El regreso de Agamenón

 El viento había amainado sobre Micenas cuando las velas ennegrecidas de la flota regresaron del Oriente. El largo exilio bélico terminaba, y el nombre de Agamenón resonaba como trueno en los patios, en los corredores y en las murallas de piedra. Él volvía, rey vencedor de Troya, con el hierro aún impregnado de humo y la frente coronada por la gloria. Tras de sí arrastraba riquezas, esclavas y trofeos: entre ellas, Casandra, hija de Príamo, que caminaba con la mirada fija en un horizonte invisible, murmurando palabras incomprensibles como un presagio que nadie quiso escuchar.

En la puerta del palacio lo aguardaba Clitemnestra. Sus labios trazaban una sonrisa tan perfecta que parecía esculpida en mármol. Habían pasado diez años desde Aulis, desde el sacrificio de Ifigenia. Nadie podía adivinar si aquella sonrisa ocultaba el amor recobrado o la hiel acumulada. Los heraldos gritaban, el pueblo aclamaba, pero en su pecho ardía un silencio afilado.

—Señor de Micenas, vuelve a tu casa —dijo ella con dulzura—. La tierra que dejaste te recibe con tapices de púrpura, como corresponde a quien venció a la ciudad de Ilión.

El héroe, fatigado, dudó un instante. La tela púrpura, tan costosa que valía su peso en sangre, era ofrenda a los dioses, no senda para los pies de un mortal. Pero el orgullo, inflamado por la victoria, lo empujó a aceptar. Caminó sobre aquellos tejidos como sobre un río carmesí que lo conducía al corazón de su destino.

La noche cayó, y los cantos cesaron. El banquete había llenado de humo y vino el salón. Agamenón, extenuado, se entregó al descanso en los baños de mármol, donde las aguas humeaban como el vientre de la tierra. Allí entró Clitemnestra, no como esposa solícita, sino como sacerdotisa del rencor. Llevaba en las manos una túnica sin aberturas, tejida para ser prisión. Con voz calma lo persuadió de cubrirse con ella.

Cuando el rey hubo entrado en la red de telas, comprendió demasiado tarde el engaño: los pliegues le ataron los brazos contra el torso, las piernas se enredaron como en ligaduras de hierro.

Clitemnestra, firme, levantó el hacha doble, esa que antaño había servido para los sacrificios en honor a los dioses. La hoja brilló en la penumbra, se alzó, y descendió con un golpe seco sobre la carne real. El primer tajo abrió el pecho; el segundo buscó el cuello. El grito de Agamenón se mezcló con el vapor de las aguas y con el cántico frenético de Casandra, que ya sabía su propio fin: cayó a su turno bajo la misma mano inexorable.

El silencio que siguió fue denso, como si el palacio mismo contuviera la respiración. Clitemnestra se irguió sobre los cuerpos, bañada en la sangre que salpicaba sus brazos, y habló a los siervos que temblaban en los corredores:

—Así paga el asesino de su hija. Así muere el hombre que creyó que la guerra absuelve todo crimen.

Pero en lo alto del palacio, oculto entre sombras, un niño ya no tan niño observaba. Orestes, el hijo desterrado, el que había crecido con la memoria de una hermana sacrificada y un padre ensangrentado, contempló la escena. Nadie lo vio, nadie oyó la respiración contenida de su furia naciente.

El futuro aún no estaba escrito, pero en su silencio se escuchaba el filo de un cuchillo que algún día buscaría justicia. La casa de Atreo, manchada de muerte, no conocería jamás el descanso.



Preguntas

  1. ¿Qué sentimientos dominaban a Agamenón en su regreso desde Troya y cómo se reflejaban en su llegada a Micenas?

  2. ¿Cuál era la relación entre Clitemnestra y Agamenón antes de la guerra, y cómo influyó el sacrificio de Ifigenia en la decisión de ella de asesinarlo?

  3. ¿Por qué Clitemnestra planeó la muerte de su esposo en la intimidad del baño y qué simbolismo tiene este escenario?

  4. ¿Qué rol cumple Casandra en el relato y cómo se manifiesta su don de ver el futuro en la tragedia?

  5. ¿Cómo es recibida Casandra en Micenas y por qué su destino queda sellado junto al de Agamenón?

  6. ¿Qué importancia tiene Áulide como lugar de partida hacia Troya y cómo se conecta este episodio con la desdicha final de Agamenón?

