. Puede que nunca lo haga. —Y entonces dijo que quizá lo hubiera imaginado, que fuera un sueño dentro de otro sueño.
Yo sí que lo había imaginado. No había ocurrido. No ocurriría. Falsos sueños, visiones, desatinos.
Los tejados se recortaban duros y negros contra el cielo de levante, cada vez más pálido, cuando volví a entrar y me tendí en la cama.
Era día de veneración y me levanté antes del amanecer. Me puse la túnica de reborde rojo que llevaba de niña y aún utilizaba para los ritos y fui a despertar a mi padre con las palabras rituales que se pronunciaban en su puerta.
—¿Has despertado, rey? ¡Despierta! —Y al poco salió, con la túnica de borde rojo y la cabeza cubierta por la esquina suelta, como correspondía a los ritos, y fuimos juntos al altar del atrio.
Varios de los habitantes de la casa nos acompañaban, entre ellos mi madre, que normalmente no asistía a los rituales cotidianos. Se mantuvo bastante cerca de mí mientras yo espolvoreaba la salsamola sobre el altar. Tuve la sensación de que pretendía permanecer cerca de mí, mantenerme vigilada, a su alcance, durante todo el día, hasta que consiguiera lo que quería. El calor y la presión de su cuerpo junto a mí eran palpables y yo sólo quería escapar de ellos. Me acerqué a mi padre mientras él introducía un palo embadurnado de brea en el fuego de Vesta y lo levantaba a continuación para prender las antorchas del altar mientras murmuraba las palabras sagradas. No sé si la brea se esparció o sopló una bocanada de viento o se movió una mano, pero el caso es que de repente me vi rodeada por algo extraño, un movimiento parpadeante y brillante. Se alzaron voces, gritos, chillidos.
—¡Lavinia! ¡Lavinia! Se le ha prendido el cabello... ¡Está ardiendo!
Me llevé las manos a la cabeza y sentí un movimiento extraño y delicado en el aire, alrededor de ella. Unas chispas bailaban y saltaban en torno a mí. Olía a humo. Al volverme, vi, a través de una nube amarillenta y opaca, que mi madre se encontraba allí, al alcance de mi mano. Miraba con ojos enloquecidos algo que había sobre mi cabeza. Me di la vuelta y huí de ella. Corrí entre la gente, por el atrio, hasta llegar al patio. Las llamas y el humo amarillo me seguían, lo mismo que una estela de chispas. La gente gritaba, oí que mi padre decía mi nombre. Corrí hasta la fuente que había bajo el laurel y me zambullí en ella, la cara en el agua, el pelo en el agua.
Mi padre apareció entonces, arrodillado a mi lado, y me levantó.
—Lavinia, pequeña, hija, hija mía —susurró—. ¿Estás herida, estás herida? Déjame ver...
Yo estaba confusa, pero vi que el asombro afloraba en medio del horror a sus facciones. Pasó una mano por mi cabeza empapada, por mi cabello lacio y húmedo.
—¿Cómo es posible? ¿No te ha pasado nada?
—¿Qué ha pasado, padre? Había un fuego...
—Un fuego sobre tu cabeza. Saltaba y ardía. Pensé que era tu pelo... Creí que la antorcha te lo había inflamado. ¿No estás herida? ¿No te has quemado?
Me llevé la mano a la cabeza. Estaba mareada, pero el pelo y el cuero cabelludo parecían como siempre, sólo que empapados. No se había quemado nada salvo el borde de la toga, que me había puesto sobre la cabeza en el altar. La esquina de lana blanca, con el borde teñido de rojo, estaba negra y calcinada.
A esas alturas la casa entera se había congregado a nuestro alrededor y llenaba el patio con sus gritos, sus llantos, sus preguntas y sus respuestas. Mi madre estaba junto al tronco del laurel, con el rostro lívido y vacío. Mi padre la miró y dijo:
—No se ha hecho nada, Amata. ¡Está bien!
Ella respondió algo, no sé el qué. La madre de Maruna se abrió paso entre la gente. Se arrodilló entre nosotros y me tocó la cabeza y las mejillas con delicadeza, una licencia que se le permitía como curandera. Luego miró a mi padre y, con voz severa e imperiosa, dijo:
—Un presagio, rey. ¡Pronuncia el presagio!
Y él obedeció como un esclavo. Se incorporó. Me miró, miró luego el gran árbol, y habló.
—Guerra —dijo.
Todos los presentes quedaron en silencio al oírlo.
—Guerra —volvió a decir, y entonces, como si tuviera que luchar con las palabras, como si salieran solas de su garganta y de su boca sin desearlo él, prosiguió—: Una brillante fama y una brillante gloria coronarán a Lavinia. Pero trae la guerra a su pueblo.

Gradualmente, todo y todos se tranquilizaron. La gente, charlando, se dispersó para continuar con sus quehaceres matutinos. Vestina se me llevó para secarme el pelo entre lágrimas y algunos aspavientos mientras la toga del reborde rojo con la esquina quemada y ennegrecida pasaba de mano en mano entre las mujeres maravilladas.
Había que realizar de nuevo el rito interrumpido. Esta idea estaba tan presente en mis pensamientos que finalmente me desembaracé de las mujeres para ir a ayudar a mi padre, pero él, tras pedirme que le mandara a Maruna, me envió de regreso con ellas. Debía descansar, me dijo. Ya iría luego a verlo.
Me alegré de ello, porque la verdad es que estaba temblorosa y un poco mareada.
—Creo que necesito comer algo —dije cuando estuve de nuevo entre las mujeres.
—¡Pues claro, pues claro, pobre corderito! —exclamó Vestina. Envió a las chicas a buscar cuajada, miel y gachas de trigo, y después de tomarlo me sentí mucho mejor.
Mi madre había estado con nosotros en la habitación desde el principio, pero sin participar de la conversación. Estaba sentada a su gran telar. Yo tenía buena mano para hilar y era capaz de hacer una hebra tan fuerte y homogénea como la que más, pero era torpe y lenta en el telar. Amata era, con mucho, la mejor de nuestras tejedoras. Trabajaba muy de prisa, con un ritmo constante y una concentración total; cuando estaba tejiendo, no prestaba atención a ninguna otra cosa y su rostro parecía ensimismado y en calma. El finísimo hilo de lana que yo había estado preparando toda la primavera era para la pieza en la que trabajaba ella en aquel momento, un rollo completo del mejor tejido blanco, de ése que puedes coger varias medidas en la mano y pasarlo a través de un anillo. Aquel día, cuando finalmente las mujeres empezaron a hablar de otra cosa que no fuera la misteriosa llama, la estela de humo amarillo que me había seguido al echar a correr, las chispas que sobrevolaban por toda la casa sin que nada llegara a prender y todo lo demás, mi madre apartó la mirada del telar y me llamó con un gesto. Acudí a su lado.
—¿Sabes lo que estoy haciendo, Lavinia? —me preguntó con la más extraña de las sonrisas, una sonrisa amplia y ciega que era casi cohibida.
En cuanto formuló la pregunta, supe la respuesta, pero dije:
—Unapalla de verano.
—Tu traje nupcial. Lo llevarás cuando te cases. Mira qué delicado.
—Todo lo que tejes es precioso, madre.
—Lo llevarás cuando te cases, cuando te cases con él —dijo, casi como si fuera el estribillo de una canción, y entonces dejó el telar y continuó con la lanzadera. Y mientras seguía con su trabajo, continuó con la cantinela entre dientes—: Lo llevarás cuando te cases, cuando te cases con él.
Hacia mediodía fui sola a los aposentos de mi padre. Al cruzar el patio me detuve bajo el laurel y pedí a los poderes del árbol y de la primavera, al lar de la casa y a mis queridos penates, que estuvieran a mi lado y me ayudaran. Todo lo que había pensado y visto tan claro la pasada noche, allí sentada, en el banco bajo las estrellas, todo lo que con tanta firmeza y sentido común había resuelto, había desaparecido, consumido en una bocanada de fuego sin calor, en una voluta de humo amarillo. Sabía lo que debía decir, pero quería su ayuda para decirlo.
Mi padre me abrazó y trató de asegurarse de nuevo de que estaba totalmente ilesa y bien.
—Estoy bien, padre —le dije—. Pero tenía muchísima hambre. Me he comido todo lo que me traían de la cocina. —Eso lo tranquilizó, tal como yo esperaba—. Ahora, ¿puedo hablarte de mis pretendientes?
Se sentó en el arcón pegado a la pared y asintió con gravedad.
—Te dije que hoy te pediría que me entregaras a uno de ellos.
Un asentimiento.
—Pero a causa de lo que ha sucedido esta mañana, el presagio, te pido que no me preguntes a mí, sino que acudas a Albunea y consultes allí a los poderes. Sea cual sea su respuesta, la acataré.
Mientras pronunciaba estas palabras, levantó los ojos y me miró con gravedad desde debajo de sus densas y entrecanas cejas. Me escuchó. Una vez terminé de hablar, reflexionó un instante. Finalmente, volvió a asentir.
—Iré hoy mismo —dijo.
—¿Puedo acompañarte?
Volvió a reflexionar unos segundos.
—Sí —dijo. Entonces volvió a mirarme con la sombra de una sonrisa en los labios y añadió—: Iremos juntos, como antes. ¿Recuerdas la primera vez? Sólo eras una niña...
Pero tenía una expresión de melancolía. Parecía muy cansado.
Le besé la mano y dije:
—Estaré lista en cuanto quieras, padre.
—Sacrificios —dijo—. Eso es... Voy a necesitar... un cordero o dos. ¿Tenemos algún becerro blanco? Dos corderos y un ternero blanco... al menos.
—Iré a ver a Doro, el pastor de Tirro. Está con las vacas y los terneros en el pasto grande del prado. Yo me encargo de los animales, padre.
—Bien. Hazlo. Yo debo encargarme de algunas cosas antes de que nos vayamos... Un ternero negro, Lavinia, si es que lo hay. Negro, para ese lugar.
Ese lugar, Albunea, que está tan cerca del inframundo que las sombras de los muertos pueden ir y venir desde allí con facilidad. Negro, para ese lugar.
Los corderos habían nacido temprano aquella primavera, y los que me enseñó el pastor eran bastante grandes. El ternero que me trajo el viejo Doro era pequeño, un canijo, de hecho, y no era negro, sino marrón en las patas y en la cara. No era el sacrificio perfecto. Mi padre lo miró con el ceño fruncido.
—Es pío, padre —dije yo—. ¿Ves cómo nos sigue? Y ha hecho lo que ha podido para ser negro.
Doro asintió con solemnidad.
—Es el más negro que tenemos, rey —dijo.
Así que el rey asintió y nos fuimos.
Yo llevaba la toga con la esquina quemada, porque era la única túnica sagrada que tenía: año tras año, mi madre había ido retrasando la elaboración del tinte rojo necesario para confeccionar una nueva. Como teníamos que llevar a los animales, o acaso porque mi padre sintiera alguna intranquilidad o desconfianza en el aire, reunió un grupo numeroso. No era como antes, cuando él y yo íbamos solos llevando un cordero joven, o cuando yo caminaba con Maruna. Mi amiga nos acompañaba, sí, pero también estaban Doro con el ternero, el hijo del pastor con los corderos, dos esclavos con las demás ofrendas y tres de los guardias de mi padre, los hombres que custodiaban las puertas de la Regia e iban con él, armados, cuando marchaba a visitar otras ciudades o a otros reyes. Los llamaba sus jinetes, sus caballeros, y cada uno de ellos tenía un caballo en los establos reales, pero aquel era un viaje sagrado, así que íbamos a pie.
Uno a uno, caminamos en aquel brillante día mientras el atardecer se iba acercando. Llegamos al pequeño Prati y lo seguimos corriente arriba. Me acordé del vado rocoso de mi sueño, en el que había visto sangre en las aguas.
Los guardias, Maruna y los esclavos se detuvieron en el linde del bosque. Los hombres acamparían allí. Maruna se marcharía a la cabaña de los leñadores, mientras Doro y el hijo del pastor, con los animales, y Latino y yo, con el resto de las ofrendas, nos internábamos en el bosque de Albunea.
Para cuando se completó el sacrificio ya era de noche, y el fuego del altar y las antorchas eran las únicas luces que se veían bajo los árboles oscuros. Doro y el muchacho se llevaron los cadáveres desollados de regreso al campamento, donde los hombres celebrarían un festín con la carne. Mi padre dio la vuelta a las antorchas. Las llamas se extinguieron en la tierra. Se situó junto al altar, donde el fuego aún se alimentaba de la grasa del sacrificio y, con la cabeza cubierta, murmuró las palabras de adoración y humilde petición. Yo me senté sobre el vellón de uno de los corderos y presté atención. Temía y anhelaba oír la voz del abuelo, oír cómo le respondía desde aquellos árboles oscuros y silenciosos.
Pero apenas había dormido la noche antes y el día había sido largo y extraño. Estaba tan cansada que no pude mantener los ojos abiertos. El pequeño y saltarín oro de la llama del altar empezó a titilar y a volverse borroso ante mis ojos.
Y entonces me encontré tendida, mirando el cielo entre las copas de los árboles, tan rebosante de estrellas como la playa rebosa de arena, un pavimento de fuego blanco que también titilaba y parecía borroso.
Desperté. Las estrellas ardían, pero eran otras estrellas. El fuego se había apagado. Una pequeña lechuza cantó desde la derecha, i-ii, y otra le respondió desde más allá, ii-i.
La sombra estaba allí. Se encontraba entre el altar y yo. Su forma espigada resultaba vagamente visible a la luz grisácea de las estrellas. Al otro lado del altar, cerca del muro, vi un resplandor broncíneo, un bulto inmóvil sobre el suelo: mi padre, dormido. La atmósfera era la que hay una hora antes de que amanezca.
—La hora en que mueren los agonizantes —dijo mi poeta en voz muy baja.
Me incorporé para tratar de verlo con más claridad. Estaba aterrada y angustiada, y no sabía por qué, pero al mismo tiempo sí lo sabía.
—¿Estás agonizando? —susurré.
Asintió.
Un asentimiento de cabeza es una cosa muy pequeña, puede significar muy poco, pero al mismo tiempo es el gesto de afirmación que otorga, que da ser a algo. Es el gesto del poder, el sí. El numen, la presencia de lo sagrado, se convoca con su nombre.
—No tengo mucho tiempo —dijo.
—Oh, ojalá...
Pero desear no servía de nada.
—Tu padre ha escuchado la voz de Fauno —dijo, con una sombra de risa en la sombra de su voz.
—Entonces...
—No te casarás con Turno. No temas por eso.
Me levanté y lo miré. A pesar de su voz delicada y amable, seguía aterrada.
—¿Qué pasará?
—Habrá guerra. Las abejas se congregaron en el gran árbol. La hija del rey corrió por la casa con el cabello en llamas, rociándolo todo de chispas y humo. Y la guerra y la gloria la seguían.
—¿Por qué tiene que haber guerra?
—¡Oh, Lavinia, ésa es una pregunta de mujer! Porque los hombres son hombres.
—¿Entonces Eneas viene a atacarnos?
—En absoluto. Viene en son de paz, para ofrecerle una alianza a tu padre, casarse contigo y criar a su familia. Trae a los dioses de su casa. Pero también su espada. Y habrá guerra. Batallas, asedios, matanzas, esclavos, ciudades incendiadas, violaciones... Y hombres que vociferan y presumen y luego matan a otros hombres mientras duermen. Y hombres que matan a niños pequeños. Y cosechas arrasadas. Todo el mal que pueden hacer los hombres se hará. En cuanto a la justicia y la piedad..., ¿qué le importan a Marte?
Su voz se había hecho más fuerte, no ruidosa, pero sí curiosamente estridente, así que miré de soslayo a mi padre para comprobar si lo había oído. Seguía durmiendo, inmóvil.
—Puedo hablarte de la guerra. ¿Quieres? —No esperó mi respuesta—. Empieza con un niño que hiere a un ciervo en el bosque. Es una buena causa para una guerra, tan buena como cualquier otra. El primero en morir es el joven Almo... Ya lo conoces. Una flecha en la garganta empapa de sangre sus palabras y su respiración. Luego el viejo Galaeso, rico y acostumbrado al poder, intenta impedir la lucha y le destrozan la cara por ello. Y entonces Turno ve que es su momento y comienza la guerra de verdad. Nadie perdonará a nadie en esta guerra, por mucho que supliquen. Ilioneo mata a Lutecio, Liger a Emathion, Asilas a Corynaeo, Caeneo a Ortygio, Turno a Caeneo, a Itys, a Clonio, a Dioxippo, a Promulo, a Sagaris y a Idas. La sangre brota burbujeante por el pulmón perforado. El hombre mata mientras el dormido, tembloroso en su agonía, vomita sangre y vino. Ascanio le atraviesa la cabeza a Rémulo con una flecha de punta de hierro y la jabalina de Turno atraviesa la garganta de Antifates y se aloja en el pulmón hasta que el acero se calienta, y su espada hiende entre las sienes el cráneo de Pandaro, que cae al suelo con la armadura manchada de sesos y la cabeza partida por la mitad. Y cuando Eneas se une a la batalla, su espada atraviesa el escudo y la coraza de Maeon, y luego su cuerpo, para rebanarle el brazo a Alcanor a la altura del hombro. Y Pallas clava su espada en el pecho hinchado de Hisbo y separa la cabeza de Timber de su cuello y siega la mano de Larides, que se estremece mientras aferra aún la espada con dedos agonizantes. Y Halaeso mata a Ladon, a Feres y a Demodoco y corta la mano de Strimonio, alzada contra él, y golpea a Thoas en la cara con una piedra que arranca fragmentos de cráneo mezclados con sangre y con sesos. Y Turno perfora con su lanza de roble y punta de hierro el escudo y el pecho de Pallas, que cae de bruces al suelo y muerde el polvo con la boca ensangrentada. Y Turno apoya el pie en el cadáver, le arranca el cinto de oro y se jacta de un botín que será su ruina. Al oírlo, Eneas, ciego de furia, vuelve a acometer al enemigo, y aunque Mago le suplica misericordia, Eneas lo agarra por el cuello y le rebana la garganta, y mata a Anxur, mata a Anteo, mata a Lucas, mata a Numa, mata al bronceado Camers, mata a Nifeo, mata a Liger y a Lucagus, y si Turno se salva es sólo gracias a la diosa que lo ama, que se lo lleva del campo de batalla. Pero Mecencio, tirano de Caere, mata a Habro, mata a Latagus de un golpe en plena cara con una roca enorme, desjarreta a Palmo y lo deja agonizar en el suelo, mata a Evances y a Mimas. Acron, herido de muerte por la lanza de Mecencio, araña la tierra oscura con los talones. Caedico mata a Alcathos y Sacratos mata a Hidaspes, y Rapo a Parthenius y a Orses, Messapo mata a Clonio, caído de su caballo, y Agis muere a manos de Valero, Thronio a las de Salió y Salió a las de Aealces. Matan juntos y mueren juntos. Entonces el pío Eneas, obedeciendo la voluntad del destino y de los dioses atraviesa la ingle de Mecencio con su lanza y acaba con su hijo Lauso cuando trata de proteger a su padre, hundiendo la espada en el cuerpo del joven hasta la empuñadura. La punta perfora el escudo y la túnica que su madre tejió para él, la sangre inunda sus pulmones y su vida abandona el cuerpo y huye apesadumbrada a las sombras. Y Eneas lo lamenta por el chico, pero cuando Mecencio lo desafía, sale a su encuentro con un grito de júbilo, y mientras Mecencio le arroja una lluvia de dardos, Eneas mata a su caballo y, tras burlarse del caído, le rebana el pescuezo. Y al día siguiente envía el cuerpo de Pallas a su padre, el rey Evandro, junto con cuatro prisioneros para que los sacrifiquen vivos en la tumba. ¿Qué te parece ahora mi poema, Lavinia?
Transcurrido un largo rato, pude responderle.
—Depende de cómo termine.
—Con el triunfo del héroe glorioso, claro está. Mata a Turno cuando estaba tendido, herido e indefenso, como hizo con Mecencio.
—¿Quién es el héroe?
—Ya sabes quién es.
—Mata como un carnicero. ¿Por qué es un héroe?
—Porque hace lo que tiene que hacer.
—¿Por qué tiene que matar hombres indefensos?
—Porque así es como se fundan los imperios. O al menos espero que así lo entienda Augusto. Pero no creo que lo haga.
Me dio la espalda y permanecimos los dos en silencio. Yo había empezado a sollozar mientras él cantaba su espantosa oda de matanza y tenía el rostro aún húmedo. Cuando el poeta volvió a hablar, su voz se había suavizado.
—Pero no termina ahí para ti, Lavinia.
Di un paso hacia él, porque ya no le veía el rostro.
—Cuéntamelo, entonces.
—No termina con el ocaso de su reinado, tras sólo tres veranos y tres inviernos. Puede que tú pienses que todo acaba en el ensangrentado vado de Numicus, pero no es allí donde termina, ni en Lavinium, ni en Alba Longa. Ni con tu muerte, ni tampoco con la de tus hijos. Ni con los reyes, ni con los cónsules, ni con la caída de Cartago ni con la conquista de la Galia. Ni siquiera con el asesinato de Julio o la deificación de Augusto. La edad de oro regresa... Es posible... Así lo pensé una vez. ¡Pero sé bondadosa en tu corazón, hija mía, mi joven abuela! Los dioses de Troya vienen a una buena casa, a tu casa del Lacio. Y tú te desposarás con el hijo de la primavera, el hijo de la estrella de la tarde.
Lo había odiado mientras me contaba aquel relato de matanza, pero ahora estaba perdiéndolo, instante tras instante, y lo amaba y anhelaba.
—Espera... Dime sólo una cosa. Tu poema, mi poema... ¿lo terminaste?
Pareció asentir, pero apenas pude verlo. Era una alta sombra en medio de las sombras.
—No te vayas aún...
—Debo irme, gloria mía. Ya me he ido. Me reúno con la muchedumbre, regreso a la oscuridad.
Grité su nombre, me adelanté, alargué los brazos para sujetarlo, para arrebatárselo a la muerte, pero fue como asir una bocanada de viento nocturno. No había nada allí.

Permanecí sentada en mi vellón, con los brazos alrededor de los tobillos y envuelta en la toga con la esquina quemada para protegerme del frío, hasta que el cielo se iluminó sobre el altar. Entonces me acerqué a mi padre y le dije.
—¿Estás despierto, rey? ¡Despierta!
Se incorporó. Habíamos traído un poco de agua, porque no había cerca de allí. Le di el frasco y él bebió un largo trago y se refrescó un poco la cara.
—Has oído hablar al abuelo —dije.
Mirándome como si aún no estuviera del todo despierto, respondió:
—La voz entre los árboles.
Esperé.
Dirigió la mirada hacia los árboles oscuros y dijo, con la voz baja y monocorde de la plegaria, pero con claridad:
—No dejes que la hija de Latino se case con un hombre del Lacio. Que se despose con el extranjero que vendrá, que ahora mismo está llegando. El reino de sus hijos será mucho más grande que el Lacio.
Volvió a mirarme. Asentí.
—Entiendo. Obedeceré.
Mi padre se levantó, rígido y pesado. Ya no estaba acostumbrado a dormir sobre el suelo duro. Se frotó los muslos y estiró dolorosamente los brazos.
—Soy viejo, hija mía —dijo— Y ahora tengo que hacer frente a esos jóvenes para rechazarlos. —Negó con la cabeza y cuadró los hombros—. Ojalá mis hijos hubieran vivido. ¡Soy demasiado viejo, Lavinia!
No era propio de él hablar así. No supe qué decirle. Era demasiado joven como para sentir otra cosa que una piedad sorprendida e incapaz de comprender, y no quería sentir eso por mi padre, el rey.
Se adentró en los bosques para orinar y al regresar parecía un poco más erguido.
—No temas —dijo—. No toleraré insolencia alguna de ellos. Aún puedo proteger a mi hija, mi casa y mi ciudad. —Recogimos las pocas cosas que habíamos traído y, mientras lo hacíamos, continuó—: Me gustaría que tu madre no estuviera tan decidida a casarte con Turno. Pero claro, como es su sobrino, para ella sería como si regresara uno de sus hijos. En fin. Ven, hija. —Se puso en marcha con andares pesados y yo lo seguí.
Cuando llegamos al campamento de los hombres, estaban despertando. El cielo estaba iluminado tras las colinas del este y todos los pájaros del mundo cantaban. Había un arroyuelo allí, y mi padre y yo nos arrodillamos junto a la orilla para lavarnos la cara y las manos. Cuando se nos unieron los caballeros, oí que mi padre les contaba lo que le había revelado el oráculo. Eso volvió a sorprenderme. Asumía que lo anunciaría formalmente en casa, quizá convocando a los pretendientes para explicarles que sus peticiones habían sido denegadas por los poderes y los antepasados. Hablar de ello abiertamente en aquel momento era garantizar que se sabría en Laurentum en cuanto volviéramos, y por todo el Lacio al cabo de un día o dos. No entendía por qué lo había hecho, si no era porque no se atrevía a hacer frente a mi madre con las noticias y quería que se enterara de ellas por mí o las oyera comentadas por las mujeres.
Pero ella nos salió al encuentro casi corriendo por el patio, ruborizada y muy bella en su emoción.
—¡Ya lo sé! —exclamó—. He soñado con vosotros. ¡Cuánto me alegro!
Nos detuvimos, imagino que con cara de pasmo. Mi madre me cogió la mano y me besó.
—¡Estoy tan feliz!
—¿Por qué...?
—¡Oh! ¡El lecho nupcial! ¡En Ardea! ¡Lo he visto todo en mi sueño!
Tras una pausa vacía, mi padre dijo en voz baja, incómodo:
—El oráculo prohíbe que Lavinia se despose con un hombre del Lacio. Debe esperar a un pretendiente extranjero.
—No. Eso no es lo que ha dicho, en absoluto. ¡Lo he oído!
—Amata, cálmate —dijo—. Hablaremos de esto en privado. Lavinia, llama a las mujeres. Llévate a tu madre.
Dicho esto, se marchó a sus aposentos.
Mi madre hizo ademán de echar a correr tras él, y entonces se detuvo, perpleja, y se volvió hacia mí.
—¿Qué le pasa?
—Nada, madre. Ven conmigo. —Traté de marcharme a la zona de las mujeres, pero ella se resistió, y sólo cuando Sicana y Lina vinieron a pedirme que fuera con ellas quedó en silencio y, mientras la luz de la alegría desaparecía de su rostro, me siguió.
La noticia llegó al mismo tiempo a toda la casa y la ciudad, por supuesto. La hija del rey no se casará con Turno, ni con Messapo ni con ninguno de ellos. Debe esperar a un extranjero que vendrá a desposarla. Eso es lo que significaban las abejas. Por eso no se le quemó el pelo. ¡Guerra! ¡Guerra! ¿Quién luchará? ¿Quién es el extranjero que se acerca? ¿Y qué tendrá que decirle el rey Turno?
«¿Y qué tendré yo que decirle?», me pregunté mientras todos seguían hablando.
Amata parecía aturdida. No nos contó el sueño que había tomado por un augurio y que tan cruelmente había frustrado el oráculo. No se unió a las conversaciones generales y conmigo no habló en absoluto. Nos mantuvimos apartadas. No fue complicado, llevábamos doce años así.
A la caída de la noche estaba harta de los cuchicheos y la conmoción y sólo quería librarme de las mujeres, de la casa, alejarme, estar fuera, sola, donde pudiera pensar. Mi madre se sentó a su telar. Fui a pedirle permiso para ir a buscar sal a la desembocadura del río al día siguiente.
—Pregúntaselo al rey —dijo, sin apartar la mirada de su trabajo.
Así que fui a verlo. Reflexionó un minuto.
—No creo que sea peligroso —dijo.
—¿Por qué iba a serlo? —repliqué, sorprendida. La posesión de las salinas era una de nuestras grandes fortalezas como nación y las protegíamos como correspondía. Nadie había tratado de atacarlas desde hacía décadas.
—Enviaré a Gaio contigo. Y llévate a un par de las mujeres.
—¿Para qué necesitamos a Gaio? Me llevaré a Pico con el burro para cargar la sal.
—Gaio irá con vosotros. Seguid el camino del oeste. Y volved antes de que oscurezca.
—Imposible, padre. Tenemos que sacar la sal.
Frunció el ceño.
—¡Eso podéis hacerlo fácilmente en un día!
—Quería pasar la noche allí, padre. Junto al Tíber.
Muy raras veces le suplicaba.
—Bueno, por qué no —dijo después de una larga pausa—. Mi mente está atribulada, preocupada, apenas sé... Adelante, pues. Ofrécele tu veneración a nuestro padre el río. ¡Pero sólo una noche! —Mientras le daba las gracias y me marchaba, me dijo—. ¡Y cuidado con los etruscos!
Todo el mundo decía eso cuando ibas al Tíber, como si la orilla septentrional estuviera siempre infestada de etruscos preparados para arrojarse a la corriente, cruzar el río, secuestrarte y torturarte. Corrían historias atroces sobre la tortura etrusca. Pero siempre habíamos estado en términos amistosos con Caere, salvo cuando gobernaba Mecencio. Y haría falta un gran nadador para cruzar el río allí, en su desembocadura. La gente decía «cuidado con los etruscos» cuando ibas al río, del mismo modo que decían «cuidado con los osos» cuando ibas a las colinas, por costumbre.
Aun así, cuando fui a buscar a Tita para pedirle que le dijera a Pico que estuviera preparado por la mañana con el burro, me pregunté si el extranjero con el que tendría que casarme sería etrusco.
Porque cuando no estaba en Albunea, cuando estaba entre la gente, las cosas que me había dicho mi poeta iban y venían en mi mente, a veces tan reales como cuando las pronunciara, pero más a menudo borrosas, como los jirones de un sueño que se desvanecen cuando intentas recordarlos. Era un sueño real, pero no se puede vivir toda la vida en un sueño, aunque sea real. Lo más difícil de recordar era lo que me había dicho la noche pasada. ¿Tan sólo había sido una noche antes? Estaba agonizando. Yo no quería acordarme de ello. No quería acordarme de lo que había cantado, de aquella interminable y espantosa sucesión de muertes. Sabía que me había dicho el nombre del hombre con el que iba a casarme, el de su mujer y el de sus hijos. Sabía que procedía de aquella ciudad lejana, Troya. Sabía que se avecinaba una guerra y que los hombres matarían a otros hombres... Y aun así, allí, en el patio de la Regia, al pasar junto al gran laurel donde las mujeres estaban reunidas cantando y charlando para amenizar su trabajo, los nombres y todo lo demás se alejaron de mí y me pregunté si tendría que casarme con un etrusco.
Los etruscos eran extranjeros. Leían el futuro en los hígados de las ovejas. A mí me gustaba lo mucho que sabía Maruna sobre los pájaros, pero no soportaba la tortura ni los hígados de las ovejas.
Mi ánimo mejoró en cuanto tuve permiso para marcharme, y a la mañana siguiente, al salir de la ciudad, me sentía como un gorrión al que liberan de una trampa para que eche a volar. Los problemas de los pretendientes, las amenazas, los extraños presagios y las sombrías profecías me abandonaron. Le prohibí a Tita pronunciar una sola palabra sobre el tema. Contamos chistes e historias durante todo el camino hasta el Tíber, y hasta la grave Maruna se rió como una niña. Fue un día muy alegre y aquella noche dormí un sueño apacible en las dunas, bajo las estrellas.
Y a la luz del crepúsculo del día siguiente, sola, arrodillada en el lodo junto al Tíber, vi que las grandes naves abandonaban el mar y se adentraban en el río. Vi a mi marido erguido sobre la elevada proa de la primera de ellas, aunque él no me vio a mí. Tenía la mirada clavada en el oscuro río y rezaba y soñaba. No vio las muertes que había ante él, a lo largo de todo el río, hasta llegar a Roma.

No hubo otra cosa que conmoción, discusión y agitación en la Regia y en la ciudad durante todo el día. Todos sabían lo que el oráculo le había dicho a Latino y parecía que tenían que discutirlo hasta la extenuación. Entonces llegó la noticia de que se había visto una flota remontando el río y un ejército de extranjeros armados había acampado en la costa del Lacio. Al oírlos hablar sobre ello me acordé del murmullo grande, oscuro y zumbante del enjambre de abejas.
La mañana siguiente, a primera hora, salí de la Regia y abandoné Laurentum sin pedir permiso ni decírselo a nadie y corrí por el robledal hasta llegar a la granja de Tirro. Silvia estaba en la fresca lechera de piedra con algunas de las mujeres, recogiendo la crema.
—Silvia, vamos al río —dije—. Vamos a ver a esos extranjeros.
Normalmente era ella y no yo la que proponía planes audaces o peligrosos, así que mi oferta la cogió por sorpresa.
—¿Para qué quieres ver a los extranjeros? —preguntó. Y era una pregunta razonable.
—Porque tengo que casarme con uno de ellos.
Había oído el decreto del oráculo, claro está. Al principio frunció el ceño, sin duda pensando en Almo, pero pasado un minuto levantó la mirada con media sonrisa en la cara.
—¿Quieres comprobar si tienen dos cabezas?
—Sí.
—Puede que tu futuro marido no sea uno de ellos.
—Yo creo que sí.
Estaba allí de pie, con la espumadera en la mano, el cabello recogido a la espalda, los brazos desnudos y relucientes en aquel lugar fresco y en penumbra y los pies descalzos sobre el suelo mojado. La lechera estaba siempre muy limpia, porque la fregaban constantemente. Silvia fue incapaz de resistirse a la tentación.
—¡Oh, vale! —dijo, y entonces, tras darle la espumadera y algunas órdenes a Valenta, la encargada de la lechera, salió conmigo a la luz del día. Se puso las sandalias y nos dirigimos hacia los pastos. Eran casi diez kilómetros hasta el río. Habíamos recorrido aquel camino muchas veces en nuestros vagabundeos y exploraciones y conocíamos las veredas que cruzaban los bosques.
Discutimos dónde podían haber atracado los extranjeros, porque todavía no había noticias claras al respecto. Silvia pensaba que en los muelles de madera de Sirmo, pero yo estaba convencida de que no habían ascendido tanto por el río, sino que habían recalado en un lugar llamado Venticula, donde el río describía un gran giro hacia el norte. Aunque ninguna lo dijo, las dos éramos conscientes de que si cualquiera de nuestros paisanos nos veía, nós reconociera o no, tendría todo el derecho del mundo a mandarnos a casa de inmediato, y tal vez se asegurara de que lo hacíamos. Había un camino de carro hasta Sirmo, mientras que para llegar a Venticula sólo existía un sendero que atravesaba los densos bosques y las marismas del Fossula. Nos mantuvimos alejadas del camino de carro y de las vías rectas de los pagos, de las granjas y de las chozas de los pastores, y seguimos la vereda sinuosa que discurría entre viejas dunas tapizadas de hierba y matorrales cenagosos en dirección al río, hasta que finalmente coronamos la loma boscosa que dominaba Venticula.
Al llegar a la cima, nos dimos cuenta las dos de que no estábamos solas en los bosques. Oímos las voces y los gritos de unos hombres y los golpes de un hacha, y entonces vimos un par de yelmos tras un arrayán, detrás del cual nos agazapamos para ocultarnos. Silvia sufrió entonces un ataque de risilla violenta y callada, que se me transmitió a mí. Nos quedamos allí escondidas, temblando por culpa de aquella risa violenta. Los soldados bajaron la colina y, pasado un tiempo sin más sonido que los golpes del hacha, me acerqué reptando al extremo del matorral. Desde allí pude contemplar la ladera entera hasta los espacios abiertos que había junto a la costa, más allá de los árboles.
—¡Ahí están! —le susurré a Silvia. Se arrastró hasta mí y, tendidas en el suelo, observamos a los troyanos.
Vi a mi marido casi al instante. Destacaba entre todos ellos, no por los ornamentos ni por la riqueza de su vestimenta —dado que todos vestían como soldados en campaña tras mucho tiempo de servicio en tierra y en mar, con ropa sencilla, gastada y sucia—, sino por sí mismo, del mismo modo que la estrella del alba destaca entre las demás. Era un hombre de unos cuarenta años y de cara curtida. Estaba cómodamente sentado en el suelo y se reía de algo que estaba diciendo uno de los que lo acompañaban. Estaban comiendo algo sobre la hierba. Casi todos eran hombres. Habían traído grandes rebanadas de pan de las naves, que estaban varadas en la playa, con la proa por delante. Tenían una gran canasta de verduras silvestres para poner sobre las rebanadas de pan, puesto que, evidentemente, no tenían carne, queso, platos ni mesa. Las pocas mujeres que los acompañaban no eran jóvenes. Una sonriente matrona le ofreció a Eneas una rebanada de pan con verduras, que él se metió en la boca y engulló con gusto. A su lado había un muchacho de unos quince años, que se le parecía bastante y lo miraba de tal modo que comprendí al instante que se trataba de su hijo Ascanio. Los acompañaban un muchacho muy guapo de su misma edad y otro también apuesto que le sacaba unos pocos años. Este último llevaba un gorro de tela roja doblado hacia delante. La mujer que había servido la comida se sentó a su lado y le enderezó el gorro con inconfundible y entregada diligencia maternal.
—Tienen mucho mejor aspecto de lo que yo esperaba, para ser extranjeros —me susurró Silvia—. El chico del gorro rojo es guapísimo. —La hice callar con un leve codazo. Temía que pudieran oírnos, dado que nosotros los oíamos a ellos con claridad. No obstante, el viento soplaba en nuestra dirección.
El del gorro rojo comentó que aquella comida era apropiada para conejos, no para hombres, y el joven Ascanio replicó:
—Bueno, no siempre te puedes comer, además del almuerzo, la propia mesa.
Al oírlo, Eneas lo miró con cierto asombro. Tras permanecer así durante un minuto, se incorporó. Todos lo miraron.
—Ese es el augurio —dijo con una voz clara y solemne—. «Cuando el hambre os impulse a comeros las mesas, habréis llegado al final de vuestro camino.» ¿Recordáis lo que nos dijo la Arpía?
Un murmullo de asentimiento y asombro corrió entre ellos, entre los hombres, los muchachos y las pocas mujeres que, agotados por el viaje, estaban allí sentados, en la hierba junto al río. Nadie apartaba los ojos de Eneas.
—Eurialo, tráeme una rama de arrayán —dijo, y el muchacho del gorro rojo corrió para ir a arrancar una. Eneas la dobló para hacer una corona con la que cubrirse la cabeza, estiró los brazos con las palmas hacia el cielo y dijo—: ¡Queridos y fieles dioses de la casa de Troya! ¡Ésta es al fin vuestra tierra prometida! ¡Estamos en casa, pueblo mío, hemos llegado a casa! —Los miró a todos en derredor, con el rostro brillante por las lágrimas, y volvió a exclamar—: ¡Escuchadnos, espíritus de este lugar, y espíritus y ríos que aún no conocemos! ¡Noche y estrellas del cielo! ¡Padre mío, en el inframundo, y madre mía en los cielos, escuchad nuestra plegaria! —Entonces se volvió hacia los demás e inhaló con fuerza—. ¡Acates! —gritó con voz tremenda—. ¡Diles que traigan el vino desde el barco!
En aquel momento, Silvia me dio un codazo. A nuestra izquierda, siete u ocho hombres con arcos y flechas trotaban en fila india por el claro. Había llegado el momento de que nos marcháramos.
Deslizándonos bajo la protección de los árboles, salimos a los tupidos bosques de la derecha, coronamos de nuevo la loma y regresamos por donde habíamos venido. Llegamos a casa antes del anochecer. En la granja, Silvia se volvió hacia mí y me dio un fuerte abrazo. Estábamos las dos sudorosas tras la larga carrera y nuestros cuerpos se pegaron. Nos reímos.
—¡Ha sido una buena idea ir allí! —dijo ella.
Así nos separamos por última vez.

