Martín Fierro - Canto IV - Los que combaten y no cobran


En el canto IV de Martín Fierro, José Hernández muestra que la vida en la frontera está marcada por la pobreza y los abusos económicos. Los soldados esperan su sueldo, pero el dinero nunca llega. Mientras tanto, sus ropas se deterioran y pierden las pocas pertenencias que conservaban. Fierro cuenta que no tiene camisa y que apenas puede cubrirse con una manta. Además, el comandante se queda con su caballo moro mediante una excusa.

Para conseguir algunos recursos, los gauchos salen a cazar y luego intercambian plumas y cueros en una pulpería. Su dueño, amigo del jefe, obtiene grandes ganancias aprovechando las necesidades de los hombres. Las deudas aumentan y, cuando finalmente se entrega un adelanto, buena parte del dinero termina en manos del comerciante.

Fierro espera que lo llamen para cobrar, pero nadie lo hace. Al reclamar, el mayor le responde con insultos y le informa que no figura en la lista. La contradicción resulta evidente: el gaucho participa en los enfrentamientos y cumple sus obligaciones, pero no aparece cuando deben reconocer sus derechos.

Después, el comandante inicia una investigación que Fierro considera una maniobra inútil. Las preguntas y los papeles no resuelven su situación. Tampoco se anima a acudir al coronel, porque teme recibir un castigo.

Este canto denuncia una organización que exige sacrificios y abandona a quienes la sostienen. Mediante la voz del protagonista, el poema muestra cómo la desigualdad, la codicia y el abuso de autoridad transforman el servicio militar en una experiencia de humillación y desamparo. argentina.gob.ar

Preguntas

  1. ¿Qué situaciones muestran la pobreza y el desamparo de Martín Fierro en la frontera?
  2. ¿Cómo se beneficia el pulpero de las necesidades de los soldados?
  3. ¿Qué contradicción aparece cuando Fierro reclama su sueldo y por qué teme continuar con su reclamo?

Respuestas

  1. La pobreza de Fierro se manifiesta en la pérdida de sus pertenencias y en el deterioro de su ropa. No tiene camisa y solamente conserva una manta para cubrirse. También pierde su caballo moro, del que se apropia el comandante con una excusa. Estas situaciones muestran su desamparo: mientras debe prestar servicio, sus superiores no garantizan sus necesidades básicas y contribuyen a empeorar su condición.

  2. El pulpero aprovecha que los soldados necesitan productos y no reciben regularmente su sueldo. Les entrega mercancías a cambio de plumas y cueros, y acumula cuentas que los mantienen endeudados. Cuando se distribuye un adelanto, algunos hombres recuperan prendas empeñadas y otros pagan sus deudas. Así, el dinero que debía aliviar la pobreza de los soldados termina beneficiando al comerciante.

  3. Fierro está presente cuando debe combatir, pero queda excluido de la lista cuando corresponde cobrar. Esta contradicción muestra que la autoridad reconoce sus obligaciones y desconoce sus derechos. El mayor responde con insultos y la investigación del comandante no ofrece una solución. Fierro teme acudir al coronel porque podría terminar castigado en la estaca. Su silencio final expresa una estrategia de supervivencia frente a superiores que pueden ejercer violencia sobre él.



Un mundo feliz - La felicidad programada

El capítulo 3 de Un mundo feliz muestra cómo el Estado Mundial controla a las personas desde la infancia. Durante el recreo, los niños utilizan juegos que requieren aparatos. El Director explica que los juegos sencillos fueron abandonados porque producían poco consumo. En esta sociedad, hasta la diversión debe favorecer el funcionamiento de la economía.

Luego aparece Mustafá Mond, uno de los diez gobernantes. Él les habla a los estudiantes sobre una época en la que existían madres, padres, hogares y relaciones amorosas duraderas. Sus oyentes reciben esas palabras con rechazo porque fueron educados para considerar vergonzosa a la familia. Mond afirma que los vínculos exclusivos provocaban emociones intensas, celos, dolor e inestabilidad. Por eso el nuevo sistema enseña que “todo el mundo pertenece a todo el mundo” y desalienta cualquier relación profunda.

El capítulo también muestra que los deseos deben satisfacerse. Esperar, sufrir una frustración o amar solamente a una persona podría despertar sentimientos difíciles de controlar. La estabilidad se consigue evitando la soledad, el compromiso y la reflexión.