  7. ¿Cómo se sugiere en el final del texto la futura venganza de Orestes, y qué significado adquiere en la tradición mítica?


Respuestas

  1. Agamenón regresa de Troya con un corazón dividido entre la gloria y la culpa. Por un lado, siente el peso de haber sido el caudillo de la expedición aquea y el vencedor final tras diez años de guerra. El botín, los prisioneros y la fama lo acompañan. Pero junto a esto arrastra un cansancio inmenso, y sobre todo, la sombra de sus propios actos: el sacrificio de su hija Ifigenia, la brutalidad de la guerra y la certeza de que los dioses son caprichosos en su justicia. Al entrar en Micenas, la ciudad lo recibe como a un héroe, pero el aire pesado del palacio y el silencio contenido de su esposa preanuncian que esa gloria está manchada y no traerá paz.

  2. La relación entre Clitemnestra y Agamenón estaba quebrada desde el sacrificio de Ifigenia en Áulide. La hija de ambos fue entregada a la muerte como ofrenda a Artemisa, para que los vientos permitieran zarpar a la flota griega hacia Troya. Clitemnestra nunca perdonó este crimen, que consideraba no solo un acto de crueldad, sino una traición irreparable a su maternidad. Cuando Agamenón vuelve victorioso, ella no lo recibe como esposo, sino como el verdugo de su hija. La guerra fue una excusa: en realidad, la semilla de la venganza estaba plantada desde el día en que Ifigenia fue inmolada.

  3. El baño como escenario de la muerte de Agamenón encierra un fuerte simbolismo. Allí, donde el agua purifica y ofrece descanso tras la fatiga, se convierte en el sitio de la traición. Clitemnestra escoge ese momento íntimo porque representa la vulnerabilidad total del héroe: desnudo, confiado, sin armadura ni espada. La red o manto con el que lo atrapa al salir del baño lo inmoviliza como a un animal de caza, mostrando que ella ha planeado cada detalle. El baño, que debía ser un espacio de calma doméstica, se transforma en altar de sacrificio, devolviendo a Agamenón la misma violencia ritual que él impuso a Ifigenia.

  4. Casandra representa la voz profética que nadie quiere escuchar. Dotada por Apolo con el don de prever el futuro, pero condenada a que nadie le crea, ella sabe desde el inicio que cruzar las puertas de Micenas será su perdición. Ve con claridad el baño teñido de sangre, los gritos del rey asesinado y su propia muerte a manos de Clitemnestra. Sin embargo, sus advertencias son inútiles: ni el pueblo la oye, ni Agamenón se detiene a escucharla. Así, la figura de Casandra encarna la tragedia del conocimiento inútil: ver la catástrofe y no poder evitarla.

  5. Casandra es recibida en Micenas no como reina ni profetisa, sino como esclava y trofeo. Aunque fue princesa troyana, su condición de botín de guerra la convierte en objeto de humillación. Su destino queda ligado al de Agamenón, no por amor ni lealtad, sino porque comparte su misma condena: ambos llegan al palacio como vencedores y terminan como víctimas. En el momento en que Clitemnestra asesina a Agamenón, también mata a Casandra, cumpliendo así un doble ajuste de cuentas: elimina al esposo que la traicionó y a la extranjera que simboliza la guerra que desangró a Grecia.

  6. Áulide es el lugar donde comenzó la tragedia, mucho antes de la guerra misma. Allí la flota aquea estuvo varada sin viento, hasta que el adivino Calcas reveló que solo el sacrificio de Ifigenia a Artemisa permitiría partir hacia Troya. Ese acto, consumado en suelo griego, fue en realidad el primer derramamiento de sangre inocente en nombre de la guerra. La sombra de Áulide viaja con Agamenón hasta el final de su vida: lo que empezó allí con la muerte de su hija culmina en Micenas con su propio asesinato. Es un círculo trágico que los dioses sellaron desde el inicio.

  7. El final abierto del relato insinúa la figura de Orestes como futuro vengador. Hijo de Agamenón y Clitemnestra, el joven observa desde las sombras la caída de su padre y guarda silencio. Su mirada, sin embargo, deja claro que la sangre exige justicia, aunque esta justicia se transforme en una nueva cadena de violencia. La venganza de Orestes contra su madre será, en la tradición griega, el cierre de este ciclo de crímenes familiares. El final abierto del texto no lo muestra todavía, pero deja sembrada la tensión: el destino de Orestes está marcado, y la casa de los Atridas seguirá teñida de sangre.


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