Al llegar a la Regia me enteré de que mi padre había dado orden de que nadie se acercara al campamento de los forasteros hasta que hubiera determinado quiénes eran y por qué habían traído barcos de guerra y hombres armados al corazón del Lacio. Como es natural, no dije nada sobre nuestra temeraria aventura, sino que entré disimuladamente en la casa, me lavé, me puse una túnica limpia y me puse a hilar como si no hubiera puesto un pie lejos de allí en toda mi vida.
Se decía que, por la mañana, el rey mandaría a Drances con un grupo de hombres para hablar con los extranjeros. Pero al día siguiente, antes de que Drances se pusiera en camino, la gente empezó a gritar:
—¡Ahí vienen! —y un pequeño contingente de los extranjeros cruzó a caballo las puertas de la ciudad.
Sus caballos tenían muy mal aspecto, como es lógico, pobres criaturas, después de un viaje por mar, pero estaban enjaezados con bridas y arneses repujados en oro, mientras que los hombres estaban majestuosos con sus capas bordadas, sus petos de bronce y sus altos yelmos con crestas de crin de caballo o de plumas. Sólo pude vislumbrarlos un instante por la puerta, al pasar por la vía Regia, antes de que enviaran a las mujeres a la parte trasera de la casa. Pero vi que Eneas no estaba con ellos.
Mientras Drances y otros oficiales los recibían y los llevaban escoltados a la sala de audiencias del rey, crucé los aposentos reales y entré en aquella sala por la puerta del rey, situada detrás de su asiento. No me había ordenado que estuviera allí, pero había estado presente en otras muchas audiencias, con mi madre o sin ella, como cortesía hacia los visitantes y como bienvenida para sus esposas e hijas. En cualquier caso, si no me quería allí, sólo tenía que mandarme salir.
No creo que al principio se percatara de mi presencia. Ya había empezado a hablar con los emisarios troyanos. Les dio la bienvenida con regia cortesía y les preguntó inmediata, aunque educadamente, de dónde procedían y cuál era la razón de su visita al Lacio: ¿los había apartado el viento de su camino o se habían extraviado en alta mar?
Un troyano flaco y alto que se presentó como Ilioneo le explicó con un lenguaje pródigo, elegante y respetuoso que habían llegado al reino del gran Latino siguiendo las órdenes del destino. Nativos de la noble ciudad de Troya, que había soportado un asedio de diez años por parte de los griegos antes de caer presa de la traición, habían logrado escapar de su destrucción.
Mientras hablaba el emisario, oí por encima de él la voz de mi poeta, solapada como una ola que llega a la costa y cubre la que la precede. Comprendí entonces que la gran casa del rey y todos aquellos a los que contenía sólo cobraban existencia con aquellas palabras. Y que saberlo no cambiaba nada. El mensajero debía de todos modos hablar, el rey escuchar y la hija del rey obedecer su destino.
El mensajero continuó hablando: los oráculos les habían ordenado que llevaran los dioses de Troya por mar hasta la lejana costa de Italia, donde encontrarían un hogar. Su señor, Eneas, hijo de Anquises, los había conducido por tierra y por mar durante siete años, y aunque otros reyes les habían pedido que se quedasen, él sólo le había ofrecido su alianza a Latino, quien reinaba sobre las tierras prometidas por el oráculo. Y en una demostración de su buena voluntad, Eneas le ofrecía al rey unos pobres regalos salvados de la destrucción de su ciudad y que habían pertenecido al hermano de su padre, el rey Príamo de Troya.
Uno de los troyanos se adelantó y depositó a los pies de mi padre una alta y bellísima copa de libaciones que parecía hecha de oro macizo, grabado y con incrustaciones de joyas, un cetro o varita de plata, una vieja y fina corona de oro y un delicado tejido de carmesí real bordado con hilo de oro.
Mi padre observó estos objetos en silencio durante un momento, sin aceptarlos ni rechazarlos. Finalmente, pidió al mensajero que le contara más cosas sobre la ciudad de Troya y su conflicto con los griegos, y luego algo sobre su viaje de siete años por el mar, cosa que Ilioneo hizo. Mi padre preguntó si habían parado en Sicilia e Ilioneo respondió que habían fundado una colonia allí. Mi padre preguntó si habían entrado en contacto con el asentamiento griego que había al sur de nosotros, cuyo rey era Diomedes, e Ilioneo dijo que no, puesto que no era probable que Diomedes, veterano del asedio de Troya, se mostrara bien dispuesto hacia los troyanos. Todas las respuestas fueron directas y diplomáticas a un tiempo.
Mi padre volvió a sumirse en un silencio y miró hacia abajo. Sus ojos se movían siguiendo sus pensamientos.
Finalmente, levantó la mirada.
—Los oráculos, según dices, os pidieron que vinierais a esta tierra —dijo—. Debo decirte que vuestra llegada también estuvo profetizada. Creo, amigos míos, que debemos cumplir lo que el destino nos pide. Si vuestro jefe, Eneas, quiere una alianza, si quiere asentarse aquí entre nosotros, le pediré que venga a mi ciudad y me ofrezca su mano, como ya lo ha hecho con estos nobles presentes. Y la aceptaré, como los acepto a ellos, en señal de mi amistad y mi deseo de paz. Y dile también esto: mi única hija está obligada, por orden del oráculo, a desposarse con un extranjero, un hombre que, mientras el oráculo hablaba, se dirigía hacia nosotros. Creo que tu señor Enas es ese hombre. Y si mi mente ve con claridad, ese matrimonio es lo que deseo. Así que pídele que venga.
Se levantó, y sólo entonces, creo, reparó en mí. Pero no demostró sorpresa. Me miró con ojos serenos y afectuosos, con una mirada de perfecta certeza y una leve sonrisa.
No me presentó a los emisarios, sino que paseó entre ellos, admirando sus nobles presentes, antes de ordenar a nuestros hombres que fueran a buscar regalos para ellos. Yo me marché discretamente por la misma puerta que usara para entrar.
Oír que se me prometía como cláusula de un tratado, que se me intercambiaba como una copa o un pedazo de tela, podría parecer el mayor insulto que se le podría lanzar a un espíritu humano. Pero los esclavos y las chicas solteras cuentan con este tipo de insultos, incluso aquellos de nosotros a los que se nos ha concedido la suficiente libertad como para que creamos ser libres. Mi libertad había sido grande y por ello había temido su final. Mientras creí que sólo podía terminar con Turno o los demás pretendientes, me sentí insultada por aquel cautiverio que me esperaba, el único desenlace posible. Había sido la paloma atada al poste, que sacude las alas estúpidamente como si pudiera volar, mientras los niños, desde abajo, gritan, señalan y disparan sus flechas hasta que una de ellas la alcanza.
Ahora no sentía aquel cautiverio, aquella vergüenza impotente. Sentía la misma certeza que había visto en los ojos de mi padre. Las cosas iban como debían, y al seguir su mismo curso, yo era libre. La cuerda que me ataba al poste se había cortado. Por primera vez sabía lo que era volar, batir las alas en el aire, por encima de los años venideros, y alejarse, alejarse hacia delante.
—Me casaré con él —dije en mi corazón mientras cruzaba las habitaciones de la Regia—. Lo convertiré en mi esposo y traeré aquí a los dioses de su casa para que se unan con los de la mía. Lo traeré a casa.
Me volví y crucé el patio, junto al gran laurel, para dirigirme a las habitaciones abovedadas que había detrás del atrio, las despensas, mis dominios, donde gobernábamos los penates y yo. Antes de que pasara mucho tiempo llegaría el cuarto mes, junio, tiempo de abrir las puertas de par en par y limpiarlas y vaciarlas para la nueva cosecha. Mandé a buscar a un par de las mujeres que me ayudaban en esas tareas y comenzamos a prepararnos para la ceremonia, rememorando y cantando las palabras de las canciones de Vesta y Ceres, fuego y pan, mientras sacábamos cestas vacías y barríamos el suelo polvoriento.
Hubo gran revuelto por toda la casa y la ciudad cuando sacaron los regalos que Latino había escogido para los extranjeros y se eligió a los hombres que los transportarían. El rey se había marchado a los establos para elegir unos buenos caballos y había enviado un mensaje a Tirro para decirle que seleccionara un grupo de terneros y corderos de la mejor calidad para enviarlos a Venticula, a fin de que los troyanos pudieran tener carne y realizar sacrificios. Sabía cómo debía ser la hospitalidad de un rey y disfrutaba mostrándose generoso. Parecía un hombre joven al pasar por el patio, y yo lo observé con orgullo.
Pero Amata salió corriendo al verlo desde las habitaciones de las mujeres, con el pelo suelto, el rostro blanco y la voz alterada.
—¿Es cierto lo que dicen, esposo? ¿Que has entregado nuestra hija a un desconocido..., a un extranjero, a un hombre al que no has visto y del que no sabes nada? ¿Te parece prudente? ¿Te parece bueno para la niña? ¿Y para mí? Sin decirme una palabra...
Mi padre se había detenido frente a ella, erguido. La vivacidad había huido de su rostro y la vejez había vuelto a él.
—Éste no es el lugar, Amata.
—Tenemos que hablar.
—Entonces, ven conmigo. Y tú también, Lavinia. —Se dirigió hacia los aposentos reales seguido por nosotras.
—Madre —dije al llegar junto a Amata—, ha hecho lo que le ordenó el oráculo, y yo misma se lo había pedido. ¡De verdad! Esto es lo que debe ocurrir. ¡Todo saldrá bien!
Ni siquiera me oyó, creo. En cuanto estuvimos en la sala de Latino comenzó a desgranar un torrente de argumentos: ¿cómo podía invalidar el acuerdo concertado con Turno y los demás pretendientes? Sin duda, ellos lo considerarían la ruptura de un compromiso. ¿El oráculo no decía que la niña debía casarse con un extranjero? ¿Acaso Rutulia no era un país diferente al Lacio y, por tanto, Turno un extranjero?
—Es un latino, uno de nosotros, un miembro de tu propia casa —dijo mi padre frunciendo el ceño. Pensé que era un error tratar de rebatir los argumentos de mi madre y, en efecto, lo único que consiguió fue indignarla. Lo acusó de escuchar el consejo de Drances. Drances, que odiaba a Turno y estaba celoso de él... El fiel Turno, cuyo único deseo era ayudar a Latino a sostenerse en el trono en sus últimos años. Lo acusó cruelmente de perjuro, débil e indeciso, y al instante siguiente le suplicó apelando a su fuerza y a su sabiduría. El permaneció de pie, soportando la riada de palabras sin decir nada y sin hacer más que negar con la cabeza de vez en cuando. Finalmente, cuando la voz de su esposa comenzó a volverse ronca y chillona, la interrumpió, también con voz ronca:
—El asunto está zanjado. Acéptalo, Amata. Recuerda que eres una reina. —Y volviéndose hacia mí, añadió—: Lleva a tu madre a sus aposentos y consuélala, Lavinia.
—No, no pienso irme —chilló ella sacudiendo los brazos en el aire, y echó a correr. Cruzó el patio como una de esas peonzas que los niños hacen girar, gritando que el rey había entregado su hija a un extranjero, a un enemigo, y que se había vuelto loco. Y luego se encaminó a las puertas principales de la Regia.
Los guardias no osaron tocarla, pero las mujeres actuaron muy de prisa, conmigo, como si estuviera todo planeado. Rodeamos a Amata antes de que se hubiera alejado mucho por las calles de la ciudad y, con palabras tranquilizadoras, caricias y delicadas exhortaciones, conseguimos llevarla de nuevo a la Regia y a los aposentos del ala de las mujeres. Allí, la histeria se transformó en un brioso acceso de llanto que finalmente la dejó exhausta y en silencio.
Pensé que su desplome era definitivo. Creí que se había rendido. Qué estúpida. Tan estúpida como mi incapacidad para entender que sus palabras no eran sólo un producto de la locura o de la furia del deseo frustrado. Expresaban lo que pensaba o temía secretamente buena parte de nuestro pueblo desde que oyera lo que el rey les había dicho a los emisarios troyanos: que había dado la bienvenida a unos invasores; que, ofendiendo a sus leales súbditos y aliados, había prometido entregarle su hija, su herencia y su país a un extranjero.
Aquella noche me fui a la cama cansada y estremecida, pero en paz, y dormí bien. Desperté en medio de un caos que sólo recuerdo en vívidos fragmentos y retazos, porque nada en él era cuerdo ni estaba claro, nada en él tenía sentido. Desperté en el mundo de mi madre.
Era noche cerrada. Había mujeres con lámparas de aceite en mi cuarto y una de ellas me daba palmaditas en el hombro mientras decía:
—¡Despierta, hija del rey! ¡Despierta! —A mi alrededor sólo había bullicio, susurros, risas. Mientras pugnaba por despertarme, vi que se trataba de las mujeres de mi madre, no de las mías, y que las esclavas estaban vestidas con elegantes atuendos ceremoniales extraídos del ropero de mi madre. Oí la voz de Amata y mi madre entró con la túnica áspera y sin blanquear de una esclava.
—Arriba, arriba, muchacha —dijo con una sonrisa—. Es el banquete de la cabra, el banquete del higo. Vamos a venerar a la manera de mi pueblo, en las colinas. ¡Si tu padre puede entregarte, yo puedo llevarte conmigo! —Y entre todas aquellas mujeres risueñas me levantaron, me vistieron con una vieja túnica gris y un chal descosido y se me llevaron a toda prisa por la puerta de atrás, a través de las calles silenciosas de la ciudad y la puerta posterior, a los campos y luego a las lomas boscosas que se alzaban al este de Laurentum. Las diminutas lámparas de aceite interpretaban una danza convulsa en el camino, por delante y por detrás de nosotras. Al este, en el cielo asomaban las primeras luces del amanecer y el monte Alba se erguía grande y oscuro sobre un mundo sumido en sombras.
Dejamos el último pago y nos adentramos en el bosque. La noche se cerró sobre nosotras. Era difícil ver el camino. Las lámparas proyectaban sombras violentas entre los árboles y sobre la irregular vereda. Las mujeres tenían que detenerse para desprender sus túnicas de los espinos y las ramas en las que se les enredaban, pero Amata las urgía a continuar.
—No os preocupéis por eso, un desgarrón se puede coser, ¡pero debemos estar en las colinas, junto al manantial de la higuera, a la salida del sol! ¡Vamos, de prisa! —Y retrocedió por la fila para alentar a las mujeres, a los esclavos que llevaban los caballos, a las barrenderas, lavanderas, ayudantas de la cocina y doncellas de todas clases, que avanzaban como podían con pesadas cargas, canastas y recipientes llenos de comida y bebida. Las llamaba por su nombre y trataba de alentarlas. Luego se volvió y se encaminó de nuevo hacia la cabeza de la fila, riendo y hablando.
—¡Oh, una aventura, al fin! —me gritó con júbilo al pasar a mi lado. Y, en efecto, aquella premura y aquel secreto, el cambio de ropa, la hilera de mujeres que salían con sus luces al bosque en la oscuridad tenía el salvaje estremecimiento de lo insólito. Era algo irreal, fantástico, y me vi atrapada en su emoción.
Llegamos a la higuera cuando el cielo comenzaba a iluminarse de verdad. Arriba, en el corazón de las colinas, brota un manantial de un saliente de roca que hay en el costado de un profundo pliegue en la ladera, y a su alrededor, en un prado llano, crecen una serie de enormes y viejas higueras silvestres, una especie de bosque natural. Había estado allí un verano con Silvia para recoger los negros frutos y comérnoslos, pero oímos los gruñidos de unos jabalíes que merodeaban por allí, atraídos por la fruta caída, y no nos quedamos mucho tiempo. Los jabalíes salvajes son la única cosa a la que Silvia le tiene miedo.
Subimos hasta el terreno llano que había bajo los árboles y, una vez allí, dejamos las cargas en el suelo y paramos un rato para tomar aliento. Amata, de pie, nos hablaba. Decía que era el festival de las Caprotinae, tal como lo celebraban los rutulianos en sus colinas: un festival de mujeres y sólo para mujeres.
—Montaremos guardia —dijo—. Si se acerca algún hombre, debemos echarlo. ¡Y si se niega o trata de espiarnos, lo pagará con la muerte o con algo peor que la muerte! ¡Porque si intenta saber lo que hacemos, que se despida de su masculinidad! Bajará de la montaña convertido en un eunuco. Balina ha traído cuatro afiladas espadas y cuatro mujeres fuertes montarán guardia día y noche en los caminos. Que los poderes de las colinas y de la campiña maldigan al hombre que ose acercarse a nosotras. Marte debe quedarse por debajo de aquí, debe permanecer al borde de los campos y de los bosques, dentro de sus propias fronteras. Las alturas y los bosques salvajes son nuestros, sólo nuestros, para nuestras veneraciones y nuestras fiestas. ¡Mirad, mirad, el sol ya está saliendo! ¡Saludad al día, hermanas! ¡Sicana, abre un jarro de vino y pásalo!
Así, con bebida, comenzamos el día. Al mediodía, algunas de las mujeres estaban demasiado borrachas como para bailar. Se reían, chillaban, vomitaban, se desplomaban y se quedaban dormidas allí donde habían caído. Amata nos enseñó bailes y canciones de la Caprotinae y un juego sagrado en el que las mujeres mayores trataban de atrapar a las jóvenes y azotarlas con ramas de higuera mientras gritaban bromas soeces sobre los penes de los hombres y las vulvas de las mujeres. Y celebramos otras ceremonias en altares consagrados a Fauna de la campiña, a Juno de las mujeres y a Ceres, quien siembra la semilla en el vientre de la tierra para que nazca el pan de la vida. Mandaron esclavas a la ciudad a buscar más vino. Durante el día empezaron a llegar grupos de mujeres procedentes de otras casas de la ciudad, atraídas por la curiosidad sobre este nuevo rito femenino y por la solidaridad hacia su reina. Me encontré en una posición extraña entre todas aquellas mujeres, que estaban ofendidas por mí y furiosas con mi padre. Se congregaban a mi alrededor para consolarme, mimarme y alentarme a mantener mi amor y mi fidelidad a Turno de Ardea. Su indignación y su aliento eran reales y conmovedores, pero al mismo tiempo tan irreales como el resto de aquella fuga, de aquel error.
Yo interpreté el papel de la doncella mansa y muda durante aquella mascarada en las colinas. No me veía capaz de decir a aquellas amigables matronas que no sentía ningún amor por Turno y que sólo quería obedecer a mi padre y al oráculo. Habría sido una traición hacia mi madre y me habría convertido en el objeto de su furia. Era una cobarde. Me sentía falsa, aterrada, incrédula, indigna y sola.
Mi madre no había traído a ninguna de mis mujeres a la colina, sólo a las suyas, y a pesar de su salvaje alegría y su aparente abandono, no me perdía de vista ni un solo instante. Me alegré mucho al ver, entre las recién llegadas, a Maruna. Se había puesto mi mejor palla, porque ésa era la regla, la sirvienta vestida como una señora y la señora como una sirvienta. Le guiñé un ojo para que supiera que la había visto y que también había visto mi palla, pero guardamos las distancias y no hablamos. Menuda y discreta, Maruna poseía un don para pasar inadvertida, algo muy útil en una esclava. Se mantuvo con el grupo con el que había venido e hizo lo que todas las demás. Creo que mi madre no llegó a reparar en su presencia.
Amata empezó a beber por la tarde —hasta entonces solo había catado y simulado—, y a la caída de la noche no estaba borracha, pero sí más suave, menos frenética, y disfrutaba de la escapada más de lo que había fingido hacerlo hasta entonces. Su risa brotaba de las profundidades de su vientre. Nunca la había oído reír así. La hacía parecer extraña, otra mujer, la mujer que podría haber sido. Sentí una dolorosa punzada de pesar por ella.
—Lavinia —me dijo, y cuando acudí a ella caminando entre las mujeres tendidas sobre la hierba, las pequeñas y parpadeantes lámparas de aceite y las ramas bajas de las grandes higueras, prosiguió—: Lavinia, anoche mandé a buscarlo, antes de que nos fuéramos. Envié un mensajero a caballo. Estará aquí mañana. ¡Tu noche de bodas, querida mía!
Sabía a quién se refería y lo que quería decir. Todo forrmaba parte de la misma locura, de la misma irrealidad, pero en su juego, yo tenía que jugar a su manera.
—¿Cómo sabrá adonde tiene que venir?
—Las mujeres se lo dirán. Están buscándolo. Lo encontrarán antes de que llegue a la ciudad. Estará aquí mañana, a esta hora.
—Pero no se permite a los hombres estar aquí —dije.
—Oh, a éste sí —afirmó mi madre con aquella voz profunda, tierna y risueña.
Me tiró de la mano para que me sentara a su lado. Se inclinó hacia mí y me susurró al oído:
—¡Qué gran noche de boda habrá aquí en las colinas! Y luego a Ardea. ¡A casa, a Ardea! Está todo planeado. ¡Todo planeado!
Me tuvo a su lado toda la noche. No me quedó más remedio que dormir cerca de ella y del grupo de mujeres con las que bebía y jugaba, a la luz de las lámparas colgadas de las ramas bajas. Dormí a ratos durante toda la noche, y despertaba con un sobresalto y la mente acelerada. No dejaba de decirme que no debía preocuparme, que lo único que tenía que hacer era seguirle la corriente a mi madre hasta que el juego terminara, como no podía ser de otro modo, en confusión, desilusión y retirada. Pero había enviado un mensaje a Turno... ¿Y si venía? ¿Y si de verdad me entregaba a él en una farsa de boda, en una violación? ¿Y si él se me llevaba a Ardea? No podría hacer nada. Nada. Al pensarlo, mi cuerpo se ponía rígido, apretaba los puños y escondía la cara entre los brazos. Tenía que huir de allí. Tenía que hallar la forma de escapar. Pero aunque pudiera hacerlo, no podría encontrar el camino en la oscuridad. Las guardias vigilaban la vereda por la que habíamos llegado y era un camino muy largo por unas colinas salvajes y quebradas. Lo mejor que podía hacer era ocultarme el resto de la noche y luego seguir un arroyo hasta las tierras bajas. Pero las mujeres de mi madre estaban a mi alrededor, aún despiertas, entre la luz parpadeante de sus pequeñas lámparas. Y más allá, las guardias.
La misma sucesión de pensamientos —el esfuerzo por tranquilizarme, el temor a que Turno pudiera venir, la desesperación por urdir un modo de escapar— se repitió en mi cabeza, una vez tras otra, durante toda la noche. A veces dormía y soñaba durante un momento con mi poeta, no en el altar de Albunea, sino en las colinas salvajes. Parecía estar cerca, junto a una de las lámparas de aceite, pero estaba deformado, convertido en un encogido tocón de sombra que murmuraba palabras incomprensibles para mí. Entonces despertaba y el interminable ciclo de pensamientos volvía a comenzar.
Desperté con las primeras luces. Al ver a Amata, dormida al fin entre otras mujeres, me dirigí silenciosamente hacia la hondonada que habíamos estado usando para orinar, y por un momento creí que podría alejarme caminando tranquilamente... Pero justo detrás de la hondonada, Gaia montaba guardia, apoyada en una espada desenvainada a modo de cayado. Era una barrendera y no estaba del todo en sus cabales. Como la mayoría de aquellas mujeres, era totalmente devota de mi madre. Si Amata le había dicho que no me dejara pasar, no me dejaría pasar. Mi madre no era un ama especialmente bondadosa y no era propensa a demostrar su afecto, pero tampoco era tacaña ni cruel y no tenía favoritas: razones más que sobradas para granjearse la lealtad de sus sirvientas. Y su dolor por la pérdida de sus hijos la revestía de una especie de halo de santidad entre las mujeres de su casa. «La pobre reina» las había oído llamarla un millar de veces, y nunca me había extrañado que siguieran sintiendo lástima por ella. Tenían razón. Era una mujer infeliz.
La mayoría despertó tarde y se levantó tambaleándose. La comida y la bebida casi se habían terminado y enviaron grupos a Laurentum para traer provisiones de sus casas y de la Regia. Muchas mujeres iban y venían, pero a mí no me dejaban sola un momento ni bajar a la ciudad, porque cuando Amata no estaba a mi lado, lo estaban la alta Sicana y la agria Lina, siempre vigilantes.
Algunas esclavas y yo éramos las únicas jóvenes que había en el lugar. Las matronas habían dejado a sus hijas vírgenes en sus casas, a salvo. Pero las mujeres que amamantaban, como es natural, se habían traído a sus bebés consigo, así que me pasé gran parte del día meciendo irritables pequeñuelos para dar un momento de descanso a sus madres. Eso me salvó de tener que hablar con adultas medio borrachas. Al menos, los niños eran un alivio en medio de la falsedad, la locura de lo que estábamos haciendo. Eran sólidos y reales y tenían necesidades. Además, eran demasiado jóvenes como para imaginar nada. Cuidar de ellos era un consuelo para mí, que además me hacía merecedora de alabanzas y lisonjas: «mirad cómo se porta la hija del rey con la niña de la esclava». «Mirad qué amable es la niña de la esclava con la hija del rey», pensaba yo al ver cómo me sonreía una dulce y lánguida chiquilla mientras se me quedaba dormida en los brazos.
Amata organizó nuevos bailes y juegos de azotes al llegar la tarde, pero carecían de la espontaneidad del primer día. A esas alturas, todas sabían que estaba esperando la llegada de Turno y que pretendía que yo me casara con él. Muchas mujeres se encontraban incómodas ante la idea de su llegada, pues se sentían, imagino, como terneras que hubieran saltado la cancela y se encontrasen en los pastos del toro. Además, la idea de un matrimonio tan lejos de la puerta de la casa y de los penates y los lares de la familia resultaba desconcertante y extraña para todas. ¿Cómo te podías casar en medio del campo, donde ninguno de los poderes domésticos podía ayudarte y los espíritus, ajenos a los asuntos humanos, bien podían ser malvados? Aunque Amata seguía hablando de una boda, las demás, para hacer frente a la idea, sólo lo hacían de compromiso. Eso era algo que, desde su perspectiva, resultaba más aceptable. Así que sus expectativas se mantuvieron altas hasta el final de la tarde. Al llegar la noche sin que lo hubiera hecho Turno, Amata empezó a beber y nos pidió a todas que la imitáramos. Los bailes y las canciones no tardaron en convertirse en un alboroto absurdo y estúpido. Aun así, mi madre me mantuvo en todo momento cerca de ella, con Lina y Sicana. Y las mujeres de las espadas, en lugar de beber, pasaron toda la noche de guardia, ocultas a lo largo de la vereda.
Al día siguiente, muchas mujeres se marcharon discretamente y algunos grupos que habían ido en busca de comida y bebida no regresaron. Pensé que era posible que se hubieran cansado de ir y venir, pero Amata dijo que los hombres las habían encerrado, amenazándolas con azotarlas si volvían a las colinas. Empezó a desvariar hablando de lo que les pasaría a aquellos hombres si intentaban subir. Todas las mujeres que envió a la Regia regresaron, cargadas con vino y pan: nadie intentó impedirles que saquearan las despensas y les contaron que el rey había dado orden de que nadie molestara a las mujeres que estaban realizando tareas religiosas en las colinas. Pero también se enteraron de que se hablaba de una disputa con una partida de caza de los extranjeros, en el bosque, entre Laurentum y el río.
A medida que pasaba el día, muchas de nosotras empezamos a sentirnos mareadas a causa de la escasez de comida, el exceso de vino y la rareza de la irresponsabilidad. Comenzaron a producirse lloros, risas salvajes, gritos y disputas en abundancia.
Yo estaba sentada con el bebé de un año de Tulia, tratando de aplacar su llanto con una nana, cuando apareció Maruna a mi lado un momento.
—¿Esta noche? —murmuró, y yo asentí sin mirarla—. Lechuza —susurró antes de desaparecer.
—Doro, doro, dormiu —le canté al niño—, papá tiene un anillo para ti. —Me pregunté qué querría decir Maruna. Lo único que podía hacer era esperar para averiguarlo.
—Te gustan los bebés, ¿verdad? —dijo mi madre, de pie junto a mí, con su manchada y desgarrada túnica de esclava. Sus piernas, blancas y bien formadas, tenían una fina capa de vello suave y negro sobre los tobillos y los muslos. Miró al niño que tenía en brazos. El rostro se le arrugó como si tuviera dolor de muelas.
—El engendrará hijos —dijo—. Puedes contar con ello. No es como ese viejo eunuco. El engendrará hijos que sobrevivirán.
Lo dijo con voz clara y distante. Estaba borracha como los hombres que yo había visto en los banquetes, borrachos día y noche, borrachos hasta el tuétano. En lugar de responder, continué con la nana en voz baja, porque el bebé, por fin, estaba empezando a relajarse. No quería mirar a mi madre. Sabía que su rabia estaba empezando a acumularse y pronto volvería a estallar. Sabía que ella sabía que Turno no iba a venir. Me daba mucho miedo.
—Doro, doro, dormiu —cantó en tono de mofa—. ¡Eres una corderita, la hija de un eunuco, Lavinia! Toda leche y mansedumbre. Toda obediencia a tu querido papá, que inventa oráculos para servir a sus propios deseos. No creas que te vas a salir con la tuya esta vez. Iré adonde tú vayas. Vas a venir conmigo, niña mía. Mañana nos vamos a Ardea.
Incliné la cabeza y no dije nada. El bebé sintió la tensión en mis brazos y empezó a sollozar de nuevo.
—Que se calle ese mocoso —dijo Amata mientras se volvía—. ¡Sicana! ¡Dónde está el jarro!
Fue una tarde interminable. Después de que se marchara Tulia, dormité un rato, sentada y con la espalda apoyada en una higuera grande y vieja. Me dolía la cabeza tenía los músculos agarrotados y la mente adormilada y en blanco. El sol se puso tras las nubes y los interminables árboles del bosque y cayó una noche muy oscura. La mayoría de las mujeres se quedaron dormidas muy temprano. Sólo el grupo de jugadoras de Amata permaneció despierto, aún bebiendo, hasta que incluso ellas sucumbieron al cansancio. Mi madre vino y se tendió a mi lado.
—¿Ya estás dormida, mi pequeña corderita? —dijo. Depositó una pequeña lámpara de aceite junto a su cabeza—. Que duermas bien. Mañana partiremos hacia Ardea. Que duermas bien. Que duermas bien. —Dobló la esquina de su palla debajo de la cabeza a modo de almohada, me colocó un brazo encima, no en un abrazo, y se quedó allí tendida, en silencio. Yo sentía el peso y la calidez de la extremidad, de su cuerpo contra el mío. Permanecí allí, mirando la oscuridad, observando cómo se movían las sombras de la pequeña lámpara entre las hojas y las ramas. Al cabo de largo rato, y con mucha lentitud, salí de debajo del brazo cálido y pesado que yacía sobre mí. Mi madre suspiró y emitió un sonoro ronquido, pero no se movió. Me quedé allí tendida, observando cómo morían las sombras. Me quedé dormida, pero desperté al oír el débil y tembloroso canto de una lechuza desde la izquierda, a poca distancia: iii, i, i.
Me incorporé sin pensamiento ni pausa algunos y avancé en su dirección entre los cuerpos de las mujeres dormidas. A esas alturas no quedaba ninguna lámpara encendida, pero el cielo se había despejado un poco y la luz de las estrellas de verano caía grisácea sobre la hierba. La lechuza cantó suavemente desde más allá y la seguí. Vi a Gaia hecha un ovillo bajo un árbol, como un terrón de oscuridad, con la espada a su lado, clavada en el suelo.
Salí de entre las higueras, crucé un arroyuelo, donde resbalé y tropecé, y trepé a gatas hasta un lugar en el que los árboles estaban cada vez más apelotonados y más oscuros. Maruna se encontraba allí. La reconocí a pesar de no poder verla apenas. Me cogió de la mano y seguimos juntas.
Antes de que pasara mucho tiempo, murmuró:
—Creo que nos hemos perdido.
Así era. Pero continuamos casi un kilómetro colina abajo antes de llegar a una barranca tan cubierta de árboles y tan invadida por la maleza que no pudimos seguir avanzando en la oscuridad. Esperamos allí varias horas, acurrucadas para darnos calor, dormitando, hasta que se levantó el viento como suele hacerlo una hora antes del alba y se llevó las nubes. A la luz de la luna pudimos continuar. Encontramos una senda descendente y continuamos por ella. No tardó en desembocar en una senda de leñadores por la que era posible correr. Y corrimos.
Al amanecer habíamos salido de las colinas y estábamos ya entre los pastos. Yo conocía el lugar gracias a mis escapadas con Silvia, sabía dónde estábamos y conocía el camino a la ciudad. Llegamos a la puerta sur bajo la brillante luz de la mañana. Estaba cerrada a cal y canto y custodiada por varios hombres.

Fui con Maruna a los aposentos de mi padre y, desde la puerta, dije en voz alta:
—¿Estás despierto, rey? ¡Despierta!
Salió ojeroso, con pasos pesados, cubierto por las sábanas, y me tomó entre sus brazos sin decir palabra.
—¿Dónde está tu madre? —dijo después de soltarme.
—Junto al manantial de la higuera.
—¿No ha venido contigo?
—Me he escapado de ella —dije yo.
Me lanzó una mirada de incomprensión y confusión. Tenía el cano cabello aún revuelto.
—¿Escapado?
—¡No quería estar allí! —dije con angustia, y añadí, tratando de controlarme pero incapaz de hacerlo—: Padre, me dijo que había enviado un mensaje a Turno para prometerme con él, para casarnos... No lo sé. Tuve miedo de que viniera. Me hizo custodiar en todo momento. No podía marcharme. No podría haberme ido sin Maruna.
—¿Un mensaje a Turno?
No era sólo el aturdimiento del sueño. No lo entendía, no quería entender que su esposa había tratado de traicionarlo. Fui incapaz de decir más, sintiendo que ya la había traicionado suficiente.
—Debo sacar a tu madre y a las demás mujeres de los bosques —dijo al fin—. Ha habido problemas. Luchas. Podría ser peligroso para ellas estar allí. ¿Está...? ¿Va a volver hoy? ¿Qué está haciendo allí arriba?
—Ritos de mujeres. Danzas de su pueblo. —Traté de enfocar mis pensamientos para pensar en lo realmente importante—. Si las avisas de que ha habido lucha, de que las mujeres están en peligro, creo que volverá. Pero envía mensajeras, padre. Los hombres no pueden acercarse. Algunas de las mujeres están armadas.
—Pero eso es una locura —dijo mi padre.
Estaba cansada, tensa, agotada por la estupidez y la ansiedad de los pasados días y las pasadas noches.
—¡Lleva loca trece años, padre!
Cuando el poeta me cantó la caída de Troya, su historia hablaba de la hija del rey, Casandra, quien predijo lo que iba a suceder y trató de impedir que los troyanos dejaran entrar al gran caballo en la ciudad. Nadie la escuchó. Era su maldición: conocer la verdad sin conseguir que nadie la escuchara jamás. Es una maldición que recae sobre las mujeres con más frecuencia que sobre los hombres. Los hombres quieren que la verdad sea suya, sea su descubrimiento y su propiedad. Mi padre no me escuchó.
—Espera —dijo, y regresó a su habitación. Esperé.
Maruna se marchó y me trajo un cántaro de agua del pozo del patio, que apuré con gratitud hasta la última gota..., salvo la poca que derramé primero para los penates y las gotas que usé para humedecer la esquina de mi atuendo y tratar de limpiarme la cara. Estaba cubierta de mugre y sudor seco. El áspero y viejo tejido de la túnica estaba desgarrado y manchado después de nuestra huida nocturna, y mi mejor palla, que llevaba Maruna, estaba hecha trizas. Maraña y yo estábamos lamentándonos por los grandes desgarrones cuando regresó mi padre, vestido. Nos miró con embotada confusión.
—Tienes que ir a adecentarte, Lavinia —me dijo.
—Me gustaría, padre. Pero, por favor, ¿qué es lo que ocurre, quién está peleando?
—Los troyanos estaban cazando. Les dije que podían cazar en los bosques entre Venticula y Laurentum. Ellos también necesitan comida.
Se detuvo.
—¿Algunos de nuestros cazadores intentaron detenerlos? —pregunté al fin.
—Hirieron al ciervo —dijo con expresión apesadumbrada.
No entendí lo que quería decir. ¿Qué tenía de malo que unos cazadores abatieran un ciervo?
—El ciervo de Silvia —aclaró.
—Cervulo —murmuró Maruna.
—La criatura huyó a su casa..., a casa de Tirro, sangrando y con la flecha clavada en el costado. Llorando como un niño, según dicen. Y Silvia lloró como si fuera un hijo suyo el que había recibido la flecha. Nadie pudo consolarla. Sus hermanos y el viejo juraron que castigarían al cazador. Pero quien había herido al ciervo era el hijo del rey.
—Ascanio —dije.
Comienza con un niño que hiere a un ciervo.
Las olas se encabalgaban unas sobre otras en la costa donde estaba levantándose la marea.
—Si se llama así... —Nunca había visto a mi padre tan confuso. Tras unos instantes buscando palabras, dijo—: Tirro enfureció ciegamente. Siempre ha sido así. Sus hijos y él... reunieron a los hombres de la granja y salieron en busca de la partida de caza. Armados. Con espadas, hachas y arcos. Lucharon. En algún sitio cercano al cerro de Villia encontraron a los troyanos y trataron de acabar con ellos. Pero los cazadores eran soldados y defendieron a su príncipe. Mataron a...
Me miró a los ojos un instante y entonces apartó la mirada.
—El hijo mayor de Tirro ha muerto.
«El primero en morir es el joven Almo... Ya lo conoces. Una flecha en la garganta empapa de sangre sus palabras y su respiración.»
Susurré su nombre como Maruna había susurrado el del ciervo.
—Y el viejo Galaeso.
«Luego el viejo Galaeso, rico y acostumbrado al poder, intenta impedir la lucha y le destrozan la cara por ello.»
—No puedo creerlo —dijo mi padre—. Galaeso trató de interponerse entre ellos, de calmarlos. Creyó que unos hombres jóvenes, enzarzados en una pelea, lo escucharían.
Me quedé como aturdida. Me quedé como me he quedado en los bajíos del mar, mientras la marea se eleva y las olas llegan una sobre otra, empujándome y llevándose con el reflujo la arena de debajo de mis pies, hasta que al final el mundo entero quedó reluciente y empezó a deslizarse lejos de mí.
Me agarré al brazo de Maruna y ella me ayudó a permanecer en pie.
—Déjanos ir, rey, por favor —le susurró a mi padre, y éste, consciente al fin de nuestra ropa hecha jirones y nuestros brazos arañados, nos acompañó al patio y llamó a las mujeres para que vinieran a ayudarnos.

—Dime algo que nunca he entendido —digo mientras estamos sentados en el pequeño patio, la habitación más interior de nuestros aposentos en la Regia. Es una cálida mañana de junio y mi esposo, que posee gran capacidad para los placeres sencillos, está tomando el primer sol de la mañana mientras desayunamos higos blancos y leche endulzada con miel.
—Lo intentaré —me dice.
—Puede que prefieras no hacerlo.
—Bueno, vamos a verlo.
—¿Por qué no fuiste a hablar con mi padre de inmediato cuando te pidió que confirmaras su propuesta de alianza?
La pregunta despierta su interés. Aún sentado, endereza un poco la espalda y se remonta en el pasado hasta casi un año antes. Es muy importante para él mostrarse lo más fiel posible a la verdad, y como siempre es difícil hablar con sinceridad de las cosas del pasado, reflexiona un poco antes de romper el silencio.
—Estaba reuniendo más regalos para llevarle —dice—. Algo apropiado para ti, un regalo de compromiso. Ya le había enviado la copa, la corona y el cetro de Príamo. Los últimos y mejores vestigios de la riqueza de Troya. No quedaba nada, salvo nuestros dioses. ¡Pero no quería presentarme allí como un mendigo! La madre de Eurialo tenía un chal tejido con hilo de plata que había estado guardando para regalar a la prometida de su hijo cuando se casara. Me lo trajo y me lo ofreció. ¡Pobre! ... El caso es que, cuando estaba pensando en los regalos, nos enteramos de que un grupo de granjeros había atacado a nuestros cazadores porque Ascanio había herido a un ciervo. Gias tenía un arañazo de flecha en el brazo y nuestros hombres habían matado a dos granjeros. No eran buenas noticias. Un mal comienzo. Parecía que la gente del país no iba a aceptarnos, dijera lo que dijese su rey. Entonces llegó Drances a nuestro campamento, junto a las naves. ¿Lo sabías?
—No.
—No nos dijo que viniera en nombre de Latino, ni que Latino supiera que había venido, de hecho. Había decidido por su cuenta y riesgo advertirnos de que Turno estaba utitizando la reyerta con los granjeros para alzar el país entero en nuestra contra y que había enviado mensajeros a los volscianos, a los sabinos, e incluso a Diomedes, al sur, para pedir hombres de armas.
—Drances siempre ha envidiado a Turno.
—Me preguntaba por qué había venido. Pero, ¿si hubiera regresado con él a Laurentum, habría impedido la guerra?
—No —digo.
Y él no cuestiona mi certeza. Acepta que sé algunas cosas que no podría conocer de forma normal. No pregunta cómo lo sé. Le he contado que solía visitar el oráculo de Albunea con mi padre, pero nunca le he hablado del poeta. Y dudo que llegue a hacerlo.
A mí no me ha costado mucho creer en mi condición ficticia, porque, a fin de cuentas, es casi insignificante. Pero para él sería muy difícil. Aunque en este momento esté inactivo, domesticado, sea un hombre satisfecho que, sentado bajo el sol, charla con su esposa, al apasionado, autoritario, ansioso y peligroso héroe de mi poeta le costaría aceptar su contingencia, la nulidad de su voluntad y de su consciencia. La piedad, la fe, la obediencia a lo que, en justicia, se debe hacer, el fas, es el deseo de su corazón. Saber que ha obedecido a un poeta antes que a su consciencia podría angustiarlo..., aunque entendiera, como yo entiendo, que el poeta obedecía a su consciencia y seguía el fas. ¿Por qué debería atribularlo con eso cuando sus preocupaciones son tan grandes y el tiempo de que dispone tan escaso?
Conviene con mi juicio con un asentimiento de cabeza.
—Había llegado el momento de la guerra. Marte en marcha... Hasta Drances dijo que sería una provocación tratar de visitar la ciudad en ese momento. Así que espero que no creyeras que descuidé mis obligaciones para con tu padre y contigo al no acudir. ¿Lo creiste así?
Aunque no se hubiera preocupado por esto antes, el hecho de que lo haga ahora resulta encantador. Me gustaría dejar que saliera indemne del asunto, pero, en un acto de perversidad, digo:
—Bueno, podrías haber mandado un mensaje. Me pregunté si realmente querías a la princesa como parte del acuerdo.
Parece horrorizado, como le ocurre siempre que cree haber descuidado su deber.
—Por supuesto —dice—. Por supuesto que quería.
—Fui injusta al pensarlo. A fin de cuentas, tenía ventaja sobre ti. Yo te había visto. —Sabe que Silvia y yo presenciamos su almuerzo junto al río. Se lo he contado antes y la idea de que dos muchachas, ocultas entre la maleza, espiaran un ejército, lo escandaliza y lo divierte a un tiempo—. Y mi padre también podría haberte enviado un mensajero, pero no lo hizo. Así que continúa.
Me doy cuenta de que, por una vez, está dispuesto a hablar, a rememorar. Vuelve a reflexionar un rato y dice:
—Aquella noche estaba indeciso. Desconcertado. —Me enorgullece la prudencia de sus afirmaciones cuando habla de las decisiones que tuvo que tomar, decisiones de las que dependían las vidas de sus seguidores—. Nuestras fuerzas no eran lo bastante grandes como para hacer frente a un país entero decidido a expulsarnos. Podríamos haber subido en los barcos y partir..., pero ¿adónde? Habíamos llegado al sitio al que deseábamos llegar. Eso estaba claro. Así que bajé al río para meditar sobre ello. Mis pensamientos volaban en todas direcciones a un tiempo, tratando de encontrar la respuesta. Como si mi mente fuera un cuenco lleno de agua en la que se reflejara una luz, y al menearlo de un lado a otro, los reflejos bailaran sobre su superficie sin llegar a reunirse... Y vi cómo temblaba y se deshacía el reflejo de la luna sobre el río... Así que le recé al río, a Tíber. Y mientras rezaba, allá en los juncos y bajo los álamos, en mi mente se hizo la quietud. Y el río me dio su respuesta. Pensé: «Río arriba, según Drances, hay una ciudad con un rey griego que, aunque aliado de Latino, no está en buenos términos con todos los habitantes del Lacio. Un extranjero como nosotros. Puede que él nos ayude.» Y pensé que eso era lo que debía hacer. Todos los reflejos rotos se reunieron. Dormí un poco y, al día siguiente, envíe algunos hombres río arriba en dos de las galeras. Dejé a mi hijo encargado de fortificar el campamento. Era ya hora de que asumiera algunas responsabilidades.
—Era una responsabilidad muy grande para un muchacho.
—Bueno, como es natural, contaba con la ayuda de Mnesteo y Seresto. Buenos hombres. Experimentados. Les había concedido autoridad total. Pero no previ la rapidez con la que los latinos reunirían sus tropas para atacarnos. Incendiaron nuestras naves para que no pudiéramos escapar. Ah. —El recuerdo de este hecho le hace apretar el puño y fruncir el entrecejo con dolor—. Creí que contaba con ocho o diez días para buscar aliados. Turno actuó con increíble rapidez. Un hombre de inmenso talento.
¿Es vanidad admirar al hombre al que has matado? ¿Te juzgas a ti mismo al juzgarlo a él?
—Poseía valor, pero no carácter —digo—. Era codicioso.
—No es fácil pedirle a un joven que sea desinteresado —dice Eneas con una sonrisa afligida.
—Pues es algo que se suele esperar de las mujeres.
Medita un momento.
—Puede que las mujeres sean más complejas. Que sepan cómo hacer más de una cosa a la vez. Para los hombres, eso llega más adelante. Si es que llega. Yo no sé si lo he aprendido aún.
Frunce el ceño y se sume en sus pensamientos. Probablemente esté pensando en el que considera su mayor defecto: la furia sanguinaria que se apodera de él en la batalla y lo convierte en un carnicero amoral e indiscriminado. «Como un perro pastor rabioso entre las ovejas», suele decir. Como es lógico, su reputación como guerrero descansa sobre esta furia. Los hombres que se enfrentaban a él le tenían miedo. Y no entiendo en qué difiere esto del valor que respeta en sus héroes, en los hombres de los que me ha hablado con tal admiración: el troyano Héctor y el griego Aquiles. Pero para él es, incuestionablemente, un vicio, un abuso de su habilidad, nefas. Sé que teme todas las amenazas de guerra de nuestros vecinos. No porque deteste o tema la lucha; de hecho, le encanta. Sino porque se teme a sí mismo. Piensa que asesinó a Turno. Hemos discutido por ello: fue una pelea justa. No podía dejar vivo a un enemigo implacable, poderoso... No puede refutar mis argumentos y no lo ha hecho, pero tampoco se ha perdonado a sí mismo.
La vieja Vestina aparece en la puerta de la galería con el niño, que se retuerce en sus brazos y emite un sonido como el de un pequeño fuelle estrujado muy de prisa.
—Tiene hambre, reina —dice con tono severo. Nada más verlo, la leche ha empezado a rebosar de mis pechos.
—Trae —digo, y me lo apoyo contra el pecho, pero está tan impaciente que al principio no es capaz de encontrar el pezón y sacude los puños con furia mientras jadea indignado—. Hablando de codicia... —añado.
Los ojos oscuros de mi marido se posan sobre mí y sobre Silvio con una apacible y fácil ternura. Se sirve otro cuenco de leche endulzada de la jarra, vierte unas pocas gotas sobre el suelo en un acto de plegaria y saluda a su hijo antes de beber.
—A tu salud.

Me quité en el baño la suciedad de las tres noches pasadas junto al manantial de la higuera y dormí unas cuantas horas a mediodía; pero era difícil descansar mucho con el revuelo que se vivía en el patio y por toda la casa. «Turno, Turno», oía su nombre constantemente. Por fin me levanté y salí para averiguar qué estaba pasando. Turno había acudido, pero no a las colinas a ver a mi madre. Se encontraba delante de las puertas de la ciudad, me dijeron, con un ejército de granjeros, pastores y gente de las ciudades. Subí a la torre de guardia para echar un vistazo.
Era una gran muchedumbre y, a cada momento que pasaba, llegaba más gente por los campos. Todos los hombres llevaban armas, aperos de labranza, arcos de cazador, espadas y lanzas con la punta de bronce. Al congregarse allí emitían un sonido siniestro e incesante. Desde lo alto de la torre, dirigí la mirada hacia la copa del laurel del patio, donde se habían reunido las abejas. Pero aquellos no eran los hombres que profetizara el enjambre. Eran latinos, laurentianos, itálicos. Mi pueblo. Mis enemigos.
Los hombres armados estuvieron llegando durante toda la tarde. Acamparon en el campo de ejercicios y bajo las paredes del terraplén exterior. A la mañana siguiente, salí al tejado, sobre la puerta principal, para observar. La muchedumbre congregada junto a las puertas de la ciudad y en su interior, en las calles que rodeaban la Regia, se había duplicado. De vez en cuando se levantaba un grito.
—¡Guerra! —gritaban—, ¡guerra! ¡Expulsemos a los extranjeros! ¡Enviemos a esos asesinos al lugar del que proceden!
Vi que un grupo se abría camino entre los demás. Algunos de ellos eran hombres a los que conocía, pastores. Transportaban algo grande y pesado envuelto en una tela blanca manchada de sangre.
—Almo, Almo —cantaban—. ¡Venguemos a nuestro hermano! ¡Venguemos su muerte! —Avisté entre ellos al padre de Almo y Silvia, Tirro, con el pelo cano, la mirada extraviada, arrastrado a medias por los demás.
La procesión continuó por las calles hasta la puerta de la Regia. Allí depositaron su carga. Los gritos habían enfebrecido a estas alturas, hasta el punto de que el aire temblaba y vibraba con ellos. Y vi a Turno. Se encontraba frente a las puertas de la casa del rey, mirando a la multitud.
—¿Vamos a dejar que nos gobierne un grupo de extranjeros? —gritó.
—¡No! —contestó la muchedumbre al unísono, con un grito que resonó como un trueno en las calles.
—¿Vamos a dejar que entreguen mi prometida a un extranjero?
—¡No!
—¡Latino! ¡Rey del Lacio! ¡Me encuentro ante tus puertas! ¡Exigimos justicia! ¡Exigimos la guerra!
—¡Guerra! —gritaron todos los hombres.
Tras lo que pareció una larga pausa, las puertas de la Regia se abrieron. Mi padre salió flanqueado por sus guardias y acompañado por Drances y algunos viejos consejeros. El griterío murió. Los hombres, tanto los más próximos como los más lejanos, dijeron:
—El rey, el rey va a hablar.
Desde donde me encontraba, agazapada tras las molduras decorativas del alero del tejado, sólo podía ver la coronilla de mi padre, donde el cabello cano raleaba ya sobre el cráneo.
—¡Hombres del Lacio, hijos míos! —dijo con voz fuerte, e hizo una prolongada pausa, tan prolongada que por un momento pareció que no volvería a hablar. Los hombres se agitaron, nerviosos. Finalmente prosiguió, pero con una voz más parecida a la de un anciano—. El oráculo ha hablado. Hemos hecho una promesa. Si desafiáis la voz que nos guía, si quebrantáis el tratado firmado por mí, haréis mal. Pagaréis vuestros errores con sangre. Ya lo sabéis. Es lo único que puedo deciros. Turno, hijo de mi viejo amigo Dauno y sobrino de mi esposa, si estás decidido a conducir al pueblo en este desvarío, no puedo detenerte. Sólo puedo decir que me robas el refugio de la paz que deseaba en mis últimos años, la muerte tranquila que anhelaba.
El silencio se prolongó. Sin esperar respuesta, Latino se dio la vuelta y volvió a entrar en la Regia. Sus guardias cerraron las grandes puertas tras él, dejando a Turno y a la muchedumbre fuera, en silencio por algún tiempo. Pero al fin, los murmullos y el ruido siniestro volvieron a empezar, y fueron creciendo y creciendo hasta rodear la casa y llenar la ciudad entera.
Entonces se produjo un nuevo revuelo en las calles de la parte trasera de la casa. Yo no era la única que se había subido a los tejados. Maruna, Tita y varias mujeres más estaban en la torre de observación del sureste de la casa, desde donde una de ellas señalaba en dirección a la puerta del este. Corrí para reunirme con ellas. Desde la plataforma vimos otra procesión que avanzaba dispersa por las calles: esclavas y señoras, nerviosas o calmadas, avergonzadas u orgullosas, todas con el cabello enredado y las túnicas y togas manchadas y desgarradas: Amata y las mujeres del manantial de la higuera.
Mi madre llegó a las puertas de la Regia, caminando como siempre con porte majestuoso. Allí, Turno se apresuró a acudir a su encuentro. Se abrazaron y hablaron unos pocos instantes. Al cabo de un momento, una nueva cantinela empezó a elevarse entre los hombres que los rodeaban:
—¡Abrid la puerta de la guerra! ¡Abrid la puerta de la guerra!
La puerta de la guerra de Laurentum se encuentra en una pequeña plaza, a poca distancia de la entrada de la ciudad. Es una puerta con dos hojas de madera de roble en un marco de cedro, con un altar a Jano al este y rodeada por un espacio vacío. Siempre permanecía cerrada y con la tranca echada, vieja, sombría y carente de significado. En toda mi vida no se había celebrado allí una sola ceremonia, salvo en las calendas de todos los eneros, cuando se realizaban libaciones a Jano. Pero ahora todo el mundo estaba gritando:
—¡La reina! ¡La reina abrirá la puerta de la guerra! —Y la muchedumbre se encaminó en aquella dirección. Durante unos instantes distinguí a mi madre entre ellos, así como la orgullosa cresta del yelmo de Turno. Entonces desaparecieron detrás de los árboles y sólo pude oír los gritos. Se alzó un enorme y jubiloso ¡Marte! ¡Mavors! ¡Macte esto! Y la gente empezó a bailar y a gritar que la puerta de la guerra se había abierto.