Además, las voces de la enseñanza repiten mensajes favorables al consumo: la ropa vieja debe tirarse y ser reemplazada. El Estado no obliga mediante castigos. Forma los gustos de los ciudadanos para que compren, se diviertan y se relacionen como el sistema necesita.

Así, el capítulo revela una sociedad que promete felicidad, pero decide de antemano qué deben desear sus habitantes. La estabilidad se obtiene al precio de la familia, la memoria histórica, la libertad afectiva y el pensamiento individual.

Preguntas y respuestas

1. ¿Por qué el Estado Mundial prefiere los juegos que necesitan muchos aparatos?

Porque esos juegos obligan a fabricar, comprar y utilizar más objetos. De esta manera, incluso la diversión de los niños favorece el consumo y mantiene activa la economía.

2. ¿Por qué la familia y el amor exclusivo son considerados peligrosos?

Porque crean vínculos profundos y sentimientos intensos, como el amor, los celos, la tristeza o el deseo de proteger a otra persona. Esas emociones pueden producir conflictos y dificultar el control social.

3. ¿Cómo consigue el Estado controlar a las personas sin recurrir constantemente a la violencia?

Las educa desde pequeñas mediante la repetición de frases, costumbres y enseñanzas. Así, las personas terminan aceptando como propios los deseos y las ideas que el sistema les impone.

Historias de Ulthar

 

Lo que vio el gato

Cuando las casas de Ulthar apagaron sus ventanas, un gato gris salió a caminar.
Cruzó los tejados sin hacer ruido y se detuvo frente al viejo pozo de la plaza.
Allí vio algo que ninguna persona habría podido ver: una escalera bajo el agua.
Sus peldaños bajaban hacia una ciudad que ya no figuraba en los mapas.
El gato la recordaba. Había dormido sobre sus muros cuando todavía brillaba el sol.
Ahora, en sus calles vacías, ardían pequeñas luces detrás de las puertas.
Bajó por la escalera y siguió el olor de la lluvia sobre las piedras antiguas.
Al fondo de un callejón encontró una casa con una sola ventana encendida.
Adentro, otros gatos lo esperaban alrededor de un plato de leche.
Se quedó con ellos hasta que la primera claridad tocó el borde del pozo.
Después volvió a Ulthar y se acurrucó junto al fuego de su casa.
Su dueño le preguntó dónde había pasado la noche.
El gato cerró los ojos: había prometido no contarle a nadie que la ciudad seguía habitada.

La voz detrás de la puerta

Salí de mi casa cuando la luna apareció sobre los tejados de Ulthar.
Iba detrás de una polilla, pero escuché que alguien pronunciaba mi nombre.
La voz salía de una casa vacía, al final de la calle.
Me acerqué a la puerta y reconocí el olor de un hombre que había vivido allí muchos años atrás.
Lo recordaba sentado al sol, dejándome migas de pan junto a sus zapatos.
Ahora no podía verlo, aunque su voz seguía llamándome desde adentro.
Empujé la puerta con la cabeza y entré.
En la mesa estaba su sombrero; debajo, una gatita temblaba de frío.
La tomé suavemente por el cuello y la llevé hasta mi casa.
Mi dueña abrió al oírnos y preparó un lugar para las dos junto al fuego.
A la mañana siguiente, pasó frente a aquella casa vacía.
Se detuvo al ver la puerta abierta y se preguntó quién habría entrado.
Yo conocía la respuesta, pero estaba ocupada lavándole la cara a la gatita.

La última ventana de Ulthar

Esta noche elegís una calle que nunca recorriste.
Al final encontrás una casa con todas las ventanas oscuras, salvo una.
Desde la vereda ves una sombra pequeña que se mueve detrás del vidrio.
Saltás al alféizar y descubrís que la habitación está vacía.
La sombra vuelve a cruzar la pared. Tiene tu forma, pero camina sola.
La seguís hasta una puerta que recordás de cuando eras cachorro.
Entonces la casa era nueva y una niña te esperaba allí cada tarde.
Empujás la puerta, pero del otro lado solo hay un jardín cubierto de nieve.
Tu sombra se detiene junto a un árbol y empieza a escarbar.
Entre las raíces aparece una campanita que reconocés enseguida: era la que llevabas al cuello.
La tomás con los dientes y el jardín desaparece.
Al amanecer volvés a casa sin hacer sonar la campanita.
Tu dueño cree que la encontraste en la calle; vos recordás quién te la había regalado.