Kryptonita - Capítulo 2

II

Por donde aún sigo dando pelea
Montado en un caballo de hierro cromado
Miré las estrellas. Miré mi reloj. Cuatro horas más. Solo cuatro horas. Cuatro horitas. ¿Qué eran cuatro horas más después de haber estado todo el día en el hospital el viernes, el sábado y el domingo? Cuatro horas más y llegaba a las 72 por las que me pagaban los cinco médicos clínicos que tendrían que estar de guardia. En cuatro horas más iban a ser 72 horas seguidas trabajando. Porque ese era MI currito en el Paroissien: ser nochero.
Oficialmente, yo no estuve de guardia ninguna de estas noches. La última vez que fiché mi salida del hospital fue ayer, domingo, a las 20:07 después de haber cumplido mi turno de doce horas. En el Estado es así. Uno trabaja tres por dos. Tres días seguidos de guardia por dos de franco. Y por ley, un hospital público tiene que asegurar la atención de un mínimo de cinco médicos clínicos en la guardia nocturna.
Off the record: esos cinco colegas se ponen de acuerdo para hacer una vaquita importante, pero que a ellos no les afecta en nada el bolsillo, y así pagarle a un nochero para que los cubra. Un nochero que se banque todo lo que vaya a pasar durante esa guardia. Un nochero que si se encuentra con algo grave los tiene que llamar de inmediato. Un nochero que no puede firmar nada porque eso lo tienen que hacer los titulares. Ni siquiera una receta para la farmacia. Así que salvo que no se aguanten más el dolor, sea cual sea la causa, a una guardia de un hospital público, para quedarse tranquilos, vayan de día.
Pero no se crean que todo es un viva la Pepa. Que no hay control de lo que está pasando. Cualquiera de los cinco médicos clínicos, que deberían estar trabajando, se turna para pasar en algún momento de la noche. Para ver cómo anda todo. Siempre uno viene. Un rato. Por lo general, el que pasa a controlar, es el doctor al que tendría que llamar esa noche si algo se llegara a complicar.
Desde que estoy en el Paroissien yo soy nochero de Fiorenza, Ugalde, Lanzoni, Polonio y Galiano. Los doctores Fiorenza, Ugalde, Lanzoni y Polonio no rompen las pelotas. No existen. Y no quieren existir, salvo para las planillas en donde figuran como personal del establecimiento; en las dichosas planillas donde aparece un presentismo perfecto que, sumado a sus respectivas antigüedades, abulta, ¡y cómo!, los totales de sus sueldos.
Ellos te invitan un café. A veces se aparecen con medialunas. Charlan un poco. Se quejan de lo que sea que los esté preocupando afuera del hospital. Te cuentan algo de su vida. Nunca te preguntan por la tuya. Te dan una mano, si por una de esas casualidades hay dos personas esperando para ser atendidas. Pero más de una hora no se quedan. Ven que todo esté en orden. Y después se van a seguir durmiendo tranquilos.
De los cinco la jodida es la doctora. La hija de puta de Galiano. Hija de puta. No mal cojida. Es vox populi que ella aprovecha sus noches de guardia para engañar al marido. Para dormir en otras camas. Camas que cuando abandona la ponen de muy mal humor. Mal humor que se le pasa, siempre, con maltratar un poco al nochero. Cuando se da una vuelta por el hospital nunca te trata de igual a igual. No ve en vos a un colega. Ve a un subordinado. Ve a un ser inferior. No es solo conmigo. Lo hace con la mayoría del personal del Paroissien, sea médico o no. Incluso con los que se acostó. Pero las enfermeras y nosotros, los nocheros, somos sus preferidos.
Las enfermeras son mujeres muy sacrificadas. Sus historias no dejan de repetirse. En cualquier turno. En cualquier hospital. Las más grandes son abandonadas por sus parejas, tienen casi siempre hijos delincuentes o drogadictos… Y las más jóvenes tienen novios delincuentes y drogadictos. Es solo cuestión de tiempo. Aparecen en la guardia primero sus conocidos, después amigos o familiares y, por último, los hijos o novios de ellas con algún balazo. No es justo. No es justo que sufran tanto cuando ellas son lo más solidario con lo que te podés encontrar acá adentro. Las que comparten todo. Hasta el mate.