La breve aparición de mi padre ante las puertas de la Regia me pareció, nos pareció a la mayoría de nosotros, una abdicación. Había hecho una petición formal y ni siquiera había esperado a oír la respuesta. «No puedo detenerte», le había dicho a Turno. Al pensar en ello, me enfurecí. ¿Cómo podía decir tal cosa? ¿Cómo podía entregarle el poder a Turno y regresar a la casa con el rabo entre las piernas?
Cuando ahora lo recuerdo, creo que no estaba dirigiéndose a Turno, sino a la multitud, a sus hombres, a sus latinos. Eran ellos, de hecho, los que tenían el poder. Turno podía utilizarlos mientras ellos se lo permitieran, pero no podía controlarlos más que el propio Latino. Así pues, la petición de Latino estaba dirigida a ellos, con la esperanza de que pudieran recordarla más tarde. De momento estaban inflamados, locos de excitación. La posibilidad de una pelea, la promesa de un estallido de violencia, de venganza, de justa cólera, era lo único que podían ver en ese momento y lo único que deseaban. Todos los granjeros odian a los forasteros, y allí había un pequeño ejército de desconocidos, procedentes de quién sabía donde, que creían que podían llegar, instalarse en el Lacio, disparar contra el ciervo, casarse con la princesa, abusar de gente honesta... Pronto descubrirían que se habían equivocado. El viejo rey no quería hacerles frente, pero el nuevo lo haría. ¿Qué importaba que fuera un rutuliano? Todos somos latinos. Lucharemos hombro con hombro, todos los pueblos del oeste, para defender nuestros campos, nuestros altares y nuestras mujeres. Y cuando hayamos echado a esos extranjeros al mar, ya resolveremos nuestras diferencias.
Latino conocía bien el entusiasmo de la guerra y no era tan ingenuo como para tratar de oponerse a su primer furor, para derrochar saliva tratando de convencer a gente enloquecida.
Pero yo, que era una hija de la paz, lo único que veía era a un anciano vencido que se ocultaba en su casa mientras la necia muchedumbre vociferaba en las calles. Y su reina, ataviada con su sucio atuendo de esclava, andaba de acá para allá, desvergonzada, triunfante en su profanación de la vida diaria, creyendo que se había salido con la suya.
Pues a mí no me tendría, al menos mientras pudiera escapar de ella. Hasta mi padre había renunciado a su poder, y era mi esperanza de resistencia. Recogí todas mis cosas y les dije a Maruna y a unas cuantas mujeres más que vinieran conmigo a los aposentos reales, las habitaciones que mi madre llevaba años sin utilizar. Lina, Sicana y el resto de las devotas doncellas de mi madre, la facción de la reina, estaban empezando a filtrarse de nuevo en la casa. Gaia, armada con su espada, se encontraba en el pasillo. No estaba dispuesta a quedar de nuevo en poder de aquellas mujeres.
La pobre y vieja Vestina, horrorizada, lloró, gimoteó y trató de ordenarme que me quedara donde debía. Se enfureció débilmente al ver que me negaba, pero fue imposible tranquilizarla o convencerla para que viniera conmigo. Su lealtad estaba dividida entre Amata y yo. Acompañada por mi pequeño grupo, entré a hurtadillas en los aposentos reales por las salas traseras y les pedí a los guardias de mi padre que le dijeran que su hija había solicitado permiso para instalarse en las antiguas habitaciones de la reina.
Mi padre me hizo llamar. Se encontraba en la sala de audiencias, con Drances y los demás. En lugar de pedirles que salieran, se levantó y se acercó a mí para que habláramos en el espacio situado tras el trono. Parecía cansado y preocupado, y las arrugas parecían más marcadas que nunca en sus mejillas y alrededor de sus ojos.
—¿Por qué no me has consultado este cambio de aposentos, hija?
—Temía que si la reina se enteraba me lo prohibiera.
—¿Acaso no le debes obediencia?
—Si la obediencia hacia ella es desobediencia hacia ti, no.
Frunció el ceño e hizo ademán de darse la vuelta mientras trataba de controlar la rabia.
—Dime qué quiere decir eso.
—Si puede... Si estoy en su poder, me entregará a Turno.
Soltó una exclamación de impaciencia y menosprecio.
—Por eso se me llevó a las colinas. Para reunirse allí con él. Para desafiar al oráculo y quebrantar la alianza que les ofreciste a los troyanos.
—Ella no... —empezó a decir, pero fue incapaz de decir «Ella no se atrevería», sabiendo que había abierto la puerta de la guerra. Permaneció allí, indeciso y con mirada ceñuda.
—Deja que me quede contigo, padre. Que uno de tus guardias custodie mi puerta. Estoy intentando obedecer al oráculo y a ti. No quiero casarme con Turno.
—¿Tanto te disgusta? —preguntó al cabo de un momento.
Su voz era débil, lo mismo que la pregunta. Traté de contener mi impaciencia.
—Me prometiste al líder de los troyanos. Él es mi marido. No aceptaré otro.
—Pues parece que el pueblo está decidido a ir a la guerra para impedirlo, hija —dijo, recalcando lo evidente.
—Padre, sé lo que tengo que hacer. Y lo haré. Mi madre no me lo impedirá y los gritos de todos los hombres del reino tampoco. —«Sólo tú puedes hacerlo», pensé, pero no lo dije. Sin embargo, la idea minó mi determinación y mi voz tembló ligeramente cuando proseguí—: Te suplico que me permitas hacer lo que debo hacer y que me protejas para que pueda hacerlo.
No sé qué pasaba por su mente, ni lo que podría haber dicho, porque en ese momento Drances se adelantó. Como es natural, nos había oído y, siendo como era un hombre de ideas muy claras y de lengua suelta, al que además se había alentado para comportarse con libertad, no pidió permiso para interrumpirnos.
—Rey —dijo—. Tu hija es sabia y valiente, y tiene razón. Si Turno se aprovecha del favor de la reina en este momento de confusión y desafía al oráculo, a ti... el crimen no se podrá enmendar. ¡Será nuestra ruina! Ten paciencia. El pueblo volverá a sus cabales. Pero, como tú mismo has dicho, antes deben ver de qué color es la sangre. Mantén a la doncella a tu lado, lejos del peligro, lejos de ese rutuliano. Deja que tus guardias la defiendan. Es la prenda de nuestro honor. A través de ella, los poderes sagrados estarán de nuestro lado.
Drances siempre decía demasiado, siempre iba demasiado lejos, pero puede que esta vez sus excesos fueran necesarios para que mi padre lo escuchara.
—Muy bien —respondió Latino lentamente y con gravedad—. Puedes quedarte en los aposentos de tu madre, Lavinia. Pondré un guardia en la puerta. Pero no toleraré más comentarios irrespetuosos y rebeldes sobre la reina, ¿entendido?
Incliné la cabeza, murmuré unas palabras de agradecimiento y me marché.
Fue mucho más fácil hablar con los guardias del rey que con el rey. Los conocía desde niña: Vero, Aulo, Albino, Gaio y todos los demás. Algunos de ellos aún me llamaban por mi sobrenombre infantil, Camilla, la niña del altar. Los mejores guerreros de los años de guerra de Latino ahora eran hombres de mediana edad, entrecanos, un poco entrados en carnes a la altura de la cintura, bajo los corseletes de bronce, aficionados a la comida y a la bebida, pero también muy perspicaces. Eran totalmente conscientes de que la Regia se había convertido en una casa dividida. Para gran alivio mío, compartían mi antipatía hacia Turno, aunque no querían pensar mal de su reina.
—El rutuliano tiene a la reina en sus manos —dijo Vero—. Como es el primogénito de su hermana, y casi un hijo para ella, no puede negarle nada. Las mujeres son así. —A mí me daba igual cómo lo justificaran mientras se diesen cuenta de que Amata podía suponer un peligro para ellos. Y eran conscientes de ello, porque sin necesidad de que yo se lo pidiera, uno permanecía siempre a mi lado cada vez que tenía que encargarme de algún deber ritual o doméstico.
Fueron unos días extraños, en los que la mitad de mi casa me era ajena. No entré una sola vez en los aposentos de las mujeres, mi hogar durante tanto tiempo. Estaba totalmente aislada de mi madre y me sentía incómoda con mujeres a las que conocía desde niña. La mayoría de ellas no podía creer que insistiera en casarme con un caudillo extranjero, un enemigo, o no era capaz de entender por qué lo hacía. Amata les dejaba decir que estaba ciega, esclavizada por la voluntad de mi padre, del que murmuraban que se había vuelto senil. Y en efecto, escondido en sus aposentos, sin salir ni siquiera para comer ni ver a casi nadie, Latino parecía dar argumentos a sus afirmaciones. Yo sólo lo veía cuando tenía que ayudarlo en algún rito realizado en la casa o en la ciudad. Nunca salía de ésta.
Yo tampoco, aunque sí que pasaba mucho tiempo en los tejados y en la torre de vigilancia, mirando más allá de las murallas. Allí arriba podía estar a salvo de la curiosidad de unos y de la mala fe de otros. Vero o cualquier otro de los guardias montaba guardia en todo momento al pie de las escaleras que llevaban a la plataforma del sureste, el lugar más elevado de la ciudad, desde el que se dominaban los campos de ejercicios, las llanuras, los pastos y las arboledas hasta la granja de Tirro, las colinas de color azul de levante y, hacia poniente, el sinuoso discurrir del Lentulus entre las marismas, hasta llegar a las dunas. Cogía mi rueca y subía con Maruna u otra de las chicas. Colocábamos un toldo, porque el sol del verano empezaba a molestar. A veces, alguna mujer preguntaba si podía venir a sentarse conmigo un rato, mientras trabajaba o se ocupaba de sus hijos, como antaño. Era un gesto de valentía por su parte, porque suponía un desafío hacia mi madre, en cuyo poder estaban todas. Algunas me hablaban de su comportamiento, que evidentemente las preocupaba. Todos los días ordenaba que se preparara el salón de banquetes y se sacrificaran animales para que Turno y sus aliados pudieran disfrutar de un festín. Pero todos los caudillos estaban ocupados recorriendo el país para reclutar tropas, mientras que Turno, a pesar de su arrogancia, vacilaba en sentarse a la mesa del rey sin haber sido invitado por éste, y enviaba excusas. Ante esto, Amata siempre decía:
—Vendrá mañana. Debemos estar preparados para él. —Así que las barrenderas y los mozos de establo se alimentaban con las mejores carnes de ternera y cordero, decían las mujeres mientras negaban con la cabeza ante aquel derroche y aquel disparate.
Yo me sentía a salvo en lo alto de la torre. Desde allí presenciaba las maniobras de los hombres en el campo de ejercicios, veía cómo practicaban con la espada y cómo se agrupaban y cargaban a las órdenes de los oficiales. Se parecía mucho a los juegos de los niños. A veces, Vero o Aulo, que se encontraban conmigo en el parapeto, me explicaban para qué servían las maniobras.
—No están usando las trompetas —señaló Vero. Latino me había contado una vez que, años antes, en Etruria, se había dado cuenta de que los veiianos utilizaban unas señales agudas, como los cantos de los pájaros, para decirse en el campo de batalla que necesitaban refuerzos o que era el momento de atacar o de retirarse. Capturó a dos trompetistas etruscos y les ordenó que enseñaran a algunos de sus hombres más jóvenes. Gracias a aquellas trompetas, me dijo, había salido victorioso en más de una ocasión. Pero evidentemente, Turno no era hombre a quien gustaran las innovaciones o las costumbres extranjeras. Sus hombres impartían las órdenes a gritos. Aquel incesante y estrepitoso griterío, semejante a los ladridos de una jauría de perros, acababa crispando los nervios.
El número de los hombres acampados al norte y al este de Laurentum crecía cada día. Ufens llegó con los rudos aequianos. Un contingente aún más rudo, hombres con gorros de piel de lobo, que acudían a la batalla con un pie envuelto en cuero y el otro descalzo, llegó de Praeneste. Desde mi plataforma pude ver cómo conferenciaban los capitanes, entre ellos mis antiguos pretendientes, Ufens y el apuesto Aventino, alardeando de su capa de piel de león. El etrusco Mecencio, antiguo tirano de Caere, llegó desde Ardea con su hijo Lauso. Lo observé para ver qué aspecto tenía un tirano traicionero y asesino. Me esperaba algo más siniestro que aquel endurecido veterano, claramente orgulloso del hijo esbelto y de ojos negros que siempre llevaba a su lado.
Turno estaba esperando a que llegara Messapo con la caballería de Soracte. Apareció el mismo día que un contingente de volscianos, también montados, con crestas de crin negra en los yelmos. Busqué a la mujer volsciana que, según mi poeta, cabalgaría con ellos, pero no la vi. Pero claro, me había dicho que se la había inventado. Aunque, ¿acaso no se nos había inventado a todos? Traté de encontrar consuelo en esta idea, fingir que era todo una invención: las órdenes, el entrechocar de las armas y las espadas afiladas, los caballos nerviosos y los hombres fanfarrones. La atroz lista de muertes que mi poeta me había referido la última noche era lo que estaban preparando. Pero ¿por qué, por qué razón? ¿Por un ciervo? ¿Por una muchacha? ¿De qué serviría?
Sin guerra, no habría héroes.
¿Y qué tendría eso de malo?
«Oh, Lavinia, ésa es una pregunta de mujer.»
Se reunieron todos a la mañana siguiente, nuestros latinos los más próximos a las murallas de la ciudad, seguidos por los oscanos, los sabinos y los volscianos en sus respectivos grupos, los rutulianos delante, dirigidos por Turno en su espléndido semental. Las mujeres, los niños y los ancianos los vitoreaban y les arrojaban flores desde las murallas mientras ellos partían en dirección norte, hacia el río.
Mi poeta podría hablaros de las cabezas segadas, de las armaduras manchadas de sesos, de los hombres que, con una espada clavada en el pulmón, reptaban por el suelo mientras la sangre y la vida se les escapaba a cada bocanada de aire, de quién mató a quién y de todas esas cosas. Podría contaros lo que no habían visto sus ojos mortales, porque ése era su don. Pero yo no tengo ese don. Yo sólo puedo contaros lo que me contaron y lo que vi.
Lo que sigue me lo contaron, en aquel momento y más adelante, los supervivientes de la batalla.
Eneas había remontado el río hacia el asentamiento griego con la esperanza de conseguir refuerzos. A esas alturas llevaba fuera ocho días. Los troyanos no habían recibido noticias suyas. Completaron un profundo foso y un terraplén alrededor de su campamento, levantado en un meandro del río para que dos de sus costados estuvieran protegidos por el Tíber. Sacaron las naves del agua y las dejaron sobre la arena de la playa, protegidas por el terraplén.
Las fuerzas del Lacio atacaron el campamento. Los troyanos de mayor edad, veteranos de los diez años de asedio de Troya, ofrecieron una feroz y habilidosa defensa. El joven Ascanio ardía en deseos de realizar una salida y poner en fuga a los latinos, pero Eneas había dado la orden de que si los atacaban, no debían responder. Los capitanes a los que había dejado al mando obedecieron estas órdenes, aunque fue difícil contener a los jóvenes troyanos cuando los latinos comenzaron a llamarlos cobardes y a acusarlos de ocultarse detrás de su terraplén.
—¿Esa es toda la tierra italiana que queréis? —exclamaron—. ¿Esa pequeña franja de ribera? ¿Por qué no salís? ¡Os daremos tierra para comer!
Repetidamente trataron de echar las puertas abajo o coronar el terraplén, pero los troyanos los repelieron con la espada o con lluvias de dardos y jabalinas. Una lluvia de hierro, la llamó Rufo Anso.
Las mujeres de la Regia acogimos a todos los heridos que pudimos y los cuidamos lo mejor que supimos. Rufo Anso era un granjero de las tierras reales del oeste de la ciudad, que llegó ante ellos. Tenía más o menos mi edad. Una jabalina lo había atravesado justo debajo del ombligo. Habían tenido que sacársela por detrás. Una de las curanderas me dijo que moriría. Aún no estaba sufriendo mucho, sólo aterrorizado. Quería hablar y que no lo dejaran solo y me quedé con él durante la noche. Había enviado a buscar a su madre, pero no llegó hasta el día siguiente.
—El aire se oscureció de repente, como si lloviera —dijo—. Fue como una lluvia de hierro.
Un dardo lo había herido cerca del codo y se quejaba mucho más de esta herida que de la otra. No parecía creer que lo hubieran alcanzado. Pensaba que era injusto, un golpe de mala suerte. Me pregunté por qué un hombre dispuesto a ir a la batalla esperaba no salir herido. ¿Qué clase de batalla creía que iba a encontrar? Estaba impresionado por la resistencia ofrecida por los troyanos y me dijo que eran buenos luchadores. Pero él esperaba matar, no que lo mataran, y parecía confundido por la injusticia de este hecho. Su madre llegó al día siguiente para llevárselo a casa, donde murió de forma agónica varios días después.
Lo único que vi entonces de la guerra es lo que las armas les hacen a los hombres. Aún no había tenido que verlos luchar.
Justo después del anochecer llegó un mensajero. Mientras sus hombres lanzaban un ataque de distracción contra la puerta del campamento troyano, Turno, solo, atravesó el terraplén por el otro lado, encendió una antorcha y prendió fuego a los barcos de la playa. La madera seca estaba impregnada de resina y los barcos estaban varados muy juntos. La brisa del interior propagó el fuego de nave a nave. En cuestión de muy poco tiempo estaban todos ardiendo. Turno escapó antes de que los troyanos vieran cómo se alzaban las llamas junto al río, en retaguardia. Lo único que pudieron hacer fue cortar los cabos, empujar las moles de madera en llamas hacia las aguas y contemplar cómo se los llevaba la corriente, se inclinaban y, consumidos de arriba abajo, se iban a pique.
Rufo Anso oyó al mensajero y dijo:
—¡Bueno, parece que esos troyanos no van a volver al sitio del que venían! —Creía que la broma tenía gracia. Y lo cierto es que la noticia fue recibida con vítores y entusiasmo entre los hombres y las mujeres de la Regia.
Yo estaba confusa y preocupada. ¿Debía alegrarme por esta valiente proeza, esta victoria de mi pueblo? Allí, entre los míos, cuidando de hombres que habían caído heridos por los invasores, ¿cómo podía estar del lado de éstos?
Pero si nuestro propósito era expulsar a los extranjeros de Italia, ¿para qué quemar sus naves? Evidentemente, lo que Turno pretendía era exterminarlos, no expulsarlos.... En el caso de que hubiera actuado con premeditación y no impulsado por el deseo de causar un daño inmediato y llevar a cabo un acto de valentía.
No podía dejar de pensar en el tratado que Latino había concertado con ellos y que habíamos quebrantado. Tirro y los pastores habían atacado en un momento de cólera y los troyanos habían actuado en legítima defensa. La cuestión se podría, y debería, haber resuelto entonces. Si existe algo sagrado es un tratado. ¿Cómo podían estar de nuestro lado los poderes de nuestro país, de nuestra tierra, si, además de desafiar al oráculo que nos habían enviado, cometíamos una de las mayores tropelías que existen, la ruptura deliberada de una promesa?
Mi mente daba vueltas y vueltas a estos pensamientos y, como consecuencia de ello, mi corazón se sentía desgarrado y miserable. Quería regocijarme con la gente que me rodeaba, pero era incapaz. Me sentía como una traidora, como si hubiera cometido un gran pecado por el mero hecho de ser quien era y ser como era. Mi madre me había inculcado aquella conmiseración culpable y yo había convivido con ella durante casi toda mi vida. Aunque intentaba combatirla, sabiendo que era infantil y absurda, sometida a toda aquella presión era muy fácil comportarse como una niña y recaer en ello.
Los pocos hombres que regresaron a Laurentum aquella noche nos contaron que el ejército había apostado centinelas alrededor del campamento enemigo y había acampado para comer y beber, satisfecho con lo conseguido y decidido a irrumpir al día siguiente en el campamento enemigo para acabar con los troyanos. Así que, si Turno tenía un plan, era el exterminio.
Supe lo que sucedió aquella noche gracias a los relatos de los hombres que regresaron a la ciudad y a lo que me refirió, mucho después, el troyano Seresto, que se convertiría en mi amigo. A la puesta del sol, los troyanos mantuvieron un sombrío consejo en su campamento para evaluar sus probabilidades de resistir hasta que Eneas volviera con los prometidos refuerzos. Como no sabían que había marchado de Pallanteum a Etruria, estaban desesperados por su larga ausencia.
Dos soldados, el joven Eurialo y su amigo, el más veterano Niso, entraron en el consejo y se presentaron voluntarios para tratar de atravesar el campamento latino con un mensaje para Eneas. Consternado por la pérdida de las naves y desesperado por contar con la presencia y el apoyo de su padre, Ascanio los envió a esta misión cargados de alabanzas y promesas. Cuando Eneas regresara y ganara la guerra, les dijo, Eurialo recibiría todas las tierras del rey Latino como recompensa, así como a doce matronas latinas para que hiciera con ellas lo que quisiese. Recuerdo la oleada de pura rabia que me invadió cuando Seresto me contó aquello.
Así que los dos guerreros cruzaron reptando el terraplén en plena noche y avanzaron entre las fogatas apagadas, donde sus enemigos, atracados de carne y vino, yacían dormidos por todas partes. Pero en lugar de cruzar el campamento latino y continuar río arriba, se dedicaron a matar a los dormidos y a robarles las copas y las armaduras. Rebanaron el cuello a diez o doce hombres borrachos e indefensos antes de que quedara saciada su sed de sangre y su codicia y, finalmente, decidieran partir, cargados de botín. Pero una patrulla, que había visto un destello de las armaduras robadas y oído un tintineo, se les echó encima y los mató. Les cortaron las cabezas, las clavaron en sendas picas y, al amanecer, desfilaron con ellas ante el campamento troyano.
Cuando Silvia y yo habíamos espiado a los troyanos, vimos a Eurialo sobre la hierba, bromeando con Ascanio. «Qué apuesto», había dicho ella. Vimos cómo su madre le enderezaba el gorro rojo sobre la cabeza. Era la misma mujer que le había ofrecido a Eneas el tejido traído desde Troya como regalo nupcial para su hijo. Ella también vio las cabezas sobre las picas.
Aquella misma mañana, las tropas itálicas lanzaron un asalto total. A pesar de su inferioridad numérica, los troyanos resistieron. Sus arqueros diezmaron a los rutulianos y los aequianos en el foso y sus guerreros salieron al encuentro de los atacantes que trataban de escalar el terraplén y, espada en mano, los repelieron. Luchaban tan bien que a mediodía la mitad de nuestro ejército se había retirado y no se atrevía a asaltar de nuevo aquel foso y aquel terraplén. Luchaban tan bien que algunos de ellos, hartos de tener que defenderse, comenzaron a proferir gritos de victoria y abrieron las puertas del campamento para salir y expulsar al enemigo. Turno, que no conocía el miedo, se abrió paso a golpes y estocadas por las puertas abiertas, sin pararse siquiera a comprobar si sus hombres lo seguían. Solo, avanzó por el campamento enemigo, tan embargado por la furia asesina que los troyanos huían de él, hasta llegar al río. Saltó al agua, embutido en la armadura como estaba, nadó corriente abajo y regresó entre sus camaradas.
Aquel acto de temerario valor puso fin a la jornada. Los dos ejércitos estaban agotados y no se produjeron más asaltos. Aquella noche reinó el silencio en ambos campamentos.
A nosotros nos fueron llegando las noticias durante todo el día, poco a poco, acompañando a los heridos que regresaban o eran transportados hasta Laurentum. Aún seguían llegando después de anochecer. Algunos de ellos no estaban heridos, sólo cansados y aterrorizados. Habían abandonado la batalla y el asedio y no querían más luchas de momento. Eran latinos. Sus casas estaban en la ciudad o cerca de ella y sus parientes los acogieron. No había rutulianos, aequianos ni volscianos entre ellos.
Uno de los pastores reales, Urso, llegó con una herida de espada en el muslo. Le pregunté por Tirro y sus hijos, los dos hermanos que aún le quedaban a Silvia. Me dijo que habían estado luchando el día entero y que «el viejo era como un jabalí salvaje, loco de rabia, pero se le agotaron las fuerzas». Yo no conocía bien a Urso y no me reconoció hasta que otra mujer me llamó por mi nombre. Entonces me miró fijamente, enrojeció y comenzó a sudar. Se incorporó apoyándose en un codo.
—Todo esto es por ti, mujer —dijo—. ¿Por qué no te casaste con Almo? ¿O con ese rey, Turno? ¡Tantas muertes por el capricho de una mujer!
Las mujeres se acercaron e intentaron que se callara, escandalizadas, pero yo dije:
—Dejadlo tranquilo. Ha tenido que luchar por mí. —Me temblaba la voz, y un feroz rubor de vergüenza y rabia afloró a mi rostro y a mi cuerpo al decir—: Hago lo que tengo que hacer, Urso. Como todos.
Se quedó allí mirándome, pero no dijo nada.
Habíamos convertido el patio en una enfermería. A esas alturas estaba repleto de hombres heridos y de mujeres que los cuidaban, entre un murmullo de voces apagadas y gemidos, entre la trémula luz que proyectaban las lámparas de aceite en aquella cálida noche, bajo las hojas agitadas por el viento del gran laurel. El ala de las mujeres estaba cerrada y mi madre permaneció en su interior. Cuando se le pedía, ordenaba que sacaran provisiones, pero no abandonó sus aposentos en todo el día.
A comienzos de la mañana siguiente, poco antes del alba, la vi en la galería de los aposentos reales, sola. Vero, que estaba de guardia en aquella puerta, inclinó la cabeza ante ella. Amata entró. Abandoné mi soñolienta vigilia junto a un hombre agonizante y la seguí. No sé por qué pensé que debía defender a mi padre de ella.
Al acercarme por el pasillo oí su voz procedente del cuarto del rey, melosa al principio pero más dura y feroz a cada momento que pasaba.
—Aún no es demasiado tarde, Latino —decía—. Los extranjeros serán destruidos hoy mismo. No podrán resistir más tiempo. Su gran caudillo ha huido río arriba. ¡No volverá! Envía a buscar a Turno. Dile que es tu hijo, el marido de tu hija. Deja las riendas del poder en sus manos. ¿Por qué no? Ya has renunciado a tu poder, así que ¿para qué demorar lo inevitable? ¿Por qué te ocultas en la Regia? ¡Al menos podrías haber salido para presenciar la batalla! ¡Podrías haber cosechado parte del mérito por salvar al reino! ¿Acaso te has escondido aquí creyendo que los extranjeros vendrían a salvaros a Lavinia y a ti? ¿De verdad creías que iban a vencer a Turno? —Pronunció aquel nombre con apasionada energía.
Me detuve en el oscuro pasillo, junto a la puerta. El dormitorio debía de estar más oscuro aún.
—¿Qué quieres, Amata? —La voz de mi padre, teñida de sueño, era lenta y grave—. ¿Qué crees que quieres?
—Quiero que salves un poco de nuestro orgullo. ¡Es triste que Turno tenga que avergonzarse de su suegro! Levanta y sal de aquí. ¡Actúa como un rey!
—¿Y qué debo hacer?
Sentí vergüenza al oír esto.
—Actuar como un hombre por una vez, ya que no eres capaz de actuar como un rey. Y si quieres saber cómo actúa un rey, mira a Turno.
Se hizo el silencio, seguido por el sonido de un movimiento o de unos pies arrastrados por el suelo de la habitación oscura, al que siguió un brusco «¡Ah!» de mi madre.
—Ya basta —dijo mi padre, con voz aún más baja pero con un tono distinto—. Ya basta de Turno. No es mi hijo ni el tuyo. No es el esposo de Lavinia. Ni el tuyo. Ahora, vuelve a tus habitaciones. Guarda silencio. No envíes más mensajes a Turno. Mis hombres los han interceptado. Aunque derrote a los troyanos, eso no lo convertirá en el rey del Lacio. Nunca lo convertiré en el rey del Lacio. ¡Ni tú! Y ahora, vete.
Debía de estar agarrándola y en aquel momento la echó a empujones de la habitación. Salió como impelida, tambaleándose violentamente, y estuvo a punto de caer. Al instante, hizo ademán de volver a la puerta, pero él debió de amenazarla de algún modo, porque se detuvo y se quedó donde estaba, con los puños apretados y temblorosos a la altura de los hombros, sollozando palabras rotas que fui incapaz de entender. Entonces se revolvió con un extraño gemido, como un perro herido, y se alejó corriendo por el pasillo. No me había visto junto a la puerta. Yo estaba temblando de tal modo que apenas podía moverme, pero logré cruzar a hurtadillas el oscuro umbral de la puerta y seguí a mi madre al patio de los heridos y agonizantes, donde el cielo pálido enturbiaba la luz de las lamparitas.

—¿El peor momento? —Eneas reflexionó un momento—. El peor momento fue cuando descendimos por el río con las naves etruscas, con mis escasos seguidores, los griegos que Evandro había enviado y los etruscos de Caere. Contaba con llegar a nuestro campamento al alba. Como es natural, no sabía lo que había estado pasando, pero estaba preocupado. El joven Pallas había estado conmigo toda la noche, hablando, haciéndome preguntas... Era el hijo del rey Evandro.
—Nos conocimos de niños —dije—. Me llevó a la madriguera del lobo, cerca de Pallanteum.
—Era un buen chico. Estaba muy nervioso aquella noche, víspera de su primera batalla. Pobre muchacho, pobre Evandro... Bueno, el caso es que Pallas no dejaba de hablar, pero a mí me carcomía por dentro la sensación de que algo andaba mal. Llegamos a la desembocadura y nos adentramos en el río cuando el cielo empezaba a teñirse de gris. Vi cosas que flotaban río abajo a nuestro alrededor. Maderas a la deriva, pensé, procedentes de una tormenta río arriba. Pero eran negras. Un trozo grande chocó contra nuestra proa. Era la popa de una nave, carbonizada, devorada por el fuego. El río estaba lleno de pedazos de naves quemadas que arrastraba la corriente.
»Tarcón y Astur de Caere aparecieron a mi lado y, al cabo de un momento, Astur me preguntó: “¿Son las vuestras?”, y le dije que sí. Vi pasar el mascarón de proa de la Ida. Acates, que estaba a mi lado, dijo al cabo de un momento: “Debe de ser la flota entera.” Yo pensé lo mismo.
»“No hay cuerpos”, dije. Porque no se veía otra cosa que los fragmentos de las naves. Pero eso tampoco me animaba. Era como si hubieran tomado nuestro campamento, quemado las naves y masacrado a la gente. Le dije a Tarcón: “Temo haberte traído a una batalla perdida”, pero él negó con la cabeza. “Esperemos a ver”, dijo. Los etruscos son un pueblo extraño. Parecen vivir a medias en el otro mundo. Así que nos pusimos la armadura, por si nos atacaban con flechas al bajar a tierra, y seguimos remando río arriba por aquellas aguas rebosantes de madera quemada. El olor del incendio estaba por todas partes.
»Doblamos el gran meandro al alzarse el sol. Vi el fuerte, el campamento. Las naves habían desaparecido, pero el terraplén seguía allí, guarnecido de hombres... con yelmos troyanos. El corazón me dio un vuelco. Levanté el escudo todo lo posible y llamé a gritos a mis hombres del campamento. Los primeros rayos del sol cayeron sobre el bronce y se reflejaron en él levantando una gran llamarada. Y los hombres, desde la costa, respondieron a mis gritos, primero los centinelas y luego todos los demás. No estaban muertos ni dormidos. Estaban preparados. Después de aquello, no hubo muchos momentos de preocupación.
Recuerdo las palabras de Eneas tan bien como las del poeta. Recuerdo cada palabra porque forman la tela de mi vida, el hilo del que estoy tejida. Toda mi vida, desde la muerte de Eneas, puede parecer un jirón desgarrado e incompleto del telar, una maraña informe de hebras que no significa nada, pero no es así, porque mi mente, al igual que la lanzadera, siempre regresa al lugar inicial para buscar el patrón y continuar con él. Yo era hilandera, no tejedora, pero he aprendido a tejer.

Mi opinión sobre Turno es que no era capaz de ver más allá del momento. Su respuesta ante las emergencias era instantánea, activa y completa. Donde fallaba y vacilaba era en el pensamiento consiguiente, en la contención con un objetivo. En esto, por supuesto, es donde destacaba Eneas. En la emergencia, en el momento de la decisión, Eneas podía titubear, confundido, pensando en el desenlace, desgarrado entre posibilidades y exigencias conflictivas. En una tormenta de indecisión, buscaba a tientas su propósito, su destino, hasta encontrarlo. Entonces, una vez tomada su decisión, actuaba basándose en ella. Y en esta actuación su resolución era inflexible. Posteriormente podía reflexionar sobre lo que había decidido hasta la extenuación, cuestionar incesantemente su consciencia, nunca seguro de haber hecho lo correcto.
Pero Turno nunca miraba hacia atrás, como nunca miraba hacia delante.
Creo que, realmente, no conocía el miedo. Pero un hombre que carece de miedo carece al mismo tiempo de humanidad. Los hombres lo seguían por su brillante audacia, pero no se ponía al frente de ellos. Hacía frente a los sucesos a medida que se presentaban, así que los sucesos lo zarandeaban y lo llevaban de acá para allá hasta que perdía de vista lo que había que hacer y parecía actuar por capricho. Así, era capaz de romper un tratado dos veces sin pensarlo. O marcharse del campo de batalla, dejando a sus hombres sin guía. Y al fin, cuando tuvo que enfrentarse a lo implacable, pareció actuar movido por una especie de pánico. Pero no era miedo, ni siquiera entonces. Era el encuentro de la temeridad y la reflexión.
Eneas, incapaz de perdonarse a sí mismo, no me concederá ni siquiera este templado juicio. De Turno dirá: «Era joven.»
En cualquier caso, Turno estaba más que capacitado para reaccionar a lo imprevisto. Al ver que los barcos etruscos remontaban el río al amanecer, reunió a sus rutulianos y a sus demás aliados y se preparó con sus ejércitos para hacer frente a Eneas y a sus aliados cuando desembarcaran.
Algunas de las naves pudieron desembarcar tras las fortificaciones troyanas, pero la corriente arrastró a la mayoría al otro lado y los hombres que desembarcaron se encontraron en grave situación de desventaja al ser atacados por los hombres de Turno. Los arqueros y los lanceros de los barcos los cubrieron con una lluvia de hierro y los troyanos tuvieron que hacer una salida desde el campamento para defenderlos. Muchos itálicos, troyanos, griegos y etruscos no vieron el mediodía de aquella mañana. Y la matanza continuó y continuó. Lucharon río arriba, y sobre los verdes campos y entre los matorrales de la costa. El regreso de su líder había alentado inmensamente a los troyanos y Eneas tuvo que contenerlos para impedir que se dispersaran en violentas cargas, puesto que, a pesar de los nuevos refuerzos, estaban en gran inferioridad numérica. Los mantuvo, según me contó Seresto, en buen orden defensivo alrededor de su campamento y de las naves etruscas, a fin de que tuvieran donde replegarse si era necesario. Y la batalla se prolongó bajo los calores de junio, hora tras hora, hombre contra hombre.
Turno estaba furioso con Evandro por aliarse con los troyanos contra él. Al ver a su hijo Pallas luchando con el joven Lauso, vio la ocasión de vengarse. Gritó que aquella pelea era suya y obligó a Lauso a retroceder. Pallas hizo un valiente intento de enfrentarse a él, pero Turno lo mató con un atroz golpe de su lanza de punta de bronce que le atravesó el escudo y el cuerpo. Entonces se colocó sobre él.
—Enviádselo al traidor de su padre tal como merece recibirlo —dijo, y colocando un pie sobre su cuerpo, tiró con todas sus fuerzas del pesado cinto de oro que el muerto llevaba sobre el pecho hasta arrancárselo. Luego se marchó con su trofeo, agitándolo en el aire entre carcajadas.
Al verlo, Eneas sintió que lo invadía la furia. Ordenó a Seresto que mantuviera a los troyanos juntos y fue en busca de Turno. De camino iba matando hombres a derecha e izquierda, implacable, brutal. Ahora era como un perro rabioso entre las ovejas. Los latinos huían de él igual que habían huido los troyanos de Turno en el campamento.
Pero Turno no estaba por ninguna parte. Después de matar a Pallas había desaparecido. Ninguno de los hombres con los que hablé supo nunca qué fue de él durante la larga hora que pasó Eneas buscándolo por el campo de batalla, desafiándolo para que acudiera a luchar con él. Sin duda estaba descansando, recobrando el aliento en algún lugar sombreado de la colina, pero eligió un curioso momento para hacerlo.
Fue Mecencio, el viejo tirano etrusco, quien hizo frente a Eneas. Los hombres que lo presenciaron dijeron que lucharon como iguales. Cuando Eneas alcanzó al veterano guerrero con una lanza, los hombres de Mecencio lo rodearon y lo subieron a un caballo mientras su hijo Lauso cubría su retirada. A pesar de su juventud, Lauso luchó valientemente con Eneas. Tras gritarle en vano que desistiera de atacarlo, el troyano lo mató de una estocada. Luego siguió a Mecencio hasta la orilla del río. Al saber qué había sido de su hijo, el viejo tirano se volvió y gritó a Eneas:
—¡Vamos, pues! ¿Qué importa mi muerte ahora? —Y cargó. Eneas tuvo que abatir al caballo de un golpe entre los ojos. Herido y atrapado bajo el cuerpo de su montura, el viejo luchó como un oso hasta que Eneas le rebanó la garganta.
Muchos itálicos que presenciaron aquella pelea se preguntaron por qué era Mecencio, y no Turno, el que se enfrentaba al capitán de los troyanos.
La furia abandonó a Eneas entonces. Regresó al lugar donde yacía el cuerpo de Pallas y, entre lágrimas, dio orden de que lo prepararan para llevárselo a su padre, Evandro, con una guardia de honor, aunque no con esclavos para sacrificarlos, como dijo el poeta. No sé cómo pudo pensar mi poeta que sus propios hermanos itálicos cometerían semejante atrocidad. Puede que los griegos sí fueran capaces. A pesar de que todo lo que cantaba mi poeta era cierto, había pequeñas inexactitudes en esa verdad, y he tratado de remendar aquel gran tejido al relatar mi papel en aquellos sucesos. El caso es que, en aquel momento, Eneas retiró a sus hombres del campo de batalla. Los itálicos ya estaban replegándose, no a sus posiciones alrededor del campamento troyano, sino varios kilómetros más allá, en dirección a la ciudad.
A esas alturas, Laurentum estaba repleta de heridos y refugiados, cuyo número iba aumentando sin cesar. Por todas partes reinaba una sensación de agotamiento, confusión y falta de propósito. Pero entonces se presentó Turno, aparentemente ajeno al sentimiento reinante. Cruzó las puertas de la ciudad en su hermoso semental, arrojó las riendas a un mozo de establo en la calle de la Regia y entró a grandes zancadas, apuesto y sonriente, erguido y muy alto con su yelmo de elevada cresta. Llevaba el brillante cinto dorado de Pallas sobre el hombro. Lo vi llegar con Messapo y Tolumnio, el augur rutuliano, desde la torre de guardia. Al poco, mi madre cruzó el patio hasta las salas de recepción, pasando entre las improvisadas camas de los heridos. Yo me dirigí abajo. Mi padre no estaba en sus aposentos, así que supongo que había abandonado su escondite y había ido a encontrarse con Turno y los demás capitanes. Esto me alegró. Había muchas cosas que hacer por los habitantes de la Regia y estuve ocupada toda la tarde, hasta que Drances vino a buscarme al granero.
Es cierto que Drances nunca me había gustado mucho. No era como los viejos granjeros y guerreros que conformaban el círculo de amigos y consejeros de mi padre. El era blando, flexible y entusiasta. No dejaba sus opiniones como una pesada roca sobre la mesa como ellos, como retando a moverla a cualquiera que se atreviese a intentarlo. Sus opiniones parecían pesar muy poco, ser ligeras y etéreas, una mera brisa de palabras. Pero la mayoría de las veces se salía con la suya. Era un hombre de la ciudad, un político. Para él, mi madre y yo éramos personas poco importantes en puestos de gran importancia táctica. Tenía que tratar con nosotras por necesidad. El veía a las mujeres como si fueran perros o ganado, miembros de otra especie a los que sólo había que tener en cuenta si eran útiles o peligrosos. Para él, mi madre era peligrosa y yo insignificante, salvo cuando podía aprovecharse de mí.
Sin embargo, poseía una aguzada percepción sobre las relaciones, más propia de las mujeres que de los hombres. Sabía que yo le tenía miedo a Amata, que había escapado de ella y me había refugiado en los aposentos reales, que ella estaba enamorada de Turno, que yo no, que mi padre y ella discutían. Todo esto era grano para su molino. Siempre se había opuesto a mi compromiso con Turno, supongo que porque veía a éste como una amenaza al poder del Latino, alentado por el favoritismo de Amata, y porque sentía envidia de la espléndida y desdeñosa masculinidad del rutuliano y quería desbaratar sus planes. Cuando salía del granero, me detuvo y me dijo, sin que nadie pudiera oírnos:
—Hija de Latino, no temas que tu padre permita que te entreguen al rutuliano. Nuestro rey no ha podido impedir que se quebrantara el tratado, pero no se producirá el sacrílego matrimonio. Descansa tranquila. Confía en mí.
Le di las gracias y permanecí con la mirada baja. Sabía lo que pensaba de mí, la chica que no entendía nada, la insignificante mujer por la que todo el mundo estaba librando una guerra.
Aun así, le estaba agradecida por decir lo que había dicho. Aunque la guerra no había ido como esperaban y a muchos de ellos los preocupaba haber quebrantado el tratado y desafiado el oráculo, la mayoría del pueblo seguía respaldando a su reina y a su héroe contra el extranjero. Y asumían que actuaba obedeciendo mis deseos. La debilidad de mi padre me había dejado sola y aislada. No había nadie a quien pudiera decirle la verdad, nadie a quien pudiera contarle lo que había en el fondo de mi corazón. La lealtad de Maruna era incuestionable, pero no podía dejar mi carga sobre los hombros de los que carecían de todo poder. Ella sabía lo que había en mi corazón, pero no podíamos hablar con libertad.
A la mañana siguiente, Latino envió mensajeros al campo de los troyanos para pedir una tregua, con el fin de realizar los ritos religiosos y enterrar a los muertos. La ribera y las tierras estaban cubiertas de cadáveres en más de un kilómetro a la redonda.
Drances fue uno de los mensajeros, y al volver a Laurentum puso mucho empeño en verme y contarme lo que había ocurrido.
—Le hemos dicho al líder de los troyanos que, como seguramente no tiene nada contra los muertos, esperábamos que nos permitiera ofrecer un entierro decente a hombres que podrían haber sido sus anfitriones y los suegros de sus hombres —dijo—. Al instante nos ha respondido de manera muy directa: «Me pedís paz para los muertos. Se la concedería a los vivos si estuviera en mi mano. ¿Por qué estamos en guerra? Si Turno no quiere honrar el tratado de su rey, si quiere expulsarnos del Lacio, dejad que se enfrente a mí espada en mano. ¡Entre los dos podríamos evitar todas estas muertes!» Ah, tendrías que haberlo visto cuando dijo esto. ¡Qué hombre! ¡El hombre al que estás prometida!
—Ya lo he visto.
Al oír esto, quedó en completo silencio y me miró fijamente.
—Espié el campo troyano desde la colina, el día después de su llegada —dije—. Eneas es un hombre alto, de pecho profundo y grandes manos. Habla en voz baja. Sus ojos están llenos de sombra, humo y fuego, porque ha visto arder su ciudad.
Drances siguió mirándome. El perro había hablado.
—Dices la verdad, hija del rey —acertó a responder al fin.
Bajé la mirada hacia mi huso y dejé que cayera para convertir la lana en una fina hebra.
—Sigue contándome lo ocurrido, por favor.
Drances se recompuso y continuó. Había dado las gracias a Eneas, me contó, y le había prometido que reviviría el tratado con Latino.
—«Turno busca sus propias alianzas», le dije. «¡Nosotros preferiríamos ayudarte a reconstruir Troya aquí, a nuestro lado!» Así que acordamos una tregua de doce días. Y ahora los troyanos saben que Turno no es aún el gobernante del Lacio. Es un buen fruto para un día de trabajo. Dudo que el pueblo vuelva a la guerra, decidan lo que decidan Turno y Messapo.
—La decisión le corresponde al rey —murmuré.
—Por supuesto, por supuesto. ¡Pero ten confianza, Lavinia! ¡Tu padre nunca desafiará al oráculo!
Asumía demasiadas cosas, pensé. Me incliné ligeramente y me alejé de él. Por mucho que le diera palmaditas al perro, éste se negaba a menear la cola.

Aquella tarde, la gente salió de las granjas y de la ciudad y encontró a sus hijos, a sus padres y a sus hermanos muertos en el campo de batalla. Algunos llevaron a sus casas los cadáveres para lavarlos, velarlos y enterrarlos. Otros levantaron piras en el mismo sitio donde habían caído, de modo que aquella noche, todos los campos al norte de Laurentum estaban sembrados de fogatas y el humo oscureció las estrellas. Todos los leñadores del Lacio trajeron madera de los bosques y, al día siguiente, se levantó una gran pira colectiva junto a las murallas de la ciudad, para los hombres que vivían demasiado lejos como para llevarlos a sus casas. Ardió el día entero. La tristeza flotaba sobre la ciudad, oscura y densa como el humo.
Nos dijeron que los troyanos estaban quemando a sus muertos en la orilla del río. Los que presenciaron la ceremonia nos dijeron que varios jóvenes corrieron tres veces alrededor de la pira, a pie, antes de que lo hicieran otros a caballo, mientras los demás chillaban y lanzaban conchas al fuego. Los guerreros arrojaron las armas arrebatadas a sus enemigos a la pira que consumía a sus amigos. El rito no era como los nuestros, pero al mismo tiempo se les parecía mucho. No había nada extraño en él.
Los días siguientes transcurrieron en una inactividad y una inquietud extraña. Cuidamos a los heridos en la Regia y en diversas casas por todo Laurentum. Algunos se recuperaron, otros murieron. No supimos nada de los troyanos. A todas luces estaban esperando a ver lo que respondíamos a la oferta de Eneas de resolver la cuestión con un combate singular entre Turno y él y una restauración del tratado. Pero mi padre no les envió mensajeros. Al igual que su pueblo, estaba indeciso.
Drances se había asegurado de que lo que le había dicho Eneas se oyese por todas partes, y mucha gente, en la rabia inspirada por el dolor, gritó que la guerra estaba maldita. Era todo culpa de Turno, quien había quebrantado la tregua concertada por Latino. Si quería a la hija del rey, que peleara mano a mano con el troyano y que una sola vida pagara por todas. Pero había muchos otros que temían a los extranjeros y que decían que la guerra era nuestra salvación, que los troyanos y sus aliados habían venido para arrasar nuestra tierra y que Latino sólo podía salvar el Lacio enviando a nuestras fuerzas, capitaneadas por Turno, para destruir o expulsar a los invasores.
Cuando finalmente Latino decidió convocar al consejo, descubrió que en su seno se reflejaba la misma división de opiniones. Por si fuera poco, en aquel momento recibieron una mala noticia procedente de Diomedes, el griego que había fundado una ciudad en el sur y al que le habíamos pedido tropas. Se negaba a enviarlas. Con toda diplomacia, les dijo a nuestros emisarios que luchar contra los troyanos era una estupidez.
—Nosotros los combatimos durante diez años —dijo—, y aunque al final vencimos, ¿cuántos regresamos a casa? Nuestra victoria sólo nos proporcionó naufragios, muertes y exilios. Eneas no es un hombre corriente. Lleva sus dioses consigo. ¡Mantened la paz, respetad el tratado firmado y envainad las espadas!
Amata y yo estuvimos presentes en aquella reunión, sentadas en la parte de atrás, ocultas en las sombras tras el trono de Latino. Con nosotras se encontraba la princesa Juturna, la hermana de Turno, que había acudido desde Ardea para estar a su lado. Era muy hermosa, con unos ojos azules parecidos a los de él, pero más extraños, unos ojos que parecían contemplar el mundo a través de una capa de agua. Había hecho voto de castidad, decía la gente. Según algunos, porque el río Juturna, a quien debía su nombre, le concedería ciertos poderes mientras permaneciera virgen; según otros, porque la habían violado de niña y desde entonces no soportaba la proximidad de ningún hombre que no fuese su hermano. Ignoro la verdad. Se limitó a hablarnos con la mínima urbanidad, en voz muy baja, llamándonos tía y prima respectivamente, y a sentarse allí y asistir al consejo con la cabeza y los hombros cubiertos por un velo grisáceo y traslúcido.
Cuando el emisario griego terminó de hablar, estalló entre los consejeros un murmullo, y luego una discusión abierta que habría desembocado en un griterío de no ser porque el rey se levantó y alzó lentamente los brazos. Todos quedaron en silencio. Latino inclinó la cabeza y el silencio se hizo aún más profundo. Volvió a sentarse en su gran sitial y dijo:
—¡Ojalá hubiéramos resuelto antes este asunto tan importante! Más vale no reunir al consejo cuando el enemigo está a las puertas. Pueblo mío, libramos una guerra injusta contra un enemigo al que no podremos conquistar, porque, a diferencia de nosotros, obedece la voluntad del cielo y de la tierra. Hemos quebrantado nuestros sagrados deberes y ellos no. No podremos derrotarlos. Sé que mi mente ha vacilado en este asunto, pero ahora estoy convencido. Escuchad lo que propongo. Entreguémosles las tierras que poseo más allá de Sicania, las ásperas tierras de labranza de la falda de las colinas y los pinares de las montañas. Pidámosles que levanten allí su ciudad y se unan a nuestro reino. O, si desean marcharse, ayudémoslos a reconstruir sus naves. Enviemos emisarios con regalos para sellar el tratado ahora mismo. Meditad bien mis palabras y aprovechad esta oportunidad para librar a nuestro convulsionado pueblo de la derrota.
Se hizo un silencio, pero no un silencio frío. Todos sabían que su rey era un hombre valiente, un guerrero que no se rendiría con facilidad, un hombre de piedad que había oído la clara voz del oráculo y estaba decidido a obedecerla. Estaban pensándolo.
Por desgracia, Drances se levantó entonces y comenzó a hablar. Habló con la misma viveza y fluidez que de costumbre, pero con una ardiente malevolencia dirigida a Turno. Le dijo que la guerra era obra suya, que la derrota también y que, por tanto, le correspondía a él acabar con ello, salvo que estuviera tan ávido de gloria y tan hambriento de la dote de una hija de rey que quisiera volver a dirigir nuestros ejércitos «dejando nuestras vidas inútilmente derrochadas sobre los campos, sin que nadie las entierre, sin que nadie las llore, sin que nadie las conozca. ¡Pero si tienes valor de verdad, te enfrentarás al hombre que te ha desafiado!».
Como es lógico, Turno respondió a esto diciendo que Drances era un cobarde que jamás había estado en el campo de batalla y cuya lengua hablaba de valor mientras sus pies emprendían la retirada. ¡La alianza latina no estaba vencida, ni mucho menos! ¿Acaso no habían teñido el Tíber con la sangre de los troyanos? Puede que el griego Diomedes tuviese miedo a Eneas, pero Messapo no se lo tenía, ni tampoco Tolumnio, y los volseianos no conocían el significado de esa palabra.
—¿Así que ese héroe me desafía a luchar? Espero que lo haga. De ese modo aplacaré a los coléricos poderes con mi muerte o ganaré fama imperecedera con mi valor. ¡Mejor yo que Drances!
Un murmullo de aprobación se alzó entre lo consejeros de mayor edad, pero Latino intervino para detener el intercambio de bravatas e insultos. Se disponía a hablar de nuevo cuando un mensajero irrumpió corriendo bajo la efigie de Venus y exclamó:
—¡El ejército troyano avanza sobre la ciudad!
En seguida lo siguieron otros mensajeros y la llegada, por las puertas abiertas de la sala, de un enorme revuelo alarmado, como si una bandada de gansos o cisnes hubiera empezado a graznar en las marismas.
Turno aprovechó la ocasión sin perder un momento.
—¡A las armas! —gritó—. ¿Vamos a quedarnos aquí, predicando la paz, mientras el enemigo cae sobre nosotros? —Salió corriendo, llamó a sus capitanes y empezó a impartir órdenes a los que se quedarían en la ciudad y los que cabalgarían a su lado. Latino no habría podido detenerlo aunque lo hubiera intentado. Y no lo intentó. Permaneció sentado en el trono, inmóvil, mientras el consejo se disolvía y los consejeros salían corriendo para averiguar qué estaba sucediendo. Drances trató de hablarle, pero el rey, sin prestarle atención, le ordenó con un ademán que se marchara. Finalmente, se incorporó y, pasando entre las mujeres, regresó a sus aposentos. No nos miró ni pronunció palabra.
Amata me cogió de la mano.
Sin pensarlo, como si la suya estuviera hecha de fuego o de hielo, la aparté y me quedé allí mirándola, preparada para pelear o para echar a correr si trataba de tocarme de nuevo.
Me miró.
—No voy a hacerte daño —dijo al fin, con un tono casi infantil.
—Ya me has hecho bastante daño —repliqué—. ¿Qué quieres?
—Pensé... —dijo con voz titubeante, aún mirándome fijamente, como si apenas me conociera—. Creo que deberíamos mostrarnos ante el pueblo... en el altar del lar Popularis.
Tenía razón. Con el rey escondido y el enemigo a la ofensiva, el pueblo necesitaba la certeza inmediata de que todo andaba bien con la familia real y los poderes que protegían la ciudad. Asentí. Me disponía a ponerme en camino cuando me volví y le dije a Juturna.
—Ven tú también. —No tenía autoridad para dar órdenes a la hermana de un rey, pero ella, tras envolverse en su velo grisáceo, obedeció sin pronunciar palabra.
Salimos y caminamos por las calles hasta la plaza donde se encontraba la capilla dedicada a los espíritus protectores de la ciudad. Mientras andábamos, muchas mujeres salieron de sus casas y acudieron corriendo para unirse a nosotras. Amata, que se había adelantado, encendió el incienso, pero era yo la que había estado con el rey ante aquel altar un centenar de veces y la que pronunció las palabras que siempre utilizaba para ofrendar el deber y el respeto del pueblo al lar, espíritu y poder morador de la frontera y de la ciudad amurallada, hogar de nuestro pueblo.
Las mujeres que nos rodeaban inclinaron la cabeza o se arrodillaron y el pueblo que abarrotaba las calles, los tejados y las murallas guardó silencio y escuchó.
Sentí fluir hacia mí una amorosa confianza, una crecida de sentimientos que llenaron mi mente de humildad y, al mismo tiempo, de una sensación de tranquilidad. Yo era su hija, su esperanza de futuro, una muchacha impotente que, al mismo tiempo, podía hablar por ellos ante los grandes poderes, un mero objeto de canje político y al mismo tiempo el símbolo de lo que realmente era importante para todos nosotros. Finalizado el ritual, permanecí entre mi pueblo en silencio, todos en silencio como las aves que se congregan por centenares en la playa al anochecer, sumidas en algo que parece una veneración colectiva.
Y así fue como oímos los ruidos procedentes del otro lado de las murallas: el tronar, el fragor y el entrechocar, los relinchos, los chillidos y el estruendo de los cascos y los pies, el sonido de un ejército que se aprestaba para la guerra.

