Historias de Ulthar

 

Lo que vio el gato

Cuando las casas de Ulthar apagaron sus ventanas, un gato gris salió a caminar.
Cruzó los tejados sin hacer ruido y se detuvo frente al viejo pozo de la plaza.
Allí vio algo que ninguna persona habría podido ver: una escalera bajo el agua.
Sus peldaños bajaban hacia una ciudad que ya no figuraba en los mapas.
El gato la recordaba. Había dormido sobre sus muros cuando todavía brillaba el sol.
Ahora, en sus calles vacías, ardían pequeñas luces detrás de las puertas.
Bajó por la escalera y siguió el olor de la lluvia sobre las piedras antiguas.
Al fondo de un callejón encontró una casa con una sola ventana encendida.
Adentro, otros gatos lo esperaban alrededor de un plato de leche.
Se quedó con ellos hasta que la primera claridad tocó el borde del pozo.
Después volvió a Ulthar y se acurrucó junto al fuego de su casa.
Su dueño le preguntó dónde había pasado la noche.
El gato cerró los ojos: había prometido no contarle a nadie que la ciudad seguía habitada.

La voz detrás de la puerta

Salí de mi casa cuando la luna apareció sobre los tejados de Ulthar.
Iba detrás de una polilla, pero escuché que alguien pronunciaba mi nombre.
La voz salía de una casa vacía, al final de la calle.
Me acerqué a la puerta y reconocí el olor de un hombre que había vivido allí muchos años atrás.
Lo recordaba sentado al sol, dejándome migas de pan junto a sus zapatos.
Ahora no podía verlo, aunque su voz seguía llamándome desde adentro.
Empujé la puerta con la cabeza y entré.
En la mesa estaba su sombrero; debajo, una gatita temblaba de frío.
La tomé suavemente por el cuello y la llevé hasta mi casa.
Mi dueña abrió al oírnos y preparó un lugar para las dos junto al fuego.
A la mañana siguiente, pasó frente a aquella casa vacía.
Se detuvo al ver la puerta abierta y se preguntó quién habría entrado.
Yo conocía la respuesta, pero estaba ocupada lavándole la cara a la gatita.

La última ventana de Ulthar

Esta noche elegís una calle que nunca recorriste.
Al final encontrás una casa con todas las ventanas oscuras, salvo una.
Desde la vereda ves una sombra pequeña que se mueve detrás del vidrio.
Saltás al alféizar y descubrís que la habitación está vacía.
La sombra vuelve a cruzar la pared. Tiene tu forma, pero camina sola.
La seguís hasta una puerta que recordás de cuando eras cachorro.
Entonces la casa era nueva y una niña te esperaba allí cada tarde.
Empujás la puerta, pero del otro lado solo hay un jardín cubierto de nieve.
Tu sombra se detiene junto a un árbol y empieza a escarbar.
Entre las raíces aparece una campanita que reconocés enseguida: era la que llevabas al cuello.
La tomás con los dientes y el jardín desaparece.
Al amanecer volvés a casa sin hacer sonar la campanita.
Tu dueño cree que la encontraste en la calle; vos recordás quién te la había regalado.


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