La doctora Galiano se viste como si estuviera atendiendo en la Suizo Argentina; como si fuera parte de la mejor clínica privada del país y por algo está acá con nosotros en el Paroissien. Insulta, y con furia, cuando llueve y se le embarran los tacos de los zapatos. De los pacientes, cuando no le queda otra que atenderlos, habla de ellos llamándolos «estos negros de mierda». Hace que tu almuerzo, cena o café se enfríe. Espera que vayas al buffet a sentarte en una mesa para mandar a llamarte urgente. Después es solo por una pavada. Por eso una vez, nos pusimos de acuerdo entre varios con el encargado del buffet y le hicimos comer una placenta con puré. Vuelta y vuelta. Bien cocida. Y Galiano no se dio cuenta.
Cuatro horas más. Cuatro horitas más me faltaban para salir. Para volver a casa. Para dormir algo después de haber estado prácticamente tres días despierto. Hasta ese momento no había estado tan mal. Lo mismo de siempre las madrugadas del sábado y del domingo: algún que otro herido por alguna gresca adentro o afuera del Jesse James; algún que otro lastimado por alguna pelea familiar en los barrios más cercanos. Tranquilo el sábado a la tarde porque Almirante Brown jugó de visitante. Unas chicas que yendo en una Zanella a un cumpleaños a Puerta de Hierro se habían patinado en la Ruta 3 por la lluvia. Nada grave.
Cuatro horas más. Cuatro horitas para salir. Ir a casa. Intentar dormir. Tomarme una sopa de Alprazolam de 10 miligramos para poder bajar. Pastearme con Duxetil para que la cabeza deje de estar acelerada. Que el desmayo me dure 48 horas seguidas. Completas. Y que ojalá en los próximos dos días no tenga ningún sueño. Mucho menos una pesadilla. Que no se me vaya a aparecer ningún recuerdo. Que no diga presente la tristeza. ¡¿Me quedan muestras gratis?! ¡Ufff! Sí. Menos mal. No quiero deberle a nadie ninguna firma.
Estaba mirando la hora y las estrellas. Hacía frío. Siempre hace frío en el Paroissien. También cuando es verano. Pero recién estaba empezando el invierno. Y había llovido el fin de semana. Y por eso hacía mucho frío. Y yo andaba con dos pulóveres encima del ambo. Estaba tentado en volver a fumar, aunque sea un solo cigarrillo. En comerme los dos pebetes completos que todavía quedaban debajo de la campana en el mostrador del buffet, aunque ya no estuvieran frescos. Pero me aguanté porque en cuatro horas, en cuatro horitas nada más, en casa había sopa de Alprazolam y ensalada de Duxetil.
Estaba mirando las estrellas. Las pocas que quedaban. Las pocas que se hacían notar por la ausencia de la luna. De la luz de la luna. Una luna nueva en lunes. Un lunes por la madrugada. ¿Por qué solo esas estrellas se notaban? Empezaba a perderme en una idea. En esa idea. A obsesionarme con ella. Estaba bien que me diera cuenta. Estaba MUY bien que registrara cuándo esto me pasaba. Porque mientras pudiera ver y reconocer estos síntomas no me iba a volver loco. Porque estar de guardia con la cabeza a mil, como exigen tres días completos con todas sus horas, te vuelven algo psicótico.
Una mañana, entrando a cumplir mi horario, me encontré con otro nochero, el Doctor Nazar. Vi cómo en su locker guardaba casi una docena de churros que había ido juntando durante sus tres días de guardia. Le pregunté que estaba haciendo. Me contestó que tenía que escribir a mano un libro sobre la historia de su familia. Que como iba a ser un libro muy extenso necesitaba muchas lapiceras porque se les iban a acabar la tinta. Yo le hice notar que lo que estaba guardando eran churros. Él me dio la razón y me juró que estaba seguro de que le habían parecido lapiceras. Igual dejó los churros adentro del locker. Todavía Nazar sigue atendiendo y trabajando de nochero. Aunque ya esté ido. Es un loco y un borracho ejerciendo la medicina. Solo tiene cuarenta y un años. Y acá en el Paroissien todos le dicen «Tía María». Porque eso es lo que usa para bajar. Lo delata el aliento.
Ser nochero es perjudicial para la salud. Y ejercer este servicio más de dos veces al mes es un suicidio. Matarse de a poco. Seis días de treinta, treinta y uno; seis días sin dormir durante un mes: no parece mucho. Pero, a la larga, lo es. Se paga un precio caro. Pero depende de lo que uno quiera pagar. El Doctor Nazar, por ejemplo, prefirió perder en salud para estar al día con las cuotas de alimentos de sus hijos que les tiene que pasar a sus ex. Prefirió perder la salud y que nunca le falte el licor de café. Una vida estudiando y una vocación a cambio de dos recibos al mes y de varias botellas vacías. Qué sé yo. Nazar por lo menos tiene eso. Yo solo un montón de nada… y algún que otro episodio de locura, ya no tan aislado para ser honesto.