El recuerdo de la dulzura de aquella ceremonia en la capilla del lar del pueblo fue mi solaz y mi escudo en los oscuros tiempos que siguieron. Algo había cambiado en el equilibrio de las cosas. Ya no tenía que ocultarme, aislada de las corrientes del sentir popular. El pueblo me mantenía a flote, me sostenía. Había restaurado mi valor.
Y, sin embargo, no parecía haber razones para sentir tal confianza. Toda esperanza de obedecer al oráculo o de cumplir con mi destino, tal como lo relatara el poeta, parecía perdida. Cuando mi padre propuso aplacar a los troyanos dándoles tierras o construyendo barcos para ellos, no hizo mención alguna a mi papel en el trato original. Parecía que no merecía la pena hacerlo. Mi madre ya tenía lo que quería: la guerra contra los extranjeros bajo el mando de Turno, señor del reino y de la hija del rey. A pesar de lo cual, regresó a la Regia con la misma expresión de aturdimiento en el rostro y se encerró en sus habitaciones mientras yo me liberaba al fin de mi reclusión. Encontré la benevolencia en los ojos de los hombres de las calles y de las mujeres de mi casa. Pronunciaban mi nombre con ternura. Me sentía bienvenida, protegida. Mi hogar volvía a ser mío, aunque estuviera bajo asedio.
Fui a los aposentos del rey y hablé brevemente con él. Demacrado y envejecido, con los ojos hinchados e inyectados en sangre, me dijo que fuera a verlo cuando hubiese alguna noticia de gran importancia, pero que, por lo demás, lo dejara en paz. No se encontraba bien. Le pedí que descansara y durmiera un poco. Vero y yo recibiríamos a los mensajeros e iríamos a buscarlo si era necesario. Así que pasé parte de aquel día en el atrio y en la puerta de la Regia, con Gaio y otros miembros de la guardia del rey, recibiendo correos procedentes del campo de batalla.
Había un trasiego constante de hombres y noticias entre la ciudad y los campos circundantes, donde los volscianos y los latinos estaban tomando posiciones para la batalla bajo el mando de Messapo y los capitanes volscianos. Nuestros exploradores afirmaban que Eneas había enviado a su caballería y a los etruscos en vanguardia, mientras él conducía al resto de las tropas hacia las colinas del nordeste de la ciudad. Según Vero, su objetivo parecía ser caer sobre nuestras fuerzas desde dos direcciones a la vez. Así que Turno había llevado a sus rutulianos a las colinas con la intención de tender una emboscada a los troyanos en los dos extremos de cierto paso. Yo conocía el lugar, el paso de Golo lo llamaban los pastores, una barranca angosta y oscura. Un ejército que se aventurara por allí podía muy bien resultar atrapado.
Durante algún tiempo, las noticias nos fueron llegando con regularidad. A media tarde se produjo una pausa. Dejé a Vero al mando en la puerta y subí corriendo a la torre de vigilancia. Sólo para echar un vistazo, pensé.
Me coloqué sobre el parapeto y desde allí contemplé los campos de instrucción y las tierras situadas al norte de la ciudad, más allá de los tejados y de las murallas. Al otro lado de las fortificaciones se encontraban los volscianos, formados en varias filas largas e irregulares, con sus yelmos de cresta negra. Tras ellos estaban nuestros latinos, abigarrados con las armaduras y los yelmos heredados de sus padres. Los caballos estaban inquietos y sus jinetes los dejaban bailar y corcovear. Delante de los volscianos se encontraban los arqueros y un grupo de soldados armados con unas lanzas largas y livianas. Algunos de ellos parecían nerviosos como los caballos, mientras que otros, de aspecto aburrido, conversaban apoyados sobre sus armas.
Desde la torre se disfrutaba de la mejor vista de la ciudad, y puede que los que estábamos en ella fuéramos los primeros en ver el reflejo de la luz sobre las puntas de metal de las lanzas, más allá de los campos del norte.
Un muchacho montado en un poni llegó cruzando los pastos. El animal estaba cubierto por una espuma blanca y el muchacho venía gritando. No pude oír sus palabras, pero seguro que eran «¡Ahí vienen!». Y ahí venían, en efecto.
El erizado resplandor de las puntas de lanza en la lejanía, cada vez más próximo, era muy hermoso. El aterrador golpeteo de las patas de los caballos a galope hacía temblar el aire. Por todas las líneas de hombres desplegados delante de la ciudad, las lanzas y las jabalinas se levantaron a la luz del sol, mientras los caballos comenzaban a piafar, a agitarse y a luchar con las riendas. Entonces, las trompetas de los etruscos lanzaron sus señales de guerra, algunas de ellas profundas y graves, otras de argentina dulzura. Los atacantes avanzaron; los defensores se mantuvieron firmes. Por un momento, fue como si todo se detuviera y permaneciese inmóvil. Con el bramido de los cuernos y un estruendoso grito de voces masculinas, flechas, jabalinas y lanzas echaron a volar como una fugaz manta de oscuridad que atravesó el aire entre los dos ejércitos. Bajo la lluvia de hierro se encontraron cara a cara hombres de a pie y jinetes, cuerpo a cuerpo.
Os cuento lo que vi tal como lo vi, sin entenderlo. Unos hombres corrían en dirección a la ciudad y convergían sobre las puertas. Pensé que eran los atacantes. No pude entender por qué de repente daban la vuelta y se lanzaban contra otros que, al encontrarse, alzaron las espadas y lucharon con ellos. Los hombres huyeron de la ciudad, con los escudos sujetos detrás mientras corrían, y con ellos corrieron también jinetes y caballos sin jinete, y otros hombres que los seguían, hasta que, de repente, los perseguidos dieron la vuelta y las espadas volvieron a subir y bajar, y se alzó el espantoso sonido de los chillidos humanos. Esto se repitió una vez tras otra. Era como si las olas del mar se acercaran a la ciudad y luego se retiraran. Pero la espuma estaba hecha de polvo, un polvo estival denso y oscuro. Tras esto cesaron las carreras y los requiebros y no quedaron más que grupitos y parejas de hombres que luchaban sobre el polvo con sus espadas, o se arrojaban sus pesadas lanzas o intentaban ensartarse con ellas, y la sangre corría allí donde mordía la espada y penetraba la punta de la lanza. Mars, Mavors, macte esto. No sé cuánto tiempo duró. Permanecí allí, aferrada al parapeto de la torre, con Maruna y otras mujeres, como otras mujeres y otros niños que, sobre los tejados y sobre las murallas, veían cómo mataban los hombres a los hombres.
Las atronadoras trompetas volvieron a sonar. Lejos, allá en los campos, un grupo de jinetes avanzó como una masa sólida, como una sombra, sobre las cosechas en maduración y las veredas de los pagos, bajo la luz calurosa y sesgada, rebosante de polvo. Ante ellos, las líneas y grupos de guerreros cedían. En seguida, el movimiento se transmitió por todas partes, todos se volvieron y corrieron hacia la ciudad, los volscianos con sus yelmos de cresta de crin negra, todos ellos corrieron hacia las murallas. Los dos ejércitos, todos los hombres de los campos, corrieron hacia las murallas en medio de una nube de polvo, fino polvo de los campos de cultivo que se levantaba en nubes entre doradas y pardas, mientras la luz del sol formaba extrañas oquedades y pasillos por los que se movían las formas y las sombras de los caballos y los hombres.
Las puertas de la ciudad estaban abiertas. Lo habían estado durante toda la batalla. «¡Debo bajar y ordenar que las cierren!», pensé. Maruna me asió por el brazo. No entendí por qué. No podía oír lo que me decía. Me pegó la boca a la oreja y gritó:
—¡Los guardias defenderán las puertas! ¡Quédate aquí! ¡Quédate aquí arriba!
Al mismo tiempo que se apartaba, algo pasó entre nosotras, perfectamente silencioso, y se quedó inmóvil sobre la plataforma. Un pájaro, pensé yo, han disparado un pájaro. Pero entonces vi que era una flecha. Estaba allí quieta, con su alargada y brillante punta de bronce y los penachos de plumas tiesas, inofensiva. No podía oír nada porque el ruido procedente de las puertas y de los tejados y las murallas de la ciudad era atronador; un chillar, un aullar que llenaba el mundo y la mente. Desde la torre no podíamos ver lo que sucedía en las puertas, pero veíamos a quienes sí podían, en las murallas situadas sobre la entrada y cerca de ella. Algunos estaban contemplando cómo caían sus hijos o sus maridos, segados por una espada de bronce delante de la puerta de su ciudad.
Vimos que los etruscos se retiraban, seguidos por los volscianos de cresta negra, aunque en menor número y más despacio. Los volscianos se detuvieron al otro lado del foso. Los etruscos continuaron cien pasos más antes de detenerse, hicieron volverse a sus caballos y permanecieron inmóviles en la penumbra mientras se posaba el polvo. Se produjo una larga pausa y, lentamente, el griterío fue remitiendo y subiendo de tono, hasta que no quedaron de él más que los chillidos y los gemidos de los heridos y los afligidos.
—Mirad, mirad —dijo una mujer, y al volvernos en la dirección a la que señalaba, vimos una columna de hombres que se acercaba a paso ligero, aunque en la distancia parecían lentos, desde las colinas del oeste.
—¡Es Turno, viene Turno! —saltó el grito de tejado en tejado.
—¿Dónde ha estado todo el día? —exclamó un anciano, pero su voz se vio ahogada por los vítores y las aclamaciones ante la llegada de Turno y sus rutulianos. Sin embargo, los vítores fueron remitiendo y no duraron demasiado. En algún lugar cercano a la puerta una mujer sollozaba con un jadeante ululato de intolerable agudeza y rebosante de dolor.
En ese momento bajé a las puertas de la Regia. Así que no vi, como los demás, que Eneas bajaba con los troyanos desde las colinas por la misma vereda que había tomado Turno, y a poca distancia.
Los etruscos retrocedieron un poco más para reunirse con los troyanos. Lo que quedaba de nuestros hombres y de nuestros volscianos acampó con los rutulianos de Turno, entre el terraplén y las murallas de la ciudad. Pasaron toda la tarde profundizando el foso y aprestando las defensas de la puerta.
Yo no vi nada de todo esto. Al principio me encontraba con las mujeres, ocupándonos de los numerosos heridos que ocupaban el patio, y vi que mi madre pasaba por la galería en dirección a la sala del consejo. Al instante —aunque me detuve en la fuente del laurel para lavarme apresuradamente la sangre de las manos y los brazos y bañarme el rostro en el bendito frescor del agua— la seguí.
Me reuní con Juturna y con ella en el fondo de la sala del consejo. Mi padre estaba sentado en el trono de patas curvas y cruzadas. Ya no parecía el anciano tembloroso de la última vez, sino que se le veía erguido y majestuoso con su toga de reborde rojo mientras escuchaba a Turno. Drances también se encontraba allí, así como Vero y algunos de los guardias y caballeros, pero sólo parte del consejo. La mayoría de la gente estaba ocupándose de sus heridos, llorando a sus muertos o participando en las tareas de fortificación.
Turno llevaba aún toda la impedimenta, aunque de hecho no había luchado en todo el día. Estaba cubierto de polvo y tenía el rostro tenso y pálido. Ya no se pavoneaba. Parecía joven, ansioso y más hermoso que nunca. Amata y Juturna lo observaban en silencio con ojos anhelantes. Estaba ofreciendo a Latino un informe sobre el estado del ejército aliado, sin tratar de disimular el hecho de que su emboscada había fracasado ni negar que los volscianos habían emprendido la huida y habían estado a punto de provocar que los etruscos irrumpieran en la ciudad. Pero alabó a Messapo, a Tolumnio y a las tropas latinas, así como a los ciudadanos, por mantenerse firmes en la defensa de las puertas.
—Mañana —dijo mi padre—, tus hombres y tú estaréis con ellos. Y Eneas y sus hombres estarán con los etruscos.
—Sí —afirmó Turno. Hubo una pausa. Cambió de posición, separó ligeramente las piernas y levantó la cabeza—. No vacilaré. No quiero demoras —dijo con voz extraña y cada vez más alta—. Si el pueblo dice que quebranté el tratado, si los troyanos lo creen así, les daré satisfacción. Repite los ritos, rey Latino, renueva los términos del acuerdo, mañana por la mañana, delante del pueblo entero. Aquí y ahora juro ante ti que limpiaré la mancha de la cobardía de nuestro pueblo. Deja que ese troyano, ese hombre que huyó de su ciudad conquistada, se enfrente a mí, deja que nos enfrentemos en un duelo singular. Que todo el Lacio esté en las murallas de la ciudad para verlo. Mi espada nos librará a todos de la vergüenza y le arrebatará a Lavinia o él gobernará a un pueblo vencido y podrá quedarse con ella como esposa.
Al terminar de hablar, miró a las tres mujeres que esperábamos detrás del trono, pero sus ojos no se cruzaron con los míos.
Latino le respondió con lenta y reflexiva firmeza. Al borde de la derrota, había recobrado la confianza, al igual que yo.
—Turno, nadie cuestiona tu valor. Es tan grande, de hecho, que me obliga a actuar con prudencia, a contenerte. Piensa: tu padre te legó un noble reino, eres rico y cuentas con la buena voluntad de tus vecinos. Sabes que soy tu amigo y tu pariente por matrimonio. Y hay muchas otras muchachas de buena familia en el Lacio. ¡Sopesa todo esto! Pues, ocurra lo que ocurra, no podré entregarte a mi hija. Está prohibido. Es imposible. Mi deseo de reforzar los lazos que nos unen, las súplicas de mi esposa y mi propia debilidad me indujeron a cometer un error. Rompí mi compromiso, hice creer que la esposa prometida se le podía arrebatar al hombre al que pertenecía. Equivocadamente, permití que estallara esta guerra. Debe acabar ahora, antes de la derrota definitiva. ¿Por qué he dado tales bandazos, tratando de ocultarme de lo inevitable? Si estaba y estoy dispuesto a aceptar a los troyanos como aliados mientras tú estás vivo, ¿por qué debería esperar tu muerte para hacerlo? Si consintiera en este duelo, te estaría enviando a la muerte. No quiero que sea así. ¡Quiero que mi viejo amigo, tu padre Dauno, te vea volver a casa sano y salvo!
—Mi espada también puede derramar sangre —dijo Turno. Su semblante pálido había enrojecido y sus ojos echaban chispas—. No hace falta que intentes protegerme, padre Latino. Cuentan que algún poder protege a Eneas de sus enemigos en el campo de batalla. Pero aquí, en nuestra tierra, los poderes están conmigo. ¡Lo derrotaré!
Al oír esto, Amata corrió hacia él y lo cogió por los brazos, medio arrodillada como una suplicante. Tenía el cabello negro suelto y estaba deshecha en lágrimas.
—Turno, si alguna vez me has amado... —clamó con voz alta y temblorosa—. Eres nuestra última esperanza, nuestro único salvador, el honor de esta casa caída en desgracia. Todo nuestro poder está en tus manos. ¡No renuncies a él! ¡No desperdicies tu vida! ¡Lo que te ocurra a ti me ocurrirá a mí! ¡No seré esclava de unos extranjeros! ¡No tengo a nadie más que a ti! ¡Si mueres, moriré!
Al oír aquellas súplicas, enrojecí de vergüenza hasta que se me llenaron los ojos de lágrimas. Sentí que la roja sangre me teñía el rostro, el cuello, el pecho y el cuerpo. No podía moverme ni hablar.
Pero Turno me miró directamente por encima de la cabeza de mi madre, con aquella misma mirada brillante y ajena que me aterrara la primera vez que nos vimos. Le habló a ella, aunque sin dejar de mirarme.
—No llores ahora, madre. No quiero oír malos augurios, por favor. No soy libre para posponer la muerte. Ya he enviado un emisario al troyano. Mañana por la mañana no habrá batalla. El tratado se restablecerá. El y yo lucharemos cara a cara. Nuestra sangre zanjará la guerra. Y en ese campo, Lavinia encontrará a su esposo.
Me dirigió una sonrisa amplia y feroz. Apartó a Amata de sí alejando sus manos. Ella se retiró sollozando.
—¿El emisario ha partido ya? —preguntó Latino con voz seca.
—Puede que ya esté allí —respondió Turno con orgullo.
Latino asintió una vez.
—Entonces ve a prepararte para la lucha, hijo mío —dijo con benevolencia. Y, tras levantarse, despidió a los demás. Mientras se marchaban, se volvió en derredor y creo que iba a pedirme que cuidara de mi madre, pero al final preguntó—: Hija mía, ¿estás herida?
Vi lo que estaba mirando: había una gran mancha de sangre medio seca en mi palla, en la que no había reparado en la penumbra crepuscular del patio.
—No. He estado con los heridos, padre.
—Descansa un poco, querida mía. Mañana será un día muy largo para algunos. Ve y duerme. Juturna, acompaña a tu hermano. Si puedes persuadirlo de que renuncie a este duelo, hazlo. No es necesario. Restauraremos el tratado y la paz.
Ella se marchó apresuradamente en pos de Turno. Una vez que todos los demás hubieron abandonado la sala, se acercó a Amata, quien, hecha un ovillo sobre el suelo, se mesaba el cabello con las manos. Se arrodilló a su lado y le habló con suavidad. No pude oír lo que le decía. No soportaba mirarlos. Salí, crucé el patio y regresé a mi cuarto.

Cuando me reúno con ellos en el patio de nuestra casa, Ascanio está contándole un chiste a su padre.
—Tú mismo lo dijiste. ¡Trabajo sí, pero no esperes suerte!
Luego se marcha a ocuparse de lo que sea que Eneas le ha pedido que haga. Y yo pregunto a mi esposo:
—¿Qué quería decir?
—Oh, es algo que ocurrió aquella vez, cuando no podían sacarme la punta de flecha de la pierna. «Si quieres, puedes aprender de mí a trabajar como un hombre, pero si quieres buena suerte, ¡ve a pedírsela a otro!», le dije. Estaba de mal humor.
—¿Qué punta de flecha?
—La de la última mañana de la guerra.
Lo pensé un momento, confundida.
—Pero Turno no llevaba arco. Utilizó su espada.
—¿Turno?
—La herida de tu pierna...
—Turno no llegó a herirme —dice, torvo. Luego su rostro cambia—. Oh, ya veo. Te mentí. En cierta medida, le mentí a todo el mundo, en realidad.
—Explícame eso, por favor.
Estamos sentados juntos en el banco, debajo del joven laurel.
—Bueno, sucedió justo después de que aquel augur, Tolumnio, rompiera la tregua arrojando su lanza. Yo le vi hacerlo. Mató a un joven griego en el sitio. Luego, claro, todos se volvieron locos. Yo estaba intentando reunir a mis hombres e impedir que se unieran a la lucha... ¡En el altar! ¡Donde estabas tú! —Su rostro vuelve a ensombrecerse al pensarlo—. Y, en medio de la confusión, alguien me alcanzó en la pierna con una flecha.
—¿No sabes quién fue?
—Nadie se atribuyó nunca la hazaña —dice con cierta sorna—. Seresto y Ascanio me ayudaron a salir de allí y a volver al campamento. Ver caer a su capitán aterra a los hombres. Tuve que caminar apoyándome en la lanza y sangraba como un sacrificio. Así que el viejo Yapix hizo lo que pudo y sacó el astil, pero no pudo hacer lo mismo con la punta. Era una de esas dentadas, ¿sabes? Junto a la ciudad, todo estaba desmoronándose. Así que le dije: «véndamela, hombre. No puedo quedarme aquí todo el día. Tengo que encontrar a Turno y terminar con esto». Le ordené que lo hiciera. Una vez que me la hubo rellenado con díctamo y atado con una venda fuerte, dejó de dolerme. En el fragor de una batalla no te fijas demasiado en estas cosas. Así que regresé en busca de Turno. Y no pude encontrarlo. Nunca lo entenderé. ¿Qué estaba haciendo? De vez en cuanto lo veía, no muy lejos, y luego desaparecía, como una golondrina en el atrio: se esfumaba, lo perdía de nuevo. Iba al sitio en el que lo había visto y no se encontraba allí. Se me estaba agotando la paciencia. Y, en ese momento, Messapo me arrancó la cresta del yelmo con una lanza y perdí los estribos. Así que ordené un ataque contra la ciudad. —Baja la mirada con el ceño fruncido y las manos entrelazadas sobre las rodillas—. Lo siento. Estuvo mal.
—¿Así que Turno no te hirió? ¿Ya estabas herido cuando luchaste contra él?
Asiente, apesadumbrado por haberme engañado o por haber sido descubierto.
—Después, al regresar al campamento, Yapix sacó la punta. Prácticamente salió sola. —Mira su recio y moreno muslo y toca con un dedo la cicatriz, una mano por encima de la rodilla derecha, profunda y rojiza como otras cicatrices y hendiduras más antiguas—. Se cerró a una velocidad asombrosa —dice, como si esto lo excusara todo.
—¿Por qué dejaste que creyera que Turno te había herido?
—No lo sé. Supongo que las mentiras se propagan solas, de algún modo. Tenía que fingir que no pasaba nada, ya sabes, durante la batalla. Como te he dicho, eso preocupa a los hombres. Éramos tan pocos que la situación seguía siendo peligrosa. Y tenía que encontrar a Turno y luchar contra él para terminar con todo. Era el único modo. Así que luego, no pude admitir que me habían alcanzado... De hecho, recordarás que cojeé bastante durante algún tiempo... Lo de menos era cómo había sucedido. No sabía que creyeras que había sido Turno. En realidad no es muy importante, ¿verdad?
No lo dice como un muchacho, buscando excusas, sino con gravedad, para averiguar si el asunto me importa. Tengo que pensarlo un momento.
—No —digo. Y me inclino para besarle la cicatriz del muslo. Me rodea con los brazos y me atrae hacia sí. Sus manos, bajo mi suelto vestido, son grandes, cálidas, ásperas y fuertes. Huele a sal y a incienso.

Dormí aquella última noche de la guerra, tan profundamente que me costó despertar. Al principio tuve la sensación de que debía hacer algo por mi madre, pero fui incapaz de recordar lo que era. Luego, cuando hube salido un poco más del sueño, pensé que había un ritual y que tenía que ayudar a mi padre con él. Entonces desperté y vi que en mi pequeña ventana aparecían las primeras luces del amanecer, y las imágenes de las heridas sanguinolentas y los hombres agonizantes a los que viera el día anterior pasaron atropelladamente por mi mente, acompañadas por el canto del poeta, y entonces recordé que aquel día renovaríamos el tratado de paz o la batalla se trasladaría a la ciudad y mi pueblo sería derrotado y destruido.
Me levanté, me puse la toga de reborde rojo con la esquina ennegrecida y corrí a los aposentos de mi padre para despertarlo. Pero ya estaba despierto y listo. No cuestionó mi presencia ni mi intención de ir con él. Junto con Drances y un par de ancianos más realizamos los preparativos del ritual y yo llevé el cuenco de grano salado al patio de los establos, donde debíamos seleccionar a los animales entre los rebaños que nos habían traído de las granjas arrasadas por la guerra. Cuando terminamos de escogerlos, era hora de llevarlos al sacrificio.
La guardia nos abrió las puertas de la ciudad y saludó al rey entrechocando las armas y los escudos. Pretendían cerrarlas detrás de nosotros, pero Latino ordenó:
—¡Que las puertas de la ciudad permanezcan abiertas!
Echó a andar por delante de nosotros, empuñando el cetro de roble como una lanza. La túnica de borde púrpura brillaba intensamente a la luz del amanecer. Nuestro ejército estaba formado en orden, de espaldas a las murallas y ante el terraplén que habíamos levantado al otro lado del foso. Tras una angosta franja de tierra cultivable, que los pies de los soldados habían pisoteado hasta convertirla en polvo, los troyanos, los etruscos y los griegos estaban formando sus filas. Habían purificado un espacio entre los dos ejércitos y en él habían levantado un altar de tierra. Los ancianos de la ciudad estaban apilando madera en el hogar que tenía a su lado.
Latino se dirigió hacia allí. Extendió las manos con las palmas hacia arriba. El joven Caeso, nuestro mozo de la sal, estaba preparando un pedazo de tierra recién cortada, que le puso en las manos. Latino lo depositó sobre el altar. Al mismo tiempo que lo hacía, el sol lanzó sus primeros rayos por encima de las colinas del este y Eneas se adelantó y se situó al otro lado del altar, frente al rey del Lacio. Todo ocurrió como si se hubiera planificado y ensayado un centenar de veces, todo ocurrió como debía.
Con Eneas venía su hijo, Ascanio, que se situó tras él como Turno lo hizo tras de Latino. Eneas llevaba la majestuosa armadura y el escudo que yo conocería más adelante. La cresta de su yelmo era un penacho rojo que parecía la nube ardiente de un volcán. Turno estaba espléndido en bronce lavado en oro, con un penacho alto y blanco que ondeaba al viento de la mañana. Su hermana estaba a su lado, con sus velos grisáceos. Mi padre se había cubierto la cabeza con el borde de la túnica, como yo.
Al levantar la mirada y dirigirla hacia Laurentum, vi que la muchedumbre ennegrecía las murallas y los tejados de mi ciudad. Hombres, mujeres y niños estaban en completo silencio, como los hombres de los dos ejércitos.
Me adelanté con el cuenco de grano salado. Mi padre cogió un poco con las manos y lo espolvoreó sobre los sacrificios, un joven jabalí blanco y una oveja de dos años con una lana muy blanca y fina. Eneas se adelantó y, con las manos, cogió algo de grano del cuenco que yo le ofrecía. Era la primera vez que me encontraba cerca de él. Era un hombre grande, todo hueso y músculo, muy bronceado, con el rostro arrugado, curtido y fino. Era el hombre que yo había sabido que conocía desde que el poeta pronunciara su nombre en el claro de Albunea. Miré su cara y él miró la mía. Vi que me reconocía.
Se volvió para espolvorear el grano sobre los animales. Yo entregué a mi padre el cuchillito ritual que llevaba y él, cuidadosamente, les cortó un poco de pelo de la frente al jabalí y a la oveja. Me devolvió el cuchillo. Se lo ofrecí a Eneas. El lo aceptó y cortó una cerda o dos, un rizo de lana y me lo devolvió. A continuación, los dos se acercaron al hogar y arrojaron las ofrendas al fuego. Caeso trajo el jarro de vino y las viejas copas de plata sobre una bandeja. Llenó las copas y le ofreció una a cada rey. Primero Latino y luego Eneas vertieron la libación sobre la brea verdosa del altar. Mi padre pronunció las palabras rituales con una voz baja y cantarina, invocando a los poderes de la tierra, la hora y el lugar. Eneas permaneció en el sitio y lo escuchó con expresión grave.
Mientras ocurría todo esto, la gente que se había congregado allí apenas emitió sonido alguno. El llanto de un niño en un tejado de la ciudad; el tintineo de bronce de un soldado que cambiaba de posición; el canto de los pájaros en los lejanos árboles de la ciudad; y, por encima de todo ello, el inmenso y dulce silencio del cada vez más brillante cielo.
Mi padre terminó con su plegaria. Retrocedió unos pasos. Eneas desenvainó la espada. El siseo del bronce sobre el cuero endurecido resonó con fuerza.
Levantó la espada sobre el altar y dijo:
—Que el sol sea testigo de lo que digo, así como esta tierra, a la que he llegado tras muchos padecimientos. Que Marte, señor de la guerra, permita que los manantiales y los ríos de esta tierra, y el cielo sobre ella, y el mar que la baña, sean nuestros testigos. Si Turno sale victorioso, mi pueblo se retirará vencido a la ciudad de Evandro y mi hijo abandonará esta tierra bajo la promesa de no volver nunca en pie de guerra. Pero si, como también podría ocurrir, se me concede a mí la victoria, no convertiré a los itálicos en mis súbditos ni reclamaré la soberanía sobre su tierra. Que nuestros dos pueblos, libres, se unan en una alianza eterna. Conmigo vienen mis dioses. Latino, mi suegro, mantendrá su espada y su autoridad. Mi pueblo levantará una ciudad. Y Lavinia le pondrá nombre.
Me miró directamente al decir esto, sin sonreír, pero con un brillo en la cara y en los ojos. Le devolví la mirada y asentí una vez, casi imperceptiblemente.
Bajó la espada y la envainó. Mi padre se le acercó y levantó su pesado bastón de roble sobre el altar.
—Por los mismos poderes juro, Eneas. Por la tierra, por el mar, por las estrellas, por el señor de la luz y Jano el de las dos caras y por las sombras que hay bajo la tierra. Toco el altar y juro por este fuego y por los poderes que hay entre nosotros dos. Esta paz y esta promesa nunca serán quebrantadas, suceda lo que suceda. Mi voluntad nunca cambiará, hasta que a esta vara, el ancestral cetro de los señores del Lacio, le crezcan ramas y hojas.
Hizo un gesto de cabeza a los hombres que sujetaban a los animales. Los trajeron, con los largos cuchillos del sacrificio preparados, y Latino cortó el cuello de la oveja mientras Eneas hacía lo propio con el del jabalí, con sendos movimientos que revelaban una larga experiencia. Y al verlo, el pueblo, los soldados y los ciudadanos de las murallas rompieron el silencio con un largo, suave y tembloroso suspiro de liberación, alivio y plenitud.
En ese momento, un arúspice etrusco se adelantó para examinar las entrañas de los sacrificios, algo que para este pueblo es muy importante. Luego hubo que despiezar a los animales, espetar la carne y asarla sobre el fuego. Todo esto llevó bastante tiempo. Eneas y Ascanio permanecieron a pocos pasos del altar, en silencio, como mi padre. Pero Turno comenzó a hablar con su hermana y con un caudillo rutuliano, Camers, que se encontraba junto a ella. A pesar de su rutilante armadura y del hermoso penacho, Turno volvía a parecer pálido y cansado, como si no hubiera dormido. No dejaba de lanzar a sus hombres miradas apesadumbradas y suplicantes. Y los rutulianos comenzaron a reunirse a su alrededor. Camers les habló, no con voz autoritaria, sino amable, y ellos lo escucharon con expresión sombría. El augur Tolumnio se movía entre ellos, hablando también. El arúspice pasó una eternidad toqueteando los hígados, los corazones y los riñones, y sus ayudantes pusieron tanta carne en el fuego a la vez que estuvo a punto de apagarse y hubo que rehacer la hoguera para que ardiera en condiciones. Mientras, los murmullos iban creciendo y creciendo entre las filas de los itálicos. El momento sagrado se había perdido. El sol estaba ascendiendo y el día empezaba a tornarse caluroso.
La gente levantó la mirada y señaló en dirección a un ruido procedente del cielo. Una gran bandada de cisnes llegó desde el río y pasó por delante de la ciudad en dirección sur, volando lánguidamente, de nuestra izquierda a nuestra derecha. Los soldados griegos y troyanos siguieron su vuelo con la mirada, igual que los itálicos y los etruscos. Así que todos vieron al águila que, volando como una flecha desde el este, atrapaba al primer cisne con las garras y se alejaba describiendo una amplia curva sobre nosotros con su presa. Entonces, y esto es aún más extraño, la bandada de cisnes giró al unísono y, volando bajo y a gran velocidad, pasó por encima de nuestras cabezas en pos del águila, a la que acosaron y persiguieron hasta conseguir que soltara al cisne muerto y se perdiera de vista volando sobre las colinas del oeste. Una exclamación de vacilante júbilo se alzó entre algunos de los testigos, pero la mayoría guardó silencio y se preguntó por el significado de la señal.
En medio de aquel silencio, Tolumnio exclamó:
—¡Un presagio! ¡Un presagio! ¡Rutulianos, latinos, obedeced el presagio! ¡Atacad al atacante! ¡Defended a vuestro legítimo rey! —Y mientras los hombres que lo rodeaban empezaban a gritar y agitaban los puños haciendo el gesto de Marte, Tolumnio levantó su lanza de casi dos metros y la arrojó contra las filas enemigas, al otro lado del altar.
Un hombre se dobló sobre el astil mientras emitía un extraño ruido, como una tos o una carcajada, perfectamente audible en aquel último momento de silencio.
Entonces, el inmenso y confuso rugido de los hombres que gritaban, las armas desenvainadas y los golpes de los escudos inundó el mundo. Los hombres pasaron corriendo a mi lado, hacia aquí o hacia allá, empujándome como si no me vieran. Dejé de ver cualquier cosa conocida salvo el altar. Intenté acercarme a él. Mi padre se encontraba allí, con Caeso, el mozo, tratando de recoger los platos sagrados con manos temblorosas.
—Ayúdame, Lavinia —dijo, y yo recogí lo que pude. Sin separarnos unos de otros, procuramos alejarnos del altar, entre la confusión de los hombres y caballos, para ganar la puerta de la ciudad. Vi que Caeso no estaba a mi lado y me detuve para buscarlo. Un etrusco con una armadura espléndida tropezó y cayó de bruces sobre el altar. Otro hombre se abalanzó sobre él y lo golpeó en la expuesta garganta con una enorme alabarda. La sangre del etrusco bañó a los hombres que se agolpaban a su alrededor para arrancarle las armas y la armadura. Algunos rutulianos habían cogido troncos encendidos de la hoguera del sacrificio y estaban utilizándolos como armas para golpear a otros en la cara, así que el aire olía a pelo quemado. Tras ellos, por un instante, vi a Eneas, más alto que los demás, con la mano alzada, gritando con voz potente y sombría. Entonces alguien estuvo a punto de derribarme de un empujón y vi que el mozo, Caeso, con el rostro contraído de lágrimas y terror, me tiraba de la túnica. Corrí detrás de mí padre. Las puertas de la ciudad permanecían abiertas ante nosotros. Los guardias de mi padre se habían reunido a nuestro alrededor y nos ayudaron a entrar.
La confusión reinante en las calles era casi tan terrible como al otro lado de las murallas. La gente gritaba que los troyanos habían quebrantado la paz y habían atacado traicioneramente al rey en el altar. Muchos ancianos y muchachos, e incluso algunos esclavos, salieron corriendo para unirse a la lucha. Los guardias del rey mantenían las puertas abiertas para ellos y para que los heridos pudieran encontrar refugio. Las mujeres, desde las murallas, insultaban y lanzaban ladrillos y cualquier otra cosa que pudieran encontrar a los hombres que luchaban en foso y en el terraplén. Algunos salieron a las calles, entre las puertas y la Regia, para proteger al rey en caso de que el enemigo irrumpiera en la ciudad. Otros enterraban febrilmente sus tesoros en el jardín o trataban de tapiar sus puertas y ventanas para ocultarse en sus casas.
Seguí al rey hasta la sala del consejo, donde se habían reunido Drances y otros que habían escapado de la lucha. Drances, balbuceando de terror, sólo hablaba de esconderse. Mi padre estaba estremecido, sin aliento y pálido, pero a pesar de ello se sentó en el trono y empezó a hablar con Vero y los demás y a impartir órdenes para la defensa de la ciudad y de la casa. Al ver que no se me necesitaba, corrí al ala de las mujeres, donde no había otra cosa que consternación, rumores y llanto. Mi madre estaba en su cuarto, pero salió a recibirme.
—¡Ah! —me dijo con salvaje desprecio—. ¡Así es como tu gran troyano respeta un tratado!
—Firmó la paz —respondí.
—¡Atacó a tu padre en el altar!
—No. Firmaron juntos la paz. Pidió luchar con Turno cara a cara. Prometió que, si perdía, se marcharía, y si ganaba, Latino seguiría siendo el rey del Lacio. Y padre aceptó el juramento. Pero Juturna y los rutulianos no querían aceptarlo, y Tolumnio aseguró haber visto una señal y arrojó la lanza que quebrantó la tregua. Yo estaba allí. Eso es lo que sucedió.
—No es verdad —dijo ella, pero sabía que lo era. Después de lo que había visto, no me quedaba miedo para ella. Oí que mi voz resonaba más fuerte que la de ella y me sentí más alta al situarme a su lado.
—Si Turno se hubiera atrevido a luchar contra Eneas no habría guerra y la ciudad estaría a salvo —dije con calientes lágrimas de rabia—. Nos ha traicionado.
—Turno nunca... —comenzó a decir, y entonces, con voz temblorosa, añadió—: Fue por ti, fue por ti.
—A Turno no le importamos un comino ni tú ni yo —repliqué. Me oí hablar con la misma estridencia burlona que tantas veces había oído en la voz de mi madre. Pensé en la claridad del cielo sobre el altar que separaba a los dos ejércitos mientras los reyes juraban el tratado. Un gran acceso de vergüenza y pasión recorrió todo mi cuerpo. Me arrodillé junto a mi madre y cogí el dobladillo de su blanca palla.
—Madre, perdóname. ¡Haya paz entre nosotras!
—Nunca, él nunca lo haría —dijo. Miró a su alrededor, como confusa—. ¿Es culpa mía? —sollozó. Al volverse, me arrancó el vestido de la mano, regresó a sus aposentos y cerró la puerta tras de sí.
Yo me quedé allí, arrodillada, llorando, durante un rato. Las lágrimas que había ido acumulando durante aquellos terribles días rebosaron de repente. Pero entonces todo pasó, me retiré el cabello de la frente, y me limpié el rostro con el borde de la palla y me levanté, mirando a las mujeres que me observaban con una mezcla de asombro, preocupación y confusión.
—Fueron los hombres de Turno los que rompieron la tregua, pero serán los troyanos y los etruscos los que asedien la ciudad —les dije, tratando de encontrar la verdad que yo necesitaba y las seguridades que necesitábamos todos. Mi voz temblaba—. Así que no tenemos más amigos que nuestros hermanos latinos que luchan ahí fuera y nosotros mismos. ¿Qué podemos hacer para asegurar la casa y esperar el asedio?
Todas me miraron en silencio, algunas de ellas gimoteando.
—Las despensas están llenas —dijo Maruna.
—Alabados sean nuestros penates —dije—, porque las despensas están llenas y las fuentes manan. ¿Hay madera en abundancia para los hornos?
Este era, sin duda un problema, y un problema que podíamos afrontar. Se produjo una discusión al respecto.
—Podríamos cortar el laurel —dijo Tita.
Al oír esto, Sicana, la espigada mujer que siempre había servido a mi madre, repuso:
—¿Estás loca, Tita? ¡Ve a lavarte la boca y suplica a todo lo que es sagrado que te conceda el cerebro de un conejo! ¿Cortar el árbol del rey? ¡Idiota! ¡Para empezar, hay viejos álamos en los establos!
Dejé a Sicana encargada de buscar hombres con hachas para talar y cortar los árboles. Después, hubo cien cosas más que hacer y mujeres dispuestas a hacerlas.
Al otro lado de las murallas la batalla se prolongó durante toda la mañana. Yo no vi nada. Sólo oía el ruido cuando se producía alguna pausa en los quehaceres de la casa. Únicamente puedo contar lo que me contaron a mí. Al principio los rutulianos, ayudados por la sorpresa de su ataque, lograron repeler a los troyanos y a sus aliados, pero después la batalla se trasladó a las cercanías del terraplén y del foso que rodeaban las murallas y la puerta. Messapo estaba al mando de los rutulianos. Turno se encontraba aquí y allá, «sin quedarse nunca en el mismo sitio», dijo el soldado que nos transmitió el relato más claro. El hombre, Mello, uno de los heridos de la Regia, había decidido salir a luchar de nuevo. La herida, un profundo tajo de espada, se le reabrió mientras luchaba. Logró regresar a la ciudad cuando las puertas aún seguían abiertas. Informó al rey de que los troyanos no estaban tratando de acercarse a las puertas, sino que mantenían sus posiciones en el terraplén mientras Eneas perseguía a Turno reclamando el derecho a decidir la guerra en combate singular. Pero Turno iba de acá para allá montado en su caballo, matando enemigos pero sin dejar que Eneas lo alcanzara. Tras referir su relato, con claridad y en voz baja, Mello perdió el sentido por la falta de sangre y, a pesar de que hicimos lo que pudimos por él en la enfermería del patio, murió aquella noche. Era un granjero latino, con una pequeña granja y unos frutales en la falda de las colinas del sur.
Estaba tratando de conseguir que las barrenderas usaran trapos humedecidos para mantener el pavimento del patio limpio de la sangre de los heridos que nos traían continuamente cuando el fragor del combate experimentó un aumento inmediato al otro lado de las puertas de la ciudad. Todos los que estábamos en la casa dejamos por un momento lo que estábamos haciendo y algunos corrieron a las murallas y a la torre de guardia para ver lo que estaba sucediendo. Nos contaron que los troyanos habían cruzado el espacio que separaba el foso y las murallas y estaban atacando las puertas, dirigidos por el alto capitán de la cresta roja en el yelmo, que le habían segado de un tajo. Una de las chicas que había subido a las murallas dijo que el capitán estaba gritando que los itálicos habían quebrantado dos veces el tratado y que su rey era un impío.
—Y ha matado a Vero —dijo. Estaba blanca y hablaba con una voz aguda y monótona, con la que repetía las cosas una vez tras otra— Le ha cortado la... la cabeza, se la ha separado así, del cuerpo.
—Vero —dije, sin comprender aún. Había demasiadas cosas que hacer. Me daba cuenta, a pesar de estar en la Regia, de que había un gran movimiento de gente en las calles. Algunos intentaban llegar a las puertas para abrirlas de par en par y rendirse, mientras otros acudían hacia allí armados con picas, palo, hachas y cuchillos de cocina para mantener a los atacantes alejados de la ciudad. El ruido en el interior de las murallas era un rugido monótono y carente de sentido. Alguien gritó «¡Fuego!» y al oírlo subí corriendo a la plataforma para ver si la Regia estaba amenazada. Flechas incendiarias volaban sobre las murallas en un par de puntos, pero la gente en las calles acudía rápidamente a apagarlas. Aun así, el grito se repetía una vez tras otra, y el siniestro y constante griterío de la gente de toda la ciudad era tan estruendoso que nadie era capaz de pensar.
En medio de aquel ruido, se alzaron desde la casa unos chillidos femeninos, tan agudos y penetrantes que me volví y bajé corriendo las escaleras para regresar a la zona de las mujeres.
Allí, los gritos y los agudos alaridos repicaban y resonaban de tal modo que no pude oír lo que exclamaba Sicana, que venía hacia mí con la boca abierta y los ojos ciegos. La seguí hasta el cuarto de mi madre. Amata colgaba de la horca que ella misma había hecho con una tela retorcida y atada a una viga. Tenía los pies desnudos. Su largo y negro cabello rodeaba su cara y su cuerpo.
Entre Sicana y yo arrastramos la mesa hasta debajo de ella y Sicana la sostuvo mientras yo cortaba la tela con mi pequeño cuchillo. La dejamos allí, en la antesala, sobre la alargada mesa. Aún llevaba las pequeñas bullas doradas de mis hermanos.
—Lavadla —les ordené a Sicana y a las demás, porque se había manchado en su agonía y yo no soportaba pensar en su cuerpo profanado.
Lo que tenía que hacer era decírselo a mi padre.
Había oído el clamor procedente de la zona de las mujeres y estaba acercándose por el patio, seguido por Drances y algunos más. Lo detuve bajo el laurel. No sé muy bien lo que dije. Se quedó parado un momento. Su rostro se mostraba muy cansado y muy triste. Me abrazó y yo a él.
—Ve con ella —le dije. Y al oír esto me soltó, se arrodilló lentamente, recogió tierra de entre las raíces del laurel y se frotó con ella el cabello cano.
Me agaché a su lado tratando de ofrecerle consuelo.
Entonces me di cuenta de que, aunque los sollozos continuaban en la zona de las mujeres, el ruido de la ciudad y la guerra habían remitido hasta extinguirse casi por completo.
Levanté la mirada y vi que la gente estaba inmóvil sobre las murallas de la casa y la plataforma.
No se movían. Yo tampoco me moví.
Entonces se alzó un gran sonido, como una profunda inhalación, como si la tierra respirara alrededor de las murallas, por todas partes. Pensé que era un terremoto, el ruido que hace un terremoto al llegar. Pero era el sonido del fin. La guerra había terminado. Turno estaba muerto. El poema estaba terminado.

No lo estaba, sino más bien inconcluso.
¿No fue eso lo que me dijiste, poeta mío, aquí, en el lugar sagrado, donde el azufre hediondo brota de la tierra formando estanques y las estrellas brillan entre las hojas? Una vez dijiste que estaba incompleto y habría que quemarlo.
Pero luego, al final, también me dijiste que estaba terminado. Y yo sé que no lo quemaron. Yo habría ardido con él.
¿Qué voy a hacer ahora? He perdido a mi guía, a mi Virgilio. Tendré que enfrentarme sola a todo lo que queda después del fin, al resto del inmenso, ignoto e insondable mundo.
¿Qué queda después de la muerte? Todo lo demás. El sol que un hombre vio alzarse desciende luego, aunque él no vea cómo se pone. Una mujer se sienta en la rueca y otra queda en el telar.
Hasta el momento he encontrado mi camino, a pesar de que el poeta no me lo indicó. Lo he seguido bien, sin error, gracias a las cosas que me dijo, a las pistas que me dio. Llegué al centro del laberinto siguiéndolo. Ahora debo encontrar el camino de regreso yo sola. La vida será más larga y más lenta, pero su relato, creo, será más corto.

Hubo muchos que vieron morir a Turno porque fue ante las puertas de Laurentum donde al fin desistió de esconderse de Eneas y se volvió para luchar con él. Ambos arrojaron sus lanzas y fallaron. Así que se enfrentaron espada en mano, pero a Turno se le rompió la suya y echó a correr de nuevo.
Eneas trató de seguirlo, pero cojeaba y fue incapaz de hacerlo. Se detuvo e intentó arrancar la lanza del olivo silvestre en cuyo tronco se había clavado. Era un árbol sagrado. Yo había elevado plegarias a Fauno allí en más de una ocasión. Los troyanos lo habían talado en su furia destructiva al ocupar los terraplenes y no quedaba de él más que el tocón. La lanza, grande y pesada, se había hundido profundamente y el árbol se negaba a soltarla. Mientras Eneas peleaba con ella, Juturna se acercó corriendo a Turno y le dio una espada. Finalmente, Eneas logró sacar la lanza y fue en busca de Turno gritando:
—¡Esto es una pelea, Turno, no una carrera!
Seresto estaba cerca de ellos en aquel momento. Me contó que sucedió algo extraño: una lechuza, una pequeña lechuza, voló alrededor de Turno a plena luz del día. Me dijo que Turno trató de espantársela de la cara. Parecía aturdido, confundido, como un hombre que hubiera recibido una herida mortal. Volvió a correr un corto trecho hasta llegar a una piedra, un mojón fronterizo. Se detuvo, se volvió, levantó la enorme piedra con los brazos y se la arrojó a Eneas. No llegó ni a acercarse. Entonces se quedó allí, con la misma expresión confusa, empuñando la espada sin hacer nada, hasta que Eneas lo derribó atravesándole el muslo con su gran lanza.
Eneas se le acercó cojeando y se detuvo junto a él, con la respiración entrecortada. Turno no podía levantarse. Con esfuerzo, se puso de rodillas. Una vez recobró el aliento, habló con claridad y concisión, como si la confusión hubiera pasado.
—Has ganado —dijo—. No pido clemencia. Haz lo que quieras. Si me matas, envíale mi cuerpo a mi padre. Lavinia es tu esposa. Que tu odio no vaya más allá.
Eneas lo escuchó y se retiró un paso, como si fuera a perdonarle la vida. Entonces vio que Turno tenía el cinto de oro que le había arrebatado al agonizante Pallas.
—¿Dejaste tú vivir al muchacho? —gritó—. Es él, Pallas, quien realiza este sacrificio.
Y le atravesó el corazón con la espada.

Juturna había permanecido en el campo de batalla durante toda la contienda. Dicen que, en más de una ocasión, ocultó a su hermano de Eneas, que se le acercaba cojo y mortal. En aquel momento se adelantó entre las quebradas filas de los rutulianos y se arrodilló junto a su cuerpo. Sus velos grises cayeron sobre él y se echó a llorar.
Eneas permaneció allí, apoyado sobre la espada, hasta que llegaron Acates y Seresto. Entonces envainó el arma y, pasando los brazos alrededor de los cuellos de sus amigos, regresó cojeando al campamento de los troyanos. Al cruzar el terraplén se volvió y exclamó:
—¡Rey Latino! ¡Nuestro tratado sigue en pie!
Latino no estaba allí para responderle. Se encontraba en uno de los aposentos interiores, con su esposa muerta y el pelo cubierto de polvo. Pero los soldados latinos respondieron, con muchas voces a la vez:
—¡El tratado sigue en pie!
Y por todas las murallas la gente lo repitió.
Los pocos de los capitanes rutulianos que seguían con vida —porque, en su furia final, Eneas había acabado con todos los que habían osado enfrentarse a él— reunieron sus tropas y formaron un grupo para recoger y llevarse los cadáveres de Turno, Camers y Tolumnio. En silencio, emprendieron el largo camino de regreso a Ardea. Las tropas que se habían quedado sin líderes se dispersaron para buscar un poco de descanso o encontrar a sus camaradas muertos. Al día siguiente regresarían a Rutulia, a Volscia o a la región de las colinas.
Juturna se marchó sola en dirección norte. La gente la vio marcharse, pero nadie volvió a saber de ella y muchos creen que se suicidó aquella noche arrojándose al padre río.
El ejército latino se dispersó, igual que sus aliados. Algunos de los soldados entraron en la ciudad en busca de descanso o curación, pero muchos fueron a buscar los cuerpos de sus hermanos o vecinos en el campo de batalla para llevárselos a casa, a sus granjas del valle o del otro lado del risco. Ya habían empezado a llegar esclavos con carromatos desde las casas cercanas, enviados por la esposa de algún granjero o por algún anciano para ayudar a transportar a los heridos y a los muertos.
Aquella noche oímos desde la ciudad los golpes de las hachas, el lejano estrépito de los árboles al caer en los bosques situados al norte y al este de la ciudad. A la mañana siguiente, los leñadores estaban atareados acarreando madera para las piras que se levantaban junto a las murallas.
Construyeron una pira alta y separada de las demás para mi madre. La llevaron hasta allí en una litera blanca, ataviada con la delicada palla blanca que había tejido ella misma y que daba en llamar mi vestido de novia. Todo el que aún podía caminar en la ciudad acompañó la procesión.
El pariente más cercano del fallecido es el que enciende la pira, con la mirada apartada. Yo encendí la suya. Una vez que el fuego hizo su trabajo, recogí entre las ardientes cenizas un hueso, una pequeña falange, para enterrarla a fin de que su alma no anduviera vagando. Entonces mi padre se adelantó y pronunció su nombre a voz en grito tres veces, siguiendo nuestra costumbre, y el pueblo entero la llamó con él: «¡Amata! ¡Amata! ¡Amata!» Después, se hizo el silencio.

El viejo guardia, Vero, había muerto, lo mismo que Aulo. Todos los jóvenes que me habían pretendido estaban muertos. Mi madre estaba muerta. Casi todas las casas del Lacio lloraban por un padre, un hermano o un hijo muerto o mutilado. Creo que es imposible quedar con vida entre tantas muertes sin sentir una insoportable vergüenza. Dicen que Marte absuelve a los guerreros por los crímenes de guerra, pero a aquellos que no son guerreros, aquellos por los que, se dice, se ha librado la guerra sin que ellos lo desearan, ¿a estos quién los absuelve?
Al atardecer del día del funeral de mi madre hice llamar a Maruna, a Sicana y a las demás mujeres importantes de la Regia y les pedí que me acompañaran. La vieja Vestina estaba demasiado embargada de dolor como para hacer otra cosa que permanecer agazapada en el cuarto de mi madre, balanceándose adelante y atrás, llorando sin lágrimas entre pequeños gemidos, como los de una niña enferma.
Anduvimos por las calles hasta el altar de Jano, donde realicé la ofrenda de la carne y el incienso al poder de los comienzos y los finales. Los habitantes de la ciudad se congregaron a nuestro alrededor. Nadie dijo nada. El silencio de la ciudad tras el estruendo de la guerra nos inspiraba a todos un temor reverente. En nuestra pesadumbre y nuestro miedo, anhelábamos los actos religiosos, las ceremonias que nos permitían admitir nuestra impotencia, nuestra dependencia de fuerzas que no entendíamos. Una vez realizada la ofrenda, me dirigí, seguida por las mujeres y mucha más gente, a la cercana puerta que permanecía entreabierta en su gran marco de cedro, la puerta de la guerra, la que no llevaba a ninguna parte estuviera abierta o cerrada. Empujé una de las hojas y luego la otra. No pude moverlas. Al abrirlas se habían vencido un poco en los goznes y las hojas se apoyaban sobre el suelo de roca. Las mujeres acudieron a ayudarme y en seguida se nos unieron los hombres. Finalmente logramos cerrarlas y Sicana, junto con uno de los hombres, levantó la gran tranca de roble y la introdujo por las gruesas grapas de hierro de la cerradura.
—Permanece cerrada. ¡El tratado sigue en pie!—exclamé entonces. Me sentía como si estuviera hablándole a un enemigo, vencido de momento, pero eterno. A mi espalda, el pueblo murmuró:
—El tratado sigue en pie.

