El viento seguía trayendo ecos de guerra sobre Micenas cuando Casandra, hija de Príamo, descendió de la flota que regresaba del Oriente. Sus pasos sobre la madera húmeda de los barcos resonaban como un tambor que marcaba la memoria de Troya: la caída de templos, la muerte de reyes, y el pesar que la había acompañado durante todo el viaje. Su don, la capacidad de prever lo inevitable, era un peso que nadie quería reconocer; sus ojos reflejaban futuros que el mundo se negaba a escuchar, y en su voz murmuraban advertencias que flotaban en el aire sin ser comprendidas.
El palacio de Micenas se alzaba ante ella, majestuoso y frío, como un escenario que ocultaba su propia sombra de muerte. Los corredores de mármol, los tapices púrpuras colgando de las paredes y las lámparas de aceite que temblaban con el viento parecían orquestar una ceremonia silenciosa. Cada reflejo en el piso bruñido y cada sombra proyectada por los ventanales eran testigos mudos de la tragedia que estaba por consumarse. La presencia de Clitemnestra, con su sonrisa fría y perfecta como mármol, era la señal de que el destino ya había sido sellado.
Durante el banquete, Casandra permaneció observando, silenciosa y consciente. Sabía que la atención del mundo no estaba sobre ella, y que los dioses no interferirían. Sus ojos recorrían cada gesto de los siervos y de la reina, mientras su corazón palpitaba con la certeza de que su muerte estaba escrita en los muros mismos del palacio. Cuando Agamenón se retiró a los baños, ella lo siguió, no por amor ni esperanza, sino por la fuerza de la verdad que llevaba consigo, y porque su destino estaba inexorablemente ligado al de él.
Los baños de mármol recibieron a Agamenón primero, envuelto en vapor y luces que bailaban sobre la piedra. Clitemnestra entró como sacerdotisa de la venganza, y la red de telas que atrapó al rey parecía un presagio tangible de la muerte. Casandra, de pie entre sombras y luces, contempló la escena con la mirada fija en la inevitable sangre que pronto mancharía los mosaicos y los bordes de mármol. Su voz se alzó una última vez: “El horror se cumple, y nadie escuchará mis palabras.”
El hacha descendió sobre Agamenón, y su grito se mezcló con el eco húmedo de las paredes. Casandra no huyó; su destino se consumó en el mismo espacio. Con los ojos fijos en el horror y la traición, cayó tras él, y su cuerpo quedó tendido junto al del rey, inmóvil, como un testigo trágico del crimen y la venganza. El mármol, los mosaicos y el vapor de los baños parecían absorber el peso de la fatalidad, y cada reflejo de luz sobre la sangre contaba la historia de la maldición de la casa de Atreo.
El silencio que siguió llenó todo el palacio. Casandra y Agamenón yacían juntos, víctimas de la traición y de un destino ineludible. La profetisa, aunque ignorada en vida, había visto cumplirse su palabra, y la justicia de la sangre había encontrado su equilibrio, aunque el dolor y la memoria permanecieran imborrables. Micenas respiraba bajo el peso de la tragedia, mientras los dioses, en su silencio, contemplaban el cumplimiento inexorable de la voluntad del destino.
Preguntas de lectocomprensión
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¿Qué elementos del palacio y los baños contribuyen a la atmósfera de tensión y tragedia en la narrativa?
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¿Cómo se describe el destino de Casandra y qué papel juega su don de profetisa en la historia?
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¿Qué importancia tiene la presencia de Clitemnestra en la escena de la muerte de Casandra?
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¿Cómo se representa la relación espacial y temporal entre la muerte de Agamenón y la de Casandra?
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¿Qué papel juegan los elementos del entorno (luz, vapor, mosaicos, mármol) en la construcción del drama y la fatalidad de la escena?
Respuestas
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Los elementos del palacio y de los baños contribuyen de manera decisiva a la atmósfera de tensión y tragedia. Los tapices púrpuras, los corredores de mármol y las lámparas de aceite que “temblaban con el viento” crean un escenario que refleja tanto la majestad como la amenaza que pesa sobre los personajes. El mármol y los mosaicos absorben el peso de la fatalidad, mientras que el vapor de los baños envuelve a los protagonistas, mezclando luz y sombra. Todo esto construye un espacio donde la tragedia se siente inevitable, como si las piedras mismas conocieran el destino que estaba por cumplirse.
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El destino de Casandra se muestra como inexorable y ligado a la profecía que portaba. Su don de prever el futuro, ignorado por todos, la convierte en una testigo silenciosa de la violencia que se avecina: “Su voz murmuraba advertencias que flotaban en el aire sin ser comprendidas.” Esta capacidad la hace consciente de lo que ocurrirá y le otorga un peso dramático superior: su muerte no es aleatoria, sino el cumplimiento de un destino que había visto desde Troya y que ahora se materializa en Micenas.
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La presencia de Clitemnestra es central para intensificar la amenaza y la tensión de la escena. Su entrada se describe como la de “sacerdotisa de la venganza”, y su acción sobre Agamenón desencadena la caída de Casandra. Clitemnestra representa la fuerza implacable de la traición y la violencia que se cierne sobre los protagonistas, y su cercanía física con Casandra subraya que la muerte de la profetisa está inevitablemente ligada al crimen previo cometido contra Agamenón.
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La relación espacial y temporal entre las muertes de Agamenón y Casandra está cuidadosamente construida. Casandra muere en el mismo lugar que Agamenón, inmediatamente después de él: “Cayó tras él, y su cuerpo quedó tendido junto al del rey, inmóvil, como un testigo trágico del crimen y la venganza.” Esto refuerza la idea de que ambos destinos están entrelazados y que la tragedia no puede separarse de la acción de Clitemnestra ni del cumplimiento del destino que Casandra había visto desde Troya.
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Los elementos del entorno intensifican el drama y la sensación de fatalidad. La luz que entra por los ventanales, el vapor que envuelve los cuerpos y los reflejos en los mosaicos y mármol contribuyen a un efecto casi cinematográfico: “El mármol, los mosaicos y el vapor de los baños parecían absorber el peso de la fatalidad, y cada reflejo de luz sobre la sangre contaba la historia de la maldición de la casa de Atreo.” Así, la atmósfera no solo es decorativa, sino que refleja la tensión moral, la tragedia y la inexorabilidad del destino que define la historia.
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