Este fin de semana estuvo bien. Lo mismo la vez anterior que curré como nochero. Me puedo olvidar hace cuánto que estoy haciendo esto. Pero no de las veces en las que perdí el control. No fueron muchas. Dos. Iba a decir «dos apenas». Pero fueron más de dos. No tengo a quién mentirle y no puedo mentirme. Yo sé lo que vi. Yo sé lo que vi y escuché las veces que se me apareció.
Una medianoche, exactamente a las doce, entró un gitano con una herida de bala en el estómago. No había mucho por hacer. La amante —también gitana— se coló como pudo y, sin que nos diéramos cuenta mientras lo atendíamos, con una piedra dibujó un círculo en el piso de la sala.
—Así mi amor no se va a ir para abajo —explicó, resignada, con lágrimas negras por el maquillaje antes de que la echáramos.
Y el gitano a los pocos minutos murió. Y yo hice que saliera todo el mundo. Y cuando me quedé solo con el cuerpo me encontré con un hombre alto y delgado al que no había visto antes. Era pelirrojo y tenía un mechón blanco de canas en el pelo. Las manos en los bolsillos de una campera de cuero marrón ubaldinista. El hombre estaba oliendo el rostro del gitano muerto.
—¡¿Qué está haciendo?! —le pregunté lo que saltaba a la vista.
Él alzó la cabeza para ver de dónde venían esas palabras. Sus ojos estaban colorados. «Seguro está borracho. Está borracho o, como dicen los pibes ahora, los ojos le quedaron así de tanto chiflar tuqueros», me acuerdo que pensé en ese instante.
—Váyase. Váyase de acá. Ahora. Antes de que llame a la policía.
Él me sostuvo la mirada. Siempre con las manos en los bolsillos, después dio un par de arcadas pero no vomitó. Sí escupió un gargajo de saliva con sangre. Se limpió la boca con el revés de la derecha y, volviendo a mirarme a los ojos, me preguntó:
—¿Quiere que se vaya?
«¿Que se vaya quién? ¿A quién carajo le está hablando?», me pregunté mirando a los costados. Y ahí abrí la boca y me puse firme.
—Señor, le pido que se retire de inmediato.
Sonrió triunfal.
—Que así sea entonces: que se vaya… que se vaya… que se vaya la forma humana… y que se alce… EL DEMONIO.
Las luces pestañearon. Primero, la saliva y sangre que había escupido se prendieron fuego. Después, el tipo se incendió de cuerpo completo —hasta la sombra estaba en llamas— y unos segundos más tarde se apagó solo. Y de sus cenizas apareció largando un humo negro un diablo de piel amarilla vestido con una capa celeste. En el primer movimiento que hizo quiso avanzar hacia mí para ponerme sus garras encima, pero notó en el piso el dibujo que había hecho la gitana. Y se enojó mostrando su furia en los dientes.
—Un círculo como prisión ha trazado una mano astuta —rugió bronca y de los ojos le salieron llamas antes de desaparecer. Primero él. Después sus ojos.
Sentí que alguien me llamaba.
—¿Doctor? ¿Doctor? ¿Se encuentra bien? Lo veo pálido. ¿No le habrá bajado la presión? —me preguntó una pasante.
Negué con la cabeza y salí a tomar aire. Necesitaba aire fresco. Despabilarme. Afuera me crucé con la gitana.
—¿Lo vio? ¿Lo vio, doctor?
La ignoré y me alejé de ella.
—No se lo pudo llevar. No se va a poder llevar a nadie de ahí.
Esa criatura, ese bicho, se me apareció un par de veces más en este último tiempo. Pero no me volvió a hablar. Sigue atrapado en el mismo lugar. A veces creo que si no le doy mayor importancia al diablo de piel amarilla es porque como médico yo sé muy bien que no tengo religión, tengo ansiedad. Y que gracias al Alprazolam y al Duxetil todavía no compartí botella con el Doctor Nazar. Pero me es fácil diagnosticar que, cuando lo vuelva a ver, si sigo así estoy a solo tres pasos de emborracharme con Tía María.
Estaba mirando las estrellas y casi me pierdo, cuando me mandaron a buscar por una urgencia. Habían dejado tirado en la puerta de entrada a un pibe. Catorce, quince años como mucho. Laceraciones en hígado y estómago, además de fractura de cráneo y múltiples escoriaciones. No respiraba y el corazón estaba en paro. La que me avisó fue Nilda, una enfermera que no se había jubilado para no tener que volver a su casa y atender a su familia. Como pasa la mayoría de las veces en un caso como este, desaparecen —además de los que trajeron a la persona hasta el hospital— casi todos los enfermeros y los policías de guardia. No se registra al paciente. Nadie quiere hacerse cargo de lo que va a pasar después.