Eneas no vino a Laurentum durante nueve días, el período de luto. Fue un acto de simple decencia. De haberse presentado antes, habría sido percibido como un conquistador que hacía ostentación de su triunfo, lo que habría generado resentimiento. No importaba que hubiera prometido dejarle la corona y la espada a Latino y llevar sólo sus dioses al Lacio. Todos habíamos visto el tratado quebrantado por dos veces.
Aun así, la gente decía: «El nuevo rey no parece muy ansioso por venir, ¿no?» Hasta mis mujeres lo llamaban así, a pesar de que les había dicho que era una falta de respeto para nuestro auténtico rey. Se corrió la voz de que el troyano había sido herido y necesitaba recuperarse, a lo que la gente respondió, no sin cierta satisfacción: «Así que, al final, Turno logró herirlo.» Sin embargo, también hablaban con admiración de cómo había perseguido a Turno durante dos horas por todo el campo de batalla a pesar de tener una punta de flecha clavada en el muslo. Cuando al fin apareció, cojeaba y parecía flaco y consumido.
Envió un mensajero por delante para que nos preparásemos y llegó con una escolta de sólo diez o doce hombres, montados y ataviados con sus mejores galas: principalmente las armaduras, limpias y pulidas, y alguna que otra capa o túnica que habría sido hermosa antes de partir de Troya. Un par de espléndidos príncipes etruscos los acompañaban, pero ningún griego. Con el corazón lleno de pesadumbre y amargura por la muerte de su hijo, Evandro había llamado a sus hombres de regreso a Pallanteum. Eneas montaba un caballo que había sido uno de los primeros regalos de mi padre el día que se firmó el primer tratado, cuando me prometieron a él. El hermoso semental pardo, obediente pero vivaz, olió a sus viejos amigos al pasar junto a los establos reales y empezó a piafar, a lo que, como es natural, respondieron las yeguas con relinchos y otros ruidos. De modo que aquella parte de la entrada fue bastante ruidosa. Los guardias les franquearon el paso en la puerta y la comitiva avanzó en silencio por la vía Regia. La gente acudía corriendo para observar y los tejados estaban abarrotados, pero todo el mundo guardaba silencio.
Los hombres desmontaron al llegar a la puerta de la casa. Abandoné el escondrijo desde el que había espiado su llegada, encima de la puerta, y entré en la sala del consejo desde atrás. Pero Gaio, que había ocupado el puesto de Vero como jefe de la guardia real, me detuvo en la puerta.
—El rey te pide que esperes hasta que se te haga llamar, reina —me dijo.
Era el primero que me llamaba así. No sé si sabía lo que estaba diciendo. Era un hombre maduro, silencioso, tímido y grave, que se sentía avergonzado por tener que detenerme.
Así que no me quedó más remedio que esperar en la puerta, incapaz de oír la mayoría de lo que se decía. Mi padre estaba en el trono de las patas cruzadas. Podía verle la espalda, así como a varios troyanos, pero no a Eneas. Hubo algunos discursos. El etrusco Tarcón pidió perdón a Latino por luchar contra los latinos y le explicó que el pueblo había decidido arrebatarle el tirano Mecencio a Turno de Ardea para darle su justo castigo, pero que un oráculo les había dicho que para tal expedición debían contar con un capitán extranjero, y Eneas había aparecido en el momento exacto. Latino aceptó la disculpa tan graciosamente como se le ofrecía. No quería disputas con Etruria. Drances fue el que más habló. Desde la muerte de Turno se me había hecho odioso. No había ninguna razón para ello, pero no podía evitarlo, y apreté los puños con aversión al oír su monótono parlamento. Entonces uno de los troyanos dijo algo, le respondió un etrusco y todos se echaron a reír, lo que provocó un cambio en la atmósfera de la sala. Y en aquel momento se oyó una voz discreta y resonante:
—Traigo un regalo para tu hija, rey Latino.
—Eres muy amable, noble Eneas —dijo mi padre—. Tendrá una dote digna de nuestra riqueza y nuestro orgullo.
—No tengo la menor duda, mi rey. Pero lo que traigo, querría dárselo con mis propias manos.
Mi padre asintió y se dirigió a Caeso, que lo atendía como paje:
—Haz venir a mi hija Lavinia.
Caeso estaba volviéndose para venir en mi busca cuando entré con Gaio. Llegué con tan indecorosa velocidad que mi padre se sobresaltó un poco.
Al fin pude ver a Eneas. Había estado escondido a mis ojos hasta entonces porque estaba sentado. Mi padre hizo traer un banquillo plegable para él en atención a su estado. Pero en aquel momento, al verme, se puso en pie y nos miramos a los ojos desde la misma altura. El era mucho más alto, pero yo estaba sobre el estrado.
Al verlo me sentí feliz. Sentí alegría. Y me pareció ver un brillo, un reflejo de mi propio placer en su rostro.
Inclinamos la cabeza en un saludo formal y entonces un hombre moreno de rostro aquilino y amable, Acates, trajo un gran recipiente de arcilla hasta el estrado y lo dejó allí. Estaba hecho de arcilla roja, sin ornamento alguno, y era ancho de base y grande por arriba. El tapón estaba sellado. Eneas colocó sus manos grandes y llenas de cicatrices sobre él, con una formalidad en el gesto que parecía innata en él y al mismo tiempo una especie de delicadeza afectuosa.
—Lavinia —dijo—. Cuando abandoné Troya no pude llevar gran cosa conmigo: mi padre y mi hijo, parte de mi pueblo y los dioses de mi casa y de mis antepasados. Mi padre está ahora con los señores del inframundo. Mi hijo Ascanio se encuentra ahí, y con él está mi pueblo, dispuestos a honrarte como madre y reina suya. Mis penates y los objetos sagrados de mis antepasados te los ofrezco ahora para que los conserves y los cuides en altares de nuestra casa, en la ciudad que llevará tu nombre. Han recorrido un largo camino para llegar hasta tu hogar y hasta tu corazón.
Me arrodillé y coloqué mis propias manos en el recipiente.
—Los guardaré y los cuidaré —dije con una leve vocecilla.
—¿Dónde construiremos Lavinium? —preguntó entonces, enérgico y sonriente, con evidente placer, mientras su mirada pasaba de Latino a mí.
—Recorreremos el país y veremos cuál es el mejor lugar —dijo mi padre—. Había pensado en una región de las colinas, cerca del padre río. Tiene buenas tierras de labranza y hay madera de calidad sobre ellas.
—En la costa —dije. Mi voz seguía siendo débil y ronca— Sobre una colina, en un meandro del río que baja desde Albunea.
Todos me miraron.
—La vi allí. La ciudad —dije—. En un sueño.
Eneas siguió mirándome y su rostro se tornó grave e intenso.
—Construiré tu ciudad donde la viste, Lavinia —dijo. Entonces se retiró un poco, aunque los dos mantuvimos las manos sobre el recipiente de cerámica. Volvió a sonreír y añadió—: ¿Y soñaste con el día de tu boda?
—No —susurré yo.
—Elige tú, rey Latino —dijo Eneas—. ¡Elige pronto! Ya hemos desperdiciado demasiado tiempo. Ha habido demasiadas muertes, demasiado pesar. No sigamos esperando.
Mi padre no lo pensó demasiado.
—Las calendas de quintilis. Si los augurios son buenos.
—Lo serán —dijo Eneas.

Lo fueron, claro.
Los troyanos sólo tenían lo que quedaba de junio para comenzar su ciudad y construir nuestra casa, pero eran unos trabajadores extraordinarios, más disciplinados que nosotros, los itálicos, y no tan apegados a las fiestas. El primer día del quinto mes la ciudad de Lavinium ya existía. Un meandro del pequeño Prati rodeaba la loma rocosa y empinada de la ciudadela. Junto a las laderas este y sur, menos empinadas, había un foso y un terraplén. Más arriba, una empalizada de madera mostraba dónde se levantaría la muralla de roca calcárea. En su interior se trazaron las calles. La principal ascendía hacia la ciudadela describiendo un acusado giro sobre una rampa empinada situada justo antes de la puerta. Era una excelente posición defensiva, según comentaron con satisfacción todos los soldados. En la cima de la colina se encontraba una pequeña casa de piedra orientada hacia la puerta: la Regia. Aquella casa, la única que estaba completamente terminada, se elevaba sobre las tiendas, las chozas y los andamios que conformaban la mayoría de las demás estancias y, más allá de la empalizada, los prados aluviales del Prati y las dunas marinas durante casi tres kilómetros hacia el este. Al oeste de la ciudad, los bosques de robles y de pinos ascendían y ascendían hacia el viejo volcán, la gran montaña de Alba.
A primera hora de la mañana del primer día de quintilis, el último día que pasaría en la casa de mi padre, me vistieron como una novia. Yo, que tantas veces había ornamentado el cordero o el becerro sacrifical, me vi ahora ornamentada a mi vez. Mi papel, como el de ellos, era la sumisión. Vestina me separó los cabellos con la punta de una lanza de bronce y me hizo seis trenzas, que ató con tiras de lana roja. Me puse la guirnalda de hierbas y flores que había recogido antes del alba en los campos del exterior de la ciudad. Vestina y la vieja Aula, después de pasar largo rato discutiendo cómo hacerlo exactamente, me anudaron un pañuelo de lana alrededor de la cintura con un complicado lazo. Y por encima de todo ello me pusieron un largo, grande y fino velo teñido de naranja. Era el velo de fuego que la madre de mi padre, Marica, había llevado el día de su boda, lo mismo que su madre antes de ella. Entonces salí y me reuní con los tres muchachos que me esperaban en el patio, cada uno de los cuales llevaba una antorcha de espino blanco encendida. Las llamas eran invisibles, un mero rielar en la luz del mediodía. Caeso caminaba delante de mí y los otros dos muchachos a mi lado. Su madre, Lupina, una respetable señora de la ciudad, me seguía como madrina de honor. Detrás de todos nosotros venían mi padre con sus consejeros y lo que quedaba de sus caballeros, así como una guardia de honor de soldados troyanos enviada por Eneas y todos los que querían estar presentes en la ceremonia.
Bajamos por la vía Regia y la gente se unió a la comitiva durante todo el camino. Todos ellos gritaban la palabra nupcial cuyo significado nadie conoce, «¡Talassio! ¡ Talassio!», mientras nos arrojaban frutos secos y hacían bromas subidas de tono. Las bromas formaban parte del ritual, cosa que pareció sorprender a los troyanos. Tuvimos tiempo de sobra para explicárselo, puesto que la comitiva recorrió el camino entero hasta Lavinium, no menos de nueve kilómetros. Tuvimos que volver a encender o reemplazar las antorchas en varias ocasiones y la gente, que tenía hambre, empezó a comerse las avellanas y los otros frutos secos en lugar de arrojarlos. Los aguadores, con sus burros cargados hasta los topes, hicieron su agosto durante todo el camino.
A mí se me hacía extraño caminar dentro del velo de fuego y ver el mundo a través de él. Todo el camino que tan bien conocía, las colinas, los campos y los bosques, estaban un poco en penumbra y levemente descoloridos, como si los viera bajo la luz del crepúsculo. Me sentía ajena a todas las cosas, sola, de un modo en que nunca volvería a estarlo.
Cuando finalmente llegamos a la puerta delantera de la casa, sobre la colina de la nueva ciudad, Caeso se volvió y, con un grito de alegría, volteó la antorcha y la arrojó lo más lejos posible sobre la muchedumbre que se había agolpado detrás de nosotros. Hubo una pequeña batalla por ella y muchos gritos, puesto que varios de los que querían cogerla, convencidos de que les traería suerte, se quemaron las manos al intentarlo.
Entonces volvió a hacerse el silencio y todas las miradas se clavaron en mí mientras embadurnaba los postes de la entrada con la grasa de lobo que Vestina había traído y me había entregado. Era una sustancia marrón y rancia que despedía un olor desagradable. Una vez terminado esto, me entregó unas tiras de lana roja, que até a los mismos postes mientras murmuraba una plegaria a Jano, guardián de las puertas.
Mientras sucedía todo esto, Eneas se había mantenido en la sombra del portal, silencioso e inmóvil, observándome.
Al terminar, me quedé quieta y levanté la mirada hacia él.
Formuló la pregunta que se ha de formular:
—¿Quién eres?
Y yo le di la respuesta que se ha de dar:
—Si tú eres Gaio, yo soy Gaia.
Entonces, con una repentina y amplia sonrisa, se adelantó, me cogió en volandas, me llevó al otro lado del umbral y me depositó allí.
De este modo me convertí en su esposa y en la madre de nuestro pueblo, el suyo y el mío.

Como esposa, jamás sentí aquella rabia que había sentido antes y que en una ocasión expresé a mi poeta en Albunea, al preguntarle por que tenían que arrancar a una chica de su casa para vivir como una mujer en el exilio. De hecho, mi exilio era poco importante, puesto que encontraba a solo diez kilómetros de mi antigua casa, mi padre, mi querida Regia con su laurel y los lares de mi juventud. Pero no era sólo eso. Los que acusan a las mujeres de carecer de fe y ser mudables, aunque lo dicen celosos de su propio honor sexual, siempre amenazado, tienen parte de razón. Nosotras podemos mudar nuestra vida, nuestro ser. Al margen de nuestra voluntad, cambiamos. Del mismo modo que la luna cambia pero sigue siendo una, nosotras somos vírgenes, esposas, madres y abuelas. A pesar de su espíritu inquieto, los hombres son lo que son: una vez que se ponen la toga viril, no vuelven a cambiar. Así que convierten esa rigidez en virtud y se resisten a todo aquello que podría ablandarla y hacerlos libres. Pero yo, al entregarme y aceptar las obligaciones de la madurez, me encontré más libre de lo que jamás había sido. Si tenía una deuda de deber para con mi marido, era muy fácil de pagar. Y conforme la comprensión entre nosotros iba aumentando y cultivábamos la confianza mutua, me di cuenta de que no sufría más restricciones que las que me imponían la religión y el deber para con mi pueblo. Había crecido con ellas, formaban parte de mí, no eran algo ajeno a mi persona. No me esclavizaban; más bien, al ampliar los límites de mi alma y de mi mente, me liberaban de las estrecheces del yo individual.
No me llevé conmigo los penates de Laurentum. Mi padre había manumitido a su esclava, la madre de Maruna, para que fuera su sirvienta y su guardiana en mi lugar. La primera vez que entré en mi nueva casa en brazos de Eneas, los penates de la casa de su padre en Troya descansaban sobre el altar de la parte trasera del atrio: ahora eran los dioses de su casa, los de mi familia, y yo su sirvienta y guardiana. Junto a ellos había un cuenco muy antiguo de plata fina, desgastado y mellado, preparado para los alimentos sagrados. Las lámparas eran de arcilla negra pulida. Sobre nuestra mesa del comedor había un plato pintado de rojo y negro con un montoncito de habas secas, la comida que siempre debe estar presente en la mesa para los dioses que la comparten con nosotros, y cerca de ella se encontraba el depósito de sal: todo como debía ser. Y sobre el hogar, Vesta, el fuego sagrado, ardía modesto pero claro.
Eneas me doblaba la edad cuando nos casamos. La primera vez que vi su cuerpo entero, todo músculo, tendón, hueso y cicatrices, me acordé del severo esplendor de un lobo que Almo y sus hermanos habían capturado y mantenido enjaulado durante algún tiempo antes de sacrificarlo en honor a Marte. El cuerpo de Eneas se había forjado en una escuela de penurias. Pero el hombre no era un lobo ni un malvado. Yo sabía que había amado a dos mujeres antes que a mí y que lamentaba la pérdida de ambas. Aunque al principio sólo era para él una cláusula de un tratado, por su naturaleza y por sus hábitos estaba predispuesto a tratarme como una esposa, un ser íntimo al suyo. Al principio creí que mi juventud lo asustaba. Tenía miedo de hacerme daño. Alabó mi belleza con incrédulo deleite. Honró mi ignorancia, pero yo, impaciente con ella, estaba lista para aprender de él, como no tardó en descubrir. Cada vez que hacíamos el amor, yo recordaba lo que me dijo mi poeta, que aquel hombre era el hijo de una diosa, la fuerza que mueve las estrellas y las olas del mar y empareja a los animales en los campos en primavera, el poder de la pasión y la luz de la estrella de la tarde.

No quiero ni puedo relatar con gran lujo de detalles nuestros tres años de matrimonio porque mi mente me impide hablar demasiado de quehaceres y asuntos que a nosotros nos parecían tan importantes y llenaban de manera tan rebosante la copa de nuestros días. Y es que fueron muy importantes tanto para nosotros como para nuestro pueblo, y han llenado mi vida, no sólo entonces sino en cada momento transcurrido desde entonces, completándome de tal modo que, aunque conocí el amargo pesar de la viudedad, rara vez sentí un vacío completo. Creo que si has perdido una gran felicidad y tratas de recordarla, sólo conseguirás llenarte de pesar, pero si no intentas aferrarte a la alegría, a veces descubres que mora en tu corazón y en tu cuerpo, silenciosa pero nutritiva. La más pura y completa felicidad es la de un niño que está en el pecho y la madre que lo alimenta. Gracias a eso sé lo que es la plenitud perfecta. Pero no puedo recuperarla recordando, hablando, anhelando... Haberla conocido es suficiente y lo es todo.
Sabía el poco tiempo que le quedaba a Eneas, y él no. O, al menos, creo que no. No conocía todas las profecías que podía haber oído en su viaje, o cuando estuvo entre las sombras. Si lo sabía, este conocimiento no le pesaba, ni mermaba su amplitud de miras ni disminuía sus esperanzas. Miraba hacia el futuro sin miedo y con la intención de moldearlo. Era un hombre que estaba construyendo una ciudad, fundando una nación, trabajando hasta el límite de su capacidad por el bienestar de su pueblo, de su familia y de él mismo. Su escudo colgaba sobre el vestíbulo de nuestra casa, lleno de imágenes de tiempos venideros, de reyes, de colinas cubiertas de templos, de héroes y guerras. Había llevado a la batalla el futuro de su pueblo. Y ahora pretendía fundar ese futuro en paz.
Tras diez años de guerra en Troya, ésta había vuelto a encontrarlo sin que la buscara, aquí en la costa italiana. No quería volver a verla. Estaba decidido a que la paz fuera duradera, como lo había sido la de Latino. Su primer y más importante objetivo fue establecer el imperio de la ley, la costumbre de la negociación y el arbitraje, la superioridad de la paciencia racional sobre la violencia ciega entre los troyanos y los latinos que estaban levantando Lavinium y entre todos los pueblos vecinos.
No tardé mucho en darme cuenta, transcurrido el primer año, de la frecuencia con la que volvían sus pensamientos al final de la breve guerra en Italia, y de la medida en que aquellos sucesos habían estremecido y remodelado la idea de quién era y cuál era su deber. No me refiero a la guerra en sí, que había sido inevitable. Cuando Marte gobierna a los hombres, hay que obedecerlo según sus propios términos. Era el final de la guerra lo que le pesaba: la forma en que había muerto Turno. Para él, esto bastaba para poner en cuestión todo lo demás.
Lo veía como un asesinato. Se veía a sí mismo como un asesino. Había contenido el golpe para darle tiempo a rendirse completa y honorablemente, pero después, olvidando la obligación de perdonar a los indefensos y a los vencidos, lo había matado en un frenesí vengativo. Había cometido nefas, el mal inefable.
En las mañanas de verano hablábamos antes de comenzar a trabajar. En las dilatadas noches de otoño, lo hacíamos en la oscuridad de nuestro lecho nupcial. Allí descubrió que podía hablar conmigo como, creo, nunca había podido hacerlo con nadie, salvo puede que con Creusa mucho tiempo atrás, en los oscuros años del asedio de Troya, cuando era joven. Era un hombre que pensaba con dureza y sin descanso en lo que había hecho y lo que debía hacer, y esta conciencia tan despierta agradecía que yo lo escuchara en silencio e intentara responderle, mientras él pugnaba por encontrar la claridad. Y mi ignorancia agradecía sus dudas, que me enseñaban qué cosas merecía la pena preguntar.
—Estabas furioso —le dije—. ¡Y con razón! Primero, Turno te desafió y luego huyó deliberadamente. Te obligó a perseguirlo, a sabiendas de que estabas herido, para cansarte. Fue la táctica de un cobarde.
—Si es que fue una táctica. En la guerra vale todo.
—¡Pero él quebrantó la tregua!
—No fue obra suya. Dejó hablar a su hermana, y a Camers,y a ese Tolumnio, que fue quien arrojó la lanza. Créeme, no siento ningún remordimiento por haber matado a Tolumnio... Pero Turno no habló, ni entonces ni después. No lo hizo hasta el final. Actuaba como un hombre hechizado.
—Eso fue lo que dijo Seresto —respondí—. La lechuza que vio... justo después de que te encontrases con él. Dijo que no sabía si había visto una lechuza volando alrededor de la cabeza de Turno y batiendo sus alas contra él, o sólo algo que estaba viendo Turno y que en realidad no estaba allí.
Sentí que se estremecía ligeramente. No dijo nada.
—Yo creo que había algo malo en la familia de Turno. En la de mi madre. Un frenesí. Una locura. Una oscuridad. Corría por sus venas como una serpiente negra, como un fuego sin luz. ¡Oh, espero que los poderes del bien, la madre Tierra y mi Juno lo mantengan alejado de mí y de nuestro hijo!
Para entonces ya sabía que estaba encinta. Me estremecí al decir estas palabras y abracé a Eneas en busca de valor.
—No hay nada malo en ti —dijo él—. Tu alma es tan clara como los manantiales del Numicus, en lo alto de las colinas, igual de clara e igual de pura.
Pero yo pensé en los manantiales de Albunea, silenciosos, pálidos bajo la fétida y azulada neblina que los cubría.
—Turno era joven y ambicioso —dijo—. Pero ¿qué había de malo en él?
—Su codicia —respondí al instante—. Su codicia, su egoísmo... ¡Yo, yo! Sólo veía en el mundo aquello que deseaba. Mató al joven griego para arrebatarle el cinto. ¡Fue una muerte cruel y alardeó de ella! Eso fue lo que no pudiste soportar: ver el cinto sobre su hombro.
—Yo maté al joven etrusco, Lauso. Y de forma cruel.
—¡Pero no alardeaste de ello!
—No. Lo lamenté. ¿De qué habría servido? Estaba muerto.
—Pero, Eneas, nadie perdona a nadie en la batalla, ni siquiera cuando suplican por su vida... Tú mismo me lo dijiste. —Más tarde recordé que no había sido Eneas el que me lo había dicho, sino el poeta. Pero ni Eneas ni yo nos dimos cuenta en aquel momento y yo proseguí, elocuente en mi deseo de librarlo de la angustia—. Estabais luchando a muerte. No sólo Turno y tú, sino todos. Lo de menos es que estuvieras sediento de sangre o frío como el agua de mar. Hiciste lo que tenías que hacer. Pallas trató de matar a Turno, así que Turno lo mató. Lauso trató de matarte, así que tú lo mataste a él. Fue un duelo a muerte entre los dos. Nada más podría haber puesto fin a la guerra. Así es el orden, el fas de la guerra, ¿no? Y tú lo obedeciste. Hiciste lo que tenías que hacer, lo que debía hacerse. ¡Como siempre!
No dijo nada durante largo rato, y luego muy poco. Pensé que mi argumento había dado en el blanco. Estaba angustiada por él.
Hasta mucho tiempo después no me di cuenta de que le había arrebatado el sentido de culpa que le proporcionaba cierta justificación a sus propios ojos. Si no podía ver su furia como enemiga de su piedad, como una rabia que, de manera momentánea, se apoderaba de lo mejor de sí, la muerte de Turno no podía ser un fatal instante de desorden, por lo que tenía que ver la furia como una parte de su verdadera naturaleza, del auténtico orden de las cosas, del mismo orden que había pasado toda la vida tratando de mantener, servir y preservar. Y si en este orden la muerte de Turno era un acto justo, ¿podía ser un orden justo a su vez?
La muerte de Turno aseguró la victoria de la causa de Eneas, pero fue una derrota mortal para Eneas el hombre.
Al golpear, Eneas había llamado al acto sacrificio. Pero ¿de qué y a qué?
No sé qué clase de valor estaba pidiéndole yo a mi paciente héroe. No volvimos a hablar del asunto. Yo seguí pensando que había librado su mente de una culpa innecesaria, que lo había consolado y había aliviado su necesidad de valor. Las esposas jóvenes pueden ser muy tontas.
Nuestra ciudad crecía alrededor de la pequeña Regia a tal velocidad que a veces parecía irreal, una visión, como mi sueño. Pero mirar desde nuestra puerta y ver los tejados de paja y tejas por todas partes, oler el fuego de las cocinas que se alzaban desde todos ellos, oír cómo llamaba una joven esposa latina a su marido troyano, un trabajador a su ayudante, un niño que cantaba una canción en medio de un juego... Era real, todas las mañanas y todas las tardes, una realidad vívida y alegre. Lavinium se parecía mucho a cualquier otra de las ciudades de nuestra costa, aunque la ciudadela, sobre el cerro de roca, encima del pequeño y oscuro río Prati, descollaba por encima de muchas otras. De haber estado solos, es posible que los troyanos hubieran construido las casas de otra manera, pero los carpinteros eran itálicos, así que hicieron las cosas como siempre las habían hecho. Yo insistí en que todos los árboles que hubiera dentro de las murallas y se pudieran respetar, se respetaran. Al principio, a los troyanos les pareció raro, pero al llegar el verano tuvieron que admitir las virtudes de la sombra y al final terminaron por enorgullecerse del puñado de robles, laureles o sauces que resguardaban sus casas. En la Regia teníamos menos sombra que la mayoría, pero yo me había traído un brote del laurel del patio de la casa de mi padre y al cabo de un año ya era más alto que nosotros. Y luego plantamos una parra silvestre para que trepara sobre la celosía y diera sombra en el extremo norte del patio.
Hubo muchas bodas el primer año. Pocas mujeres troyanas habían llegado desde Sicilia en la última etapa de su gran retirada. Los hombres, impacientes, tomaban esposa tan pronto como encontraban a una mujer dispuesta. Al llegar el invierno, apenas quedaba una chica soltera en el Lacio, lo que provocó abundantes protestas entre los latinos que no se habían casado. Mi Silvio fue el primer niño que nació en Lavinium, pero antes de mayo había otros cinco pequeños latino-troyanos que lloraban en sus cunas por toda la ciudad. Los poderes que cuidan de los alumbramientos estuvieron muy ocupados aquel año y los siguientes.
Las familias de la región que contraían lazos con un troyano se veían atraídas a la ciudad por los vínculos del parentesco y los trabajadores lo hacían por las necesidades de sus respectivos oficios. A muchos de ellos les gustó la ciudad y su rey y decidieron instalarse en ella. Antes de que pasara mucho tiempo había más latinos que troyanos en Lavinium. Los curtidos guerreros que habían viajado desde tan lejos con Eneas se encontraron viviendo como propietarios itálicos entre otros propietarios itálicos, como granjeros entre granjeros nativos, mientras su gran ciudad se convertía en una leyenda, sus nobles linajes perdían el significado y todas sus batallas, aventuras, tormentas y viajes, al calor del fuego del hogar, se sumergían en la domesticidad urbana de una casita en una pequeña ciudad en tierra extranjera.
Fue difícil para algunos, especialmente para los más jóvenes. Los hombres que superaban la treintena, en general, se alegraban de haber terminado con las penurias y el agua de mar, de tener un hogar propio y una cama con una esposa. Pero Eneas vigilaba de cerca a los adolescentes y a los jóvenes, a los que encomendaba los trabajos más duros: todas las tareas peligrosas eran para ellos. Y además organizaba con frecuencia ejercicios y juegos atléticos en los que competían en diferentes habilidades o deportes, mientras los hombres más maduros y los niños miraban y los vitoreaban. A los jóvenes latinos se los alentaba a participar y muchos de ellos lo hacían con gran espíritu competitivo. Algunas festividades troyanas se señalaban por medio de juegos, y Eneas añadió al calendario todas las latinas que pudo, de modo que los jóvenes siempre estaban entrenándose para los diferentes acontecimientos.
Mi hijastro Ascanio, que había aprendido a montar en África y era un excelente jinete, solía destacar en cualquier exhibición de monta y doma. En otros deportes, como el tiro con arco, las carreras, los saltos, la lucha, el lanzamiento de piedras o los ejercicios militares con lanza y espada, no se encontraba entre los mejores por condiciones innatas, pero como pensaba que debía estarlo, se esforzaba con ardiente desesperación. Cuando quedaba en quinta o sexta posición, e incluso cuando alcanzaba el segundo puesto, se enfurecía y se avergonzaba hasta el punto de discutir el veredicto de los jueces, o se marchaba con el ceño fruncido para flagelarse. Si no era su lanza la que abatía al jabalí o al ciervo, regresaba de la cacería cariacontecido y triste. Poseía la misma seriedad y el mismo amor al deber que su padre, pero no su sentido de la proporción ni su paciente fuerza. Como es natural, el joven príncipe había sido muy querido por los troyanos exiliados durante sus viajes, y creo que en Cartago la reina lo había malcriado un poco, porque siempre estaba hablando de lo que Dido le dejaba hacer y lo maravillosa que era la vida en África. Si advertía cómo se ensombrecía el semblante de su padre al oír estas cosas, nunca preguntaba el porqué. Conmigo, que sólo le sacaba unos pocos años, se mostraba siempre cauto y reservado. Yo no podía ser la madre amorosa que había perdido. Para él era más bien —y quizá también para mí— como una hermana mayor, una poderosa rival por el amor de su padre. Estaba celoso del bebé, su hermanastro. Ningún padre podría haber amado a su hijo más de lo que Eneas amaba a Ascanio, pero éste no había desarrollado aún la generosidad de corazón que le permitiría aceptar este amor sin más. Pensaba que debía ganárselo demostrando que era superior a él. Estaba siempre inquieto e infeliz, y esta infelicidad preocupaba a su padre. Por suerte le encantaba la caza, así que se le enviaba de cacería a las montañas siempre que lo deseaba. Nuestros rebaños no eran aún demasiado grandes, así que la caza era muy importante para nosotros. De este modo, cuando volvía con carne suficiente para un festín y la piel de un oso, la cornamenta de un gran ciervo o los colmillos de un jabalí, Ascanio se sentía necesitado, un héroe digno de su padre.
Mi hijo Silvio nació el día después de las calendas de mayo, un poco antes de lo previsto. No era un niño muy grande, pero sí muy hermoso. Aun cuando su carita estaba aplanada y tenía los ojos sesgados como los de un gatito, yo veía las facciones de su padre latentes en él, en el ceño fuerte y en la eminente nariz. Con menos de un mes sonreía de forma inequívoca y lloraba con lágrimas de verdad desde poco después. También en esto era como su padre, un hombre de buen humor y predispuesto con facilidad al llanto. Mamaba de forma insaciable, casi no sufría de cólicos y dormía mucho, y cuando estaba despierto lo hacía patente, con gran alegría. No se pueden decir muchas cosas sobre un niño, salvo que uno hable con su padre, con otra madre o con su niñera. Los bebés no forman parte del reino del lenguaje. El habla es tan inadecuada para ellos como ellos para el hablar. Silvio era un niño estupendo, que brindó a su padre y a su madre infinitas alegrías. Baste con eso.
Entre el pueblo del Lacio no había resentimiento hacia Eneas. Tal como lo veían ahora, los rutulianos los habían utilizado para librar una guerra en beneficio de Turno más que en el de ellos. Los habían humillado y se alegraban de poder dejar aquello atrás. Mi padre, Latino, gozaba de mayor respeto que nunca, ahora que el pueblo veía justificados sus esfuerzos por mantener la paz y cumplidas sus profecías. El agradecía su buena voluntad, pero era un hombre al que se le había arrebatado la alegría de vivir. La salud lo traicionaba con frecuencia. La guerra, a pesar de su brevedad, lo había envejecido. Cada vez con mayor frecuencia, reclamaba la presencia de Eneas en Laurentum o acudía él a Lavinium para pedirle consejo o consultar con él cuestiones relacionadas con el gobierno o con el uso de las tierras, o alguna decisión sobre la siembra, la cosecha o el comercio. Manifestó de forma expresa que Eneas era su hijo, su sucesor en el trono del Lacio, y que sus consejeros debían mantener su favor si no querían perder el suyo. Su generosidad para con nosotros fue inmensa. Abrió las tierras reales a nuestros granjeros y pobló nuestros campos con sus mejores rebaños para que Lavinium pudiera crecer y florecer desde el principio.
Al cabo de un par de años, la nueva ciudad ya atraía gente desde la antigua. La gente se decía: «Las cosas marchan bien allá en el Prati. ¿Por qué no nos mudamos?» De este modo, poco a poco, Laurentum fue convirtiéndose en la ciudad que es ahora, un lugar muy pequeño, soñoliento y silencioso, cuyas puertas no están custodiadas, cuyas casas abandonadas languidecen a la sombra de árboles inmensos y cuya Regia no alberga ya a nadie, aparte de algunos viejos guardias y sus esposas y esclavos para que cuiden de los dioses de la casa y sigan tejiendo a la sombra del gran laurel, junto al estanque.
Aunque la mayoría de los latinos no guardaba rencor al pueblo de Eneas, el viejo Tirro sí que lo hacía, así como el único de sus hijos varones que había sobrevivido a la guerra y su hija Silvia. No perdonaron a los troyanos ni los perdonarían nunca. El anciano desafió abiertamente a Latino y dijo que era un cobarde que había vendido su reino y su hija a un aventurero extranjero. «¿Por qué no se levantan los latinos para expulsar a los usurpadores? —gritaba—. Mirad lo que está haciendo el rey, entregándoles nuestro ganado a esos ladrones.» Latino lo dejaba protestar. No lo privó de su puesto como pastor real ni lo castigó o reprendió en modo alguno. Eso horrorizaba a gente como Drances, que decía que el rey ponía en entredicho su dignidad y su poder al tolerar esas afirmaciones traicioneras, pero Latino ignoraba a Drances del mismo modo que a Tirro. Al ver que sus protestas no provocaban respuesta alguna, la gente acabó por considerar que Tirro no era más que un viejo amargado cuyo insoportable pesar engendraba delirios. En cuanto a Drances, Eneas no confiaba en él más que yo. Tanto él como Latino le permitían hablar y luego dejaban que sus palabras murieran sin engendrar nada.
El ciervo, Cervulo, alcanzado por la lanza de Ascanio, no había muerto de la herida, sino que vivió aún algunos años, cojo y tímido, sin alejarse apenas de la granja. Eso me contó la gente de Laurentum. Una vez mandé un mensaje a Silvia en el que le preguntaba si podía ir a visitarla. No recibí respuesta. La cobardía me impidió ir. Temía que el anciano se encolerizara conmigo e insultara a mi marido. Temía que Silvia me diera la espalda. Se casó más adelante con un primo que había venido a ayudar a su padre y a su hermano con los rebaños. Así que nunca se separó de sus propios penates, sino que pasó toda su vida viviendo en la granja familiar. No volví a verla.
Fuera del Lacio, entre los reinos vecinos y aliados, la guerra había dejado malos sentimientos y algunos recuerdos amargos. Todos los que habían enviado guerreros a Turno los habían visto volver a casa vencidos, con sus reyes y capitanes muertos. El desarrollo y los objetivos de la guerra habían sido tan erráticos —un tratado roto inmediatamente después de haber sido firmado, rehecho de nuevo y quebrantado casi al instante— que apenas podían saber a quién debían culpar. Fue fácil convertir en víctima propiciatoria a la ambición de Turno. Pero también es cierto que Latino había permitido que su pueblo luchara a su lado como si realmente hubiese existido una alianza de itálicos decidida a expulsar a los extranjeros. Y los reyes de los volscianos y de los sabinos habían caído a manos no de los itálicos, sino de los troyanos, los etruscos y los griegos. Todo el mundo sabía que los etruscos aspiraban a extender su dominio sobre los estados meridionales; los griegos no eran de fiar. ¿Y quiénes eran esos troyanos que habían desembarcado afirmando que Italia les pertenecía por herencia?
Porque la profecía se había dado a conocer. Aunque Eneas nunca hablaba sobre ella en público, algunos de los suyos sí que lo hacían. Contaron que los había conducido hasta allí, guiado por presagios y oráculos, para gobernar el país entero, para fundar un imperio glorioso y duradero. Ascanio alardeaba de ello con los jóvenes latinos de los que se rodeaba. Los traía a nuestro atrio para mostrarles el escudo de Eneas, con sus misteriosas profecías de grandes edificios y guerras interminables.
—Estos guerreros, estos reyes, son mis descendientes —les decía a sus amigos. Y mientras hablaba, yo paseaba al pequeño Silvio sobre mi hombro, como Eneas hiciera con su escudo.

La segunda primavera, a finales del mes de marzo, una banda de rutulianos y volscianos se reunió en secreto junto a Ardea y, tras cruzar de noche los campos, lanzó un asalto sobre Lavinium al amanecer. Para entonces ya disponíamos de unas murallas sólidas, pero no estaban custodiadas ante posibles ataques. Las puertas se cerraban de noche y se abrían poco antes del alba para que los pastores pudieran entrar y salir con sus animales. El primer aviso lo dieron un par de granjeros jóvenes que llegaron corriendo por la rampa.
—¡Un ejército! ¡Que viene un ejército! —gritaban.
Los guardias de la puerta dieron la alarma. En las emergencias, Eneas se movía como un gato. Había despertado, salido y ordenado a Ascanio, Acates, Seresto y Mnesteo que reunieran a los hombres antes de que yo supiera qué estaba pasando.
Cuando subí al tejado para ver lo que pasaba al otro lado de las murallas y vi la turba que cubría los campos como un nubarrón oscuro salpicado por los reflejos de las puntas de lanza, rápida y casi silenciosa, el terror hizo presa en mí. Era la guerra de nuevo, era Marte, que venía una vez más a derribar las puertas. Sangre, muerte y ruina; el fin de todo. Abracé a Silvio contra mi pecho y, agazapada detrás del parapeto para protegerme, gemí como un perro herido. Había perdido el valor de la virginidad. Era una mujer acobardada y de rodillas débiles, como todas las demás, asustada por mi hijo y por mi hombre. Por suerte, Maruna no era así. Al igual que cuando pensamos que Laurentum tendría que soportar un asedio, comenzó a hablarme de provisiones, agua, y madera para las hogueras, y todo esto me sacó de aquel acceso de temor. Bajé con ellas, dije las plegarias matutinas y luego me encargué de que se hiciera todo lo que había que hacer.
Los atacantes nunca llegaron a entrar en la ciudad. Nuestros hombres salieron en tropel por las puertas para ir a su encuentro, encabezados por Eneas y sus antiguos capitanes. Los troyanos y los jóvenes atletas iban armados con lanzas y escudos y los demás con azadones, picos, guadañas y hoces. Las dos turbas se encontraron cara a cara en la muralla exterior, donde lucharon salvaje pero brevemente. Varios jóvenes arqueros dispararon contra los atacantes desde la torre de la puerta mientras éstos se dispersaban, daban media vuelta y emprendían la huida. La mayoría de los hombres salió en su persecución. Algunos de ellos pararon incluso en los establos para coger algún caballo, pero Eneas llevó de regreso a la ciudad a sus troyanos y a todos los jóvenes que pudo reunir. Yo estaba esperando en la entrada de la casa cuando llegó con sus tropas por la calle y se volvió para arengarlas.
—Una manera movida de comenzar el día, ¿no? —dijo con una voz que se podía oír por encima de todas los demás, aun sin necesidad de levantarla. Todos se rieron y lo vitorearon—. Creo que han aprendido la lección —continuó—. Estamos en condiciones de practicar la moderación. Cuantos menos hombres pierdan, menos necesidad tendrán de vengarse. Así podremos olvidar el asunto con rapidez. ¿Quién los dirigía? ¿Alguien lo ha visto?
—Camers —respondieron varias voces latinas—. El joven Camers de Ardea.
—Bueno, pues no podrán volver a seguirlo por algún tiempo. ¿Eran todos rutulianos? —Aún no era capaz de diferenciar los pueblos entre sí como nosotros los nativos, pero aunque hubiera podido, habría pedido la información. Sabía que a la gente le gusta que le pregunten, le gusta ser la que sabe las cosas.
—Volscianos, había un grupo muy nutrido de volscianos —respondieron los latinos, entre diferentes descripciones del carácter y la anatomía de éstos.
—Llevan culos de caballo en el sombrero —gritó uno de ellos.
Los habitantes de la ciudad estaban excitados, eufóricos con su repentina y fácil victoria. Exhibían pequeñas heridas con orgullo. Los propietarios y los jóvenes volvían con trofeos de los enemigos a los que habían matado u obligado a rendirse: petos, espadas, yelmos... Lavinium fue una ciudad muy bulliciosa durante todo el día y toda la noche siguientes y se bebió en ella mucho vino verde. Eneas agasajó a los jactanciosos juerguistas y tuvo la Regia abierta para ellos hasta muy tarde.
—Esto los ha unido —me dijo en un momento en que estábamos apartados del gentío, cerca del ala de las mujeres, poco antes de irnos a la cama—. A mi pueblo y el tuyo. Ahora son todos lavinianos, como tenía que ocurrir alguna vez. Ha sido afortunado.
—Pero ¿seguirá sucediendo? —le pregunté estúpidamente—, ¿Volverá a ocurrir una vez tras otra? —El miedo atroz que había sentido aquella mañana no me había abandonado. Era como un frío fino y penetrante en los huesos.
Me miró con los ojos que no sólo habían visto arder su ciudad, sino que habían contemplado el mundo de los muertos. Me abrazó con dulzura.
—Sí —dijo—. Pero intentaré impedirlo en la medida de lo posible, Lavinia.
Pudo impedirlo casi por completo durante algún tiempo. La derrota de la banda que había venido con la intención de poner la ciudad bajo asedio envió un mensaje claro por todo el Lacio: Lavinium podía defenderse sola. Eneas lo cimentó con enérgicos esfuerzos encaminados a reforzar nuestras alianzas con los sabinos, con Caere y las demás ciudades de Etruria y con el rey Evandro de Pallanteum.
Evandro, amargado aún por la muerte de su hijo, culpaba a Eneas por no haberlo protegido en la batalla. Su bienvenida ante nuestra visita no fue calurosa. Yo no había estado allí desde que lo visitara con mi padre, cuando Pallas y yo éramos niños. Me entristecí mucho al comprobar que el pequeño asentamiento se había empobrecido, las casas estaban hundiéndose en el lodo de la ribera y las mujeres y los niños parecían flacos y cansados. Miré a mi alrededor, maravillada, porque era allí donde, según mi poeta, se alzaría la gran ciudad de nuestros descendientes. Entre la maleza de aquellas agrestes colinas se alzarían los rutilantes palacios y los altares representados en aquel escudo. Allí, entre las chozas de adobe y la desierta cueva del lobo, donde vagaban unas pocas y flacas cabezas de ganado buscando algo que comer, caminarían grandes gobernantes sobre suelos de mármol.
Eneas estaba de mal humor aquella noche cuando nos quedamos solos en la habitación que nos habían reservado en la oscura y chata casa de Evandro. El apesadumbrado rencor de Evandro le pesaba sobremanera. Tratando de animarlo y con la cabeza llena de aquellas imágenes, le dije:
—Dijiste que tengo un don para saber dónde levantar una ciudad. —Pues muchas veces me había alabado por elegir la ubicación de Lavinium.
—Sí, así es.
—Pues éste es el mejor sitio de todos.
Me miró con el ceño fruncido, expectante.
—Lo vi en... Puedes llamarlo un sueño. —Nunca había estado tan cerca de hablarle del poeta y me dio la sensación de que caminaba por arenas movedizas, pero aun así continué con cautela—. La ciudad de tu escudo, la gran ciudad...
Asintió.
—Estará aquí. Aquí mismo, sobre estas colinas, las siete colinas. Creo que le pondrán uno de los nombres sagrados del padre río. Los etruscos dicen Ruma y nosotros Roma. Será la ciudad más grande del mundo. —Miré al niño, que estaba profundamente dormido en la canasta de viaje—. Llena de pequeños Silvios —añadí—. ¡Miles de ellos!
Al cabo de un momento sonrió.
—Una ciudad afortunada —dijo—. ¿Lo viste?
—En tu escudo, sobre todo.
—Sabes cómo interpretarlo —afirmó con aire reflexivo—. Yo nunca he sabido.
—Especulaciones, sueños...
Se acercó a la canasta del niño, pensativo, y al cabo de un momento bajó la mano y acarició su suave y ensortijado cabello con el dorso del dedo índice.
—Tú lo llevarás —le susurró.
—Esperemos que no sea en la batalla —dije.
—Cuando deba... Ven entonces, mi amor. Esta noche dormiremos en la gran ciudad.
La alianza de Evandro era poco firme y no tenía mucha ayuda que ofrecernos, pero la noticia de nuestra amistad con los griegos de Pallanteum llegó a oídos de los de Arpi, una colonia mucho más grande y próspera del sureste, gobernada por un hombre al que Eneas había conocido hacía mucho tiempo y muy lejos de allí: Diomedes, uno de los capitanes griegos del asedio de Troya. No tenían demasiadas razones para profesarse amor. Acates me contó el porqué, dado que Eneas nunca hablaba de la guerra con los griegos. Durante el último año de la guerra, Diomedes había matado al auriga de Eneas mientras éste intentaba proteger al muchacho de los saqueadores griegos. Diomedes lo derribó lanzándole una gran piedra que lo alcanzó en las rodillas. La espada del guerrero heleno estaba alzada para asestar el golpe de gracia cuando Eneas le arrojó arena a los ojos y escapó. Fue una fuga tan inesperada que se convirtió en una anécdota casi misteriosa, y alimentó aún más la reputación de Eneas como guerrero. Diomedes, furioso, se dedicó a buscarlo por todo el campo de batalla. Cuando finalmente lo encontró, cojo, se abalanzó sobre él para matarlo, pero el gran guerrero Héctor acudió en defensa de Eneas seguido por la línea de los troyanos.
Acates me contó la historia mientras hablábamos de los griegos y de sus colonias. Le conté que Diomedes se había negado a unirse a la alianza de Turno, no sin advertirle antes que se guardara de Eneas, pues estaba bajo la protección de grandes poderes. Acates asintió.
—Un hombre sabio, ese Diomedes —dijo—. Al menos, más que antes. Tenía un don natural para la lucha sin armas. Podía vencer a cualquiera, dios u hombre... No me importaría volver a verlo, después de todos estos años.
Y al poco de regresar de Pallanteum, llegó un emisario de Arpi con diez bellas yeguas como regalo y una propuesta de Diomedes para una alianza entre su pueblo y los latinos «bajo sus reyes Latino y Eneas».
Latino se mostró completamente a favor.
—Adelante —dijo—. Ve y firma un tratado con él. De este modo, los rutulianos y los volscianos quedarán entre nosotros y él. Entre el yunque y el martillo.
—Hay un dicho —replicó Eneas—: «Cuidaos de los regalos de los griegos.» —Y, con sarcasmo, añadió—: Sobre todo de sus caballos.
—Entonces yo me quedaré con las yeguas —dijo mi padre—. Tú encárgate de las conversaciones. —Estaba de buen humor aquel verano. Su salud había mejorado y había venido a Lavinium varias veces para realizar los ritos de adoración en el altar de su nieto.
Eneas no me llevó a Arpi consigo. Era un largo camino por un país poco seguro y no sabía si podía confiar en Diomedes. Me preocupé por él mientras estuvo fuera, pero no demasiado. Era sólo el segundo verano. Aún no era el momento de preocuparse.
Regresó con su comitiva de compañeros armados hasta los dientes al cabo de veinte días. Me contó que Diomedes y él habían mantenido una agradable conversación en la que habían rememorado entera la guerra de Troya. Luego habían sellado un tratado de paz y ayuda mutua en el altar con el sacrificio de diez jabalíes, diez bueyes y diez cabras, porque Diomedes era rico.
De camino a casa, la última noche de su viaje, Eneas pasó la noche en el monte Alba.
—Si alguna vez he visto un lugar sagrado, es ése —me dijo—. Me ha recordado al monte Ida. Pero no vive nadie allí.
—Es sagrado. Padre lo visita en el solsticio de invierno, cuando una fisura en el borde del cráter señala al sol. Y cuando hay sequía, o unas lluvias fuera de temporada, o un rayo fulmina a alguien, la gente va a Alba para rezar y para celebrar ritos religiosos. No sé por qué está desierto. Puede que la tierra no sea buena.
—Hay una aldea junto al lago, según dicen, pero tendría que haber una ciudad de verdad. Aunque el suelo es de color pálido, sí.
—Es ceniza blanca —dijo Ascanio—. Buena para la vid.
A comienzos del otoño, Eneas fue a Caere por barco, llevando los mejores regalos que podíamos ofrecer para agradecer a Tarcón y su pueblo la ayuda que nos habían prestado en la guerra: tres toros blancos, tres cabras blancas y un par de potros de pelaje gris que se tornarían blancos cuando crecieran. Los caballos llevaban unos espléndidos arreos de cuero y bronce dorado, regalados por mi padre. No era un gran regalo para dos reyes, pero generoso teniendo en cuenta nuestra condición actual. No tenía sentido fingir que éramos iguales a los etruscos en riqueza, en poder o en las artes de la vida. Ellos lo sabían y nosotros también. Dieron una gran bienvenida a Eneas y se quedó más de un mes en Etruria. Además de Caere, visitó Falerii y Veii, donde también lo recibieron muy bien. Regresó a casa muy satisfecho con el viaje.
Yo no quería arruinarle el placer, pero cuando estuvimos solos y pude decir al fin lo que pensaba, estallé:
—¡Oh, no vuelvas a alejarte tanto tiempo, Eneas! ¡Te lo suplico! ¡No vuelvas a alejarte nunca más!
Y, para mi sorpresa, me eché a llorar.
Como es natural, me calmó, me consoló y me preguntó qué me preocupaba, y como es natural, no pude decirle que aquel invierno, el siguiente verano y el invierno posterior eran lo único que nos quedaba.
—Sé que tienes que hacer esos viajes —le dije—, pero tal vez podrías dejarlos para más tarde... Cuando Silvio tenga uno o dos años más... Este año no. No viajes más este año. O los dos próximos... Y que no sean tan largos... Un mes entero...
No tenía sentido para él. ¿Cómo iba a tenerlo? Después de pensarlo, dijo lo único que podía decir:
—No viajaré salvo que sea necesario, Lavinia.
Asentí mientras trataba de reprimir las lágrimas, acalorada y enrojecida de vergüenza por mi debilidad y por mis esfuerzos para ocultar nuestro destino.
—No soporto verte llorar —dijo. Sus propios ojos estaban llenos de lágrimas.

Había otra causa para mi preocupación ante su larga ausencia que, al igual que la otra, tampoco mencioné: el comportamiento de Ascanio mientras él estaba fuera. Eneas lo había dejado al mando de la casa y de todos los asuntos de Lavinium, como debía ser. El hijo primogénito y heredero tenía que adquirir experiencia asumiendo responsabilidades. Comprensiblemente, Ascanio, aterrado y nervioso por la idea de reemplazar a su padre, se excedió. Gobernó con mano de hierro. La gente estaba dispuesta a atribuirlo todo a su juventud, pero demostró una falta de tacto impropia hasta de un muchacho de su edad. En aquellos días estuvo precipitado, arbitrario y pomposo. El menor contratiempo lo irritaba y desdeñaba mi consejo y el de Acates. Especialmente el de Acates, quizá porque era un fiel lugarteniente y amigo de Eneas. Ansioso de demostrarse intrépido en combate, o temiendo lo contrario, no lo sé, Ascanio provocaba altercados siempre que le era posible. En el mes que Eneas pasó fuera, azuzó el resentimiento y los malos sentimientos de todas las personas y los grupos con los que tuvo que tratar y provocó daños que tardarían meses en ser reparados.
Por mucho que lo intenté, no pude perdonar a Ascanio por arruinar tanto la paz del reino de su padre como su paz mental. Lo que más deseaba yo era que el breve reinado de Eneas fuera una auténtica recompensa por todos sus afanes, un refugio de felicidad. Anhelaba ver que el hijo de la estrella de la tarde brillaba por fin en paz. Mientras Eneas estaba en Etruria, había pensando en contarle a Ascanio lo que sabía: que la vida de su padre no duraría mucho más. Imaginaba que, de saberlo, su piedad natural lo impulsaría a ahorrarle problemas y pesares y podría controlar su espíritu competitivo durante más o menos un año. Pero Ascanio se mostraba tan suspicaz y celoso conmigo que fui incapaz de confiarle la información. Hasta puede que se hubiera reído. Tendía a desdeñar todas las cosas de los latinos, incluidos nuestros oráculos y nuestros lugares sagrados. Y yo le había oído decir que lo mejor de los griegos era que sabían mantener a las mujeres en su lugar. Aunque pienso que era su juventud la que hablaba y que en el fondo de toda aquella fanfarronería y aquel carácter irascible había un buen corazón, seguí sin poder contarle lo que sabía. No estaba segura de que no lo utilizara contra Eneas en un momento de cólera o como demostración de poder.
Ascanio y yo nos evitábamos en la medida de lo posible. Consciente ahora de que su esposa y su hijo no se llevaban bien, Eneas tuvo la precaución de no colocarnos en una posición falsa. Aunque la gente suele confundirlo con la debilidad o la duplicidad, el tacto es una gran cualidad en el gobernante de un reino o de una casa. La consciencia del otro engendra respeto, y la gente responde al respeto y al reconocimiento. Eneas gobernaba con tacto y su pueblo lo amaba por ello.
Durante aquel invierno y aquella primavera tuvo que ejercitarlo con frecuencia con los terratenientes y los miembros de las tribus y los pueblos vecinos a los que había ofendido Ascanio, incluido mi padre. Por muy rebelde que pudiera ser Ascanio, el orgullo que le inspiraba el linaje de su padre lo hacía ser tan ingenuo como un niño, y sencillamente era incapaz de aceptar como igual —y no digamos como rey— al anciano caudillo de un pequeño reino del extremo occidental del mundo. En ausencia de Eneas, había despedido sin respuesta a un mensajero de Latino y había dado órdenes contrarias a las de este. En aquel momento, mi padre no dijo nada, pero habló con Eneas a su regreso. Sugirió, pues Latino también poseía tacto en grandes dosis, que se le entregara al muchacho un dominio propio para gobernarlo, lejos de Laurentum y de Lavinium. Mi padre lo llamaba «el muchacho» y lo saludaba como hijo de Eneas, mientras que a su nieto lo llamaba Silvio y «pequeño rey». Su tacto no le impedía ser muy tozudo.
Eneas puso en práctica de inmediato la sugerencia. Ofreció a Ascanio el gobierno de la región de las colinas Albanas, el lago Albanus, la ciudad de Alba Longa y la antigua ciudad de Velitrae. Le dijo que su labor sería guardar la paz con sus siempre inquietos vecinos, de modo que pudieran celebrarse sin problemas los festivales religiosos del monte Alba, a los que acudía gente de todo el sur de Italia, y encargarse de desarrollar la agricultura y formar un cuerpo de granjeros leales al servicio de los reyes del Lacio. Me dijo que se había mostrado un poco seco con el muchacho y le había advertido que, si causaba problemas en lugar de prevenirlos, lo llamaría de regreso a Lavinium privado del mando.
Ascanio partió con su amigo de infancia Atis y un pequeño ejército, todos montados en buenos caballos y bien armados, con el casco emplumado, orgulloso y apuesto. Se instaló en Alba Longa, desde donde comenzó a enviar informes satisfactorios a su padre. El experimento parecía haber tenido éxito.
Para mí supuso un gran alivio verlo marchar. Prefería tener a Eneas para mí, sin que su hijo lo preocupara, durante el verano, el otoño y el invierno que le quedaba. No pensaba en la primavera. Ya llegaría la primavera. Jano abriría las puertas y Marte entraría como siempre. No necesitaba pensar en ello.
Los cuatreros y los bandidos, hombres miserables de Rutulia y del país de las colinas del este del Lacio, eran una amenaza perpetua para las granjas aisladas. Los aequianos y los sabinos, que vivían aguas arriba del Tíber y de su afluente el Allia, hostigaban la ciudad de Evandro y a veces bajaban por el río en sus canoas con la intención de saquear las salinas, así que Eneas había dejado barcos tripulados en su antiguo campamento de Venticula para desalentar estas incursiones. Pero eran los mismos problemas que mi padre había tenido siempre y el Lacio volvía a estar en paz, como cuando yo era niña. Eneas podía concentrarse en construir, en cultivar la tierra, en multiplicar rebaños, en la caza, que le gustaba tanto como a su hijo, y en los recurrentes rituales religiosos, que le gustaban tanto como a mí.
Quienes llevamos sangre real en las venas somos los que hablamos en nombre de nuestro pueblo ante los poderes de la tierra y del cielo, así como estos poderes, a través de nosotros, le transmiten al pueblo sus pensamientos. Somos intermediarios. El principal deber de un rey es realizar como es debido los ritos de alabanza y apaciguamiento, observarlos con el máximo cuidado y la máxima ceremonia y así interpretar y hacer conocer a otros la voluntad de los poderes que son más grandes que nosotros. Es el rey quien le dice al granjero cuándo debe arar, cuándo debe plantar, cuándo debe cosechar, cuándo ha de subir el ganado a las colinas y cuándo tiene que regresar a los valles, cosa que ha aprendido con su experiencia y con su servicio en los altares de la tierra y del cielo. Del mismo modo, es la madre de la familia la que dice a las mujeres de la casa cuándo deben levantarse, qué trabajo tienen que hacer, qué comida deben preparar y cocinar y cuándo hay que sentarse para comer, cosas que ha aprendido de su experiencia y de su servicio en los altares de los lares y los penates. Así es como se mantiene la paz y marchan bien las cosas en el reino y en la casa. Tanto Eneas como yo habíamos conocido esta responsabilidad desde niños y a ambos nos era muy querida.
Latino y él se dividían armoniosamente las responsabilidades reales. El más joven de los dos siempre se sometía al criterio del otro, pero estaba dispuesto a aceptar la carga de sus hombros si éste se cansaba. Eneas el troyano no estaba familiarizado con todas las costumbres de los latinos, pero adoptó nuestros rituales como si los conociera desde niño y los realizó con gracia. Me acuerdo mucho de cómo dirigió la Ambarvalia aquella primavera, la primavera brillante.
Todos los granjeros realizaban el mismo rito en sus propias tierras, a la cabeza de sus respectivas casas. Latino iría a sus tierras bajo los muros de Laurentum mientras Eneas dirigía la procesión desde Lavinium a los campos reales. En los días anteriores habíamos trabajado mucho en la casa para prepararla, lavar la ropa blanca que llevaría todo el mundo —había que lavarla en agua corriente, lo que significaba muchos viajes al río—, reunir hierbas buenas, hierbas que dieran suerte, y preparar guirnaldas con ellas para la gente y para los animales. Se suponía que todos los participantes debían refrenarse la noche antes y acudir a la ceremonia en estado de castidad.
Lo que más me gustaba de la Ambarvalia era el silencio. Nadie hablaba. Ni los animales ni la gente decían nada. Lo cierto es que no era un requisito, pero como cualquier palabra pronunciada llevaría consigo un peso ultraterreno y la palabra equivocada podía acarrear un desastre para las cosechas y las bestias, lo mejor era no decir absolutamente nada. Sólo el rey y sus asistentes en la ceremonia hablaban «con la lengua afortunada», repitiendo de manera casi inaudible las austeras letanías que había preparado para ellos el viejo Ferox con su voz suave y monótona. Ferox había trabajado aquellas tierras mucho antes de que levantáramos Lavinium. Había pronunciado las letanías y dirigido la circunvalación ritual de los campos durante sesenta años. Era el auténtico señor de los ritos.
Eneas lo seguía, llevando un cordero blanco recubierto de hojas de frutales y aceitunas silvestres, y los demás veníamos detrás. Rodeamos el campo tres veces, de mojón fronterizo en mojón fronterizo. Luego miramos a Jano y le dimos la espalda, del mismo modo que él nos miró y nos dio la espalda. Caminábamos en un silencio tan profundo que oíamos hasta el sonido de nuestra ropa y de nuestros pies descalzos sobre la tierra arada, nuestra respiración y las aves que cantaban a la llegada de la primavera desde los robledales.
Entonces Eneas llevó el cordero a la vieja piedra sagrada, cubierta por un tepe de hierba fresca, y allí consumó el sacrificio. Se puede averiguar mucho de un hombre por el modo en que realiza un sacrificio. Las manos de Eneas sobre aquel cordero de piernas largas fueron tranquilas y delicadas; el golpe del cuchillo, rápido y seguro. El cordero cayó de rodillas lentamente y luego se tendió de costado, como si fuera a echarse a dormir, muerto antes de haber tenido tiempo de sentir terror.
Durante el sacrificio, el viejo Ferox rezó en voz alta para decirle a los espíritus del lugar que, del mismo modo que nosotros con nuestro regalo de vida alimentábamos su numen, su poder, ellos a cambio debían nutrir nuestros campos de labranza y protegerlos de todo mal. Y entonces, junto con los demás ancianos, entonó con voz fuerte y ronca la canción de Arval:

¡Estad a nuestro lado, lares, ayudadnos!
¡No dejes que nos suceda nada,
que nos suceda nada, Marte!
Marte de las tierras salvajes, toma tu parte,
toma tu parte, Marte, salta sobre la piedra fronteriza,
toma tu parte, Marte, erguido sobre la piedra fronteriza
pide a los intercesores que supliquen con nosotros.
¡Ven con nosotros, Marte!
¡Baila ahora, baila ahora, baila ahora, baila ahora, baila!

Así que trazamos el círculo de protección en silencio y rezamos al poder implacable del lugar y de la estación, y entonces llegó el baile, el banquete, los cánticos y las canciones de amor.
Eneas me contó que nunca había oído nada parecido a la canción que cantaron Ferox y los viejos, ni conocido al Marte que nosotros venerábamos. El Marte de su pueblo era sólo el heraldo de la guerra y del desastre, no un guardián de los rebaños ni el poder que protege la delgada frontera entre lo domesticado y lo salvaje. Preguntó a los ancianos por la canción y por Marte y sé que pensó en lo que le dijeron.
No conocía la canción en la lejana Troya, pero mi poeta sí en la lejana Mantua, más allá de las montañas, en los inciertos tiempos futuros, cientos de años después de la primera vez que yo la escuchara. Aquella noche, en Albunea, cuando hablábamos de nuestras casas y de nuestras costumbres, pregunté al poeta si su pueblo honraba la Ambarvalia, y él me sonrió y cantó una tonada que ya era antigua cuando la conocí: ¡Enos Lases iuvate! Estad a nuestro lado, lares, ayudadnos.

La época de Marte es la estación del granjero y del guerrero: primavera y verano. En octubre se guardan las lanzas y los escudos de los saltarines. La guerra termina con la llegada de las cosechas. Aquel año, Latino celebró la ceremonia del caballo de octubre, el único momento, aparte de un funeral real, en el que sacrificamos a un caballo. La gente llegó de todo el Lacio para presenciarla, agradecida a la paz del reino y a la excelencia de la cosecha. Fue la última gran ceremonia que se celebró en Laurentum.
Fuimos allí para quedarnos varios días y Eneas asistió a mi padre en los ritos. Yo no podía hacerlo desde mi matrimonio, porque ya no era la hija de su casa, sino la madre de la mía propia. Pero al pequeño Silvio, heredero de Latino, se le permitió llevar la bandeja de comida sagrada de la mesa al hogar después de la cena y arrojar las vituallas al fuego vestal. La madre de Maruna lo acompañó para impedir que echara la bandeja además de la comida.
—Sólo las habas, Silvio —susurró.
—Sólo las babas —replicó, muy solemne, el niño.
Teóricamente debía añadir también: «Los dioses nos son favorables», pero lo dijimos nosotros por él.
Fue un buen otoño, fructífero y templado, y las lluvias de invierno fueron prolongadas y poco copiosas. Bajo la presión de los quehaceres y las obligaciones cotidianas, los continuos placeres y ansiedades del cuidado de Silvio, y el júbilo y el placer infalibles de la compañía y el amor de Eneas, perdí la cuenta del paso de los días; se fundieron todos en un mismo día y una misma noche felices. Pero de vez en cuando, sin razón aparente, despertaba en medio de la oscuridad invernal, con el alma y el cuerpo tan fríos como el hielo de la orilla del río, pensando: «éste es el tercer invierno».
Entonces me quedaba allí tendida, despierta, y mi mente empezaba a darle vueltas a un rompecabezas imposible de resolver. El poeta me había dicho que Eneas gobernaría durante tres veranos y tres inviernos. ¿El verano que nos casamos era el primero de ellos? Lo pensaba porque había transcurrido la mitad antes de que nos instaláramos en Lavinium, por lo que la cuenta de los tres veranos y tres inviernos comenzaría con el de aquel año y el verano siguiente sería el tercero, el tercero y último. Pero al menos tendría hasta entonces, hasta el final del verano y no moriría aquella primavera.
Pero ¿por qué debía morir? El poeta no había dicho que fuera a morir, sólo que su reinado duraría tres años. Puede que renunciara al trono, que le entregara el reino a Ascanio y continuara viviendo una vida larga y feliz, la vida que merecía. ¿Por qué no se me había ocurrido antes?
La idea invadió mi mente y me deslumbró de tal modo que no pude seguir durmiendo. Y al llegar la mañana, cuando despertó, tuve que esforzarme para no exclamar:
—¡Entrégale el reino a tu hijo, Eneas!
Tuve la prudencia de no hacerlo, pero al cabo de un día o dos le pregunté, tratando de disimular mi preocupación, si alguna vez había pensado en abdicar y vivir como un hombre corriente.
Me miró rápidamente, con un destello de sus ojos negros.
—La posibilidad nunca se me ofreció —dijo—. Soy sobrino de Príamo e hijo de Anquises.
—Pero ahora estás en una tierra donde, quizá, tus padres son menos importantes que tus hijos.
—Si hiciera eso —dijo tras meditarlo un momento—, ¿qué haría entonces? Me enviaron aquí para ser rey. Héctor salió de su tumba y Creusa regresó de entre los muertos para decirme lo que tenía que hacer. Llevar a mi pueblo a las tierras del oeste y gobernar. Y casarme y tener un hijo... No puedes decir que no cumpla con mi deber, Lavinia. —Había empezado hablando con tono sombrío, pero terminó con una sonrisa apenas contenida.
—¡Nadie podría decir tal cosa de ti! Pero lo has hecho... Has cumplido con tu profecía..., con tu destino, por duro que fuese. Has desafiado el mar, las tormentas y los naufragios, has sufrido la pérdida de los amigos y has tenido que librar una guerra cuando finalmente llegaste a tu destino. Y has reinado y fundado una dinastía... ¿Nunca se te ocurre pensar: «Ahora que he hecho esto, dejad que me haga a un lado, que descanse un poco ahora que he llegado a mi puerto.»?
Me observó durante algún tiempo con una mirada directa, templada y meditabunda. Estaba preguntándose por qué le había dicho todo aquello, pero no encontraba la respuesta.
—Silvio es aún demasiado pequeño para valérselas por sí mismo —dijo al fin.
Esto me hizo reír. Estaba muy tensa.
—Sí, es cierto. Pero Ascanio...
—¿Quieres que Ascanio gobierne Lavinium? —La sorpresa endureció su mirada por un momento, pero entonces su expresión cambió y se hizo delicada. Creyó entender por qué le pedía que abdicara—. Lavinia, mi querida esposa, no debes temer tanto por mí. Es menos peligroso ser rey que ser soldado corriente. Además, el día de nuestra muerte no está en nuestras manos. No existe ningún lugar completamente seguro, ya lo sabes.
—Sí, lo sé.
Se acercó para consolarme y me abracé a él con fuerza.
—¿De verdad —preguntó— renunciarías a ser reina para ahorrarme el problema de ser rey? —Lo cierto es que no había pensado en este aspecto de mi plan—. ¿Quién ocuparía tu lugar? —prosiguió—. Tendríamos que casar a Ascanio. —A estas alturas ya estaba provocándome. Sabía que la idea de entregar a mi pueblo y mis penates a una extraña me horrorizaría. Sentí angustia y vergüenza al darme cuenta de que me había sorprendido en una mentira, en un ardid estúpido. No pude decir nada, pero enrojecí como siempre lo he hecho, de la cabeza a los pies. Al darse cuenta, me besó, delicadamente al principio, pero cada vez con mayor pasión. Estábamos en el pequeño patio de la casa. No había nadie.
—¡Vamos, vamos! —dijo, y aún roja como el fuego, lo seguí al dormitorio, donde la conversación continuó por unos derroteros diferentes.
Pero después de aquel día nunca pude apartar las palabras del poeta de mi mente. Siempre estaban en mis pensamientos, por debajo de mis pensamientos, como los arroyos oscuros que discurren bajo tierra. Debía de existir alguna forma para que las palabras no significaran que Eneas debía morir tras tres veranos y tres inviernos como rey del Lacio, sino sólo que su reinado terminaría. Puede que conquistara un reino vecino y gobernara como rey de los volscianos o los hernicios. Puede que nos llevase a Silvio y a mí a su propio país, reconstruyera la hermosa ciudad de Ilium, de la que Acates y Seresto me hablaban, con sus murallas, sus torres y su gran ciudadela, y allí gobernara como rey de Troya. Puede que no muriera, sino que enfermara gravemente y, debilitado por esa enfermedad, tuviera que ceder el trono a Ascanio. De este modo, Eneas viviría conmigo en Lavinium y disfrutaría de su hijo y de la vida. Viviría, no moriría. Así mi mente volaba de una posibilidad a otra, como una liebre esquivando sabuesos, mientras las tres viejas, las parcas, hilvanaban la medida de lo que debía ser.

El invierno fue suave pero prolongado. En enero no hubo más que lluvias y barro. Sucedió un portento en Laurentum: la puerta de la guerra, que mi madre había abierto y luego habíamos cerrado entre Maruna, los hombres de la ciudad y yo tres años antes, se abrieron solas. La gente acudió al altar de Jano la mañana de las calendas de febrero y se las encontró entreabiertas. Los pernos de los pasadores de hierro que mantenían en su sitio la gran tranca, devorados por el óxido, habían cedido, y los pasadores habían dejado caer la tranca. Los goznes también estaban oxidados y torcidos, así que era imposible cerrar las puertas. El presagio preocupó profundamente a Latino. Decidió que no debía interferir y tratar de reparar los goznes y los pasadores hasta que el significado del suceso se aclarase. Nadie sabía por qué los habían hecho de hierro, el metal de la mala fortuna, que nunca se usaba en lugares sagrados. Ordenó a sus herreros que forjaran goznes y pasadores nuevos, esta vez de bronce, pero de momento no reparó ni cerró la puerta de la guerra.
Llegaban noticias preocupantes desde el este y el sur de las colinas Albanas. Los granjeros y aldeanos de la frontera informaban sobre emboscadas, graneros incendiados, robos de ganado y episodios diversos de hostigamiento realizados por ambos bandos, latinos y rutulianos. Y el joven Camers de Ardea, responsable del poco afortunado ataque contra nuestra ciudad llevado a cabo dos años antes, nos envió mensajeros para quejarse de que estaban amenazando la suya y de que los hombres de Alba Longa se dedicaban a hostigar constantemente sus granjas y sus pastos.
Ante mis ojos, Eneas dominó una decepción amarga y furibunda. Era como un hombre montado en un poderoso caballo que lucha contra las riendas, se debate del hocico a las patas y cocea sacudiendo el cuerpo hasta que finalmente, empapado de blanco sudor, se somete y se muestra dispuesto a obedecer.
Me sentí como si un puño de terror me hubiera atenazado el corazón. Pero ahora que había llegado el momento, mis vacías ensoñaciones de esperanza murieron y me dejaron sola frente al hecho de que no había forma de escapar.
—Debo ir a Ardea —dijo, y yo no protesté y me esforcé por no mostrar un temor indebido. Iría completamente armado y con una fuerte escolta. No correría ningún riesgo innecesario, sólo los necesarios. Le di un beso de despedida, levanté a Silvio para que lo besara, sonreí y le pedí que me prometiera que volvería pronto a casa.
—Volveré pronto a casa —dijo—. Con Ascanio.
Mis mejores amigos entre los amigos de Eneas, Acates y Seresto, partieron con él. Me quedé sola con las mujeres. Fueron un gran consuelo para mí. Me ayudaron a dirigir debidamente las cosas de la casa y de la ciudad. La esposa de Seresto, Illivia, acababa de tener un bebé, y cuando jugábamos con él podíamos olvidar las preocupaciones. Mi padre nos enviaba un hombre todos los días para preguntar si teníamos noticias o necesitábamos ayuda o consejo. No venía en persona porque llevaba todo el invierno arrastrando un catarro y el tiempo era muy desapacible. Llovía frecuente y copiosamente y los caminos estaban cubiertos de barro. Yo tampoco iba a verlo, porque me necesitaban en mi ciudad.
Fueron nueve días y noches largos y oscuros.
Al atardecer del día después de los idus de febrero, un grupo de hombres empapados en caballos empapados salió de repente de la oscuridad de la lluvia y cruzó las puertas de la ciudad.
—¡El rey! ¡Llega el rey Eneas! —gritaron los centinelas. Y él entró cabalgando en la ciudad, con la espada al cinto y el gran escudo al hombro. Tras él cabalgaba Ascanio, ileso. Y luego los hombres de Eneas, todos armados.
Mi alivio y mi alegría al verlo, al abrazarlo, fueron tan intensos que borraron todo lo demás. Aquella noche pensé que haber conocido semejante plenitud supondría, en una parte de mi ser, estar siempre a salvo de la desesperación absoluta, de la ruina del alma. Mi júbilo sería mi escudo.
No sé si es cierto, pero no lo negaría ni siquiera más adelante. Ni siquiera ahora.
Al principio todo fue bullicio, preparar baños y comida para los hombres cansados. Eneas tuvo tiempo de contarme que había conseguido concertar una tregua de un mes con Camers y había traído a Ascanio a casa «para hablar sobre lo que había ido mal». Seresto y Mnesteo se habían quedado al mando de Alba Longa y de la problemática frontera.
Ascanio era, de hecho, el que había provocado la mayoría de los problemas, al reclamar como latinos ciertos pastos de inviernos utilizados por los rutulianos y asentar colonos en un valle que los rutulianos empleaban en verano como pasto, y enviar a sus soldados para hostigar a cualquier rutuliano que cruzara la frontera. Como los límites de ésta eran poco precisos en muchos lugares y tradicionalmente porosos, era un modo perfecto de provocar resentimientos. Los intentos de Camers por proteger a los granjeros rutulianos enviando hombres armados habían desembocado en algunas escaramuzas sangrientas y en las amenazas por parte de Ascanio de arrasar las murallas de Ardea, a lo que Camers respondió prometiendo que se anexionaría Velitrae y aniquilaría Alba Longa.
Acates me relató su encuentro con Camers. Alabó la habilidad diplomática de Eneas, que, según su propia descripción, consistía en no decir casi nada. Camers quería llegar a un compromiso, pero no podía admitirlo. Su fallido ataque lo había dejado escocido y sin ganas de más enfrentamientos. Pero las baladronadas y amenazas de Ascanio no podía tolerarlas. Eneas escuchó pacientemente una larga lista de agravios, sin disculparse por ellos ni justificarlos, antes de sugerir siquiera la posibilidad de una tregua. Según Acates, se mostró tan paciente y tan firme que Camers, que no era mucho mayor que Ascanio, terminó hablándole al hombre que había matado a su progenitor en la batalla de Laurentum como si fuera un padre.
Aunque Ascanio, aparentemente, había caído en desgracia, no se dijo nada de ello aquella noche. Se lo recibió con alegría en la improvisada fiesta que preparamos para los recién llegados. El no se mostró avergonzado ni desafiante, sino que se comportó, en general, como acostumbraba. Había recibido una educación muy esmerada en cuanto a modales, lo que le resultaba muy útil en momentos como aquél. Supongo que habría estado pensando en lo que Eneas pensaba decirle o hacer. Yo había estado haciéndolo. Pero la velada resultó muy alegre y el padre y el hijo se abrazaron como siempre al marcharse a la cama.
La pregunta continuó sin respuesta. Eneas había hecho lo que había dicho que haría: privar a Ascanio del mando y llamarlo a Lavinium. Eso era todo. No le dijo nada. No era de los que derrochan palabras. Actuaba y nada más. Sólo hablaba cuando era necesario.
Ascanio pasó algún tiempo barruntando sobre aquello. Se mostraba irascible, intentaba sondear a su padre y, en un par de ocasiones, intentó sacar el asunto a colación. Eneas esquivó todos sus intentos. Lo más cerca que estuvo de discutir la situación de su hijo fue con motivo de una especie de conversación dilatada en el tiempo que mantuvieron sobre el tema de la virtud. La virtud masculina, claro, en el sentido original de la palabra: la masculinidad. Ascanio dijo en una ocasión, con toda su juvenil pomposidad, que la única prueba de autentica virtud era el campo de batalla. La auténtica virtud era la habilidad en el combate, el valor de luchar, la voluntad de vencer y la victoria.
—¿La victoria? —preguntó Eneas.
—¿Qué sentido tienen la habilidad y el valor si estás muerto?
—¿Acaso Héctor no era virtuoso?
—Pues claro que sí. Ganó todas sus batallas, salvo la última.
—Como todos —señaló Eneas.
Esto era un poco excesivo para Ascanio, quizá, y el tema quedó en el aire. Pero Eneas volvió a sacarlo una noche durante la cena.
—Así que un hombre sólo puede demostrar su masculinidad en la guerra... —dijo con tono meditabundo.
—Cierta clase de masculinidad, al menos —sugirió Acates—. Supongo que la sabiduría es una virtud tan grande como la destreza en la batalla, ¿no?
—Pero quizá no limitada a los hombres —dije.
He de mencionar ahora que los troyanos no estaban acostumbrados a incluir a las mujeres en sus conversaciones, al igual que todos los griegos que yo conocía. Que los hombres y las mujeres se sentaran juntos a la mesa y hablaran como iguales era una costumbre de los latinos, aprendida tal vez, al menos creo yo, de los etruscos. Como reina que era, podía imponer mi criterio en tales cosas. Algunos de los troyanos más rudos necesitaban una lección de modales en la mesa, que recibieron tanto de Eneas como de mí. Pero otros, como Acates y Seresto, aceptaban esta costumbre como otras muchas de las nuestras, sin ningún inconveniente. Cuando los invitaba a la Regia, sus esposas venían con ellos y se sentaban con nosotros frente a la sal, y yo solía invitarlas a ellas cuando sus maridos no estaban.
—En efecto. Las mujeres pueden adquirir sabiduría —anunció Ascanio con su irritante y conmovedora petulancia—, pero no auténtica virtud.
—Pero ¿qué es la piedad? —preguntó Eneas.
Eso provocó un silencio reflexivo.
—¿La obediencia a la voluntad de los poderes de la tierra y del cielo? —dije yo al fin, dando a mi afirmación un tono de pregunta, como con tanta frecuencia hacemos las mujeres.
—La voluntad de cumplir con el destino individual —apuntó Acates.
—Hacer lo correcto —afirmó Illivia, la esposa de Seresto, una mujer tranquila y fuerte procedente de Tusculum, que se había convertido en una de mis mejores amigas.
—¿Y qué es lo correcto en la batalla, en la guerra? —preguntó Eneas.
—La habilidad, el valor, la fuerza —respondió Ascanio al instante—. En la guerra, la virtud es la piedad. ¡Luchar para vencer!
—¿Así que la victoria determina qué es lo correcto?
—Sí —afirmó Ascanio, y varios de los hombres asintieron vigorosamente. Pero los troyanos de mayor edad, al menos algunos de ellos, no lo hicieron. Ni tampoco las mujeres.
—Yo no podría asegurarlo —dijo Eneas con su voz tranquila—. Pensaba que lo que un hombre cree que debe hacer es lo que debe hacer. Pero ¿y si no coinciden? En ese caso, alcanzar la victoria es salir derrotado. Seguir las órdenes es provocar el desorden, la ruina, la muerte. La virtud y la piedad se destruyen la una a la otra. No sabría decirlo.
Ni siquiera Ascanio tenía respuesta para esto.
Dudo que alguien allí supiera lo que había en la mente de Eneas cuando dijo que obedecer el propio destino podía equivaler a desobedecer su conciencia. Sólo yo sabía hasta qué punto le pesaba en el alma la muerte de Turno. Sé que Acates creía que estaba hablando de la victoria de los griegos sobre Troya en una guerra que, por mucho que aquellos creyeran justificada, les trajo casi tanta ruina como a los vencidos. Puede que así fuera.
En cualquier caso, no dejó descansar la definición de Ascanio sobre el valor en la batalla. Al día siguiente reanudó la conversación. No teníamos visitas y los tres nos habíamos reunido junto al hogar una vez terminados los quehaceres cotidianos, yo con mi rueca, y Eneas con una pequeña piedra de afilar y mi cuchillo ritual, al que se le había embotado el filo. Comenzó a pasarlo suave y pacientemente por la piedra.
—Cuando un hombre cree que sólo puede demostrar su virtud en la guerra —le dijo a Ascanio—, cualquier otra empresa se le antoja una pérdida de tiempo. Trabajar la tierra si es un granjero, gobernar si es un gobernante, la veneración y los actos de la religión... Todo ello es inferior a la destreza en la batalla.
—¡Sí, así es! —asintió Ascanio, complacido al pensar que por fin había convencido a su padre.
—A ese hombre no le encomendaría cultivar la tierra, gobernar, ni servir a los poderes que nos controlan —dijo Eneas—. Porque, al margen de lo que estuviera haciendo en cada momento, siempre querría hacer la guerra.
Ascanio vislumbró entonces el hilo de sus pensamientos y retrocedió intranquilo.
—No necesariamente... —comenzó a decir.
—Sí, necesariamente —repuso Eneas con torva determinación—. Yo he pasado mi vida entre hombres así, Ascanio. Y demostré mi virtud entre ellos.
—¡Así es, padre! ¡Eras el mejor, el mejor de todos ellos! —Había lágrimas en sus ojos y le temblaba la voz.
—Salvo Héctor —declaró Eneas—. Y, en el otro bando, Aquiles, el gran héroe. Y Diomedes. Los dos me vencieron.
Y posiblemente habría perdido ante Odiseo, y ante el gran Ajax, y puede que ante Agamenón. Creo que podría haber vencido a Menelao. ¿Y si lo hubiera hecho? ¿Sería un hombre mejor por ello? ¿Sería mi virtud mayor de lo que es? ¿Soy quien soy por haber matado a otros hombres? ¿Soy Eneas por haber matado a Turno?
Se había inclinado hacia delante. La luz del fuego resplandecía en sus ojos. No alzó la voz, pero habló con terrible intensidad. Ascanio se apartó de él con miedo, el aliento entrecortado.
—Si vas a gobernar el Lacio después de mí y luego transmitirle el trono a tu hermano Silvio, quiero tener la seguridad que aprenderás a gobernar, no sólo a hacer la guerra, que aprenderás a pedirles consejo a los poderes de la tierra y del cielo, para tu pueblo y para ti, que aprenderás a buscar tu masculinidad en un campo más amplio que el de batalla. Dime que aprenderás todas estas cosas, Ascanio.
—Lo haré, padre —dijo el joven entre lágrimas.
—Muchas cosas dependen de mí —continuó Eneas con más suavidad—. Y muchas dependerán de ti. Al final, hice mal. Tú has empezado mal, pero confío en que acabarás haciendo el bien. Así que dame tu mano a modo de promesa, hijo.
Ascanio extendió la mano y Eneas lo atrajo hacia sí y lo abrazó. Un abrazo largo y compartido.
Yo permanecí con mi rueca, el rostro vuelto hacia el fuego. No pude llorar.

Algunos días después, justo antes de las calendas de marzo, Eneas envió de nuevo a Ascanio a las colinas Albanas. No dijo nada sobre honrar la tregua suscrita con Camers. Tampoco tenía sentido hacerlo. Sólo podía esperar que lo hiciera. Se mostró un poco sombrío en aquellos días de marzo, mientras los saltarines, en las calles, agitaban las lanzas sagradas y cantaban «Mars, Mavors, macte esto!». Pero Seresto y Mnesteo regresaron de Alba Longa con la noticia de que todo estaba tranquilo y Ascanio parecía decidido a que las cosas siguieran así.
La primavera estaba siendo calurosa tras el húmedo invierno. Todo florecía y brotaba con antelación. En los bosques, los nogales estaban muy hermosos con sus primeras flores. La cebada y el mijo crecieron muy altos, con gruesas espigas, y la hierba de los prados y de las laderas era más tupida y más suave de lo que nunca hubiera visto. Nuestros rebaños crecieron en abundancia y Eneas estaba especialmente contento con los nuevos potros de los establos. Había cruzado una soberbia yegua con el semental que le había regalado Latino, y el potro de brillante color cobrizo que tuvieron era su mayor orgullo.
—¡Será el caballo de Silvio! —dijo. Y presentó al bebé humano y al bebé de caballo con gran solemnidad. Dejó que Silvio lo llevara un rato de las riendas para ver cómo lo seguía el potro y luego lo montó sobre él. Silvio, transido de terror y deleite, se aferraba a las crines del potro con una mano y a la mano del padre con la otra y emitía un suave gorjeo, parecido al de una paloma, mientras desfilaban por la cuadra. Después de eso, todas las mañanas preguntaba a su padre con timidez. Y Eneas lo llevaba a los establos a montar un poco.
Nuestro pueblo, mis latinos de Lavinium, llamaban padre a Eneas. «¿ Aguantará esa cerca, padre Eneas?» «¡Padre, la cebada ya está dentro!» Hablaban a Latino del mismo modo, y yo, a pesar de mi juventud, era madre Lavinia, porque entre nosotros estas palabras no se reservan sólo a los progenitores, sino a aquellos que tienen responsabilidades. Pero con Eneas, el pueblo utilizaba esta palabra de un modo especialmente afectuoso, como para hacerlo suyo. El deber que se le había impuesto, la dirección de su pueblo, lo había aislado como líder. Tras la muerte de su padre, tuvo que tomar solo todas las decisiones y aceptar todas las responsabilidades. Así que este lazo de afecto significaba mucho para él. Trató de merecérselo. Con respecto a su paternidad física, respondió con la misma seriedad y el mismo y profundo placer. Era conmovedor verlo caminar con Silvio, acortando sus pasos para acomodarlos a los del niño, siempre atento a la dignidad de éste.
Yo sabía cómo había honrado a su propio padre. Nunca hablaba de su madre y no sé si llegó a conocerla. Le pregunté por su infancia con cierta cautela.
—No recuerdo gran cosa —me dijo—. Estaba con unas mujeres, en los bosques de la montaña. Un grupo de mujeres que vivían en el bosque.
—¿Se portaban bien contigo?
—Eran buenas, aunque descuidadas. Me dejaban corretear de acá para allá... Cuando me metía en algún lío, venía una de ellas, se reía y me recogía. Era tan salvaje como un jabato.
—¿Entonces vino tu padre a recogerte?
Asintió.
—Un hombre cojo. Con armadura. Me dio miedo. Recuerdo que intenté esconderme entre la maleza. Pero las mujeres conocían mis escondites, así que me encontraron y me llevaron con él.
—¿Y después de aquello viviste con él?
—Y aprendí a trabajar los campos, a comportarme con buenos modales y todo lo demás.
—¿Cuándo te fuiste a Troya?
—Príamo nos hacía llamar de vez en cuando. Nunca le gustamos.
—Te dio a su hija —respondí con sorpresa.
—No me la dio exactamente —respondió Eneas, pero no quiso seguir hablando sobre Creusa y yo no lo presioné. Al cabo de un momento, continuó—: El bosque era un buen sitio para un muchacho. No aprendías muchas cosas sobre la gente, pero aprendías el silencio, la paciencia. Y no hay muchas cosas que temer allí, menos que en una granja o en una ciudad.
Pensé en Albunea, el lugar temible en el que yo nunca había tenido miedo. Estuve a punto de pedirle que fuera allí conmigo, pero no lo hice. A pesar de lo cerca que estaba, no lo había visitado desde nuestro matrimonio. Quería ir, pero nunca me parecía el momento apropiado. Descubrí que era incapaz de imaginarme allí con él. Así que no se lo dije.
El tiempo era tan bueno a finales de marzo que fuimos a la costa, una caminata de unos tres kilómetros. Quería que Silvio viera el océano por primera vez. Eneas lo llevó a hombros la mayor parte del camino. Formábamos un gran grupo que caminaba sorteando las dunas: esclavos con la comida, varias familias, algunos jóvenes como guardias... Todos, esclavos y libres, niños y mayores, se desperdigaron por la amarillenta playa en cuanto llegamos y empezaron a chapotear, a recoger conchas y a disfrutar del sol. Eneas y yo nos separamos de los demás, dejando a Silvio con un grupo de mujeres rendidas de admiración y a Maruna para impedir que lo malcriaran en exceso. Paseamos largo rato por la costa. En aquella época yo no solía pasear tanto como antes y me pareció un placer maravilloso caminar descalza sobre la arena y corretear chapoteando entre los pequeños arroyuelos que bajaban al mar para mantener el ritmo de los andares regulares e incansables de mi esposo. El mar lanzaba su impávido lamento a nuestra derecha.
—¡Qué lejos has llegado! —dije mientras dirigía la mirada más allá de las rompientes, al resplandor del oleaje que se disolvía en las neblinas del horizonte—. Desde más allá de ese mar... y de los demás mares, atravesando años y kilómetros.
—Desde qué lejos he viajado para llegar a casa —respondió.
Al cabo de un rato hablé, aunque no había estado totalmente segura hasta el momento de decirlo.
—Eneas, llevo un niño en mi seno.
Siguió caminando un rato mientras una sonrisa afloraba lentamente a su rostro, y entonces se detuvo y me detuvo a mí cogiéndome de la mano, antes de abrazarme con suavidad.
—¿Una niña? —preguntó, como si yo pudiera saberlo.
—Una chica —respondí sin pensarlo.
—Todo cuanto quiero me lo das —dijo mientras me abrazaba con tanta fuerza que casi me dejó sin aliento y me cubría de besos la cara y el cuello—. Morena, querida, esposa, muchacha, reina, latina mía, amor mío. —Había unas rocas que nos ocultarían de cualquiera que viniese desde la costa, así que, abrazados, nos dirigimos hacia ellas. Entre ellas hicimos el amor, un poco precipitadamente y entre risas al principio, a causa de la arena que se metía donde no debía, pero con una pasión salvaje y cada vez más intensa, hasta el punto de que, al llegar a la cúspide, sentí que mi esposo me había hecho una con el mar, sus mareas y sus profundidades. Cuando regresamos al mundo, se quedó allí, tendido en la arena, a mi lado, y era tan bello que fui incapaz de apartar la mirada de él. Le rocé el pecho, los brazos y la cara con las yemas de los dedos mientras él, medio dormido bajo la luz del sol, sonreía.
Nos levantamos y nos metimos en el agua hasta la cintura, cogidos de la mano, hasta que el frío hizo presa de nosotros y el oleaje comenzó a levantarnos en volandas.
—Sigamos, sigamos —dije, pero también estaba asustada. De repente, Eneas me hizo dar media vuelta y prácticamente se me llevó de regreso a la orilla. Entonces volvimos con los demás. Silvio se había quedado dormido bajo un pequeño toldo que las mujeres habían preparado con pañuelos. Había arena en sus pequeñas y redondeadas cejas, y su rostro, bajo la pálida luz que se colaba por las blancas telas, estaba muy serio. Me tendí a su lado y le susurré su nombre, el nombre por el que yo lo llamaba en secreto:
—Eneas Silvio, Eneas Silvio.
No puedo contar nada más sobre nuestra felicidad.
A comienzos de abril, Eneas se marchó a Alba Longa durante quince días e informó de que todo marchaba bien por allí. A finales del mes, mi padre vino a visitarnos algunos días. Llegó mayo. Y luego el mismo día en que, tres años antes, al alba, viera las oscuras naves girar y remontar el Tíber, una a una.
Aquel mismo día, Eneas, acompañado por Acates, el jefe de nuestros pastores y cuatro o cinco jóvenes, fue a buscar un pequeño rebaño que se había escapado de los pastos al este de la ciudad, había cruzado el Numicus por el vado y, según se creía, estaba deambulando en las proximidades de Troia. Eran nuestras mejores vacas y nuestros mejores terneros y no queríamos que se desperdigaran o se perdieran. Los hombres encontraron el rebaño y lo obligaron a volver al río. Un grupo de rutulianos los había robado, o los seguía para robarlos. Atacaron a Eneas y a los demás en el vado del Numicus. Estaban armados con lanzas y varas. Varios de los hombres de Eneas tenían armas y, aunque superados en número, lucharon con ferocidad y quitaron la vida a dos de los forajidos. Los rutulianos dieron media vuelta y echaron a correr, salvo un joven al que Eneas, que lo había derribado, le puso la lanza en la garganta.
—¡No me mates, no me mates! —suplicó. Eneas vaciló un instante antes de apartar el arma.
—Vete —dijo.
El joven se levantó y echó a correr. Pero entonces se detuvo y recogió una lanza que había soltado otro. Se volvió y la arrojó. Alcanzó a Eneas en la espalda y lo atravesó de parte a parte. Mi esposo cayó de rodillas y luego de bruces sobre los bajíos del vado. No murió al instante, pero estaba muerto cuando lo llevaron a Lavinium, a la Regia, al patio, donde yo estaba mirando la ropa nueva, el fruto del trabajo de todo el invierno, que se blanqueaba al sol, sobre la hierba, al otro lado de las murallas. Había elegido una pieza magnífica para hacerle una toga. Como no estaba acostumbrado a la toga, solía resultarle incómoda. Yo estaba doblando la liviana, suave y blanquísima tela cuando oí que pronunciaban su nombre y el mío.

Vete. En nuestra lengua es un solo sonido: i.
Fue la última palabra que pronunció Eneas. Así que en mi mente es para mí, me la dice a mí. Soy yo la que tiene que irse. ¿Irme adonde?
No lo sé. Le oigo decirlo y me marcho. Lejos. A los caminos. A los caminos por los que me voy. Cuando me detengo le oigo decirlo, oigo su voz. Vete.

Lavinium pasó toda la noche gritando su nombre en voz alta, llamándolo padre, lamentándose en las calles.
Acates, Seresto y Mnesteo reunieron a los troyanos al alba y cabalgaron hasta Ardea, peinando los campos de camino allí. No encontraron a los ladrones de ganado, pero Camers de Ardea sabía quiénes eran y fue a buscarlos. Cabalgó con los troyanos. Alcanzaron a los hombres y los mataron a todos. Eran hijos de granjeros del norte de Rutulia, dirigidos por un par de etruscos que habían llegado a Ardea con Mecencio, hombres resentidos y sin líder que vivían en el exilio.
Yo había enviado un jinete en nuestro mejor caballo, el caballo de Eneas, para avisar a Ascanio en Alba Longa. Llegó a Lavinium al segundo día y al poco tiempo lo hicieron los troyanos. La casa, que hasta entonces había estado llena de mujeres sollozantes, lo estaba ahora de hombres sombríos y armados.
No dejé que le pusieran la armadura a Eneas. Toda aquella impedimenta de bronce y oro, junto al gran escudo que contenía el temible futuro, tenía que pasar a Ascanio y luego a Silvio. Lavé su cuerpo, noble y terrible en la muerte, sembrado de cicatrices. Lo envolví en la toga de nuestro pueblo, en la fina y blanca tela que había elegido para él.
Cuando mueren muchos, como ocurre en una plaga o en la guerra, incineramos los cadáveres, pero nuestra auténtica costumbre es la inhumación. Ordené que la tumba de Eneas estuviera junto al camino que cruzaba el vado del Numicus. Allí lo llevaron una lluviosa mañana de mayo, bajo un viento que hacía agitarse y humear las antorchas. Latino pronunció las palabras rituales. Los hombres recogieron piedras de río y levantaron un gran túmulo sobre la tumba. Una vez terminado, me levanté y pronuncié su nombre tres veces a voz en grito: «¡Eneas! ¡Eneas! ¡Eneas!» Y el resto del pueblo pronunció el nombre conmigo. Entonces, en silencio, con las antorchas apagadas y vueltas del revés, regresamos caminando a la ciudad.
Al noveno día tras su muerte, Latino realizó el sacrificio de los reyes con el precioso semental que le había regalado a Eneas, junto a la tumba de las rocas. Enterraron al caballo a su lado.
Aquel mismo día nombró a Ascanio rey del Lacio, para que compartiera el gobierno con él, tal como lo había hecho Eneas. Hizo falta que Latino prestara a esta sucesión todo el peso de su autoridad y que yo pidiera al pueblo que reconociera a Ascanio como rey, porque no lo querían. Se había enfrentado a ellos desde el principio. Fue él quien hirió al ciervo de Silvia. Nunca lo habían olvidado. Se había mostrado arrogante, beligerante, altivo, mucho más parecido a un extranjero que su padre. El pueblo de Lavinium quería que los gobernara mi padre, me querían a mí en la Regia, criando a Silvio, su pequeño, su príncipe, su futuro rey. Permanecieron inmóviles, cariacontecidos, con el rostro empapado en lágrimas, mientras Latino proclamaba rey a Ascanio.
En los días del luto, Ascanio, por primera vez, acudió a mí en busca de apoyo. Descubrió que podía dárselo y vino a mí a llorar. Durante las ceremonias se comportó como lo que era, un muchacho abrumado por el pesar, consternado, afligido, aterrado por el peso de la responsabilidad que debía soportar. Al aceptar la corona y realizar sus votos ante el pueblo y la tierra, habló con una voz apenas audible y temblorosa.
—Rey de los latinos, mantén la cabeza alta —tuve que susurrarle en un momento dado.
Obedeció.
No sé qué fuerzas me permitieron soportar aquella época. Supongo que, al igual que mi pueblo, estoy hecha de roble. Los robles no se doblan, aunque pueden llegar a partirse. Y yo ya conocía lo que se avecinaba. Había convivido largo tiempo con la muerte de Eneas, desde la primera vez que vi su rostro, sobre la proa de la nave, oscurecido en la penumbra del alba, sumido en la plegaria y en una esperanza ávida mientras su mirada recorría la línea del río. Tres años, me había dicho el poeta. Tres años fueron, tres años exactos. Las tres viejas que hilvanaban y cortaban la hebra habían medido con precisión, hasta el último milímetro, sin dejar nada. Sin regalarme un solo día de verano.

En el primer año tras la muerte de Eneas, sus capitanes y sus antiguos compañeros, especialmente Acates, fueron mi principal sostén. Aunque mi querida Maruna, las mujeres de la casa y las amigas como Illivia me ofrecieron la simpatía y el apoyo más generosos y rendidos, lo que yo más deseaba era estar con los amigos de Eneas, porque era, en cierto modo, como seguir con él. Era el tono de la voz masculina, su forma de moverse, las cosas de las que hablaban, e incluso el acento troyano, lo que me consolaba. Entre ellos no me parecía tan lejano.
Acates lo había querido —debo decir esto aunque mi corazón se resista— tanto como yo, y durante más años. Estoy convencida de que estuvo a punto de suicidarse aquel verano. Se culpaba del incidente del vado: tendría que haber insistido en que llevaran las corazas, tendría que haber permanecido más cerca de Eneas durante la pelea, no tendría que haber permitido que perdonara al joven, tendría que haberlo seguido y haberlo vigilado, tendría que haber visto la lanza tendida en el suelo... Hizo uso de todo aquello por lo que podía culparse.
Había sido Acates el que me contó, cuando trajeron a Eneas a casa, lo sucedido en el vado. Ahora me doy cuenta de que, al relatarlo, podía dejar salir parte de su vergüenza y de su rabia y, por muy extraño que pueda parecer, quise oírlo de nuevo, quise que me lo contara una vez tras otra, hasta que pude verlo como si hubiera estado allí, como si yo fuera Acates, como si yo me hubiera arrodillado antes Eneas, le hubiera sacado la terrible punta de la espalda y, sosteniéndolo entre mis brazos, hubiese visto cómo su sangre coloreaba las aguas poco profundas que discurrían entre las rocas.
—No estaba muerto. Me abrazó, pero no creo que me viera —me contó—. Estaba mirando al cielo. Cuando lo levantamos para subirlo a las parihuelas, cerró los ojos. No dijo nada. —No dijo nada pero aún no estaba muerto. Mientras Acates me contara la historia, Eneas no estaría muerto.
Ascanio, casi histérico con sus nuevas responsabilidades, al principio se mostró celoso de que yo frecuentara la compañía de los capitanes troyanos. Eran sus hombres, no los míos. Necesitaba que lo aconsejaran y cumplieran su voluntad, no que estuvieran todo el día en la Regia, perdiendo el tiempo con las mujeres. Ordenó a Acates que se marchara a Alba Longa para hacerse cargo del gobierno. Acates aceptó la orden sin decir palabra, pero yo temí por él. Acudí en privado a ver a mi hijastro y le pedí que enviara a Mnesteo o a Seresto, que conocían mejor la ciudad y no pondrían ninguna objeción a abandonar Lavinium.
—Deja que Acates se quede, al menos hasta el año que viene —le dije—. Visita a diario a la tumba de Eneas. Deja que su pena se cure. Ahora no puede ir a Alba Longa.
—¿Quieres que se quede aquí contigo? —me preguntó, seco.
Me he fijado en que los hombres que experimentan atracción sexual por otros hombres creen que todas las mujeres sienten una insaciable lujuria por los varones. No sé si se trata de un reflejo de sus propios deseos, de miedo o de meros celos, pero es algo que engendra desdén y malentendidos en grandes dosis. Ascanio tendía a ver a las mujeres de este modo, y en su ardiente afán por mantener inmaculado el recuerdo de Eneas, sospechaba de mí con todos los hombres. Yo ya lo sabía. Era un ultraje para mi honor y sentí la tentación de responder a sus sentimientos con desprecio, pero ni la rabia ni el desdén me servían de nada en aquel momento.
—Querría tener aquí conmigo a todos los amigos de Eneas, y también a su hijo mayor —dije—. Pero temo que Acates pueda quitarse la vida en su tristeza. Te suplico que dejes que se quede aquí conmigo, al menos durante el invierno, y envíes a otro a Alba Longa.
—Ojalá pudiera ir yo mismo —respondió.
Paseó arriba y abajo de la habitación en la que estábamos. No se parecía demasiado a su padre, pero a veces se movía como él.
—Se supone que es un honor para él —dijo—. La capital del Lacio será Alba Longa, no Lavinium. Su situación es infinitamente mejor. Está en una posición más elevada y la tierra es mejor, además de que se encontrará en el centro de nuestros dominios cuando finalmente me haga con el control de Rutulia. Pero si está tan destrozado como dices, enviaré a Menesteo y a Atis. Así que no hace falta que te arrodilles, madre.
Yo estaba a punto de adoptar la postura formal de la súplica, aferrada a sus rodillas. Sabía que no habría podido resistirse ante eso. No era un joven de naturaleza dura, sino más bien benevolente, fácilmente influenciable, aunque rígido en cuestiones de jerarquía y formalidades, en todo aquello que sustentase su vacilante autoestima.
Y no era fácil para él mantener alta esa autoestima en Lavinium, donde el pueblo lloraba incesantemente la muerte de Eneas, honraba a Latino, me amaba a mí como hija y esposa de sus reyes y estaba resentido con él. Tratando de emular la autoridad de Eneas, se mostraba arisco en sus maneras y a menudo arbitrario en sus juicios. Fue un año difícil para él, a pesar de que la cosecha resultó extraordinaria y se mantuvo la paz por todo el Lacio, sin las incursiones ni los incidentes fronterizos que habíamos temido que pudieran provocar la muerte de un rey a manos de unos forajidos.
Fue un invierno sombrío, con largas y frías lluvias. La nieve cubrió las colinas y llegó incluso a las granjas de sus primeras estribaciones. Aquel invierno aprendí finalmente a tejer bien, porque si no tenía trabajo para mantener las manos y la mente ocupadas, no podía hacer otra cosa que ocultarme en mi habitación y llorar. Por primera vez me asaltó el temor a sufrir la debilidad de mi madre, su locura. De noche acudía a los rincones oscuros de mi mente. Descendía al subsuelo, entre las sombras, y luego no podía encontrar el camino de regreso. En mi cuarto, en la oscuridad, oía llorar a bebés bajo mis pies. No me atrevía a dar un solo paso por si pisaba a un bebé.
No he relatado todo esto en el orden en que sucedió. Aún me cuesta hablar de ello. Un mes después de la muerte de Eneas perdí al feto que podría haber sido mi hija. Sólo mis mujeres sabían que estaba embarazada y sólo ellas se enteraron de que el embarazo se frustró. Sólo mis mujeres y mi esposo. Salí con Maruna en la oscuridad previa al alba y enterramos el minúsculo jirón de vida que no había llegado a vivir bajo las grandes piedras de la tumba de Eneas.