Pero Nilda todavía tiene vocación. Y hace bien su trabajo. Cuando la dejan. Me habla a los gritos. Entiendo lo que me dice a duras penas. Y también entiendo que ya es tarde para que me borre. Entre los dos lo subimos al chico a una camilla. Lo llevamos al quirófano. Empiezo a hacerle maniobras de resucitación cardiopulmonar cuando se nos suma el oficial Ventura. Le pide a Nilda que nos deje a solas. Nilda se niega. El oficial Ventura le pregunta por su hijo menor. ¿Cómo está? Con eso solo le alcanza para que Nilda recuerde que le debe un favor. Y porque la familia, la sangre de uno, siempre va a estar antes que la vocación; el paciente que estábamos atendiendo va a morir.
El chico está irreconocible. Es prácticamente, de la cabeza a los pies, un solo moretón. Ventura me dice que sabe quién es. Que le dicen el Orejón y que es una lástima lo que le está pasando. Que es del barrio Los Pinos. Que había tenido lo suyo. Que la estaba peleando para no equivocarse más. Que había vuelto a la escuela. Que todas las semanas se atendía en el CPA de San Justo. Ventura insiste con que es una lástima y me cuenta que hará cosa de una hora el pibe con un par de amigos, con un arma de juguete, intentaron robar un auto. Que el dueño se avivó cuando notó que el gatillo del revolver era anaranjado. Y que empezó a darle una paliza y a gritar pidiendo ayuda. Que los otros dos con los que andaba el Orejón lo abandonaron cuando vieron que los vecinos salían de sus casas para también pegarle. Que se sentaron sobre él para inmovilizarlo mientras el resto lo pateaba.
Ventura admite que ellos atendieron el llamado tarde, media hora después. Y que cuando llegaron lo encontraron al Orejón tirado en la calle, mal herido. Que no había nadie. Salvo el dueño del auto al que habían querido robar. Y que el tipo les contó lo que había pasado. Pero les dijo que jamás lo iba a admitir en una corte. Y que ahí nomás arreglaron un precio. Una oferta teniendo en cuenta lo que habían hecho. Que al Orejón igual lo esposaron por las dudas y que lo metieron en el asiento trasero del patrullero. Que nunca llamaron a la ambulancia porque se sabe que es al pedo. Y que lo trajeron a la guardia. Pero que eso no tenía que figurar en ningún lado. Que lo que oficialmente había pasado era que lo habían abandonado así en la entrada del hospital.
En definitiva: el Orejón es un pibe chorro. Y a un pibe chorro es difícil que en una guardia lo salven. Con un pibe chorro, de puertas para adentro, no se utiliza el cardiorresucitador. Y mucho menos se le pone un respirador. Si llega así, solo, entra vivo y sale muerto. Y eso es lo que le va a pasar a este pibe de catorce, como mucho quince años. Se está muriendo y va a morir. Y nosotros no vamos a hacer nada para poder salvarlo.
Ventura, antes de retirarse, me da la mano y cuando se la estrecho siento los billetes que me está entregando. Los guardo, sin mirarlos ni contarlos, en uno de los bolsillos del pantalón, mientras el oficial me aconseja que llame al doctor de guardia, al que tendría que haber estado presente cuando llegó el pibe; porque el titular va a tener que firmar un deceso y Ventura sabe muy bien que yo no puedo hacerlo porque soy solo un nochero.
Mira para el lado donde dejamos al Orejón y me dice que esto no va a quedar así. Que por más que en el barrio hagan un pacto de silencio esto no va a quedar así. Que la calle habla y que uno siempre se entera. Que en el mejor de los casos, los familiares del pibe van a ir a tirar piedras en las casas de esos vecinos. Que en el peor, si es que ellos no tienen fierros, les van a ofrecer uno para ir a emparejar las cosas. Ventura lo afirma convencido y después se va.
Mentalmente repaso lo que le voy a decir a los familiares cuando los tenga cara a cara. Cuando conozcan al «Doctor González». Les voy a explicar que llegamos a compensarlo durante un breve instante pero que su cuadro al ingresar al hospital ya era delicado. Y que por eso el paciente, siendo exactamente las cuatro de la mañana del lunes 29 de junio de 2009, obitó. Que obitó a las cuatro de la mañana. Las cuatro… Cuatro horas… Me faltaban solo cuatro horas. Cuatro horitas nomás para terminar mi guardia sin ningún problema. Y ahora la tenía que llamar a la Doctora Galiano.

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