Ascanio acudía a menudo a Alba Longa, y el segundo verano tras la muerte de Eneas, poco después de celebrar la Parentalia por su padre con la debida pompa, se trasladó allí. Habían estallado problemas en las fronteras y quería gobernar desde la más defendible Alba. Se llevó consigo a los penates de Troya, a Silvia y a mí. Dejó a Mnesteo y a Seresto al mando de Lavinium. Acates decidió quedarse, como la mayoría de los troyanos más veteranos. Los hombres que siguieron a Ascanio era sus amigos e íntimos entre los jóvenes troyanos, como Atis, su gran amigo de infancia, así como el grupo de jóvenes latinos que formaban su guardia y capitaneaban sus incursiones. Muchos de ellos seguían solteros. Los que tenían esposa se la llevaron para instalarse en Alba. A mí se me permitió un séquito de veinte mujeres. Como Ascanio no tenía esposa, nos quedamos con toda el ala para las mujeres de la Regia, un edificio mucho más grande y bonito que la pequeña casa que Eneas había levantado en Lavinium. La casa de Ascanio era imponente y el lugar lo era más aún. Era como vivir en el cielo. Desde las murallas y los tejados de la ciudadela se veía el gran lago y, más allá, la pared occidental del cráter. Al pie de la montaña prosperaban las vides, tal como predijera Ascanio, lo mismo que la ciudad que se extendía debajo de la ciudadela, rebosante de actividad, laboriosidad e idas y venidas de hombres armados.
Allí me sentía constantemente expuesta. Había demasiadas laderas, enormes y cubiertas de ceniza, demasiado cielo sin sombra alguna. El agua del lago no se movía ni hablaba como las aguas que yo conocía, sino que permanecía silenciosa, azulada, dura. Me sentía aislada. Me sentía inútil.
Dirigía la casa de mi hijastro, claro está. Compraba e instruía a las esclavas que debían ocuparse de las tareas de la casa, de la cocina y de la confección de la tela, y me encargaba de los ritos y celebraciones, como siempre. Habría acudido a los consejos y banquetes, como acostumbraba a hacer en la casa de mi padre y en la de mi esposo, pero sabía que allí no se me quería. Ni pertenecía al lugar. En Alba gobernaban los hombres. Sólo se hablaba de guerra, hasta en invierno, cuando no había lucha.
No es que Ascanio quisiera estar constantemente en guerra, pero parecía incapaz de evitarla, y en nuestras fronteras meridional y oriental surgían constantemente las oportunidades para batallar. Respondía a cada amenaza o desafío con una agresión inmediata. Continuaba la victoria con una venganza y la derrota con un nuevo ataque, lanzado lo antes posible. Las treguas eran raras, y la paz, cosa del pasado. Hasta provocó al viejo Evandro para que quebrantara la alianza. Incluso creo que habría estado tan loco como para enfrentarse a los etruscos de no habérselo impedido mi padre. Latino mantenía firmes lazos de amistad con Caere y Veii. Hizo saber a Ascanio que, si los ponía en peligro, tal vez tuviera que hacer valer sus derechos como cogobernante del Lacio occidental. Estaba profundamente enfadado con él, entre otras cosas, y no la menos importante, por habérsenos llevado a Silvio y a mí.
Vino una vez a visitarnos. Fue un viaje duro para él, pues era un hombre ya viejo, asediado por muchas heridas antiguas. Nos había regalado a Eneas y a mí la mayoría de sus posesiones más valiosas. Llegó en el estado que pudo, con los pocos guardias que aún le quedaban, a finales de diciembre. Aceptó con rigidez los honores de bienvenida que le prodigó Ascanio. Se sentó con él durante el banquete pero, según las sirvientas, apenas habló. Siempre que podía, venía a sentarse con nosotras en el patio o junto al fuego de la sala de tejer, y hablaba conmigo mientras observaba a su nieto.
En aquel momento, los juguetes favoritos de Silvio eran dos grandes bellotas con su cáscara y un trozo de madera de curiosa forma que había encontrado y que se parecía ligeramente a un caballo. Estaba jugando junto al hogar, muy concentrado, mientras murmuraba entre dientes una historia sobre ellos. De vez en cuando alcanzábamos a oír una parte.
—Vamos, bebe. No. El gordo dijo que no... Mira, ¿es una casa?
—Es un niño estupendo, Lavinia —dijo mi padre.
—Lo sé —le respondí, riéndome ante sus predecibles pero encantadoras palabras.
Era agradable reírse. Había pocas ocasiones de hacerlo en aquella casa.
—Críalo bien. —Sus palabras sonaban a orden o a amenaza.
—Espero poder criarlo tan bien como lo haría Eneas.
Latino asintió vigorosamente.
—Bien —dijo—. Quédate con él.
—Lo haré, padre.
—Tu marido era un gran guerrero, pero aspiraba a la paz.
Creía que ya lo había superado, pero las lágrimas afloraron de nuevo. Contuve el sollozo y no dije nada.
—Su hijo podría gobernar bien en paz —afirmó Latino—. Pero no tiene paciencia para librar guerras. No dejes que él eduque a Silvio.
¿Cómo iba yo a impedir que Ascanio se encargara de la crianza de mi hijo si deseaba hacerlo? No tenía poder.
—No habría venido aquí de haber podido quedarme en Lavinium —dije al fin, tratando de contener el lastimero temblor de mi voz.
—Lo sé, hija. Era mejor que yo no interfiriera.
Asentí.
—Pero si llega el momento en que debas irte, cuando sepas que es lo que debes hacer... ¡Coge a tu hijo y vete! ¿De acuerdo?
—De acuerdo.
Pensaba que estaba diciéndome que fuera con él, pero entonces añadió:
—Tarcón de Caere te acogerá y te tratará con todos los honores.
—Oh... ¡No creo que lleguemos a eso! —dije mirándolo fijamente, entre consternada y sorprendida.
—No sé adonde llegaremos. Si ese muchacho aprende algunas lecciones sobre la guerra y esconde los dientes, puede que todo vaya bien. —«Ese muchacho» era Ascanio, claro—. Anoche intenté convencerlo de que dejara tranquilos a Evandro y Pallanteum. El viejo está muriéndose. Cuando lo haga, los etruscos avanzarán y se apoderarán de las siete colinas. En paz. No hay razón por la que no deba ser así. Salvo la impaciencia del muchacho. Oh, yo era un necio de joven, pero nunca fui tan necio como para enfrentarme a Etruria. Son nuestros mejores aliados. ¿Cómo podría hacérselo entender?
—No puedes, padre.
—¡Oh, mira, mira —nos llegó el suave susurro de Silvio—, le están dando un cuenco de oro!
Mi padre miró al niño con una media sonrisa, pero sus ojos eran tristes.
—¡Paciencia! —dijo—. Me hace tanta falta a mí como a él.
Fue la última vez que vi a mi padre. Cogió frío mientras paseaba entre sus tierras bajo la lluvia y se le encalló en los pulmones. Murió pocos días más tarde, justo después de los idus de enero. Pedí unos caballos y ordené que algunos hombres nos escoltaran a Maruna, Sicana y a mí hasta Laurentum. Ascanio, que estaba ocupado en la frontera, enfrentándose a los marsos cerca de Tibur, no supo nada de lo ocurrido. No me llevé a Silvio porque había tenido tos y fiebre durante varios días y estaba cayendo una lluvia gélida. El gran laurel se alzaba en su invernal oscuridad sobre la fuente del patio de mi antigua casa. La puerta de la guerra aún permanecía abierta, apoyada en sus poco propicios goznes. Todos los habitantes de Laurentum parecían viejos. No había rostros ni voces jóvenes. Me quedé el tiempo justo para enterrar a mi padre junto al camino de la ciudad. No pude permanecer allí los nueve días del luto. Tenía que volver a la ciudad de mi exilio, con mi hijo.

Ascanio se había convertido en el único rey del Lacio. No todos los granjeros latinos estaban satisfechos con ello, pero no hubo protestas ni resistencia. La presión sobre nuestras fronteras era insistente y querían contar con un líder único para la guerra. E íbamos a tener guerra durante años. Los volscianos y los hernicios, convencidos de que la muerte de Latino había debilitado el reino, hostigaban sin descanso las granjas y las aldeas fronterizas. Al cabo de poco tiempo, Camers de Ardea, que había llegado a ver a Eneas como a un aliado y casi como a un padre, se ofendió por la arrogancia de Ascanio. Permitió que sus rutulianos realizaran incursiones en el Lacio y reconstruyó su alianza con los volscianos. Y, aunque de momento esto no provocó un incremento de las hostilidades, los etruscos de la gran ciudad interior de Veii comenzaron a enviar grandes grupos de granjeros para colonizar las siete colinas del Tíber. No ocuparon el pequeño asentamiento griego, sino que se limitaron a rodearlo y a construir en ambas orillas del río —donde se había levantado Janiculum y en la colina que ellos llamaban Palatina— a talar los bosques junto a las riberas y a llevar a sus excelentes rebaños a los pastos de los valles. Muchos de los griegos más jóvenes de Pallanteum se trasladaron a la ciudad de Diomedes, Arpi, mientras que otros vinieron a Alba Longa. El Lacio reclamaba desde antiguo la región de las siete colinas, así como toda la orilla meridional del río hasta Nomentum. Ascanio, aunque profundamente molesto por esta rápida colonización, recordó las advertencias de Latino y optó por no desafiar a Etruria. Los colonos de Veii nos ofrecieron excelentes condiciones por la compra de la sal de nuestras salinas y aseguraron que no tenían la intención de continuar con su expansión en dirección a nuestras tierras. Bautizaron su nueva ciudad con el nombre que daban al río, Ruma.
El escudo de Eneas colgaba sobre la entrada de la gran casa de Alba Longa. Ascanio no lo llevaba cuando iba a la guerra, ni tampoco las grebas, la coraza dorada, el yelmo con el penacho rojo segado ni la gran espada de bronce. En una ocasión dijo ante mí que las incursiones de aquellos granjeros y las refriegas con insignificantes reyezuelos bárbaros no merecían armas tan poderosas, sino que había que atajarlas con azadones y picos. Yo creo que la armadura era demasiado pesada para él.
Vi a Silvio de pie ante el escudo, mirándolo fijamente. Tenía seis o siete años.
—¿ Qué ves ahí, Silvio? —le pregunté.
No respondió hasta pasado un momento, cuando dijo, con una vocecilla que parecía venir desde muy lejos:
—Estoy viendo a toda la gente en un sitio muy grande y redondo.
Me puse a su lado y miré. Vi a la loba, los barcos incendiados, el hombre con el cometa sobre la cabeza, la matanza de soldados por otros soldados y la tortura de hombres por otros hombres. Vi una cosa espléndida: grandes arcos de piedra blanca que bajaban de las montañas y cruzaban los valles hasta llegar a la ciudad, con sus colinas y sus templos: la ciudad de Roma.
Me daba miedo el escudo, pero al niño no. El poder que lo había forjado y moraba en él corría por sus venas. Puso la mano sobre la coraza de oro y, mientras seguía las curvas y los ornamentos con la palma y con los dedos, sonrió.
—La llevarás un día —dije.
Asintió.
—Cuando sepa cómo se hace —dijo.
Silvio era muy fuerte para ser un niño. No era bullicioso y los niños más rudos solían tomar su sosiego por mansedumbre o timidez. Pero cuando actuaban basándose en esta creencia, descubrían su error. Ignoraba los ataques verbales, pero respondía a los abusos o a las amenazas con resistencia y retribución instantáneas. Y cuando golpeaba, golpeaba con fuerza.
Era competitivo. Le encantaban todos los deportes y los juegos. Cabalgaba y cazaba siempre que podía, además de ser un diligente pupilo del antiguo instructor de Ascanio en esgrima, lanzamiento de jabalina, tiro con arco y demás artes de la guerra. Con los chicos y con los hombres se mostraba serio, silencioso y reservado. Sólo bajaba la guardia conmigo, con mis mujeres y con los hijos pequeños del ala de las mujeres. El Silvio del patio era alegre, afectuoso, travieso, ávido de golosinas, paciente con los bebés, impaciente con los deberes rituales y muy partidario de los chistes, los acertijos tontos y las rimas absurdas. Todos lo querían. Hasta Ascanio, aunque casi en contra de su voluntad.
En aquellos primeros años de su reinado, recién salido de su propia infancia, Ascanio vivía a la sombra del nombre de su padre, siempre en busca de su propia gloria y siempre eclipsado. Adoraba demasiado el recuerdo de Eneas como para sentir resentimiento por él, pero envidiaba y detestaba cualquier otro poder o popularidad, especialmente los míos. Tenía la sensación de que debía superar a su padre, esforzarse para ser un sol aún más brillante, y allí estaba yo, la luna, amada por mi pueblo sin que me costara esfuerzo alguno, por la sencilla razón de que era una de ellos y porque habían amado a Eneas. Por muy modestamente que viviera, escondida como una prisionera en la casa de Ascanio, él me percibía como una permanente amenaza a su dignidad y creía que socavaba sus decisiones. Nuestro pueblo estaba cada vez mas descontento con la guerra permanente, que ponía en peligro a los jóvenes y obligaba a los ancianos a trabajar los campos. ¿Cómo iban a estar contentos con ella? Pero Ascanio me culpaba a mí de sus protestas y su descontento. Yo envenenaba sus consejos, cuchicheaba con las mujeres y volvía a todos los latinos contra él. En vano, me comportaba como una vestal y no como una reina, sin hacer otra cosa que ocuparme de la casa y de los altares; aun así, era culpable.
Era una vida más aburrida que amarga, pero polvorienta, seca por el polvo, sin más atisbo de vida que mi precioso, brillante y reflexivo niño, que creía, prosperaba y me proporcionaba al menos alguna veta de ternura y esperanza.
Llegó un marzo en que los latinos se decidieron al fin a golpear a los volscianos y los rutulianos. Empujaron a sus ejércitos hasta la costa, tomaron Ardea y Antium y las obligaron a suplicar los términos de la rendición y a aceptar nuestra supremacía. Los hombres regresaron de la campaña a tiempo para la siembra de abril y pasaron en casa todo el verano. La cosecha fue buena. Ante aquella victoria, Ascanio comenzó a relajarse y a demostrar la benevolencia que le era innata. Me invitó varias veces a comer en el gran salón y me trató con honorable formalidad. Algunas veces incluso demostraba, aunque con mucha cautela, un primer esbozo de confianza. Fue entonces cuando me relató una extraña historia, una profecía que yo no había oído nunca. La contaré según él me la refirió.
Sucedió cuando Turno estaba reuniendo sus ejércitos para expulsar a los troyanos. Eneas se preparaba para partir Tíber arriba en busca de la ayuda de Evandro. Aquella mañana, según Ascanio, su padre y él vieron sobre la orilla del río una gran cerda blanca con treinta cochinillos del mismo color, mamando. Al instante, Eneas ordenó que se realizara un sacrificio, y en el altar anunció su presagio: su nuevo reino se fundaría en un lugar llamado Blanca, esto es, Alba, donde su heredero gobernaría durante treinta años.
Ni Eneas ni mi poeta me habían contado nada de aquella profecía. Yo sólo sabía que se le había ordenado levantar una ciudad nueva en Italia y bautizarla con el nombre de su esposa. No dije nada sobre esto, puesto que Ascanio atesoraba su presagio como si justificara por sí solo su traslado a Alba Longa. Al conocerlo sentí un extraño peso en la mente. Comencé a soñar con cochinillos albinos que trotaban uno detrás de otro sin cesar, a pesar de que tenían la garganta rebanada y por las heridas les manaban grandes chorros de sangre negra, y con una enorme criatura blanca que jadeaba y se revolcaba sobre la hierba, totalmente seca, pero viva aún e incapaz de morir.
El año siguiente fue pacífico, pero entonces los sabinos se aliaron con los aequianos para atacar las aldeas y granjas del norte e incendiaron, saquearon e hicieron esclavos en territorios del interior, como Tibur y Fidenae. Pasamos dos años luchando con estos pueblos. Ascanio les infligió una derrota decisiva en una batalla librada a finales del año en las colinas situadas sobre el Anio. Todos los viejos troyanos lucharon allí con él: Acates, Mnesteo, Seresto, hombres que habían combatido en las murallas de Troya cuando eran jóvenes. Fue su última batalla. Regresaron a casa bajo las lluvias invernales, flacos y demacrados como lobos viejos, pero victoriosos.
Una vez más, Ascanio volvió a mostrarse cordial y generoso en su triunfo. Convocó a los troyanos desde Lavinium para ofrecerles honores especiales en Alba Longa y se aseguró de que sus capitanes jóvenes los trataran con el debido respeto. Aunque se había tratado de una guerra defensiva, es decir, poco fructífera, repartió el poco botín obtenido con todos los hombres que habían luchado por el Lacio y envió generosos regalos a Gabii y Praeneste en señal de gratitud por su ayuda.
Cerca del solsticio de invierno regresó de un breve viaje a Ardea. Me hizo llamar y me dijo:
—Madre, sé que tu corazón nunca ha estado aquí, en Alba Longa.
—Mi corazón está allí donde se encuentra mi hijo —respondí.
—Y junto a la tumba de tu esposo, creo. —Lo dijo con gentileza y yo asentí.
—Has gobernado mi casa con elegancia y sabiduría y muchos aquí lamentarán tu marcha, si te vas. Pero ahora te digo que si quieres irte, puedes hacerlo. He pedido la mano de la hermana de Camers, Salica, y vendrá en abril como prometida mía. Si estuvieras aquí para enseñarle las cosas de la casa y las habilidades que necesitará para dirigirla, te ganarás nuestra eterna gratitud. Pero si piensas que podría ser poco prudente tener dos reinas bajo el mismo tejado o, sencillamente, deseas volver a Lavinium, que sin ningún género de dudas es tu hogar, construido para ti por mi padre, quiero que te sientas libre de tomar la decisión que mejor te parezca.
La pomposa timidez y las buenas intenciones eran muy propias de Ascanio. Estaba evaluando sus palabras y sentía que un atisbo de esperanza empezaba a alzarse en mi interior y a calentarme toda el alma, cuando añadió:
—Yo me quedaré a Silvio aquí, claro está, para instruirlo. Ya es hora de que me porte como un buen hermano, dado que ocupo la posición de un padre para él.
—No —dije.
Se me quedó mirando.
—Si traes a una esposa, es lógico que yo me marche. Ella gobernará aquí, como debe ser. Volveré a Lavinium de buen grado y agradecida. Pero no sin Silvio.
Aquello lo confundió y le desagradó. Pensaba que su oferta era totalmente razonable y generosa.
—El niño tiene once años, ¿no?
—Sí.
—Ya es hora de que se eduque entre hombres.
—No abandonaré a mi hijo. Eneas me lo encomendó a mí.
—No puedes ser su padre y su madre.
—Puedo y lo soy. Ascanio, no me pidas esto. No me separarás de Silvio. Te estoy agradecida por haberte portado como un hermano con él. No tengas miedo. En Lavinium será instruido en todas las artes masculinas por los compañeros de tu padre y por tus capitanes latinos. Creo que sabes que no lo he malcriado. ¿Acaso es poco diestro, perezoso o cobarde para su edad? ¿Acaso es en modo alguno indigno de su padre?
Volvió a fijar sus ojos en mí. De pronto yo era la loba del escudo. Me veía los dientes.
—No me parece apropiado —dijo al fin.
—¿Que me niegue a entregar a mi hijo?
—Estará aquí conmigo. ¡A pocos kilómetros de Lavinium!
—Donde esté él, estaré yo.
Desconcertado, se volvió.
—No me parece apropiado —repitió.
Poca gente, supongo, se había opuesto a su voluntad desde que se convirtiera en rey del Lacio. Había olvidado que aún había una reina.
Permanecí en silencio.
—Volveremos a hablar sobre esto —dijo al fin. Y mientras abandonaba la habitación, añadió precipitada, casi desafiantemente—: Piensa en tu posición. No puedes salirte con la tuya en todo.
No soportaba que lo contradijeran. Carecía de la fuerza que permite la oposición. Sólo podía mostrarse generoso cuando prevalecía su voluntad. Me di cuenta en ese mismo momento de que su decisión sería inamovible. Yo acababa de justificar sus temores. Ahora sabía que había hecho bien en sospechar de mí desde el principio, durante todos los años que había cumplido su voluntad, servido a su casa, agachado la cabeza y contenido la lengua. Era una mujer, es decir, una criatura en la que no se podía confiar y a la que no se podía obedecer. Debía ser ignorada o doblegada.
Aquella tarde, cuando regresé a las habitaciones de las mujeres, me sentía como si mi cabeza albergara más pensamientos de los que podía contener, pero en realidad sólo podía pensar en una cosa. Ascanio había gobernado mi vida durante casi diez años. Había hecho su voluntad, no la mía, y él había terminado por considerarlo algo natural, como si yo fuera una esclava. Y ahora pretendía, sin malicia pero también sin necesidad ni razón, arrebatarme el valor y el propósito de mi vida. El no era el hombre que debía criar a mi hijo, al hijo de Eneas. Mi padre lo había dicho así y yo sabía que estaba en lo cierto.
—¿Pasa algo? —preguntó Maruna cuando estuvimos solas en los urinarios.
—El rey me envía a Lavinium —respondí.
Su rostro se iluminó.
—Pretende que Silvio se quede aquí.
Guardó silencio.
—No me iré sin él —dije. Y tras un instante, mientras ella me acercaba la palangana para que me lavara, añadí—: Y no pienso quedarme aquí. ¡Ya es suficiente!
Vino junto a mí y yo llamé a la doncella.
—¡Maia, tráenos agua fresca, muchacha! —La doncella, una niña de diez años, acudió con una jarra y nos vertió agua fría sobre las manos mientras su hermana pequeña venía corriendo con las toallas—. Vendréis las dos con nosotras a Lavinium —les dije, y me miraron con los ojos muy abiertos, como si no entendieran lo que quería decir.
—Voy a marcharme —le repetí a Maruna mientras me secaba las manos. Decirlo en voz alta me ayudó a calmarme—. Y Silvio se viene conmigo. Maruna, ¿soy como mi madre?
Como de costumbre, hizo una pausa antes de responder.
—En muchas cosas sí —dijo al fin.
—Porque sé que se volvió loca. Y sé que podría volverme loca como ella. Si ves que eso ocurre, dímelo. Prométemelo.
—Te lo prometo.
—También tengo parte de mi padre. Creo que si la locura intentara apoderarse de mí lo sabría y podría impedírselo. Pero si pierdo a Silvio, no.
Asintió.
Y de hecho entendía algo de cómo obraba la mente de mi madre en su frenesí: el incesante arremolinamiento de ideas, planes y maquinaciones, la terrible irritación con todo lo que le apartara el pensamiento de su obsesión y con todo el que no la entendiera, y la curiosa sensación de estar esperando, emboscada. Recuerdo dos ojos de un pálido color dorado que brillaban por sí solos. Era la loba en la cueva, esperando con las patas tensas, silenciosa en la oscuridad, preparada.

Los preparativos de la boda de Ascanio y Salica avanzaron al mismo tiempo que los de mi abandono de la casa del rey en Alba Longa. Mis mujeres y yo lo dejamos todo preparado para la nueva reina: todas las cestas de grano llenas, los arcones de ropa ocupados por las finas lanas y las suaves pieles y vellones limpios y doblados, el grano sagrado preparado, los altares limpios de polvo y los suelos barridos. No había una sola polilla ni un solo ratón entre las alacenas, y todas las blanquísimas alfombras de lana del suelo eran nuevas. Tenía mi orgullo. Y también quería que Salica se sintiera bienvenida y en casa. Era joven, dieciocho años recién cumplidos, y aunque Ascanio nunca la maltrataría, yo dudaba de que llegase a ser un buen marido. Las mujeres no le interesaban sexualmente y no le gustaban como compañeras. Iba a casarse porque a la gente le parecería raro que un rey no tuviera esposa y porque quería un heredero para demostrar su masculinidad, y puede que para impulsar su tácita rivalidad con Silvio.
Por descontado, yo había hablado primero con Silvio de nuestra partida y habíamos dejado el asunto zanjado, pues era un muchacho reflexivo e inteligente, y los niños poseen también su propia sabiduría. Había pensado que tal vez me pidiera quedarse en Alba Longa para no pelearse con Ascanio y porque consideraba que tenía un deber de obediencia hacia su rey y hermano mayor. Pero no lo hizo.
—Que Ascanio gobierne aquí y que él nos deje libres para vivir en Lavinium —dijo—. Soy el heredero de Latino, al igual que el de Eneas. Quiero vivir en el oeste y aprender de los amigos de mi padre. Ascanio no me quiere realmente aquí. —Y al cabo de un momento, con un suspiro pesaroso, añadió—: Pero Atis dice que los caballos aquí son mucho mejores que los de Lavinium.
—Tu padre eligió un potro para ti, hijo de su propio semental.
Esto lo animó.
—¿Así que crees que el Lacio volverá a tener dos reyes? —le pregunté.
—Si es necesario... —dijo con la gravedad de un hombre de cuarenta años, para añadir a continuación—: ¡No quiero estar aquí sin ti!
—Y yo no pienso dejarte aquí. Así que asunto zanjado.
—El y su cerda y sus treinta cochinillos... —dijo Silvio.
—Cuando estemos en Lavinium te llevaré al bosque de Albunea —le prometí, con un profundo acceso de júbilo e impaciencia en el corazón— Allí, puede que tu abuelo Fauno te hable desde la oscuridad de los robledales en la noche, como hacía con tu abuelo Latino.
—Háblame de Pico —me pidió el niño, así que volví a contarle la historia del abuelo que se convirtió en pájaro carpintero. Le encantaba escuchar las historias de su pueblo y de su tierra, tanto como las que le contaban los viejos troyanos sobre la guerra con los griegos.
Estábamos tan contentos con nuestra decisión y nuestras ensoñaciones que me convencí de que Ascanio entraría en razón. Pero cuando acudí a él para pedirle permiso para marcharme a Lavinium con mi hijo, se puso furioso y no hizo el menor esfuerzo por disimularlo.
—Tú puedes irte —dijo—. Silvio se queda aquí. Tal como te dije el mes pasado.
No quedaba otra alternativa que suplicar.
—Hijo de mi marido, rey del Lacio —dije, y postrándome de hinojos me abracé a sus piernas a la altura de las rodillas—. Yo, que soy esposa, hija y madre de reyes, te ruego que cumplas mi voluntad en este asunto. Eneas me dejó a Silvio para que lo cuidara y quiero obedecer ese sagrado cometido. No pierdes nada al dejar que tu hermano venga conmigo, y en cambio ganas nuestro amor y gratitud. Reina desde aquí sobre nosotros con tu esposa y tus futuros hijos... ¡Y que los poderes que gobiernan los úteros de las mujeres te sean favorables! Deja que Silvio viva en la casa de su padre, entre los antiguos camaradas de su padre, y alcance la madurez allí. Entonces será digno de venir a servirte, si el destino lo desea y lo permite.
Es muy difícil permanecer en pie cuando alguien está aferrándote por las rodillas y suplicándote de forma elocuente desde abajo. El abrazo te desequilibra y la posición resulta sumamente embarazosa, casi como si estuvieras permitiendo que te practiquen el sexo oral. Puede que a algunos les complazca recibir una súplica, pero yo siempre lo había aborrecido y esperaba que a Ascanio le resultara tan desagradable como a mí. Después de hablar, incliné la cabeza hasta que mi frente tocó sus pies. Para moverse habría tenido que apartarme con la pierna. Trató de mover los pies, pero no de forma violenta. Estábamos en su sala de audiencias, y diez o doce de sus amigos y consejeros estaban observando y escuchando.
No tendría que haberlo desafiado delante de otros. Puede que, si lo hubiese buscado a solas, se hubiera dejado convencer. Pero cambiar una orden, ceder ante una mujer... No podía permitir que lo vieran demostrando tal debilidad.
—El chico se queda —dijo, y se volvió sobre sus pies hasta conseguir que tuviera que soltarle las piernas. Permanecí algún tiempo arrodillada y en silencio. Fue un silencio profundo e incómodo. Sus jóvenes cortesanos no eran amigos míos y la mayoría de ellos no sentían ningún interés por Silvio, pero eran casi todos latinos, y nuestro pueblo respetaba mucho el vínculo entre padre e hijo, así como a las madres de sus casas. Les resultaba horrible verme de rodillas, pero más lo era para mí oír que mi hijastro rechazaba de plano mi súplica.
Me levanté, me recogí la palla blanca y lo miré. Me cubrí la cabeza con la esquina, como si fuera un acto sagrado.
—Nuestras voluntades en este asunto difieren, rey —dije. Me volví y salí de la sala de audiencias. Al llegar al pasillo oí que las voces de los hombres estallaban en la sala tras de mí, y oí la voz de Ascanio, alta y fuerte, tratando de dominarlas.
Lo había derrotado moralmente, pero eso, en términos prácticos, no suponía ninguna diferencia. El control seguía en sus manos. Debía escapar de su control. No había tiempo para seguir reflexionando o preparándose.
Envié a Tita a buscar a Silvio al campo de ejercicios mientras Maruna, Sicana y yo reuníamos a nuestras mujeres —dieciséis de las veinte que habían venido con nosotras nueve años antes, más los hijos que algunas de ellas habían tenido allí, y unas cuantas más que se me habían unido—. Les dije que se marcharan lo antes posible. Debían tomar diferentes caminos por las colinas, en grupos pequeños, con toda la discreción posible, y dirigirse a Lavinium. Mandé a buscar dos carromatos ligeros y un par de mulas para tirar de ellos. Cargamos un poco de ropa y algunas cosas que nos eran especialmente preciadas. Monté en uno de ellos a Rosalba y a su bebé recién nacido, junto con la vieja Vestina, que ya estaba muy débil y vivía en un perpetuo crepúsculo de la mente. Silvio, Maruna y yo subimos al otro. Silvio se sentó con el carretero y le ordenó que partiera al trote. Nos alejamos por la empinada y blanca vereda antes de que hubiera pasado una hora de mi entrevista con Ascanio.
El corto día de febrero estaba terminando cuando llegamos a Lavinium. La pequeña ciudad amurallada, con su ciudadela sobre el río, parecía muy silenciosa y gris a la luz sesgada del oeste. El estrecho río reflejaba el cielo como si fuera un fragmento de cristal.
Algunas de mis mujeres habían venido campo a través, como Silvia y yo solíamos hacer, y habían llegado antes que nosotros. Habían avisado a los pocos esclavos que cuidaban de la Regia, abierto las puertas y encendido el fuego en el hogar vestal, en la cocina y en los aposentos reales. Pero aquella casa de viuda estaba fría, húmeda y llena de polvo. Todas las sábanas limpias y las pieles y vellones blandos estaban en Alba Longa, lo mismo que la comida fresca. El trigo y el mijo de los graneros eran escasos y estaban rancios. No había espacio para todas las recién llegadas y algunas de las mujeres tuvieron que buscar la hospitalidad de sus familiares en la ciudad. Pero al conocerse la noticia de nuestra llegada entre los habitantes de la ciudad, nos prepararon una auténtica bienvenida y nos trajeron toda clase de viandas, bebidas y comodidades.
—Pequeña reina —me dijeron, como cuando era niña—. Pequeña reina, ¿vas a volver con nosotros, entonces? ¿Vas a quedarte? ¿Vas a quedarte en tu ciudad? —Cuando llegó Acates para darme la bienvenida, pude ofrecerle al menos un buen fuego y un cuenco de vino caliente espesado con harina y miel.
De todos los antiguos camaradas de Eneas, Acates era al que más había extrañado. Era el más amable, el más fraternal. Había visitado Alba Longa a menudo para verme y yo, además de alegrarme de sus visitas, encontraba siempre en él a un sabio consejero. A pesar de su lealtad hacia Ascanio, sentía que, en secreto, estaba de mi lado. Por ello, fue un duro golpe para mí oírle decir:
—Pero Silvio no puede quedarse aquí si el rey lo prohíbe.
—El rey, el rey. —Hice una pausa y finalmente pregunté—: ¿Quién soy, Acates?
Me miró, desconcertado.
—Soy la esposa de tu rey.
—Su viuda —dijo al cabo de largo rato.
Era un hombre valiente.
—Y la madre de tu rey —insistí.
—Mi futuro rey.
—Le debes protección a tu futuro rey.
—Ascanio no pretende hacerle ningún daño, Lavinia.
—No lo pretende, pero Silvio sufrirá si se queda allí. No es su lugar. No es su sitial en el reino. Este lo es. Ascanio estará ocupado con su nueva esposa y ella con él. Nadie pensará en los intereses de Silvio. Algunos de ellos son unos intrigantes que no lo quieren bien. ¡No dejaré solo a mi pequeño corderito entre desconocidos!
La imagen hizo que Acates ladeara su hermosa y cana cabeza.
—Mejor di que no quieres que tu lobato crezca en un corral —dijo. Entonces, claramente arrepentido por haber hecho un comentario irrespetuoso sobre Ascanio, frunció el ceño—. El hermano mayor del chico es su mejor guardián —insistió— Sé que es difícil para ti separarte de él...
—¡Hazme justicia, Acates! ¡Cuando llegue el momento de separarme de él, lo dejaré ir! Pero el momento no ha llegado aún. Es joven. Necesita estar con sus verdaderos amigos y sus maestros..., como tú. Su padre y su abuelo lo dejaron en mis manos y no pienso entregárselo a nadie más.
Creí que podría convencerlo, pero fui incapaz.
Ningún otro de los antiguos compañeros de Eneas con los que hablé en los días siguientes aprobó que me hubiera llevado a Silvio de la corte de Ascanio. Creo que todos pensaban que tenía razón, pero no podían admitirlo. No se podía permitir que la voluntad de una reina viuda se impusiera a la de un rey. Ascanio no los había tratado demasiado bien. Había permitido que envejecieran lejos del centro del poder y los había ignorado en todo, salvo los reconocimientos más formales de sus servicios, pero eran los hombres de Eneas y él el hijo de Eneas, por lo que su palabra era ley. Si Silvio hubiera sido mayor, lo habrían escuchado, porque también era hijo de Eneas y lo amaban profundamente. Pero como hombres adultos que eran, no podían someterse a la voluntad de un niño de once años.
Mientras tanto, esperamos a que llegaran noticias de Alba Longa. Todos los días yo me asomaba a las murallas temiendo ver cómo descendía por el camino de las colinas un grupo de soldados a caballo con órdenes de llevarse a Silvio, o al propio Ascanio, llegado desde las montañas para interpretar el papel de padre celestial, con los rayos y los truenos de la cólera.
Sin embargo, en aquellos días estaban preparándose las celebraciones nupciales tanto en Ardea como en Alba, y creo que Ascanio pensaba que sería poco digno reñir con su madrastra mientras recibía a su prometida. Sencillamente, nos ignoró. Así que disfrutamos de paz durante todo el final de marzo, y no puedo decir la de veces que lloré de dolor y de alegría por estar de nuevo en Lavinium, en mi casa, donde habíamos vivido mi amor y yo.
Había traído la armadura, la espada y el escudo de Eneas en el carromato. Sicana nos había ayudado a Silvio y a mí a descolgarlos y a cargarlos en él. Ahora volvían a colgar en la casa de su dueño, de donde no tendrían que haber salido nunca.
Y así esperamos a recibir noticias de la casa de Ascanio.
Un día, a media mañana, mientras yo estaba en el telar comenzando una nueva pieza, la joven Ursina llegó corriendo.
—Vienen soldados montados por el camino de Alba, reina —me dijo—. Están a un kilómetro y medio. Uno de ellos lleva un caballo sin jinete.
Para Silvio.
Había trazado un centenar de planes para cuando Ascanio enviara a buscar a Silvio, pero se convirtieron en polvo bajo los cascos de aquellos jinetes. Sólo se podía hacer una cosa, la misma que ya había hecho: correr. Correr y esconderme.
—Tráeme a Silvio —le dije a Ursina, una chica de unos quince años, salvaje y morena como una leona, sobrina de Maruna. Se alejó corriendo como una flecha. Fui a mis habitaciones y recogí unas pocas cosas en una vieja palla. Cuando Silvio entró jadeando, le dije que nos marchábamos al bosque para huir de los hombres de Ascanio.
—Iré a por los caballos —dijo.
—No hay necesidad, no vamos muy lejos y los caballos son difíciles de ocultar. Coge tu capa, unos buenos zapatos y reúnete conmigo en la cocina.
Metí una cazuela y algo de comida en otro hatillo. Cuando volvió Silvio, nos marchamos. Maruna se reunió con nosotros en la puerta de la casa.
—¡Espero que no os castigue! —dije, refiriéndome a las mujeres y al resto de la gente de la casa—. Dile esto a los hombres del rey: la reina se ha marchado con su hijo al gran oráculo de los manantiales, cerca de Tibur, para pedir consejo al oráculo. Eso los mantendrá ocupados algún tiempo.
—Pero vais a...
—Ya sabes dónde buscarme, Maruna. La casa de los leñadores.
Asintió. Sentía una preocupación desesperada por nosotros y yo por ella, pero no podía titubear. Silvio y yo bajamos por la calle, salimos a hurtadillas por la puerta trasera y luego cruzamos los campos y seguimos el curso del Prati hasta las estribaciones boscosas del noroeste, ocultos bajo las hojas nuevas de los robles. Al cabo de algún tiempo llegamos al antiguo y serpenteante camino que discurría de Laurentum a Albunea.
Silvio arrugó la nariz. Tenía el olfato de un sabueso.
—¿Huevos podridos? —pregunté. En la premura de nuestra fuga, habíamos permanecido sumidos en un silencio fugitivo.
Asintió.
—Es el manantial de azufre.
—¿Vamos allí?
—Cerca.
Llegamos a la casita de los leñadores donde Maruna solía pasar la noche mientras el poeta y yo hablábamos en el bosque sagrado. Los árboles habían crecido frondosos alrededor de la alta y redondeada choza, y estuve a punto de pasar por su lado sin verla. El claro y la huerta de la cocina estaban infestados de ramas y maleza. Llamé a voz en grito. Nadie respondió. Me acerqué a la puerta y vi que la casa estaba desierta. El leñador y su esposa se habían marchado o estaban muertos.
Silvio exploró la choza y sus alrededores con la rápida curiosidad de niño.
—Es un buen sitio —dijo. Dejó su hatillo en la puerta. Me había fijado en lo mucho que le costaba transportarlo y al soltarlo resonó con un ruido sordo y metálico.
—¿Qué has metido ahí? —le pregunté. Me miró de soslayo y abrió el hato. Se había traído su arco corto, sus flechas, un cuchillo de caza y la espada corta que utilizaba para practicar.
—Por si los lobos —dijo.
—Ah —respondí—. Bueno, querido hijo, puede que los lobos seamos nosotros.
Lo pensó un momento. La idea, claramente, lo complacía. Asintió.
—Ven conmigo un rato —dije mientras me sentaba en el umbral y apartaba las armas para hacer sitio. Un rayo de luz se colaba entre la penumbra de los pinos y los robles que nos rodeaban y calentaba el lugar. Silvio tomó asiento a mi lado. Miré sus flacas y morenas piernas de niño y los zapatos, demasiado pesados para sus pies. Apoyó su cabeza en mí.
—No nos matarán, ¿verdad, madre? —preguntó, no con terror sino para que yo lo tranquilizara.
—No. Quieren separarnos. Pero, en el fondo de mi corazón, estoy convencida de que no debo dejarte marchar. Por desgracia, el único modo de impedir que Ascanio se te lleve a Alba es ocultarte para que no pueda hacerlo.
Pensó durante un largo instante y entonces dijo:
—Podría irme a vivir a una granja en el campo y hacerme pasar por un granjero.
—Podrías. Pero así pondrías en peligro a la familia del granjero.
Asintió rápidamente, avergonzado por no haberlo pensado.
Yo también me sentía avergonzada por haberlo involucrado en mi engaño.
—Escúchame —dije—. Mentí cuando dije que pensaba llevarte al gran oráculo de Tibur. Pero sí es verdad que quiero consultar al oráculo. Al nuestro, al de mi padre, al oráculo de nuestros antepasados, aquí en Albunea. Puede que nos diga lo que tenemos que hacer. No sé si hablará con una mujer, pero puede que lo haga contigo. Nieto de Latino, de Fauno, de Pico, de Saturno... —Acaricié su duro y fino hombro, sudoroso aún por nuestra veloz caminata—. Hijo de Eneas.
Lo besé.
—Nunca te abandonaré —dijo—. Nunca.
—Oh, el nunca y el para siempre no son para los mortales, amor mío. Pero no nos separaremos hasta que yo sepa que debemos hacerlo.
—Entonces no lo haremos —replicó.
Un pájaro cantó dulcemente en la oscuridad de los árboles, un largo trino empapado de la preciosa y feliz ignorancia de la primavera.
—¿Vamos a quedarnos aquí?
—Al menos esta noche.
—Bien. Has traído fuego, ¿no?
Le mostré el pequeño tarro de cerámica que había rellenado con la Vesta de la Regia y había traído en un canastillo de mimbre.
—Prepara un fuego en el hogar y di las plegarias —le dije. Salí de la choza mientras lo hacía y cuidamos del fuego juntos.
—Tu padre creció en los bosques de una gran montaña, Ida. ¿Lo sabías? —le pregunté. Claro que lo sabía, pero quiso oírlo de nuevo y me escuchó con mucha atención mientras le repetía lo poco que Eneas me había contado sobre su infancia. Luego se alejó con el arco y las flechas para ver si encontraba algún conejo o alguna codorniz desprevenidos. Mientras tanto, yo me dediqué a limpiar la choza y a preparar unos jergones con ramas de pinos jóvenes. No había basura en la choza, sólo las minúsculas deyecciones de las arañas y los ratones del bosque y un poco de paja caída del techo. Los pobres no pueden dejar muchas cosas. Había medio cuenco de cerámica roto sobre un estante. Se había conservado bien y aún se podía utilizar. Guardé en él el puñado de sal que me había traído de casa y lo deposité sobre el estante que nos haría las veces de mesa.
Silvio no cazó nada, pero había decidido dónde colocaría trampas para codornices al día siguiente, y trajo cuatro cangrejos que había cogido con las manos en un arroyo. Los usé para alegrar un poco las gachas de mijo. Sólo lamentaba no haber traído agua de casa, porque la de los arroyos que rodeaban los manantiales de azufre sabía muy mal.
Dormimos embozados en nuestras capas. Yo lo hice de un tirón. En Albunea, incluso lejos del claro, como estábamos en aquel momento, nunca sentía miedo. Mejor dicho, lo sentía, pero de una clase totalmente diferente al penetrante pavor a perder a Silvio y a las incesantes alarmas y ansiedades de la vida. Era el temor que llamábamos religión, un miedo reverente que aceptaba. Era el terror que sentimos cuando levantamos la mirada hacia el cielo en una noche clara y vemos los fuegos blancos de todas las estrellas del universo eterno. Es un miedo profundo. Pero la veneración, el silencio y el sueño forman parte de él.
Silvio estuvo fuera todo el día siguiente, explorando las lomas boscosas que se alzaban sobre los manantiales. No me preocupé por él. Era un muchacho sensato. Tan cerca de las granjas no había jabalíes ni osos, y allí, en el corazón del Lacio, no había enemigos que temer. Por la tarde apareció Ursina en el linde del claro, rápida y silenciosa como un león de las montañas.
—Me envía la tía Maruna —susurró. Llevaba un jarro de agua, una bolsa de judías secas y un paquete de higos secos y pasas. Tita lo había puesto allí para Silvio, pues sabía de su predilección por las golosinas.
—¿Qué han hecho los hombres de Alba Longa? —pregunté.
—Preguntaron por ti. La tía les dijo que habías ido a la Albunea de Tibur. Todo el mundo lo cree así. Los hombres regresaron a Alba ayer. La tía me ha dicho que te diga esto: ordenaron a Acates y a Mnesteo que llevaran a Silvio a Alba en cuanto regreses a Lavinium.
La besé y le pedí que, al día siguiente, nos trajera un poco de vino para los sacrificios. Se marchó tan silenciosamente como había llegado.
Me senté en el umbral de madera medio podrida, bajo la luz del sol de la primavera, y reflexioné.
Si regresaba a Lavinium, el fiel Acates obedecería las órdenes de Ascanio.
Podía volver a Alba Longa con Silvio y quedarme allí, como una huésped mal recibida, indeseada e involuntaria en la corte de Ascanio, y luchar para proteger a mi hijo de la negligencia, la envidia y el peligro.
Podía hacer lo que sugiriera mi padre años antes: marcharme a la etrusca Caere y pedirle al rey Tarcón que nos acogiera bajo su protección y me ayudara a criar a Silvio como hijo de un rey.
Era una idea aterradora para mí, pero me obligué a considerarla.
Seguía pensando en ello cuando oí el pequeño silbido de gorrión que era nuestra señal y apareció Silvio. Estaba sucio y cansado, y se había arañado con la maleza, pero había cogido una gran liebre con una de sus trampas y se sentía muy orgulloso. Se lavó mientras yo despellejaba y limpiaba la liebre y luego espetamos la carne en ramas verdes de sauce y la tostamos en la pequeña fogata de la choza. Fue una cena excelente.
—Mañana por la noche ayunaremos —le dije a Silvio—. Pasaremos la noche en el bosque sagrado.
—¿Puedo ver la cueva y los charcos hediondos?
—Sí.
—¿Qué lleva la gente como ofrenda?
—Un cordero.
—Podría coger uno de los rebaños reales de Lavinium. No dejaré que nadie me vea...
—No. No podemos acercarnos a la ciudad ninguno de los dos. Mañana utilizaremos lo que podamos como ofrenda. Los abuelos lo entenderán. No es la primera vez que voy allí con las manos vacías.
Al día siguiente, con un sol rojo suspendido sobre las neblinas marinas al oeste, seguimos la estrecha vereda hasta la arboleda de Albunea y llegamos al recinto sagrado. Parecía tan abandonado y solitario como la choza de los leñadores. Su oráculo hablaba sobre todo con el linaje de mi padre, del que ya no quedábamos muchos. Algunos viejos primos que aún vivían en Laurentum, yo misma y Silvio. Hacía un año o más que nadie realizaba un sacrificio allí. Los restos de vellón del suelo eran meras hebras ennegrecidas. Cortamos un trozo de tierra cubierta de hierba para el altar y Silvio vació el recipiente de vino como ofrenda mientras yo les rezaba a los antepasados y a los poderes del lugar. Ya había oscurecido demasiado como para ir a los estanques. Nos habíamos traído las capas. Mi hijo extendió la suya donde mi padre solía dormir cuando estábamos allí. Yo ocupé el sitio de siempre, cerca del altar, donde el poeta y yo habíamos charlado. Permanecimos largo rato en la oscuridad, sentados y en silencio. Las estrellas brillaban con una intensa luz blanca entre las hojas negras de los árboles. Al volverme a mirar a Silvio, vi que se había tendido sobre la capa y se había acurrucado. Parecía un cordero dormido a la luz de las estrellas. Seguí despierta. Las criaturas de la noche emitían sonidos diferentes, susurros y crujidos, cerca y lejos de nosotros, sobre el suelo del bosque. Una lechuza cantó una vez desde la derecha, en la lejana ladera de la colina, un largo y trémulo ululato. No sentí la apremiante presencia de los espíritus del lugar. Era todo silencio, era todo sagrado.
Al cabo de un largo rato, cuando las constelaciones hubieron cambiado, le hablé al poeta, no en voz alta sino en mi mente:
«Mi querido poeta, todo lo que me contaste ha sucedido. Me guiaste con mano firme hasta la muerte de Eneas. Desde entonces he dejado que me guiaran otros. Pero me estoy extraviando. No puedo confiar en Ascanio, ni siquiera él mismo conoce la enemistad que le profesa a Silvio. Ojalá estuvieras aquí para guiarme ahora. Ojalá pudieras cantarme.»
No hubo respuesta alguna. El silencio se había hecho muy profundo. Suspiré al fin y me tendí, abrumada por el sueño. Este hizo que el suelo me pareciera blando y la capa caliente. Unas palabras e imágenes flotaban por mi mente. Las palabras decían «¡Nómbrame!». Entonces cambiaron y parecieron revertirse al tiempo que se alejaban flotando. «Mi palabra te da vida.» Por un momento vi con toda claridad el escudo de Eneas, la cabeza de la loba vuelta hacia su brillante flanco. Sentí que estaba tendida sobre una bóveda, como un caparazón de tortuga hecho de tierra y piedra que techaba una gran oquedad oscura. Por debajo de mí se extendía un vasto paisaje de sombras, bosques de árboles sombríos. Más allá de aquellos árboles vi a mi hijo, de pie bajo la penumbra a la orilla de un río, un río más grande que el Tíber, tan grande y cubierto de niebla que no se alcanzaba a ver la otra orilla con claridad. Silvio tenía diecinueve o veinte años. Estaba apoyado sobre la gran lanza de Eneas y tenía el aspecto que debía de tener Eneas cuando era joven. Había multitud de gente por toda aquella ribera interminable y cubierta de hierba. La hierba era de un color grisáceo, no verde. Una voz cerca de mí, junto a mi oído, una voz de anciano, hablaba en voz baja: «... tu último hijo, al que Lavinia criará en los bosques, será un rey, un padre de reyes». Entonces sentí con mucha intensidad la presencia de mi esposo, su cuerpo y su ser, conmigo, en mí, como si yo fuera él, que despertaba y se encontraba sentado, confuso en la oscuridad, desolado. No había nadie allí. Sólo Silvio, dormido al otro lado del claro. Las estrellas se fueron apagando mientras el cielo empalidecía.

Silvio había dormido sin soñar. Fui yo quien tuvo el sueño y oyó la voz, pero no era mi abuelo el que había hablado.
Al amanecer nos levantamos y fuimos al manantial. Mientras Silvio exploraba la caverna, yo me senté en el afloramiento rocoso y contemplé cómo caía la luz del sol sobre las pálidas aguas a través de la neblina que aún las cubría. El olor del azufre era menos intenso en el aire de la mañana. Nos bañamos en unos estanques poco profundos que había a poca distancia de la tierra muerta y fangosa de la entrada de la cueva, río abajo. El agua estaba caliente y su tacto resultaba agradable sobre la piel. Sería un buen lugar para tratarse el dolor de las articulaciones o una herida vieja y dolorosa.
Volvimos al recinto y, como no teníamos nada más que ofrecer a modo de agradecimiento, llenamos el altar de hierbas dulces, ramas de laurel y unas pocas flores que encontramos en diversos claros por el bosque. Una vez hecho esto y pronunciadas nuestras oraciones de gratitud, le referí a Silvio mi sueño antes de abandonar el lugar sagrado.
—Te vi. Eras un hombre ya adulto. Sin embargo, era como si aún no hubieras nacido..., como si estuvieras esperando para vivir. Y a mi lado hablaba un anciano. No me hablaba a mí. Le hablaba de ti a tu padre, Eneas. Le dijo: «Éste es tu último hijo, un rey y un padre de reyes, al que tu esposa Lavinia criará en los bosques.» Y entonces el sueño acabó.
Pensamos sobre ello mientras volvíamos a la choza de los leñadores.
—Significa que debemos quedarnos aquí, en el bosque, ¿no, madre? —dijo Silvio al fin.
Era lo que yo misma había estado pensando, pero mi primer impulso fue negarlo, decir que no. No podía ser tan sencillo y tan claro. No dije nada hasta que llegamos al claro.
—Eso parece significar. Pero ¿cómo...? No podemos escondernos aquí como forajidos o mendigos..., viviendo de lo que pueda enviarnos Maruna.
—Puedo cazar y poner trampas, madre.
—Lo sé, y será mejor que lo hagas si quieres comer carne esta noche. Pero a largo plazo... La gente nos verá. ¡Por aquí todo el mundo nos conoce! No podemos desaparecer sin más en medio del bosque.
—Si nos alejáramos más, podríamos. En las colinas.
—¿Durante cuánto tiempo, muchacho? En verano, sí. En otoño, puede. En invierno, no. La vida es dura para los que se apartan de los demás, aunque tengan un buen tejado y un granero lleno. Tú y yo somos demasiado blandos para ello... ¡Pero no aceptaré órdenes de Ascanio! Si lo obedezco en esto, si te entrego a él, aunque vaya yo contigo, habré renunciado a tu reino. Debe aceptar nuestra soberanía en Lavinium. ¿Adónde podemos ir?
—Bueno, ¿y qué pasa si la gente nos reconoce y averigua dónde estamos? ¿Nos harán volver a Alba? ¿Si les decimos que debemos vivir en los bosques..., si les contamos qué es lo que ha dicho el oráculo?
—No lo sé.
—Pues vamos a averiguarlo —replicó Silvio.
Es agradable que tu hijo diga lo que quieres decir tú.
—Sus cerdos le dijeron que fuera a Alba —dije—. ¿Cómo va a discutir con su abuelo si dice que nos quedemos aquí?
Empecé a acordarme de que cuando Fauno le dijo a mi padre en Albunea que debía casarse con un extranjero, Latino lo anunció sin perder un instante ante todo el mundo. Cuanta más gente lo oyera, más poderosa se haría la noticia. Así todos, no sólo el rey, habrían oído el oráculo.
—Creo que debo volver a Lavinium hoy mismo —le dije a Silvio—. Tú quédate aquí. Si puedes, caza un conejo o una codorniz. Si aparece cualquiera que no sea yo, te escondes. Volveré antes de que anochezca.
Así que regresé por las lomas y los campos hasta mi ciudad, sumida en una profunda reflexión durante todo el camino, y crucé las puertas a media mañana. Fue un alivio enterarse de que Ascanio no había mandado aún a buscar a Silvio.
Y me sorprendió y conmovió la bienvenida que me brindó el pueblo, rodeándome con sus saludos, caricias y preguntas inquietas. Era el centro de una verdadera muchedumbre cuando por fin llegué a las puertas de la Regia.
«Esta es mi ocasión», pensé. Así que me volví allí mismo, ante las puertas de la casa, mientras los criados acudían en tropel desde dentro para darme la bienvenida, y exclamé:
—¡Pueblo de mi ciudad! —Se hizo el silencio para escucharme y seguí hablando sin apenas saber lo que iba a decir de una palabra a la siguiente—. Anoche, en el bosque de Albunea, en el oráculo sagrado de mis antepasados, me tendí junto al altar para dormir. Y la voz del rey Anquises, padre de nuestro rey Eneas, me habló en sueños y profetizó que su nieto Silvio debería vivir conmigo en los bosques del Lacio. En cumplimiento de esta profecía, no enviaré a mi hijo a Alba Longa ni lo mantendré aquí en Lavinium, sino que me marcharé con él a vivir a los bosques hasta que las señales y los portentos nos indiquen que ha llegado la hora. La voz de mi sueño llamó a Silvio rey y padre de reyes. ¡Regocijaos con esto tanto como yo! —Al oír esto se alzó un gran griterío que me envalentonó, y añadí—: ¡Pero hasta que Silvio llegue a la edad de gobernar, Ascanio gobernará solo y mi ciudad seguirá bajo el mando de Ascanio y de los amigos de su padre!
—Pero ¿adónde vas a ir, pequeña reina? —gritó un anciano entre la muchedumbre.
—¡No muy lejos, amigo mío! —respondí—. ¡Mi corazón está en Lavinium, contigo! —Ante esto volvieron a prorrumpir en gritos de aliento y yo entré en casa en medio de un considerable tumulto, con el corazón acelerado. Acates me esperaba allí. Enardecida por el apoyo de mi pueblo, me adelanté a lo que se disponía a decirme con estas palabras—: Amigo mío, sé que Ascanio te ha ordenado que lleves a Silvio a Alba Longa. Como reina tuya, te pido que me obedezcas y dejes al niño conmigo para que pueda cumplirse la profecía.
Aceptó mi petición con una lenta inclinación de cabeza.
—¿Viste al señor Anquises? —preguntó con voz incrédula pero melancólica, urgente, ansiosa por creerme.
—No, pero oí una voz que hablaba como si estuviera dirigiéndose a Eneas. Pensé que era la voz de su padre. En Albunea, los padres hablan.
Acates titubeó un momento y luego preguntó:
—¿Lo viste a él? —«El» era Eneas, claro, y Acates lo dijo con tanto amor y tanta añoranza que los ojos se me llenaron de lágrimas. No pude sino negar con la cabeza.
—Estuvo allí conmigo, Acates. Durante un momento —respondí al cabo.
Pero al mismo tiempo que lo decía supe que no era verdad. Eneas no había estado allí como un hombre de carne y hueso y Anquises tampoco había hablado. Fue el poeta. Eran todas palabras del poeta, las palabras del hacedor, del augur, del narrador de verdades. Ni más ni menos. Pero ¿era yo más o menos que eso?
Y no podía decirle nada de ello a ningún alma viviente, ni podría haberlo hecho hasta ahora.

Había hecho bien en confiar en el respeto de Ascanio por los portentos y los oráculos, aprendido de su padre pero exagerado casi hasta el punto de la superstición. Siempre era muy rígido en todas las observancias: anhelaba que lo llamasen pío, como habían hecho con Eneas. Para él, la piedad era la obediencia ante la voluntad de los poderes superiores, una rectitud segura. Nunca habría creído que Eneas consideraba una derrota personal su victoria sobre Turno. No entendía que en la piedad de su padre se ocultaba su propia tragedia.
Tal vez lo juzgara mal. Es posible que, con los años, llegara a conocer parte de la angustia de Eneas. Pero nunca lo conocí bien.
En cualquier caso, cuando Acates y Seresto le llevaron la noticia de mi decisión, no les recriminó que antepusieran mis deseos a los suyos y no me envió ningún mensaje claro. Creo que sentía respeto por la combinación de fuerzas que yo había concitado en su contra: el sagrado oráculo de los itálicos unido a la santificada voz del abuelo de los troyanos. Con su silencio, me otorgó su consentimiento.
Así comenzó el período de nuestro «exilio», un exilio que no era tal comparado con el de los viejos troyanos, eternamente nostálgicos de su caída ciudad, nuestra «vida en los bosques», que al final resultó una existencia bastante sencilla. Mandé llamar a unos carpinteros para que afianzaran la choza de los leñadores y reemplazaran la techumbre, infestada de ratas y medio descompuesta por la lluvia. Al final terminaron por reconstruirla entera. Le añadieron un segundo piso y un buen hogar, mientras una legión de voluntarios acudía al claro para arrancar la maleza, desbrozar el lugar y plantar un huerto con todas las hierbas y las verduras que crecen en el Lacio, incluido un pequeño olmo y un matorral de alcaparras sicilianas. Querían rodear el huerto con una cancela, pero se lo prohibí.
—Hay lobos, reina —dijo el viejo Girno—. ¡Y osos!
—En Albunea no hay osos —respondí—. Y si viniera un lobo lo llamaría hermano. —Contaron mi respuesta en Lavinium, y después de aquello algunos dieron en llamarme Madre Loba.
El camino de la ciudad a la choza de los leñadores no tardó en convertirse en una vereda aplanada por las pisadas, así que tuve que limitar el número de trabajadores voluntarios y visitantes que recibíamos, y reducir los días de sus visitas a unos pocos, o de lo contrario no habríamos tenido paz. Cuando, a finales del verano, se marcharon todos los trabajadores y volvió a hacerse el silencio, fue un silencio muy profundo. Silvio pasaba todo el día en el bosque o en sus lecciones, porque los viejos troyanos se habían tomado muy a pecho su educación y lo sometían a un implacable programa diario de entrenamientos, ejercicios militares y clases de esgrima, música, oratoria y equitación. Cuando terminaba de limpiar la cabaña y atender mi huerta, no me quedaba gran cosa que hacer, y como estaba acostumbrada a ocuparme de una gran casa, al principio me sentía sola y aburrida. Me veía a mí misma como una criatura inútil, un fraude. Las Regias que con tanto trabajo y tan infinito cuidado había gobernado en Laurentum, en Lavinium y en Alba Longa marchaban a las mil maravillas sin mí. Maruna, con Sicana como lugarteniente, mantenía la casa en Lavinium y se encargaba de las tareas de veneración tal como yo la instruyera mucho tiempo antes, así que no podía pedirle que estuviera conmigo en el bosque.
Pero al cabo de algún tiempo empezó a gustarme mi soledad. Perdí el deseo de tener visitantes o de oír voces que rompieran el silencio de los árboles, entrelazado siempre con el canto de los insectos y las aves y el sonido del viento entre las hojas. Me encargaba de la huerta, cosía y tejía en el gran telar del segundo piso, y me sentía feliz con el silencio, hasta que, al caer la tarde, llegaba mi hijo para cenar conmigo y hablar un poco, en voz baja, antes de dormir.
Y así pasaron los años.
Hubo algunos incidentes fronterizos, pero Ascanio parecía haber perdido su desgraciada propensión a provocar guerras. Su matrimonio se había celebrado con gran ceremonia. Su esposa rutuliana gobernaba su casa con regia perfección y se decía que eran una pareja feliz. Pero no tenían hijos. Transcurridos unos pocos años, Ascanio convocó a comadres y videntes. Las comadres le aseguraron que Salica estaba en perfecto estado de salud y no había ninguna razón para que no quedase encinta. Todos los videntes auguraron que moriría sin descendencia. No le ofrecieron causas ni remedios y sus profecías estaban revestidas de imágenes y afirmaciones ambiguas, porque si la culpa era de Ascanio, no deseaban decirlo.
Yo me enteraba de éstas y otras noticias a través de Illivia y de las mujeres que venían a visitarme, así como de los consejeros latinos y troyanos que gobernaban Lavinium y el noroeste del Lacio en mi nombre y en el de Silvio. Acates, y también Silvio, se encargaban de que estos hombres acudieran a consultarme asuntos de importancia, así que me mantenía bastante bien informada sobre lo que estaba sucediendo en el reino y su alrededor, aunque apenas daba consejos y nunca recibía invitados. Si un viajero importante, un rey o un mercader, llegaba al Lacio, se alojaba en Alba Longa. Le decían que la reina Lavinia vivía en el bosque cumpliendo con la voluntad de un oráculo y no se la podía ver. Hasta tuve que rechazar a Tarcón de Caere cuando vino a Lavinium, a pesar de lo mucho que deseaba verlo. Dejé que Silvio fuera a visitarlo una vez, pero yo misma tuve que negarme para no convertir mi exilio en una mera farsa. Aun así, podía confiar en que Acates y Mnestco lo agasajaran como correspondía a un gran rey etrusco y un buen amigo de mi marido y de mi hijo. Tarcón no visitó luego Alba Longa, lo que venía a decir, con gran claridad, que si Ascanio quería su amistad, tendría que granjeársela.
Por desgracia, Ascanio optó por ponerla a prueba con gran temeridad al provocar a los etruscos veiianos de Ruma. La colonia era cada vez más grande. Los latinos de Fidenae y Tibur y de las inmediaciones del lago Regillis patrullaban las cercanías de sus granjas porque se habían producido los inevitables episodios de robo de ganado y reyertas fronterizas. Marte estaba preparado, como siempre, a bailar sobre las fronteras. Ascanio tenía todo el derecho del mundo a defender la propiedad de sus súbditos, como había hecho Latino cuando se establecieron allí los griegos de Evandro. Pero Latino no creía que la zona de las siete colinas fuese un buen emplazamiento para una ciudad, pues pensaba que sus marismas eran insalubres y las colmas no eran buenas para sembrar o pastorear, por lo que no le disputó el territorio a Evandro. Ascanio sí.
Hasta el momento había lidiado con los etruscos por el procedimiento de ignorarlos. Los tenía por arrogantes, pérfidos e impredecibles. Decía que un tratado con los etruscos era inútil, porque lo quebrantarían a la menor ocasión, a pesar de que el único que concertara con ellos, el de la guerra del Anio, lo habían cumplido a rajatabla. Como troyano que era, hijo del divino Eneas, enviado por el destino para gobernar Italia, se consideraba superior a todos los itálicos, por lo que no soportaba verse inferior a los etruscos en riquezas, población, armamento y sofisticación. Sus prejuicios lo llevaban a considerarlos a todos iguales cuando, de hecho, Caere y Veii eran viejas rivales. A Tarcón no le gustaba ver cómo se expandía la otra ciudad-estado al sur del Tíber. Había venido a Lavinium para sondearnos sobre el asentamiento de Ruma y nos habría ayudado a presionar a Veii para que contuviera su crecimiento. Acates y Seresto, conscientes de esta situación, aconsejaron a Ascanio que cortejara a Tarcón. Ascanio desoyó el consejo.
En marzo, poco después del baile de los saltarines, decidió darle a Veii una lección. Envió un pequeño ejército a una zona fronteriza en disputa, entre Ruma y el lago Regillis, y expulsó a los etruscos, pastores en su mayor parte, casi hasta la zona de las siete colinas. Pero los etruscos recibieron refuerzos al acercarse a la ciudad, así que decidieron dar media vuelta y luchar. Hubo bajas en los dos bandos. Para los soldados de Ascanio, sus pérdidas justificaban el quedarse con los rebaños que cayeron en sus manos. Pero pasados dos días tuvieron que retroceder hasta el lago Regillis abandonando todas las ovejas de las que se habían apoderado. Los habitantes de Ruma recogieron el ganado y permanecieron en guardia armada a lo largo de la intranquila frontera.
Como si sintiera desprecio por el enemigo, Ascanio no había acompañado a su ejército. Le encomendó el mando a su amigo de infancia, Atis. Para mí era un hombre apuesto, de buen corazón, un poco infantil, que se había portado bien con Silvio cuando vivíamos en Alba y le había dado algunas clases de equitación. Mientras se retiraba con su ejército, se quitó el yelmo a causa del fuerte calor de la primavera. Una piedra arrojada por un pastor etrusco lo alcanzó en la cabeza y lo derribó del caballo. Nunca recobró la consciencia. Llevaron su cuerpo, y los de otros cinco soldados, a Alba Longa.
Ascanio se desmoronó. Se arrojó llorando sobre el cuerpo de Atis, incapaz de controlar las lágrimas. Cuando su esposa trató de consolarlo y llevárselo, arremetió contra ella con crueles y absurdos insultos, gritando que se había entregado a la mitad del ejército y que se había vuelto estéril porque era una ramera. No pudieron apartarlo del cadáver de Atis hasta que las lágrimas lo agotaron y sus sollozos se convirtieron en convulsiones y luego en una especie de desvanecimiento del que no pudieron despertarlo. Todo esto sucedió en el gran patio de la Regia, ante los ojos de muchos. La noticia llegó a Lavinium en cuestión de horas. Silvio me la contó por la tarde, al volver a casa de sus lecciones.
Todos estaban consternados, intrigados y alarmados por esta demostración de pesar. Atis había sido el amante infantil de Ascanio, pero hacía mucho tiempo de aquello. Si tan querido le era, ¿por qué le había encomendado aquella misión? A fin de cuentas, tenía capitanes experimentados que conocían mejor el terreno, como Rutilo de Gabii, que se había criado allí. Entre los rumores y las especulaciones que Sicana y las demás me trajeron al día siguiente, estaba la insistente historia de que habían oído a Ascanio pelearse con Atis y gritarle que se avergonzaba de él. Los amigos de Atis se preguntaban si lo habría enviado a una misión peligrosa con un ejército inapropiado como castigo o para librarse de él. Y muchos habían empezado a decir que Atis y Ascanio nunca habían dejado de ser amantes, que hasta la víspera de la boda de Ascanio habían seguido viéndose, y también desde entonces. Entre tan tristes y penosos chismorreos, Ascanio permanecía afligido en sus aposentos, sin ver a nadie.
A su esposa Salica tampoco la dejaban pasar. Humillada más allá de lo soportable, regresó junto con un grupo de mujeres a la casa de sus padres en Ardea.
Yo estaba predestinada, al parecer, a vivir entre gente que sufría más allá de toda medida, gente enloquecida por el pesar. Y a pesar de sufrir yo misma, estaba condenada a la cordura. Esto no era obra del poeta. Sabía que no me había dado otra cosa que recatados rubores y escaso carácter. Sé que dijo que deliré y me tiré de los mechones dorados al morir mi madre. Simplemente, no me prestaba atención. Estuve en silencio, sin lágrimas, concentrada sólo en adecentar su pobre y mancillado cuerpo. Y mi pelo siempre había sido oscuro. A decir verdad, no me dio más que un nombre, que he tenido que llenar yo misma. Mas, sin él, ¿habría tenido siquiera nombre? Nunca lo he culpado. Ni siquiera un poeta puede hacerlo todo bien.
Pero es extraño que no me diera voz. Nunca hablé con él hasta que nos encontramos aquella noche junto al altar, bajo los robles. ¿De dónde procede mi voz entonces, me pregunto, la voz que grita al viento en las alturas de Albunea, la voz que habla sin lengua un idioma que no es el suyo?
Pero en fin, éstas son preguntas que no puedo responder. Ahora os hablaré de otra pregunta que tampoco puedo responder y de una cosa que no mucha gente cree. No vais a creeros ninguna de las dos, lo sé, pero es la verdad.
No tuve nada que ver con que los penates de Troya abandonaran el altar de la casa del rey en Alba Longa para venir a Lavinium.
No di orden a las mujeres de que los robaran de noche, ni tampoco a hombre o niño algunos. Como fue un acto calculado para obtener efectos políticos, siempre existirá la sospecha, o incluso la completa certeza, de que yo lo planeé y ejecuté, yo o alguien que deseaba debilitar la autoridad de Ascanio. Pero yo no lo creo así. Creo que los dioses sabían que había llegado el momento de volver a casa.
Maruna vino a verme a Albunea a primera hora de la mañana, sin aliento, y me pidió que regresara al instante con ella a la Regia. Llevaba cinco años sin cruzar las puertas de la ciudad y sin entrar en mi casa, pero sabía que Maruna no me llamaría sin una buena razón. Corrí tras ella por los campos de abril, por las puertas de la ciudad, por las de la casa, hasta el hogar de Vesta, al fondo de la sala del fuego, donde habían estado los penates del Lacio desde la muerte de mi madre. Y vi que entre ellos se encontraban las figurillas de arcilla y marfil, los dioses de la casa de Anquises, que Eneas había traído consigo desde Troya cruzando las tierras y los mares.
Incapaz de reprimir un jadeo, permanecí allí muda de asombro, con las piernas temblorosas. Estaba consternada, aterrada, incrédula.
Y sin embargo, el miedo no discurría muy profundo. No podía sentir terror, porque me parecía apropiado que nuestros dioses estuvieran allí, en nuestra casa.
Así que todos vieron que me sorprendía menos de lo que habría debido y pensaron que mi asombro y mis preguntas eran un engaño. Y es cierto que no hice demasiadas preguntas. Pensaba que era impío interrogar a los mortales sobre un acto que, al parecer, era obra de los poderes superiores.
Por descontado, algunas de mis mujeres eran más que capaces de sacar los penates de Alba para traerlos a Lavinium. Pero al pensarlo fui incapaz de imaginarme a ninguna de ellas haciéndolo de verdad. Todas parecieron sorprendidas, consternadas, incluso aterradas al ver las figuras sobre el altar. Y eran mujeres honradas. No permitiría que las interrogaran. Y además, de haber descubierto que había sido una de ellas, ¿qué habría tenido que hacer? ¿Castigarla? ¿Felicitarla? Era mejor dejar lo inexplicable sin explicar. En cuanto a los hombres, se los dejé a Acates, Seresto y Mnesteo, a quienes sabía incapaces de maquinar y ejecutar un acto sacrílego, por muy de acuerdo que estuvieran con sus consecuencias. No encontraron sospechosos ni indicios sobre el modo, e incluso el momento, en que se había producido el extraño suceso. La primera en ver a los dioses fue la propia Maruna, cuando entró para realizar los ritos matutinos.
Aquel día me quedé en la ciudad, entre los míos. Mandé a buscar a Silvio y ordené un triple sacrificio: un cordero, un becerro y un cochinillo. Silvio presidió el ritual, ayudado por los viejos capitanes troyanos. Con la sangre vital y la carne tostada de los buenos animales, dimos gracias, bendecimos los lares y los penates de Troya y del Lacio, y solicitamos su bendición. Maruna leyó las entrañas a la manera de los etruscos y profetizó grandes y duraderas glorías para la casa de Eneas.
Y luego regresé a la casita del bosque. Pero mi hijo se quedó en la Regia aquella noche, custodiando a sus dioses ancestrales y pidiendo su ayuda.
En Alba Longa, como es natural, habían cundido la consternación y el horror al descubrirse la desaparición de los viejos penates. Un pequeño camillus, un mozo de apenas nueve años que era quien había dado la alarma, fue apaleado casi hasta la muerte por las horrorizadas mujeres, que lo culpaban por lo ocurrido. La reina Salica, que podría haberlas calmado, ya no vivía allí.
Llevaron la noticia al rey Ascanio con miedo y grandes aspavientos. Salió de su cuarto entonces, por primera vez desde la muerte de Atis. Cruzó el gran patio hasta el fuego vestal y se quedó allí mirándolo. Sólo estaban los penates de la antigua aldea de Alba, pequeños y humildes como los dioses de una casa pobre. La propia Vesta, el cuerpo del fuego sagrado, brillaba con la misma claridad y brillantez de siempre.
Ascanio arrojó un poco de grano salado al fuego. Levantó las manos para rezar pero no pudo pronunciar palabra. Las lágrimas empezaron a correr por su cara. Se volvió y, en silencio, sollozando, regresó a sus habitaciones.

El rey no hizo el menor esfuerzo por encontrar al responsable humano del regreso de los penates a Lavinium. Para él, al igual que para mí, era una señal de la voluntad de poderes superiores a nosotros. Ambos la aceptamos como tal. Pero mientras que para mí fue una causa de milagroso júbilo y una demostración de que el hijo pequeño de Eneas gozaba del favor de los dioses, para él fue un golpe casi fatal.
No sé si su matrimonio había sido la farsa infeliz que —ahora— todo el mundo estaba diciendo. Los aposentos de las mujeres eran un hervidero de chismorreos sobre la infelicidad que había sufrido Salica desde el principio, sobre lo mucho que la había hecho sufrir el desagrado de su marido, sobre su decisión de ocultar la humillación incluso a sus compañeras más cercanas (salvo, claro está, a la que relataba la historia). Si era cierto, Ascanio también había llevado una máscara durante todos esos años sin dejar que se le cayera una sola vez. Yo me inclino más bien a creer que el matrimonio se fue estropeando poco a poco, y que la falta de atracción sexual de Ascanio por las mujeres lo fue llevando gradualmente a buscar las delicadas simplicidades de su primer amor. Y Atis, pobre alma leal, estaba allí para ofrecérselas. Pobres almas todos ellos.
Pero el destino se mostró especialmente duro con Ascanio. Había perdido una batalla y el amor de un solo golpe. A continuación, a su esposa. Y luego, los dioses de su padre. Su elección de la capital se demostraba, al parecer, errónea. Todo cuanto había erigido para sustentar su imagen como digno sucesor de Eneas se le escapaba entre los dedos, como el barro que se desmorona suavemente en la orilla de un río para sumergirse en el agua.
Fue incapaz de recuperarse durante mucho tiempo. Tanto, de hecho, que sus capitanes desesperaron de recibir órdenes suyas y acudieron a Lavinium para pedir el consejo de los viejos troyanos y del joven rey.
Pues así era como llamaban ahora a Silvio. En mayo cumpliría los diecisiete. Había vivido en el bosque obedeciendo al oráculo. Había cumplido el mandato de su exilio. El regreso de los poderes ancestrales a su casa era una señal inequívoca. El joven rey y los dioses habían vuelto el mismo día.
El pueblo de Lavinium y todo el Lacio occidental le brindaron una bienvenida sincera y jubilosa, y le ofrecieron tributos en abundancia sin que tuviera necesidad de pedirlos. Al poco tiempo empezó a llegar gente de Gabii, Praeneste, Tibur y Nomentum para verlo, saludarlo y ofrecerle sus corderos blancos, sus mejores becerros y sus servicios de armas. Por todo el reino se extendía la sensación de que estaba levantándose la oscuridad y se avecinaban tiempos mejores. Ninguna esperanza mortal se ve jamás colmada del todo, lo sé, pero este desbordamiento de buenos sentimientos y confianza provocó su propio cumplimiento: los latinos volvían a verse como un pueblo unido, que podía mantener bien alta la cabeza. Sólo un necio habría arruinado un comienzo tan prometedor. Silvio, que no era un necio, se mostró cauto, e incluso casi incrédulo, con su buena suerte, y se apoyó en el consejo de aquellos en quienes había aprendido a confiar. Pero como ya tenía diecisiete años, aprovechó todas las oportunidades, aceptó todos los regalos, se regocijó con su popularidad, ofreció amor a cambio de amor y voló a lomos de los vientos favorables mientras siguieron soplando para él, como un joven y feliz halcón.
Al llegar los capitanes desde Alba Longa, convocó un consejo y me pidió que estuviera presente.
En privado, le expuse mis objeciones. Estaba tan poco acostumbrada a estar en compañía, tras cinco años en el bosque, que la idea me aterraba.
—No es mi lugar —dije.
—Te sentabas en el consejo de tu padre. Y en el del mío.
—No. Me sentaba al fondo y escuchaba, a veces.
—Pero eres la reina.
—La reina madre.
—Una reina es una reina —respondió mi hijo, majestuoso.
Se parecía mucho a Eneas, pero había en él algo de Latino y de mí, algo itálico, en su manera de erguirse y en su forma de girar la cabeza. Sabía cómo ocupar el espacio. Sería un hombre apuesto a los veinticinco años, y totalmente hermoso a los cincuenta. Estos pensamientos maternales me distraían. Lo miraba como una vaca mira a sus terneros, con ciego e inagotable contento.
—Eres la reina, madre, y no puedes hacer nada al respecto, al menos hasta que yo me case. Entonces podrás retirarte, si insistes. Pero no tengo la intención de casarme pronto. Si no eres la reina, entonces eres una de mis súbditas, y te ordeno que estés presente en el consejo.
—No seas niño, Silvio —protesté. Pero él había ganado, claro. Asistí al consejo. Me senté en la parte de atrás y no pronuncié palabra. No tenía sentido escandalizar a los capitanes de Ascanio. Ya estaban bastante preocupados tal como estaban las cosas.
Nos informaron de que Veii había estado enviando hombres armados a Ruma desde nuestra fallida incursión fronteriza. Parecía que los etruscos estaban planeando un asalto preventivo contra nuestro territorio o un ataque a gran escala contra Gabii o Collada. Los jefes de Alba Longa habían enviado a la zona todos los hombres que habían podido reclutar, pero era una frontera muy larga y nuestros soldados estaban muy dispersos. Tenían órdenes estrictas de no atacar, sólo defenderse.
—Pero no sabemos a qué van a enfrentarse —dijo Marsio, un joven general. Eran todos jóvenes. A Ascanio no le gustaba rodearse de viejos.
—Podríamos duplicar fácilmente el tamaño del ejército —propuso Mnesteo—. El pueblo aquí está enardecido.
—Podríamos ponernos en contacto con Tarcón de Caere —aventuró Silvio.
Los albanos pusieron los ojos en blanco y fruncieron el ceño.
—¿Un etrusco?—inquirió Marsio.
—Estuvo aquí no hace mucho y parecía decidido a firmar una alianza para contener a Ruma.
—Pero entonces no teníamos libertad para hablar con él —puntualizó Seresto.
Hubo un silencio.
—Sé que recordáis que Tarcón de Caere os ayudó, o al menos a vuestros padres, a colocar a mi padre en el trono del Lacio —dijo Silvio. Lo hizo con tono medido, sin reprochar ni reprender. Vi que Acates lo miraba con media sonrisa. Estaba oyendo hablar a su rey. Como todos.
Enviamos mensajeros a Caere y reclutas y voluntarios para reforzar las fuerzas albanas que rodeaban las siete colinas. En abril, los ejércitos de Tarcón avanzaron desde Caere y cortaron la ruta que unía Veii con el Tíber. Hubo algunas escaramuzas en Etruria, pero ninguna en el Lacio. La colonia de Ruma retiró todas sus fuerzas de nuestra frontera. Sus hombres dejaron de amenazar nuestras granjas y nuestras ciudades y volvieron a la labranza y la cosecha. Silvio había ganado su primera guerra sin necesidad de librarla.
A finales de aquel verano, cabalgó hasta la casa de los leñadores en su precioso semental de color castaño y me dijo:
—Madre, creo que deberías volver a tu ciudad.
Yo, que había estado pensando lo mismo, me limite a asentir.
Fue un gran placer vivir de nuevo en la mansión de Lavinium, barrer el hogar de Vesta y preparar el grano salado para mis dioses y los de Eneas, cuidar de una gran despensa y una casa bulliciosa, tener niños descalzos por todas partes y mujeres con las que hablar de todo, y oír el profundo tintineo de las voces de los hombres procedentes del patio de los establos.
En aquella vida, que había sido la mía hasta que nos fuimos al bosque, los años fueron pasando. Silvio iba a Alba Longa con frecuencia y se reunía en términos amistosos con su hermano, con quien compartía las tareas del gobierno, aunque ahora Ascanio gobernaba en segundo lugar y prefería someterse al joven. A veces él venía a Lavinium a alguna festividad o algún consejo. Era un hombre corpulento de ojos tristes, encorvado, que se alteraba por trivialidades. Su esposa vivía en Ardea, en la casa de su hermano Camers. Silvio, que cruzaba el Tíber con frecuencia para cultivar la amistad de los etruscos, se casó con Ramtha Matunae de Caere, una mujer hermosa y noble. Celebramos una gran boda en Lavinium.
Empezaron a llegar los niños: una chica, un chico, otro chico y una chica. Entonces me convertí en la reina abuela en el ruidoso patio, donde el laurel que había plantado al llegar allí con Eneas se elevaba ya por encima de las murallas.
Cuando Ascanio cumplió treinta años gobernando en Alba Longa, renunció a la corona. Silvio, llamado Eneas Silvio por su pueblo, pasó a gobernar el Lacio en solitario.
Se trasladó a Alba, pues en verdad era una ubicación mejor que Lavinium. Me suplicó que fuera a vivir allí con Ramtha, los niños y él, pero yo no quería abandonar mi ciudad de nuevo, al menos en aquella dirección. No intentó llevarse sus lares y penates, pues, al igual que yo, habían demostrado su deseo de permanecer donde Eneas los dejara.
Así que viví como la vieja reina en la vieja Regia, al otro lado del umbral por el que mi marido me llevara el día de nuestra boda. Sicana murió al fin, lo mismo que Tita, pero Maruna siguió conmigo. De vez en cuando íbamos caminando, o en un carromato de mulas, a la soñolienta Laurentum de nuestra infancia, donde pasábamos la tarde junto a la fuente del viejo laurel. En una ocasión fuimos a la desembocadura del padre río y llenamos el carromato con la gris, sucia y sagrada sal. A menudo bajábamos al Numicus desde Lavinium para contemplar las aguas, y luego, al volver a casa, nos quedábamos un rato junto a la gran tumba de piedra donde Eneas descansaba junto a la hija que podría haber tenido, una sombra entre sombras. De vez en cuando íbamos a Albunea, y Maruna dormía en la choza de los leñadores mientras yo me internaba sola en el bosque, con el fuego para el altar y una ofrenda de fruta o grano y vino, así como el vellón de una oveja de color oscuro sobre el que me echaba a dormir. No oía voces en la oscuridad, entre los árboles. No tenía visiones. Dormía.
Maruna enfermó. Le falló el corazón, se debilitó y ya no pudo seguir levantándose para barrer el hogar. Una mañana oí sollozar a las mujeres.
Silvio vino para la ceremonia de los nueve días de Maruna. A nadie le pareció raro que un rey acudiera al funeral de una esclava. Volvió a pedirme que fuera a Alba con él, pero negué con la cabeza.
—Viviré aquí, con Eneas —le dije. Había lágrimas en sus ojos, pero no insistió. Era, tal como yo había predicho, un hombre espléndido a sus cincuenta años, erguido y de cuerpo fuerte, ojos oscuros y cabello entrecano.
«Eres más viejo que él», pensé, pero no se lo dije.
Tenía que marcharse. Había problemas con los volscianos, o los sabinos o los aequianos. Siempre habría guerra en las fronteras, y a menudo también en el interior. Mientras haya un reino, siempre habrá otro Turno pidiendo la muerte.
Tras la muerte de Maruna, pasé algún tiempo sin visitar Albunea. No podía soportar la idea de ir allí con alguien que no fuese ella, y como sufría una pequeña cojera, no me atrevía a cruzar los campos y subir a los bosques yo sola. Finalmente, cansada de mi cobardía, mandé llamar a su sobrina Ursina, a la que había regalado una granja en el Prati. Me acompañó hasta la choza de los leñadores, luego se fue a su granja para ocuparse de los animales y por la mañana volvió a buscarme. Seguía siendo una leona y una caminata de seis o siete kilómetros no era nada para ella. Así que, de nuevo, pude volver a mi bosque cuando lo necesitara.
Una vez fui allí en invierno y dormí sobre los vellones bajo el frío. Aunque apenas llovió, desperté muy tiesa al alba y descubrí que tenía fiebre. Aquel día me quedé en la cabaña de los leñadores, pero los médicos de Lavinium insistieron en llevarme a la ciudad, donde podrían atormentarme con más facilidad. Puede que sucediera más de una vez. Mientras escribo esto, siento que me falla la voz como le falló a Maruna el corazón, volviéndose cada vez más débil, hasta el punto de que incluso en la base de su garganta apenas se podía localizar el pulso. Incluso en la garganta, apenas puedo sentir la vibración de mi voz.
Pero no moriré. No puedo. Nunca descenderé a las sombras que hay debajo de Albunea para ver a Eneas, alto entre los guerreros y reluciente en bronce. No hablaré con Creusa de Troya, como pensé una vez, ni con Dido de Cartago, orgullosa y muda, aún con la gran herida de espada en el pecho. Vivieron y murieron como lo hacen las mujeres y como las cantó el poeta. Pero él, en su cantar, no me dio vida suficiente para morir. Sólo me dio inmortalidad.
Ya no necesito llamar a Ursina para que venga conmigo. Hace mucho tiempo que no. Uno debe cambiar para ser inmortal. Puedo ir de Lavinium a Albunea con mis propias alas. Cada vez vivo más allí, cazando entre los árboles al caer el crepúsculo, a la luz de las estrellas. Mis ojos apenas necesitan luz para ver a su presa: para mí, la noche es luminosa, está envuelta en un suave fulgor. Cuando el sol comienza a alzarse y deslumbra el cielo entero, encuentro el lugar oscuro en el roble hueco. Esta es mi mansión ahora. No importa que la Regia de Lavinium esté hecha de ladrillos de arcilla. En mi oscuro dormitorio paso los días durmiendo, cerca de los estanques de agua fétida y cubierta de bruma que antes era sagrada. Despierto al ocultarse el sol y escucho. Tengo buen oído. Puedo oír la respiración de un ratón entre la hojarasca de los robles. Entre el ruido del agua de la caverna, oigo el tronar y el rumor de la vasta ciudad que cubre las siete colinas en su totalidad, las orillas del padre río y los antiguos pagos, kilómetros y kilómetros a la redonda. Puedo oír el incesante sonido de las máquinas de guerra en todos los caminos del mundo. Pero me quedo aquí. Vuelo entre los árboles batiendo unas finas alas que no emiten ruido alguno. A veces lanzo mi llamada, pero con una voz que no es humana. Mi grito es suave y trémulo; i, i, exclamo: vete, vete.
Sólo a veces mi alma despierta de nuevo como mujer, y entonces, cuando escucho, puedo oír el silencio, y en el silencio, su voz.


Epílogo


La ambientación, el argumento y los personajes de esta novela se basan en los seis últimos libros del poema épico de Virgilio, la Eneida.
Durante mucho tiempo, todos los europeos y norteamericanos que poseían cierta cultura conocían la historia de Eneas: su viajes desde Troya, su historia de amor con la africana Dido y su visita al inframundo eran referencias compartidas y familiares y fueron fuentes argumentales para poetas, pintores o compositores. Desde la Edad Media en adelante, el latín, una lengua supuestamente muerta, ha estado, a través de la literatura, muy vivo, activo e influyente. Eso ya no es así. A lo largo del último siglo, la enseñanza y el aprendizaje del latín han comenzado a perder fuerza hasta acabar convertidos en una especialidad académica. De este modo, con la auténtica muerte de su lengua, la voz de Virgilio quedará finalmente silenciada. Es algo muy triste, porque se trata de uno de los mayores poetas de la historia.
Su poesía es tan profundamente musical, su belleza está tan intrínsecamente ligada al sonido y al orden de las palabras que, en esencia, resulta imposible de traducir. Ni siquiera Dryden o FitzGerald pudieron capturar su magia. Pero el anhelo del traductor por identificarse con este texto es imposible de reprimir. Esto fue lo que me impulsó a tomar algunas escenas, algunos atisbos, algunas prefiguraciones de su épica y convertirlos en una novela, una traducción en otra forma, parcial, marginal, pero en última instancia fiel. Más que ninguna otra cosa, mi historia es un acto de gratitud hacia el poeta, una ofrenda amorosa.
Ha habido uno o dos intentos de «completar» la Eneida, justificados por el argumento de que el propio Virgilio la consideraba incompleta (hasta el punto de que cuando estaba agonizando pidió que la quemaran), y el de que termina con sorprendente brusquedad en una escena que parece poner en cuestión la famosa piedad de Eneas, e incluso su heroica victoria. Yo creo que el poema termina donde Virgilio quiso que terminara. Este relato no es un intento de cambiar o completar la historia de Eneas. Es una interpretación reflexiva sugerida por un personaje de menor importancia: el desarrollo de algo apenas insinuado.

Lo más probable es que la guerra de Troya se librara en el siglo XIII a.J.C. Creemos que Roma se fundó en el VIII a.J.C., aunque después de eso no contamos con testimonios históricos propiamente dichos hasta mucho más tarde. La idea de que el sobrino de Príamo, Eneas de Troya, tuviera que tener algo que ver con la fundación de Roma es pura leyenda, inventada en buena medida por el propio Virgilio.
Pero Virgilio, como bien sabía Dante, era un hombre en el que se podía confiar. Yo lo seguí al interior de su legendaria Edad de Bronce y nunca dejó que me extraviara.
A veces me confundía, eso sí. Conocía bien el Lacio (la región situada al suroeste de Roma) y yo no, pero parte de su geografía parece tortuosa, o deliberadamente imprecisa. Lavinium es ahora Pratica di Mare, eso lo sabemos, pero al principio parecía una pérdida de tiempo tratar de ubicar con exactitud Laurentum o el bosque de Albunea, cuyos manantiales de azufre no podían ser los próximos a Tibur (la actual Tívoli) que Horacio y otros autores conocen por ese mismo nombre. Y el río Numicus era tan esquivo en su ubicación como en su nombre. Pero como novelista, no me sentía cómoda al no saber cuánto tendrían que caminar los personajes para ir de Laurentum a la desembocadura del Tíber, o cuánto tardaría un carromato en llegar de Lavinium a Alba Longa. Mi amigo, el geomante George Hersh, tras bucear en fuentes antiguas por Internet, encontró el mapa moderno que yo necesitaba para conocer los lugares y las distancias: Lazio, una parte de la Grande Carte Stradale d´Italia. Allí, a gran escala, cerca de Croce di Solferato, se encuentra la Albunea de Virgilio, muy próxima a Laurentum. Y allí está el río Orto, el río que debe de ser el Numicus... Resultó muy conmovedor encontrar estos lugares de leyenda en un mapa de carreteras del Touring Club Italiano. Tanto en el mapa como en el mito, eran reales.
Una alegría posterior pero no menos intensa fue descubrir el Vergil´s Latium de Bertha Tilly, quien recorrió la región en los años treinta con mente perspicaz, ojo penetrante y una cámara Brownie. Tilly me proporcionó un placer infinito al reconfigurar algunas de mis suposiciones y confirmar la mayor parte del mapa trazado por mí. Fotografió las cabañas de los pastores mientras las construían como llevaban construyéndose desde hacía veintisiete siglos, y también me mostró cómo había cambiado la costa en la desembocadura del Tíber, donde los troyanos debieron de llegar al alba para adentrarse en el bosque lleno de alas y cantos de pájaros.

Mi deseo era seguir a Virgilio, no mejorarlo ni reprobarlo. Pero la propia Lavinia a veces insistía en que el poeta estaba equivocado. En el color de su pelo, por ejemplo. Y como soy novelista, y prolija, amplié, interpreté y rellené muchos rincones de su frugal y espléndida historia. Pero también dejé muchas cosas fuera. Los palacios y las tiaras, las hecatombes, la magnificencia augusta que el poeta confirió a su ambientación los reduje a una pobreza más plausible. El homérico uso de las pendencieras deidades para motivar, iluminar e interferir las decisiones y las emociones de los humanos no funcionan bien en una novela, así que los dioses grecorromanos, un elemento intrínseco del poema, no forman parte de mi relato.
Libre de la maquinaria literaria prestada del panteón y autorizada por algunos respetables expertos en religión, descubrí a mis personajes siguiendo las mismas prácticas domésticas de ese pueblo profundamente religioso, los romanos. Estas formas de veneración tenían siglos de antigüedad en tiempos de Virgilio y siguieron existiendo en zonas rurales durante la República y el Imperio, hasta que la multiplicación de deidades importadas y la intolerancia cristiana acabó con ellas. «Pagano», como adorador de los dioses, es un término cristiano. Originalmente, los paganos eran simplemente la gente que vivía en los pagos, las granjas romanas. Esta gente del campo fue la que más se aferró a la antigua religión local, profundamente enraizada en la tierra. La canción que se canta en la Ambarvalia en mi relato es posiblemente el poema latino más antiguo que se conoce, pero se puso por escrito en el año 218 a.J.C. Para entonces era de una antigüedad inmemorial y quizá les resultase tan extraño a quienes lo cantaran como a nosotros.

Enos Lases iuvate
neve luae me Marmar sins incurrere in pleores
satur furére Mars limen sali sta berber
semunis alternei advocapit conctos
enos Marmor iuvato
triumpe triumpe triumpe triumpe triumpe

¿Quiénes eran los habitantes de las colinas y de las tierras bajas del Lacio en el siglo VIII a.J.C., los latinos, los romanos ancestrales? Cada vez está saliendo a la luz más información sobre ellos, pero a pesar de todo, me alegro de que mi historía esté ambientada en el escenario semimitológico y no estrictamente histórico de Virgilio, definido por un poeta, no por las pacientes incertidumbres de los arqueólogos. Por lo que a los historiadores se refiere, este período temprano supone una frustración casi total. No existe una historia de los latinos o de la propia Roma hasta una fecha sorprendentemente tardía, bien entrado el siglo II a.J.C. El historiador romano Livio (más o menos coetáneo de Virgilio) es una lectura maravillosa, pero el material con el que tenía que trabajar es, casi por completo, una suma de leyendas, mitos, especulaciones, tradiciones, contradicciones, listas de celebraciones, nombres de cónsules y fragmentos de enigmas. Y nosotros tenemos aún menos materiales que él, a pesar de que su arqueología es menos precisa que la nuestra.
En cuanto a Roma, lo más probable es que fuese un asentamiento latino, ocupado durante algún tiempo por los etruscos y muy influido por ellos. Pero nadie sabe con toda certeza quiénes eran los etruscos, a pesar de los tesoros artísticos y arquitectónicos que dejaron allá donde se asentaron, y de que hemos podido descifrar parte de su lengua —que no toda—. Vivían principalmente al norte del Tíber, en una liga formada por doce ciudades-estado, y seguramente fueron bastante más avanzados que los latinos, tanto cultural como económicamente.
Los latinos y sus vecinos, como los sabinos, los aequianos, los hernicios y los volscianos, pueblos todos ellos de lengua indoeuropea, llevaban migrando desde el norte desde antes del año 1000 a.J.C.
Había espacio para ellos. Por aquel entonces, gran parte de Italia estaba cubierta de bosques. Allá donde va el hombre mueren los árboles. O, parafraseando a Tácito, creamos un desierto y lo llamamos progreso. Hacia el año 800 a.J.C., los pueblos de lengua latina se habían instalado en el Lacio, donde talaron los bosques y limpiaron sus granjas y tierras de pastoreo. Y puede que hubiera también, como en mi relato, granjeros y aldeanos asentados (paganos), agrupados por tribus, o unidos por caudillos o reyes. Lo más probable es que no fuesen, ni de lejos, tan civilizados y avanzados como yo los he retratado. Lo que es seguro es que se trataba de granjeros guerreros, que pasaban mucho tiempo luchando unos contra otros. Los latinos estuvieron siglos haciéndolo, cada vez con más éxito, hasta dominar toda Europa occidental y buena parte de África y de Asia.
Al igual que Virgilio, llamo ciudades a las aldeas de la Edad de Bronce, e imagino que sus habitantes las verían como tales, pero a nosotros nos parecerían un puñado de chozas alrededor de un fuerte y protegidas por una empalizada o una muralla. Sus habitantes salían a los campos para llevar sus rebaños de ovejas, cabras y vacas, o para plantar y cultivar cebada, trigo y verduras, frutas y frutos secos. Lo más probable es que no conociesen aún el algodón ni el lino. Las mujeres cardaban, hilaban y tejían la lana para confeccionar las togas y pallas que llevaban (prendas no muy distintas a los saris). Es posible que conociesen sólo la vid salvaje y la incomestible aceituna silvestre y no pudieran permitirse el lujo de comprarles vino o aceite de oliva a los etruscos (si, como parece posible, éstos ya conocían esos productos por entonces). Pero soy incapaz de imaginarme a los latinos sin vino y sin aceite de oliva. Por si sirve de excusa, Virgilio tampoco podía.
He intentado ofrecer un esbozo del campo como probablemente fuera entonces: un vasto bosque de robles y pinos, atravesado por barrancas cuyos arroyos desembocaban en prados cenagosos y ciénagas arenosas cerca de la costa. La mayoría de los asentamientos se levantaban sobre afloramientos rocosos en el gran complejo volcánico del monte Alba. Las ciudades, con sus pastos y sus campos de cultivo, formaban una pequeña parte de esta campiña. Estaban muy separadas unas de otras. Pasaría mucho tiempo antes de que se unieran para convertirse en Roma. La gente vivía entonces en un mundo salvaje y solitario.
Virgilio exagera la sofisticación de ese mundo y yo he minimizado su primitivismo. Ambos, creo, porque queríamos que ese pueblo fuera el de los romanos, al menos en potencia.
Desde la primera vez que leí sobre Roma, me he sentido atraída por ella, no por el enfermizo y lujoso imperio de las series televisivas, sino por la Roma primitiva, la oscura y sencilla república, con un foro que no era de mármol sino de madera y ladrillo, un pueblo austero con un fuerte sentido del deber, el orden y la justicia. Un pueblo de granjeros que pasaban en el ejército la mitad del año mientras las mujeres se encargaban de las granjas, familias extensas que adoraban al fuego de sus hogares, a la comida de sus graneros, a los manantiales cercanos y a los espíritus de los lugares y de la tierra. A las mujeres no se las apartaba como mercancías, y aunque sólo sea por esta razón, mi imaginación no se encuentra tan a gusto en una casa de la Grecia antigua como en una de Roma. Tenían esclavos, como todos los pueblos por aquel entonces, pero los esclavos de la casa, la familia, se sentaban a la mesa con los ciudadanos libres. Eran bárbaros, eran brutales y eran tremendamente diferentes de nosotros, pero cuesta mucho sentirse diferente a ellos cuando tantas cosas de nuestra herencia cultural derivan directamente de ellos: nuestra lengua, nuestra concepción del derecho... y puede que también ciertos valores poco atractivos pero delicados como la lealtad, la modestia y la responsabilidad, que están implícitos en la idea de un héroe de Virgilio.


Quisiera dar gracias a W. Warde Fowler, autor de The Religious Experience of the Román People, y a H. J. Rose, autor de Ancient Román Religión, cuyas obras, llenas de información y comprensión, ejemplifican la nobleza de la erudición. Bertha Tilly, en Vergil´s Latium, y Alexander G. McKay, en VergiVs Italy, han sido unas fuentes de valor incalculable. Karen Carr, del departamento de Historia de la Universidad del Estado de Portland, expurgó algunos de los errores de mi epílogo y no es responsable de ninguno de los que puedan quedar. Mi hermano, Karl Kroeber, me animó a leer la Eneida como una tragedia, pero probablemente, y con razón, niegue toda responsabilidad en esta obra. También quiero dar las gracias a mis editores, Andrea Schulz y Michael Kandel, y, como siempre, a la gente de Harcourt, que tanto trabajan conmigo para hacer un libro como se debe hacer.
Ursula K. Le Guin
2008

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